CAPÍTULO 17
TU CORAZÓN ES MÍO
Me dolía la cabeza y ya no estaba mojada, descansaba sobre algo blando. Sentí el calor de un fuego cerca. Traté de oír lo que pasaba a mí alrededor. Las llamas chispeaban, era una fogata. El olor a bosque y a humedad estaba en el ambiente. No estaba en casa.
Escuché una respiración cerca, demasiado cerca. Alguien acariciaba mis cabellos y parte de mi espalda, me acomodó las mantas. Traté de tocarme para saber porque estaba seca.
Oh Dios ¡No traía mi vestido mojado! Sólo mis enaguas. No sentí el barro en mis brazos ni en mi rostro. Mis codos estaban limpios y embadurnados de ungüento. Podía sentir el olor.
¿Quién estaba detrás de mí? Mis dedos se movieron instintivamente tocando el suelo, buscando algo con que defenderme en caso de ser necesario. Alguna roca lo suficientemente grande para poder causar una lesión. Sea quien sea, me había quitado el vestido. Y eso era algo terrible. Le partiré la cabeza si puedo.
—Duerme princesa. Descansa, yo te cuido.
¡Esa voz! La que tanto quería oír. Me senté de inmediato para buscarlo.
— ¡Edward! Eres tu— me desenvolví abriendo mis brazos para llamarlo. Pero él se asustó con mi gesto. Sus ojos se volvieron a un lado rápidamente.
Oh por todos los cielos... ¡Yo no traía vestido!
—Bella, cúbrete— estaba tan sonrojado como yo.
—Lo siento—dije muy apenada.
Era extraño, antes no nos daba vergüenza. Hasta nos bañábamos juntos. Esto de crecer en un verdadero problema. Me tapé con una manta, no pude cubrirme totalmente la tenía enredada en mis piernas. Edward se acercó a mí, cubriéndome con su capa. Me rodeó con sus brazos, en cuento sentí su calor cerré mis ojos. Era todo lo que quería en el mundo.
—Creí que te perdería Bella. ¿Por qué te fuiste de aquel claro?—preguntó apretándome contra su pecho.
—Tenía mucho miedo. Intentaba llegar a la cabaña del señor Billy, el leñador.
—No vuelvas a hacer eso. Sabes perfectamente que si estas en peligro vendré de donde sea a salvarte. No estás sola— me miró a los ojos. La luz que despedía la fogata arrancaba destellos de color oro en sus cabellos y sus ojos oscuros por las sombras, parecían negros. No ese verde brillante de las mañanas.
—Estaba sola. Se olvidaron de mí, me dejaron abandonada—me quejé.
—Yo jamás te abandonaría y tú lo sabes— no sé porque empecé a llorar. Me apreté a tu cuello buscando su calor.
—Tú te irás pronto. Me vas a dejar igual que mi mamá y Charlie. ¿Acaso vas a venir desde Chicago a rescatarme cada vez que me pierda en el bosque?
Me obligó a mirarlo, sus ojos se volvieron duros, su mirada ardía como las ascuas de la hoguera. Quizás enfureció por lo que dije. Él se arrojó sobre mí, me asusté y me dejé caer en la manta. Mi corazón latía aprisa, Edward estaba encima de mí, su rostro muy cerca, sus ojos aún despedían chispas.
—Te llevaré conmigo Bella, te lo juro— su aliento me golpeo. Nunca habíamos estado tan cerca, miro mis labios por un momento, luego pareció recodar dónde estábamos. Se apartó rápidamente, confundido. Yo también estaba hecha un lío.
Oí sus respiraciones agitadas, poco a poco se fue calmando. Mi corazón aún latía cómo loco. ¿Qué había sido eso? Edward nunca había reaccionado así, no fue violento pero me di cuenta de la fuerza que emanaba. Ya no era el niño que solía ser, todo el tiempo riendo o jugando. Había algo nuevo en él. Cierto vigor que lo hacía más apuesto.
¿Y yo? ¿También habría cambiado?
—Perdóname princesa, soy un tonto. Ven aquí— sonrió en tono despreocupado. Me levanté nuevamente y lo miré haciendo puchero. Se acercó y me envolvió en sus brazos.
—Cuéntame qué te pasó. Ha sido una noche espantosa, estoy muy alterado.
— También para mí fue espantosa ¿Cómo llegué aquí?— pregunté.
—Yo pregunté primero— me recordó.
—Bien. Apenas te fuiste a pasear con Jessica esta mañana, mi madrastra me dijo que iríamos por leña. Llegamos a casa del Billy Black pero la señora dijo que debía ir a ver a tu padre. Y me dejó con él. Me fui con el leñador más adentro del bosque a juntar los troncos. A la hora del almuerzo Billy se fue a casa a ver a su esposa y a traer comida. Nunca regresó, cuando empezó a oscurecer quise regresar a la cabaña pero habían dos senderos, tome uno y dejé un rastro para volver por él pero me asuste con los ruidos y me caí. Varias veces, estaba muy oscuro— dije acariciando mi codo lastimado. —Ahora te toca a ti— pedí.
—Volví de mi "paseo"— enfatizó la última palabra –Y no había nadie en tu casa. Jessica no tenía idea donde había ido su madre y se ofreció a prepararme algo de comer. Deberían prohibirle a esa niña que toque una sartén. Se quemó, tiro la sal y casi se le quema el vestido en el fogón. Estuve allí, un par de horas esperándote mientras trataba de que se calmara, lloriqueó todo el tiempo por su vestido. Luego fui a casa y encontré a tu madrastra allí. Le pregunté por ti pero sólo me dijo que estabas haciendo mandados. Todo el día me la pasé buscándote en el pueblo. Por la tarde llamaron a papá al hospital. La esposa del leñador había muerto dando a luz y debía levantar un acta. Lo siento— se veía tan triste.
— ¿En serio murió? — sollocé. — ¡Pobre Billy! ¡Con razón no regresó por mí!
—No sé porque decidí acompañar a papá para que certificara la muerte de esa pobre mujer. Ya estaba oscuro. El leñador me vio y se acordó de ti. Me dijo entonces que te había dejado en el bosque y que no sabía si tu madrastra habría ido a buscarte. Fui a casa y saque algunas cosas, le avisé a mamá que iría a tu casa a ver si estaba bien. Tu madrastra creía que iba a visitar a su hija. ¡A esa mujer ni le interesó dónde estabas! Dijo que el leñador te traería de vuelta o que iría por ti al día siguiente porque ya había anochecido. Llegué a la cabaña del bosque esperando encontrarte allí pero no había nadie. Fui al claro donde él había dicho que te dejó y tampoco estabas, la lluvia borró el rastro pero encontré las piedras, las seguí hasta que hallé tu capa, pensé que te habían atacado los lobos. Busqué por todas partes, escuché que me llamabas, no sé si lo imaginé pero oí tu voz. Te encontré en un charco, llena de barro, tiritando de frío. Te traje hasta esta cueva, hice esa cama de pajas y… tuve que cambiar tus ropa— estaba avergonzado. Yo también aunque su rostro estaba tan rojo que me reí.
—Así que me quitó el vestido Sir Edward. En ningún cuento dice que el príncipe le puede quitar el vestido a la princesa.
—Tampoco hay cuentos de princesa perdidas en el bosque, llena de lodo y muriendo de frío— se defendió.
— ¿Y Blanca Nieves?—sonreí al preguntar.
—No soy un enano— se defendió.
—Buen punto pero podría demandarte por eso ¿Sabes?— le sonreí.
— ¿Ah sí? Yo te demandaría por ser una princesa traviesa. Casi me matas de la preocupación.
— Ser traviesa no es delito pero cualquier juez se daría cuenta de la falta terrible que cometiste.
— ¿Si? ¿Y qué pedirías de reparación por mi falta?— preguntó siguiéndome la broma.
—Tal vez tu caballo— le sugerí.
—Es tuyo— dijo sin pensar.
—Y tu navaja— pedí.
—Es tuya también— me la alcanzó.
—Y tus brazos— le sonreí, él se acercó para ofrecérmelos.
—Son tuyos para protegerte— sonreía feliz con la broma.
—Y tus piernas— pedí.
—Tuyas para seguirte a donde sea— dijo sentándose a mi lado y acercando sus piernas.
—Y tus ojos— se acercó más vi que estaba muy entretenido.
—Tuyos, aunque quede ciego— se rió con ganas.
— ¿Y tu corazón?— pregunté pensando en lo maravilloso que eran sus latidos.
Mala idea la hermosa sonrisa se esfumó de su rostro.
—Siempre ha sido tuyo— respondió causando que me estremeciera.
Nunca había sentido algo como esto. Dejé de respirar por un momento. Sus ojos me miraban con una ternura infinita, con amor tan grande.
¿Sería un amor de amigos, de hermanos o de novios?
Ya no importaba, él era todo. Mi corazón quería que cumpliera su juramento, que me protegiera en sus brazos y llevara con él. Ya no podía imaginar mi vida si Edward no estaba conmigo.
Lentamente fue acercándose a mí, sus ojos ahora brillaban más que nunca, su aliento me hizo temblar. Cerré mis ojos por reflejo al sentí sus labios en los míos, tibios, dulces. Se movía con lentitud y suavidad.
Mi primer beso. El beso de amor. El beso con el que el príncipe despierta a la princesa.
Seguí con los ojos cerrado aun cuando noté que había dejado de besarme.
— ¿Bella?—que bien se oía mi nombre cuando él lo decía.
Abrí los ojos, ya no vería nunca más a Edward del mismo modo. Ahora estaba segura de una cosa. ¡Yo lo amaba! Todo este tiempo lo había amado y así sería para siempre.
—Te quiero—dijo besando mis manos y ni siquiera me había dado cuenta de cuando las había tomado.
—Yo también te quiero Edward— quería decirle mucho más que eso pero no se me ocurría, estaba tan llena de sentimientos y pensamientos nuevos. Nos abrazamos por mucho rato yo quería quedarme así toda la noche pero estaba muy cansada.
— ¿Tienes sueño princesa?— preguntó.
—Un poco.
— ¿Y hambre?
—Mucha.
—Déjame alimentarte— me acomodó en la mullida paja y sacó de un gran bolso de cuero varias frutas y panecillos. Comí todo lo que me ofreció sin protestar, peló las manzanas y las nueces.
— ¿Qué haremos ahora?— pregunté, quería saber si saldríamos de allí de noche, aún estaba oscuro y no parecía que fuera a amanecer pronto.
—No creo que sea buena idea cabalgar por el bosque tan tarde. Sería mejor que nos quedáramos aquí hasta que amanezca. Mamá sabe que he venido a buscarte no se preocupará.
—Mañana tenemos escuela— le recordé.
—Lo sé pero creo que sería mejor que descansaras, tu tobillo se ve mal, te lo he vendado y esos raspones tiene que ser desinfectados. Te llevaré a mi casa al amanecer y te cuidaré el resto del día.
—Pero si mi madrastra…
—Deja que mi mamá se encargue, esa señora fue la que te dejó abandonada. Mi padre tendrá algunas palabras con ella. Cómo quisiera que pudieras vivir en casa, yo te cuidaría bien— eso sería un sueño, estar con él todo el tiempo.
—De todas formas me hará regresar—dije pesimista.
— Bella ¿Conociste a la familia de tu madre?— preguntó. No sabía a qué venía eso.
— ¿Por qué preguntas?
—Odio la idea de que vivas con esa gente. Tal vez tienes tíos o abuelos en algún lugar.
— ¿Quieres que me lleven?
—Claro que no. ¡Nunca digas eso! Pero podríamos negociar tu custodia.
—Mi papá jamás quiso decirme el apellido de mi madre. Sólo dijo una vez que la conoció en la ciudad de los vientos…
— ¡Chicago! La ciudad de los vientos es Chicago. Necesitamos saber a qué familia pertenecía tu mamá ¿Se llamaba Renée verdad?
—Sí, papá decía que yo soy su viva imagen.
— ¿Recuerdas algo más que él te haya dicho?
—No, creo que ya te he contado eso. Se conocieron en un lago congelado porque ella, que seguro era tan torpe como yo, se cayó encima de él. Ah y que el padre de mi mamá lo mandó a golpear porque no lo quería para su hija.
— ¿Qué motivos tenía?
—Papá decía que eran ricos y que des heredaron a mi madre porque se fugó con él. Cuando mamá murió no lo quisieron recibir, nunca les dijo que yo existía.
—Haré lo posible por encontrarlos y sacarte de aquí— bostecé sonoramente, antes no me importaba hacer eso en su presencia pero ahora me ruboricé un poco.
—Es hora que las princesas bellas duerman y los caballeros monten guardia— dobló una manta y me la puso de almohada. —Vamos échate aquí, yo velaré tus sueños.
— ¿No dormirás?
—Haré guardia un rato y el siguiente turno lo cubrirá Pegaso— su caballo que estaba al fondo de la cueva emitió un sonido suave. Sonreí al saber que nos entendía.
—Entonces hasta mañana príncipe— le sonreí y me dispuse a acostarme.
— ¿No le darás un beso de buenas noches al príncipe que te cuidará exponiendo su vida?— sonreí y me acerqué para darle lo que me pedía pero él llegó más rápido y me levantó del suelo dándome vueltas en el aire mientras me besaba otra vez. Mareada, confundida pero feliz me acosté, ahora no sabía si podría dormir.
— ¿Edward, tú me escribiste esa nota que encontré en el libro de cuentos que me regalaste?— pregunté con los ojos cerrados.
— ¿Estaba en el libro de cuentos?— su voz se oía preocupada.
—Sí, era muy bonita.
—No tenía intenciones de dártela. Debe haberse quedado allí la última vez que lo leí pero yo recuerdo haber puesto esa nota en el cajón de mi mesa de noche.
—Edward no puedo dormir— protesté luego de uso minutos.
—Cierra los ojos princesa— sentí sus manos en mis cabellos y empezó a tararear algo. Siempre hacía eso cuando no podía conciliar el sueño. Poco a poco me fui dejando llevar hacia ese mundo inconsciente donde podía soñar que Edward y yo estaríamos juntos para siempre.
Reeditado
