Naruto le pertenece a Kishimoto
Espero y sea de su agrado.
Cap. III Le Petite Mort
Fueron dos semanas enteras en las que ninguno de los dos se detuvo a observarse mutuamente en la estación del metro subterráneo, fingiendo demencia, fingiendo que no se conocen, porque en efecto, ninguno de los dos se conocía realmente; pero Saori llegó a decirlo para sus adentros nadie realmente cree conocerse o eso murmuraba mientras le veía de reojo y escabullía de la presencia de éste. Había días en las que Saori hacia cosas que nunca haría, contradiciéndose y retraduciéndose en otra persona, mutando cada día. Tanto nuestros cuerpos cambian, como también lo que nos hace ser aquellos que reconocemos en el espejo. Había días en que sencillamente no reconoces aquella figura que se refleja en el espejo: no nos conocemos realmente, porque jamás veremos nuestras verdaderas caras, y sólo hay ilusiones en el espejo, una imagen que construimos y que otros construyen alrededor de nosotros.
Saori estaba convencida, indignada, de que aquella perfección divina no es de alcance para alguien como ellos dos. No es que pretenda ser dios o algo similar, sólo quedaba la zozobra de no ser lo que ella ya creía ser. Esa imagen se resquebrajaba, él era quien la violentaba, el quien la obligaba a replantearse cada mañana, en su solitaria habitación, en su fría cama si estaba bien ser como ya es, y al termino de verse en el espejo por prolongados segundos se metía a la ducha, asqueada. Era una mujer muy pecaminosa, pensar en aquel moreno cuando su novio la tocaba en la mejilla y le sonreía cándidamente.
Ella no sabía qué estaba mal, puesto que todo ya estaba mal desde un inicio, ¿en qué afectaba el tener una pareja sentimental concreta a lo que ellos dos consensuaron? ¿No habían callado para ahorrarse problemas externos y por qué ahora, al saberlo, él la ignoraba? Ella tampoco conocía mucho de él, de hecho, lo único que sabía de aquel hombre llamado Itachi era misterioso y terriblemente amable con todos y sobre todo con ella. Era un hombre que nadie podía despreciarle y eso lo supo cuando descubrió que no podía ser indiferente con él; era un hombre que a pesar de que se aparta del resto, eso lo aproximaba más a ellos; serio y tranquilo: silencioso, y los silenciosos son los que más quieren gritar.
Saori a penas conocía lo básico de él: amaba leer y su autor favorito era Lewis Carrol, era ingeniero en sistemas y tenía una muy mala vista y que muchas veces se rehusaba a usar lentes lo que le producía muchas jaquecas y migraña, una migraña que siempre le obligaba a despertarse muy de mañana, pues ya no podía conciliar el sueño y menos cuando ella dormía al otro extremo de la cama y que por lo mismo, desayunaba temprano y el café que se preparaba era extremadamente dulce muy a pesar de su serio semblante; sí, Itachi amaba las cosas dulces. No obstante, ella no podría decir aquello si alguien le preguntase cómo es aquel amante con el que cada noche se revuelca… Saori sólo atinaría a decir que aquel hombre era, más que nada, lamentable y encantador.
Saori no sabía qué hacer exactamente; si bien, está traicionando a su novio, pero también ¿estaba traicionando esa superflua confianza con Itachi? Negó con la cabeza, molesta. Ella jamás accedió a serle una buena mujer más allá de la lujuria y pasión. Era un común acuerdo, lo único que los relacionaba era el deseo de perturbarse mutuamente con caricias y placer desmedido, injustificado.
O de eso ella staba convencida.
Se recargó en la mesa de su comedor, eran las 8:00 pm y se sentía contrariada, un viernes por la noche sola y en silencio. En silencio con sus pensamientos y recuerdos. La culpa se sentía brotar desde su pecho y escapar de sus labios en suspiros agobiados, tremulantes; recapacitaba culpable e inocente a la vez.
Había engañado a su novio más de 10 veces con el mismo hombre, pero él ni se enteraba de ello y ni lo sospechaba, su novio confiaba en ella más de lo que ella podía soportar, ¿es que no le preocupaba que huyera de su departamento a reunirse con un hombre que se había topado en las líneas del subterráneo? No había dudas, ni reclamos. La culpa era de él y no de ella.
Injusto, sí, qué injusto era pensar así… la mala siempre terminaba siendo ella.
Frunció el entrecejo y corrió por su teléfono celular, marcó un número que tenía sin registrar en sus contactos y esperó tras la línea que aquel le contestara, y ello no tardó.
- Habla Itachi Uchiha. – una voz se escuchó.
- Soy Saori. – respondió la pelirroja. – No me cuelgues. – se precipitó a decir. Itachi sólo afirmó con un sencillo sí. – Itachi, no sé qué te ha molestado, pero si fue el hecho de que no te dijera que tenía una pareja no es problema mío. Mi intención nunca fue hablar de mi vida personal contigo, nunca lo quise hacer, pero lo he hecho y entiendo. No, de hecho, no entiendo por qué te rehúsas ahora de verme a los ojos, pero necesito escuchar tu motivo. – La pelirroja hizo una larga pausa, tomó respiración y se preparó, – ¿Quieres que dejé de buscarte? Porque de decir sí, tú también dejarás de buscarme e ignoraremos que en las noches me hacías el amor y te me ofrecías sin pudor alguno y yo ofrecía mi cuerpo al tuyo, sin esperar dulces palabras, sin exigir cariño. Responde si vale la pena seguir humillándonos.
La pregunta fue clara, sin embargo, no hubo respuesta inmediata por parte del pelinegro. Saori sacudía el pie izquierdo inquieta ante su larga espera por una respuesta.
- Humillarnos… - se escuchó su voz dubitativa tras el teléfono. – ¿Qué hay de tu novio? Dejemos de pensar egoístamente y pensemos en él, ¿qué hay de él?
- Lo que haga con él es asunto mío. – respondió con determinación. - Te pregunto por ti y yo, por lo que hacemos, no me hables de lo moralmente correcto porque en esta charla y en lo que hemos estado haciendo anteriormente, lo moral ni siquiera entra en la discusión. Respóndeme.
- En efecto, tienes razón. Preocuparnos por él a estas alturas sería suerte de hipócritas, nunca quise conocer más de ti y tú de mí, al principio no me interesaba; no obstante, esto se ha complicado demasiado y, creo que ya lo sabes, tengo muchos problemas para conciliar el sueño.
La llamada se cortó.
- ¡Yo también los tengo! – aun respondió, exasperada.
Dejando a Saori en silencio, sujetando aun el teléfono cerca de su oído, esperando a que devolviese la llamada y respondiera realmente a su pregunta. Esperó en vano. Cómo odiaba esperar.
La noche llegó a su edificio y a su departamento, la tranquila soledad de una noche normal, de una noche con la PC apagada y el celular en la mesita de noche, vibrando y vibrando por los mensajes que le llegaban sin parar, de seguro se trataba de sus compañeras de trabajo o tal vez era su novio que cada noche le enviaba un afectuoso mensaje de buenas noches, pero que casi siempre no respondía. Ella nunca respondía mensajes de esa índole, su novio ya lo sabía y por ello mismo no había reclamos. Saori veía el techo de su pieza, tendida boca arriba y con las sabanas apenas cubriéndole parte de su cuerpo mientras la ventana estaba abierta y el aire que se colaba sacudiendo las cortinas, ventilando la habitación, dejándola sentir el fresco de la noche.
Qué insólito era estar cansada y no poder dormir, qué desafortunado era sufrir insomnio cuando no se tiene con quien pasar el rato. Qué descaro el suyo en creer que necesitaba a aquel hombre para poder conciliar el sueño. Qué rabia darse cuenta de que la compañía que empezó sólo por lo placentero y dispensable, terminase en algo complicado y muy necesario. Saori veía ensimismada el techo o, mejor dicho, nada. ¿Dónde estaba su novio en esta noche tan solitaria? ¿Por qué no venía a visitarla al menos una vez en la semana a colmarla de cariño y si no, de maltratos y regaños por su maldita lujuria? No importaba el motivo, sólo que viniera –su novio o él– y preparase un sencillo te instantáneo de bolsitas.
Se retorció entre las sabanas, esta noche estaba muy caliente.
Abruptamente se puso de pie, marchó a su cocina y se preparó un sencillo te mientras veía perdida por la pequeña ventana de la cocina. Era una noche muy fría, pero soportable.
La noche transcurrió y un nuevo día llegó, Saori acostumbrada a levantarse a las 6:30am sin necesidad de alarma, se prepara para otro día de trabajo. Tan normal y aburrido, tanto que sin darse cuenta su jornada laboral terminaba y sus compañeras de trabajo, como siempre, la arrastraron a un famoso café del centro de la ciudad. No pone resistencia, sólo acepta en silencio y con la mirada cansada anda por el camino, escuchando las agotadoras charlas de sus compañeras con respecto a su vida amorosa. Saori sonríe ligeramente, ellas no saben que el amor hoy en día es irrelevante.
La cafetería, siempre abarrotada de clientes, ruidos y olores exquisitos, estaba colocada muy al centro, y Saori, desde su asiento, veía a través de los cristales a las personas pasar, observaba en particular el suave andar de una muchachilla de hermosos ojos violetas por la avenida, su falda volando, mostrando sus piernas blancas, el viento meneando sus largos mechones negros jugaban con el escenario de la calle de la ciudad nublada y con pronósticos de lluvia. Abstraída, seguía con la mirada aquella linda jovencita, tan pura e inocente, tan hermosa. Una virgen.
- ¡Ey, Saori! – le habló una de sus amigas, sacándola de sus pensamientos. Sorprendida volvió su mirada hacia ésta.
- ¿Qué?
- ¿Tú qué crees? – preguntó con una sonrisa de medio lado, mientras que el resto de sus amigas la miraban expectantes.
- No escuché la pregunta. - dijo sincera
- Oh, Saori. Últimamente pareces muy distraída. ¿Pasó algo con tu novio? ¿Te está engañando con otra? – preguntó sin malicia, sólo con curiosidad innecesaria. Saori frunció el entrecejo, y sus compañeras de trabajo adivinaron que de ella no podrían sacar ninguna otra palabra.
- Bueno, bueno, olvida lo anterior. – se disculpó con falsa seriedad. – Mejor dinos qué opinas de la Sra. Makoto, la recepcionista.
- ¿Qué le pasó? No suelo en detenerme a conocer el historial de cada uno de los que trabajan en el hospital.
- ¡¿No lo sabes?! – cuestionó indignada otra, Saori se limitó a afirmarlo con un ligero gesto, no es como si le importara saber qué le había pasado a una de las recepcionistas. – La mandaron a llamar a comparecer ante el jurado, para un divorcio por culpa.
- Su esposo se enteró que lo engañaba con el joven médico de urgencias, y reunió pruebas suficientes para demandarla y quitarle la custodia de sus hijos.
- ¿Qué tonta, no? – exclamó la primera, para después llevar el caliente café a sus labios. - ¡Qué estúpida mujer! Ni siquiera pudo ocultar su amorío.
- ¡Exacto! Si hubiera sido más precavida nadie se hubiese dado cuenta. – dijo la que se había mantenido en silencio mientras meneaba con la cuchara su té chai. – Cuando una mujer tiene amantes debe ser doblemente más inteligente.
- Sin duda, una mujer debe cuidarse el doble que el hombre, porque al final, la mujer siempre termina siendo la puta, mires donde lo mires. – opinó una de las tres. Saori se limitó a escucharlas y asentir con la cabeza, odiaba admitirlo, pero a veces sus amigas decían cosas acertadas.
- Pero hay que reconocer una cosa más – habló la primera, con cierta voz de mando. – Ese nuevo médico es un rico pastel que también me gustaría comer. Entiendo que lo haya engañado, yo también engañaría a mi prometido por él. Aunque ciertamente no soy muy valiente para hacerlo.
Sí, en una plática femenina, el nombre de los amantes o de los objetos de deseo no tenían nombre, sólo eran los incansables "Él", y hablar de comérselos era un argot recurrente y que a Saori no le desagradaba del todo. Comer, claro, a veces ella tenía mucha hambre de carne masculina; carne caliente y viva, carne que sacia y alimenta a las bestias para convertirlas en mujeres, porque una señorita profanada se convierte en una bestia, y de bestia a mujer, ¡qué gracioso! Las mujeres y sus concepciones propias llenas de metáforas. Las mujeres daban miedo, el ser siempre silenciadas y castigas, han aprendido a hablar más que con la voz. Histéricas, las mujeres están todas locas; pensó. Miró tras la ventana, ella no era la excepción. Levantó su mirada, pensando en él, y como si lo invocara con sus poderes de bruja, él apareció, pero ello no era sorpresa, Itachi acostumbraba comprar en esta cafetería el pan y pasteles que tanto degustaba por las mañanas con su dulcísimo y empalagoso café. Él no la notó, se siguió de largo hasta el mostrador. Su mala vista a veces era una ventaja, sonrió amargadamente y bajó la cabeza.
- Miren, ese chico no está nada mal. – dijo una de sus compañeras hacia el resto que obedientemente siguieron su mirada y se toparon con el moreno.
- Quitémosle esos feos lentes y otra camisa y sería de mi tipo.
- No, esos lentes le hacen ver más centrado y sexy. – opinó otra con una sonrisilla traviesa.
- Se equivocan, desnudo es mucho más atractivo… - dijo en susurró Saori, aun cabizbaja. Sus compañeras al escucharla murmurar, volvieron hacia ella su atención.
- ¿Saori? ¿Dijiste algo? – preguntó en voz alta
- ¿Te sientes mal, Saori?
La pelirroja alzó la frente, él la miró por el rabillo de sus ojos negros. Sus miradas se encontraron nuevamente. Se vieron desde lo lejos, él se esforzaba para obtener mejor imagen de ella sentada alrededor de sus amigas, siendo ella la que más resaltaba por su singular mirar, un mirar que ocultaban sus emociones; ella le vio perfectamente desde lo lejos, esas posturas, se miraba cansado y con sueño. Ambos se veían tan miserables.
- Joven, el dinero por favor. – pidió con gentileza la empleada tras el mostrador, Itachi rápidamente volvió su atención y pagó con rapidez. Agradeció el servicio y regalándole otra mirada a Saori, salió de la cafetería.
- ¿Le conoces? – Preguntó interesada una de sus amigas.
- Sí, aunque sólo de vista. – respondió estoica, sólo lo conocía por lo que había visto de él, pero en sí, no lo conocía en absoluto. Sólo eran dos desconocidos con los mismos problemas de insomnio.
Poco tiempo de lo sucedido, salieron por fin de la cafetería y sus amigas acordaron en ir a un bar para animar el inicio de semana, pero Saori desistió de acompañarlas alegando que le dolía la cabeza, ellas no insistieron y se marcharon. Ahora, ella estaba ahí, en una de las principales calles de la ciudad, observando el cielo repleto de nubes. Suspiró cansada, a tan sólo unas cuadras estaba el edificio de aquel Uchiha, pero sin duda no volvería, aun cuando quisiese hacerlo. Tiene una reputación que cuidar, o eso se decía en su interior. Caminó a paso lento, tomaría el subterráneo e iría a su casa a tomar un caliente baño de burbujas y descansaría de estos molestos pensamientos que la llenaban de culpa.
Ese era su plan, aunque siendo sinceros, el plan se vio frustrado cuando cierto pelinegro siguió sus pasos. Ella volvía su mirada hacia atrás, él estaba ahí parado, taciturno y en silencio. Ella caminaba, él la seguía. ¿Qué juego era éste?
- Si no me dejas de seguir, llamaré a la policía: Esto es acoso. – dijo sin volver la mirada hacia él, a paso veloz. Ella lo haría.
- Qué suerte tienen las mujeres, servicios policiales especiales. – respondió con igual enojo. Tentando su suerte.
- Qué suerte tienen los chicos, sentirse ofendidos por no tener algo que en sí no necesitan. – respondió con desprecio.
- Explícate.
- De ninguna manera, explícate tú primero.
- Mencionaste la palabra humillación, ¿por qué?
- ¿Estás tan ciego que no te das cuenta? No humillamos a mi novio con nuestras acciones… él no tiene nada que ver aquí. Nos humillamos a nosotros mismos. – respondió como si fuera la gran obviedad del mundo, aun sin detener su paso y verlo a los ojos, no obstante, Itachi posó su mano en el hombro de la pelirroja para detuviera su andar y Saori no tardó el girarse sobre sus tacones para afrontarlo directamente.
- Lo estuve pensando muy seriamente. – habló, desviando su mirada de la imponente mirada que le dirigía Saori. – No hay crimen si no hay testigos, por lo tanto, no hay castigo por nuestros actos si nadie nos ve. Es una reflexión sencilla, pero muy útil. Además, cada día pierdo más la vista y mayormente en el sexo te la pasas con los ojos cerrados. Ninguno de los dos ha visto nada, no entiendo a lo que te refieres con "humillarnos".
- Los hombres son tan simples. – dijo agotada, pero con un ligero sonrojo en las mejillas, verlo tan serio y decir aquello no cuadraba muy bien, pero tenía que reconocerlo, verlo así era encantador. – Te olvidas de algo, no hay crimen sin culpa.
- Te responderé con la jerga que ustedes, las mujeres, utilizan en sus charlas intimas: La culpa se debe de comer. Toda, completitamente toda. – terminó elevando en su serio semblante una sonrisa traviesa, ¿era por el sentido tan obsceno o por el doble sentido que puede adquirir esa frase? Saori sonrío ante aquel pequeño juego, no podía responder más que con una sonrisa lasciva.
Saori dio una media vuelta sobre sus tacones y se encaminó al subterráneo, ladeaba la cabeza a ambos lados, lúdica seductora, indicando a Itachi que la siguiera pero que guardara cierta distancia, que nadie los viese andar juntos. Como lo habían dicho sus amigas, las mujeres deben ser doblemente más inteligentes para que nadie las descubriese, porque de no ser así, este juego concluiría. Ninguno de los dos quería, a pesar de que una cargaba la cruz de ser una puta, a pesar de que el otro sería el patán ventajista que todas las señoritas señalarían. Poco importaba realmente, ella abrazaría esa cruz y él no vería aquellos dedos penitenciarios. No mientras lo coman todo y no dejen ni una migaja sobre la mesa.
La lluvia mojó toda la ciudad, y las ratas se escondieron en las alcantarillas del metro-subterráneo que compartía una similitud tremenda con las alcantarillas: todas están infestadas de ratas, o eso le parecía a Saori que corrió hacia los andenes del metro, mojada. Muy mojada. Su corta falda pegada a sus muslos, su camisa azul dejando ver sus pequeños senos. Hoy no traía sostén y de eso muchos hombres que también se refugiaban de la lluvia se habían dado cuenta. La miraban con recelo, no querían llamar la atención, pero Saori lo sabía, sabía muy bien que hombres de todas las edades la veían suciamente como aquel anciano y aquel oficinista, sin olvidar a aquella adolescente que mordía su labio, fascinada con la vista que la pelirroja le daba. Pero Saori ignoraba las pasiones que desataba, al único que quería mostrárselo era al quien unos metros atrás la observaba en silencio, aquel que fingía observar el reloj, pero que se perdía en la pequeña figura de una pelirroja que se abrazaba así misma por el frío de la lluvia. Él por igual estaba mojado, temblando de frío, pero con una alarmante calentura.
Las bocinas del vagón avisaron su llegada, la multitud se acercó a las líneas amarillas para abordar los vagones. Saori dirigió su mirada hacia Itachi, indicándole a que la siguiera ahí dentro, que le esperaba. Obedeció diligente, ella entró al vagón primero, él la alcanzaría ahí dentro, y una vez dentro, él se colocó la capucha de su sudadera y la buscó con la mirada hasta que la encontró al final del vagón, en aquel lugar donde los vagones se conectan. Estaba a reventar, tenía que empujar al resto de los pasajeros con cierta discreción, llegar a ella no fue fácil, pero también fue excitante. Llegó por detrás, Saori se quedó contra la pared y contra él. Arrinconada entre desconocidos y él, la mayoría les daban la espalda, otros a sus lados con sus celulares en mano y con audífonos, perdidos es aquella pequeña pantalla táctil, presentes pero ausentes. Escenario perfecto para dos desconocidos.
Itachi la tomó de la cadera y la acercó a su pelvis, revisaba por el rabillo de sus ojos: un hombre veía su correo electrónico en el celular. Lentamente, su mano derecha se aventuraba cautelosa por los firmes muslos de la pelirroja que se afianzaba a su vez al brazo del moreno, aquella mano la acariciaba cándidamente, si avanzaba más arriba no aseguraba guardar silencio para siempre, y se contuvo cuando la otra mano de Itachi se elevaba dentro de su camisa a sus pechos. Tembló por la electrizante sensación de unos dedos tocar sobre su ropa interior en aquella infame parte femenina. Jugaba con ella, con su cuerpo, en un lugar público. Itachi apretaba el pequeño seno, un anciano estornudó, Itachi no se detuvo, aquel estornudo le brindó más confianza, y aventurero, frotó sus dedos aun sobre la ropa interior de Saori quien no tardó en ofrecer un respingo que tuvo que callar con su mano suelta.
Subió el nivel, aumentaron los gemidos silenciados, se retorcía entre el pequeño espacio, él ya le había quitado sus pantys y ahora estaban en el suelo. Respiración caliente sobre su nuca, él parecía disfrutarlo más, los hombres y mujeres a su lado seguían sin darse cuenta, tal parece que aquí todo el mundo estaba ausente excepto ellos dos y aquel preadolescente que veía anonado la escena, en silencio cual morboso fisgón, que sin poder participar se conformaba con observar. A Itachi no le preocupaba, en cambio a Saori sí, pues el púbero mirón podría sacar el celular y fotografiarlos, sin embargo, Itachi la calmaba diciéndole al oído: "Velo a los ojos, y quedará estupefacto". Y así lo hizo, miró al preadolescente con su rostro compungido de placer, con los labios entre-abiertos, jadeante. El chico se quedó ahí pasmado, no hizo nada, sólo se quedó observándolos.
- De seguro llegará a su casa con mucha urgencia. – bromeó Itachi, al oído de Saori que poco le hacía gracia, ahora sería la imagen de un púbero para experimentar con su sexualidad. No era gracioso, pero la idea le iba agradando poco a poco.
- Tendrás que detenerte, estamos a una estación.
- Bien. – respondió, y con un movimiento suave y rápido, retrajo sus brazos a sus costados y se separó de ella, al otro lado, dándole la espalda. El púbero se marchó en la estación, y a la siguiente, Saori dejando atrás sus pantys en el suelo descendió del vagón, Itachi la siguió cinco pasos atrás. Caminaron entre la gente, ascendieron a la superficie. Lento y rápido, llegaron al edificio de la pelirroja.
El edificio en donde la pelirroja residía era mucho más grande que el de Itachi, eran alrededor de 9 pisos y más de 25 departamentos, ella vivía en el piso 7°, departamento #19. Itachi y ella encontraron sus esquivas miradas, entre la oscuridad de las calles y las luces de los carros al ir y venir, divididos entre los barrotes de la reja negra, ambos intercambiaron miradas.
Se miraron desolados y expectantes.
Ella abrió y le dejó entrar al edificio. Subieron por el ascensor, en silencio, ahora evitando verse a los ojos. La iluminación del edificio pareció molestar aquella intimidad creada en las penumbras.
Una vez en frente de su departamento, ella revisó que ninguno de sus vecinos la observaran entrar con un hombre ajeno a la residencia, pues lamentablemente sus vecinos conocían de vista a su novio. Marcharon dentro en silencio y cerrando la puerta con premura, y como si fuera la primera vez cuando tuvieron aquel fortuito encuentro, Itachi, veloz, la tomó de las mejillas y la besó profundamente, arrebatándole el aliento y haciéndola estremecer. Mordía sus rosados labios y relamía la comisura de su boca, sin darle tiempo a protestar y oponerse, ella lentamente empezaba a aferrarse a su espalda y sujetarle del cuello, sintiendo un rebosante calor al instante en que él metía su mano debajo de su falda y la acariciaba en la entrepierna.
Arqueaba su espalda, sintiéndose necesitada de más, pero Itachi no le daba tiempo de nada, a comparación de las otras veces, Itachi era más rudo y exigente para con ella.
Rápidamente terminaron sin prenda alguna sobre sus calientes y excitados cuerpos, tumbados en la cama de la pelirroja que compartía con su novio, pero que hoy compartía con Itachi, un desconocido que sabía tratar bien a las señoritas.
Boca abajo, a Saori sólo le quedó recibir rudas embestidas y mordidas en la espalda, sólo le quedó taparse la boca para no gritar de placer y despertar a sus vecinos de al lado. Se movía ante los movimientos del moreno que no la dejaban tomar descanso. Gruñía ante la brusquedad, pero cooperaba más.
Demasiada agitación, tanto para ella como para él quien presionaba sus muñecas sobre la cama y se colocaba entre sus piernas mordiendo los pequeños senos, dejando adrede sugilaciones, dejando maliciosas marcas de sus dientes en su cuello. Ella se quejaba, pero nunca le pidió que se detuviera. Dejaba en su cuerpo sucias marcas, marcas que testificarían por ella su falta de cordura, porque hacer esto en el departamento de ella lo hacía mucho más excitante. Ella engañando a su actual pareja y acostándose en la misma cama que compartían, y él en jugar aquel infame papel del amante, el que se esconde y pretende no hacer nada malo. Aunque ambos se estaban convencidos de una cosa: Nadie aquí hacia algo malo. Mientras uno estaba ciego, la otra estaba en otro lugar; no en esta habitación testigo de sus pecados. Su refugio.
Sentían sus verdaderos cuerpos a través de las acaricias que recibían del otro, se conocían sólo con las lascivas miradas y estruendosos jadeos. Itachi ya no necesitaba de una vista sana, las pequeñas manos de Saori al contornar su rostro le trazaban toda imagen, no solo suya, sino también la de ella. Tan agría, tan dulce. Las uñas calvándosele en la espalda le recordaban que, como niño pequeño, también él era un cuerpo indefenso; y Saori sólo se dejaba llevar por la mesurada rudeza del azabache, fundiéndose en un cuerpo ajeno, reconociendo el suyo propio, mezclándose en la cama que no sólo era testigo de su vil engaño, sino también del nacimiento de unos pobres ilusos que empezaron a confundir el placer con el amor, pero aún es muy pronto para ello.
Por ahora sólo era una pequeña muerte, una petite mort como los franceses gustan llamar a la excitación de los órganos sexuales, ese rígor ritual tan castigado, aquel estado de rigidez en una parte del cuerpo y que se cuela por intensos instantes a todo el cuerpo de los amantes. Ese signo reconocido de la muerte convertido en una erección y en todo caso, en un orgasmo. Los amantes tocan la muerte, la sienten por instantes eternos, sus rostros revelan dolor y, por ende, fascinación. Saori se contraía enferma en la cama, como una infecciosa por la toxina tetanospasmina, los incontrolables espasmos musculares la sacudían, dócil y sufriente, se aferraba cual niña pequeña a su compañero, pero Itachi no era la excepción, poco podía ayudarla. Aquella toxina llamada deseo se colaba por todo su sistema nervioso, sentía su sangre hervir y subir a su cabeza, sus ojos se nublaban completamente, un grito ahogado y doloso, los espasmos musculares de la petite mort arqueaban su espalda, en cualquier momento se quebraría. Ambos se quebrarían. Y todo ello es deleitable y poco tematizado.
Tras una noche muy agitada, Saori seguía durmiendo abrazada a sus sabanas y que terminó cuando Itachi la despertó de su descanso, ya era más de las nueve de la mañana, el desayuno estaba listo. Saori, con el cabello hecho un desastre y con unas pronunciadas ojeras, se puso de píe, murmurando incoherencias, entre dormida entre despierta. Sólo se colocó una playera y salió al comedor, donde Itachi estaba esperándola, sentado y degustando su café dulce en la taza preferida de la pelirroja que al verlo tomar de aquella taza quiso protestar, pero lo único que hizo fue torcer la boca y sentarse desganada a tomar los alimentos en compañía de Itachi que no dejaba de observarla en silencio.
- Me tomé la libertad de hacer el desayuno. – mencionó
- No me había dado cuenta – le dijo sarcástica para después morder la tortilla de huevo.
- Bien, creo que era algo muy obvio. – reconoció el moreno quien lustró una pequeña sonrisa para la pelirroja que le miraba cansada y con sueño.
- Mi novio… - dijo – Él es un buen tipo -no el mejor amante, claro- pero es un hombre muy sincero, un amigo de la infancia y el único que ha tolerada mi mal genio. No debe enterarse, no hasta que uno de nosotros se cansé de esto.
- No tengo derecho a entrometerme en tu vida personal.
- Pero, de alguna forma, sé que esto no durará mucho tiempo. – auguró la pelirroja, con gran seriedad. – Sé que Komushi me pedirá matrimonio dentro de unos meses. Lo he notado, todo el día trabajando en la empresa, ganándose méritos para poder ascender a un mejor puesto y poder pagar la boda, sus familiares me llenan de premuras, lo sé… él me quiere bien.
- Komushi… - repitió en tenue voz. – Entonces que sólo dure estos meses. No pediré nada, sólo dime que me aleje cuando eso pase y lo haré.
- Perfecto. – sorbió de su taza de té, observando su departamento. Se sentía tan pequeño ahora, tan cálido y reconfortante. Tal vez lo era por la alta figura de Itachi al ponerse de pie para recoger la vajilla y disponerse a lavarla. Su rictus serio en el rostro seguía ahí, pero sus ojos parecían un tanto llenos de luz. Saori le miró asombrada. Qué lindos ojos negros tenía, tan profundos y renegados, de tan intenso mirar. - ¿Pudiste dormir bien? – se atrevió a preguntar.
- Sin problema. ¿Y tú pudiste dormir bien?
- Sí. – respondió con una pequeña sonrisa. Itachi, entonces, cayó en cuenta de los grandes ojos marrones de la pelirroja, qué hermoso mirar.
Estaban en su departamento con el televisor apagado, los celulares estaban en modo silencio, la poca iluminación de la cocina y el sobrio tapizado creaban una atmosfera que invitaba al silencio. Él no dejaba de observar la repisa de la pelirroja, una vasta colección de muñecas de porcelana, las fotos familiares que se escondían con otros artilugios, las flores marchitas que descansaban en un jarrón, regalo de su novio. Qué solitario se sentía este departamento aun cuando la vasta colección de muñecas vigilaban sus pasos, aun cuando las ventanas siempre estaban abiertas. Sin embargo su departamento de él no era diferente, sólo había repisas llenas de libros, fruta podrida en el frutero y una PC que siempre estaba en movimiento. Pero al verla ahí, sentada con los codos en la mesa, apoyándose de sus manos la mejilla siempre ruborizada hacía gran diferencia. Desde el fregadero podía verla, sus muslos desnudos llenos de sus huellas, su alborotado cabello rojizo, y esos ojos que no dejaban de perseguirlo, ella lo veía atenta, ya que ella también tenía una buena vista desde la mesa, y le veía de espaldas, sin playera. Itachi no tenía el mejor físico, era alto y delgado, de amplia espalda y fuertes brazos. Saori podía adivinar que era un hombre anémico y ello explicaba, a su vez, ese gusto desmedido por las cosas dulces, se debía a su falta de glucosa, su constante migraña y dificultades de respirar. Saori sonrió, no podía dejar de verle. Era un hombre que la vida lo había golpeado duramente y estaba segura que él también se había percatado que ella corría con la misma suerte.
¡Qué desdichados! Lamentables, patéticos y, aun así, mentirosos.
Pasaron toda la mañana viendo los noticieros, habían marcado a respectivos trabajos para reportarse enfermos y no-disponibles. Hablaban del trabajo y el mal clima de la ciudad, de las muñecas que Saori desde niña coleccionaba, del tatuaje de mal gusto de Itachi y sus arrugas aun para su edad, así como también de la edad que Saori realmente aparentaba, no parecía una mujer de 25 años. Tumbados en el sillón, ella sobre él. hablaban de todo y de nada. Pura vanidad.
- ¿Arreglo tu PC? – preguntó sin moverse una centésima
- Claro. – respondió quitándosele de encima. – Está en la habitación, sólo me aparece la pantalla en negro.
- Bien, déjame revisarla. – se puso de pie y aprovechó para ponerse su playera que estaba tirada en el suelo y los lentes que descansaban en la mesa. Se amarró el cabello y se dirigió al cuarto. Saori aprovechó la oportunidad para arreglarse en el baño, cubrir las sugilaciones del cuello con un suéter y ponerse un pantalón. Se lavó el rostro y recogió el desastre que habían dejado en la sala, pero su labor dejó de ser una prioridad cuando escuchó el cerrojo de la entrada abrirse. Miró conmocionada a la entrada, Komushi apareció tras la puerta con una preocupada mirada y con medicinas en la mano. Entró a la sala y la abrazó.
- ¿Estás bien? Te marqué, pero no respondías. – preguntó una vez soltándola de su fuerte abrazo. – Una de tus compañeras de trabajo me comentó tu estado de salud, ¿volviste a recaer? ¿quieres que te lleve al hospital? – Saori se le quedó viendo a los ojos sin poder decir alguna palabra. - ¿Me escuchas?
- Tal parece que tu sistema operativo ha dejado de funcionar correctamente. Tengo que abrir para checar si se trata del disco duro o la tarjeta madre. – dijo Itachi, saliendo de la habitación, pero al hacerlo y alzar la mirada en busca de la pelirroja su expresión facial se paralizó al ver alguien más ahí, parado. Komushi, novio de Saori, lo vio con gran sorpresa. Él se quedó estático, tenía que decir algo y lo único que se le pudo ocurrir fue un "Buenos días".
- ¿Y tú quién eres y qué haces aquí? – preguntó curioso, volviendo su mirada hacia Saori para que ella le explicara.
- Él es el Ing. Uchicha, una amiga me lo recomendó para que arreglara la PC que dejó de funcionar. – dijo convencida.
- Ah, un gusto ingeniero. – saludó Komushi quien rápidamente se acercó a Itachi y le ofreció la mano como saludo cordial. – Komushi, miembro del buffet jurídico de la empresa Suna Corp.
- Un gusto. – respondió Itachi con seriedad, aceptando el apretón de manos.
- Entonces conoces a mi novia, eh. – dijo con una pícara sonrisa. - ¿Es hermosa, no?
- Claro. – respondió Itachi y una pequeña risilla salió de sus labios. – Pero, ya es muy tarde para mí y los demás hombres, ¿no es así?
- Y lo dices bien, Saori es mía. – la tomó de la cadera, arreplegándola a él. Ella se limitó a mirar a una esquina, dando gracias a que Komushi creyera en todo lo que le decía. – Tendrás que buscar en otro lugar, amigo. – dijo en son de broma, una muy mala.
- No se preocupe, desde hace tiempo dejé de buscar.
- Oh, eso significa que ya encontró a su chica.
- Así es, y una muy terca. – Itachi la miró a los ojos, ella se ruborizó. Komushi río por el comentario final.
- Las mujeres siempre son así. Sabes, cuando me hice novio de Saori ella había tenido un freak por novio que se había volado los brazos. Su abuela siempre me pidió ser paciente, y mírala ahora, está más segura en mis brazos. – platicó orgulloso mientras más la abrazaba contra él.
- Le recomiendo no saltarla nunca, allá afuera hay muchos cuervos hambrientos de cariño. – habiendo dicho esto, se dio la media vuelta y entró a la habitación, cogió la PC y con un gesto se despidió de ambos. – Regresaré en unos días con tu PC arreglada. – y salió del departamento, con el corazón acelerado, emocionado y preocupado: Podría volverse adicto a esta emoción.
FIN
Primero que nada, me disculpo con todos por mi retraso de un año, siendo sincera, había escrito este capítulo desde que escribí el cap. 2, pero al volverlo a leer me desencanté terriblemente y lo borré por completo, así que quedé en cero y tuve que replantearme las cosas, y al final, en ese entonces, decidí dejarlo inconcluso; no tenía mucho tiempo y estaba un poco desanimada por el cómo pensaba llevar la historia. Pero hace unos días volví a toparme con este proyecto en mis archivos y decidí no abandonarlo, jugar con este par es muy divertido xD Además, como les había mencionado en un principio, ésto nació como un experimento, y creo que no está resultando como quería, pero llevaré esto hasta las últimas consecuencias :D
Pero ya volví (con muchos cambios en el plot), esperando que sea de su agrado y sus sinceras opiniones, siéntanse libres de criticar.
Este cap. se vio influenciado por mis amigas que me platican secretamente de sus romances y vida sexual, y yo quedo fascinada: Las mujeres hablan más del sexo de manera decodificada, ocultando y a la vez mostrando lo que la arcaica moral puritana siempre ha querido borrar de ellas. Sin duda, siempre es fascinante escuchar a mujeres hablar. En tanto, mis amigos varones, vaya que ellos también tienen sus problemas hasta en sus círculos más cercanos, pero ellos también son censurados por esas podridas mentalidades que todo con respecto al cuerpo humano lo consideran tabú.
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