CAPÍTULO 16
ABANDONADA
Desperté temprano para preparar el desayuno. Era domingo y, aunque sabía que ellas despertarían tarde, no quería que tuvieran motivos para tomárselas conmigo.
Herví la leche, preparé la avena y terminé de hornear los panecillos.
Escuché un caballo afuera de la casa. Era inconfundible, se trataba de Pegaso. Salí a abrir la puerta, el corazón me latía a prisa. Él estaba de espaldas, traía ropa blanca y una capa marrón. Se veía tan apuesto, su cabello desordenado tomaban un color especial al sol. Di unos pasos hacia él.
—Hola Edward— saludé un poco temerosa. Aún recordaba las palabras de ese trozo de papel que el día anterior encontré en el libro que mi amigo me obsequió.
—Hola— saludó, esquivando mi mirada. Me acerqué a acariciar a Pegaso. — ¿Y Jessica ya se levantó?— preguntó.
—No, aún no. En seguida le aviso que estás aquí— me giré para entrar nuevamente a casa. Parecía que no tenía ganas de hablarme y eso dolió, tal vez Alice estaba equivocada y él solo quería mi amistad. Tal vez aquella nota que dejó en el libro no era para mí. Si, sólo estaba confundida. Debía apartar esos pensamientos locos de mi cabeza.
— ¡No te vayas por favor!— tomó mi mano, se oía nervioso. –Princesa… yo necesito decirte que…—sus ojos verdes dilatados brillaban como si emitieran luz. Pestañeó varias veces, tomó aire con fuerza y me sostuvo la mirada. Mi corazón empezó a latir, mis manos temblaron ante su contacto.
— ¡Edward! Ya bajo, espérame— gritó Jessica desde lo alto. —Bella, tengo hambre— cerré los ojos un par de segundos intentando contener la punzada que sentí. Yo no era su sirvienta para hacerle el desayuno antes que saliera de paseo con mi Edward. Por su parte él parecía enfadado también. Me repetí mentalmente que no debo verlo como de mi propiedad, pero es difícil evitarlo cuando hemos pasado tantas cosas juntos.
—No tiene que tratarte como si fueras su criada— me dijo molesto.
—Ella es bastante engreída y no quiero problemas con su madre.
— ¿Te han tratado mal? ¿Han vuelto a cometer alguna injusticia contigo? Bella no quiero que me ocultes si te hacen algo, no permitas que te traten como a esa niña del cuento. No soportaría vivir sabiendo que te maltratan. Haré lo que sea, te sacaré de aquí…
—Edward no puedo irme. Esta es mi casa y sé que papá volverá. Tiene que encontrarme aquí.
—No te voy a dejar si eso te pone en riesgo.
— ¿Y qué harás?
—Si es preciso te robaré— dijo muy seguro de sí mismo. Ante lo cual, mi corazón volvió a aletear.
—Vas a irte en unos meses…
—No me iré si no tengo la seguridad que estarás bien. Si Charlie no regresa... vente conmigo a Chicago— tenía una expresión que nunca antes le había visto, lleno de temor y a la vez de esperanza. ¿Quería llevarme con él? Sentí mi rostro llenarse de calor.
— ¿Estás loco? Tus padres…
—Mi madre no se opondría, papá…
—No voy a ponerlos en ese problema. Soy menor de edad, mi madrastra podría acusar a tu padre.
—Bella, no entiendes que…
— ¡Ya estoy lista Edward!— gritó Jessica desde la puerta. —Bella, la leche se derramó. Será mejor que limpies antes de que mi madre vea eso— me hizo a un lado y se abalanzó a los brazos de Edward. Él aún estaba mirándome. Le di la espalda para entrar a casa.
—Regresaré pronto Bella, serás la siguiente en dar un paseo conmigo— su voz había recuperado la alegría de siempre aunque algo fingida pero sólo yo notaba eso.
Me enfurecí cuando me di cuenta que la leche no se había derramado casualmente, estaba volcada apropósito en la mesa de la cocina. Jessica la había tirado. Limpié refunfuñando y me preparé algo de comer. Escuché pasos en las escaleras, preparé la mesa para que mi madrastra tomara su desayuno.
—Isabella, me he dado cuenta que la leña se nos está acabando— dijo con el mismo tono despectivo de siempre. Tenía razón, los troncos que teníamos rodeando la casa había disminuido mucho. Yo recolectaba diariamente algunas ramas para el fogón de la cocina. Pero Jessica y su madre usaban los de nuestras reservas para la chimenea de la sala. Si seguíamos así, no nos alcanzarían ni para un mes de invierno. —Hoy saldremos a abastecernos de leña. Prepárate. Ponte el vestido más viejo que tengas y envuélvete el cabello— ordenó. Yo esperaba que Edward y Jessica regresaran, aún era temprano.
— ¿Ahora mismo señora? Estaba esperando que regrese Jessica, aún no ha comido— era una excusa pobre, la verdad es que yo quería esperar a Edward para avisarle que saldría a buscar leña.
—Déjala con su amigo, ellos necesitan tiempo. Saldremos en media hora, prepara la carreta— dejó de prestarme atención y entendí que de nada valía pedir que cambie de idea.
Me fui a cambiar, sabía que ese trabajo era muy duro. Solía ir con papá, nos llevaba un día entero recolectar la cantidad necesaria para una temporada. Él es muy fuerte y puede partir los troncos, incluso despedazar árboles caídos que abundan en el bosque. No creo que podamos hacer mucho, sólo juntar ramas pequeñas, yo no tengo la fuerza suficiente para empuñar un hacha. Me puse un vestido viejo, me calcé zapatillas de cuero gastadas y saqué una capa gruesa por si regresábamos al anochecer.
En uno de los bolsillos de mi capa encontré una bolsa de cuero lleno de piedrecillas. Las mismas que Edward me había dado cuando jugamos a ser Hansel y Grettel. Las dejé allí mismo, quizás por la necesidad de llevar algo de mi amigo. Me coloqué un gran sombrero y bajé corriendo a sacar la carreta.
—Estás ridícula— comentó mi madrastra subiendo a mi lado, tomó las riendas. —Qué bueno que no hay gente importante en el bosque— murmuró. ¿Por qué no tiene ni una sola palabra amable para mí?
— ¿Volveremos para el almuerzo?— pregunté
–No. Tomé unos panes y una botella de leche. Esto tomará algunas horas— eso me alegró un poco. Al menos no quería verme morir de hambre.
Me fijé en su vestido, era uno de los ordinarios que usa en casa cuando no va a salir. No era de gasa. Creo que ella no tenía vestidos para faenas como esta.
El viaje nos tomó más de media hora, seguimos por un camino de pinos hasta dar con la casa del leñador. Bueno al menos esto sería sencillo, a lo mejor sólo la compraríamos.
—Buen día señora Stanley. Oh perdón, señora Swan— Billy el leñador conocía a papá desde que yo era pequeña, siempre que íbamos por leña pasábamos por su casa para preguntarle donde podríamos conseguir mejores ramas. A mi padre no le gustaba talar ningún árbol, sólo hacer leña de los árboles caídos. Algunas veces yo jugaba con sus hijos pero casi nunca iban al pueblo, ellos se educaban en casa como casi toda la gente que vivía a las afueras. Rachel, Rebeca y Jacob eran morenos y muy atléticos. Las gemelas eran un año mayo que yo y Jake era un par de meses menor. No los veía desde el año pasado, Charlie me había dicho que la esposa del leñador esperaba un bebé.
—Señor Black, necesito leña. Como usted sabrá mi esposo está desaparecido y el invierno llegará muy pronto. Yo sola… con dos niñas, me temo que será el invierno más duro que haya enfrentado— sacó un pañuelo y se le quebró la voz mientras hablaba. Yo mantenía mi vista en las riendas. Me dolía saber que papá no estaba para protegernos.
—No se preocupe señora, haremos lo posible por brindarle nuestra ayuda, mi amigo Charlie es muy buena persona seguro que algo muy malo debió pasarle. Mis hijos están lejos en este momento, visitando a unos parientes el Ohio pero yo le puedo ser útil.
—Se lo agradezco tanto— Escuché sorprendida que mi madrastra ahogó un sollozo. Si no viviera con ella y la conociera tanto pensaría que es genuino. Pero ella es dura como una roca.
—Espéreme unos minutos, yo mismo las llevaré. Les cortaré algunas ramas para cocinar y troncos pequeños para la chimenea.
—Señor Black verá, sé que hoy es domingo pero tengo un asunto muy importante que tratar con el juez Masen. Él está gestionando desinteresadamente una pensión para mis niñas y como no puedo pagarle sus servicios sólo puede atenderme en los días que no trabaja. Le rogaría que fuera juntando la leña con mi hija Bella, yo regresaré en unas horas— ¿Mi hija Bella? En lo que me había metido. Era demasiado bueno para ser cierto cuando pensé que recolectaríamos leña juntas. Esto era lo que tenía planeado, dejarme con el leñador.
—Señora, no se preocupe, Bella es una buena chica, me ayudará— si no fuera porque Billy y mi padre eran buenos amigos no aceptaría quedarme. Bajé de la carreta para que mi madrastra se fuera. Quizás estaba siendo dura con ella y de verdad tenía que ver al juez.
Billy y yo salimos en su propia carreta, nos internamos en el bosque, por un sendero angosto y con muchas curvas, hablamos en el camino, le pregunté por Jacob. Él era tan alegre, siempre molestando a sus hermanas con bromas pesadas. Recuerdo cuando papá me traía por leña y jugaba todo el día con ellos.
Llegamos a un claro en medio de muchos árboles caídos. La carreta se detuvo y bajé de un salto. Cómo siempre lo hacía con papá.
—Bueno Bella, ya sabes que es lo que se hace. Te traigo las ramas y tú les quitas la corteza.
— ¡Si señor!— saqué el cuchillo que papá me había dado para estas labores. Me senté y esperé la primera rama. Poco a poco la pila de leña se iba formando a mi lado. No me desagradaba el trabajo pero me hubiera encantado dar un paseo con mi amigo.
Amigo… ¿Un amigo se preocupa por ti al punto de querer llevarte con él? ¿Un amigo te dice que te robará? Mi cabecita estaba hecha un lío. Me corté un par de veces mientras arreglaba mi montón de leña, mis pensamientos estaban muy dispersos. Ni siquiera disfrutaba del paisaje ni me había detenido a mirar las a aves. Sólo estaba allí, molesta porque mi madrastra me dejó sola, confundida sin saber mis verdaderos sentimientos por mi mejor amigo.
Ya pasaría el medio día cuando sentí mucha hambre. Por suerte mi madrastra me dejó la bolsa de la comida. Y con tristeza me di cuenta que eran lo que sobró el pan de ayer. Estaba duro. Al menos la meche me quitó la sed. La había ordeñado y hermido esta mañana.
Billy aún no regresaba. Mastiqué la mitad de la ración de los panes y guardé lo que quedaba. No me llenó el estómago pero al menos ya no tenía hambre.
El leñador regresó con dos atados grandes de troncos.
—Bella, voy a dejar esta cantidad de leña en casa, volveré por los demás troncos y aquellas ramas que estás des hojando. No tardo mucho. También debo asegurarme que mi esposa esté bien, ya está en días de dar a luz. Traeré el almuerzo quizás tu madre ya volvió— me sonrió.
—Está bien señor, aquí espero— no me animé a corregirlo y decirle que esa señora no era mi madre.
Me daba mucha felicidad que estuviera tan preocupado por su esposa. Los Black eran una familia unida. Si mamá viviera seríamos muy felices, papá estaría en casa, mamá haría de comer y yo le ayudaría en todo. Quizás hasta tuviera hermanitos. Y Edward podría venir a verme cuando quisiera.
No podía imaginar mi vida sin él. Mi mejor amigo. Siempre lo incluía en todos mis planes y mis sueños del futuro. Quizás yo era la que estaba empezando a obsesionarme con él. Nunca antes me lo había planteado de otra forma. Qué tal si era sólo yo dándole demasiadas vueltas al asunto. Es amor de amigos, compañerismo, lealtad…
Según mis cálculos habrían pasado ya más de dos horas y Billy no regresaba. Me comí la otra porción de pan, sabía a cartón pero no tenía opción. Seguí quitándole la corteza a las ramas y haciendo pequeños atados para el diario en la cocina. Ahora sí que habría mucha leña, si la sabíamos administrar quizás nos alcance el invierno entero. En el establo había algunos troncos secos, muebles viejos que Charlie apilaba sobre el cobertizo.
El sol empezó a ponerse, los pajaritos dejaron de hacer su espectáculo antes de acostarse. Sentí frío, saqué mi capa y seguí trabajando aunque me dio algo de miedo, las sombras al atardecer son un poco tenebrosas en el bosque. Oí crujir pequeñas ramas, ahora podía percibir cualquier anormalidad porque los pájaros ya habían cesado cualquier actividad. Ya casi estaba oscuro, miré mi trabajo. Había mucha leña pero estaba sola.
¿Por qué el señor Billy no regresaría por mí? ¿Se habrá sentido mal su esposa? Si era así no podía quedarme aquí, sería mejor llegar a su casa y esperar allí a que mi madrastra viniera a buscarme. Encontré dos senderos idénticos que se perdían entre los bosques. Que mal que yo no podía seguir huellas como Edward. ¿Qué haría?
Busqué en mi bolso y mis bolsillos. Encontré las piedrecillas blancas de mi infancia. Quizás pudiera caminar un buen trecho por uno de aquellos senderos dejando un rastro. Si me daba cuenta que no era el camino correcto regresaría por dónde vine. Debía llegar a la carretera más grande y de allí sería fácil.
Valor Bella, tu puedes hacerlo.
Marqué una flecha con piedras grandes para indicar dónde había comenzado. Caminé por un rato procurando dejar caer las piedritas a una distancia corta. Minutos después me di cuenta que camino que elegí no era por el que había llegado desde la casa del leñador, habían otra clase de árboles demasiado juntos. Escuché el murmullo del río a lo lejos. Debía regresar pronto ya casi no veía nada. Oí un ruido cerca de mí, me asusté mucho, me pegué a un árbol aterrada.
"Edward ven por mi" repetía mentalmente. Él siempre me había salvado en la realidad y en nuestras fantasías.
Sentí unos pequeños pasos acercarse y comencé a correr, intenté localizar las piedras pero la luna estaba oculta y no iluminaba. Sin embargo las piedritas que quedaban en mis manos las fui soltando a donde cayeran para poder regresar, cuando pueda estar a salvo.
Mi pie se enredó con unas raíces en el suelo y caí, perdí la capa al tratar de levantarme, la busqué a tientas pero todo estaba muy oscuro. No encontraba ni mi bolsa de piedritas. Oí pequeñas respiraciones muy cerca, esperaba que no fueran lobos, mi padre decía que las jaurías podían ser peligrosas. El pie me dolía mucho apenas podía apoyarlo. Quise subir a un árbol pero no era buena trepando, caí de costado con los brazos lastimados.
Comencé a llorar, de miedo y de impotencia. ¡Se habían olvidado de mí! Me habían dejado y nadie se acordaba. A nadie le importaba que estuviera sola y perdida. Tal vez si no regresara…
Un trueno a lo lejos me hizo gritar. Era lo último que me faltaba, ahora no tendría salvación. Si no moría comida por lobos o perros salvajes lo haría de pulmonía.
No quería enfermarme ¿Quién cuidaría de mí? No tenía madre, ni padre ahora. Tal vez debía empezar a aceptar que mi papá no volvería. Quizás incluso, esté muerto.
Las primeras gotas golpearon mi cabeza, caminé para refugiarme intentando agudizar mi visión pero apenas podía ver lo que había unos centímetros delante de mí. Lo codos me sangraban, tenía astillas clavadas en las rodillas, mi tobillo me dolía como cuchillos que se clavaran pinchando desde dentro. Logré avanzar un poco, saltando en un pie o a gatas. Me levanté, di un paso en falso y volví a darme contra el suelo justo donde empezaba a formarse un charco. Me llené de lodo, mis lágrimas caían calientes por mi rostro mojado.
— ¡Edward!— grité.
No supe porque lo llamé. Tenía miedo, estaba asustada y lo necesitaba.
— ¡Edward!— volví a llamarlo. —Ven Edward— gemí más bajito mientras intentaba arrastrarme para salir del charco.
Si no lograba salir de aquí, él me extrañaría. Siempre está pendiente de mí, me quiere como yo a él. Somos los mejores amigos, somos como… hermanos. No, somos mucho más que eso. Hay hermanos como Jacob y las gemelas que no se llevan bien, que no comparten tanto como Edward y yo. Somos más que amigos, más que hermanos.
Sólo quiero estar ahora mismo entre sus brazos, aferrarme a él y esconder mi cabeza en su pecho para no sentir miedo. El me protegerá siempre.
¿Siempre? ¿En la vida real o sólo en nuestras fantasías infantiles?
Volví a ponerme de pie, traté de dar unos pasos, al inicio las piernas me respondían el dolor de mi tobillo era soportable pero pisé resbaladizo y mi cuerpo se fue hacia atrás, mientras caía miré al cielo oscuro, esperé el golpe en la espalda pero en ese momento no supe más.
Reeditado
