CAPITULO 5

Zoro pronto se dio cuenta de que su preocupación por los temas de conversación no tenía razón de ser. Robin era una gran conversadora y siempre encontraba historias interesantes con las que entretener. Después de la cena, se quedaron charlando amigablemente ante una taza de café. Las anécdotas que narraba sobre sus más pintorescos clientes le hacían reír. Precisamente la risa había sido el regalo que le había hecho años atrás. Un regalo que luego le había robado. Rápidamente, apartó aquel pensamiento. No quería que el pasado estropeara la noche.

En ocasiones he trabajado con el departamento de policía —dijo ella.

¿En cuestiones de seguridad?

No exactamente. Yo fingía ser una niña de doce o trece años y me metía en chats en busca de posibles pedófilos.

¿Era peligroso? —le preguntó.

Realmente, no. Si contactaba con un posible pedófilo, concertaba una cita y era la policía la que se encargaba del resto.

Yo tenía diez años cuando empecé a obsesionarme con los ordenadores. Claro que entonces aún no había chats.

¿Y por qué estabas jugando con ordenadores y no subiéndote a los árboles y corriendo por ahí?

Zoro dio un sorbo a su café.

A mis padres no les gustaban los deportes y siempre me incitaban a estudiar. Aprendí desde muy pequeño que el modo de que me aceptaran era trabajar duro y aprender mucho.

Eso es bueno, siempre y cuando hagas también lo que los niños suelen hacer.

Dio otro sorbo de café. Aquella conversación le hacía sentir incómodo. No estaba acostumbrado a hablar sobre él.

Seguro que tú siempre tenías la casa llena de amigos —dijo él, tratando de desviar la conversación.

Ella bajó el rostro y hundió la mirada en su taza. Estaba preciosa bajo la luz de las velas.

Su rostro era dulce y suave y los años no lo habían cambiado. Ansiaba poder deslizar los dedos por la seda de sus mejillas.

Siempre tuve amigos entrando y saliendo de casa hasta los ocho años. Pero, después de que mi padre nos abandonara, mi madre se desmoronó. Había construido toda su vida entorno a él y, de pronto, todo cambió.

Se inclinó sobre la mesa y la miró intrigado.

¿Qué quieres decir?

Ella no apartaba la mirada del fondo de la taza.

Ella estaba deprimida, así que dejé de traer a mis amigos a casa y me dediqué a pasar todo el tiempo en la de ellos. Nada más.

Algo le decía que había mucho más de lo que ella estaba diciendo. Pero no parecía dispuesta a contarlo. Tampoco él iba a insistir. Después de todo, ¿qué le importaba a él cómo hubiera sido su infancia?

No sé tú —dijo ella—. Pero yo estoy agotada.

Sí, será mejor que nos vayamos.

En cuestión de minutos pagaron la cuenta, salieron y tomaron un taxi en dirección al hotel de ella.

Muchas gracias, Zoro. Me lo he pasado muy bien.

Yo también —reconoció él.

Supongo que no pensarás volver a la oficina, ¿verdad?

Pues me lo estaba planteando. Podría trabajar unas cuantas horas más.

Ella lo miró preocupada.

¿Por qué no te vas a casa? Podemos empezar mañana a primera hora —dijo ella—. Seguro que en tu cama duermes más cómodo que sobre el teclado del ordenador.

Tienes razón. Probablemente me vaya a casa —dijo él, aunque la cercanía de ella le impedía concentrarse en la conversación.

Zoro —le tocó la mano y la deslizó por su brazo—. Sé lo importante que es el trabajo que estamos haciendo, pero yo no puedo mantener el ritmo que has marcado esta semana.

Su mano cálida se detuvo unos instantes en la de él. La sensación le resultó demasiado agradable y se apartó rápidamente.

Sé que te he estado forzando demasiado —dijo él.

Ella apoyó la espalda en el respaldo del taxi.

Me gustaría conocer a los miembros de tu equipo —dijo ella.

Por supuesto. Mañana te los presentaré.

Su conversación se detuvo al tiempo que el taxi se detenía ante la puerta del hotel. Zoro pagó al conductor y salió. Le tendió la mano a Robin para ayudarla a salir.

Es muy tarde. Te acompañaré hasta tu habitación.

No hace falta —respondió ella.

No me importa. Además, me dará la oportunidad de bajar la cena. Ella sonrió.

Entonces, deberíamos subir por la escalera.

¿Qué piso es?

El veinte.

Me quedo con el ascensor —respondió él con otra sonrisa.

Al entrar en la cabina ella lo miró fijamente.

Es curioso. Durante el tiempo que estuvimos saliendo juntos en California, jamás hablamos sobre nosotros y nuestras familias.

También he estado pensando en eso hace un rato —respondió él—. Sin embargo, jamás pareció faltarnos ningún tema de conversación.

Es cierto –la puerta se abrió y salieron al pasillo—. Mi habitación está por aquí.

Ambos tomaron la ruta que ella había indicado.

Al llegar ante la puerta, Robin introdujo la tarjeta y abrió.

Muchas gracias por todo. Ha sido una noche estupenda. Me lo he pasado muy bien.

Sus miradas se encontraron y él centró su atención en aquellos labios sugerentes e insinuantes. Sin pensar, se inclinó sobre ella y la besó. Ella recibió el beso sin protestas, dejando que su lengua danzara en el interior de su boca y que inflamara su deseo dormido. Al cabo de unos minutos, se apartaron el uno del otro. Ella se quedó mirándolo fijamente, con el rostro congestionado y una mirada de sorpresa.

¿Por qué has hecho eso?

Zoro no sabía la respuesta. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo, irritado por su impulsiva acción.

No lo sé. Costumbre, supongo.

¿Costumbre? —ella levantó la ceja—. Pero si hace cinco años que no nos veíamos.

Él se encogió de hombros.

Los viejos hábitos son difíciles de romper. Buenas noches, Robin —antes de que ella pudiera decir nada más, se dio media vuelta y se encaminó a toda prisa hacia el ascensor.

Con la mente en blanco, Zoro salió del hotel y se encaminó hacia el edificio de Wintersoft, donde estaba su coche. No sabía lo que le había pasado. Sólo cuando el aire frío golpeó su rostro, pudo empezar a pensar en lo sucedido. Quizás la novedad de haberse tomado un descanso, de haber salido con alguien, lo había trastornado. O puede que hubiera sido la visión de aquel rostro suave, de aquellos labios sugerentes que tiempo atrás lo habían hecho feliz. Fuera lo que fuera había encendido en él un fuego imposible de aplacar ni aun con los rigores del frío invernal.

Durante meses, después de haber regresado de California, había soñado con aquellos besos, con aquel cuerpo. Había ansiado poder volver a escuchar, aunque fuera una última vez, los dulces suspiros de su boca. Tenía que apartar de su mente lo que acababa de ocurrir, pues no hacía sino encender una llama dolorosa que creía extinguida desde hace tiempo. No podía volver a suceder nada igual. Robin no era más que una ayuda externa con la que conseguir solventar un problema de trabajo. Cuando todo se solucionara, ella regresaría a California y sus caminos no volverían a cruzarse jamás.


Aquel beso la había dejado inquieta toda la noche, incitándola a evocar imágenes que no quería recordar, trayendo al presente un pasado que había olvidado con gran esfuerzo.

Maldito Zoro. Era un enigma, una mente brillante, el tipo de hombre que le resultaba atrayente. Pero también era un estúpido convencional que exigía cosas fuera de su tiempo. Pensó en su breve narración sobre su infancia. Los pocos trazos que había dibujado sobre el lienzo vacío de la conversación habían dejado en ella la imagen de una niñez solitaria y triste.

Golpeó la almohada con el puño, se dejó caer sobre ella y cerró los ojos. Tampoco ella había tenido una niñez perfecta, pero había sobrevivido.

Aquel beso... Zoro era realmente peligroso cuando besaba. Lo último que quería era volver a retomar la relación en el punto en que la habían dejado hacía cinco años.

Tiempo después de que él se marchara, se había dado cuenta de que la suya había sido una relación basada en el deseo. Se había acostado con él demasiado pronto y la pasión había permanecido viva durante los cuatro meses que habían estado saliendo juntos. Pero, aunque eso era importante, no era suficiente para tener la relación sólida y duradera que ella estaba buscando. Había llegado a un estadio de su vida en el que empezaba a considerar la posibilidad de casarse si encontraba al hombre adecuado. Pero ése era el problema, encontrar a ese hombre. Zoro, por muy bien que besara, no lo era.


Se despertó muy pronto a la mañana siguiente. Su primer instinto fue conformarse con una taza de café y partir rápidamente para la oficina.

Pero, en lugar de eso, pidió un buen desayuno en la habitación y se dio un largo baño. Aunque Zoro le había asegurado que se lo tomarían con más calma en adelante, no lo creía. Así que prefería llegar fresca, relajada y bien alimentada ante lo que sin duda sería un día de duro trabajo. Eran ya más de las ocho cuando entró en el despacho. No se sorprendió al ver que Zoro estaba allí.

Buenos días —dijo ella, mientras se quitaba el abrigo.

Alguien ha accedido al programa —dijo él sin mirarla.

Ella sintió que se le encogía el estómago.

¿Qué ha ocurrido?

Más segmentos del programa han sido saboteados. Si no llego a encontrarlos habría dejado de funcionar por completo.

Ella se sentó rápidamente y miró al monitor encendido.

¿Los fragmentos han sido copiados antes de ser cambiados? —preguntó ella y él asintió—. ¿Hay algún modo de saber cómo ha accedido esta vez?

No he tenido tiempo de examinarlo. Lo más que he podido hacer ha sido reparar el mal. Robin encendió su ordenador y accedió al programa.

Mientras tú reparas, yo buscaré alguna pista.

Durante las siguientes dos horas ambos trabajaron en silencio. Zoro recibió una única llamada que despachó con rapidez. Luego avisó a su secretaria para que no le pasara ninguna llamada más. No fue hasta después del mediodía que Zoro respiró aliviado.

Creo que ya lo he arreglado todo.

Robin, por su parte, resopló frustrada.

Pues yo no he conseguido nada. No encuentro la entrada por la que accede.

Se levantó de la silla y se estiró, sin darse cuenta de que la camisa dejaba al descubierto su vientre. La mirada de Zoro la alertó y bajó los brazos a toda prisa.

Zoro se levantó y se dirigió a la pequeña nevera.

¿Quieres algo de beber? —preguntó él.

Una botella de agua, por favor.

Después de servirse un whisky, tomó la botella de agua y llevó ambas cosas a la mesa.

No recuerdo haberte visto nunca bebiendo alcohol.

Ella abrió la botella de agua.

Porque no bebo —dudó un momento antes de continuar pero, finalmente, lo hizo—. Mi madre era alcohólica.

Vaya, lo siento.

Robin dio un sorbo a su agua.

Después de que mi padre se fuera, mi madre estaba tan deprimida que empezó a beber. Al principio no era tan malo, pero la cosa fue empeorando —aquella declaración fue como abrir la caja de Pandora. En el momento en que comenzó a hablar, ya no pudo parar—. Me daba vergüenza que mis amigos fueran a casa, porque nunca sabía qué me esperaría cuando abría la puerta. A veces, al llegar, me encontraba con que lo había organizado todo, la cocina estaba limpia, la casa en orden. Otras, sin embargo, lo había destrozado todo y estaba gritando como una loca, imprecando a mi dolorosos recuerdos de su niñez se agolparon en su mente.

¿Cómo no me habías contado nada de esto antes? —le preguntó Zoro confuso. Ella se encogió de hombros.

Me avergonzaba de todo aquello, y de ella. Cuando estábamos juntos mi madre vivía en Arizona. Temía que algún día apareciera y estropeara nuestro sueño, o que el simple hecho de contártelo bastara para que me abandonaras.

Él le tomó la mano.

¿Cómo pudiste pensar eso de mí?

Ella sonrió.

Sabía que tú no eras precisamente de clase obrera. Tu familia tiene dinero y prestigio, y un honor que mantener. No me sentí capaz de decirte que mi madre era una alcohólica y que estaba internada en un centro de desintoxicación.

¿Durante cuánto tiempo permaneció allí?

Cuatro meses. La ayudaron no sólo a desintoxicarse, sino también a aprender un oficio.

Debió de costarles mucho dinero.

Sí. Pero mi padre le había dejado un remanente cuando se marchó y mi madre no había querido tocarlo. Decía que era dinero culpable. La convencí de que lo usara para recuperarse.

¿Y funcionó? Robin sonrió.

Sí. Lleva sin probar una gota de alcohol cinco años. Ahora somos grandes amigas y ha sido la mejor época de mi vida junto a ella. Trabaja como secretaria legal y le encanta, tiene un jardín con flores que sus vecinos envidian y, finalmente, ha encontrado la paz y se ha aceptado a sí misma.

La mirada de él se suavizó.

Me alegro. Sólo que me gustaría que me lo hubieras contado antes.

La dulzura de sus ojos era peligrosa, tanto como su proximidad. Aquellos dolorosos recuerdos la incitaban a necesitar su abrazo reconfortante.

Se levantó bruscamente y se alejó del sofá.

Por aquel entonces no estaba aún preparada para contarlo. Además, tampoco habría cambiado nada —se volvió hacia él y forzó una sonrisa—. Lo único que nos interesaba era divertirnos, pasarlo bien y acostarnos —dijo ella y se ruborizó ligeramente.

Él se tensó. Tomó el vaso, le dio un último sorbo y se levantó.

Tienes razón. Y creo que ya hemos perdido bastante el tiempo por hoy. Pongámonos a trabajar.

Zoro dejó el vaso sobre la nevera y se sentó ante su ordenador. Ella sabía que lo había enfurecido con su afirmación sobre el pasado. Había frivolizado sobre los sentimientos que habían compartido, pero era mejor así. Trabajaron hasta las seis y la tensión no pareció remitir. Esperaba que su salida nocturna del día anterior hubiera ayudado a facilitar la relación, pero no había sido así. Era como si los agradables momentos de la cena no hubieran tenido lugar.

A las seis y media, Robin decidió que ya había tenido bastante. Apagó el ordenador y se levantó.

¿Qué haces?

Terminar mi trabajo por hoy. Ayer te dije que no estaba dispuesta a trabajar tanto como tú —se dirigió al armario y sacó su abrigo—. Se suponía que hoy ibas a presentarme a los miembros de tu equipo.

Lo había olvidado.

No importa. Realmente prefiero conocerlos fuera de la oficina, en un ambiente más distendido.

Sé que salen todos los viernes a tomar algo a un bar cercano a la oficina. Si quieres podemos unirnos a ellos en su próximo encuentro.

Eso sería perfecto, gracias —se puso el abrigo y sacó los guantes del bolsillo.

Él también se levantó y se dirigió hacia el armario, pero ella lo agarró del brazo y lo detuvo.

Si vas a ponerte el abrigo para acompañarme al hotel, déjalo.

Pero se está haciendo de noche. No deberías ir sola por la calle —protestó él.

Zoro, tengo treinta años y llevo arreglándomelas sola desde los ocho. Soy perfectamente capaz de caminar un par de manzanas sin compañía. Además, necesito estar sola. Él la miró sorprendido.

De acuerdo.

Ella se dirigió hacia la puerta.

Hasta mañana.

¿Dónde vas a ir a cenar?

Me quedaré en el hotel. Pediré que me suban algo a la habitación.

Puedo llevarte a algún sitio.

Hoy no, pero quizás acepte tu invitación mañana.

De acuerdo. Entonces, hasta mañana.

Salió de la oficina, ansiosa por alejarse de él. Se sentía vulnerable, demasiado para pasar más tiempo al lado de Zoro. La tensión, que había habido entre ellos aquel largo día había sido diferente a la experimentada la semana anterior. Durante todo el día el recuerdo del beso robado inesperadamente la había desconcentrado. Un aletargado deseo se había despertado y no parecía querer abandonarla. Pero la tensión no había sido sólo de ella, sino también de él.

Salió del edificio y se encaminó a toda prisa hacia el hotel. La confesión sobre su pasado la había hecho sentir vulnerable. Pero el gesto de ternura de su mirada había acabado por desmoronarla. Zoro no era una persona afectiva. Le resultaba difícil mostrar sus sentimientos. El hecho de que espontáneamente hubiera mostrado su comprensión la había afectado profundamente. Tenía que concentrarse en su trabajo, olvidar todo lo demás.

Lo sucedido la noche anterior, el cálido beso que había posado sobre sus labios no significaba nada. Debía olvidar a Zoro y la relación que había tenido con él.


Continuara...


Muajaja... espero que nunca lo olvide, aunque ya veremos que pasara mas adelante... tal vez cambien las cosas o bueno, quien sabe... COMO YA DIJE ANTES LES DEJE ESTE CAPITULO MAS PARA QUE PUEDAN DISFRUTARLO, NOS VEMOS MAS PRONTO DE LO QUE CREEN... ME GUSTARIA SABER SI DEBERIA ENCONTRARME ALGUNA FRASE PARA MI PERSONA AQUI... bueno, nos vemos ... ;9 :)