CAPÍTULO 22

ATAQUE FINAL

Había pasado una semana desde que volvimos de la ciudad, ya se habían llevado más de la mitad de los muebles a Chicago, el Juez Masen había insistido en dejar muchas cosas y decidió no vender la casa.

Edward había mejorado mucho, recordaba casi todo lo sucedido en años anteriores. Sin embargo, sus últimos recuerdos eran confusos y no podía decir que estuvo haciendo cuando sufrió el accidente.

—Hola princesa, acompáñame a dar un paseo con Pegaso— tomó mi mano y me llevó a la caballeriza. Su caballo nos saludó feliz. Montamos cuando estuvimos lejos de casa, su madre no quería que nuestros paseos duren más de una hora y debíamos evitar correr a caballo para evitar los dolores de cabeza de Edward.

— ¿No te gustaría ir a la escuela a despedirte de nuestros amigos?— pregunté.

—No. Iré a despedirme de los maestros la otra semana. Emmett y Alice se irán con nosotros, Jasper y Rosalie se van unos días después. Tú eras la única razón por la que iba feliz a la escuela cada mañana. ¿No me dirás que quieres despedirte de Mike?— se burló.

—Claro que no— le dije golpeando su pecho.

—Entonces no iremos más, no soportaré que Jessica te ofenda— me abrazó con una mano.

—Para Edward, por favor— grité al ver una venta de animales a las afueras del pueblo, un tipo extraño estaba al lado de ellos.

— ¿Qué pasa Bella?— se detuvo alarmado. Bajamos y corrí a ver a los animales.

—Esa es Cecilia mi vaca, mi oveja Blanquita, Pili y Mili, mis gallinas y Pepe, mi gallo. ¿Por qué están aquí siendo vendidos en mitad del camino?

—Seguro tu madrastra necesitaba dinero.

—Quiero asegurarme que irán a un buen lugar, por favor— le rogué.

—Está bien. Espera— dijo sacando algo de su cintura. Caminamos hasta acercarnos donde ese sujeto sucio.

— ¿Cuánto por la oveja?— preguntó Edward.

— Cinco dólares— pidió el hombre. Sabía que era un precio alto por una oveja.

—Te doy quince por todos juntos— le regateó Edward.

—La vaca sola cuesta eso— nos gruñó el tipo.

—Bueno entonces espero que te vaya bien, aunque va a llover— Edward parecía todo un experto en el arte del regateo yo jamás pude regatear ni unas cebollas en el mercado.

—Hecho, pero te los llevas tú mismo, no pienso írtelos a dejar— le replicó el vendedor muy poco amable.

—Me los llevo ahora mismo— Edward sacó varias monedas de su bolsa y se los entregó. Después de verificar, el comerciante los echó a su alforja y se marchó por el camino, ni siquiera agradeció ni volteó a despedirse.

—Edward, no tenías que gastar tanto dinero— dije preocupada mientras él sonreía complacido.

—Querubín necesita a su mamá, no podemos llevarlo a Chicago. Las gallinas pueden ir al corral de la casa, ya sabes que Hanna se quedará un tiempo. Pero la vaca si debemos venderla— dijo mirándola.

Me acerqué a acariciar a mis animales, los había visto nacer a todos ellos. Eran parte de mi vida, habían compartido conmigo los momentos difíciles también. Me reconocieron, Cecilia me lamió la cara, Blanquita se acercó a olisquearme.

—Bueno manada, debemos volver a casa— los llamó su nuevo propietario, tomando la cuerda atada al pescuezo de la vaca. Era divertido ver cómo nos seguían. Cerca de la entrada del pueblo Edward se detuvo, parecía preocupado.

— ¿Pasa algo?— pregunté.

—Trato de imaginar que me dirá mamá cuando me vea llegar con una vaca. Bueno, sigamos caminando.

— ¿Y si esperamos un poco? Pasan algunas carretas por aquí podemos ofrecerla a alguna buena familia.

—Está bien pero si dudan por el precio podríamos darla en custodia o incluso regalarla, no creo que a mi padre le haga mucha gracia la vaquita— sonrió.

Esperamos un rato, pasaron algunas carretas pero no eran personas muy amables, se quedaron mirando muy fijo y cuchicheaban entre sí.

—No me había dado cuenta de lo chismosos que son— dijo Edward poniendo mala cara. De pronto apareció por el camino la carreta de Billy Black. Venía con sus hijos Jacob y Rebeca, una de las gemelas.

—Bella ¿Qué haces con tantos animales?— preguntó el leñador cuando estuvo cerca. Jacob soltó una fuerte risotada cuando nos vio, eso causó que Edward gruñera pero sólo yo lo oí.

—Hola Billy, trato de vender mi vaca, quiero dejarla con buenas personas— le dije sonriendo.

—Papá, yo necesito leche para mis dulces, cómprala por favor— pidió su hija, quien desde muy niña era aficionada a la cocina.

— ¿Cuánto quieres por ella Bella? — preguntó. Miré a Edward que sólo se encogió de hombros, incómodo.

—Lo que me ofrezcas estará bien Billy— se la hubiera regalado con gusto a Rebeca pero quería que Edward recuperara parte de su dinero.

—Todo lo que tengo son diez dólares y tendré que volver a casa sin comprar nada hoy pero nos las arreglaremos con unas patatas y sopa. ¿Qué dices?— preguntó.

— ¡Hecho!— sonreí. Su nombre es Cecilia, es muy tranquila, le gusta lamer sal y comer pasto fresco— le di la soga a la que iba atada. Me entregó el dinero sonriendo, parecía muy complacido por su nueva adquisición. Acaricié a mi vaca por última vez y le susurré un adiós.

— ¿Te vas a ir del pueblo Bella?— preguntó Jake.

—Si, en unos días me iré a Chicago con los Masen— le dije feliz.

— ¿Pero si tu padre regresa? Deberías quedarte. Si no puedes vivir en tu casa con tu madrastra, podrías quedarte con nosotros— ofreció el hijo del leñador.

—Sería maravilloso— agregó Rebeca –Bella es muy buena cocinando.

—Gracias por todo. Pero debemos irnos ya— se excusó Edward, algo fastidiado.

—Muchas gracias por ofrecerme su casa, son muy amables pero ya me decidí. Si papá regresa, le informarán dónde estaré. Cuiden bien de Cecilia. Adiós Billy, Jake, Rebeca— también se despidieron y regresaron por el camino.

—Edward, espérame— grité, él estaba caminando ya hacia el pueblo, llevándose a Blanquita con él. Corrí a alcanzarlo.

—Disculpa, es que no te imagino viviendo con ellos— me dijo muy serio.

—Vamos, no me gustaría vivir con nadie más que contigo… quiero decir, con ustedes, tus padres y Alice— me sonrojé mucho Edward sonrió y seguimos caminando. Llegamos a su casa y entramos por la caballeriza. Acomodamos a los animales y pasamos a la casa.

— ¿Niños dónde han estado?— nos llamó la señora Elizabeth.

—Nos entretuvimos por allí, salvando animales— dije sonriendo.

—Vayan a cambiarse, Edward tu padre deja el puesto de Juez hoy, habrá una ceremonia dónde le darán algún reconocimiento por el tiempo de servicio. El nuevo Juez va a juramentar. Debemos estar allí temprano. Bella, Alice tiene tu vestido listo— fuimos a comer y nos cambiamos.

El juez Masen recibió un recuerdo del pueblo, todos lo querían mucho, era un hombre justo y nunca se aprovechó de su cargo. Le obsequiaron una bonita placa de bronce.

El nuevo juez no me gustó, parecía muy vanidoso y tenía la sonrisa pícara. Miraba a Rosalie de una forma poco adecuada, su padre se dio cuenta y se retiraron temprano.

—Ahora ya no soy Juez, sólo soy Anthony Masen— le oí decir al padre de Edward mientras conversaba con su esposa. Me gustaba verlos juntos, parecían tan enamorados.

—Pero mira a quien tenemos aquí, nada más y nada menos que a la Cenicienta— la voz envenenada de Jessica me causó temor.

—Hola Jessica— saludé, Edward no estaba cerca, así que me limité a ser cortés.

— ¿Tus sueños se hacen realidad?— volvió a burlarse.

—No quiero pelear contigo por favor— susurré, mirando en todas direcciones a dónde ir para no caer en su juego. Es una ocasión especial, no puedo permitirle que la arruine.

—Tan segura de tu suerte. Del plato a la boca se cae la sopa. No lo olvides— me miró con mucho rencor, si hubiera podido me habría matarme con la mirada ya lo habría hecho. Me preocupé por lo que dijo, creo que aún debo esperar algún ataque de esas dos.

Regresamos a casa, la sensación desagradable que Jessica plantó en mí no desaparecía. Le pedí a Edward no alejarnos mucho de casa, pasamos leyendo o ayudando con el empaque de los libros y objetos personales.

Los días fueron pasando demasiado lentos, rezaba cada noche para no tener ningún problema. Sólo faltaban 3 días para la fiesta, me había despertado temprano y fui a recoger huevos para ayudarle a Hanna a preparar el desayuno, no tenía por qué hacerlo, ya me lo habían dicho pero necesitaba sentirme útil para olvidarme de mis preocupaciones.

Desde el salón escuché unos fuertes golpes en la puerta. Quise salir a abrir pero Alice me ganó. Me asomé para ver de qué se trataba.

—Firme aquí por favor— dijo el mensajero.

— Claro ¿Es algo judicial?— preguntó ella.

—Sí, soy el nuevo ayudante del juez, la señora Swan ha demandado al señor Masen por retener a una menor de edad, debe presentarse hoy al juzgado, con la menor en cuestión— empecé a temblar.

—Gracias— Alice se quedó detrás de la puerta mirando aquel papel. Lentamente subió las escaleras. Esperé a que la noticia fuera recibida.

— ¿Qué? Esa mujer está loca— gritó la señora Elizabeth minutos después.

— ¿Demandarme a mí?— su esposo bajaba las escaleras muy molesto, Edward iba detrás de él.

—No le entregaremos a Bella, podemos irnos hoy mismo— replicó mi amigo.

Todos se detuvieron al pie de la escalera mirándome, yo agradecía mucho esto pero no quería causarles problemas.

—Tal vez, yo deba…

—Eres parte de nuestra familia ahora— dijo Edward.

—Y nosotros protegemos a nuestra familia— añadió su padre detrás de él. Corrí a refugiarme en brazos de la señora Elizabeth, era lo más cercano a una madre que conocía, ella me acogió con cariño y me calmó con palabras dulces.

Una hora después os señores Masen salieron a arreglar ese asunto. Edward se quedó conmigo, intentando entretenerme. Esperamos algún tiempo hablando de lo que podríamos hacer en chicago, antes eso me alegraba tanto. Pero ahora me daba mucho miedo. Tan cerca de la libertad y siento que unas frias garras de cierran a mi alrededor.

Escuché el ruido de unos caballos y corrí a abrir pensando que eran los señores Masen. Grave error, eran dos policías uniformados, de aquellos que sólo se ven en la ciudad y muy rara vez en este pequeño pueblo.

— ¿Isabella Swan?— preguntaron, asentí. Me tomaron uno de cada brazo. Edward llegó a mi lado jadeando y trató de apartarlos.

—Aléjese jovencito, tenemos órdenes del juez de sacar de esta casa a la rehén—dijo uno de ellos.

— ¿Qué rehén?— grité furiosa tratando de soltarme.

—Su madre interpuso la demanda para recuperarla, sólo hacemos nuestro trabajo— aseguró el otro policía llevando una de sus manos a su arma cuando vio que Edward no le hacía caso.

—Está bien, voy voluntariamente. Edward quédate por favor— le rogué.

—Bella, no. Déjame ir contigo— podía ver lo mucho que le dolía todo esto.

—Sólo tranquilízate y no hagas nada— lo miré muy seria, él se recompuso y salimos en silencio de la casa.

Al llegar al juzgado me di con la sorpresa que había dos policías más uno a cada lado de los padres de Edward.

—Esto es un abuso de autoridad, no tiene derecho a detenernos— decía el señor Masen.

—Lo siento Masen pero la ley es la ley y usted debería saberlo bien. La señora Swan ha venido desesperada a mí para recuperar a su hija, usted tiene en su poder a esta muchacha hace más de dos semanas, es intolerable que no quiera devolverla y se haya aprovechado su cargo para perjudicar de esa viuda— decía el nuevo juez. —Veo que aquí la traen, por favor quiero conocer a esta jovencita— me sentaron a su lado. los padres de Edward estaban furiosos.

— ¿Eres Isabella no es verdad?— me miro fingiendo una sonrisa aquel tipo.

—Si— dije mirándolo fijamente.

— ¿Me podrías explicar porque has huido de casa dejando a tu madre tan triste?

— Esa señora no es mi madre. Es la esposa de mi papá. No hui de casa, me encerraron en el establo mientras ella se fue a la ciudad. El leñador me rescató, él puede decirle que es cierto — me quejé

—Te encerraron en un establo ¿hiciste algo malo?— preguntó.

—No lo creo— dije muy seria.

—Mis hijas pelean mucho— escuché la voz de mi madrastra. —Todo el tiempo debo separarlas porque se van a los golpes, la encierro por separadas, necesitan disciplina.

— ¿Amanda por qué me has demandado? Acordamos que me llevaría a Bella conmigo hace unos días— le increpó el señor Masen.

—No fue así, me ordenaste que te la cediera, yo tuve miedo porque eras juez. Pero ahora que tenemos a alguien imparcial que no se dejará llevar por influencias ¿verdad juez Smith?— fingía, siempre fingía, su tono cambiaba y parecía una mujer desprotegida que necesitaba ayuda. ¡Qué falsa era!

—Claro que sí señora Swan tenga la seguridad que su caso está siendo tratado de forma justa. Ahora que ya está la niña en cuestión presente, es mi deseo que permanezca en su casa, la custodia la tiene su madre, madrastra en este caso y no debe estar con otras personas. Esto ya está resuelto. Tenemos también una demanda por robo, esto es más grave.

— ¿Robo?—preguntó la señora Elizabeth.

—Si en contra de su hijo Edward Masen, imagino que es este jovencito tan serio— dijo mirándolo.

— ¿Qué se supone que robé?— preguntó mi amigo.

—Animales del establo de la señora Swan. Una vaca, una oveja y algunas gallinas—dijo el juez mirando sus papeles.

—Esos animales los compré a un tipo en el camino— se defendió Edward.

—Eso es mentira, mi nuevo capataz está afuera y puede atestiguar. Él lo vio— acusó mi madrastra. Esperamos un momento hasta que entró el mismo hombre que nos vendió los animales en la carretera.

Ellos lo habían planeado todo, esta vez nos tenía en sus manos porque nosotros no teníamos testigos.

—Señor Williams, sostiene usted que este jovencito fue el que vio la mañana de ayer hurtando los animales en el establo de la señora Swan— preguntó el juez.

—Sí señor, fue él— dijo el hombre muy suelto de huesos. Era tan malvado como esa mujer que nos acusaba.

— ¿Señora Swan que es lo que demanda?— le preguntó el juez.

—Sólo quiero que me devuelvan a Isabella y si los animales han sido vendidos sólo una indemnización. Comprendo que fue por influencia de Isabella que Edward actuó así. No lo culpo, ella estaba muy encariñada con esas bestias— arrugó la nariz sin dejar de parecer afligida.

—Yo no me robé nada, Bella jamás me pediría algo así. Ese hombre me vendió los animales en la carretera. Usted sólo quiere verla sufrir— se defendió Edward.

—Tranquilo jovencito, que la señora está siendo comprensiva. El hurto es un grave delito, menor de edad o no te pondré un par de días en prisión si no te callas— le gritó el juez.

—Usted no puede probar que los robó— dijo el padre de Edward.

—Hay testigos que lo vieron llevándose los animales por el camino Masen. Entiendo que tal vez están pasando un periodo de rebeldía adolescente, debería ser más rígido con su hijo. Ahora solo nos queda ver lo de la indemnización y puesto que esos animales eran casi todo el sustento para esta mujer sola, con dos niñas, serán 50 dólares. Y por favor no quiero saber que otra vez te escapas Isabella. Regresarás con tu madre a tu casa. Escóltenlas por favor— dos de los cuatro policías se acercaron a nosotras. Edward fue contenido por su padre.

—Gracias señor juez ya no tenía fe en la justicia— suspiró mi madrastra entre sollozos fingidos.

—Descuide señora Swan estamos para ayudar a quien lo necesite, puede irse. Le haré llegar su dinero pronto. Isabella una jovencita educada debe obedecer siempre, es por tu bien. Cuando te cases y tengas una familia se lo agradecerás a tu madre. Adiós.

Eso era todo, me llevarían otra vez de vuelta con ellas, podía ir por mi voluntad o por la fuerza. No quería que Edward me viera llorar ni sus padres tampoco. Me giré para despedirme pero no me dejaron acercarme.

—Lo olvidaba, también le concederé resguardo policial hasta que la familia Masen abandone este pueblo como lo solicitó— aseguró el juez.

Ahora todo estaba claro, mi madrastra había hecho una buena jugada, ni siquiera me permitirían despedirme de los Masen, mucho menos verlos partir.

La señora Elizabeth lloraba de impotencia, su esposo tenía sujeto a Edward para que no cometiera una locura, mientras me escoltaban junto con mi madrastra. No me dejaron despedirme, salí lentamente del juzgado y me subí a la carreta. La señora esa disimulaba su sonrisa mientras tomaba las riendas y echaba a andar el armatoste de madera. Miré hacia atrás, en las escaleras del juzgado, los policías detenían a Edward que forcejeaba mirando hacia dónde yo lentamente me alejaba.