Para Kat
mi descanso y mi locura,
y mi indispensable escape
de este mundo horrible
empecinado en arrastrarme
a una cárcel de cordura.

ADVERTENCIA: El presente capítulo contiene lenguaje y situaciones sexuales explicitas y no es apto para todo público. En caso de no desear toparse con este tipo de contenido, por favor salte al siguiente capítulo con toda confianza y no se habrá perdido de nada de interés fundamental para la trama. Continúe la lectura de este fragmento solo bajo su propio riesgo.

II-2

Descanso: Ámame

A veces es imposible saber en qué momento comienza un sueño.

Ese momento nebuloso e informe entre la conciencia y el sopor se desdibuja, elusivo, de nuestras mentes, como borrando toda sensación o recuerdo para que no seamos capaces de arrastrar tras nosotros la lógica cuadrada y férrea de la vigilia, para que no podamos contaminar con ella la pureza efímera y metamórfica de un sueño libre.

En el sueño no nos preguntamos el sendero que seguimos ni cuestionamos el camino que queda ante nuestros pies. En el sueño solo somos y vivimos con intensidad casi quimérica, la retahíla de disparates que nuestra mente desbocada y sin cadenas nos regala por las noches.

Wanda tampoco pudo saber con certeza como fue que comenzó todo, y su congelado corazón ansioso no hizo pregunta alguna sino que se dejó acariciar y estrujar hasta que los vapores densos de apasionadas fantasías lo empujaron al deshielo.

Estaba temblando en la oscuridad, pero no tenía frio. Su cuerpo estaba desnudo y hermoso, pero no sentía la menor vergüenza. Su aliento escapaba de sus labios como un quejido pálido que se disolvía en el aire negro a su alrededor y el profundo retumbar de su pulso acelerado se escuchaba distante y ominoso como si latiera, al mismo tiempo, en el suyo y en otro pecho.

Un par de tibios brazos se cerraron apretándose contra su blanca piel, sobre su vientre. Una decena de traviesos dedos juguetearon con suavidad sobre sus costillas, como provocándola.

Las delicadas manos de la chica se juntaron sobre su rostro como si temiera que vergonzosos e involuntarios sonidos se fugaran de su boca si no los mantenía presos, después bajaron, buscando deseosas compartir el tacto de aquellos brazos invasores que la estaban haciendo sentir tan amada y defendida.

Las buscó y las atrapó. Las varoniles manos de largos dedos quedaron capturadas en la caricia dulce pero cautivadora de las de Wanda. Las apretó, cerrando sus propios dedos sobre las palmas de él y lo obligó a abrazarla con más fuerza, con más deseo. Protectoramente, como se abraza a una hermana. Apasionadamente, como se abraza a una amante.

El fuerte mimo hizo que las defensas de la chica cayeran derrumbadas. En una caricia tan abrasadora, se sintió tan a salvo que no vio necesidad de mantener los muros de su alma levantados y estos se derritieron derrumbados por el aliento amoroso que golpeaba con suavidad sobre su nuca.

Su cuello se ladeó hacia un lado, dejando espacio para que la cabeza de él descansara sobre su hombro. Wanda tenía los ojos cerrados y apretados los parpados, pero con el tacto de su piel pudo reconstruir a la perfección cada detalle del rostro que acariciaba con toda delicadeza su cuello.

Sintió claramente la caricia de una frente suave, los ojos cerrados y las pestañas que los guardaban. Sintió una nariz ávida que absorbía con vehemencia el aroma de la chica como si quisiera desposeerla de su alma a través del olfato. Sintió los labios entre abiertos por el deseo y una mejilla un poco áspera por pasar talvez un día de más necesitando una buena afeitada.

No le molestó, no dijo nada. No le importó, sabía que, de mencionarlo, él podría correr al baño y rasurarse el rostro tan rápido que ella ni notaria lo veloz de su ausencia.

Pero no quería, no deseaba separarse de él un instante. Prefería mejor, dejarse llevar y estar de él más y más cerca, tanto que las barreras que separaban a cada uno como personas independientes se borraran y ambos se disolvieran en el mundo informe de los sueños.

Los brazos de Peter comenzaron a moverse, nuevamente inquietos, al tiempo que su nariz decidió anidar sobre la nuca de Wanda, justo donde nacía su rojizo cabello. Esto le causo un delicioso cosquilleo que la distrajo, el tiempo suficiente, para que las manos del chico se liberaran de las de ella y siguieran adueñándose poco a poco de la extensión entera de su blanca y suave piel.

Subieron un poco y con sus delgados dedos, comenzaron a acariciar bajo la curvatura de sus pechos. Una especie de errática sensación invadió a Peter y Wanda lo notó. Estaba luchando internamente por no recorrerla toda al instante, hacerla suya con violencia y terminarlo todo saciando cada gota de su deseo en ella tan rápido como su apasionado corazón le demandaba.

Pero se contuvo. Se contuvo y jugó con ella por más tiempo. Se contuvo y le acaricio cada vello y cada poro de la piel, se contuvo como quien derrite en su boca cada pequeño mordisco de una exquisita barra de chocolate, que, por ser suculenta, viene en pequeñas porciones imponiendo una tortura en quien amaría devorarla masticándola de un solo bocado.

Wanda entendió entonces como debía ser la vida de Peter cada minuto de cada día. Entendió cuan terrible debía ser el tormento de tener que esperar por un mundo abrumadoramente lento en comparación con su velocidad de rayo. Entendió cuan difícil debía de ser para él obligarse a funcionar en cámara lenta, aun en contra de su metabolismo acelerado que lo compelía a romper toda barrera y volverse supersónico. Entendió del control sobrehumano que debió haber aprendido a imponer sobre sus miembros para contener su poder inmenso y sujetar los impulsos de su mente bajo el yugo de una paciencia que envidiaría un monje budista.

―Mi secreto… ―le susurró al oído el chico, como si hubiera leído sus pensamientos al momento ―es que aprendí a valorar cada segundo, de cada instante. A concentrarme en cada sensación y a disfrutarla y prolongarla, si lo deseo, hasta que parezca tan larga como una eternidad entera.

Y como si lo ejemplificara a la perfección, volvió a mover sus manos lentamente, de tal manera que Wanda pudo contemplar cómo se posaban, como las garras de un ave de presa, sobre sus bellos y redondos senos, acariciándolos apenas con las yemas de sus dedos, para después posar de lleno sus palmas sobre sus pezones y apretar delicadamente los pechos de la chica, obligándola a proferir un dulce y encantador gemido.

―Además ―añadió él ―no sería divertido para ambos si lo hiciera a mi paso.

Un par de googles cayeron al suelo a los pies de Peter que flanqueaban a los lados los de Wanda, más delgados y pequeños. Permanecieron en el suelo, haciendo compañía a un pesado casco metálico, sumidos en el más completo silencio.

La chica había comenzado a sacudirse, moviéndose atrapada en el abrazo, mientras el no perdía detalle de cómo se iban endureciendo los pezones de ella, hechos presa entre sus dedos. Una intensa sensación fue llenando todo su cuerpo mientras que los labios del chico comenzaban a aplicarse sobre sus hombros que, más que calmarla, solo lograban enardecer más su deseo.

Cuando Peter volvió a abrir sus ojos, se encontró con la mirada de ojos muy abiertos de ella. Un aire de desafío e incertidumbre destellaba en ellos y temblaban sus labios llenos de ansiedad.

―¿Qué es lo que vas a hacerme…? ―interrogó Wanda sin parpadear, sus ojos eran insolentes joyas cuyo fuego encendería cualquier hoguera y Peter amó mirarlos a detalle antes de contestar.

―No haré nada que no quieras…

―Te equivocas. ―atajó de nuevo ella ―Hazlo. Hazlo todo aunque alguna parte de mí no lo quiera. Oblígame, si es preciso y si no lo haces, jamás te lo perdonaré.

El chico sonrió ante tan suplicante demanda y ahora, con renovado arrojo continuó disfrutando del deseable cuerpo de ella. No paró de disfrutar sus pechos hasta que estuvo seguro de haber memorizado su textura, su forma, su tamaño y su firmeza.

Las manos de Peter entonces comenzaron nuevamente su recorrido hacia abajo. Cada centímetro de la piel de Wanda que recorrían parecía calentarse al grado de estallar en fiebre. Se detuvo un momento sobre sus caderas, deleitándose en lo curvo de sus formas y no perdió la oportunidad de sujetar los glúteos de la chica y medirlos contra sus manos con los dedos extendidos.

Wanda gemía y se retorcía disfrutándolo. Se sentía indefensa, pero de una manera que podía disfrutar. De una manera que no había sentido jamás. De alguna forma, aquel chico mutante había encontrado la manera de hacerla sentir férreamente segura, al tiempo que la hacía suya, dejándola deliciosamente vulnerable.

La chica se relamió los labios encendida de deseo, al toque inquieto de las manos de Peter que la habían hecho experimentar un anhelante cosquilleo en cada centímetro de su piel. No pudiendo más, se apretó contra el cuerpo del chico, haciéndose hacia adelante, forzando su posterior contra la entrepierna desnuda de él.

Ella apoyó las manos contra la pared que tenía delante y el tacto frio, áspero e irregular de una antigua pared de piedra que palpó con sus palmas contrastó con la cálida piel del joven que le rodeaba y aferraba los glúteos.

―Vamos… hazlo ya. ―exigió ―se supone que el veloz eres tú, ¡no entiendo porque esperas tanto!

Lo imaginó sonriendo, mientras él sujetaba con sus manos las temblorosas caderas de Wanda y las sostenía firmemente como si el mundo entorno a ellos estuviera por comenzar a sacudirse con violencia.

―¿Estás segura?

―Desde luego que sí. De verdad, no pienso suplicarte.

―Que mal ―la sonrisa del chico se volvió más amplia ―habría sido encantador que lo hicieras.

Y en ese instante, aplicó sus labios sobre la espalda de la chica, lo que desató en su piel una intensa y placentera sensación, obligándola a arquearse y estremecerse. Pero la realidad es que aquel espasmo no sería nada, sino una mera preparación para el dolor y el placer conjunto que le provocaría la siguiente sensación, inmediatamente después, cuando él comenzó a forzar su camino a través de la entrada de la chica.

Wanda no supo si fue porque se trataba de un sueño, pero podía sentir con tremenda intensidad cada centímetro que Peter la recorría por dentro, como si lo hiciese en cámara lenta. Sintió como sus paredes se abrían a su paso, dejándolo entrar húmedas y pulsantes.

Aun a través de sus parpados, los bordes de las imágenes en su mente se desdibujaban como disueltas en la intensa sensación que anegaba su cerebro cada vez más rápido una vez que el chico comenzó a moverse y, con cada embestida, ella se perdía más en aquella sensación tan abrumadora que la obligaba a dejarse llevar y contra la cual ella no deseaba resistirse.

Él comenzó a moverse cada vez más fuerte, cada vez más rápido, impactando su piel con la de ella como si quisiera acariciar lo más profundo de Wanda y no dejar un solo rincón de ella que no sintiera con premura su anhelante deseo.

Una orquesta de sonidos rodeó a los dos amantes, graves y agudos, largos y breves, y pasó un tiempo antes de que Wanda se percatara de que muchos de ellos salían de su propia garganta. Sus uñas comenzaron a arañar el muro contra el que el joven la tenía acorralada, imprimiendo cada vez más presión, más fuerza y velocidad en cada impacto, como si deseara acabar partiéndola por la mitad.

A Wanda no le importó que lo hiciera, de hecho, con cada nueva embestida, deseaba más que lo hiciera más fuerte, que la rompiera en pedazos incluso.

El movimiento se volvió cada vez más feroz y frenético, las voces y gemidos subieron casi hasta volverse gritos. Las partes del cuerpo que sufrían los embates y el roce se quejarían más tarde del maltrato, pero en aquel instante no había espacio alguno en la mente de ninguno de los dos para sentir dolor. Todo lo que había era un mundo de placer y deseo intenso de acrecentarlo entregando cada gota de sudor, de su cuerpo y de su alma a la faena de poseer al ser amado.

En un momento que se sintió largamente anunciado dentro de Wanda, todo su ser estalló dejándola completamente en blanco, como si hubiera abierto el techo del corazón de Wanda y la luz ardiente de un sol de deseo hubiera quemado todo pensamiento, temor y angustia que amueblara el interior de su mente.

Y en el centro de aquel cuarto sin paredes, suelo o tapa, existían solamente Peter y Wanda, aunque los límites que delimitaban a los dos chicos se hubieran borrado permitiéndoles entregarse por entero el uno al otro en una especie de ferviente unión simbiótica de sus cuerpos.

¿Cuánto tiempo llevaba soñando Wanda? ¿Había despertado en alguno de aquellos intervalos entre momento y momento, entre situación y situación; o todo había sido una única, larga e intensa fantasía de una sola noche? Resultaba imposible de creer, pues el tiempo para ella parecía haberse dilatado, volviéndose extenso como una vida entera.

Pero la verdad, no le importaba. No recordaba haber despertado y deseaba, de hecho, no hacerlo. Su vida afuera de sus sueños no tenía nada que ofrecerle, solo imágenes deslavadas de un mundo roto y sin compostura. Un mundo que había engendrado dioses artificiales a manera de anticuerpos en contra de la enfermedad cósmica que se incubaba poco a poco con deseos de barrer de sobre su faz todo ser vivo.

En cambio, ahí en sus sueños, tenía algo en lo que podía confiar. Algo a que aferrarse, algo que podía amar. Tal vez su decepcionado corazón estaba muy deseoso de confortarse en cualquier cosa que significara escapar de su nefasta realidad, talvez estaba necesitando alguien que se detuviese a acariciar su dolor aun sabiendo que no podía sanarlo…

O tal vez, creyó haber encontrado algo verdadero y eterno, en los delgados brazos de aquel muchacho de los ochentas…