Gracias, lemwimsen, siento el retraso.

fanclere, albóndiga en singular. Es el nombre del perrito ^^

Pues aquí lo tienes, Kykyo.

Love, tus deseos, son mis órdenes.


Emma Swan

La gente contaba historia sobre cómo había sido el mundo antes de la guerra. O más bien sobre lo que sus padres y abuelos les contaban que habían sido. Yo jamás había visto aquel mundo. Había pasado mi infancia en el refugio ochenta y uno. Cuando mi gato, ceniza, salió y lo perseguí, la puerta del refugio se cerró tras de mí. Y desde entonces, había tenido que apañármelas sola. Por suerte, había encontrado mi sitio. Y en aquel momento, tocaba demostrarlo. La armadura se ceñía contra mi cuerpo. Hacía calor. Y resultaba difícil soportar el bochorno mientras sujetaba el rifle.

Por suerte, tenía una parada programada que hacer en un pequeño asentamiento. Goodneighbor. Allí se juntaba toda la escoria de la región. Ovejas descarriadas, necrófagos y mutantes de toda clase. Si dependiese de la gente que se encontraba sobre mí, lo cierto es que habían volado esa zona hacía mucho tiempo. Pero lo cierto es que yo, por más que lo había intentado, no podía manifestar un odio como aquel.

Dejé atrás la armadura y el blasón, y me encaminé hacia la población. Sabía que la gente me miraba raro. Pero también tenía claro que respetarían la única norma de Goodneighbor, igual que lo hacía yo. Todos son bienvenidos siempre que no se metan en problemas. Necesitaba información, y sólo había un lugar en el cual podría encontrarla, en The third rail, el bareto del pueblo.

Si mis compañeros supieran que andaba por allí, se sentirían avergonzados y, probablemente, habría muchos que no querrían seguir a mis órdenes. Sin embargo, eso no estaba en mi memoria mientras me sentaba y tomaba asiento. La cálida y aterciopelada voz de magnolia se escurría por el local, dejando a todos un tanto amodorrados.

Magnolia es una mujer de armas tomar que trabaja allí, prestando su voz. Siempre llevaba un seductor vestido rojo, y se muestra distante con casi todos… pero por desgracia, no conmigo. Lleva intentando seducirme desde que había entrado en el local la primera vez. Pero no tardé en darme cuenta de que si lo hacía, era sólo porque soy un soldado.

Cuando terminó de cantar se acercó a mí y se sentó a mi lado. Yo observaba el whisky que tenía entre mis dedos. Estaba turbio, por supuesto. Pero no conocía otro más que ese. Me había criado entre bebidas turbias y páramos radiactivos. Aún recordaba la última tormenta de radiación que había asolado nuestra base. Magnolia, sin embargo, estaba más interesada en acariciar mi cuello para devolverle a la realidad.

_ Hay algo que te atormenta… ¿Me equivoco, Paladín, Swan?_ Magnolia sonrió._ ¿Tampoco podré secuestrarte esta noche?

_ Temo que no, querida…_ Le dije, en un suspiro._ Ya sabes lo que opino.

_ Emma…_ Se tomó la libertad de tutearme._ Quizá deberías dejar de pensar en lo que sé qué te pasa por la cabeza. Quizá tú seas un caballero de brillante armadura. Pero en este mundo, no quedan princesas. El mundo se encarga de corromper a todos.

Mi mirada se tornó fría mientras me apartaba de aquella seductora mujer. Aquello que había dicho me había hecho mucho daño. Y debió notarlo, porque hizo ademán de disculparse. Yo negué y me dirigí a la puerta. Pero ella me tomó de la mano y suspiró.

_ Se rumorea que se han abierto las puertas de otro refugio, el ciento once._ Dijo, mirándome._ Si quieres buscar a tu chica… quizá haya salido de allí.

Sabía que Magnolia no me lo ocultaba por su egoísmo, ni por su deseo hacia mí. Lo hacía porque había sufrido muchas decepciones. Pero algo me decía que esta vez… todo sería diferente.

Regina Mills

_ ¡Vamos, chico! ¡Tráelo!_ Dije, lanzando el palo una vez más.

Albóndiga volvió una vez más y yo sonreí, cogiendo el palo. Sabía que no podía quedarme más tiempo. Los escasos recursos que Codsworth y yo habíamos reunido no iban a durar más tiempo. Llevaba una semana maldurmiendo en los restos de mi antigua cama. Seguir negando que el mundo había cambiado no serviría para nada. Me despedí de Codsworth, y comencé a andar por lo que antaño había sido un hermoso puente. Ahora, en cambio, estaba destrozado y crujía a medida que lo cruzaba. No sin cierto reparo, conseguí cruzar y observé otro de los muchos horrores que aquel mundo guardaba para mí. Un hombre que debía llevar una semana fallecido, se encontraba tirado en el suelo, emitiendo un hedor a podredumbre que lo llenaba todo.

Albóndiga emitió un quejido, observando a un enorme perro que debía haber sido el causante de la muerte del hombre. Una llave fija le atravesaba el estómago. Sentí un retortijón, pero me esforcé por no vomitar. Sabía que no podía permitírmelo. No tenía energías como para hacerlo. Mi vista se dirigió a la mano izquierda, donde el pip-boy que me dieron al llegar al refugio emitió un ligero pitido.

El pequeño ordenador de mi muñeca incorporaba un contador geiger que había reaccionado ante el cadáver de la criatura. Di un paso atrás, inquieta por la radiación, y lo rodeé. Sentía el deseo de salir corriendo, pero sabía que sería inútil. Daniel había hablado mucho conmigo sobre la guerra. Me había enseñado a disparar. Y eso hice, cuando escuché el zumbido de una enorme mosca.

Tuve que disparar al menos tres balas para que la enorme mosca, del tamaño de una calabaza grande, cayese al suelo. El zumbido cesó en el mundo real, pero no así en mi cabeza, donde seguía resonando. El mundo en el que ahora vivía no era pacífico como aquel que había conocido. La sensación de pánico no parecía dispuesta a desaparecer.

_ ¡Socorro! ¡Por favor, ayuda!_ Exclamó una voz.

Instintivamente, corrí en esa dirección. Me encontré con un hombre, vestido con prendas de cuero, que parecía desesperado.

_ ¿Qué ocurre?_ Pregunté.

_ ¡Es mi mujer! ¡Está sangrando!_ Gritaba, en su desesperación._ ¡Por favor, ayúdeme!

_ Haré lo que pueda._ Daniel era médico de campaña. Yo no era precisamente una experta, pero haría lo que pudiese._ Lléveme con ella. Albóndiga, espera aquí.

Me llevó a una casa en ruinas cercana. Abrió la puerta, y yo crucé primero. Me encontré un catre ensangrentado… pero allí no había ninguna mujer. Empezaba a sentir que algo iba mal cuando noté una hoja de acero presionar contra mi espalda.

_ Me has mentido…_ Dije, en un susurro.

_ Tira el arma._ Solté mi pistola, y él le dio una patada.

El hombre pasó su cuchilla por mi mejilla, hasta que finalmente pude notar una ligera presión sobre mi labio. Me había hecho un pequeño corte, que mojó mis labios con mi propia sangre. Quise llorar, pero retuve mis lágrimas. Tenía que ser fuerte.

_ Mis amigos y yo vamos a divertirnos mucho contigo…_ su mano aferró mi pecho izquierdo y lo apretó con fuerza._ ¿Cómo te llamas, encanto?

No contesté, y él me empujó sobre el catre. Quizá él tuviese el cuchillo, pero no pensaba entregarme a él. No voluntariamente.

Emma Swan

El sonido de las hélices del helicóptero solía relajarme. Me había unido a la hermandad de acero buscando su protección. La entrada del refugio ciento once había estado cerrada cuando pasamos sobre él. De modo que intenté pensar en qué haría un refugiado que acaba de salir de su hogar. Recordando mi niñez, no solía ser difícil. No tardamos demasiado en llegar a un pequeño pueblo en ruinas. Escuchaba voces. Mi instinto me puso sobreaviso. Y por ello me puse la armadura. El núcleo de fusión la cargó, y se activó el visor. Justo a tiempo para ver un misil que impactó directamente contra la parte delantera de helicóptero. Salté, sintiendo cómo el suelo se acercaba a mis pies.

Cuando choqué, la armadura absorbió el impacto y lo devolvió contra los atacantes más cercanos. Habían cometido un grave error al intentar atacarme. Lancé el puño directamente contra el que tenía más cerca y su cráneo se rompió en pedazos cuando el guantelete le alcanzó. El poder de la servoarmaduras era temido… y para alguien como yo… era casi adictivo.

_ ¡Ad Victoriam!_ grité a pleno pulmón.

Ese era el lema de nuestra hermandad. Hacia la victoria. Sin rendirse, sin marcha atrás. Arranqué la escopeta que tenía entre las manos el cadáver del infeliz más cercano, y comencé a disparar. Uno por uno, todos los enemigos cayeron. Hice aquello que me enseñaron. Exterminar a la escoria que campaba a sus anchas por el yermo. Entonces escuché gritos en una pequeña casa cercana. Cambio de planes.

Regina Mills

Me debatía con todas mis fuerzas, entre gritos. Había conseguido quitarle el cuchillo de las manos, y sin embargo la superioridad física del hombre, se imponía. Estaba a punto de flaquear, cuando la puerta de la habitación se abrió, partiéndose en dos. Una persona embutida en una servoarmadura entró, escopeta en mano, y disparó una tiro que hizo estallar en pedazos la cabeza de mi captor. No pude evitar pensar en Daniel. Las servoarmaduras las usaban los soldados. Al menos en los tiempos que yo había vivido. Casi había esperado que cuando se abriese ese armazón de metal, mi marido saliese de él, me abrazara y me dijese que todo estaría bien.

Pero cuando la armadura se abrió, con un sonido metálico, no fue Daniel quien emergió de ella. Fue una mujer, de aspecto ligeramente salvaje. Su melena dorada se agitaba a pesar del inexistente viento. Y admito que, por primera vez desde que me había casado, sentí un ligero salto en mi corazón. Aquella mujer, aquella salvadora, se acercó a mí y puso la mano sobre mi labio herido.

_ ¿Te han hecho daño? ¿Estás bien?

_ Estoy bien._ Dije, con la voz tomada.

Ella sonrió y me miró a los ojos. Tenía dos poderosos ojos azules. Y al verla, por primera vez desde que llegué a aquel yermo, me sentí segura.

_ Puedo llevarte a un lugar seguro._ Me dijo. Yo asentí lentamente.

Me puse en pie, sintiéndome mareada. Lo cierto es que habían pasado muchas cosas desde que había salido del refugio. Empezaba a sentir que las cosas se calmaban en aquel momento. Aunque los restos de lo que en su día fue Boston había muchos peligros y pocos eran los que yo conocía.

_ Vamos, ponte la servoarmadura, yo te cubro…_ Me miró, preguntándome mi nombre con la mirada.

_ Regina M…_ No le pude decir mi apellido.

_ Encantada, Regina. Yo soy Emma.

La servoarmadura encajó bien con mi cuerpo. Nunca me había puesto una. La sensación fue extraña. Me sentía más fuerte… más ligera… a pesar de estar embutida en una enorme armadura de metal. Dentro se estaba fresca. Emma recogió la escopeta del suelo y se mantuvo cerca de mí. No parecía quedar nadie fuera, salvo albóndiga, que se acercó en cuanto nos vio. Emma le apuntó, pero yo no tardé en disuadirla.

_ Tranquila, es mi perro.

No sin cierta dificultad, salí de la servoarmadura y abrí los brazos para recibir a mi perro. Su fuera me empujó al suelo mientras me lamía insistentemente. No pude evitar reírme mientras albóndiga jugaba. Tardé un rato en darme cuenta de que Emma me miraba fijamente.

_ ¿Qué pasa?_ Pregunté.

_ Jamás he oído a nadie reírse así._ Me dijo._ Una risa tan cristalina… tan sincera.

Emma parecía completamente asombrada. Yo sólo me había reído. No creí que mereciese tanta atención por ello.

Emma Swan

Nunca antes había creído en el amor a primera vista. Hasta aquel día en el que había conocido a Regina. Aquella mujer era pura. No estaba corrupta por la sociedad del yermo como me había dicho Magnolia. Era una princesa… y yo ya había quedado prendada de ella. Y la conquistaría, costara lo que costase. Cuando me decidía por algo, no había nada que me detuviese. Durante años había tenido que luchar por encontrar a una mujer como ella. Desde que había sido forzada a abandonar el refugio ochenta y uno había esperado poder ver el mundo de la misma forma en que lo veía cuando vivía allí. Pero había sido imposible.