Previamente en Elena...
Ya los esperaban. La hermosa morena se adelantó hacia ellos y les dijo con la más dulce de las voces humanas
—Pasen ustedes
Y los introdujo en el pequeño y fresco salón, en donde se hallaban reclinadas en un sofá una señora de cuarenta años y la joven que antes se cubría el rostro con un velo, y que mostraba ahora el más lindo semblante que hubiera podido soñar un poeta.
Era morena, de ojos pardos, cabellos castaños y labios perfectos. Los jóvenes quedaron deslumbrados con su increíble belleza.
Capítulo 4: Primeras Impresiones
—Querida tía —dijo Damon a la señora mayor—, tengo la honra de presentarte a mi buen amigo Stefan Salvatore comandante como yo en el ejército.
Stefan se inclinó graciosamente y murmuró palabras de cortesía.
Después Damon le presentó a su prima Katherine, que se ruborizó notablemente al encontrarse frente a frente del hermoso oficial Stefan
—Ahora, como compensación —dijo la señora— por el gusto que nos has dado presentándonos a tu amigo, te presentaré a mi vez a la mejor amiga de Katherine y una de las señoritas más distinguidas de la ciudad - Querida Elena, mi sobrino Damon y su amigo.
Los dos se inclinaron respetuosamente
Damon sintió, al encontrarse con la mirada de Elena, que se le oprimía el corazón. Evidentemente en los ojos pardos y lánguidos de aquella hermosura terrible había algo más que el brillo de la languidez Había una sospecha, y sea que tengamos todos una profetisa en el alma que nos hace presentir la influencia que ejercerá en nuestro destino la persona a quien vemos por primera vez, o sea que Damon, poco acostumbrado a acercarse a las mujeres bellas, se encontraba turbado y confuso, se estremeció visiblemente.
—¿Te sientes mal, hijo mío? —preguntó la señora con interés a su sobrino
—No, tía, no tengo nada
—Estas muy pálido
—Damon tiene una apariencia extraña —dijo Stefan—; con ese cuerpo que ustedes ven, disfruta de una salud robusta. Fue herido hace poco; pero eso pasó ya, quizá le ponga de este modo la agitación del momento, el clima nuevo para nosotros, o más bien la timidez de su carácter, porque Damon es tímido de una manera rara.
—¿Tímido? —replicó la señora—; pues será una excepción de su familia. Ellos son la personificación de la alegría y la franqueza ¿y por qué razón —añadió preguntando a Damon — jamás te he visto en tu casa? Siempre me decían que estabas ausente.
—Señora, desde muy pequeño —contestó Damon me alejé del lado de mi familia para estudiar; después entré a servir en el ejército; apenas conozco a mis hermanos, y por muy poco tiempo he permanecido bajo el techo de mis padres
—¡Qué triste es eso! Pero ni aun en las reuniones íntimas, en aquellas en que no hay costumbre de que falten los hijos, como por ejemplo, en los días del papá o de la mamá, te he visto en su compañía y los otros hermanos habían venido unos desde otras ciudades y otros desde el extranjero a ocupar su puesto en el banquete de la familia; sólo tú faltabas siempre
—Estaba enfermo unas veces, otras llegaba algunos días después, por motivos independientes de mi voluntad; pero no había otra causa.
Esta conversación hacía mal a Damon, y era perceptible que deseaba no se continuase. La señora lo comprendió así y se volvió para hablar con Stefan.
El galante oficial Stefan, que primero había observado rápida y conocedoramente a las dos bellas jóvenes, pasaba de una a otra alternativamente los ojos, como en un estudio comparativo, y había acabado por comprender que las dos rivalizaban en hermosura y encantos.
Las dos eran bastante parecidas pero muy diferentes a la vez. Una, de tez olivácea y brillosa, alta y esbelta como una aparición celestial. La otra morena de una increíble belleza que deslumbraba. Los ojos cafés de Katherine inspiraban una afección pura y tierna. Los ojos pardos de Elena hacían estremecer de deleite.
La boca encarnada de la primera sonreía, con una son- risa de ángel. La boca sensual de la segunda tenía la sonrisa de las huríes, sonrisa en que se adivinan el desmayo y la sed.
El cuello de de la Katherine se inclinaba, como el de una virgen orando. El cuello de la Elena se erguía, como el de una reina.
Eran bellezas incomparables, y Stefan, sin decidirse por ninguna de ellas, hizo lo que en semejantes casos tenía de costumbre, se dejó arrastrar por la mano del destino Dejó a la suerte la elección, y como se había de empezar por algo, se acercó a Katherine y entabló con ella una de esas conversaciones frívolas de primera visita, sobre la población, el clima, las señoras, la casa , y todo lo que presta un elemento para formar diálogo Katherine se sentía turbada y feliz, Stefan la encantaba; aquel carácter ligero, agradable, risueño, aquellas palabras llenas de chispa y de agudeza le parecían sonar por primera vez en sus oídos y tenían todos los encantos de la novedad.
Katherine era de esas mujeres para quienes la forma y el carácter lo es todo. Su pobre primo Damon no podía sostener una comparación en carácter con el joven y gallardo Stefan.
Elena se parecía mucho en esto a su la forma, creía que ella era la revelación clara del alma, el sello que Dios ha puesto para que sea distinguida la belleza moral, y en sus amigas y amigos examinaba primero el tipo y concedía después el afecto.
Y esto no da derecho a suponer que las dos jóvenes ca- reciesen de talento y de criterio, no; la naturaleza había sido pródiga con ellas en dones físicos e intelectuales Elena pasaba por tener una de las inteligencias más elevadas del bello sexo de la ciudad y Katherine era citada por su talento.
Ambas estaban dotadas del sentimiento más exquisito Eran mujeres de corazón.
Pero juzgaban como juzgan casi todas las mujeres, por elevadas que sean, y eso en virtud de su organización especial. Aman lo bello y lo buscan antes en la materia que en el alma. Hay algo de sensual en su modo de ver las cosas. Particularmente las jóvenes no pueden prescindir de esta singularidad, sólo las viejas escogen primero lo útil y lo anteponen a lo bello. Las jóvenes creen que en lo bello se encierra siempre lo bueno, y muchas veces tienen razón.
Así, pues, Elena , desde que llegaron los oficiales, por una inclinación irresistible no cesó de dirigir frecuentes miradas para examinar a Stefan que a su vez la hacía sentir el poder de sus ojos audaces e imperiosos.
El triste Damon continuó su conversación con la tía y le habló de plantas y árboles frutales. Era algo botánico, y como estaba poco habituado a las conversaciones de sociedad, procuraba mezclar siempre sus pequeños conocimientos para no quedarse callado.
No por eso dejó de observar la impresión que su amigo había causado en las dos hermosas muchachas, y más de una vez se quedó distraído y contrariado.
¿Comenzaba Damon a amar? Puede ser, y en ese caso, la pura, la virginal Katherine , la que inspiraba amores castos y buenos, debía ser el ídolo de su corazón él necesitaba un ángel, y su prima era un ángel que encerraba en su alma todos los consuelos, todas las esperanzas que podían cambiar el aspecto de su vida solitaria y triste.
Pero Katherine sonreía a Stefan de una manera insinuante, era una esclava que se rendía sin combatir a su futuro señor.
Un momento después, y con los cumplimientos de estilo, los jóvenes salieron de aquella casa; Damon taciturno, Stefan alegre, decidor y risueño.
—Elena ¿qué te parece mi sobrino? —preguntó la señora a la hermosa morena
—Me parece un joven instruido y bueno, algo tímido
—Damon debe estar enfermo —añadió Katherine con cierta compasión—; su palidez no era natural, y además, ¿no has notado, mamá?, sus manos temblaban
—Será nervioso —observó Elena
—Es un muchacho raro —volvió a decir la tía—, y en su vida debe ocultarse algún misterio
—Mamá —dijo la dulce Katherine—, yo te confieso veo en mi primo algo que me causa antipatía; y por Dios que mis ojos nunca me engañan, y que todo aquello que me disgusta a primera vista, resulta malo.
—Bien puede ser —replicó la señora—; pero entretan- to que averiguamos todo lo que hay en el asunto, tenemos que tratar a Damon como un pariente nuestro y ocultarle nuestras sospechas, que bien podrían carecer de fundamento.
—Tal vez le condenan ustedes demasiado pronto —ob- servó Elena con aire de lástima— yo no le veo nada repulsivo, como Katherine. No es muy simpático , y además su timidez que no parece ser propio de un hombre como el le perjudica muy serio; tal vez su carácter se haya agriado con alguna enfermedad, porque en efecto está muy pálido, y ahora nos lo pareció más, porque le comparábamos con su amigo que es muy simpático y abierto.
—¡Oh!, en cuanto a ése —dijo Katherine, ruborizándose ligeramente—, ¡qué simpático es!, ¡qué guapo!
—¿Te gusta, Katherine? —preguntó Elena con una imperceptible malicia
—Sí, tiene mucha gracia, es muy fino
—Es un joven distinguido, y no hay duda que pertenece a una buena familia —observó la señora
—No hay muchos oficiales así —dijo Elena—; éste es un modelo de elegancia y de caballerosidad ¿Viste qué ojos verdes tan bellos tiene, Katherine ?
—Y ¡qué bien habla!
—Y ¡con qué gallardía lleva su uniforme!
—Mi pobre primo Damon, la primera vez que nos hizo una visita nos habló de la atmósfera, de los árboles y del un lago ya tú comprenderás, Elena, que esto sería muy bueno, pero que no era oportuno ni tenía chiste. Mi primo será un observador, pero no es nada divertido creo que nunca ha estado en sociedad, pues se avergüenza, y se queda callado, Stefan es diferente, ya lo has visto.
Elena se puso pensativa, y después dirigió a su amiga una mirada escrutadora y profunda
Katherine casi avergonzada de haber dicho tanto, y poniéndose roja, al sentir la mirada maliciosa de su amiga, repuso luego, como para cambiar el tema
—¿Y tú, Elena, has encontrado bien a mi primo? ¿Te has enamorado de él?
—Sí; encantador tu primo.
Katherine sintió algo como un leve dolor de corazón, al oír hablar así a su amiga. Comprendió que el gallardo Stefan había causado una impresión grata en el ánimo de Elena, lo mismo que en el suyo, y tal vez presintió que iba a tener una rival, y rival temible, pues Elena por sus encantos y por su talento, era más peligrosa que ella para los hombres.
Pero, ¿qué pasaba? ¿Katherine estaba enamorada ya de Stefan y tan pronto? No tal; pero sucedía entonces lo que sucede siempre que dos beldades se encuentran por primera vez con un hombre superior. Se establece entre ellas una rivalidad momentánea, cada una procura atraer la atención de aquel amante y cada una teme verse pospuesta a su antagonista
Katherine y Elena eran dos bastante lindas mujeres para que carecieran de admiradores. Los tenían en gran número en la ciudad, y estaban acostumbradas a dominar como reinas, alternativamente o juntas, en todas partes.
Así, pues, no era el deseo de ser amada por el primer venido, el que las hacía disputarse en aquel instante la preferencia del hermoso oficial Stefan, sino el amor propio, innato en el corazón de la mujer, y mayor en el corazón de la mujer bella, que quiere conquistar siempre, vencer siempre y uncir un esclavo más al carro de sus triunfos .
Elena estaba invitada a almorzar en casa de Katherine. Se pusieron a la mesa y almorzaron alegremente; pero cualquiera había podido notar en el semblante y en la conversación de las hermosas, que una preocupación oculta las agitaba y las ponía, a ratos, pensativas.
Iban a ser rivales, o más bien dicho, ya lo eran
