CAPÍTULO 5

Roxas se despertó en mitad de la breve noche de Villa Crepúsculo. En aquel mundo intermedio el sol desaparecía durante pocas horas, enmarcado en intervalos de tiempo de media oscuridad. El cielo adquiría un tono púrpura, aclarándose en el horizonte, como la luz atravesando un papel de seda. Era un cielo demasiado luminoso para oscurecer completamente, matando el brillo de las estrellas más pequeñas y apagando la luna.

El ruido que escuchaba Roxas a través de los rumores típicos de esa hora nocturna le era conocido; pero no por ello su aprensión disminuía. Se incorporó y abrió la ventana, sacando medio cuerpo a la luz lunar. Por un momento esperó ver las tinieblas arremolinarse en el vacío sobre el que se asentaba el Mundo Inexistente; pero lo recibió el paisaje urbano de la ciudad. Al menos aquel sonido sí que podía percibirlo. Hacía tanto tiempo que no lo escuchaba... y ahora le llegaba mucho más débil, diluido en infinitos rumores de vida; un gemido desde un lugar remoto. Axel le había hablado de él hacía muchos años, lo llamaban el grito de la oscuridad.

El grito de la oscuridad era en realidad una suma de miles de alaridos, un canto tétrico de los corazones que se encontraban sumidos en las tinieblas. Un acorde oscilante, variando de notas agudas a graves sin hacer pausas, resultado de la unión de miles y miles de voces. Su timbre era demasiado humano para ser producido por un instrumento o un fenómeno atmosférico. Aquel aullido ponía enfermos a los incorpóreos. Literalmente.

A Roxas nunca le había afectado; pues su corazón no se encontraba en la oscuridad, sino en el interior de su ser original. Al resto de los incorpóreos, pero, aquel aullido les reverberaba dentro de su cuerpo, a través de la oscuridad que los formaba; y les robaba la salud. La fiebre, el insomnio y el dolor se apoderaban de ellos; hasta que los sonidos del mundo conseguían ahogar aquel grito y todo volvía a la normalidad.

Contando aquella ocasión, habían sido cinco las noches que Roxas había escuchado el grito de la oscuridad. Las cuatro anteriores había rebotado en sus tímpanos con fuerza; impidiéndole conciliar el sueño. Entonces aun residía en el Mundo Inexistente, consciente de su condición de incorpóreo, siendo el centro de todos los cuidados. Pero en aquellas ocasiones había aprendido a comportarse como un adulto e intercambiar los papeles. Sabía que, mientras el grito siguiera expandiéndose en la noche, él sería la persona más capacitada para cuidar de los demás.

Por respeto nunca había ido a ver como se encontraban; pues la mayoría de sus compañeros compartían un fuerte carácter y alto orgullo. No le habrían perdonado el verlos en tal estado de debilidad. Así que simplemente se dedicaba a vagar por los pasillos de la fortaleza con las armas fuertemente aferradas, alerta, paseándose en la oscuridad solitaria. Nadie le había pedido que hiciera aquello y nadie se lo había agradecido; pero Roxas no buscaba recompensas por ello. Siempre era el protegido, consideraba su deber el cuidar de sus compañeros cuando estos no podían valerse por sí mismos. Aunque fuera sólo por aquello de devolver el favor. Así estaban en paz.

Tanto había interiorizado aquel modo de actuación, que Roxas no pudo evitar ponerse en pie y montar guardia en el pasillo. Aquella casa era enana en comparación a los laberínticos pasadizos de la fortaleza. Se sintió extraño, no había nadie a quien vigilar ni ninguna extensión que recorrer. Descalzo y desarmado, cruzó la corta distancia que lo separaba del salón y resiguió el contorno de los muebles dibujados por la luz lechosa de la luna. Resiguió sus pasos hasta la ventana que había al final del pasillo, considerando la idea de salir a la calle. Aunque sólo fuera porque se le antojaba menos ridículo vigilar el exterior del edificio que aquel piso diminuto.

–¿Qué, no podemos conciliar el sueño? –preguntó una voz a sus espaldas.

Lea lo observaba con la misma mirada que usaría un padre al ver a su hijo fuera de la cama pasada la hora de dormir. Roxas emitió un gruñido entre dientes y observó el cielo nocturno a través del cristal.

–¿No lo has odio? –preguntó el joven.

–¿Él qué?

–El grito de la oscuridad.

No estaba seguro de que un antiguo incorpóreo lo comprendiera. El mayor se acercó a él y le puso una mano en la frente. A Roxas se le antojo un tacto muy frío, además de lo raro del gesto.

–No se me ha ido la olla, viejo –contestó Roxas apartándose. La educación no era algo de lo que hubiera hecho gala durante los últimos días.

–Yo ya no puedo oírlo, pero si esta noche se escucha el grito de la oscuridad muy seguramente caerás enfermo.

Lea arrastró al joven hasta el salón y lo obligó a sentarse. La luz de la lámpara, aunque tuene, rompió la oscuridad de la noche. Roxas iba a protestar; pero un termómetro se interpuso en su camino.

–Cinco minutos –dijo Lea balanceando el tubito de cristal ante la cara del otro.

–Yo nunca me he puesto enfermo –se quejó Roxas.

–Permíteme que te corrija, chaval. Tú nunca te has puesto TAN enfermo como los demás. Pero no eres immune.

Roxas se quedó pensativo durante unos instantes, para después tomar el termómetro y ponérselo debajo de la axila. Ahora sí que se sentía ridículo. Lea acercó su butaca y se sentó enfrente, esperando a que el mercurio subiera. Compartieron cinco minutos de silencio, al cabo de los cuales Roxas devolvió el termómetro, poco acostumbrado a esos procedimientos médicos.

–Décimas –dijo el mayor mientras veía la lectura a la luz de la lámpara –. ¿Te encuentras mal?

Fue como si esa pregunta le hiciera tomar conciencia de su malestar. Notaba un ligero mareo y los miembros le pesaban. Se pasó una mano por la cara y notó el escaso calor de la fiebre. Todo aquello le resultaba muy novedoso, y empezaba a sentirse intranquilo.

–¿Por qué ahora me afecta? Antes nunca me había enfermado, y además, hoy se escucha muy débil...

–En realidad siempre habías enfermado; pero mucho menos que el resto. Por eso no te habías dado cuenta.

–¿Cómo no me voy a dar cuenta? Este cuerpo no puede ponerse enfermo, lo habría notado...

–Me imagino que te comparabas con los demás. Y créeme, unas décimas no son nada comparadas con cuarenta y dos grados de fiebre. En relación con los demás, estabas estupendamente.

Lea alzó las cejas sin añadir nada más. Si se paraba a pensar, Roxas nunca había tenido pleno conocimiento sobre los efectos que tenía el grito de la oscuridad sobre sus compañeros. Se llevó una mano en al esternón, pues sentía como si algo le oprimiera el pecho desde dentro.

–¿Te duele? –Roxas asintió con la cabeza – Es la oscuridad de tu interior. Resuena a la misma frecuencia que el grito y palpita, y por eso sientes como si comprimiera el cuerpo desde dentro.

–¿Qué es... qué es lo que sentías tú? Cuando te ponías enfermo...

–¿Te interesa? –el anciano lo miró con ojos suspicaces.

–Es que me acabo de dar cuenta que no tengo ni idea de lo que te pasaba entonces.

Lea inspiró lentamente. El muchacho parecía sincero, incluso diría que se sentía culpable por su falta de conocimiento. Se acomodó en su vieja butaca y cruzó los brazos, un gesto muy suyo.

–Imagínate... imagínate que tienes una fiebre tan alta que no puedes pensar con claridad. Deliras y casi no tienes fuerzas para moverte, sólo para dar vueltas sobre ti mismo en la cama. Estás cansado, muy cansado, exhausto, y deseas dormir con toda tu alma, pero tu mente está tan enferma que no puede conciliar el sueño.

"Dentro de tu cuerpo hay una presión que comprime tus órganos contra las paredes internas, machacándolos. Los huesos crujen y los tendones se retuercen al límite. La única señal que transmiten tus nervios es dolor."

"No puedes oír nada, ni siquiera tu propia respiración, porque el grito te va perforando los tímpanos. Y sabes que si se callara un momento, podrías descansar y dormir, y dejaría de dolerte todo el cuerpo; pero no para y sigue aullando dentro de tu cabeza."

"Imagínate todo esto; y no te acercarás ni a una milésima parte de lo que es en realidad".

El silencio regresó al final de la descripción, y Roxas se limitó a crispar los dedos que tenía sobre el pecho.

–No creo que ningún ser pudiera sobrevivir a eso –se atrevió a decir.

–La muerte no es algo que pertenezca a la naturaleza de los incorpóreos. Me sorprende que tú lo olvides –Lea devolvió el termómetro al botiquín –. Pégale, dispárale, sumérgelo en ácido o hazle lo que se te ocurra. Ni el hambre, ni el veneno, ni las peores heridas podrán hacer desaparecer a un incorpóreo. Podrá desvanecerse si está muy malherido; pero reaparecerá en otro mundo fuera de tu alcance.

–¿Y el grito de la oscuridad?

Lea se masajeó el entrecejo con el pulgar y el índice y volvió a dirigirse a su interlocutor, anticipándose al esfuerzo que suponía pronunciar esas palabras.

–Saïx me contó una teoría suya. Según él, el grito de la oscuridad era un método de presión que tienen los corazones para obligar a sus incorpóreos a regresar con ellos. Una tortura –hizo una pausa –. Piénsalo bien. Ser incorpóreo es un chollo: no envejeces, no mueres, no enfermas, no estás atado a ningún tipo de leyes y normas, dominas el poder de la oscuridad... incluso para aquellos que consideran que los sentimientos son sólo un equipaje inútil debe ser la existencia perfecta.

"Desde este punto de vista, no sólo los incorpóreos no desearían recuperar su antigua existencia, sino que los humanos querrían ser incorpóreos. Por eso tiene que existir algo malo que compense todas las ventajas. Y ese algo es dolor infinito."

Roxas se quedó pensativo. Su malestar aumentó debido al torrente de pensamientos que lo arrolló durante escasos segundos. Había una pregunta que se había planteado desde el momento en que se encontraron; pero temía la respuesta o la reacción de Lea. Aquella noche; pero, podía presentarle la oportunidad que tanto había esperado. Por el sólo hecho que hubiera referido un recuerdo de Axel como suyo propio... "Saïx me contó..." Aquella frase contenía un permiso escondido.

Inspiró fuertemente, reunido aire en sus pulmones y el valor necesario para hablar.

–Lea... –el anciano se sorprendió al escuchar su nombre en boca del rubio –¿Esa es la razón por la que dejaste tu existencia como incorpóreo? Dejando a un lado lo que ocurrió con Kingdom Hearts... ¿Realmente es el grito de la oscuridad una tortura tan fuerte como para abandonar esa media existencia libre?

–¿Crees que tenía otra opción cuando se abrió la puerta de Kingdom Hearts? –y hubo un ligero deje dolido en aquella frase.

–Creo que durante mucho tiempo luchaste para no abandonar tu naturaleza como incorpóreo. Sé que muchos miembros de la Organización XIII clamaban por recuperar su existencia humana; pero tú... Axel no era uno de ellos.

–Axel... –Lea se frotó los ojos, cansado –Axel no sabía lo que quería. Su instinto de supervivencia le dictaba lo mismo que los demás: recupera tu existencia humana y acaba con esta tortura. Pero habían demasiadas cosas que lo retenían en su vida como ser de la oscuridad. Por eso buscaba el espíritu de fuego –Roxas notó como el estómago se le revolvía ante la mención de aquel recuerdo –. Confiaba que le diera la respuesta correcta.

El silencio se volvió a apoderar de la sala. Roxas se hundió más en el sillón y Lea fue un instante para regresar con un libro y una manta. Tirando del brazo del rubio, lo guió hasta el sofá y le obligó a tumbarse. Después tiró la manta por encima y lo arropó como si de un niño se tratara. Acto seguido se sentó en su butaca y empezó a leer.

–Darte un analgésico no serviría de nada –comentó por encima de las páginas del libro –y tampoco podrás dormir. Pero igualmente intenta descansar. Estaré aquí hasta que se haga de día, si quieres algo sólo tienes que pedírmelo.

–No es necesario que hagas esto –murmuró Roxas saliendo de debajo de la manta que olía a antipolillas.

–Ya lo sé, y tú tampoco tenías porque hacerlo en el pasado. Pero lo hacías. Así que ahora toca cuidarte a ti.

Roxas no añadió nada más y se envolvió en la manta, dirigiendo la vista contra el tapizado del sofá. La amabilidad de Lea sólo conseguía hacerle sentir más culpable; y conocer aquella perspectiva sobre el grito de la oscuridad no mejoraba las cosas.

Dolor infinito... hasta entonces había estado a salvo de ese conocimientos, sin ser conciente de cuan compleja e inestable era la naturaleza de los incorpóreos. La descripción de Lea lo había dejado pensativo e intranquilo. Quizás nada en este mundo merecía la pena pasar por algo así, quizás nunca sería capaz de imaginar como era esa tortura.

El mayor dolor que el había podido experimentar no era nada comparado con el grito de la oscuridad; pero en aquel momento para él había sido la peor tortura que había experimentado en toda su existencia. Axel se desvanecía, despidiéndose ante el elegido de la luz; y él no pudo tomar el control de esa existencia mayor y derramar ni una miserable lágrima. Sora había quedado impasible mientras que en algún punto oscuro de su ser Roxas clamaba por dar rienda suelta a su desesperación. Pero no pudo tomar el control y nadie se entristeció por el falso fin del bailarín de la llamas.

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¡Wenas de nuevo!

Aquí hay algo un poco filosófico que me gustaría comentar. Por el principio mejor.

Cuando estudiaba filosofía comentemos una cita en la cual se decía que la muerte era un regalo de dios mal entendido por los humanos. Debatimos sobre que sucedería si la gente supiera interpretar ese regalo como era debido; y una de las conclusiones era la siguiente. Imaginemos que la gente supiera lo que realmente hay después de la muerte. Si fuera algo bueno (en este caso era un regalo, y por lo tanto se presupone como algo positivo) y la gente lo supiera, quizás perdiera las ganas de vivir y decidiera que era mejor estar muerto. Una idea así a gran escala podría terminar con la humanidad. Por ello la muerte es un terreno desconocido al cual se le tiene temor y respeto; una forma de evitar que la humanidad se incline por esta opción.

Extrapolemos esto a los incorpóreos. Si nos paramos a pensar ser incorpóreo es cojonudo: no envejeces, no mueres (no de nuestra forma), tienes el poder de la oscuridad, puedes hacer lo que te salga de las pelotas porque no formas parte de ninguna sociedad... con todo eso, a la gente le gustaría ser incorpóreo. Pero tienes a la gran mayoría de la Organización XIII intentando recuperar su existencia humana. Por ello tuve que plantear que ser incorpóreo también tenía sus desventajas. Además de la media existencia (presupongo que querían recuperar su antigua vida) la naturaleza incorpórea es extraña (sólo hay que ver como se desvanecen cuando los "matan") e imagino que inestable. Y ya que sabemos que donde hay un incorpóreo hay un sincorazón, supuse que era este quien presionaba al incorpóreo para regresar a su antiguo estado. Recordad que la mayoría de los corazones se encuentran encerrados en Kingdom Hearts (no todos son tan guays como Ansem del KH1 para ir por los mundo haciendo de las suyas); y consideré que la mejor medida de presión era la tortura, el dolor. A los incorpóreos y a los sincorazones les une la oscuridad, y usé este nexo de unión como eje del dolor.

Personalmente creo que los incorpóreos SÍ tienen corazón; pero no dentro de su cuerpo.

El que Roxas tenga un corazón que no esta sumido en las tinieblas no lo hace immune al grito de la oscuridad; pero sí que para él es mucho más llevadero.

Sólo quiero añadir un detalle: el límite mortal de la fiebre en cuarenmta y tres grados, así que puse cuarenta y dos (detallito tonto :3)


¡Gracias por leer!