5. Jinshuriki.
Los tres sanin están en diferente lugares del Continente Elemental cuando se da el ataque del Kyubi. Jiraiya, que estaba en la capital del Fuego, fue el primero al que le llegó la noticia.
Apenas había empezado la noche. Habían pasado unos treinta minutos desde que la historia de la villa volvió a sacudirse, pero Jiraiya no sintió nada fuera de lo común… Estaba muy concentrado en tratar de irse a la cama con una muy guapa cortesana del shogun. Y estaba a punto de lograrlo. La hermosa mujer le miraba por detrás de su abanico, sonrojada, sonriente y muy halagada.
Lástima que terminó dando un brinco y grito. El brinco fue porque, de la nada y al lado de Jiraiya, hubo una explosión de humo con olor a tierra y agua. El grito fue a razón de que, después que se disipara esa nube de humo, un sapo como de cuarenta centímetros de altura y rojo con marcas azules, le hizo tener un ataque de miedo y asco.
Jiraiya ve irse a la cortesana con una expresión entre depresión y fastidio. Luego, mira con total seriedad hacia el renacuajo: Gama. Lo recuerda porque él fue llamado a la tierra de los Sapos hace unas semanas. Esa vez no fue para ayudar con los problemas fronterizos con otros animales, hacer reparaciones a sellos que ha hecho en el Monte o cosas por el estilo. Fue llamado para una ocasión de celebración: el presenciar como ese joven renacuajo se convertía en el nuevo protector del Contrato.
Jiraiya y Gamabunta lograron hacer que Minato se emborrachara en esa oportunidad. Sobra decir que los dos estaban muy felices de no ser ellos los que tenían que regresar a casa en ese estado. Ellos no serían los que tenían que enfrentar a una esposa del calibre de Kushina. Es más, a una Kushina en el tercer trimestre de embarazo.
Como era un momento de celebración en ese entonces, el renacuajo con el simple nombre de Gama apenas podía controlar su orgullo y felicidad detrás de su formalidad. Esa vez, lo que apenas podía controlar era la tristeza y el miedo. Solo por eso, Jiraiya se olvida del regaño que le iba a propinar y se puso realmente serio.
―¿Qué ha pasado, Gama?
―Jiraiya-sama, es Minato-sama… ―tuvo que tomar un respiro para darse fuerza de decir lo siguiente―. Los sapos, los sapos hemos perdido el vínculo con él.
Jiraiya siente que el suelo, de repente, desapareció debajo de sus pies. Que los sapos perdieran el vínculos… Eso solo puede significar, solo… No, no quiere ni pensar esa posibilidad, por más que ya la sabe.
Pero si están en paz, Minato es el ninja más poderoso de toda Konoha… No es posible que él, que su aprendiz esté… ¡Pero si lo vio hace solo unas semanas, la cara sonrojada por el sake, bailando y dando vueltas bien abrazo a Má…!
No sabe cómo puede decir las palabras que salen por su boca. En ese instante, y tal vez por horas, solo sabe que actuó. Pero no supo cómo, no recuerda que pudiera pensar gran cosa…
―Gama. Aparezcamos en el Monte. Todos los que quieran acompañarme, pueden venir conmigo de una vez a Konoha.
Gama le asiente con firmeza.
―Por supuesto, Jiraiya-sama.
Dos nubes de humo después, la segunda mucho más grande que la primera, Jiraiya se encuentra con una de sus peores pesadillas… En todos sus años de existencia, Konoha nunca había sido atacada directamente. No, al menos, en esa magnitud.
Sabe que él y algunos Sapos de menor tamaño se encuentran cerca del hospital. Pero eso es lo único que puede reconocer en ese momento. La destrucción, el olor a sangre y carne quemada, los gritos y llantos… Ese nunca ha sido Konoha.
Sobre todo, porque hay algo en el aire. Solo un remanente de chakra terrible que… No es Konoha. Tanto odio y sed de sangre no es parte de su querida villa.
Jiraiya no se extraña de que fuera un mono tití de gran tamaño el que primero llegara a hablarle.
―Jiraiya-sama, ¡que bien que usted y los sapos ya están aquí!
―¿Qué ha pasado?
Jiraiya sabe que el mono le dijo todo lo que pasó en solo pocos minutos en Konoha… Pero no recuerda bien las palabras ni la historia en sí. Solo recuerda que, después de que le contaran, él se volvió a mirar a algún sapo que seguía a su lado, y le demandó:
―Ve al territorio de Katsuyu-sama, y pídele que ella y Tsunade-hime aparezcan aquí lo más rápido posible.
El sapo, que era Gama pero Jiraiya lo sabría solo años después por un comentario de pasada del anfibio; hizo un asentimiento y desapareció al instante.
Desde ese momento Jiraiya, como todos los ninjas de Konoha que podían y gran cantidad de sus animales acompañantes o invocados; ayudaron en todo lo que pudieron a mantener seguros a las personas de Konoha y a la villa en sí.
Aunque el rumor de la muerte de Minato se hiciera pública al día siguiente, la gran mayoría de ellos casi no descansaron por ese primer mes.
-o-
Unos 15 minutos antes.
Minato se dio solo unos instantes para mirar hacia el cielo. Desde donde estaba, el desértico sector 41, no era visible la destrucción que el centro de Konoha había sufrido. Solo se veía la gran cantidad de árboles Hashirama, y los colores rojizos y amarillentos del cielo en su atardecer.
Justo cuando la barrera estuvo erigida alrededor del Kyubi, Minato se sintió lo suficientemente seguro para dejar las inmediaciones del biju. Aunque tenía que ir a por la tinta especial de fuiinjitsu, su primer movimiento fue ir hacia el sello del hiraishin de su esposa.
Se encontró en una sala individual del ala ANBU del hospital. La más secreta y custodiada. La luz era tenue, pero no tuvo ningún problema en ver a Kushina acostada en la cama, su larguísimo y rojo cabello desparramado en la cama. Luego, la vio girarse.
―¡Gracias a kami-sama, Nato-kun! ―fue la bienvenida en tono animado de su esposa. Lo que preocupó a Minato fue su volumen de voz. Era bajo, casi sin fuerza―. ¿Estás bien? Los ninjas que vinieron por nosotros me contaron lo que sucedió con Naori-san. ¿El genjitsu sigue funcionando en el kyubi?
―Sí. ―él asintió y se sentó en la cama.
Kushina busca su mano, y los dos entrelazan los dedos. Solo se miran por unos segundos, y en su silencio pueden sentir la felicidad de estar juntos y con vida.
―¿Los bebes, dónde están?
―Están bien. Estaban aún dormidos cuando llegamos. Ahora mismo, los están bañando y poniendo ropa. Quise ir con ellos, pero los doctores insistieron en que me quedara descansando.
―Cuando venía hacia acá, creí que… que te iba a encontrar en peor estado, Kushi-chan.
Minato estaba realmente sorprendido de que ella estuviera tan compuesta. Se veía pálida y estaba débil, pero no había un médico atendiéndola y solo tenía un monitor cardiaco enganchado a ella, una máscara de oxígeno que no estaba usando y una bolsa con algún líquido que entraba por una vía de su brazo izquierdo. Hasta su sonrisa le hizo sentir aún más aliviado de ver lo bien que está.
―Los doctores dicen que Biwako-san me salvó, y que mi recuperación es casi que un milagro, ttebane. Dicen que mi cuerpo ha sufrido quemaduras por la salida del Kyubi, sobre todo la zona del vientre. Pero mi vitalidad propia de los Uzumaki y el uso de la técnica de Biwako-san lo recuperará. ¿Por algo así de que se puede sacar células madre de la placenta y los cordones umbilicales, que se pueden multiplicar demasiado y reemplazar las otras…? ¡La verdad es que no lo entiendo muy bien, ttebane! ―da una pequeña risa que le da a Minato unas grandes ganas de besarla―. En fin, que todo estará bien con el tiempo y un tratamiento continuado usando como base esa técnica… ―sonríe― Y, cuando esté recuperada, será momento de someter de nuevo a ese biju…
Pero Minato tiene que negar.
―No lo resistirías Kushi-chan. ―ella intenta negarlo, pero Minato le habla con un poco más de firmeza―. Además, aunque sea muy hábil en sus genjitsus, Naori-san simplemente no tiene el chakra suficiente para hacer que su técnica sirva por tanto tiempo en un biju, Kushi-chan.
Los dos toman silencio de nuevo pero, esta vez, está cargado de tristeza, preocupación y pesimismo. Finalmente, ella dice apenas aguantando las lágrimas.
―¿Quién será el sacrificio?
―El caníbal de Suna.
Ella asiente. Una persona así no merece misericordia alguna.
―Cuando lo hagas, estaré ahí.
―Pero Kushina…
―¡Es uno de nuestros hijos el que tendrá la carga que debería ser mía, tengo que estar ahí! ―dice en un arranque de cólera. Minato estuvo casi seguro de vio moverse un poco a alguno de sus cabellos. Solo le puede asentir.
El silencio los asedia esa vez, y no se pueden ver a la cara hasta que Minato se pone en pie, se acerca a ella, la abraza y le da un beso en la frente. Esa vez, usa el shunshin. Tiene que ir hacia la cárcel, para encontrar el sacrificio necesario para hacer un jinshuriki.
Luego, haría rápidamente el sello y, finalmente, la decisión que más le duele tener que hacer: cuál de sus hijos recién nacidos va a ser el nuevo contenedor del Kyubi.
-o-
Tsunade es una excelente médica, la mejor del continente en su generación. Por eso, sabe lo que le sucede a su cuerpo desde hace unos meses: síndrome de abstinencia por abuso del alcohol.
Sabe que la adicción era una posibilidad real en ella. Desde niña dejó ver esa propensión con su amor a las apuestas y, por eso, en su juventud intentó no abusar del alcohol…
Pero vinieron las guerras, las tantas muertes en ellas, Nawaki y su amado Dan las más significativas… Tsunade empezó a beber. Primero no fue gran cosa, un poco de sake aquí y allá entre amigos. Pero luego, fue más sake sola, mucho más sake en lugares donde no la conocían… Puede que, cuando pidió a su sensei que la dejara hacer un viaje en misión médica por años, junto a la recién promovida genin Shizune; lo que Tsunade en verdad quería era poder estar lejos de ojos preocupados o juzgadores para dar más rienda suelta a sus conductas adictivas.
Han pasado unos seis años desde que tomó a la pequeña Shizune de nueve, e iniciara camino por el País del Fuego y países aliados de Konoha. Y, conforme pasan los meses, en vez de ser un viaje para sanar a los que necesiten y enseñar de su arte a los médicos que puedan aprender por un tiempo, se está empezando a convertir en un viaje en busca de donde beber, donde jugar y, poco después, a dónde huir de los acreedores para poder iniciar ese ciclo.
Al principio, peleaba más por ser quien debía ser. Tsunade Senju, la princesa de Konoha, la gran sannin y la mujer que revolucionó la medicina shinobi. Sobre todo, peleaba más consigo misma para ser la maestra que la dulce e impresionable Shizune se merecía… Sin embargo, con el tiempo la Senju empezó a sentir que si se perdía en esa Tsunade y si no recordaba el dolor de haber perdido a sus seres amados todo el tiempo, los iba a irrespetar. A su Nawaki y Dan, que debieron estar vivos, trabajando, felices junto a ella… ¡Pero recordarlos y sentir dolor era tan difícil! Y por eso empezó a beber, a jugar y a beber. Cuando Shizune dormía, la dejaba bien segura y sumida en un sueño pesado, para poder ir a hacer eso todas las noches.
Por unos meses, Tsunade logró esconder esas escapadas de su aprendiz, pero nunca lo mal que estaba emocionalmente. Que se estaba dejando caer más y más en la tristeza, el enojo y la impaciencia. Que cada vez recibía a menos aprendices y, peor, pacientes. Shizune la miraba con esos ojos oscuros de ella, y Tsunade sabía que le estaba fallando, que debía hacer algo… ¡Que era la única familia que le quedaba a Shizune, la preciada sobrina de su Dan! Pero saber eso le daba rabia, saber que debía dejar el juego y la bebida era tener que vérselas con el dolor… Y eso solo la dejaba con una posibilidad para aguantarlo: dejarlos ir, olvidarlos. Pero Tsunade nunca iba a dejar que pasara eso.
Aún así, una que otros días en sus viajes, tal vez solo para aplacar a Shizune, Tsunade volvía a actuar como quién debía ser: la médico, la gran sannin, la maestra… Y, para poder aguantar esos días en esos últimos meses, primero tenía que pasar por un tiempo en que hacía uso del chakra médico para cambiar su química cerebral y, así, palear los efectos nefastos de su abstinencia al alcohol. Porque Tsunade sabe que es adicta y que, desde hace unos meses, no puede no tomar sake todos los días.
Esa noche, Shizune estaba alegre, pues las dos habían ido a una clínica a ayudar personas y a dar un curso sobre medicina de emergencia al personal. Además, en el anochecer, Tsunade le presentó varios pergaminos, de esos que ella tiene guardados en sus incontables sellos. Esos pergaminos eran sobre todo tipo de animales que pueden ser invocados. Eso hizo que naciera una gran sonrisa en el rostro de Shizune. ¡Por fin, por fin la creía apta para iniciar su entrenamiento en el arte de la invocación!
Realmente, Tsunade no estaba segura si Shizune tendrían suficiente chakra para poder llamar a grandes invocaciones como ella deseaba. De lo que sí estaba segura era de que necesitaba a la aprendiz muy concentrada en algo, para así poder escaparse a sus habitaciones, encontrar un sello en especial, sacar las botellas de sake de éste y beber. Porque sabe que esa terrible sensación, ese temblor, ese sudor que siente es porque su remedio contra el síndrome de abstinencia ya no aguantaba más. ¡Y necesita sake, necesita…!
―Buenas noches, Tsunade-sama. ―la voz dulce y elegante de Katsuyu la hace dar un salto de sorpresa y guardar detrás de ella la botella de sake de la que estaba tomando.
―Katsuyu-sama, ¿sucede algo en su hogar por lo que…? ―sin embargo, cuando vio bien su expresión, supo que no había pasado algo en el territorio de las babosas. Tanto dolor y lástima… Tsunade sintió que algo la golpeó en el pecho, algo que la dejó fría y sin poder respirar por varios segundos. "¿Quién… quienes murieron, quiénes…?". En su estupor, casi no pudo oír lo que la voz apenada de Katsuyu le empezó a contar: "Hace unos minutos, un mensajero de los sapos llegó a nuestros territorios y nos contó las malas noticias. El Kyubi fue desatado…".
Tsunade no recuerda mucho más de esa noche. Sabe que destruyó su habitación, tomado sake y, por más que Katsuyu le pidió que fuera con ella y Shizune a Konoha, su gritada y rotunda negativa. "Fue Kushina, si el Kuybi atacó solo pudo pasar si Kushina murió. Ella y muchos más han muerto…" y simplemente, no quería llegar a ese lugar a ver sus restos.
Lo que sí recuerda es que, en algún momento de la mañana, alguien la zarandeó con fuerza para despertarla. No sabe cómo llegó a estar tirada en el suelo, a las afueras de la salida trasera de un bar de mala muerte de la ciudad en donde estaba. Ni tampoco pudo pensar en cómo diantres su compañero de equipo dio un ella.
―¡ARRIBA DE UNA MALDITA VEZ! ―solo sabía que Jiraiya le estaba gritando como muy pocas veces lo había hecho, y zarandeando su hombro sin misericordia.
―¿Ah? ―Tsunade seguía atontada, adormilada y casi que ni podía abrir los ojos por la luz del sol. ¡Y ese dolor de cabeza! Pudo sentir de nuevo el zarandeo de la mano de Jiraiya bien asida a su hombro. Casi que por instinto, ella le dio los buenos días con un puñetazo en el rostro.
―Cállate ―pidió, casi sin fuerza, apenas aguantando el llanto. Y escondió su rostro detrás de sus brazos, mientras se arrebujaba de nuevo en el suelo.
Jiraiya se siente infinitamente más golpeado por las maneras derrotistas de Tsunade y el llanto en su voz, que por su puño. Por eso, sabe que prefiere mil veces insistir (con la posibilidad de ser vapuleado por ese terrible taijitsu que ella tiene) a dejarla así como está.
―¡Ni lo sueñes, Tsunade! ¡Konoha te necesita, todos!
―¡Que te calles! ―esa segunda exclamación fue más grande, pero lo hizo mientras se arrebujaba más en ella misma.
Jiraiya acercó su mano al hombro de ella, necesitaba poder acariciarla, abrazarla y hacerla sentir mejor mientras sentía esos enormes pechos contra su torso. Poder acercar sus manos hacia ellos y, si salían gemidos de ella, no fueran de dolor si no de placer y… Jiraiya carraspeó, y se mandó a recordar la razón por la que estaba ahí.
―¡No, no me callo nada! ¡Kushina necesita de tu ayuda ahora mismo!
―Los muertos no necesitan ayuda ―dijo Tsunade, y Jiraiya pudo oír el llanto en la voz, y en la forma en que su cuerpo se movía.
Aunque sabía que iba a recibir muchos y fuertísimos golpes, Jiraiya tuvo que levantarla y abrazarla con todas sus fuerzas. Dos veces antes había cedido a esa necesidad de rodearla con sus brazos cuando ella parecía destrozada, pero en ninguna de esas veces ella lo golpeó en el pecho, le dio dos patadas y, finalmente, lo abrazó fuertísimo mientras lloraba en su pecho… Las otras dos veces que eso había pasado, los golpes que ella le diera habían sido muchos más, y el abrazo final había sido más doloroso que reconfortante a causa de las heridas.
Esa vez, Jiraiya pudo abrazarla de vuelta y posar su quijada arriba de su cabeza. Y terminó sonriendo, porque ella lo abrazaba y no le dolía…
―Pero hime ―le pudo decir cuando la sensación de felicidad tan embargante subsidió y pudo volver a hablar―. Si Kushina está viva. Es más, te necesita para…
Pero el abrazo terminó y Tsunade lo vio, totalmente enojada, al rostro.
―Kushina está viva y… Hasta. Ahora. ME. LO. DICES!
Por supuesto que Jiraiya terminó volando por los aires, un "regalo" del gran puñetazo que Tsunade le propinó por debajo de su quijada. Aún así, Jiraiya iba por los aires feliz… Tsunade había vuelto a ser ella, lo había abrazado y, para ayudar a su "prima" Kushina, claro que iba a volver a Konoha.
Tsunade pisó el hospital de Konoha solo dos minutos después, gracias a la invocación inversa que una Katsuyu hiciera desde su hombro.
El Sandaime estaba frente a ella, ojeroso y pálido, pero con expresión firme.
―¿Dónde está Kushina?
―Ella está estable. Es uno de sus seres amados quien necesita de tu ayuda.
Y el Sandaime la guió a la sala más custodiada de ese hospital al instante.
-o-
A inicios de la noche anterior.
Por un instante, Minato se permitió pensar en la suerte que tuvieron ("¡Suerte! ¡Ja!" una voz sardónica dijo a la misma vez que lo pensó, pero eso no evitó que siguiera teniendo la idea) de que casi la mitad de la población de Konoha vivieran en los territorios de los clanes ninja y no en el centro.
Él mira hacia los árboles Hashirama, y al cielo que en ese momento es casi negro. Las estrellas y la luna ya han salido y, para un gran sensor como él, las murallas invisibles parecen relucir más en la mayor tranquilidad de la noche.
… No quiso pensar en los tantos "soles de chakra" que ya no estaban, que se habían apagado en el ataque del Kyubi. Prefirió redirigir su mente a preguntarse cómo era posible que un enemigo con la capacidad de chakra para llamar al Kyubi, pudiera pasar por las protecciones de Mito-sama sin haber sido detectado. Su mente de maestro del fuiinjitsu le hace pensar sobre la necesidad de encontrar el error… Minato se dice que deben hacer más murallas invisibles en los bosques que están entre las afueras y los territorios de los clanes; y también en los territorios entre éstos y el centro… Pero, eso quedará para mucho después. Minato da un suspiro y se gira para mirar a un lado.
El Kyubi sigue quieto, ido. Terrible y potencialmente peligroso. Sin embargo, alrededor de él hay una barrera que varios jonin están alimentando con su chakra. En esa barrera y el suelo, hay varias inscripciones con un sello… Un sello que él pudo inscribir con gran rapidez, porque se lo sabe de memoria. Es el sello con el que podría salvar la vida de su esposa en el futuro, claro que se lo debía saber.
Dentro de la barrera, solo quedaban él y el Kyubi. Y el sacrificio que iba a usar para sellar al biju dentro de uno de sus hijos, inconsciente y tirado en el suelo frente a Minato. El tipo, uno de los peores ninjas renegados de la historia, había sido escogido entre los prisioneros de la cárcel por la gran cantidad de chakra que tenía.
Le va a dar un monstruo al Dios de la muerte, para que encerrara a otro monstruo.
El calor que manaba del Kyubi seguía siendo opresivo, pero Minato sabía que no es por eso que sudaba. Sabía que tenía que ir a por el nuevo jinshuriki, que no quería tener que decidir entre sus dos hijos, pero también que no tenía más tiempo qué perder. No sabía por cuánto más iba a funcionar el genjitsu que Naori Uchiha puso en el Kyubi.
Usó el hiraishin de nuevo, y pronto fue recibido por llanto de bebé. Uno muy potente y, otro, pequeño, como tímido. Minato sintió una punzada de culpa, pero se mandó a hacer lo que debía hacer. Sus mellizos eran los únicos con la red de chakra con el potencial y la fuerza para sobrellevar a un biju en toda Konoha. Se acercó y se sentó al lado de su esposa, en la cama. No pudo ver dentro de la cuna en la que los dos bebes seguían llorando.
―Kushi-chan, ya es hora… ―se oyó decir.
―Sabes quién es el que tiene la red de chakra más flexible de los dos, ¿verdad? ―le respondió ella. Su voz era fría y apagada. Y Minato recordó haber oído ese mismo tono. Fue la única vez que él la ha visto obedecer una orden directa con la que no estaba de acuerdo.
―Sí. ―respondió, bajando la mirada. Sí, por pura lógica supo cuál de los bebés iba a ser el nuevo jinshuriki. La culpa volvió con creces y, aunque le hubiera gustado ayudar a su esposa a bajar de la cama, no pudo hacerlo.
La oyó dar pasos, ir hacia la cuna y esperar con la espalda hacia él.
―¿Cuál es?
Minato dijo quién y sintió que le estaba condenando. Un par de lágrimas se escurrieron por sus ojos cerrados. Kushina seguía dándole la espalda, pero su voz se llenó de amor y calidez.
―Ya, ya mi amor. Mami estará contigo, y todo estará bien. ―Kushina se acercó para acariciarle la mejilla y besarle―. Shhh, shhh. Todo va a estar bien.
Minato sintió que esas últimas palabras también eran para él. Y, por eso, pudo ponerse en pie e ir hacia ella. Kushina le miró con total seriedad, mientras se movía de allá para acá para calmar al bebé.
―Vamos ―le dijo.
Ambos acariciaron el rostro de la única persona de la familia que se quedaba detrás. Y, luego, Minato se llevó a Kushina con su bebé en brazos. Pero, desde el mismo momento que terminó la técnica, también sintió una oleada de algo oscuro en movimiento a kilómetros de ellos. Y, supo, con terror, que estaba llevando a la gran mayoría de su familia a dentro de una barrera donde el Kyubi había despertado de su letargo.
-o-
Cinco días después…
Las serpientes nunca habían sido espléndidas con ninguno de sus "humanos por contrato". Por eso, aunque las noticias del ataque de Konoha llegó hasta sus territorios, a ellos no les importó informar del acontecimiento a Orochimaru. Ni aparecer en Konoha para ayudar a los aliados de la persona con la que habían hecho el contrato. Todos los demás animales del gran continente de la Fauna Pensante hizo una o ambas acciones, pero a las serpientes cualquiera de las dos le parecían por debajo de ellos. Ya hacían mucho con ponerse a las órdenes de Orochimaru cuando él llamaba, ¿por qué iban a jugar a ser sus recaderos o esclavos por pura iniciativa?
Por to lo anterior es que Orochimaru se dio cuenta del ataque del Kyubi como la mayoría de los ninjas que estaban fuera de Konoha lo hicieron: leyendo un mensaje proporcionado por un halcón.
O, más bien, sabiendo de dicho mensaje por el bullicio que su joven genin hizo al respecto.
En ese momento, los dos estaban en el País del Arroz. Ahí, estaba viendo uno de los tantos escondites que tenía, en donde podía hacer sus experimentos como y con quienes quisiera. Además, después de que había recolectado niños para entrenarlos como ninjas a sus servicios, decidió que vivieran e hicieran misiones como mercenarios desde esos lugares. Algunos de ellos hasta eran prometedores, pues o tenían genética interesante o habían sobrevivido a sus experimentos.
Desde los tiempos de la segunda guerra ninja, Orochimaru había empezado a interesarse por el País de los Vegetales ya que su Villa ninja pereció en esa gesta bélica. Orochimaru creyó en la posibilidad de hacer una segunda villa de la Hoja allí y, con tiempo, fundar otra nueva en el país del Arroz, vecino del mismo y que no tenía villa ninja. Y de ahí, seguir con la expansión en el continente para así, con tiempo, empezar a también ganar el poder económico y político. ¿Para qué depender de simple civiles cuando ellos, los ninjas, tienen tanto poder? Sin embargo, su sensei se lo prohibió. Dijo que hacer una villa en otro país era un gesto muy agresivo por parte de Konoha, y más después de una guerra. Sin embargo, Orochimaru supo que nunca iba a ser el momento justo según su sensei. Hiruzen Sarutobi se había conformado. Con mantenerse en el poder de una villa ninja, con no ir más allá con los jitsus, con su propia mortalidad… Y deseaba que él se hiciera a la idea.
Pero Orochimaru nunca lo haría. No cuando Sarutobi había dejado de ver la inteligencia de sus maneras, la lógica detrás de ellas. Por más que fuera en contra de él, y tal vez justo por eso, Orochimaru estaba muy orgulloso de su progreso. Su sensei era ciego o hubiera desestimado sus ideas revolucionarias de expansión del poder de Konoha, y la necesidad de la experimentación científica. Pero eso más bien fortaleció que Orochimaru fuera fiel a lo que él pensaba que debía hacerse y hubiera seguido con sus proyectos. Hasta empezaba a creer que el tener que hacerlo en secreto, más bien le abrió mucha libertad de acción. No tener que responder a nadie más que a sí mismo ha sido liberador.
En fin, estaba viendo el progreso con los infantes a los que había injertado el ADN del shodaime (de los veinticinco, solo diecisiete habían muerto después de tres meses. Ese era un gran progreso, aunque tendría que salir a buscar nuevos especímenes pronto); cuando uno de sus discípulos bajó apresuradamente por las escaleras hacia el laboratorio.
―Orochimaru-sama, Anko-san llama por usted con alarma.
El sanin mira al joven, de mal humor. Estaba muy concentrado en los resultados de los experimentos. Sin embargo, le sonrió un poco y asintió. Sabía que la manera más sencilla de conseguir la absoluta sumisión y apoyo de los niños de la guerra, era mostrarles interés. Eran tan necesitamos de cariño, de afecto, que a cualquier gesto amable y duradero, se volvían los mejores de los súbditos. Esclavos. Eso, y un poco de genjitsu por acá y allá, era el secreto de tener tantos jóvenes dispuestos a morir y, que a veces podía ser peor, ser parte de sus experimentos.
Orochimaru salió de la sala, subió las escaleras, pasó por la barrera que él puso y fue a ver a Anko Mitarashi. La chica estaba en uno de los espacios para comer fuera. Sentada a una mesa y con la mirada fija en una de muchas hojas. Sus manos temblaban, estaba muy pálida y, cuando se acercó, se dio cuenta de que lloraba.
Eso le llamó la atención. Si alguna crisis en la vida la ha afectado, la joven va a ser mucho más susceptible a su manipulación. Porque él eligió a Anko Mitarashi como su estudiante no porque tuviera unas excelentes notas en la Academia, su mente fuera muy despierta y, su esfuerzo, no solo grande si no lleno de recompensas. La niña aprende rápido, es eficiente y, sobre todo, no tiene sospechas de él. Aunque ya ha conocido dos de su "Centro de crecimiento", la muy tonta se ha creído que solo son lugares de refugiados. No, la eligió porque tiene sangre Uchiha dentro de ella pero, para el común de la gente, solo viene de una familia de civiles. Por eso, es la candidata perfecta para hacer experimentos de injertos de sharingan. Pero, antes de decirle a su sensei que "murió en acción" para poder apoderarse totalmente de ella, primero tiene que hacerla una de sus seguidores. Por el hecho de ella que tiene una fuerte red de amigos y familia, su incondicionalidad le será difícil de conseguir… A menos de que algo haya pasado con esos amigos o familia.
Orochimaru sonrió. Anko nunca había llorado, ni temblado ni dejado ver debilidad alguna, aún en los más cruentos entrenamientos. Lo que fuera que viera en esa hoja, debía haberle abierto las puertas para poder manipularla.
El sanin se acercó a ella, le puso una mano en el hombro y, con voz suave y una expresión de preocupación, dijo:
―Anko-chan, ¿qué pasa?
La chica de once años le miró en seguida, sus ojos anegados en lágrimas, el rostro enrojecido por el llanto.
―Sensei, sensei… ―pero no pudo decir nada, y volvió a llorar.
Orochimaru se sentó junto a ella, cogió la hoja que Anko sostenía, y leyó. Era una lista de nombres y, entre ellos, estaban los de los padres y el hermano menor de la joven.
Pronto entendió lo que eso significaba. Por la cantidad de hojas que era la lista, y por la reacción de la niña, el mensaje solo podía ser uno: Konoha había sufrido un ataque extenso en territorio propio. Pero no tan extenso como para haber sucumbido a él. Si no se hubieran hecho cargo del mismo, no habría un mensaje informando de la situación a los ninjas fuera de la villa.
Orochimaru abrazó de lado a Anko y sonrió a penas. La niña se abrazó a él y lloró con tanta fuerza, que supo que, desde ese momento, sería muy fácil que ella se refugiara en él. Así, hacerla su seguidora sería mucho más fácil. Pero también, sonreía por otra posibilidad: puede ser que, con el golpe que sufrió la villa, él podría, por fin, subir a una posición de más importancia política.
Unas horas después, cuando hizo dormir a Anko con un genjitsu, Orochimaru se sentó a leer el reporte. Supo que la lista venía dentro de un sello en el papel principal, y que solo era parte de la lista en sí: la de civiles. Cuando sacó la de ninjas, no pudo creer el golpe de suerte que había tenido: Minato Namikaze era el primer nombre de la lista. ¡El puesto de Hokage estaba, de nuevo, vacante! ¡Con muchas más ganas iba a volver en seguida a Konoha!
Cinco días antes
Lo sintieron aún antes de poder oír los terribles rugidos de la bestia, y un golpe constante y fuerte viniendo del lado en dónde éste estaba. Cuando los dos sintieron el terrible chakra caliente y en movimiento, tanto Kushina como Minato respondieron al instante con la necesidad de proteger al bebé.
Ella se giró para proteger con su cuerpo al pobre bebé, que lloraba con una desesperación tal, que Kushina sentía que se le partía el corazón. Lo abrazó a su pecho con fuerza, la acarició la espalda y besó la frente.
Minato se posicionó entre ellos y la bestia. Miró lo que pasaba y, en un segundo, supo la emergencia de la situación. Los ninjas afuera de la barrera estaban dando todo el chakra que podían para mantenerla erigido. Sin embargo, que algunos de ellos le gritaran la información, no fue necesario para que Minato supiera que la barrera no iba a durar mucho. El Kyubi estaba rugiendo, y tirándose de lado contra la misma una y otra vez (esta perdía parte de su brillo con cada nuevo y fuertísimo golpe) mientras sus colas se movían de allá para acá, sin control.
Minato había tenido la suerte de que los tres aparecieron prácticamente en el lado opuesto de donde estaba el Kyubi… El calor incrementaba tanto con solo que alguna de sus colas se movieran a unos cincuenta metros de donde estaban.
Pero el que murió prematura por no estar en el lugar justo fue el caníbal de Suna. Minato no sintió su sol, y sí vio parte de la pierna y brazo que no se habían "evaporado" al estar en contacto directo con el chakra del Kyubi.
―¡Maldición! ―dijo él, entre dientes.
Sabía que, aún cuando siguiera teniendo un sacrificio, ya no tendría tiempo para activar y llevar a cabo el sello que había preparado. Peor aún, sabía que solo había un sello que fuera fácil, rápido y eficiente para lograr neutralizar al Kyubi. Y solo un posible sacrificio… Lo único que lamentaba de tener que morir en las manos del Shiki Funjin era que su amada Kushina iba a verlo todo.
Y solo en ese par de segundos, el plan estaba tomado. Minato se giró para estar frente a su esposa, la tomó de los hombros con fuerza, pero le habló con cierta dulzura. Aún cuando tuviera que gritar
―¿Puedes usar las cadenas, solo por un instante?
Ella no lo miró a la cara, solo asintió. De su espalda, cinco cadenas doradas aparecieron de la nada, se alargaron y se dirigieron hacia el Kyubi. Aunque eran menos de lo que normalmente podía usar, y más delgadas, pronto estuvieron alrededor del biju, haciendo que se alejara de ellos y se mantuviera quieto en su sitio.
Minato le dio un beso en la frente a Kushina, y acarició la cabecita de Naruto antes de ir hacia el Kyubi pasos hacia el Kyubi.
… Aunque no pudo oírlo, sí pudo sentir en la forma en que se movía frenéticamente su chakra, que Kushina había empezado a llorar.
Sin embargo, eso no evitó que ella moviera justo a tiempo una de sus cadenas, para mantener la boca del biju cerrada y evitar que éste usara una bijudama en su contra.
Minato pudo terminar de hacer los sellos con las manos gracias a eso y, después, dio la espalda al Kyubi y miró hacia su familia.
Kushina estaba frente a él, con la mirada baja y el bebé apretado en su pecho. El pobre no dejaba de llorar lo más fuerte que podía. Pero ella se acuclilló para dejarlo en el suelo, frente a su esposo.
Minato, que hasta ese momento estaba como atontado, como si sus emociones se hubieran ido con la esperanza de vivir, sintió una gran punzada de dolor, pánico y culpa. ¡Kami! ¿¡Cómo iba a hacerle eso a Naruto, cómo los iba a dejar…!? Sintió que el pecho y la garganta se le cerraba, que no podía respirar. Y, sin siquiera pensar qué hacía, movió su mano con gran rapidez. Agarró a Kushina de la nunca, su puño temblante apenas asiendo su cabello, y la movió hacia él. Teniendo cuidado de Naruto, que seguía a sus pies, Kushina enterró su rostro bajo el cuello de su esposo y Minato respiró el olor de ella… Solo así pudo hablarle:
―Diles que les amo, que mi mayor deseo era estar con ellos y contigo ―oyó como Kushina dio un gemido de llanto, y la sintió convulsionar. Él perdió fuerza en la voz, pero siguió hablando―. Dile a Naruto que confío en él, que sé que él podrá con esta responsabilidad… ―dudó un instante―. Te amo, koi. Por favor, no mires.
La sintió asentir en donde estaba, darle varios besos por donde estuviera, el pecho, hombro, el cuello y, luego, dar un poco de pasos atrás.
Minato tampoco la pudo ver, ni a ella ni a la carita de su hijo; mientras se acuclillaba, movía la ropita de Naruto y activaba el sello. Por el bien de las posibilidades de sobrevivencia del bebé, primero hace la división del biju en Ying y Yang (el rugido y el calor es tal, que Minato por un momento teme morir ahí mismo) y luego se dispone a hacer el doble sellado…
Minato solo sabe que un gran dolor le atraviesa el cuerpo, y que una voz masculina dice algo y que otra, femenina, también… Después de eso, solo se da la oscuridad.
Once días después.
Las ceremonias de las 1397 personas muertas en el atentado del Kyubi empezaron esa mañana. Los otros días, entre las muchas cosas que se debían hacer, los ninjas los habían pasado excavando para dar con todos los cuerpos.
Aún no sabían si ese era el número definitivo de muertos, pues muchos de los desaparecidos estaban siendo contabilizados como tales. La cantidad de personas calcinadas por el cuerpo del Kyubi y, por lo tanto, que no tenían cuerpo qué recuperar; hacía la contabilidad inusualmente difícil.
Algunas personas dentro de los refugios de la Montaña de los Hokages, o los improvisados en los territorios de los clanes ninja; tenían la esperanza de que sus seres queridos solo estuvieran en el hospital o, por alguna razón, hubieran estado fuera del centro de Konoha en ese atardecer.
… Esa ilusoria esperanza era mucho mejor que, por ejemplo, ser uno de los padres o madres que tuvieron que ver a sus niños de tres años o menos morir por simple shock ante la sensación del terrible chakra del Kyubi.
Aún así, prácticamente todos los que pudieron movilizarse y no tuvieran responsabilidades de emergencia, se encontraban en el cementerio. Era un lugar amplio y al aire libre que, con el tiempo, sería el sitio de descanso de todos los cuerpos que habían recuperado. Pero no solo por eso habían escogido ese como el lugar de la primera ceremonia. La cantidad de personas que asistieron al servicio era tal, que más bien el cementerio se hizo pequeño para tanta asistencia. Esa primera ceremonia era para las personas que se sabía que habían muerto peleando contra el Kyubi. Y la fotografía más grande y central del improvisado altar era del Yondaime Hokage: Minato Namikaze. El héroe mártir de Konoha.
Las flores rodeaban a la más de treinta fotografías de ninjas, puestas a diferentes alturas, que eran las personas conmemoradas en esa mañana fría, ventosa pero extrañamente soleada. La ceremonia fue breve, las personas estuvieron en silencio. Algunas pocas, dejaron ver lágrimas… El dolor era tal que no se sabía como expresarlo. Pero todo fue rápido y práctico. A la medida de los ninjas y las personas que debían seguir con sus vidas y mantener a la villa moviéndose. Solo así se podía sobrevivir.
Los tres sanin fueron de los últimos que se fueron de allí. Más que todo para acompañar, en respetuoso silencio, a Jiraiya. Solo en ese momento, cuando no tenía a las espaldas ser un pilar de fortaleza ante el dolor de la villa, el sanin se dejó acercar a las fotografías y llorar por su estudiante perdido en batalla.
Tsunade simplemente se mantuvo junto a él… Varias veces, su mano hizo el intento de acercarse a la de Jiraiya. Pero no pudo hacerlo. Sin embargo, esos intentos no pasaron desapercibidos por el sanin de los sapos. Él acercó la suya y, solo con sentir que sus pieles se tocaban, Jiraiya se sintió mejor.
―¡No sé ustedes, pero un par de litros de sake es justo lo que necesito ahora mismo!
Tsunade le sonrió, inició el camino e hizo una apuesta sobre quién podría beber más de los dos. Orochimaru simplemente les siguió, también sonriendo… Aunque su buen humor era por otra razón.
Había llegado en la tarde del día anterior y, casi que apenas puso pie en Konoha, un ANBU le pidió que le siguiera. Pocos minutos después, estaba hablando con Danzo Shimura, uno de los cabeza de clan más influyentes en la villa; para decirle que él apoyaría su candidatura a cabeza del departamento de Investigación y desarrollo, si él apoyaba su candidatura como Hokage.
Vale decir que Orochimaru no estuvo muy de acuerdo con ello, y más bien le dijo que él quería ser Hokage y, con ese poder, Shimura podría ser el cabeza del departamento de Investigación y Desarrollo… Pero, los dos tienen convicciones tan parecidas en cuanto los cambios que la villa necesita, que al final estuvieron de acuerdo en que, quien lograra ser Hokage, tendría el apoyo del otro.
… Lo que menos esperaba el sanin era que, esa misma tarde, Hiruzen Sarutobi mismo fuera a buscar a sus estudiantes en el bar de mala muerte en que estaban. Dos de ellos estaban muy borrachos y, el tercero, sobrio y viendo o divertimento a Tsunade y Jiraiya en su lucha por la supremacía del mejor bebedor.
Por eso, lo más extraño para Orochimaru fue que, aunque él era el sobrio, no entendió el intercambio sin palabras que se dio entre los otros tres. Solo que, desde la llegada de su sensei, los dos borrachos tontos se pusieron serios y que, de un pronto a otro, Jiraiya exclamó:
―Pues vamos allá.
Y todos usaron el shunshin. Orochimaru les siguió. Aunque no sabía lo que pasaba, sí sabía que los otros lo habían incluido en el secreto con sus miradas. Por eso, cuando llegaron a la azotea del hospital, no dejó ver su confusión. Sobre todo porque no le extrañó que su maestro se agachara y accionara un sello. Por este, desapareció el techo en un hueco suficientemente grueso como para dos personas, y que presentaba una escalera hacia abajo.
Era la entrada de la sala ANBU del hospital. Él, como un ninja de élite y genio de la biología, había estado varias veces allí. Todos empezaron a bajar la escalera a oscuras. Cada tanto, en los diferentes rellanos iluminados por una bombilla insertada en la pared, se pararon para dar un poco de sangre, tejido de un dedo, escaneo del iris del ojo y, por último, al llegar al final y frente a una puerta cerrada, fueron encerrados de la nada por dos paredes. Y roseados por gran cantidad de líquido extremadamente caliente, químicos necesarios para la limpieza del cuerpo. Para, luego, ser sujetos de gran cantidad de viento, también caliente.
―¿Algo extremo, no crees Orochi? ―dijo Jiraiya, su cabello una esponjosa melena leonina a su alrededor. Él sabía que fue el sanin de las serpientes el que modificó las protecciones de esa sala.
―No me parece. ―dice Orochimaru, con su lacio cabello lacio prácticamente igual a como lo tenía cuando entró allí.
Las paredes volvieron a "meterse" en las otras paredes, y ellos pudieron ver de nuevo la puerta. Esta vez, abierta. Del otro lado, un ANBU, joven a juzgar por su estatura y voz, les dio la bienvenida.
―Sandaime-sama, tres legendarios sanin. Ya está todo listo para la reunión.
―Gracias, Inu ―dijo Sarutobi. Y sin más, los cuatro siguieron al joven de cabellos grises.
Mientras pasaban por la recepción regentada por un ANBU con máscara de paloma, Orochimaru se dio cuenta de que Inu tenía una aflicción en el cuello por la manera en que lo mantenía tan tieso. Sin embargo, a pesar de ello, lo demás en su postura era más bien muy relajada para los cánones de los ANBU… Así que Kakashi Hatake ya se había recuperado de sus heridas. Orochimaru sonrió apenas mientras él y los demás lo seguían por los pasillos vacíos, blancos e iluminados de la sala. El sanin de las serpientes pensaba, distraídamente, que tendría que buscar el expediente médico del joven. Bien que mal, él es el único espécimen vivo que ha sobrevivido a un trasplante (y hasta chapucero) de un ojo con sharingan. Tal vez esos exámenes arrojen algo nuevo a su investigación.
Solo se encontraron con una enfermera ANBU. Ella les hizo una reverencia en silencio, antes de seguir por su camino hacia la derecha, al laboratorio de análisis de sustancias. Ellos siguieron a Inu al otro lado, donde estaban las habitaciones de pacientes.
Orochimaru sintió su curiosidad volver con fuerza. ¿Qué estarían haciendo ahí? ¿Ver a la tal Naori Uchiha, la recién bautizada Pacificadora, la segunda heroína de Konoha después del mártir yondaime…?
Iba justo a preguntar qué sucedía, cuando Inu abrió una puerta. Lo primero que vio fue a Kushina Uzumaki con su cabello fieramente rojo, caminando de allá para acá y dando saltitos. En cada una de sus manos, alzaba un bebé… Y, ambos bebes, lloraban con pesadez.
Su expresión era el epítome de amor maternal y cansancio. Y cuando habló, lo hizo con un tono como si hablara con los bebés, aunque sus palabras fueron:
―Juro por kami que si hacen un ruido que evite que se duerman, voy a usar mis cadenas y… van a desear que, simplemente, los haya castrado. ¿Entendido? Sí, mi amor, mami claro que lo haría, sí… ―y acarició la cabecita de un bebé con la mejilla antes de darle un beso al otro.
Orochimaru no supo qué pensar. Y, por eso, no le puso mucha atención a lo que susurrara una adolescente justo al lado de la puerta ("lo siento… Es que Kushina-sama prácticamente no ha dormido en estos días. Pero pasen, por favor").
Sobra decir que, cuando todos entraron, lo hicieron en el mayor de los silencios. Y, aún cuando Kushina les dio la espalda y fue hacia una esquina donde estaba la cuna, siempre dando brinquitos, todos siguieron silenciosos.
Que la pelirroja estuviera vestida con una bata de hospital, pálida y con las dos muñecas vendadas, no hizo a los experimentados ninjas desestimar su amenaza.
―Vuelve a la cama, kaa-chan. ―pidió una voz, siempre en un susurro, desde la cama al otro lado.
Y fue cuando Orochimaru vio destruida su ilusión. Apenas pudo controlar su expresión de desilución. Ahí, en una de las dos camas de hospital pegadas entre ellas, se encontraba el yondaime Hokage. Pálido, ojeroso y, por la cantidad de aparatos conectado a él, mal de salud. Pero vivo. Y, como si se riera de su desgracia, hasta les sonrió a todos.
―Gracias por venir… ―les susurró, pero todos oyeron en el silencio de esa sala―. Todos juntos, podremos decidir mejor quién será el nuevo Hokage entre todos ustedes.
Orochimaru sonrió… Tal vez sus esperanzas no estaban del todo perdidas.
NOTA AL PIE
La gente se cree que las dos enormes puertas que están al frente del centro de Konoha son la entrada a ésta… Y no pueden estar más equivocados. La villa es una provincia cuya capital es el centro de Konoha, lo que la mayoría de la gente confunde como la villa misma. La verdad es que, desde el mismo momento que las personas pasan entre los grandes árboles Hashirama, ya están en territorio de Konoha y han pasado una de las más importantes protecciones en contra de intrusos: varios de los sellos que Uzumaki Mito hizo para proteger su hogar.
Por eso, aunque claro que el ataque fue en el sector más poblado y logísticamente importante de Konoha; realmente no había tocado ni la décima parte de su territorio… Aunque sí más o menos la mitad de sus habitantes, que son los que viven allí. Unas diez mil personas. Quién sabe cuantos de esos murieron, cuántos de ellos perdieron sus casas o el lugar de su sustento. Solo sabe que todos ellos, en ese momento, deben estar sufriendo…
La organización territorial de Konoha está hecha para la protección de los civiles. Más que todo porque éstos fueron adoptados como Senju a petición del primer Hokage, que recibió a los primeros refugiados con las puertas abiertas. Por eso y por la pérdida de verdaderos Senju, que solían tener descendencia con las habilidades propias de los otro clanes ninja, pocos recuerdan que ese centro de Konoha había sido el territorio del clan Senju en sus inicios.
El centro está rodeado más que todo por sectores de entrenamiento; que limitan a sus afueras con los territorios de los grandes clanes ninja. Éstos pueden vivir en pequeños pueblos como en el caso de los Hyuga y Uchiha, simples vecindarios como con los Akimichi; o lugares tipo granjas como con los asentamientos Nara, Inuzuka y Aburame. Todos tienen algunos kilómetros de territorios propios para usar como quieran, y colindan hacia el exterior por los sectores de entrenamiento más especializados o secretos, de los cuales también hay detrás y a los costados del monte de los Hokages. Éstos lugares de entrenamiento son los que colindan con los bosques de árboles Hashirama y, media docena de kilómetros después, las grandes murallas invisibles, los sellos protectores puestos por los Uzumaki y que son los verdaderos límites de Konoha.
