¡Wuenas a todo/as!
Muchas gracias a los que seguís el fic, tanto si comentaís como si no. Me gusta la idea de hacer algo que inetersa a la gente.
En el desarrollo original este capítulo no existía; pero decidí incluirlo para crear un punto de inflexión en la historia, un anticlímax antes de continuar. Es breve en comparación con los otros, así que consideradlo como un extra.
Las aclaraciones al final.
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CAPÍTULO 6
"Imagínate... imagínate que tienes una fiebre tan alta que no puedes pensar con claridad. Deliras y casi no tienes fuerzas para moverte, sólo para dar vueltas sobre ti mismo en la cama. Estás cansado, muy cansado, exhausto, y deseas dormir con toda tu alma, pero tu mente está tan enferma que no puede conciliar el sueño."
"Dentro de tu cuerpo hay una presión que comprime tus órganos contra las paredes internas, machacándolos. Los huesos crujen y los tendones se retuercen al límite. La única señal que transmiten tus nervios es dolor."
"No puedes oír nada, ni siquiera tu propia respiración, porque el grito te va perforando los tímpanos. Y sabes que si se callara un momento, podrías descansar y dormir, y dejaría de dolerte todo el cuerpo; pero no para y sigue aullando dentro de tu cabeza."
"Imagínate todo esto; y no te acercarás ni a una milésima parte de lo que es en realidad".
Al voltearse, la luz ambarina de la tarde atravesó sus párpados y lo despertó. Le dolían los huesos de estar tantas horas encogido en el sofá. Al parecer había conseguido conciliar el sueño en algún momento de esa madrugada; pero no recordaba cuando.
El olor del café lo fue trayendo poco a poco a la realidad. Una taza de color amarillo –su taza – humeaba sobre la mesa. Lea continuaba sentado en su butaca, leyendo aquel pesado tomo.
–Bienvenido al mundo de los vivos –saludó el anciano tras su lectura.
Roxas se medio incorporó y lanzó una mano torpe en dirección al café. Notó el peso familiar de la taza y dio un trago, dejando que la bebida caliente cayera sobre su estómago vacío. Su cara mostró un gesto muy cercano a la nausea.
–Quizás querrías suavizarlo con un poco de leche o azúcar.
–No... ya está bien así.
Lea dejó caer el libro sobre su regazo y se estiró. Con la mano derecha se frotó los ojos, cansados por la falta de sueño.
–¿Has pasado toda la noche aquí? –preguntó el rubio.
–Dije que lo haría –esa fue su única respuesta.
–¿Cuándo me dormí?
–No lo sé, no estaba atento. ¿Estás mejor ahora? –y diciendo esto apoyó una mano en la frente y las mejillas del chico.
–Mn... sí, creo que sí –pero en realidad no lo creía.
Roxas se palpó la cara del mismo modo que lo había hecho Lea, y al pasar los dedos en las mejillas notó las marcas que dejan las lágrimas cuando se secan. ¿Había llorado¿Cuándo? Lea volvía a esconderse tras su libro, evitando el contacto visual. Le habían contado que cuando uno sueña que llora; lo hace de verdad. No recordaba sus sueños, el último pensamiento racional que había tenido antes de dormirse era el recuerdo de cuando Axel y Sora se encontraron por última vez.
Aquella vez... aquella vez no había podido expresar su tristeza, mientras que sí había llorado al despedirse de unos amigos que, en realidad, no le conocían. Él sólo había convivido con sus réplicas en el mundo artificial que Ansem el Sabio había creado para esconderlo de la Organización XIII. Sólo existía un ser que realmente lo conocía, y ahora estaba confinado en el cuerpo de un anciano que leía un grueso libro sentado en una vieja butaca.
Lea escuchó como el joven se levantaba y salía de la habitación. Iba a preguntarle ha donde iba; pero el portazo de la puerta del baño y unas arcadas le respondieron. Suspiró resignado. No podía esperar que se encontrara bien después de pasar una noche sumido en un sueño febril, delirando y sollozando. Y lo del café cargado no había sido una buena idea.
Aquella vez debería haberte dicho algo, como que yo también experimentaba un sentimiento similar al estar a tu lado. La sensación de tener un peso dentro del pecho, algo que palpitaba y se retorcía según las emociones, un corazón. Pero no pude despedirme como fue debido y seguro que no me lo perdonas. Yo tampoco me lo perdono.
–Las incorpóreos no enferman –explicó Roxas bajo la toalla húmeda que le tapaba la cara.
–No, no enferman –replicó Lea.
–¿Y que explicación le das a esto?
–Supongo que es algo psicosomático.
–¿Qué es qué?
–Quiero decir que es tu mente la que se encuentra mal y extrapola los síntomas a tu estado físico. La mente es algo muy poderoso.
Lea retiró el paño húmedo para refrescarlo de nuevo en al agua helada.
–Imagino que nada de lo que te diga cambiará tu opinión; pero creo que deberías redireccionar tu vida –escurrió el paño –. Seguir atormentándote con ello no te hará ningún bien.
Con ello. Con Axel. Roxas se tapó la cara con las manos, notando la humedad de la tela que le tendía el anciano.
–¿Qué opciones me quedan? –en su voz se adivinaba la derrota.
–Las mismas que todo el mundo, supongo. Puedes intentarlo una vez más; abandonar y buscar un nuevo camino; o quedarte paralizado mientras buscas una respuesta.
Roxas cogió el paño húmedo y se lo puso en la cara, anulando la mirada severa que le dirigía su compañero. Lea dejó el agua sobre la mesilla y se marcho, cerrando la puerta a su espalda.
Ambos sabían la opción que iba a escoger, y no había discusión posible.
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Aclaraciones:
Todos hemos oído comentar aquello de que a las personas con mucha rabia les dan infartos y que los muy preocupados se ven afectados de úlceras estomacales. Estos son claros ejemplos de la psicosomatización de síntomas.
El malestar mental suele pasarnos desapercibido a la mayoría de nosotros; y una forma que tiene la mente para decirnos que necesita un descanso es hacer que enfermemos de verdad. Cuando los médicos dicen que lo que tenemos es causa de "los nervios" se refieren a esto. La mente es poderosa, y tan capaz como es de curar el organismo (aquellos que toman placebos, si creen realmente que sanarán, lo hacen); también puede enfermarnos.
Un incorpóreo es el resultado e una mente muy poderosa que se negó a perder sus recuerdos y su forma cuando perdió su corazón. Así pues, esta mente también es capaz de hacer enfermar a un organismo supuestamente indestructible. Esta es la razón por la que Roxas enferma: tan obsesionado está con encontrar a Axel y tan frustrado se siente por los resultados obtenidos; que al final todo ese estrés mental se transforma en una serie de síntomas físicos.
Espero que haya aclarado algo.
¡En fin, nos vemos!
