HOLA DE NUEVO... AQUI PRESENTANDOME Solitario196, Solitario para los amigos y sicarios... jajaja, bueno... les dejo un capitulo mas... es posible que publique otro mas, pero no estoy seguro aunque tengo algo de tiempo... pero YA VEREMOS...


CAPITULO 4

El sonido del teléfono desconcentró a Zoro. Miró a Robin mientras rebuscaba en su bolso a la caza del ruidoso aparato. Sólo había recibido un par de llamadas en la semana que llevaban trabajando juntos, y siempre habían sido breves y escuetas. Por lo que podía deducir de las conversaciones, se trataba de amigos. En aquella ocasión era diferente.

¡Mamá! —dijo ella al responder el teléfono. Se levantó y se dirigió a la ventana—. ¿Cómo estás?

Él se sintió aliviado al ver que ella se alejaba.

La última semana había sido realmente dura. No sólo no habían conseguido encontrar pistas sobre el pirata informático, sino que la presencia de Robin lo estaba volviendo loco. Hora tras hora tenía que soportar el desconcertante aroma de aquella mujer, escuchar su respiración o sus leves sonidos de frustración. No hacía nada conscientemente para irritarlo, pero lo irritaba. Se decía a sí mismo que sólo le afectaba trabajar con alguien en su espacio, cuando estaba acostumbrado a hacerlo solo. Pero no era eso. Eran los recuerdos, aquellos malditos recuerdos, los que lo invadían y lo atormentaban.

Estupendo, mamá —la voz de Robin resonó con fuerza interrumpiendo sus pensamiento.

Zoro cambió de posición en la silla, tratando de encontrar la mejor postura para verla mientras paseaba de un lado a otro de la oficina. Iba vestida con unos pantalones oscuro y una camisa blanca de manga larga, que se ajustaba a su cuerpo enfatizando sus curvas. Los rayos de sol que entraban por la ventana se reflejaban en su cabello. Estaba preciosa.

Miró con deleite el lóbulo de su oreja y recordó cómo su boca había atrapado aquel pequeño apéndice con apetito voraz. Se preguntó si su respuesta volvería a ser tan salvaje como antaño, pero no esperó contestación. Se obligó a sí mismo a mirar al monitor.

Estoy trabajando, sí. No, todavía no he podido ver Boston. No hemos podido parar ni un momento. Sí, sé que llevo aquí toda la semana... Yo también te quiero. Ya hablamos. Un beso.

Apagó el teléfono.

¿Tu madre sigue viviendo en Florida?

No. Lleva cinco años en California. Vive cerca de mí.

¿Se ven con frecuencia?

Sí, un día sí y otro no. Aunque ella tiene muchas cosas que hacer.

¿Y tu padre? No recuerdo que jamás lo hayas mencionado.

Robin frunció el ceño.

—No hay mucho que decir sobre él. Dejó a mi madre por otra mujer cuando yo tenía ocho años. Mantuvo un esporádico contacto conmigo durante un año y, después de eso, no volví a saber nada sobre él.

Era curioso, pero durante el tiempo que habían estado juntos no le había contado nada de aquello. Lo cierto era que no habían hablado de nada realmente importante. Habían estado demasiado ocupados riendo y haciendo el amor. Miró al monitor. Quizás si hubieran hablado más desde el principio se habrían dado cuenta de lo poco adecuados que eran el uno para el otro. Tal vez eso habría evitado que le partiera el corazón.

Miró al reloj. Eran casi las siete, hora de pedir comida, tal y como habían hecho cada día durante la última semana

Se volvió hacia ella.

¿Pedimos pizza?

No, no deseo pizza.

Entonces, ¿comida china?

Ella frunció el ceño.

No. No quiero comer basura otra vez.

Se dirigió a su puesto de trabajo y cerró una aplicación detrás de otra, hasta apagar el ordenador.

¿Qué haces?

Me voy —dijo ella bruscamente.

¿Qué te pasa?

¿Qué me pasa? Que llevo una semana en Boston y lo único que he visto es este despacho. Me obligas a trabajar sin descanso como si fuera una mula. Pero no lo soy. Soy una persona que, a diferencia de ti, necesita tener una vida fuera de la oficina.

Se dirigió al armario y sacó el abrigo.

Me voy a cenar a un restaurante, donde me sirva una persona real y donde pueda oír a otra gente hablar. Voy a respirar aire puro.

Espera un momento.

Ella se puso el abrigo y se volvió a mirarlo.

¿A qué?

A mí —respondió él y apagó el ordenador. Su pequeño discurso lo había hecho sentir culpable.

Ella lo miró sorprendida.

¿Qué?

He dicho que me esperes —tomó su abrigo y se lo puso—. Tienes toda la razón. Te he estado obligando a trabajar sin descanso y lo mínimo que puedo hacer es llevarte a cenar.

No es necesario —aseguró ella.

Insisto. Además, tú no conoces la ciudad y no sabes adonde ir.

Ella lo miró con cierta sospecha.

¿De verdad me vas a llevar a cenar a un buen restaurante o me estás tomando el pelo? No puedo creerme que realmente conozcas alguno.

Llevo toda mi vida en Boston. ¿Cómo no voy a conocer un buen restaurante?

Salieron del despacho y se encaminaron hacia el ascensor.

Eso no significa nada —dijo ella—. Conocí a un tipo, un obseso por la informática también, que vivía en Nueva York y nunca había estado en la Estatua de la Libertad, ni había visto una obra en Broadway, ni había montado en el metro.

Yo conozco Boston muy bien, todas sus atracciones turísticas, sus lugares históricos, sus museos —no pudo evitar preguntarse si el hombre al que había hecho referencia habría sido su amante. En realidad, no era de su incumbencia—. Y, ¿qué quieres decir con que era «un obseso de la informática también»? ¿Eso es lo que yo soy según tú?

Por supuesto. Y no sé por qué tienes que mostrarte ofendido. Yo también lo soy.

Llegaron a la planta baja, salieron a la calle y Zoro paró un taxi.

Al Boston Beanery —le dijo al conductor. Se apoyó en el respaldo y continuó la conversación—. ¿Y ser «un obseso de la informática» es algo bueno o malo?

Depende —respondió ella—. Algunos se quedan tan atrapados en el mundo de las máquinas que son incapaces de vivir en el mundo real. He conocido gente que incluso empieza a descuidar su higiene personal —sonrió—. Últimamente yo me voy aproximando, porque cada vez acorto más mi baño diario. Llego tan tarde a la habitación del hotel que no tengo tiempo de tomármelo con calma.

Su mirada luminosa, su gesto vivaz removió algo dentro de él.

Se dio cuenta de que el modo en que la había estado forzando a trabajar había sido una especie de castigo de redención por el daño que le había infringido.

Lo siento —se disculpó él.

No pasa nada —dijo ella y le tocó levemente la mano. Le gustaba tocar. Eso era algo que había olvidado de ella.

Zoro, sé lo que te estás jugando y no me importa trabajar durante muchas horas. Pero después de tanto tiempo sin parar, mi cerebro ya no responde. Quizás tú no necesites hacer otras cosas, pero yo sí.

Lo tendré en cuenta —respondió él.

Y dime, ¿adonde vamos? Estoy realmente hambrienta.

A un gran restaurante que se llama Boston Beanery. A veces quedo con mis padres allí.

¿Qué tal están?

Supongo que bien.

¿Supones?

No he hablado con ellos desde hace semanas —respondió.

¿De verdad?

Están muy ocupados —respondió él en un tono defensivo—. No somos de ese tipo de familia que suele tratarse a menudo.

Volvió la cabeza hacia la ventana. No le apetecía hablar, de ellos. Eran buena gente y los quería. Pero a veces se sentía un tanto re legado.

Durante los veinte minutos de trayecto hasta el restaurante, Zoro hizo de guía turístico, señalando aquellos lugares que tenían algún interés. Ella lo escuchó atenta, sin dejar de hacer preguntas. Él notó que el interés que ella sentía por su ciudad natal era genuino.

Al llegar ante la puerta del concurrido restaurante, pagaron al taxi y se bajaron.

Zoro, preferiría que no habláramos de trabajo durante la cena —le dijo ella antes de entrar.

De acuerdo —dijo él, no muy contento con la petición. Si no hablaban de trabajo, ¿de qué iban a hablar?

Desde luego, él no estaba dispuesto a recordar lo sucedido entre ellos. Tampoco sabía mantener una conversación superficial. Hacía tanto tiempo que no se relacionaba socialmente, que había olvidado el mecanismo. Y, por algún motivo, no le agradaba que ella se diera cuenta de ello.

El restaurante era muy agradable. Estaba situado en un viejo edificio de ladrillo visto. En el interior, enormes cazuelas de barro cocían sobre fuegos de leña grandes cantidades de judías. Aunque había muchos comensales, la distancia entre las mesas permitía guardar cierta intimidad. Robin sintió una increíble felicidad. Al fin había abandonado la oficina e iba a cenar fuera del hotel.

Buenas noches —dijo el joven camarero que se acercó a ellos. Les entregó las cartas—. ¿Qué tal están?

Muy bien, gracias —Robin miró la placa con su nombre—. ¿Qué tal tú, Coby?

Él la miró sorprendido por la afable actitud con que lo correspondía.

Bien, gracias.

—¿Eres estudiante?

Sí. Estudio Medicina en la Universidad de Boston.

Eso es fantástico. Seguro que te convertirás en un estupendo médico —dijo ella.

De momento, soy un camarero alimentando a un montón de gente hambrienta.

Robin se rió.

¿Y qué nos recomiendas esta noche?

Nuestra especialidad son las costillas adobadas con mostaza y miel y las judías de la casa.

Pues yo quiero eso —dijo Robin y le entregó su menú.

Que sean dos. Y, para beber, una botella de vino blanco —dijo Zoro y se volvió hacia Robin en cuanto el camarero se alejó. La miró con media sonrisa—. Se me había olvidado que te gustaba flirtear con los camareros.

No estaba flirteando —protestó ella.

Entonces, ¿cómo lo llamas tú a lo que estabas haciendo ahora mismo?

Ella suspiró exasperada. Zoro tenía un aspecto tan constreñido y crítico. ¿Dónde había quedado aquel hombre con el que había yacido desnuda, con el que se había reído a carcajadas mientras jugaban en el agua? Al parecer, aquella época no había sido más que un momento de locura pasajera en la vida de Zoro.

No estaba flirteando, Zoro. Sólo estaba siendo amable, sociable. Tú lo hacías muy bien cuando estabas en California.

Cuando estuve en California hice muchas cosas de las que luego me he arrepentido.

¿Como salir conmigo? —dijo ella. Él la miró fijamente con sus penetrantes ojos.

¿Qué tratas de hacer, Robin? ¿Poner en mi boca palabras que nos lleven a una pelea?

Ella se contuvo al ver que Coby aparecía con una botella de vino. Sirvió a cada uno una copa y se marchó. Robin suspiró pesadamente y retiró la copa.

Quiero agua —dijo—. Y, no, no estoy intentando provocar ninguna pelea. Pero me dolería mucho que te arrepintieras del tiempo que estuvimos juntos.

Él agitó la mano en un gesto de aparente despreocupación.

Lo pasado, pasado está. No hay arrepentimiento... ¿Sigues haciendo surf?

Era claro su intento de cambiar de tema y Robin decidió no tratar de seguir con la conversación planteada. ¿Qué bien podría hacerles recordar el pasado?

Sí, todavía hago surf, pero no tan a menudo. Después de que te marcharas, mi madre regresó a Florida. Hasta ahora le he dedicado casi todo mi tiempo —dijo ella e, inmediatamente, se dio cuenta de que había hablado de más.

¿Qué quieres decir? ¿Es que tu madre está enferma?

Su madre y los problemas que la mujer tenía eran algo que jamás contaba a nadie. Rápidamente buscó una vía de salida.

No, está muy bien. Simplemente es... es que me echaba mucho de menos y quería pasar tiempo conmigo.

Dio un sorbo a su vaso de agua para evitar que la mirada inquisidora de su acompañante la perturbara.

¿Sigues viviendo en la casa de la playa?

No. Se convirtió en una locura excesiva incluso para mí. Nunca tenía suficiente privacidad. Había demasiadas fiestas. En cuanto mi negocio empezó a funcionar, me compré un adosado. Es pequeño, pero es mío. Según tengo entendido, tú también te compraste una casa.

Sí. Mi madre lo eligió a su gusto, ya sabes. Es demasiado grande, pero es mi casa.

Robin sabía poco acerca de sus padres. Durante el tiempo que habían estado juntos en California, había hablado ocasionalmente de ellos. Por la poca información que había obtenido, sabía que eran catedráticos de Historia en la Universidad de Boston, gente muy respetada en su campo.

En cuanto Coby les sirvió la comida, ambos se concentraron en disfrutar de ella. El ruido del establecimiento suplía la falta de conversación y hacía que Robin se sintiera de nuevo viva. Al fin estaban en un espacio lleno de gente.

Si ya no haces surf, ¿en qué empleas tu tiempo después del trabajo? —preguntó él cuando el estómago ya empezaba a sentirse saciado.

Salgo con amigos, voy al cine, cosas así. Estuve dos meses en un curso de cocina.

Él levantó la ceja sorprendido.

¿Has aprendido a cocinar?

No. Fracasé estrepitosamente. ¿Y tú?

Él negó con la cabeza.

Nunca estoy en casa tiempo suficiente como para cocinar.

Y, en algún momento, tendrás una esposa que se ocupe de cocinar para ti —dijo ella, sorprendida al darse cuenta de lo poco que le gustaba la idea.

Eso es lo que tengo previsto —dijo él.

¿Tienes a alguien en mente?

No, la verdad es que no. No he tenido muchas oportunidades de conocer gente. Utopía me ha robado todo mi tiempo y energía —dijo él—. ¿Y tú? ¿Has encontrado ya al hombre adecuado?

No, aún no he encontrado al hombre adecuado. Por desgracia, tú no fuiste el último de mi larga lista de «inadecuados» —la confesión le provocó un ligero dolor en el corazón. No había habido muchos hombres después de Zoro, pero siempre había iniciado cada relación con la esperanza de que fuera la definitiva. Zoro había sido lo más próximo a lo que buscaba, hasta que le había dicho lo que esperaba de ella.

Pues lo siento —dijo él.

No te preocupes. Ya sabes que hay que besar muchas ranas antes de encontrar al verdadero príncipe azul.

Se preguntó cuántas mujeres habría besado él desde su partida. Tenía la sensación de que no habían sido muchas y tampoco sabía si eso le agradaba o entristecía.


Continuara...