CAPÍTULO 3
No se lo podía creer. No quería. No era posible que aquello hubiese sucedido.
Pero allí estaba.
Las piernas de Roxas fallaron y dejaron caer a su dueño contra el suelo de la torre. Notó una mano amiga acercarse para interesarse por él, pero Roxas la apartó bruscamente.
–¡NO ME TOQUES! –rugió con una voz tan igual a la de Axel que incluso el verdadero dudó de su identidad.
Ambos se quedaron mirando a los ojos desde la escasa distancia que los separaba. El anciano fijo su vista en los rasgos de su incorpóreo que habían aparecido en Roxas. Suspiró, aquello le acercó un poco más a los sentimientos del joven.
–Debes haber anhelado mucho este encuentro –dijo el mayor traduciendo el verde que ensuciaba el azul claro de los ojos de Roxas –. Siento mucho no ser él, debes sentirte defraudado.
–No he cruzado la oscuridad para ver a un viejo –masculló Roxas con una mezcla de ira aguada por la derrota.
–Pero tú sí que eres la persona que esperaba. Axel te esperaba aquí... y ha seguido esperándote durante todo este tiempo –y al decir esto se dio un golpecito en el pecho con el puño cerrado.
Roxas seguía en el suelo, intentando asimilar lo ocurrido. Notó la mano del mayor volver acercarse, no la apartó. En vez de ayudarlo a levantarse, pero, le despeinó la cabeza como si de un niño se tratara. Roxas no pudo evitar esbozar media sonrisa, ese era el tacto de Axel.
–Te conozco mejor que tú, Roxas. Sabía que vendrías, aunque pareciera imposible. Siempre he confiado en tu estúpida manía de querer ser tu propio dueño. –esta vez sí que lo incorporó del suelo con un tirón del brazo -. Parece que has crecido en estos últimos años. Y también has cambiado.
Roxas se quedó frente al anciano, observándolo fijamente contra la luz del ocaso.
–¿Cuántos... cuantos años hace que... eres tú? –preguntó empezando a tomar conciencia de lo lentamente que había atravesado la oscuridad.
–Cincuenta.
Por un momento Roxas sintió un ligero mareo al asimilar esa información. ¿Cincuenta años¡¿Tanto tiempo¡Eso es medio siglo! Entonces no era extraño que hubiera envejecido tanto. Pero en todo ese tiempo... ¿Qué habría sido de todas las personas que había conocido? Él, como incorpóreo, tenía un aspecto que correspondía al del un joven de unos veinte años. Pero el resto del mundo debía rondar los sesenta, setenta u ochenta años ya. Habrían encontrado trabajo, formado familias... algunos quizás ya hubieran muerto.
Los mundos habían avanzado mientras él caminaba por la oscuridad, dejándolo atrás. Solo.
Roxas notó una presión horrible en su esternón, y un escozor en su nariz y en sus ojos. Apretó la boca y pestañeó, intentando mantener sus lágrimas bajo control. Pero estas parecían querer ser libres. Maldijo a Ansem en su fuero interno, por decir que los incorpóreos no sentían. Si eso fuera cierto, el nudo de su garganta no le estaría robando la voz.
Haciendo un esfuerzo, intentó serenarse y se dirigió al anciano intentando usar un tono casual.
–Tú me conoces; pero yo a ti no –se pasó los dedos por los ojos –. ¿Cómo te llamas?
–Lea.
–Es un nombre... exótico – murmuró Roxas con una voz muy irregular.
–Es la abreviatura de un nombre muy feo, créeme.
–Hm... Bueno, encantado de conocerte Lea –dijo Roxas ofreciendo una mano ligeramente temblorosa con educación.
Lea estrechó esa mano que no le devolvía el saludo; y atrajo a su dueño hacía sí. Roxas apoyó su mano libre bruscamente contra el pecho del otro, intentando separarse. Pero entonces escuchó como le hablaban cerca del oído y aquellas palabras le dejaron paralizado.
–Sé que el sentimiento no es mutuo; pero me alegro de verte, Roxas. Te dije que te echaría de menos, y te he echado de menos durante cincuenta años. Pero al final has vuelto y con eso me basta.
Y la voz de Axel fue quien pronunció esas palabras, así como eran sus brazos los que estrechaban el abrazo. Roxas escondió la cara en algún punto del jersey claro, era demasiado mayor para que le vieran llorar.
"–Nadie me echará de menos.
–Yo sí."
No recordaba que Axel hubiera tenido esa mirada tan triste cuando nos despedimos. Pero al ver a Lea en la torre del reloj me acordé.
El mundo estaba demasiado cambiado para Roxas. Nadie le reconocía, nadie reconocía su existencia a pesar de haberla conquistado de nuevo. Tanto tiempo caminado en las más absolutas tinieblas le había dirigido a un lugar donde nadie le recordaba. Excepto Lea.
Él era lo único que lo unía al resto del mundo. Su memoria y sus recuerdos como incorpóreo eran los testigos que vinculaban a Roxas con el tiempo presente. Por eso, aun con el sabor de la derrota amargándole las comidas, acabó viviendo en su casa. No fue una idea ni un ruego de ninguno de los dos; sino una especie de acuerdo tácito.
La casa de Lea era pequeña y vacía de recuerdos. Apenas habían fotos, regalos, pruebas de su relación con el mundo. No había en ella cosas que rememoraran la infancia, la familia que un día tuvo y la que quizás había formado, los amigos que conociera y las personas que compartieron su vida. Parecida más una habitación alquilada que un hogar, era la casa de alguien que sólo está de paso.
Había cosas; pero, que sí podrían ser conservadas sólo por su valor como testigo. En un armario cerrado con llave colgaban unas armas viejas y oxidadas y una gabardina negra. Cuando Roxas lo descubrió de forma parcialmente accidental, sólo recibió un portazo brusco que cerró el armario y una sonrisa irónica zanjando el tema.
La vida en esa casa y ese mundo transcurría con lentitud. Había días en los que Roxas se miraba al espejo y consideraba que él era mucho más parecido a Axel que el hombre con el que vivía, y esos días su humor era horrible e intentaba esquivarlo hasta caer la noche. Pero otros días veía rasgos de aquel incorpóreo en Lea, en la flexibilidad de sus movimientos a pesar de la edad avanzada o la intensidad de su mirada, y entonces podía permitirse una media sonrisa.
Los sentimientos que ese hombre despertaba en Roxas eran contradictorios y por ello nunca estaba seguro de sí debía continuar allí. Pero aquel era el único lugar al que podía regresar; y cuando después de una escapada veía la luz encendida y su habitación esperándole, con la única persona que le había echado de menos en su interior, sentía que no podría ni quería irse de allí.
Roxas no trabajaba y Lea ya estaba jubilado, así que eran muchas las tardes aburridas que compartían con un café en la mano, separados por un muro de silencio y usando los muebles como muralla. Aparte de aquel abrazo en la torre del reloj, no se había dejado tocar más; no se sentía preparado para el contacto físico después de medio siglo a solas con la oscuridad.
–¿No tienes familia? –preguntó Roxas rompiendo el silencio.
–Cuando era joven me escapé de casa y rompí todo contacto con mis padres. Me figuro que ya habrán muerto si no lo hicieron cuando se abrió la Puerta de la Oscuridad –sorbió café, como si lo que dijera no tuviera la mayor importancia –. Era hijo único y si tenía más familia, no la recuerdo o no la conozco.
–¿Y tú no formaste una familia?
Roxas puso una mirada extrañada ante la risita que dejó escapar su compañero.
–Parece mentira que no me conozcas –Roxas frunció ligeramente el ceño –. Nunca tuve el deseo de casarme y tener hijos que me molestaran hasta el fin de mis días. No soy ese tipo de hombre.
–Pero... alguna novia deberías tener que te hiciera plantearte la vida en común al menos –preguntó reparando en que no había nada en esa casa que rememorara la presencia de una mujer.
–No soy ese tipo de hombre –y dicho esto escondió la cara tras a taza de café.
Roxas notó el tono terminante que había usado con esa frase y decidió preguntar otra cosa. Aunque la conversa fuera distante, la prefería al silencio que siempre los acompañaba.
–¿Cómo te hiciste esas cicatrices? –preguntó señalándose con dos dedos las mejillas.
–¿Te interesa? –preguntó con cierta sorpresa.
–Creían que eran tatuajes – le costó no decir "creía que Axel llevaba tatuajes".
–Me las hicieron cuando tenía catorce años, más o menos.
–¿Qué pasó?
Lea hizo girar la taza de café entre sus manos mientras meditaba lo que diría a continuación.
–Tuve una escaramuza con mi padre y me golpeó con uno de esos instrumentos con forma de horca que se usan para recolocar la leña ardiendo en las chimeneas. Como la punta estaba entre las llamas, el hierro se había calentado y al golpearme me quemó.
–¿Es eso cierto? –preguntó con un deje de incredulidad.
–¿Y por qué habría de inventármelo?
Roxas bebió un poco, pensando en cuanta razón tenían esas palabras, y volvió a hablar.
–¿Es por eso que te fuiste de casa? –preguntó mientras el aire exhalado hacía bailar el humo del café.
–En parte.
–Pero... ¿Por qué te hizo eso?
–Porque no soy ese tipo de hombre... –ignoró el golpe de la taza de café dejada violentamente sobre la mesa por Roxas –... que se busca una novia decente y forma una familia.
–Me parece una excusa muy laxa para marcarle la cara a alguien.
–Para él no lo era –y su voz sonó ligeramente dolida.
–Pero cada uno debería ser libre de hacer lo que quisiera con su vida. Aunque no seas "ese tipo de hombre" –la última frase la pronunció con cierta sorna – ¿Eres algún tipo de hombre?
–Sí, de ese tipo a los que no les gustan las mujeres.
Hubo un momento de silencio, en el que Roxas constató que su taza estaba ya vacía.
–Sigo sin ver donde está el problema. Al menos antes nunca lo pareció –murmuró Roxas con la vista fija en el fondo de la taza.
–¿Antes cuando?
Antes. Esa era la palabra que Roxas usaba cuando intentaba referirse al tiempo en que Axel había existido como individuo propio. Intentaban no hablar de eso, era un tema que Lea no quería nombrar siquiera; pero en el fondo era lo único que interesaba a Roxas. Lo había dicho una vez, no era por él por quien había atravesado la oscuridad, sino por Axel.
–No iguales la media existencia de un incorpóreo con la existencia plena de un ser humano –las palabras de Lea causaron toda la mala impresión que debían en su compañero –. El ciclo vital de un incorpóreo no está ligado a la sociedad. No tienes que seguir sus normas, no tienes que formar parte de ella si no quieres. Pero los humanos sí.
El mayor se levantó y recogió las tazas de ambos para llevarlas a la cocina. Roxas seguía sentado, separados físicamente por la mesa y por todas las palabras que acaban de decir.
–Roxas –dijo Lea de espaldas–. Sé que siempre me estás comparando con Axel, pensado en si me parezco o no a él. Pero date cuenta de una cosa: no es que yo me parezca a Axel, es Axel quien se parece a mí – se giró para poder verlo antes de desaparecer por la puerta –. Yo soy el original, existía primero.
A dos pasos de la cocina pudo oír el golpe que cayó violentamente sobre la mesa.
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Gracias a todos los que leéis esto, me hace feliz que algo que yo he escrito guste a otras personas .
Me gustaría comentar una cosa como curiosidad sobre Lea. Entre algunas amigas hemos planteando como habría sido la vide de los miembros de la Organización XIII antes de ser incorpóreos. Mi teoría es que todos ellos se conocían y todos ellos trabajaban para Ansem el Sabio; aunque sólo una parte de ellos eran sus ayudantes e investigaban los misterios de la oscuridad con él; mientras que los demás se dedicaban a otros menesteres. Lea era de estos últimos.
Como los incorpóreos son una copia aproximada del original, se difieran a la persona que fueron; pero algunas cosas tienen en común. Por eso saqué que las marcas que lleva Axel en la cara era cicatrices en su antigua vida.
La verdad es que tengo planteada la vida de todos los miembros de la Organización XIII cuando no eran incorpóreos; excepto Xaldin, Lexaeus y Xemnas. Y cuando los fics que escribo suelen estar todos relacionados entre sí (forman todos parte de mi gran paranoia mental sobre lo que no conocemos de la historia) así como intento no salirme de la trama original en lo posible para que tenga coherencia con ella.
