CAPITULO 2

No podía soportarla. Ni siquiera podía entender qué lo había poseído años atrás para haberse sentido enamorado de ella. Mientras se sentaba en su sillón, reparó en el jersey azul que llevaba y se preguntó si lo habría hecho a propósito, si aún recordaba que aquél era su color favorito. El suave material parecía diseñado para ser tocado. Además, se ajustaba perfectamente a su cuerpo, resaltando la sinuosa curva de sus senos. Sí, ya estaba convencido. Su elección había sido premeditada y eso lo irritaba aún más.

—Estás en mi sitio —dijo él con crispación.

—Hay dos sillas y dos ordenadores, ¿no? —ella alzó la vista con un inesperado gesto de inocencia.

—Yo necesito trabajar en mi ordenador. Hay cosas en él a las que no quiero que accedas.

—Bueno... de acuerdo —ella se levantó de la silla y se sentó en la que había a la izquierda.

Zoro se situó en su asiento y trató de acomodarse, pero el femenino aroma de la intrusa lo perturbó. Olía, tal y como lo había hecho años atrás, a un perfume refrescante y embriagador. La recordó impregnándose levemente la zona trasera de las rodillas con aquella pócima seductora. Decía que el olor viajaba de arriba abajo y que así los vapores prodigiosos acababan envolviéndola toda.

—¿Vamos a trabajar, o te vas a limitar a quedarte ahí sentado con esa sonrisa incompleta en el rostro?

El recuerdo se disipó junto a la involuntaria mueca, y frunció el ceño, irritado. Sin duda, aquel reencuentro debía de ser algún tipo de castigo del destino. Aún no sabía el motivo de que le hubiera enviado de vuelta semejante maleficio, pero tendría que averiguarlo.

—Vamos a trabajar —dijo él con sequedad. Abrió un cajón y sacó un trozo de papel que le mostró—. Supongo que ya has firmado todos los contratos de confidencialidad.

Ella asintió.

—Ésta es la palabra clave para acceder al sistema. Memorízala y, pase lo que pase, no se la digas a nadie.

—¡Vaya! Yo que tenía prevista una cita para esta noche, en la que poder susurrarle la clave a mi amante.

—Te aseguro que no le encuentro la gracia a ese comentario —dijo él.

—Pues entonces, deja de tratarme como si fuera una idiota, Zoro —respondió ella con sequedad—. Sé la importancia de mantener en secreto una clave.

El se ruborizó.

—Lo siento —murmuró.

—Disculpas aceptadas.

Ella miró durante unos segundos la clave y memorizó la compleja combinación de números y letras. Luego se lo devolvió.

—Antes de nada, necesito un momento para poder familiarizarme con el sistema antes de entrar en el programa.

Él asintió y centró la atención en su propio monitor.

Durante unos minutos hubo un silencio absoluto. De no ser por aquel desconcertante olor, habría podido olvidar que estaba allí. Bueno, lo habría intentado.

Se sorprendió a sí mismo, en varias ocasiones, lanzándole miradas de soslayo, comparando su aspecto presente con el pasado. Cinco años habían transcurrido desde que sus encantos lo habían cautivado, pero seguía tan maravillosa como antaño. Seguía teniendo el mismo cabello oscuro y largo que enfatizaba sus pómulos y aquellos ojos seductores de pupilas azuladas. Era alta y delgada y recordaba su cuerpo esbelto luciendo, hermoso, en aquel bikini azul que había usado en su viaje a la playa. Los recuerdos hicieron que la temperatura de Zoro subiera rápidamente. Invadió sus sentidos el olor floral que había extendido con deleite sobre su piel aterciopelada. Casi podía sentirla bajos sus dedos.

—¡Vaya! Tienes el solitario —dijo ella encantada.

—No habrá tiempo para juegos —respondió él, feliz de que su comentario lo devolviera a la realidad. Unos minutos más y habría necesitado con urgencia una ducha fría.

—Siempre hay tiempo para el solitario —protestó ella—. Pienso mejor mientras juego.

Por esa misma razón lo había instalado en su ordenador, porque a Zoro también le servía para pensar. Pero no estaba dispuesto a confesárselo a ella. El hecho de tener algo en común lo desconcertaba. Cinco años atrás había tenido la sensación de compartir muchas cosas con ella. Sin embargo, había quedado como un verdadero necio. No estaba dispuesto a permitir que aquello sucediera otra vez.

Robin agarró su bolso y sacó de dentro un paquete de galletas.

—Ahora dime, ¿qué te hace sospechar que un pirata pueda haber accedido a tus ficheros?

Zoro no podía creerse que ella se hubiera puesto a comer en su despacho. La expresión de su rostro debió de hacerse explícita.

—Lo siento, pero apenas si he comido —se excusó ella, mirando avergonzada las migas depositadas en el borde de la mesa.

—Todo parecía estar en orden hasta hace un mes —le explicó Zoro sin aventurarse a mirarla a la cara—. Entonces, me di cuenta de que el primer segmento del programa mostraba que había sido copiado y que algunas partes habían sido variadas para impedir su funcionamiento. Pensé que algún técnico del departamento lo habría hecho por motivos que desconocía. Reparé el problema y aplacé la conversación con ellos para el día siguiente. Pero al volver a acceder poco después, vi que había vuelto a ocurrir.

—¿Quién tiene acceso a Utopía?

—Sólo mis colaboradores directos.

—¿Y quiénes son?

—Profesionales de primera —dijo él con frialdad—. Llevan trabajando en mi equipo desde que yo entré en la compañía.

—¿Qué sabes de sus vidas personales? —continuó ella.

—Nada.

Ella lo miró atónita.

—¿Llevas años trabajando con esa gente y no sabes nada de su vida personal?

El tono acusatorio de su voz lo irritó.

—Yo vengo aquí a trabajar, no a socializar —murmuró él—. Confío en esa gente.

—Zoro, piensa, por favor. ¿Qué razón puede tener alguien para robar el programa?

Repentinamente, una pregunta inesperada e inadecuada se formó en la mente de él: ¿Ella se habría casado? Miró su mano en busca de un anillo, pero no encontró ninguno.

—¿Zoro? ¿Por qué querría alguien copiar el programa? —repitió ella.

—Para venderlo —respondió él—. Wintersoft tiene muchos competidores a los que les encantaría quitarnos este producto.

—Eso significa que una copia del programa podría valer mucho dinero.

—Una pequeña fortuna —admitió él.

—Lo primero que tengo que hacer es estudiar con detenimiento el programa —dijo ella. Él miró al reloj.

—Tengo una reunión a la que atender por otro asunto. Volveré en una hora aproximadamente —dudó un momento. No le gustaba la idea de dejarla sola en su santuario particular, pero necesitaba desesperadamente un poco de espacio.

—No te preocupes, Zoro. No me sentaré en tu elegante sofá, ni me beberé tu alcohol mientras estés fuera.

Eso esperaba.

—Luego te veo —dijo él, y se marchó.

Una vez en el pasillo se detuvo un momento sin saber qué hacer. Había mentido. No había ninguna reunión, pero necesitaba desesperadamente respirar aire fresco, librarse de aquel aroma embriagador que lo perturbaba, calmar los nervios que lo habían poseído desde el instante mismo en que ella había entrado. Pensó en ir a la sala de empleados. Pero no sabía ni siquiera dónde estaba. Tomó el ascensor y salió a la calle, con la esperanza de que el aire helado borrara de su mente las cálidas imágenes de la playa y de una hermosa mujer de nombre Robin.


Había conocido a Zoro en un curso de especialización. Ya entonces le había llamado la atención no sólo su atractivo físico, sino también su brillante mente. Según iba analizando los ficheros de Utopía, la complejidad del programa iba confirmando su percepción. Aquel hombre gozaba de un intelecto privilegiado. De haber estado trabajando por su cuenta, aquel producto le habría proporcionado muchos millones. No era de extrañar que la empresa estuviera tan preocupada por mantener a buen recaudo aquel tesoro. Mientras revisaba el programa, trató de no prestar atención al poderoso olor a colonia cara que se respiraba en el ambiente. Era demasiado sugerente.

Se levantó de la silla y se dirigió a la mesa de café. Agarró una naranja, se sentó en el sofá y comenzó a pelarla, sin dejar de mirar la pantalla del ordenador desde la distancia. Su pensamiento estaba aún con el hombre que, sólo momentos antes, había salido del despacho.

De los seis meses que habían acudido a la facultad en Silicon Valley, dos los había tenido que invertir Robin en convencer a Zoro de que en la vida había muchas cosas aparte de su ordenador.

—Todo eso no es más que historia pasada —murmuró ella.

Mientras comía lentamente no podía, sin embargo, dejar de pensar en él y en la complejidad del programa que había desarrollado. Si un pirata había accedido, la compañía podía tener un grave problema.

Perdió la noción del tiempo sumida en sus pensamientos. Para cuando quiso ponerse de nuevo a revisar el programa, Zoro ya estaba de vuelta.

Entró sin mediar palabra y se dirigió directamente a las cáscaras de naranja que ella había dejado olvidadas. Las recogió con una servilleta.

—Lo siento —se disculpó ella.

—Yo nunca como cuando estoy en el ordenador —afirmó tajantemente él.

—Pues yo lo hago siempre —respondió ella. Había olvidado lo rígidos y compulsivos que eran sus hábitos.

Después de tirar los desperdicios, se colocó detrás de ella y miró el punto del programa en que Robin se había detenido.

—Lo que has creado es brillante —le dijo ella.

—Gracias —respondió él y se sentó en su puesto—. He estado trabajando en él durante meses, pero llevaba visualizándolo años. No puedo creer que finalmente esté hecho.

—Todo lo que tenemos que conseguir es cazar a ese desaprensivo pirata antes de que haga daño de verdad.

—Hasta ahora, ha sido capaz de copiar cinco secciones del programa y de cambiarlas sutilmente. No he podido aún descubrir cómo ha accedido.

—Debes de tener algún acceso desprotegido en algún sitio —dijo ella.

—Lo sé. Pero no he sido capaz de descubrir dónde.

El tiempo que Zoro se había tomado para la reunión no parecía haber mejorado su estado de ánimo. Estaba aún más tenso que al principio.

—Estoy segura de que lograremos dar con ese acceso y cerrarlo.

Las tranquilizadoras palabras de Robin tuvieron un efecto inverso en él.

—Estoy seguro de que podría haberlo solucionado todo yo solo.

AI parecer con lo que iba a tener que batallar más intensamente era con el orgullo herido de aquel hombre inaccesible.

—Estoy convencida de que eso es verdad. Pero con dos personas trabajando sobre el mismo problema podemos hacerlo en la mitad de tiempo.

—Espero que se resuelva de inmediato para que puedas regresar cuanto antes a tu vida en California.

Ella sintió un repentino cansancio y cierta irritación. Desde el instante en que había entrado en su despacho no había hecho sino dificultarle la estancia. Había tenido un largo vuelo, no había comido adecuadamente y estaba cansada. Necesitaba irse al hotel para tomar una buena comida caliente y prepararse mentalmente para trabajar con un hombre que se negaba a colaborar.

—Te aseguro que me encantaría poder resolver el problema de inmediato y perderte de vista cuanto antes. Pero, de momento, me voy a ir al hotel a descansar, para poder empezar fresca y renovada mañana —se levantó y apagó el monitor.

Tomó el abrigo olvidado en el sofá.

—Si no te importa, indícame dónde está el hotel Brisbain.

—A dos manzanas de aquí. Al salir tienes que ir a la izquierda y lo encontrarás en la misma acera. Te llamaré un taxi.

—No, es absurdo tomar un taxi para dos manzanas. Iré andando. Necesito respirar un poco de aire fresco. El ambiente está muy cargado aquí —se puso el abrigo y agarró su maleta—. Supongo que estarás aquí a primera hora de la mañana.

—Con que vengas a las nueve es suficiente —respondió él con su habitual frialdad.

Robin se preguntó si realmente había oído alguna vez aquellas cálidas y dulces palabras que recordaba escapando de su boca. Abrió la puerta del despacho.

—Hasta mañana, Zoro.

Cerró la puerta y recorrió el pasillo hasta el ascensor.

Estaba cansada y la presencia de Zoro no había hecho sino alterar su capacidad de concentración. Había creído que verlo de nuevo no supondría nada especial. Pero se había equivocado. No había esperado que ejerciera aún aquel efecto sobre ella. Llamó al ascensor y, mientras esperaba, se prometió a sí misma que aquella misma noche se encargaría de poner punto final a las emociones que la alteraban.

Se abrieron las puertas y entró sin prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. Inesperadamente, notó la presencia de Zoro dentro de la cabina. Disimuló su sorpresa.

—¿Te vas a casa con tu mujercita? —preguntó ella.

—No hay ninguna mujercita.

—Entonces una mujerona?...

Él estuvo a punto de sonreír, pero se contuvo.

—No hay mujer de ningún tipo. He pensado que será mejor que te acompañe al hotel. Es tarde y no deberías ir sola.

Él agarró el asa de la maleta y ella se resistió inicialmente a dársela. Pero era tarde y el equipaje pesaba. Finalmente, cedió.

—Así que no te has casado —dijo ella cuando salían del ascensor.

—No. ¿Y tú?

—El matrimonio nunca fue una de mis prioridades en la vida.

—Sí, lo recuerdo —dijo él con amargura, dando claves de que el pasado que habían compartido no estaba completamente olvidado.

Ella sintió una extraña presión en el pecho, pero se negó a prestarle atención. No tenía sentido hacer caso a los sentimientos que despertaba un asunto zanjado. Eso no haría sino dificultar aún más su trabajo juntos.

Al llegar a la puerta del edificio, Robin observó que la nieve había dejado una espesa capa que cubría de blanco las calles.

—¡Zoro! ¡Es precioso! —se apresuró a salir a la calle, con ese entusiasmo casi infantil que raras veces la caracterizaba.

Abrió los brazos y comenzó a girar con la mirada al cielo, dejando que los copos que aún caían se posaran sobre su rostro. Zoro la miró con el mismo gesto distante y taciturno de siempre, como si ella fuera una alienígena.

—No es más que nieve.

—La primera que veo en mi vida.

—¿De verdad? ¿Nunca has ido a las montañas a esquiar?

—No. Están muy lejos de mi casa.

Agarró un puñado de nieve, hizo una bola y miró a Zoro.

—No se te ocurra ni pensar en ello —le advirtió él.

Sin darse tiempo a recapacitar, lanzó la masa helada al centro de su pecho. Él observó los restos de hielo depositados en la lana y alzó el rostro de nuevo. Lentamente, dejó la maleta en el suelo y recopiló un puñado de nieve.

—¡No, Zoro, no! —una carcajada nerviosa se escapó de los labios de Robin—. Lo siento, lo siento de verdad. No era mi intención...

Se dio la vuelta para correr, pero la bola le golpeó de lleno en la espalda. Durante todo el camino hacia el hotel se dedicaron a dispararse bolas heladas y, por primera vez desde su llegada, ella pudo volver a oír la cálida y densa risa de Zoro.

Al detenerse ante la entrada, él le quitó cuidadosamente los restos de nieve que habían quedado atrapados en su pelo. Pero en el instante en que su mano le rozó el rostro, toda risa quedó consumida por la repentina tensión. Él se apartó rápidamente.

—Ya estás aquí, sana y salva —le dijo, entregándole la maleta.

—Gracias por acompañarme —dijo ella—. Ha sido un gesto muy caballeroso por tu parte.

—Smoker y Tashigi Winters jamás me perdonarían que te sucediera algo antes de que atrapes al pirata.

Robin sintió un repentino frío que le caló los huesos. Por un momento la cálida actitud de Zoro le había hecho olvidar que aquel había sido el hombre que le había partido el corazón. Seguía siendo el mismo ser insensible, incapaz de amar. Jamás existiría para él nada más allá de su trabajo y de su cuadriculada concepción de la vida.

—Gracias en cualquier caso —respondió ella—. Te veré por la mañana.

Él asintió secamente, se dio la vuelta y se alejó. Ella observó su solitaria figura hasta que se perdió en la distancia. Luego, entró en el lujoso hotel que la compañía le había buscado. Lo primero que hizo después de registrarse fue pedir que le sirvieran una copiosa cena en la habitación. Necesitaba recabar fuerzas para la dura tarea a la que tendría que enfrentarse. No se había imaginado que trabajar con Zoro pudiera llegar a ser tan duro.

Sólo con verlo le habían vuelto a la memoria escenas del lecho compartido con aquel amante fabuloso y apasionado. Pero no podía olvidar que los cuatro meses de amor y locura que había pasado a su lado no habían sido más que una ilusión temporal. Zoro había fingido ser humano. La había engañado, haciendo que creyera que la comprendía. Pero la verdad se había impuesto.

—Me engañó una vez, pero no me va a engañar dos —se dijo ella y se estiró en el sofá, ante la mesa repleta de comida que el servicio de habitaciones acababa de llevar.

Tiempo atrás había creído que Zoro tenía sangre en las venas. Pero había comprobado que estaba compuesto de mega bites y que era un hombre tradicional con rígidas ideas sobre la familia y la esposa. Ella no había encajado en sus almidonadas ideas y jamás lo haría.

Continuara…


NUEVO CAPITULO... ESPERO ALLA SIDO DE SU AGRADO...

AH! AHORA QUE RECUERDO... ESTA HISTORIA SOLO TIENE 11 CAPITULOS ASI QUE ES POSIBLE QUE ALTERE EL HORARIO...

REVIEWS?