Capítulo 3: Primeros encuentros
Está de más decir que el pobre comandante Damon no tenía aventuras de amor, ni aunque las tuviera serían del carácter de las de Stefan.
Era un poco antipático para las mujeres, y él, que lo sabía no se les acercaba. Siempre vestido con su uniforme cuidadosamente aseado, pero sin lujo, cuando asistía a algún baile, que era pocas veces y obligado por el coronel, se mantenía en un rincón y se retiraba después de poco tiempo.
Pero al día siguiente de que llegaran a su destino , se le vio transformado; lo que hizo pensar mucho a los oficiales. En la mañana se peinó, se vistió esmeradamente y salió del cuartel, dirigiéndose a una de las calles centrales. En la tarde volvió muy contento, trayendo en la mano un pequeño ramillete de flores.
Un soldado se acercó y le dijo
—Parece que vienes contento, comandante: ¡que raro!, traes flores, eso es más raro todavía ¿Qué es éste milagro?
—¡Oh!, es algo muy sencillo —respondió Damon—; hace tanto tiempo que no veo a ninguno de mis familiares, que me alegro de estar encontrar uno aquí.
—¿Tienes familia aquí?
—Sí, una prima mía —contestó sonriendo
—Linda, ¿eh, Damon?
—Sí, es guapa, muy guapa
Al oír estas palabras Stefan Salvatore se acercó al grupo que se había formado alrededor de Damon.
—Y bien, Damon, ¿conque tienes primas guapas?, yo que creía que no tenías parientes en este mundo.
—Sí tengo —respondió Damon—, tengo muchos más de los que crees, sólo que yo los detesto a casi todos.
—Es claro; tu detestas a todo el mundo. Pero vamos a ver, ¿aborreces también a tu primita?
—No; a ella no, no tengo motivo; ahora la conozco, y a primera vista creo que es una buena persona
—A primera vista, ¡pícaro, eso quiere decir que es bella! Caballeros, he aquí el prodigio Damon enamorado, Damon el taciturno, Damon el huraño, Damon el enemigo de las pasiones, Damon el que se reía con desdén de nuestras debilidades, se ha humanizado, se ha hecho accesible, se ha apasionado ¡Mala decisión compañero, mala decisión !, vas a hacer más locuras que nosotros, porque los empedernidos como tú, cuando resbalan, no paran hasta el abismo.
Damon recibió lo que le dijo burlonamente Stefan, con su volubilidad y buen humor de costumbre, y se encogió de hombros.
—Conoceremos a la primita, por supuesto —añadió Stefan—: esto si no lo tomas a mal, si no te vuelves un Otelo, porque también es otra gracia de los taciturnos y de los castos; cuando se enamoran se hacen celosos como unos árabes.
—No hay inconveniente —replicó Damon— tu la conocerás si ella lo permite, que sí lo permitirá. Es una joven amable y admirablemente educada, que tendrá mucho placer en conocer a mis compañeros.
—Muy bien —concluyó Stefan—, tu dirás el día en que nos presentes , y que sea pronto, porque es preciso comenzar a hacer conocimientos en esta ciudad, que es un nido de ángeles.
Y dando un golpecito amigable en el hombro de Damon se retiró.
El comandante no parecía querer a nadie en el cuerpo, más que a Stefan. Sea que el carácter simpático de Stefan hubiera ejercido su influencia de siempre en el ánimo de Damon, sea que éste por miras secundarias tuviese necesidad de aparentarla, el hecho es que manifestaba frecuentemente una sincera atención hacia el comandante.
Le hablaba algunas veces sobre asuntos menos serios que los del servicio militar, le ayudaba en los trabajos de su escuadrón , particularmente a llevar su papelera, lo que hacía con facilidad y acierto; y algunas veces se propasó hasta regalarle alguna botella de exquisito vino, o un ramillete para que obsequiase a sus queridas.
Stefan en cambio, le reñía por su carácter reservado, le encargaba comisiones enfadosas, manifestándole de este modo su predilección, y aun solía pedirle consejo en asuntos del servicio. Así se había entablado entre ambos jóvenes, si no una amistad, al menos una relación que no era la del odio. Esto explica la amabilidad con que Damon prometió a Stefan llevarle a casa de su prima.
Era domingo, y la mañana estaba hermosísima; pero en la plaza, no encontraron nada de particular, pues la reunión más notable se hallaba en la catedral, en la que se celebraba la misa de doce.
Cuando los oficiales entraron, la misa estaba concluyén- dose, y mientras que Damon más artista y más observador, examinaba la fábrica del templo, la forma y riqueza de los altares, y se fijaba con curiosidad en los sombreros viejos de los obispos difuntos, Stefan, más inclinado a contemplar las bellezas humanas que las bellezas arquitectónicas y las antigüedades, recorría con admiración los diversos grupos de encantadoras hijas de la ciudad.
—Damon, deja de contemplar la catedral como un bobo, y mira las bellezas que hay aquí ¡qué muchachas tan deliciosas tiene esta bella ciudad!
Damon miró y quedó asombrado. En efecto, había allí un centenar de mujeres hermosas, hermosísimas, como las sueñan los poetas, como las pintan los enamorados.
La misa había concluido: los oficiales vinieron a situarse en la puerta principal, y allí pasaron revista a todas las bellezas que acababan de ver en conjunto y de prisa. Todas ellas se fijaban en los dos jóvenes, y con especialidad en Stefan que estaba soberbio de belleza, de elegancia, y que tenía en su semblante y en su apostura ese no sé qué poderoso e irresistible que atrae infaliblemente las miradas y el corazón de las mujeres.
De repente se aceraron a ellos dos jóvenes gallardas y majestuosas como dos reinas, una de ella tenía cubierta la cara con un velo. La otra era hermosa como un ángel.
Morena, de grandes ojos cafés que mostraban una travesura oculta, de tez olivácea y brillosa, alta y esbelta, esta joven era una aparición celestial.
Damon al verla, se ruborizó cuanto era posible. Ella le dirigió una mirada y le saludó sonriendo ligeramente; pero al fijarse después en Stefan se detuvo un instante lo mismo que su compañera, como fascinada por la mirada audaz del bello seductor que estaba acostumbrado a impresionar desde el primer instante a las mujeres.
Después de esta detención momentánea las dos damas salieron del templo con cierta precipitación. En ese momento Damon murmuró al oído de Stefan
—¡Ella es mi prima!
Stefan sonrió y se contentó con decir entre dientes: ¡Es deliciosa!
La morena volviendo el semblante, dirigió una última mirada al gallardo compañero de su primo.
—Entiendo —dijo Stefan a Damon— que tendrás el buen gusto de seguir a tu linda prima; y yo creo que es mi deber acompañarte.
—Bueno —contestó Damon un poco contrariado—; no sé si se dirigirá a su casa y si podrá recibirnos a esta hora; pero vamos, y ella dirá.
—Amigo mío —replicó Stefan—, estoy seguro de que una mujer linda y de buen sentido tendrá mucho placer en recibir a cualquier hora a dos muchachos como nosotros.
Diciendo esto siguieron a las encantadoras damas.
Deteniéndose a la entrada de una casita linda y alegre como una jaula de canarios Allí, después de volver todavía el rostro para cerciorarse de si eran seguidas, viendo a los oficiales que venían en detrás de ellas a pasos rápidos, entraron y se dirigieron inmediatamente a la sala de recibir
Los dos jóvenes atravesaron alegremente los umbrales de la linda casita, luego un pequeño patio, entraron en el corredor y se detuvieron en la puerta de la antesala.
Ya los esperaban. La hermosa morena se adelantó hacia ellos y les dijo con la más dulce de las voces humanas
—Pasen ustedes
Y los introdujo en el pequeño y fresco salón, en donde se hallaban reclinadas en un sofá una señora de cuarenta años y la joven que antes se cubría el rostro con un velo, y que mostraba ahora el más lindo semblante que hubiera podido soñar un poeta.
Era morena, de ojos pardos, cabellos castaños y labios perfectos. Los jóvenes quedaron deslumbrados con su increíble belleza.
