VI
Tsukishima Bufó. Había encontrado la manera de imprimir unos planos para desmontar la máquina de purikura del salón recreativo del barrio justo unos minutos antes de que Kiyoko apareciera por la puerta con Saeko y les contara a todos que ella estaba dentro del plan.
— ¿Tienes algo que decir al respecto? — preguntó Kuroo más que por defender la decisión de Kiyoko por llevarle la contraria a Tsukishima. Provocarle era algo que se le daba bien y le salía natural.
Su respuesta había sido volver a bufar y dar a imprimir al documento en cuestión.
— Está bien, no es como si estuviera tranquilo con que Kiyoko se encargara de desmontar la máquina sola — admitió Asahi para calmar los ánimos.
El salón se hacía pequeño, pero por suerte aquel día no estaba Lev y la sensación solo era igual de agobiante que de costumbre.
— Será fácil, en el instituto robaba con algunos amigos en una tienda de golosina... — empezó a decir Saeko para callarse al notar la mirada asombrada de Asahi y Kiyoko.
Kiyoko asintió para dar a entender que sí sería fácil. Estaba asombrada de la seguridad de Saeko, pero también quería mantener ese ánimo.
— Lev está ahora mismo empezando su parte del plan mientras juega en los recreativos, en unas horas empieza vuestra parte — dijo Kuroo que planeaba unirse a Lev en cuanto las chicas tuvieran todo el material que necesitaban para el robo — . Recordad que no importa nada más que las pegatinas.
Ambas asintieron. A Kiyoko le molestaba el paternalismo de aquel chico con el que a duras penas había tratado hasta empezar el plan de fabricación de billetes falsos, pero prefería no quejarse, no quería ser Tsukishima versión femenina y causar más crispación en el ambiente. Se reiría de él después a solas con Saeko cuando tuvieran las pegatinas y pudieran anunciar el éxito de aquel paso tan importante del proyecto.
No le resultó difícil entender los planos,y Saeko parecía bastante entendida sobre la mecánica de aquel tipo de máquinas como para sentirse angustiada. Asumía que Lev también llevaría bien a cabo su tarea y en caso de que algo fallara, siempre podían salir corriendo y probar en cualquier otra de las siete mil recreativas que había en todo Tokio.
Lo cierto era que al principio Saeko había creído que le tomaba el pelo, incluso le había dicho que hacer aquel tipo de bromas no era propio de ella, pero finalmente y después de insistir se había dado cuenta de que era cierto y que podía ganar algo con la participación.
En la mente de Kiyoko solo cabía pensar si Saeko se había sorprendido tanto como ella misma de que quisiera realmente participar en algo así. Todo aquello no dejaba de ser un plan completamente ilegal y las consecuencias de su participación podían ser nefastas para sí misma si algo iba mal.
Salieron de casa media hora antes del cierre de la sala recreativa, tenían que llegar por lugares opuestos y de forma oculta. Los chicos seguían dentro del piso y Saeko se echó el pelo hacia atrás con la mano mientras la miraba.
— Sé que el plan es otro, pero tengo una corazonada — dijo por lo bajo — , dejaré mi moto en la parte trasera del local. Habrá en los cubos de basura un par de bolsas con mi casco y otro para ti, no volveremos aquí, iremos a mi casa.
Kiyoko vaciló por un instante, aquello suponía un cambio de planes sin avisar a los chicos, y no estaba bien, pero algo en su mente le decía que sí. Saeko tenía una corazonada, y algo le decía que incluirla a ella había sido la mejor decisión que había tomado desde que había propuesto aquel plan.
Kiyoko esperó detrás de un par de edificios, tenía la media en una mochila negra, y vestía un chandal completamente negro que había comprado en su adolescencia. La ropa de Saeko debía ser parecida, pero la tenía en su moto, porque no podían verlas salir de casa con aquel aspecto, de hecho, ella misma se había quitado los tejanos y la chaqueta que recubrían el chandal desde detrás del edificio.
Esperar era lo más pesado, debía recibir una llamada pérdida de Asahi, que a su vez habría avisado a Tsukishima para que llamara a Saeko, y así entrar las dos a la vez.
Cuando el teléfono sonó, Kiyoko se puso la media en la cabeza y se apresuró hasta la esquina que daba con la calle principal, miró de reojo y vio que Saeko también salía desde la otra esquina.
Juntas andaron de cara una a la otra hasta llegar a la entrada de la sala de recreativos, donde no había nadie a la vista.
A lo lejos se oía la voz escandalosa de Lev reírse mientras Kuroo amenazaba con rajarle si seguía hablándole de aquel modo, y el dueño se encaraba a ellos para que hubiera paz o se marcharan del local.
Saeko abrió su mochila, sacó las instrucciones y un par de destornilladores, porque si no tenían las llaves, aquel método era mucho más sencillo. Entre las dos desatornillaron la zona por la que la máquina entregaba el cambio y las fotografías y un par de monedas cayeron al suelo. Se podía ver un trozo de papel de purikura saliendo y a través de una pantalla transparente de plástico se veían las pegatinas.
— No es el mismo sistema que ha imprimido — dijo Saeko a la vez que Kiyoko buscaba nuevos lugares por los que desatornillar — . Aparta voy a intentar romperlo.
Ambas estaban arrodilladas dentro de la cabina, Kiyoko se levantó y se apartó fuera de la máquina de purikura y observó cómo a lo lejos como Lev y Kuroo seguían con la técnica de distracción.
— Perdona ¿ Qué se supone que hacéis? — preguntó una voz a su espalda, se giró y pudo verla, una chica que no conocía de nada con cara de enfado, que ya había notado en su tono al preguntar.
Saeko golpeaba el plástico, y metía casi más ruido que los chicos, cuando Kiyoko sintió que iba a darle un ataque al corazón. ¿Qué podía decirle? ¿Qué trataban de tomarse fotos patéticas con medias en la cabeza?
— Son estas máquinas, son odiosas, extienden la teoría de que las chicas tenemos que ser como las occidentales, con los ojos gigantescos y monas como crías hasta envejecer y ser simples muebles que una vez fueron bellos, ¡tenemos que hacer algo! — dijo con convicción sin saber bien si podría convencer a una chica que no sabía ni por qué la reprendía de aquel modo — . ¡Únete a nosotras, seguro que tienes armas con las que luchar ante esa prespectiva!
La mirada de la chica, de pelo corto y aspecto de no ser mucho mayor que Kiyoko, era confusa, como si no entendiera qué le decía.
Saeko le dio un golpecillo a Kiyoko en la pierna para que siguiera hablando mientras ella llegaba a romper el plástico para acceder a las pegatinas.
— ¡Estas máquinas son tus reales enemigas! — explamó Kiyoko deseando salir corriendo de allí porque se sentía algo ridícula.
— ¿Sabes qué? — dijo la chica girándose hacia una ventanilla que daba con la oficina de tiquets regalo. Cogió un bate de baseball y se giró de nuevo hacia Kiyoko — Tienes razón.
Seguidamente, la chica empuñando el bate empezó a golpear la máquina con rabia mientras gritaba a pleno pulmón. El dueño, que estaba por echar a Kuroo y Lev, se giró y empezó a llamar a la chica.
— ¿Qué haces Tomoko!? ¡Estás loca!
— ¡Abajo con los estándares occidentales! — gritaron Saeko y Kiyoko con el fin de que aquella chica no se volviera contra ellas.
— ¡Si! ¡A la mierda con ellos! — exclamó la Tomoko ignorando al dueño de la sala de recreativos.
Saeko accedió a las pegatinas, mientras Kiyoko se mantenía algo paralizada por la imagen de aquella chica que debía trabajar también en la sala de recreativos.
— ¡Vamos! — dijo Saeko tomando a Kiyoko por el brazo que seguía mirando como Tomoko se zafaba del dueño para seguir golpeándo la maquina de fotografias.
Kiyoko salió corriendo tras Saeko, que le entregó el rollo de pegatinas mientras dirigía la huida hasta donde había dejado su moto.
La moto estaba en un callejón estrecho y oscuro, con rejas por detrás y un bloque alto. Saeko abrió un gran cubo de basura y sacó las dos bolsas con rapidez. Le entregó un casco y después de quitarse su media y ponerse el suyo, le quitó media con cuidado y le colocó el casco que le había entregado.
Subió a la moto y sin decir nada más encendió el motor a la vez que Kiyoko la rodeaba con los brazos.
—¡ Agárrate fuerte! — dijo a la vez que aceleraba y salían del callejón para mezclarse con el tráfico.
Saeko esquivaba los coches con rapidez, como si las persiguieran, pero a sabiendas de que nadie las había seguido porque aquella Tomoko había allanado la huida causando mayor alboroto del que Lev y Kuroo hubieran podido crear. A Kiyoko le costaba sujetarse a ella y sujetar las pegatinas que debía de haber metido en la mochila que llevaba antes de salir del callejón.
Llegaron cerca del lugar en el que Saeko vivía, y la rubia paró la moto en un aparcamiento y esperó a que Kiyoko la soltara.
Pasaron unos segundos antes de que Kiyoko soltara a la chica y las pegatinas. Había ido todo tan rápido, y a la vez tan lento que no sabía si su cerebro funcionaba en absoluto. Sentía los latidos de su corazón acelerados desde hacía rato y la respiración le funcionaba a pesar de que sentía que le costaba llevar a cabo inspiración y espiración con naturalidad.
Sonrió aún con el casco puesto y se lo quitó solo una vez que Saeko le había quitado las pegatinas de las manos.
— Woah — dijo sin saber qué más decir respecto a la situación.
— ¿Las máquinas de purikura son nuestras enemigas? — preguntó Saeko a punto de echarse a reír. Guardaba todo en la bolsa mientras mantenía la mirada fija en Kiyoko.
— No sabía qué decir — exclamó empezando a reír ella primero — . Ha sido...
Kiyoko no sabía cómo terminar la frase, pero tampoco pudo terminarla, Saeko le sujetó la cabeza y se abalanzó a besarla en los labios. Las manos de Kiyoko se introdujeron dentro de la sudadera negra de Saeko mientras le devolvía el beso. De haber pensado en algo en aquel momento, seguramente hubiera pensado en si la atracción que había sentido hacia la hermana de Tanaka desde que la había visto, siempre había sido mutua.
— Tengo que llamar a los otros para decirles que estamos bien — dijo Kiyoko cuando Saeko se separó de ella. No quería llamar a los otros, no tenía tiempo para Asahi, ni para nada que no fuera aquel momento. Era todo demasiado intenso como para estropearlo con aquello y de todos modos la responsabilidad le venía a la cabeza. Sacó el móvil de la mochila y escribió un mensaje corto a Asahi. Eso era todo lo que iba a hacer, porque no, no tenía mucho más sentido dar una larga explicación de lo que había ocurrido.
Saeko colocó la moto tal cual solía hacerlo, y guió a Kiyoko hasta su apartamento. Parecía mucho más pequeño que el lugar en el que vivía con los chicos, pero no dejaba de ser grande para una sola persona y Kiyoko no pudo evitar preguntarse si no vivía sola. Lo cierto era que a pesar de todo sabía muy poco de Saeko.
Se mordió el labio y dejó su mochila sobre la repisa de la entrada, se quitó los zapatos y vio que había otro par de zapatos allí mismo. Se fijó en Saeko que ni reparó en ello, la tomó de la muñeca después de deshacerse burdamente de sus propias deportivas y la acompañó hasta el salón.
A pesar de los zapatos, allí no había nadie más que ellas dos.
El pasillo llevaba hasta el salón cocina, que era de suficientes dimensiones como para poder hacer una fiesta con todo el equipo de voleibol del instituto. Y la cocina ocupaba una pequeña parte en la esquina.
—¿Una cerveza para celebrar el éxito? — preguntó abriendo la nevera Saeko. Era una nevera plateada, con una lista de la compra y un par de abrebotellas de imán —.Aunque siempre he pensado que eres más de limonada.
Kiyoko sonrió. No era más de limonada, le daba lo mismo.
— Una cerveza está bien — dijo finalmente, para ver como Saeko tomaba dos latas de Sapporo de la nevera y las dejaba sobre aquella mesa de kotatsu sin brasas, ni estufa alguna.
Saeko se sentó a su lado y tomó su propia lata. Sonreía mientras miraba como Kiyoko tomaba la suya, despacio y de forma delicada.
— ¿Qué vas a hacer con el dinero cuando lo tengáis? — preguntó finalmente sin dejar de mirarla.
Saeko dio un sorbo de su lata, notando el suave sabor ligeramente amargo de aquella cerveza. La había probado antes y era de las más suaves del mercado. Le agradaba pensar que Saeko prefería los sabores fuertes, era confuso ver que tal vez muchas de las ideas que tenía sobre la chica eran preconcebidas por su apariencia.
—Bueno, primero tenemos que ver cómo sale y después no puedo gastar a lo grande, hay pensar bien cómo trabajamos con el dinero para que no lo descubran — afirmó sin tener que darle demasiadas vueltas. En cualquier acto ilegal la seguridad de que no les pillaran debía estar en primer lugar.
— Creía que me harías un regalo importante — rió Saeko dejando su lata sobre la mesa de nuevo y estirándose sobre el tatami.
Kiyoko también se rió. Se estiró a su lado, mirando en su dirección sin saber si lo decía al cien por cien bromeando o había algo de cierto en aquellas palabras.
— A pesar de que Tsukishima se queje también tendrás una parte — dijo Kiyoko finalmente. Había confiado plenamente en ella, pero de golpe tampoco estaba del todo segura de que fuera alguien a quien enseñarle todas las cartas — ¿Qué harás tú?
— Compraré montañas de ramen, helado y dulces para Ryunosuke — bromeó y recibió una mirada severa de Kiyoko que esperaba que le contestara seriamente —. Se deprimirá mucho si nos ve juntas.
Kiyoko frunció el ceño incrédula. Ellas dos solo se habían besado y tampoco tenía ni idea de que Tanaka tuviera ningún tipo de intenciones con respecto a ella.
— No me creo que no lo supieras — afirmó Saeko que se había puesto de costado también mirando a Kiyoko —. Desde el instituto se pasa el día pensando en si te irá bien en el trabajo, preguntándomelo cada vez que sabia que nos veíamos y dudoso de si debía o no llamarte para salir.
— No me interesa Tanaka — dijo sin más, sin darse cuenta de la ambigüedad de sus palabras, aunque rápidamente redirigió su discurso —. Tú y yo somos otra cosa, pero tampoco espero mucho en el plano romántico.
Saeko asintió y volvió a aproximarse a sus labios para besarla tal y como había hecho en el aparcamiento.
— Somos un buen equipo de todos modos ¿no crees? — preguntó cuando se separaron. Kiyoko sonrió, sí, habían mejorado el plan que los chicos tenían en mente, de que formaban un gran equipo estaba segura.
