CAPÍTULO 18
NO HAY PRINCESAS POBRES
Me despertó el canto de los pájaros, quise levantarme pero me di cuenta que a mi lado estaba la persona que amaba. Se sentía raro decirlo pero así era. No podía creer que mi mejor amigo, mi compañero de juegos se haya convertido en el amor de mi vida. Todos los nuevos sentimientos se arremolinaban en mi corazón y me hacían sonreír. Un cosquilleo en mi pecho bajó a mi estómago, aleteando. ¡Las mariposas! Solté una suave carcajada pero me tapé la boca para no hacer ruido.
Ya no estaba triste. Una nueva esperanza renacía en mí. Tenía fe en que mi padre volvería pronto, esta pesadilla acabaría y en el futuro… no sabía que me traería el futuro.
Edward va a irse en unos meses pero ha jurado llevarme. Y yo le creo.
Lo sentí moverse a mi lado y me quedé muy quieta ¿Tanto habían cambiado las cosas? Hace un tiempo yo habría saltado sobre él para despertarlo y me dé algo de comer. No iba a dejar que esta nueva faceta en nuestra vida nos haga cambiar la gran amistad que tenemos. Porque siempre sería mi amor y mi mejor amigo.
— ¡Edward! ¡Edward! ¡Edward! ¡Edward!— empecé a gritarle en voz alta.
—Princesa, ya voy— dijo siguiendo con nuestra tradición. Tomó su alforja y sacó un trozo de pan campesino. –Come preciosa— me sonrió. — ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? ¿Respiras bien?— tocó mi frente con el dorso de su mano. —Tienes calentura, tengo que llevarte a casa y llamar al médico.
—Tanto alboroto porque tengo calor. Es porque estabas a mi lado, tú siempre generas mucho calor.
—No quiero correr riesgos. Te voy a arropar bien para cabalgar, irás detrás de mí esta vez no quiero que te dé el viento— se levantó a guardar todo, enterró las cenizas y llamó a Pegaso que aún dormitaba al fondo de la cueva. Me levanté para coger mi vestido que estaba estirado en una piedra, se veía terrible. Ya de por si era la más vieja de mis prendas. Ahora estaba marrón rojizo, parecía un trapo viejo para encerar la casa.
—Bella… ¡No te levantes yo te lo alcanzo!— gritó Edward y bajó la mirada. Pero yo ya estaba muy cerca, no le hice caso. —No deberías volver a ponerte eso, puedes envolverte bien con una manta. En casa te pones otro, tengo varios vestidos para ti.
—No me digas que ahora vas de compras a las boutiques— le bromee sacudiendo mi vestido. Creo que tenía razón, la manta con la que dormí en el suelo lucía mejor que este trozo de tela llena de lodo.
—Sí, mamá me acompañó. He tenido que pedírselo porque no sabía cómo explicarle mi repentino interés por la moda.
— ¿Entonces me lo pongo o no?— dije dudando porque en verdad parecía un estropajo.
—No. Ponte la manta, te cubriré por encima con mi capa— él seguía de espaldas terminando de recoger las cosas que había traído.
Escuché el sonido de unos cascos de caballo y me asusté, la cueva amplificaba el ruido. Edward también se dio cuenta y corrió hacia la montura de Pegaso dónde estaba colgada su capa.
—Carambas— oí la voz de Emmett, mi rostro pasó por varias tonalidades de rojo, me cubrí como pude. Con Edward no me avergonzaba mucho estar así. Pero que Emmett me viera en enaguas era otra cosa. Edward se movió rápidamente y me colocó su manto en los hombros.
—Hola Emmett— lo saludó Edward avergonzado.
—Hola— alcancé a balbucear.
—Creo que estaban más a gusto sin mí— bromeo su amigo.
—No es lo que piensas— Edward sostuvo la mirada de Emmett.
—No pienso nada malo amigo. Tu madre me envió a buscarte, con suerte llegaremos a tiempo para ir a la escuela.
—Entonces date prisa, Bella tiene fiebre, no va air hoy. Ni yo.
—Los acompaño. Si llego sin ti tu madre seguirá preocupada— se giró hacia la entrada y empezó a silbar. Edward me acomodó la manta bajo su capa tan rápido que no me di cuenta. Ya tenía el caballo a mi lado. Pero al ver que trataba de subirme me opuse.
—No iré detrás de ti.
—Bella no quiero que te dé el aire.
—Te prometo que me abrazaré a tu pecho todo el tiempo— me puse de puntillas y le di un ligero beso en la mejilla.
—Si lo pides así. Pero te cubriré con otra manta— subió y me ofreció los brazos para acomodarme, me acurrucó bien, incluso me tapó la cabeza, apenas podía mirar.
Cabalgamos rápido siguiendo un sendero. No tardamos mucho en pasar por la cabaña del leñador, sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas. No nos detuvimos. Seguimos sin volver atrás. Pronto los árboles frondosos empezaron a hacerse más escasos. Salimos del bosque y llegamos al camino grande. El pueblo estaba muy cerca.
—Ya casi estamos en casa— me susurró al oído. No le contesté aunque mi mente rebelde se negó a aceptar el pueblo como mi casa. Yo sabía que unos metros más adelante, estaba la desviación hacia mi casita de piedra, esa que mis padres construyeron cuando llegaron a este lugar. A pesar de estar habitado por esas mujeres, aún era mía y la consideraba mi hogar.
El pueblo bullía en actividad por lo que dos caballos más no fue gran novedad. El olor del pan recién horneado y el café pasado hicieron que mi estómago gruñera. Llegamos a la gran casa blanca del juez Masen, ubicada en calle principal. La madre de Edward estaba en el portal esperándonos.
— ¡Edward! ¡Bella! ¿Dónde han estado? Estaba tan preocupada, casi no he dormido— él me bajó con cuidado. Emmett me recibió al llegar al piso.
—Buen día mamá. Estamos bien. Encontré a Bella inconsciente, en medio del bosque.
— ¿Qué?— la señora Masen se llevó una mano a la boca, sorprendida. — Pero ¿Cómo?
—Su madrastra no fue buscarla, confió en que Billy Black le diera albergue y ya sabes lo que le pasó al leñador. Espero que Bella no tenga que volver a su casa— se oía tan decidido. Edward pocas veces hablaba así. Generalmente él era muy complaciente con su madre y despreocupado con sus amigos.
Quizás estaba madurando, se convertía en un hombre. Ya me había demostrado que me quería, que podía cuidar de mí. La señora Elizabeth lo miró preocupada pero podría jurar que contuvo una sonrisa.
—Ven Bella, debes tomar un baño caliente. Tu cabello está lleno de barro— me abrazó y me dio un beso en la frente. –Debemos consultar con tu padre Edward, hay cosas que no podemos hacer aunque quisiéramos y no debemos ir en contra de las leyes.
— ¡Pero madre! Bella no lo pasa bien en su casa, debe haber un modo…
—Primero vamos a llevarla adentro y atenderla como es debido. Luego hablaremos de lo otro, además tienes escuela— su voz sonó a reproche.
—Quiero cuidarla mamá, si me obligas a ir. No podré prestar atención en clases si estoy tan preocupado todo el tiempo.
—Alice podría cuidarla…
—Por favor mamá—volvió a pedir.
Entramos en su casa, rápidamente la señora Masen dio órdenes y las doncellas se movieron acatando sus órdenes. Alice corrió hacia mí, sin decirme nada, tomó mi mano y me llevó al cuarto de baño del segundo piso dónde me preparaban una bañera con agua tibia. Antes de entrar en ella, mi prima me acompañó a una de las duchas para quitarme el lodo del cabello.
—Mira cómo estás. ¡Maldita mujer! Dejarte sola en el bosque. Cuando nos enteramos anoche toda la casa estuvo en ascuas.
— ¿Qué?— Pregunté intentando oír bien pues un chorro de agua entró en mi oreja.
—Edward llegó hecho una turba. Tiene carácter el niño, ordenó a sus empleados como si fuera el amo y señor de la casa. Ni la señora Elizabeth pudo hacerlo desistir de salir hacia el bosque cuando ya oscurecía.
—Lo siento— Alice me envolvió con una toalla y me llevó a la bañera.
—No eres tú quien debe sentirlo sino esas lagartas, parásitas que viven en tu casa.
—No estoy segura si la señora Amanda supo que la esposa del leñador se puso de parto…
—Eso no importa. No regresó por ti. ¿No te das cuenta que te llevó al bosque y te dejó allí? ¡Pudo pasarte cualquier cosa!
—Lo sé Alice. Yo estuve allí. Sin embargo, no puedo acusarla por eso, ni hacer que salga de mi casa. Ahora es suya porque se casó con mi padre.
—Es una bruja y creo que recién está empezando a ser cruel— agregó un chorro de algo aceitoso de una botella e inmediatamente agitó el agua para que la espuma brotara. Le ayudé sonriendo, al verme envuelta en pequeñas burbujas. Llamó a otra mucama y me lanzó un beso al aire antes de marcharse. Ella tenía escuela esa mañana y ya casi era hora de entrar.
Cuando salí del cuarto de baño, Edward estaba esperándome afuera.
— ¿Te dejó quedarte?— pregunté apenas lo vi. Creí que su madre lo obligaría a presentarse a la escuela.
—Mamá es comprensiva, le habría obedecido si me hubiera obligado pero ella entiende que no quiero dejarte sola.
—No estaría sola, hay varias personas que trabajan aquí y tu mamá podría cuidarme.
—Discrepo en eso. Nadie te puede cuidar como yo— sonrió y se acercó a mí. Acomodando mi bata de baño.
—Hueles de maravilla, debo recordar comprar más espuma de baño con olor a fresas.
—Edward, no creo que pueda quedarme mucho.
—No importa, te lo puedes llevar a tu casa. Siempre has olido a flores pero las fresas te dan un toque más… dulce.
—No me refería a la espuma de baño.
—Lo sé. Por favor cámbiate rápido no quiero que te enfermes. Te dejé ropa de cama y te preparé una habitación al lado de la mía.
—Y qué pasó con esos vestidos— sonreí caminando delante de él. Llegamos a la habitación contigua a la suya.
— ¡A la cama princesa! cuando estés mejor modelarás para mí si quieres. Eso es algo que Alice no querría perderse— entré en la habitación y cerré la puerta regalándole una última sonrisa a mi príncipe. Me puse una preciosa bata de algodón, era gruesa y abrigadita pero llegaba al piso. Me metí a la cama y le grité a Edward pues sabía que debía estar del otro lado de la puerta.
—Ya estoy en la cama. ¡Ya puedes pasar!— de inmediato se abrió la puerta, Edward entró con toallas. – ¿Y eso?— pregunté.
—Tu cabello sigue mojado, déjame ayudarte— me acomodó una toalla bajo mi cabello y con la otra comenzó a secármelo. Me estaba consintiendo mucho yo no estaba acostumbrada a que me ayudaran o que hicieran las cosas por mí, estos últimos meses había hecho casi todo en casa para mí y para… ellas.
No quería pensar en regresar pero seguro en un día, tal vez dos si tenía suerte vendrían a buscarme. Y no precisamente porque me echaran de menos sino porque no podían pagar una doncella que les hiciera el trabajo pesado.
— ¿En qué piensas?— preguntó susurrándome al oído.
—En muchas cosas. No quiero molestar pero tampoco quisiera irme. Es difícil.
—No molestas ni un poquito, es más, no sabes lo feliz que me hace tenerte aquí, yo tampoco quiero que te vayas… nunca— otra vez hablaba con ese tono, era una mezcla de esperanza y anhelo.
—Ya casi tienes el cabello seco, te traeré de comer, no tardo— me dio un beso en la frente y salió. Me preguntaba que había hecho para merecer su amor, era tan atento y cariñoso. Ahora que lo pensaba siempre lo había sido, sólo que no lo había visto de la misma forma.
No tardó mucho, regresó con un plato de sopa caliente. La tomé rápido y después me acosté. Edward me leyó un libro de historias que había sobre la mesa de noche hasta que me quedé dormida. Estaba muy cansada y mi cuerpo se relajó llevándome al país de los sueños.
Los árboles estaban cambiando de hojas, variaban de tonalidades rojizas. El viento nos traía un grupo de ellas, revoloteaban a nuestro alrededor y se alejaban a toda prisa. Estábamos a las afueras de una gran ciudad con altos edificios. Delante de nosotros un lago inmenso era todo nuestro horizonte. Edward vestía un traje elegante y yo veía que un vestido blanco, sencillo pero vaporoso, envolvía mi cuerpo. Le sonreí a un Edward hombre. Mi pecho replicó con fuertes latidos, como siempre lo hacía ante sus sonrisas.
— ¿Estás lista?— me preguntó envolviéndome en sus brazos.
— ¿Es una aventura más no?— pregunté poniéndome de puntillas y alcanzando sus labios.
—La más grande— sonrió devolviéndome el beso.
De pronto todo cambió. Me encontraba sin zapatos, sentada en la fría piedra de una mazmorra. Estaba encerrada. Mi madrastra me miraba balanceando la llave entre sus huesudos dedos. Vestía un horrible traje negro.
—Después de todo no eras una princesa— soltó una fuerte carcajada. —Ni el dinero te puede salvar ahora.
Me desperté muy asustada, no sabía qué hora era o cuánto tiempo llevaba durmiendo. Estaba sola, a mi lado había un jarrón con flores hermosas, lo que causo que sonriera. Edward las había traído para mí.
Bajé de la cama, tenía que ir a los servicios. Abrí mi puerta muy despacio para no hacer ruido, imaginaba que Edward estaría en su habitación y no quería que viniera a acompañarme sólo para ir al baño. Conocía bien la casa, los servicios quedaban al lado de la habitación de sus padres. Al fondo del pasillo. Caminé despacio, llegué sin caerme y sin hacer ruido. Me miré al espejo, necesitaba cepillar mi cabello, parecía una majareta. Cuando estaba saliendo del cuarto de baño, oí claramente la voz del Juez Masen. Retrocedí, asustada. Quizás estaban por salir de su habitación y no era mi intención cruzarme en su camino.
—Elizabeth, mi amor sé razonable. Sabes que montaremos un gran bufete en Chicago, el empleo que tendré podré compartirlo con mi carrera, todos estos años ser juez no me ha permitido ejercer como abogado y necesitamos entrar en esa sociedad.
—Yo no quiero irme por mucho tiempo, ya te lo dije, no me gusta la ciudad.
—Pero linda, yo no deseo volver. Hay grandes perspectivas de crecimiento, Edward y tú tendrán sólo lo mejor. Y si él aceptara esa unión, tendría asegurado el bufete para su futuro. Cuando él se gradúe de abogado tendrá todo. Una brillante carrera y un lugar donde ejercerla. Cuando nosotros nos casamos tuvimos que privarnos de muchas cosas, hasta que conseguí este puesto aquí pero yo siempre he querido darles más.
—Para tu información yo he sido muy feliz Anthony, aunque no tuviéramos mucho. Lo único que deseo para Edward es esa misma dicha. No quiero que mi hijo se llene de títulos y propiedades si no va a serlo. Tampoco estoy de acuerdo con ese proyecto tonto que tienes con Hale. Entiende de una vez que Edward no ama a Rosalie. Tal vez deberías preguntarle a tu hijo si quiere ser abogado antes de hacer planes para su futuro.
—Pero los Masen siempre hemos sido abogados, es una tradición.
—Y las Owen siempre se han casado con hombres ricos y yo no seguí la tradición. No permití que mi padre me casara con un magnate, te elegí a ti. No te dejaré que obligues a Edward a hacer algo solo para tu beneficio.
—No es solo mi beneficio amor, Chicago es otro mundo, no es como aquí. Importan mucho las relaciones y las alianzas.
—Pues si te empeñas en eso vas a quedar libre de hacer tus propias alianzas. Solo. Porque no te acompañaré a ningún lugar. Sé que Edward va a sufrir mucho cuando nos vayamos de aquí. Pero si sé que no vamos a volver, mejor me quedo.
—Edward se acostumbrará rápido, hay tantas novedades en chicago.
—Seguro será muy divertido ver a la mafia, los asaltantes de bancos, las carreras de automóviles. Y a toda esa gente estirada. Te acompaño porque es tu sueño tener un bufete pero respeta los nuestros. Edward y yo volveremos regularmente. Será difícil dejar el pueblo y a la gente que amamos.
—Otra vez con eso. Por enésima vez no podemos llevarnos a Bella. Si su padre desapareció o murió, su custodia pasa a la esposa de su padre porque no tiene otros familiares que la reclamen. Y tendrá que quedarse con ella hasta que cumpla 21 o se case. No quiero que vuelvas a apoyarlo con eso de llevarla a escondidas.
—Entonces le romperás el corazón.
—Pero ella es solo una amiga… no, no Elizabeth conozco esa mirada. No me digas que Edward… por Dios…
— ¿No te has dado cuenta? La forma en que habla de ella, el modo en que la mira. Ayer lo vi correr en su búsqueda solo, de noche. Entró al bosque y no se detuvo hasta dar con ella. Y la trajo sana y salva. Si eso no es amor… me como mi sombrero como dice Alice.
— ¿Bella está aquí? Eso no pinta nada bien.
— ¿Que objeciones tienes? Bella es una niña encantadora.
—Lo dices porque te has encariñado. Es que ella es…
— ¿Pobre? Esa es tu objeción.
—No tiene familia ¿Y si Charlie murió? Eso la convierte en huérfana. No vez que…
— ¿Ver qué?
—No me mires así, sabes que no soy prejuicioso pero sinceramente esperaba un mejor matrimonio para nuestro hijo. Alguien con posición, de buena familia como Rosalie Hale o alguna otra muchacha de las mismas condiciones.
—Y yo sólo quiero que él sea feliz. Hay dos requisitos que pongo y Bella los cumple. Que sea buena y que Edward la ame.
— ¿Crees que él le haya hablado de sus sentimientos? ¿Qué le haya propuesto algo o le haya hecho promesas?
—No lo sé, no lo creo aun. Pero es algo que pasará tarde o temprano.
—Entonces hay que apurarse…
— ¿De qué hablas?
—Amor ya es tarde. Debo volver al trabajo, tengo que dar ejemplo de puntualidad. Lo discutiremos en la noche ¿Sí?— los oí alejarse.
Caminé hasta mi habitación y volví a la cama. No pude más y las lágrimas vinieron a mí. "No tiene familia ¿Y si Charlie murió? Eso la convierte en huérfana" "Alguien con posición, de buena familia" Nunca había pensado en eso, hasta ahora siempre había creído que solo bastaba el amor para que dos personas puedan estar juntos, casarse y vivir una vida. A cenicienta no la echaron del castillo por ser pobre y huérfana. Aladino se convirtió en sultán aunque era ladrón… Tal vez eso sólo se daba en los cuentos. Lloré hasta que me quedé dormida nuevamente. Cuando volví a despertar, Edward estaba a mi lado.
—Hola princesa dormilona ¿Has estado llorando?— acarició mi rostro, me alejé un poco.
—Seguro fue una pesadilla— limpié el rastro de mis lágrimas. No podía decirle lo que había oído, yo no era buena para él. Tal vez debía dejarlo ir, que encuentre su camino, que tenga la oportunidad de ver el mundo. Yo estaría esperándole si volvía alguna vez.
—Por fin despertaste— dijo Alice entrando con una charola de comida.
—Hola Alice ¿dime como ha estado el colegio?— pregunté para tener otro tema de que hablar.
— ¿Preocupada por las tareas o por tu malvada hermanastra?
—Sólo preguntaba, sé que a ti te gusta el colegio— sonreí.
—Me gusta más el compañero que se sienta a mi lado— suspiró –Estuvo bien, no sabes las ganas que tenía de arrancarle todos los cabellos a esa tonta de Jessica.
—No debes ser vengativa— pero me gustaría verlo, pensé.
—Bueno no se los arranque, pero no regresó a su casa sin castigo.
— ¿Qué le hiciste?— preguntó Edward sonriendo mientras yo empecé a llevarme algunas cucharadas de comida a la boca.
—Nada, ella solita se cayó al charco— puso carita de inocente. Me reí mucho, no estaba bien pero en cierta forma me alegraba.
— ¿Y no te preguntó por mí?— quise averiguar.
—Sólo por Edward pero le dije que no sabía nada de él, que yo no soy su nana.
—Entonces no saben que estas aquí. Que te busquen, así podrás quedarte más tiempo— Edward sonrió. Edward tomó un tenedor.
—No me vas a dar de comer en la boca, yo puedo hacerlo sola. Mira – me quejé comiendo más aprisa.
Me quedé en cama toda la tarde. No tenía ánimos para probarme los vestidos, fingí estar cansada y me dejaron sola.
Cuando ya estaba por ponerse el sol oí una carreta detenerse delante de la casa. Me asomé por la ventana. Era mi madrastra. Me sentí muy triste, por tener que irme. Me puse un vestido que Alice me había mostrado y esperé a que vinieran por mí. Como nadie aparecía salí a ver. Edward estaba conversando con su madre.
— ¡No puede llevársela!
—Cariño, ella tiene derecho, no podemos hacer nada.
— ¿Pero cómo se enteró?
—Seguro alguien la vio llegar aquí esta mañana, no lo sé. Pero quiere a Bella de vuelta en su casa y no podemos negarnos. Le advertiré que no vuelva a dejarla sola. Vamos, ve por Bella— la señora Elizabeth fue a la sala. Edward permaneció un momento allí pensando y luego se dio cuenta de mi presencia.
—Tengo que irme ¿cierto?— no me respondió. Parecía que estaba concentrado en algo. —Edward es lo mejor, no quiero problemas. Estaré bien— lo tranquilicé.
—Me cuesta mucho separarme de ti…
—Mañana nos veremos en el colegio. No te pongas trágico, vamos— sonreí, quería que estuviera contento, aunque por dentro yo me sentía muy triste.
—Está bien, te esperaré mañana en el lugar de siempre. Abrígate y si necesitas algo…
—Lo sé. No estoy sola— me abracé a él, yo tampoco quería irme.
Fuimos a la sala y mi madrastra estaba actuando como siempre, tenía su ridículo pañuelo en la mano y fingía sollozar.
—No pude dormir pensando en Bella. El leñador me aseguró que la traería de vuelta junto con la leña. Que hombre más irresponsable— se quejaba.
—Billy perdió ayer a su esposa y a su hijo por nacer, no creo que haya sido irresponsable Amanda. Cuando anocheció debiste ir a buscarla— le reclamaba la señora Masen.
—Es que mi Jessica se quemó las manos, estuve cuidándola toda la tarde, preparándole ungüentos caseros porque no tengo lo suficiente para llevarla al médico— mi madrastra era muy buena actriz, eso debía reconocerlo. Parecía tan arrepentida, hasta ayer yo todavía le creía pero después de haber pasado lo que pasé, desconfiaba. No estaba segura del motivo por el que no me toleraba. Tal vez me veía como competencia para su hija, o le recordaba mucho a mi padre. Ella cree que nos abandonó. No importa sus motivos, trataré de marcharme de su casa. Antes debo esperar que Edward se vaya del pueblo para no causarle problemas con el Juez Masen.
—Isabella, mi niña ¿Estás bien?— se levantó cuando me acerqué. Me acarició la cabeza. —Lo lamento tanto. No tenía idea de lo que pasaba con el leñador. Creí que se les hizo tarde y quisiste quedarte con ellos. Después de todo él era muy amigo de Charlie— no le respondí nada, tampoco quería mirarla, mantuve la vista en el piso. —Bueno Elizabeth, no te quito más tu tiempo, tenemos que marcharnos antes que oscurezca— me despedí de la señora Masen, de Alice y de Edward.
Regresé en silencio a casa, donde no sabía que me esperaba.
Reeditado
