Hola a todos, Aquí Solitario196 o Solitario para los amigos jeje... hoy he traído un nuevo capitulo... y claro, si mal no recuerdo, creo que dije que eran como 7 o algo así, jejeje... pues me equivoque... GOMEN... solo son 11 capítulos... si ya se de seguro a algunos les sonó como si terminara en estos o tal vez a otros no pero bueno... sin nada mas que decir...COMENCEMOS
CAPÍTULO 6
Zoro estaba junto a la ventana, viendo cómo la nieve caía. Era aún muy pronto por la mañana y no esperaba que Robin apareciera hasta dentro de una hora aproximadamente. Había establecido un rígido horario de trabajo. Llegaba a las ocho de la mañana, se tomaba una hora para comer y se marchaba a las seis o las siete. Habían salido a cenar en un par de ocasiones y él no hacía sino decirse a sí mismo que era parte del trabajo. Pero la realidad era que disfrutaba de su compañía. Hacía que viera el mundo de un modo diferente, como un lugar maravilloso donde todo era excitante y fabuloso. Eso había sido lo que lo había encandilado en el pasado y lo que seguía conquistándolo en el presente. Le había sorprendido lo que le había contado sobre su pasado. La imagen que daba, tan segura de sí misma, tan alegre, no le había hecho sospechar el caos que había vivido durante la niñez. Muy al contrario, Zoro había vivido en un mundo meticulosamente ordenado: nada de ruido, ni de emociones, ni de alboroto. Frunció el ceño al darse cuenta de que hacía mucho tiempo que no sabía nada de sus padres.
En aquel instante, seguramente acababan de desayunar y se estaban preparando para marcharse. No obstante, decidió llamar.
Una agradable voz femenina atendió el teléfono.
—Señora Makino, soy Zoro.
—¿Cómo está usted?
—Bien, gracias, muy bien —le dijo al ama de llaves—. ¿Está mi madre?
—No, están fuera, en un viaje de investigación.
Zoro sintió un dolor en el pecho. Se habían marchado sin tan siquiera decirle adiós. No sabía por qué le molestaba tanto en aquella ocasión, cuando llevaba años siendo así.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Tres meses —dijo la señora Richards—. Volverán en marzo.
—¿Adonde han ido?
—A algún lugar de Inglaterra. Si espera un momento puedo darle el itinerario.
—No, gracias, eso es todo —dijo Zoro apresuradamente—. Supongo que me llamarán en algún momento. Gracias, señora Makino.
Murmuró una despedida y colgó.
Tres meses. No iban a estar en Boston cuando su Utopía saliera el mercado. ¿Qué le importaba? Ya era un hombre maduro, no necesitaba a papá y a mamá a su lado. A pesar de todo, le habría gustado tenerlos. Le habría gustado que, al menos una vez, le hubieran dado unos golpecitos en la espalda y le hubieran dicho que estaban orgullosos de él. Le habría gustado sentirse importante para la gente que lo había criado.
La puerta del despacho se abrió y él se volvió.
Era Robin que, como siempre, inundaba la estancia con su resplandeciente entrada, empuñando su mejor arma: una hermosa sonrisa.
—¡Ha nevado aún más! Me encanta —dijo ella.
—Pues yo lo odio —respondió él.
—Vaya, veo que te has levantado con el pie izquierdo —afirmó ella—. ¿O es otro ejemplo de tu adorable carácter?
Ella estaba preciosa. Llevaba una falda de color azulejo oscuro, una blusa celeste y una chaqueta. Los aros de plata relumbraban con intensidad y le daban, junto a la gargantilla, un toque de elegancia. La sarcástica respuesta a su comentario que Zoro había preparado murió en sus labios.
—He tenido una noticia que me ha decepcionado, eso es todo. Siento si lo he pagado contigo.
—No pasa nada —se sentó a su lado y le posó, amistosamente, la mano en la rodilla—. ¿Quieres hablar de ello?
Él miró la mano y fijó la vista en sus uñas cortas pero arregladas. Olía a algo fresco y seductor y sintió un repentino deseo. No, no quería hablar de nada, no quería pensar en nada. Puso la mano sobre la de ella y notó su calor y la suavidad de su piel.
—Hace cinco años eras hermosa, pero ahora lo eres aún más.
Robin lo miró con sorpresa y entreabrió los labios atónita, gesto, este último, que le sirvió a Zoro de invitación. Antes de que ninguno de los dos pudiera pensar, él se inclinó sobre ella y la besó. Durante los primeros segundos, Robin permaneció rígida. Pero, poco a poco, se dejó llevar por la agradable sensación de sus labios carnosos. Él llevó su mano libre hasta la nuca de ella y le acarició el pelo. Siempre le había agradado su tacto. El beso se intensificó cuando ella deslizó ambas manos por su cuello. Sus lenguas se entrelazaban y jugaba mientras, lentamente, él iba tumbándose sobre ella. Sus senos tocaron el firme torso de él y aquel íntimo contacto le evocó memorias pasadas. Lo había satisfecho como ninguna mujer lo había hecho. Quería volver a disfrutar de aquello y ella no parecía poner reparos.
Rompió el beso y deslizó la boca hasta su cuello. Su aroma lo embriagaba, su sabor lo enloquecía.
La acelerada respiración de ella encendió aún más su pasión. Zoro olvidó que estaban en el despacho y que cualquiera podía aparecer. Sólo se dejaba guiar por su instinto, por la necesidad de poseer a aquella mujer. Pero, al deslizar la mano por debajo de su blusa, ella murmuró una leve protesta.
—Zoro...
Su voz lo llevó de vuelta a la realidad. Estaban en el edificio de oficinas de Wintersoft, un lugar público al que podía acceder cualquiera en cualquier momento. ¿En qué demonios estaba pensando?
Se apartó de ella y se sentó. Robin se levantó rápidamente y se colocó la blusa.
—No sé a qué ha venido todo esto. Pero en el futuro tendré más cuidado de dónde y cuándo te pregunto si quieres hablar.
Zoro se sintió avergonzado. Se había dejado llevar por su debilidad ante Robin. Aquella mujer siempre había provocado aquel efecto en él.
—Lo siento —dijo y se levantó para colocarse la camisa y la corbata.
—No hace falta que te disculpes. Simplemente me has sorprendido.
—Te aseguro que me he sorprendido a mí mismo también —admitió él y se dirigió a su escritorio—. ¿Nos ponemos a trabajar?
Tras cuatro horas de trabajo intenso, Robin decidió bajar a la cafetería a comer algo. De camino hacia allí no podía dejar de pensar en Zoro. La estaba volviendo loca. Podía ser tan cálido como el aire del desierto y tan helado como la brisa antártica. Nunca sabía qué esperar.
Al entrar en el despacho aquella mañana, había percibido una mirada profunda y triste que no había visto antes. Algo que se había removido dentro de ella. No obstante, lo último que había esperado era acabar tirada en el sofá y deseando, desesperadamente, hacer el amor con él. Pero en el momento en que sus labios la tocaron, supo que aquello era lo que realmente deseaba. Había necesitado toda su fuerza de voluntad para pedirle que parara antes de que uno de los dos hiciera algo de lo que se pudiera arrepentir. Se negaba a volver a caer en el mismo tipo de relación que habían mantenido en el pasado, donde hacer el amor había sido tan fácil y la relación personal tan difícil. Tras el incidente, trabajar a su lado le había resultado harto complicado. La tensión era tan intensa que Robin había querido gritar. ¿Cómo podía él mantener aquella fría y eficiente apariencia después de lo sucedido?
Con la comida ya en la bandeja, se encaminó a la mesa de Nami, la nueva amiga que había conocido en la cafetería de Wintersoft.
—¿Has tenido una mañana dura? —le preguntó ella.
—¿Se nota mucho?
Robin dejó la bandeja sobre la mesa.
—Es la presión de trabajar junto a Roronoa —dijo Vivi, la secretaria del departamento de ventas que estaba con Nami—. Roronoa Zoro puede ser guapo, pero eso no impide que tenga hielo en lugar de sangre en las venas.
Robin recordó la pasión con la que la había besado aquella misma mañana y concluyó que, en ocasiones, era sangre muy caliente la que recorría sus venas. En su interior tenía una rara capacidad para la pasión y la risa, pero algo lo constreñía y le impedía dejar salir su parte lúdica.
—Tiempo atrás me sentía atraída por él —confesó Nami—, La verdad es que es guapo. Pero ni siquiera se dignaba a mirarme.
—Si en lugar de cara hubieras tenido un monitor, se habría casado contigo de inmediato.
Durante el resto de la comida, las dos nuevas acompañantes de Robin charlaron sobre sus cosas. A pesar de las quejas sobre los hombres, lo que pudo apreciar fue que ambas tenían vidas felices, maridos amorosos y unos hijos adorables. Eran la prueba viviente de que las mujeres podían conjugar el trabajo de la familia con su carrera profesional.
—¿Qué dices tú, Robin? ¿Está en tus planes casarte? —le preguntó Nami.
—Cuenta, cuenta —dijo Vivi—. Seguro que tienes en perspectiva a algún guapo «surfista» californiano.
Robin se rió.
—Te aseguro que los surfistas californianos no valen tanto como se cree. No digo que no haya algunos estupendos, pero a mí siempre me han debido de tocar los que habían tragado demasiada agua salada.
Las otras dos mujeres se rieron.
—Eso significa que no hay ningún amor en tu vida.
—No en este momento. Tuve uno, tiempo atrás, pero acabó muy mal —aún después de años, la relación con Zoro y la dolorosa ruptura seguían impresas en su memoria emocional con una intensidad pasmosa.
—¡Los hombres son todos unos imbéciles! —dijo una tercera comensal, Monet.
Era mayor que las demás y había pasado, recientemente por un duro divorcio.
—No puedes juzgar a todos los hombres por cómo era tu ex marido —le dijo Vivi.
Robin pensó en si aquel calificativo podía aplicarse a Zoro. La respuesta fue no. De haber sido así, no habría seguido sintiendo lo que aún sentía. Después de comer, de camino al despacho, se topó con Tashigi Winters.
—¿Qué tal van las cosas? —preguntó Tashigi.
—Demasiado despacio para Zoro y, supongo, que también para el señor Winters y para ti.
—En lo que ha mi padre y a mí concierne, no te preocupes. Sabemos que estás haciendo todo lo que está en tu mano.
Robin reparó en una pequeña y bonita caja que Tashigi llevaba en la mano.
—Es preciosa —dijo.
—Me la ha regalado mi ex marido para añadirla a mi colección.
—Muy amable por su parte, ¿no?
—Me trata mejor ahora que cuando estábamos casados, lo cual me hace preguntarme sobre sus intenciones —dijo con una sonrisa—. Bueno, será mejor que te deje ir a tu labor. La fecha de lanzamiento de Utopía cada vez está más cerca.
Robin dudó un momento y acabó por decidir que debía darle ciertos datos.
—La verdad es que no pensamos que sea un pirata externo.
Tashigi la miró atónita.
—¿Qué quieres decir?
—Que, probablemente, sea alguien de dentro de la compañía.
—¿Qué les hace pensar eso?
—No encontramos ningún signo que nos indique que se han burlado las medidas de seguridad que Zoro ha puesto. Así que hemos concluido que, quien esté accediendo lo hace de un modo legítimo, con la contraseña autorizada.
—Eso significa que o ha sido un técnico del departamento o alguien con acceso propio.
Robin asintió.
—Esto va a partirle el corazón a mi padre —murmuró Tashigi—. ¿Necesitáis que haga algo?
—No de momento.
—¿Quieres que se lo cuente a mi padre?
—Aún no. Hoy por la noche Zoro y yo vamos a salir con los técnicos del departamento a tomar unas copas. Quiero conocerlos en un ambiente distendido. Me será más fácil obtener información de ese modo. Preferiría esperar al lunes para dar la noticia.
—De acuerdo. ¿Te parece bien que convoque una reunión el lunes a las ocho de la mañana? Así podréis informar a mi padre de lo que está sucediendo.
Robin asintió.
—Sí. Para entonces tendremos más información.
—Parece que Zoro y tú saben ya por dónde van las cosas —dijo Tashigi ligeramente distraída.
—Será mejor que me vaya. Zoro se va a impacientar —se excusó Robin.
Tashigi sonrió.
—Es un hombre muy difícil, ¿verdad?
—Es obsesivo, tirano y sabelotodo, pero absolutamente brillante.
Dicho aquello, Robin se despidió y se encaminó a su trabajo.
Tashigi fue directa a su despacho y dejó la delicada caja sobre su escritorio. Marco la había sorprendido durante la comida con una de sus inesperadas visitas. Le había traído aquel regalo y le había hablado de un hermoso traje que había visto y que le gustaría comprárselo. Su actitud era extraña. Ni aun cuando estaban juntos había sido muy proclive a dar regalos. Pero, hasta entonces, había pensado que sólo trataba de ganarse una segunda oportunidad, que quizás quería que volvieran a intentar que su matrimonio funcionara. Se apoyó sobre el respaldo del sillón y cerró los ojos. Las palabras de Robin resonaron en su mente. Su padre había fundado aquella compañía basándose en la honestidad, la integridad y la lealtad de sus empleados. Cuidaba de todos ellos como si fueran parte de su familia. Saber que había un traidor le dolería.
Unos golpes en la puerta la despertaron. Conis asomó la cabeza.
—¿Estás bien?
Tashigi sonrió.
—¿Acaso tienes un sistema de alarma que te avisa cuando alguien tiene problemas?
—Sí, es la artritis, que me mata definitivamente cuando una persona se entristece —bromeó Conis—. ¿Quieres hablar?
—Sí, pero, por favor, no le cuentes nada a mi padre aún.
Tashigi contó a su amiga lo que Robin le había comentado.
—¡Cielo santo! —exclamó Conis—. Eso le va a doler mucho. ¿Quién tiene las claves de acceso?
—Mi padre y yo y, por supuesto, Zoro. No estoy segura cuántos de sus técnicos están en este proyecto. Al parecer esta tarde van a salir de copas con todos ellos para ver si averiguan algo antes de dar la noticia. También están extrayendo información sobre los días y las horas en que se ha accedido al programa —se quedó pensativa mirando a la caja que su ex marido le había regalado—. Últimamente Marco pasa aquí más tiempo que cuando trabajaba en la empresa.
Conis la miró preocupada.
—¿Piensas que puede tener algo que ver en todo esto?
—No, supongo que no —respondió Tashigi, sin poder evitar ciertas sospechas desconcertantes.
Conis se despidió y Tashigi se quedó una vez más a solas con sus pensamientos.
Marco había sido un marido difícil y exigente, pero no había dado muestras de ser deshonesto. Además, no tenía las claves de acceso a los ficheros de Utopía. Pero en un momento dado habían confiado en él lo suficiente como para que tuviera conocimiento de dónde se almacenaban ese tipo de datos.
Estaba sin trabajo y, quizás, su situación fuera más difícil de lo que él quería admitir. Smoker había sufrido mucho con su divorcio y una noticia como aquella lo destrozaría absolutamente. Marco era el hombre al que siempre había tratado como su propio hijo. Esperaba que Robin y Zoro descubrieran al culpable antes de tener que mencionar a ningún sospechoso sin pruebas.
Bueno ya nos veremos mas pronto de lo que creen o bueno... quien sabe, de todos modos quisiera decirle que si vieron el cap 747 de ONE PIECE pues debo decir en lo personal que para MI fue una total MARAVILLA DE OPENING... DIOS MIO, YO CASI EXPLOTO DE LA FELICIDAD Y SOBRETODO DE LO BIEN QUE SE VE EL NUEVO OPENING QUE NOS ACOMPAÑARA HASTA CIERTO PUNTO...claro que para ello falta mucho pero aun asi ya me estoy emocionando por el próximo...jajaja, por supuesto que también apareció por primera vez MR. TANAKA... jajaja, sin dudas es un personaje muy peculiar... NOS VEMOS, no se olviden de dejarme sus REVIEWS.
REVIEWS? ah! pero si ya lo dije...jejeje.
