Pues... que estoy viciado a Fallout 4, no tengo mucha más motivación para escribir esto. Pero aquí va, espero que os guste... y si no, pues me he echado las risas ^^


Regina Mills

Era un nuevo día. Pero lo cierto es que me sentía algo remolona. Me costaba abrir los ojos. Cuando lo hice, no pude evitar sentir que ese título colgado sobre la pared me estaba recriminando algo. Acababa de ser madre, y sin embargo, mi profesión me estaba llamando. Quería ser abogada. Siempre había sido mi sueño. Daniel, a mi lado, se movió un poco, adormilado.

_ Buenos días, cielo._ Me saludó.

Yo sonreí y le di un beso, con ternura. Me sentía la mujer más feliz del mundo. Daniel, Regina… y por supuesto, el pequeño Henry. No había una familia que se quisiera más que la nuestra. Es cierto que debía buscar un trabajo, que tenía que iniciar una carrera. Mi marido había luchado por nuestro país, y eso ya era más que suficiente para saber que, finalmente, se merecía un descanso.

Confieso que siempre me asustó que trabajase como soldado. Que los permisos que recibía era los momentos más felices de mi vida, y que nuestro hijo era la luz de mi vida. Ahora que la guerra parecía haber terminado, nos encontrábamos en un estado de paz. Me puse en pie y me dirigí a la cocina. Codsworth, nuestro robot, había hecho el desayuno. Daniel se sentó en el sofá a ver la tele y yo me acerqué a recoger el correo.

_ ¿Vault-tech?_ Murmuré, observando un sobre azul sobre el que había impreso un hombrecillo que me mostraba el pulgar, como si tratase de darme confianza. Lo abrí y ojeé el contenido de la carta. Me informaban de que, por los servicios de mi marido en la guerra, tanto él como el resto de nosotros habíamos conseguido una plaza en el refugio local.

¿Un refugio nuclear? Lo cierto es que pensar en las bombas me daba pavor, pero no se me pasó siquiera por la cabeza la idea de acabar mis días en un refugio nuclear. Yo no era la clase de mujer que se veía encerrada entre cuatro paredes. Me senté junto a Daniel y le di un suave beso.

_ Hoy estás cariñosa…_ Me dijo, rodeándome con el brazo.

_ Porque te quiero mucho._ Le dije, ronroneando._ Y soy inmensamente feliz.

Mis labios se dirigían una vez más al encuentro con los suyos cuando el llanto del pequeño Henry me devolvió a la realidad. Le di un beso en la mejilla y me levanté, acercándome a la habitación del bebé. Codsworth sabía hacer muchas cosas. No lo llamaban señor mañoso por nada. Pero decididamente, si se trataba de cuidar niños no se le podía considerar ni de lejos preparados.

_ Tranquilo pequeño… Mamá está aquí._ Dije, en un susurro, acariciando su cabecita.

Henry rompió su llanto y no tardó en comenzar a reír. Ni tenía hambre ni sueño. Tan sólo echaba de menos a su mamá. Ese pensamiento me había hecho sonreír. Besé su cabecita y miré sus ojos.

_ ¡Regina! ¡Tienes que venir, rápido!

La voz de Daniel sonaba aterrada. Y eso hizo que yo misma me sintiese acelerada. Abracé a mi hijo y me acerqué a la televisión. Escuché, atenta, las palabras del presidente, que en un comunicado, nos hablaba de lo que no podría definir de un modo distinto a la tercera guerra mundial. Bombas atómicas habían caído sobre chicago… y otras se precipitaban sobre Washington… y sobre Boston.

Miré por la ventana, y observé por la ventana. La gente corría. Hubo un accidente de coche mientras observaba. Sentía mi mundo desmoronarse.

_ ¡Regina! ¡Vamos!

No supe en qué momento, pero Daniel había cogido al niño y abierto la puerta. Y entonces fue cuando recordé la carta de Vault-Tech, y el refugio. Pensé en qué estábamos salvados. Asentí y le seguí. No éramos los únicos que corríamos. Prácticamente todos nuestros vecinos lo estaban haciendo. Pero al llegar, un hombre ataviado con una armadura, nos estaba esperando. Junto a él había una mujer menuda y de nariz aguileña. El hombre de la armadura, que sujetaba una ametralladora rotatoria, servía como disuasión para todo aquel que tratase de acercarse a la mujer.

_ Su nombre, por favor._ Me miraba a mí. Tragué saliva.

_ Mills, señora. Mi esposo, mi hijo y yo estamos en la lista.

La mujer alzó una ceja por un segundo y finalmente miró en el portapapeles que llevaba. Sentía el corazón en un puño. Finalmente, la mujer tosió y me miró.

_ Adelante, pueden pasar._ Dijo, provocando que el hombre armado se hiciera a un lado.

Había una gran plataforma, en la que varias personas se habían colocado ya… un ascensor. Puse mis pies sobre el primero de una serie de tres unos. El refugio ciento once. Empezaba a relajarme, y casi estaba a punto de sonreír a Daniel, cuando escuché una explosión y pude ver, en la lejanía, como un hongo nuclear comenzaba a formarse. Hubo gritos, pero finalmente la plataforma comenzó a bajar. Me pegué al suelo, notando cómo Daniel se acercaba y me besaba en la mejilla.

_ No temas, mi amor… te prometo que todo saldrá bien.

Fue en ese momento en el que finalmente sonreí, y me sentí segura. Abandonamos el ascensor, y nos colocamos en lo que para mí era una larga cola. Había una mujer repartiendo uniformes, y junto a ella, un médico. Tomé a Henry en brazos mientras Daniel se cambiaba.

_ Tranquilo, peque… mamá está aquí._ Dije, besando su frente._ Te quiero.

_ Yo también te quiero._ Susurró Daniel, cuando salió.

_ Ese mono azul te queda muy bien._ Le dije, dándole un beso en los labios.

A mí no me costó embutirme en aquella prenda azulada que se me pegaba al cuerpo. Era de talla única, y lo cierto es que lo encontraba un tanto estrecho. Pero a medida que nos movíamos por el pasillo, lo notaba más cómodo. No entendía lo que decía el doctor, ni tampoco quería hacerlo. Sólo quería estar segura de que nosotros tres estaríamos bien en aquel refugio.

_ Señora Mills._ Dijo, sacándome de mi ensimismamiento._ Tanto usted como su marido estuvieron expuestos a la explosión durante un par de segundos. Creemos que es conveniente proceder a la descontaminación.

Tragué saliva, algo asustada, pero asentí. No quería que la radiación nos hiciese nada. No me quitaba aquel hongo nuclear de la cabeza. Había sido tan aterrador, que admito que no estaba pensando con claridad mientras me sentaba en aquella cápsula. Frente a mí estaban Daniel y Henry. Por ello me mantuve fuerte y sonreí. Él también sonreía, pero algo me decía que lo hacía por lo mismo.

Las cápsulas se cerraron, y entonces, empecé a sentir frío. Llegó repentinamente, y la consciencia me abandonó antes incluso de poder darme cuenta de cómo se dormían mis extremidades. Cuando volví a abrir los ojos, estaba temblando. Sentía que no podía moverme. Frente a mí, veía a Daniel en el mismo estado. Había una mujer vestida de cuero, armada, y una persona que no pude identificar, embutida en un traje de plástico. Abrieron la cápsula de Daniel.

No podía oír lo que estaba ocurriendo ahí fuera. Pero sí pude ver cómo arrancaban a Henry de los brazos de Daniel. Golpeé el cristal, y al darme cuenta de que era en vano, traté de buscar un cierre. Sin embargo, era difícil, porque no podía dejar de mirar. Y entonces fue cuando, finalmente, fui capaz de escuchar un sonido. Un disparo. Alterada, miré y observé cómo Daniel perdía las pocas fuerzas que tenía. Podía ver la sangre, aún espesa por el frío, caer por el agujero de su cabeza. Henry acabó en manos de la persona que no podía reconocer, y golpeé una vez más el cristal con las manos. Esta vez sí parecieron oírme, porque la mujer, que aún tenía el arma caliente con el que había disparado, se volvió para mirarme. Se rio, y se acercó para escribir algo en el cristal que nos separaba.

"Gracias"

Mientras trataba en vano de intentar golpear el cristal, el frío volvió a atraparme. Lo siguiente que recuerdo es la cápsula abriéndose, y cómo me desplomé sobre el suelo. Aún semicongelada, me arrastré hasta la cápsula de Daniel, y pulsé con todas mis fuerzas el botón que abría su cápsula.

Lloré, observándole. Congelado y fallecido. Lancé un grito, uno que retumbó en toda la sala. Por un momento pensé en dejarme caer allí, y morir junto al amor de mi vida. Pero no me quitaba de la cabeza a mi hijo, a mi pequeño. Tenía que recuperarlo.

A mi cabeza acudía la imagen de Daniel, pocos días antes de partir hacia la guerra, y las palabras que me había dicho. "Si algo me pasara, debes cuidar de nuestro hijo". Estoy segura de que él no pensaba en algo como lo que había sucedido, pero cuando le miré, lo hice decidida.

_ Daniel… te prometo que voy a encontrar a nuestro hijo. Y voy a vengarte… te lo juro.

Cerré la cápsula y, aún con lágrimas en los ojos, observé a mi alrededor. Tenía que salir de aquella sala helada. El calor me ayudaría a pensar. Aún me costaba andar, pero lo cierto es que no tenía otra opción más que andar. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero a simple vista, podía tener claro que había sido mucho tiempo. Mientras me movía por el refugio, no pude menos que tratar de apartar la idea de que estaba sola en el mundo.

Al principio fue inútil. No me sentía capaz de olvidar lo que me pasaba. Hasta que miré por uno de los ventanales que daba al comedor, y lancé un grito, junto con un salto hacia atrás.

¡Una cucaracha! ¡Una cucaracha que mediría al menos medio metro! Me encontraba al borde del desmayo mientras observaba aquella criatura. Pero no podía. No podía permitirme bloquearme de ese modo. Tomé otro camino, hacia arriba, suponiendo que me acercaría al exterior. Llegué a una sala en la me encontré con lo que parecía un despacho. Tirado en el suelo, como si no fue nada, el esqueleto de un hombre ataviado con una bata, parecía presidirla. Tras él había un ordenador, y sobre la mesa, una pistola y varios cargadores. A su espalda no se me escapó la presencia de una caja de seguridad que contenía lo que parecía un arma sacada de una revista de ciencia ficción.

Me acerqué al ordenador y no tardé en encontrar el parámetro que me permitía abrir la puerta. Se escuchó un sonido metálico, y finalmente pude llegar a la sala del ascensor. Sentía pánico mientras subía. Temía lo que pudiese haber fuera. La luz del sol me golpeó, como una vieja amiga. Observé a mi alrededor, y no pude evitar pensar en que, a pesar de todo… era hermoso. Parecía otoño. Las hojas se apilaban. Yo me moví con paso lento, caminando hacia la que antaño había sido mi casa. Todo lo que me encontré estaba en ruinas.

Mi vida estaba en ruinas. Mi hogar estaba lleno de hojas y polvo. Me dirigí a la habitación de mi hijo y observé la cuna. La madera estaba corrida, el acero, oxidado. Temí que si la tocaba se desharía. Me quedé quieta por un segundo, suspirando. Quería seguir, pero cada vez me costaba más. Todo lo que veía me recordaba cuánto había perdido. Estaba tan distraída, que no escuché ruido hasta que fue tarde.

Me devolvió a la realidad un grañido. Me giré, y mis ojos se toparon con los de un pastor alemán. El perro me miraba, y yo le devolví la mirada. Era el primer ser vivo que me encontraba desde que había salido del refugio. En realidad, desde que había salido de la cápsula, si no se tenía en cuenta aquella horrible cucaracha.

_ ¿Qué te pasa, pequeño? ¿Cómo te llamas?_ Pregunté.

Sonreí un poco y cogí la placa que el perro llevaba al cuello. El collar, gastado, se deshizo en mis manos. Pero aún pude leer la placa, y la observé.

_ Entonces… ¿Te has perdido… Albóndiga?

El perro ladró, juguetón, y adoptó la postura de pedir. A mí se me escapó una pequeña risa.

_ ¿Te vienes conmigo, amigo?_ Pregunté.

Como respuesta el perro me rodeó, moviendo la cola y me dio un lamentó en la mejilla. Al menos no estaba sola. En aquel infierno.