—¡A un lado mocoso!
Un vehículo similar a una carreta a mano, dio de bruces contra Yuri Plisetsky. A pies desnudos, el menor deambulaba como un pequeño animalito indefenso en medio del suburbio eléctrico de las calles. Cubierto solo por una gran capucha, los olores, los colores, los sonidos, todo era demasiado para él. Sus sentidos, no estaban del todo acostumbrados a la avalancha de sensaciones. Los carros se elevaban por los cielos, mientras que la gente, se detenía a verle como un bicho raro. Un monstruo. Murmuraban cosas como: "¿Se sentirá bien? Debe de ser de otra constelación. ¿Por qué lleva esa ropa?"
Un par de transeúntes intentaron ayudarle, mas la idea de ser tocado por alguien, le inmovilizó por completo. No dudó en gruñir, cual bestia en plena casería. Y claro que no faltó el que se asustó y llamó a la policía. Entre tanto jaleó, optó por huir entre los rincones de un basural; acabando perdido en la oscuridad de la ciudad. Ahora Yuri, estaba a la deriva.
Palacio Real.
—Por favor, maestros...salven al príncipe —Otabek, permanecía adolorido a los pies del lecho real. Yuri Plisetsky, jadeaba agobiado; mientras que los médicos hacían lo posible por bajarle la fiebre. Volaba en una temperatura estratosférica.
—Le hemos inyectado doble dosis —determinó Viktor— Con eso calmará la fiebre.
Los asistentes alrededor de Plisetsky, se reunían a rogar por su cuerpo. El limite, se notaba a leguas en su ajetreada respiración. Quizás, con un pronóstico más reservado del esperado. Se estaba muriendo. Y las opciones, ya eran nulas. La intervención, se veía interrumpida por el aullido intranquilo de Christophe a las afueras de la habitación real. Traía un mensaje aun mas desgarrador que la misma enfermedad del regente. Ambos científicos, se evadieron por los pasillos.
—¿Que dices? —masculló Nikiforov, estupefacto con la noticia— ¿Y qué hay del rastreador?
—Hicimos lo que pudimos, pero está fuera de rango. Al parecer, se alejó demasiado de las instalación—declaró el rubio, agitado— Viktor...¿Qué vamos a hacer? Si alguien se llega a enterar...
—Tranquilízate —calmó el mayor, buscando en su mirada la respuesta— Despliega a los guardias de Heka. Y contacta a Yakov.
—¿El jefe de policía? ¡¿Pretendes recurrir a la policía?! —vociferó.
—Shhh —acalló el albino— Baja la voz, idiota. El es amigo mío. Confiaremos en él a toda costa.
La conversación, era turbia y con muchos altibajos como para notar, la presencia incógnita de un oyente próximo a ellos dos. Otabek Altin, quien se enteraba de una noticia confusa pero con dejo de misterio, no tardó en alertar a sus hombres, dispersando una búsqueda inaudita, sin un objetivo claro.
—Lo que sea que haya escapado del laboratorio de Viktor, quiero que lo averigües —ordenó el capitán a dos de sus hombres— Te conseguiré el permiso con el emperador. Tu encárgate de lo demás— Estas acabado...Nikiforov.
En efecto. La sorpresa de los soldados fue monumental al llegar al laboratorio. La noticia, no tardó en llegar a oídos del líder supremo del planeta. En cuestión de minutos, el lugar, fue allanado por las fuerzas especiales del imperio; siendo Mila la primera en ser detenida. Contra toda voluntad, intentó esconder los rastros de su crimen, mas no fue posible. Las cámaras y los archivos, delataron el pecado.
Sería sometida a un extenso interrogatorio. Mas no iba a ceder tan fácilmente. Primero, prefería morir antes que delatar a sus camaradas. Sin mas preámbulos, la bermeja fue encerrada bajo prisión, por obstrucción a la justicia. La primera, de los tres.
Las tropas a cargo del general Altin, se expandieron por toda la ciudadela en busca de lo que al parecer, era el secreto máximo de estado. Si las sospechas eran acertadas, pronto, darían con un asombroso avance de la ciencia; que al mismo tiempo, condenaría la carrera de los tres científicos al olvido. Justo...como lo planeó.
[...]
Distrito de Denébola. Horario, desconocido.
Yuri Plisetsky, llevaba vagando más de tres horas lunares. Conforme el tiempo avanzaba, cada una de sus dudas e inquietudes era revelada. Su viaje, acabó en los muelles estelares de Kentaurus. Un distrito conocido por los ciudadanos como el centro de redadas contra drogas, contrabando y prostitución. ¿No podía caer en un lugar mejor? Los piratas espaciales, alardeaban de sus botines, mientras bebían recina de anís; una bebida prohibida, lógicamente por el imperio. Las muchachas, con prótesis artificiales la mayoría; mujeres desechadas y confinadas que nadie desearía tener como esposas, se pavoneaban de un lugar a otro mostrando su mercancía a ojos de todos. Las inyecciones de clorhidrato —droga— abundaban por los fúnebres callejones. El mundo, no era como Viktor lo había pintado. No. Aquí no habían colores ni magia. Solo muerte, enfermedad y podredumbre.
Desorientado, se dejó caer a un basurero. Los hombres del restaurant, salían por la puerta trasera a tirar los químicos que nadie deseaba comer. Tenía hambre. Acostumbrado a ingerir grandes cantidades de alimento, optó por probar lo único que encontraría ahí; píldoras para perro. Malas. Con un agrio sabor a mierda. Las escupió, maldiciendo entre dientes lo asqueroso que era el mundo y a su vez, extrañando al único que podría ayudarle a salir de ahí. Por primera vez en mucho tiempo, ya no anhelaba la libertad. Quería limites. Todos los limites que Nikiforov podría entregarle. Quiso volver, observando por sobre el hombro las luces de Heka a lo lejos. Estaba demasiado perdido como para retractarse. Seguramente, el albino estaría furioso con su escape.
Culpa otra vez...
—¿Joh? —farfulló un hombre a lo lejos. Vestía ropas a mal traer y un notorio ojo bionico que, con un zoom extraordinario analizó al menor— ¿Que tenemos aquí? —acompañado de dos muchachos, uno prácticamente obeso y calvo; y otro, mas robot que humano; indiferente al encuentro.
Vándalos.
—¡Mire eso jefe! —apuntó el gordo, masticando algún alimento grasiento— ¡Es una niña!
—Tsk...—gruñó Plisetsky— ¡No soy hembra!
—Por supuesto que no es una niña —aclaró el mayor de todos— Es un niño. Y con unos órganos completamente sanos —sonrió con morbosidad.
—¡¿Eh?! ¡¿Está completo?! —aulló el pelado, dándole un escaneo rápido con uno de sus artefactos— ¡Mierda! ¡Tiene dos pulmones! Jooh...y dos riñones —agregó— Yo quisiera uno de ellos.
—Lo que tú necesitas es un estomago nuevo —chasqueó la lengua el líder de los tres, extrayendo un arma de entre sus ropas— Muchacho. Eres una mina de oro. Vendrás con nosotros —sus órganos, serian destinados al tráfico y contrabando.
—¡¿Jah?! ¡No estés tan seguro de eso, anciano! —chilló el ojiverde.
—Jm...ya te decía yo, Bardo —aclaró el androide, sin una pisca de consentimiento— Estas viejo ya. Retírate.
—Ghn...—gruñó— ¡Cierren la boca! —recargó el arma— El jefe estará muy contento de este espécimen. Nos dará una recompensa por esto. Y entonces, me hare más joven.
—No es justo —protestó el grandote, desenterrando también un artefacto de asalto— Yo lo quería para mí. JJ siempre se lleva todo.
—¿JJ? —bufó Yuri con repudio— Que nombre tan ridículo y estúpido. De seguro es un gordo horrible como tu —y escupió a modo de provocación.
—¡¿Que has dicho, enano?! —enfureció el líder.
—...creo que mejor me lo voy a comer —declaró el calvo, mostrando una serie de dientes horripilantes y sobrehumanamente grandes. Un ser, seguramente salido de algún experimento fallido.
El encuentro, estaba a punto de culminar, mucho antes de comenzar. Pues el líder de la banda, llegaba para interrumpir de manera abrupta. Con un solo puñetazo, tanto el obeso como el mayor de ellos, cayeron al suelo de un sopetón. Seguramente, una fuerza sobresalida también, de alguna inyección o suero suministrado en los bajos mundos. Y no...no era para nada un gordo, horrible y a mal traer. Por el contrario, vestía adecuado.
—¡Se lo tienen bien ganado! —aulló un enano por ahí.
—Tch...inútiles —farfulló Leroy, acomodando su cabello con una gracia terrible— ¿Qué demonios creen que hacen? Les pedí que fueran por mi café, pero en vez de eso, se quedan jugueteando con un gato —los secuaces, reverenciaron en el suelo al jefe, rogando por ser perdonados. Explicaban la situación, a costa de lloriqueos bastante femeninos, pues querían entregarle al muchacho a como dé lugar y recibir una apreciación por su parte. Algo, que obviamente llamó la atención del azabache— ¿Mhn? ¿Quién e-...? —acalló de golpe. La sorpresa, resultaba ser mucho más grande de lo que creyó— O-Oe...estúpidos...¿Qué creen q-...?
—¡Jefe! ¡E-ese es...!
En cuestión de segundos, tanto los hombres que acompañaban a JJ, como el mismo líder, generaron una reverencia sutil. Yuri, ahora sí que estaba más confundido que nunca. Completamente extrañado, parpadeó casi pálido.
—¿Qué rayos? —Yuri resopló.
—Imbéciles...—reclamó Jean en un gruñido molesto, pateando una vez más a su sequito— ¡¿Que acaso no se dan cuenta, que están en presencia del príncipe Plisetsky?!
—¡¿Jah?! ¡¿Es el príncipe?! —la mayoría de los bandidos, se espantaron, dando un paso hacia atrás. Muy pocas personas tenían el honor de verle en pie, sobre todo porque las únicas veces que Yuri había sido visto en público, fue a través de un holograma falso. Ilusión que siempre lo mostró en pie, sano y salvo y no en un cama a punto de morir.
—¡Los voy a matar, idiotas! —vociferó con ira, apuntando directo a sus cabezas.
—¡Por favor jefe! ¡No nos mate! —chilló el gordo— ¡Piénselo! ¡Si es el príncipe, la recompensa será mayor! ¡Usted es el mejor caza recompensas de toda la galaxia! ¡No lo niegue!
El foco, se le encendió. No era mala idea después de todo, pues tener a un integrante de la familia real daría el dinero suficiente como para retirarse. Los planes de JJ eran exacerbados en megalomanía. Abrir un gran centro de spa, con discoteca, juegos de azar y mujerzuelas —que— Los casinos por esos tiempos daban un retiro hermoso y paradisiaco para él. Fue entonces, cuando una sonrisa maquiavélica se dibujó en su rostro. Una dentadura perfectamente blanca y llena de ideas.
—Jm...bueno —acotó Leroy, retirando la pistola. Gesticulando una mueca ridícula, agregó— Pensándolo bien, no estaría nada de mal tenerle. Cada pelo de este muchacho, es oro. ¡Literalmente, dorado! —ahora, apuntando al menor. Rió— ¡Príncipe! ¡Vendrás con JJ! —observó a sus hombres— ¡¿Que están esperando, basuras sidosas?! ¡Atrapen a la señorita!
—¡Que no soy ningún príncipe! —negó.
Entre disparos y gritos, Yuri zafó por las paredes del callejón. Una vez más, demostrando habilidades asombrosas al momento de huir. Guiado por su olfato; cual GPS natural, se escabulló en dirección a Heka. No importaba que tan lejos se encontraba, regresaría al laboratorio. A casa.
Más aun, su mente divagaba; entre el correteo de los piratas y la sensación confusa de haber sido confundido por otro. ¿Príncipe? Las imágenes difusas de recuerdos que no eran de él, atormentaron el escape. De vez en cuando, desorbitándole de su rumbo; perdiendo la capucha que le cubría de los ojos ajenos, en un fierro mal colocado. En un descuido indómito, cayó de bruces a una calle transitada. Esta vez, expuesto en su totalidad al público.
La muchedumbre, entró en shock. Pues el príncipe Plisetsky, estaba ahí. Tirado en la calle y a mal traer, sucio y temeroso. Los murmullos incautos se esparcieron como un virus por el aire. Frases como: "Es el príncipe Plisetsky. ¡Cuidado, no lo toquen o lo contaminan! No puedo creerlo...¿Qué hace aquí? Saturaron los pobres oídos del menor. Todo el mundo nombrando al tal "Principe" y el, ni enterado. ¿Es que acaso estaban todos locos?
—Mi señor —llamó una mujer, ofreciéndole su mano— ¿Puedo ayudarle?
—Príncipe ¿Se encuentra bien? —aludió otro muchacho.
—Ya basta...
—Príncipe Yuri.
—Excelencia.
—¡Ya basta...! Por favor...
—Majestad.
—Príncipe Plisetsky.
—¡YA BASTA! ¡CALLENSE! —aulló adolorido. Los ojos, cristalizados. De un salto, apartó a todo el tumulto de personas, metiches y estúpidas a su parecer. Huyó, sin rumbo fijo, siendo atropellado por un vehículo de mano. El artefacto, voló por los cielos, siendo lanzado con la fuerza de diez mil hombres. Los espectadores, no tardaron entrar en pánico— ¡Yo no soy ningún príncipe! ¡Yo no soy ningún príncipe! ¡SOY YURI! ¡YURI PLISETSKY!
Con tanto ajetreo, era natural que los guardias imperiales fueran alertados del show. Estupefactos, corrieron en su ayuda, siendo el propio Otabek quien corroboraba la información.
—Increíble...
Se abalanzó entre la multitud, con el horror impregnado en su rostro. ¿Era tan aterrador, estar vivo? El no lo comprendía. Y los guardias imperiales tampoco, quienes solo concebían su presencia como algún poder divino o algo así. La contienda era implacable, generando disturbios en la muchedumbre; los cuales poco y nada entendía. A decir verdad, nadie lo hacía. Al menos no, al momento de verse estampado por un paredón, con alguna propaganda alusiva a la familia real. Estaba ahí, detrás de sí. Un holograma digital, con luces de neón y logotipos virtuales. El príncipe, de quien media galaxia conocía a rostro, pero nunca se había visto en público. Hoy, estaba entre las calles del distrito de
Etamin.
El bullicio se acentuaba cada vez mas entre los espectadores de esta increíble cacería. Acorralado por los guardias; mostraba sus dientes como si su aspecto humano, no contraponiese sus habilidades animalescas. Rezongó, hastiado con las miradas. Odia que lo observen, como si fuese un espectro mal hecho. Fue entonces, cuando un hombre de apariencia tosca y serena, indumentado con armamento militar de alto calibre, reapareció de entre los guardias. A simple vista, un capitán con rango superior. Parecía conocerle a la perfección, pues no tardó en esbozar una sonrisa afable de manera ladina. Pronto, una reverencia sutil se acentuó en su presentación, catalogando el hecho como finalizado.
—¡Se acabó la fiesta! —aulló alto y seco— ¡Regresen a sus casas! ¡El príncipe está a salvo ahora!
—¡QUE NO SOY EL PRINCIPE! —rugió. El semblante calmado y pacifico del capitán, se incineró junto con los ánimos del público. El silencio fue infalible. La mirada afilada entre ambos, determinó con obviedad, que claramente no se daría por vencido tan fácilmente. No venia escapando de dos o tres cuadras. Era de hace ya, bastantes horas. Una mujer endeble y anciana, brotó de la masa, trayendo consigo un obsequio. Su presencia era sublime para el pueblo. Su estampa, fina y dura. El contacto le aterra. Golpea el objeto, lanzándolo a metros de él— ¡ALEJATE DE MI! ¡NO ME TOQUES! —su actitud violenta, colma toda paciencia.
—Yuri...—le llamó; suspiró rendido. No hay manera de que recapacite. El arma que pesa sobre sus manos, está cargada. Lista para ser usada— Esto me va a doler mas a mí que a ti —indica, presionando el gatillo.
Una red de descarga eléctrica, choca de lleno contra su menudo cuerpo. El rubio, cae al suelo, completamente reducido a nada. Le han inmovilizado, sin causarle daño alguno. A pesar de que lucha contra todo pronóstico negativo, es arrastrado como un saco de grano por el propio líder del escuadrón. La revuelta, es disuelta.
Tras este incidente, el menor es llevado a un centro de aislamiento, en una de las torres más altas de la ciudad. Su libertad, tiene un precio ahora. Hora de los limites.
[...]
La brillante luz, da de lleno sobre sus ojos. Entrecierra los parpados, molesto por el cambio repentino. Está amarrado a una silla, con las manos hacia atrás. Un campo magnético, sujeta sus muñecas. Cual pirata, o bandido será tratado. La compuerta principal se abre, dejando entrar a un hombre de edad avanzada, carente de cabello. Se quita el caso, mostrando las insignias de su institución. Suspira, negando con la cabeza. Toma asiento en frente de el. No está conforme con lo sucedido.
—Justo a tiempo, Yakov —sonríe el albino con ironía, pues su retraso le ha costado caro.
—¿Por qué, Vitya? —incursiona en su mirada, buscando respuestas— ¿Por qué lo hiciste?
—¿Que quieres que te diga? El príncipe se moría.
—¡¿Y a mí que me importa el príncipe?! —vociferó con impotencia, apuntando a la cámara— ¡La familia real solo es una molestia! ¡Que les den!
—Yakov...—suspiró rendido— No deberías mezclar tus problemas políticos con la ciencia.
—No. Yo te diré que es lo que no debes mezclar —golpeó la mesa, generando autoridad sobre su voz— Tu estúpido ego, con ese cerebrito que tienes. Los dioses te dotaron de crear magia con tus dedos ¡Y mira donde has acabado! ¡¿Por qué nunca escuchas mis consejos?! ¡Siempre haces lo que quieres!
—Siempre hago lo que quiero —sonrió con ironía. El mayor, suspiró. Hablar con Viktor, era como hablarle a una pared. Demasiada inteligencia para tan poco compromiso consigo mismo.
—Estas acabado —murmuró, deslizándole un documento por el escritorio— Es tu salida. Te van a enjuiciar pasado mañana. Si te encuentran culpable, pasaras el resto de tu vida confinado a una de las lunas de Duhr.
—Que sea lo que los dioses quieran —determinó, sin ningún ápice de esperanza.
La compuerta fue abierta de nuevo y era ahora Otabek, quien ingresaba. Yakov, se retiró a regañadientes, siendo una mirada filosa la ultima de ambos militares.
—¡Otabek! Que alegría verte por aquí —bufó el albino, sonriente como él solo.
—Se acabó, Viktor. Tu jueguito de clonador —declaró Altin— ¿Creíste que nunca nos daríamos cuenta?
—¿Ha decir verdad? Si —volvió a reír— No me lo esperaba de ti. Siempre he pensado, que los que entran a la milicia, les falta cierta materia gris en el cerebro.
—¿Te crees muy gracioso, verdad? —refutó, juntando el entrecejo con irritación— Me tienes hasta la mierda con tus estupideces. Pasado mañana, te largaras de mi vista. Y nadie en Kentaurus, se acordará de ti.
—Quiero ver al príncipe.
—¿Al príncipe? —redundó burlesco— ¿Te estás escuchando? —los ánimos, culminaron con un capitán furioso— ¡El príncipe es la última persona a la que veras, infeliz!
—Otabek. Vamos —esclareció seguro, Nikiforov— No me desilusiones mas. Tengo armistia para pedir hablar con el príncipe. Tengo derechos.
—Tienes derecho a irte a la mierda, Nikiforov —determinó, encaminándose hacia la salida— No saldrás de aquí, a menos que el emperador lo solicite. Mientras tanto, medita un poco sobre el pecado que acabas de cometer —bufó, retirándose de la habitación.
—Capitán —informaba uno de sus subordinados— Hemos capturado a la chica. Pero aun no hay rastros de Giacometti.
—Tsk...esa basura...
[...]
Palacio real.
—¡Pri-principe! ¡No puede moverse! ¡Aun está muy débil! —uno de sus súbditos, intentaba detenerle.
—Tengo...—exhaló Yuri a duras penas, levantándose de la cama— Tengo que ver a Viktor. Necesito hablar con él.
—¡P-pero-...!
—No es menester que se levante en esas condiciones, Majestad —aludió Otabek Altin, capitán del ejército imperial— Viktor no podrá recibirle. En estos momentos, está en manos de la justicia.
—¿De qué hablas? Yo soy la justicia aquí —protestó hastiado Plisetsky. Ahora, más estable, procedió a montarse en su silla— Llévame a ver a Viktor.
—No será posible. El emperador a ordenado-...
—¡Es una orden, capitán! —aulló con furia en respuesta.
—¡Yuratchka! —demandó el emperador, reingresando a la habitación. Los subditos, se inclinaron ante él. Solo alguien como Nikolai, tenía las facultades y las habilidades necesarias para detenerle u ordenarle. Por sobre su jurisdicción, estaba su abuelo Y eso, era ley— Hay algo muy importante que debo decirte...
Sus orbes, se fueron a blanco. Tenía que ser una puta broma. ¿Viktor...en verdad había hecho eso? Le costaba trabajo asumirlo. No. Simplemente, no podía. No lo creía. ¿Y con qué objetivo...?
—Viktor venia planeando un golpe de estado de hacía meses —explicó el anciano— pero con la ayuda del capitán Altin, logramos su captura a tiempo.
—Encontramos al clon, en los suburbios de Etamín. Afortunadamente, está en buenas manos —aclaró Otabek— Iba a usar a su copia, para convencerle de firmar una abdicación y así, sacarle del poder. Finalmente, usted sería asesinado y reemplazado por esta copia barata.
—...
—Aun no hemos encontrado a los demás insurgentes —reanudó el militar, más seguro que antes— Sin embargo, ya desplegué a mis hombres para rastrearles. Solo falta para que caiga uno...
¿De qué forma debía reaccionar? Creyó conocer a Viktor, como a su propia piel. Incluso, habían compartido una conexión por flujo. No. No una. Si no, infinidad de veces. Si realmente hubiese sido tan pútrido, con tantos pensamientos vengativos y maquiavélicos... aquella vez que...
—Pude sentí...que tenia alma...
—¿Majestad? —llamó Otabek, tras notar su expresión derrotada y absorta. No estaba ahí. Metido en sus pensamientos mas íntimos, correspondió su mirada con intensa melancolía. En cualquier momento, rompería a llorar— ¿Se encuentra bien?
—Quiero verlo —demandó— Quiero ver, al otro Yuri.
Tenía que comprobarlo con sus propios ojos. La creación, "monstruosa" de la cual, era alimento en boca de todos; por el palacio. Con Viktor en pleno juicio, le sería imposible oponerse a tomar contacto con él.
Incluso si Otabek se rehusaba, Plisetsky manejaba los argumentos necesarios para neutralizar al capitán. Él era el príncipe. ¿Se le puede denegar algo, si quiera? Y si había aceptado su compañía a regañadientes —a petición de su abuelo— solo seria hasta la entrada de la puerta. El centro de aislamiento era reducido. Solo los guardias más capacitados rondaban el lugar. El hecho de que volviese a escaparse, era inaceptable. Un escándalo como ese, no sería olvidado tan fácilmente. Y si el verdadero Yuri era benevolente, quizás, omitiría tomar represalias por quienes intentaron abusar de su "copia" —JJ y compañía— Seguía siendo él, para quienes desconocían la verdad tras bambalinas. La silla en la cual, el regente solía trasladarse, se detuvo a las afueras de la habitación. La levitación magnética no era necesaria en esos momentos. Altin, continuaba reacio a la idea de que fuese solo. Consideraba que el "recluso" era demasiado violento para él. Con ese frágil cuerpo, no le seria trabajo alguno destrozarlo. Mas no fue permitido, siendo nuevamente denegada su ayuda.
—Esta bien, Otabek. Puedes retirarte.
—Lo siento mucho, majestad. Pero su abuelo desea que me quede —reprochó—. Le estaré esperando aquí afuera.
De mala gana, tuvo que aceptar. No sin antes, brindarle una mirada fulminante. Otabek, se encogió de hombros, sin mostrar desprecio. De alguna manera, estaba acostumbrado a ese mal genio suyo.
La compuerta se abrió de par en par, permitiendo su entrada con paulatina curiosidad. La habitación se asemejaba mas a un centro de juegos infantil. Una cama sin hacer, repleta de dulces, botellas y paquetes destrozados. El gran ventanal, mostrando hologramas de paisajes de todos los rincones de la galaxia. Constelaciones completas en el techo, girando y danzando de un lugar a otro, entregando un ambiente oscuro y poco amistoso. Un escritorio, lleno de dibujos mal hechos, pero con formulas químicas y físicas imposibles de resolver; resueltas por él. Todo se veía tranquilo en el lugar. A excepción de un pequeño detalle. No había nadie ahí. ¿Se habría escapado, acaso? Llegó a pensar, cuando una presencia enigmática se apoderó de su espalda. Yuri, sonrió; dejando que la necesidad de voltearse desapareciera al no sentirse intimidado.
—¿No tienes miedo? —habló el clon en su oído.
—¿Debería temerme? —respondió el regente con obviedad, haciendo alusión a que ambos, eran la misma persona. No había por qué, no ser civilizado—. Déjame verte.
Tardó un resto en reaccionar a su petición. No era precisamente el príncipe, quien temía. Sino su gemelo. Lo dudó por unos segundos, antes de asomarse a la luz. Impresionado por la perfección en la que se reencontró con él, rió de manera jovial. Eran idénticos al menos de forma física. Como dos gotas de agua. Si bien, solía observarse en el espejo, no fue la misma sensación que le abrumó en esos momentos. Ese Yuri, estaba de pie. Sano y sin dificultades, ni si quiera para respirar. Sus ojos, eran de un verde un poco más llamativo que el original, como si un fuego interior se acrecentara en aquel encuentro. Ansiedad. Inquietud. Miedo. Disgusto. Y por sobre todas las cosas, soledad. Sentimientos que muy pocos seres de Kentaurus experimentaban. ¿Realmente era una creación de Viktor?
—Es increíble —acotó, anonadado con su presencia— Eres...
—Horrible.
—Hermoso. Iba a decir, hermoso —murmuró Plisetsky, denotando una risa semi sarcástica; pues se estaba halagando así mismo. Seguro de su conducta, acercó su diestra a su rostro, esperando una respuesta negativa por su parte. No la vio. Se dejó tocar, percibiendo una calidez única emanar de su tersa piel. Suave y joven— Como un bebé.
—Tengo doscientos años —explicó el Yuri contrario— ¿Tu qué edad tienes?
—Dos mil —explicó, esta vez, dejándose llevar por la textura de su rubio cabello. El clon, continuaba reticente a su tacto, mas no le alejaba de forma violenta como de costumbre. De alguna manera, estaba maravillado también— No temas. Puedes tocarme también —redundó, bajando un poco mas su mano. Sus dedos, se escabulleron sin vergüenza alguna al borde de su pantalón. La curiosidad por conocer mas allá de aquel "hermano" le mataba. Y lo hubiese hecho, de no ser porque la conversación se vio afectada de forma abrupta. Rápidamente, Plisetsky se alejó, adoptando una posición defensiva— ¿Te he asustado? Lo siento. Necesitaba saber, que tan iguales somos —rascó su mejilla— Claramente, estas mejorado de todos lados...
—Tu y yo, no somos iguales —refutó molesto. Su entreceja, se unió a una sola expresión. Fastidio. Estaba más que harto de que le compararan con su alteza. No. Más bien...se sentía engañado. Le fulminó con la mirada, representando todo el dolor que un ser puede expresar. Como un perrito bajo la lluvia, corrió hasta su cama y se cubrió por completo con las colchas. Desde ese ángulo, le observó, como quien comprueba que no hayan enemigos cerca. Entonces, gruñó bajo— No quiero morir.
El regente, sonrió con sátira, deslizándose hacia el escritorio vecino.
—Te equivocas —acotó, ahogando la voz derrotada— Tu y yo, tenemos más cosas en común de lo que crees —examinó sus dibujos con maestría. La manera en la que su capacidad cerebral superaba a cualquier otro. Era un maldito genio y el consorte lo sabía. Sin embargo...— Yo tampoco quiero morir.
—El es malo —dijo el rubio contrario, dejando recelo en sus palabras— El es cruel. No es justo...
Justo. Cruel. Malo. Indebido. Experimento. ¿Que son esas palabras? ¿Qué significado debes darles, si hay un ser vivo que sufre por ellas? Yuri Plisetsky, está furioso. Empuñó sus manos con impotencia, desplazándose a la salida. No había nada más que hablar al respecto. Todo estaba claro. Visible ante él. El culpable, era uno solo.
—No te preocupes, Yuri —determinó el mayor, por sobre el hombro— Yo me encargaré de esto, personalmente —sentenció, retirándose de la habitación.
[...]
Había mucho que meditar esa noche. Con Viktor detenido, Mila en interrogatorio y su propio gemelo, aterrado en una habitación, no poseía mucho por aclarar. El encuentro con su "hermano" había dejado un sabor amargo en su percepción. Tenía que haber algo más. No era posible que todo fuera cierto. ¿Y si Viktor, realmente deseaba el poder? ¿Hubiese sacrificado la vida por la cual, prácticamente volcaba su carrera como científico? Décadas de estudios y éxito...¿Por esto? Golpeó el panel de aquel balcón con impotencia. Pidió a los cielos, que tan solo una luz de esperanza le despejara el camino manchado de traición y dudas que ahora, recorría. Todo estaba en sus manos ahora. Su palabra, seria la condena de otros. La única forma de salvar a Yuri, era...
Uno de los guardias, llamó a la puerta.
—No estoy de humor ahora —sentenció desde adentro. El joven guardia, solicitaba su presencia para un encuentro furtivo en la habitación. Alguien, demandaba hablar con él. Tapado en desasosiego, Plisetsky accedió a la indiscreción. Una joven rubia, intensamente atractiva ingresaba por la puerta principal, desentrañando su rostro tras una capucha negra. Alguien, para nada conocido— ¿Quién eres?
Tras un reinicio de simulación artificial, la fémina, se desintegró. Hábil e ingenioso, tenía que admitirlo.
—Majestad —se inclinó— Antes de delatarme, pido por favor que me escuche.
—Christophe Giacometti —anunció en una sonrisa sutil— De todas las personas de esta galaxia, tú eras el que menos me esperaba aquí —frunció el ceño— Si has venido para que salve la vida de tu amigo, pierdes el tiempo. No estoy para mas mentiras.
—Con todo respeto, excelencia —determinó el mayor— He venido a solicitar que salve la suya.
—¿Qué?
—Es una larga historia —suspiró Chris.
—Tiempo es lo que menos tengo —aclaró Yuri, mas no se rehusaría a escuchar la historia, si se trataba de su propia existencia— Adelante, se breve...
[...]
La policía, ha tomado detenida a la banda de Jean Jacques Leroy, a petición explicita del príncipe. Tanto los integrantes como el cabecilla, van directo a la cárcel.
—¡E-esperen! ¡JJ no puede ir preso! —se resistió, sacudiéndose entre las manos de los militares— ¡Tengo planes aun! ¡JJ tiene a sus fans ahí afuera y no pueden perder su estilo! —chilló
—¡Cierra la boca, chico bonito! Te esperan más fans en el interior del penitenciario —bufó un guardia.
—¡Oh si! —refunfuñó uno de los policías— Dicen que la comida de la estación de Kahr es muy bonita. Linda vista al mejor agujero negro de la galaxia.
—¡¿Qué?! ¡¿Agujero negro?! —se espantó, con el corazón ya en la garganta— ¡Y-yo hare lo que quieran! ¡Lo que me pidan! ¡¿Quieren flujo?! ¡Les daré todo el flujo del mundo y gratis! ¡No me metan ahí, por favor! ¡Pido armistia con el príncipe! ¡Hare lo que sea!
—¿Harías lo que sea? —interrumpió, Yuri Plisetsky; acompañado de Christophe Giacometti.
—¡Pr-príncipe! —los ojitos del azabache, se iluminaron como una nenita— ¡Le juro que no sabía que era usted! Tengo un ojo malo ¿Ve? Esta medio virol-...
—No has respondido mi pregunta.
—¿Yo? ¡Yo daría mi vida por usted! —juró, sin ningún atisbo de cobardía. No le importaba quedar en ridículo frente a sus hombres, con tal de salvar su pellejo— ¡Pídame lo que desee!
—Quiero vacaciones —exhibió— ¿Cual es el planeta más lejano que conoces?
—¿Eh...?
Tribunal galáctico. 4:532 horario lunar.
Viktor Nikiforov y Mila Babicheva, eran trasladados cual fugitivos por los pasillos del tribunal. Amarrados con cintas eléctricas, tanto de pies como de manos, no había forma de escaparse. Con el mas mínimo movimiento en falso, recibirían un shock automatizado paralizante. La suerte estaba echada. Del otro lado del corredor, Yuri Plisetsky, era la nueva atracción de los asistentes. Amarrado a una red, cual león salvaje, llevaba consigo un collar de las mismas características. Era tan solo un show de circo. Las nuevas atracciones, como carne fresca, serian comida para el espectáculo. Los ojos inquisidores de los que serian sus enjuiciadores.
—¡Yuri! —llamó el ojiazul, esperando ver una reacción por su contrario. Solo recibió, una mirada llena de desprecio por su parte. Plisetsky, estaba sentido con él. Los tres individuos, fueron dispuestos sobre un podio flotante, cada uno separado de igual manera. Los jueces, ya tenían el veredicto listo. El mayor de todos, tomó la palabra.
—Viktor Nikiforov —un anciano de prominente barba, se asoma a través del podio. Los asistentes, están impactados con el juicio. Los cargos, son difíciles de creer. Más aún, tras haber cometido pecado al clonar a un líder imperial— Oirás tu sentencia dentro de este juicio, en donde se decidirá tu futuro...y el de esta..."Criatura"
—¡Soy Yuri Plisetsky! —chilló el rubio. Medio salón, bufó con burla— ¡Ghn! ¡Soy Yuri! ¡¿De qué se ríen, basuras?! —mostró los dientes con furia— ¡Soy Yuri!
—¿Qué es eso? ¿Es un perro?
—Parece más bien un animal rabioso
Las voces indolentes, coparon el estrado con parodias y burlas. Las feromonas de Yuri, volaban por los cielos. Completamente rabioso, intentaba zafarse de las amarras, dando amenazas de muerte a quien se burlaba de él. Algo, que sencillamente exorbitaba al juez; pidiendo calma en la sala. En más de una ocasión, fue inyectado con un químico especial, paralizante. Dopado, mas dormido que despierto, el tribunal abría sesión para determinar el destino de todos. La sentencia, fue sepulcral.
—Yuri Plisetsky. Tu existencia en este universo es un error. No pueden existir dos seres iguales, bajo ningún punto universal. Tu sentencia, será la muerte por suero —sentenció— Viktor Nikiforov, serás removido de tu cargo y exiliado, a las lunas de Kentaurus. Pasaras el resto de tus días, ayudando a los pobres en los campos de sabia. Y en cuanto a ti, Mila Babicheva. Entregaras tu documentación. Quedas fuera del circulo científico. Entre tanto, Christophe Giacometti aun no ha sido hallado, pero su futuro no es muy distinto a los suyos. Será integrado en el ejercito militar y continuará su carrera como soldado, hasta que culminen sus servicios con el imperio. Se levanta la sesión.
Tu sentencia...será la muerte.
Los ojos en blanco del rubio, desintegraron toda luz de esperanza. Si bien, no conocía la palabra "muerte" en general, estaba al tanto a bondad, del miedo que cualquier criatura por instinto percibía al verse en peligro de perecer. Condenado a morir, por el único propósito por el cual había sido creado.
Los tres individuos, fueron puestos bajo supervisión militar. Cada uno, sobre una misma celda, pero dividida por barras de plasma, imposibles de romper. Un castigo sin duda, brutal. Ya que ahora no solo estaba en juego sus vidas, sino que también, la confianza. Opacado, en un rincón luctuoso, se encontraba el ojiverde. La mirada perdida en un punto fijo de la nada, establecía su estado anímico. Nada...no sentía, absolutamente nada. Mila, suspiró, rompiendo el hielo del ambiente.
—En fin...de todas formas, pensaba tomarme unas vacaciones bastante largas —rió. Su broma, no fue bien aclamada por ninguno de los dos jóvenes. El albino, yacía abrazado a sus piernas cual niño pequeño. Aun no lograba procesar del todo la información. Y es que Plisetsky, se había enterado de la verdad de su creación.
—¿Cuando pretendías decirme la verdad? —una voz apagada y rendida, por parte del menor; consultaba con el ojiazul. Sus pequeños orbes, húmedos— Que soy un error de la naturaleza.
—No eres un error, Yuri —musitó la pelirroja, gateando hasta sus barrotes— Tu concepción fue...
—¡Ya no mientan por favor! —aulló adolorido, hipando entre lagrimas—...ya no mas mentiras...solo quiero la verdad...
Mutis. Viktor, alzó la vista al techo, afirmando la nuca contra la pared. Exhaló tranquilo, sin ninguna pizca de padecimiento. La verdad, era cruda.
—"Un error, es la diferencia entre el valor real o exacto de una magnitud y que el resultado del cálculo hecho por la persona o maquina, no sea acertado" —citó. Yuri, parpadeó aturdido, siendo su atención captada con anarquía— Por lo tanto, no eres un error. Los parámetros eran los correctos, los cálculos, eran perfectos. No habían márgenes de errores. No hubo equivocaciones, ni intervenciones. Sin alteraciones. Tu...—determinó sin más— Tu eres...mi mayor orgullo y creación, Yuri Plisetsky —un sonrojo notorio, único, sobejó las mejillas del rubio. Acabó desviando la mirada.
—Eres un egocéntrico...—balbuceó Yuri.
—Ya no importa lo que soy —anunció Nikiforov, suspirando rendido— De todas formas, nos vamos a ir a la mierda —bufó con sarcasmo.
—Espero te pudras en el infierno —farfulló, chasqueando la lengua.
—Ojala existiera tal lugar —rió.
La celda fue abierta. Otabek Altin, en persona. El clon, no tardó en gruñir con su presencia. Lo despreciaba como a nadie, pues sería el su nuevo verdugo ahora. Los soldados, se endurecieron gesticulando un saludo formal.
—Vengo por el prisionero.
—¿Qué? ¿Ahora? —refutó Babicheva— La sentencia se determinó para mañana a las seis.
—Tengo ordenes del emperador. Se ha adelantado.
—¡Hey! ¡Eso es injusto! —refutó nuevamente— ¡No pueden decidir arbitrariamente!
—Solo el emperador, puede determinar que es justo y que no lo es —aclaró con voz febril— Me encargaré personalmente de su ejecución. No se preocupen, no dolerá —sonrió— ¡Guardias!
A pesar de las insistentes pataletas del ojiverde, tuvieron que amarrarle tanto de brazos como de cuerpo entero para poder transportarle. Suministrándole un sedante potente, casi para dormir a un animal gigante. Similar a un costal de papas, fue arrastrado por los pasillos, a manos del propio Altin. Sería la última vez, en ver la luz del día.
[...]
Palacio Real. 8:142 horario lunar.
El capitán, es llamado a la habitación real del prócer. Sus aires de superioridad, desbordan a cualquiera que pueda pisarle los talones. Para alguien de su rango, con los objetivos claros, es imposible que le hagan cambiar de parecer. Pero...
—Majestad —reverenció el azabache— Me informaron que desea hablar conmigo.
—Si...—Yuri, se deslizó hacia su cama— Me alegra que hayas venido. Es con respecto al caso de Viktor y el clon —Altin, gesticuló una mueca irónica.
—Con todo respeto, excelencia. Si me ha llamado para intervenir por ellos...le informo que-...
—Al contrario —murmuró bajito, removiendo sutilmente la prenda de vestir que recubria su cuerpo. Al desnudo, sus hombros anémicos y jóvenes. Una mirada sensual, cautivando la contraria— Quiero felicitarte por tu buenos servicios con la corona...—fulminó— Si sabes a lo que me refiero...
—...—un rubor furioso, se apoderó de los pómulos del pelinegro. Le costaba trabajo creer lo que estaba aconteciendo. ¿Era un sueño? Que lo despertaran si era verdad. Tragó saliva, más nervioso que tranquilo— ¿Señor...?
—Tranquiliza tus latidos —acotó, frunciendo el ceño— Esto...lo hago por el bien de ambos...—agregó, apegando con vergüenza su cuerpo al suyo. Esperaba que le tomara o algo así, ya que no podía caminar. Pero este, parecía mas bien de piedra. Carraspeó, indicando su molestia ante la demora— Otabek...no puedo...ya sabes...
—Príncipe...—jadeó, despabilando— Voy...a...
[...]
—Qué asco —bufó Christophe— Tres exaltaciones —orgasmos— en menos de diez minutos. Este tipo es un puro —virgen.
Falso. La simulación, a través de conexión por flujo, se llevaba a cabo en la habitación del propio oficial. Sedado con un suero sumamente poderoso, había sido engañado de la manera más absurda posible. Conectado por sonda nerviosa, al brazo de Yuri Plisetsky. Ambos, cada uno en una silla.
—Tsk...a lo que he tenido que llegar —protestó el ojiverde— ¿Todo ha salido bien?
—El plan fue un éxito. Ni si quiera las cámaras notarán que en realidad, era yo quien sacó a Yuri de la cárcel—afirmó Giacometti— En estos momentos...debe de estar saliendo del planeta.
[...]
La lanzadera principal del muelle, dividía sus puertas con majestuosidad. Los transeúntes, solían admirar con asombro el cómo las naves mas magnánimas; despegaban a lugares desconocidos. Una voz femenina anunciaba por alto parlante, el arranque del transbordador espacial, con destino a la galaxia vecina. Un poco más allá, siendo ignorado por la muchedumbre y los propios jefes de aduana, una embarcación mucho más pequeña despegaba a celadas de todos. Jean Jacques Leroy y su tropa de vándalos.
—Discúlpeme jefe —entorpece un muchacho de no muy avanzada edad— ¿Pero...está seguro de esto?
—Tch...¿Qué malditas opciones tenia...?
Flashback.
—Jean Jacques Leroy —exigió Plisetsky, dando aires de ceremonia a la escena. Un acto solemne, completamente irregular— A partir de hoy, dejaras de ser un sucio pirata espacial. Te nombro Corsario de la corona.
Una insignia digital, se dibuja en la parte superior derecha de en su nuevo traje. Ahora, legal y amparado por la propia realeza. Este se inclina en respuesta, besando la prenda que viste el regente a modo de obediencia y sumisión.
—Y como primera misión, te ordeno que me lleves a la galaxia de Andromeda. Me escoltaras, sacrificando tu vida en el proceso de ser necesario. ¿Juras protegerme?
—Lo juro...
En realidad, no era de su costumbre hacer pactos así. Pero entre ir a la cárcel y quedar libre...
Fin Flashback.
—Demonios...al menos el traje me sienta bien —suspiró— ¡Vamos idiotas! ¡¿Por que demoran tanto?! ¡Suban la capsula del príncipe! —aulló el ahora, almirante.
Un "Yuri" completamente suspendido en el interior de un catafalco fastuoso y elegante; es transportado en criogenia hasta la proa de la nave. Las compuertas se cierran. El despegue, se inicia. El plan hasta el momento había sido todo un éxito rotundo. Sin un prisionero al cual sacrificar, el juicio se suspendería al menos por un tiempo indefinido. Las coordenadas fueron dadas en la base de datos del navegador. Irían hasta la galaxia más solitaria; de la cual aguardaba uno de los amigos de la familia real. Solo en ese lugar, el rubio podría vivir en paz y sin preocupaciones. Estaría en buenas manos.
Con el ascenso finalizado, se enrumbaron sin más preámbulos al destino principal. Pero...estamos hablando de JJ y su tripulación. ¿Realmente pensaron que podría ser tan fácil? Transcurridos los minutos de vuelo, los problemas no tardaron en suscitarse en la cabina cardinal.
—No podemos tomar esta ruta —indicó uno de sus hombres, advirtiendo del peligro inminente— Es zona de desembarque militar.
—Tenemos ordenes especificas de llegar a destino antes de las diez, cardinales —expuso Leroy, abrumado con la noticia. Conocía esas rutas a la perfección, casi como la palma de su mano. Se arriesgaban a ser previstos de piratas de su misma índole. Aun así, no estaría dispuesto a perder su única oportunidad de retirarse. La recompensa era inimaginable si la misión tenia éxito. Los números sobre la pantalla no mentían— Bien. Nos desviaremos por la tangente del cuadrante Menphis...
Prisión de Kentaurus. A esa misma hora...
—¡Su majestad, el príncipe Yuri!
Es anunciado como corresponde por los escoltas. Los barrotes son abiertos, permitiendo el deslizamiento del regente en el interior de la celda. No es el lugar más adecuado para la charla, pero el tiempo lo amerita. Instintivamente, Viktor y Mila se levantan. Reverencian con sutileza. Su presencia aquí, es incierta. Más aun, la mirada cruda por parte del menor, acalla los sentidos más débiles del albino. Sonríe en respuesta. El...conoce ya la verdad.
—No pensé que llegaríamos a esto —masculló, echándole una ojeada rápida al lugar— "Viktor el pecador" —citó con sarcasmo.
—¿Que puedo decirle, excelencia? —se encogió de hombros, rendido ante la sonrisa jovial que le expresaba— Me profesé abrumado con sus encantos.
—Te me hacías mucho más atractivo, cuando no me ocultabas nada.
—Me extraña que me diga algo como eso —se mofó Viktor— Usted sabe que entre nosotros no hay secretos.
—Es curioso, el cómo alguien puede parecerse tanto a ti y aun así, ser distintos —examinó Plisetsky, frunciendo el ceño con disgusto— Te creí más listo. Pensé, que al menos tendrías la decencia y el honor que te precede tu nombre.
—Hay cosas —suspiró, sin desacreditar la misma sonrisa que traía de hace minutos— que simplemente no se pueden evitar, majestad. Usted es un príncipe y yo...un simple servidor.
—¿Es por eso que lo creaste, no? —farfulló— ¿No tenias suficiente ya?
La sonrisa de Nikiforov, se incineró con aquel comentario. El perfil, duro y frio.
—Nunca es suficiente para mí.
Una bofetada.
—Eres un monstruo —concretó el ojiverde, con aires de indiferencia. Viktor estaba delante de él y no parecía reaccionar ante la situación ¿Acaso estaba dispuesto a llevar a cabo la sentencia? No lo decía por el brillante "experimento" en sí. Sino mas bien...— Me mentiste. Me mentiste y para rematar, jugaste con fuego. Y te quemaste; de camino...incendiaste todo a tu paso.
—Mentir y omitir información, son dos cosas totalmente distintas, Yuri —dijo.
Otra cachetada.
—Ya cállate —demandó— Te prohíbo nombrarme de esa forma tan deliberada —el albino, reverenció con sumisión. Se lo tenía bien merecido, aunque su autocritica fuera nula. Su orgullo y prestigio como científico, para él, valían mucho más que una rabieta de críos. Si quería salir con vida de esa y limpiar sus antecedentes, tenía que acatar el veredicto del juicio. El clon, seria sacrificado y usado, para lo que fue creado; el bienestar del príncipe. Como un medio, para un fin. Tan solo un material necesario para asegurar el futuro del imperio ¿No era eso lo que su majestad deseaba?
—Creí que apreciaba su vida por sobre todas las cosas —murmuró el mayor, compenetrándose con la mirada ardida del rubio— ¿No está contento porque vivirá?
—No estoy de acuerdo, en sacrificar la vida de nadie para salvar la mía.
—Así es como se construyen los imperios, majestad ¿O es que aun no entiende el funcionamien-...?
—¡ME IMPORTA UNA MIERDA! —vociferó con ira.
Mila, dio un paso hacia atrás. Estaba impresionada por el nivel de vocabulario empleado. Mas bien, nadie lo había visto jamás fuera de sus cabales. El científico, acalló de golpe. Comenzaría a conocer la verdadera fuerza impetuosa de su ahora, verdugo. La conversación, no daba para más. Yuri, estaba dolido. Se sentía traicionado y a su vez, usado para fines desconocidos. Había depositado su confianza en el mayor y ¿Que había obtenido a cambio? Una clonación. Hubiese preferido mil veces la muerte, de ser necesario. Tardaría un buen tiempo en sanar la herida de su corazón. Mientras tanto, se dedicaría a seguir con lo que dictaba su mente. Le dio la espalda.
—Yur-...
—No hay nada más que hablar, Viktor —murmuró en seco, por sobre el hombro— Christophe ya me lo ha contado todo. Con lujo y detalle. El por qué y el cómo, de los hechos —manifestó— Otabek y mi abuelo, intentaron convencerme de que querías iniciar un golpe de estado al suplantarme. No...mas bien, fue Otabek, quien le convenció de esa idea tan estúpida.
—¿Qué demonios? —refutó Mila— Ese capitán... — Y yo supongo que usted no la ha creído ¿O sí? —Yuri negó con la cabeza.
—Sinceramente, yo ya no se qué creer —reveló— Pero...la única razón por la cual los he dejado con vida, es por sus años de servicio a la corona. Estoy agradecido por ellos y...no tengo nada más que decir al respecto.
La compuerta principal se agrietó para hacer abandono de la celda.
—¡Yuri! —bramó el ojiazul. Decidido a enunciarse, aunque le odiase aun más de lo que ya lo hacía. Tenía que expresarlo. El líder supremo, detuvo la silla — Estas equivocado. Yo no buscaba grandeza con esto. Yo quería... —la voz ahogada e impotente— Yo quería salvar tu vida. Mis intenciones, siempre fueron buenas. Independiente de todo lo que ha ocurrido...yo...te debo una disculpa. Y es por eso que me ves tan tranquilo. Como científico, siempre estuve al tanto de las consecuencias de mis actos. Las tenia claras. Y así, aun así, lo asumí todo. Porque estaba dispuesto a morir por ti, de ser necesario —y a eso, también se le sumaba Babicheva y Giacometti.
No...
No era Viktor Nikiforov quien hablaba en esos momentos; lleno de ferviente pasión y deseo. Era solo, un lacayo fiel y leal al imperio. Sin sentimientos de por medio o malos entendidos. El realmente era, un buen súbdito. Plisetsky se tomó su tiempo para poder formular una respuesta coherente. Su error, había sido otro mucho mas espeluznante. El pretender comprenderle, cuando realmente no lo hacía. Por esos instantes, su corazón convulsivo le impedía mover los labios. Optó por sonreír ladino, obviando su comportamiento. ¿Cómo dudarlo por un segundo? Nunca llegarían a nada más que eso.
—No te preocupes —finalizó— Yuri, está en buenas manos ahora.
—¿Eh? —cruzó miradas con la bermeja, buscando la respuesta en su absorto.
—En estos momentos...va de camino a una galaxia muy...muy lejana. Y ahí nadie, podrá hacerle daño...
[...]
—Señor. Estamos a solo diez minutos de entrar a Andromeda —anunció una muchacha. La sonrisa de mejilla a mejilla de Jean no podía ser mas idiotizada. Era la primera vez que lograba algo decente en su vida. Algo por lo cual, sentirse orgulloso y con la conciencia en paz al menos. Y así hubiese sido...de no ser...por un mensaje inesperado en la pantalla receptora— ¡Jefe! ¡Nave a la vista!
En efecto. Una monstruosa nave nodriza, estacionada en la entrada de la galaxia. A juzgar por los símbolos plasmados en la cubierta, parecían ser más bien un control aduanero. Mierda...eso sería un problema. Pues nadie le había avisado, que tendrían compañía de un principio. El mensaje, fue retransmitido para toda la tripulación. Un hombre de apariencia tozuda pero firme, reapareció. Vestía uniforme estelar de alta gama y una mirada serena.
—Les habla el comandante Popovich, de la quinta horda del Kaiser Andromediano —habló— Nivélense.
—Carajos...es la ley... —dijo el azabache, tragando saliva con nerviosismo— Ok, ok. No vamos a perder la calma muchachos —se asomó a la cámara, con total infantilismo— ¡Buenas, señor Popovich! Le habla aquí, el almirante al mando; Marco. Somos nada mas...mercaderes jejeje.
—¿Mh? —el joven, frunció el ceño con discrepancia— Identifique la carga, almirante..."Marco"
—¿Eh? ¿Que...identifique la carga? —una gota se deslizó por su sien. ¿Por qué chucha se la ponían tan difícil? Observó a sus compañeros, buscando una respuesta rápida. Uno de ellos, comía galletas como enfermo— ¡Croquetas de perro!
¿Jah? Una chica, se tomó la cabeza. Otro, se dio por muerto. ¿No se le podía ocurrir algo mejor? Y por supuesto...que no se la creyó ni en peda. Se encogió de hombros, bastante inútil.
—Que.
—Prepárense para ser abordados, almirante —ordenó.
—¡¿No podías decirles la verdad al menos?! —chilló un gordo.
A la mierda todo. ¡No podían abordar! ¡Si llegaban a descubrir que todo era mentira y que en realidad, transportaban a un miembro de la realeza, verían sus papeles y seria su ruina! Toda la tripulación, entro en pánico. Cada quien, corría de un lugar a otro como infantes; buscando la forma más efectiva para ocultar al príncipe y además, zafar de esa. Algunos chillaban. Otros, solo se preparaban para atacar, sacando cucharas o vasos. Pues no traían armas..."se supone". En el instante en que JJ divisó la nave enemiga acercarse para abordar...
—¡STOP! —los detuvo a todos. Ya lo tenían hasta la madre y así, no podía pensar claramente— ¡¿Qué demonios les pasa?! ¡Somos piratas! ¡Y actuaremos como tal! ¡¿Acaso olvidan el JJ style?! —vociferó, dando luces de esperanza a sus compañeros; los cuales no tardaron en entrar en confianza. ¡Por supuesto! ¡EL JJ SYTLE! —... ¡HUYAMOS! —decretó, echando reversa a la nave— ¡HUYAMOS, LA CONC-...!
—¡Máxima velocidad para escape!
La transmisión, reapareció nuevamente.
—¡¿Que cree que hace, almirante?! —refutó Popovich.
—¡Me voy a la puta! ¡Eso hago! —chilló.
—¡Quedan bajo arresto!
No era mala idea echar marcha atrás. No obstante, tarde había sido la reacción del líder de la banda, pues no tardaron en chocar de bruces con otra nave aun mas grande que ellos. Los tenían acorralados. Bien. Ya estaba. Ni por delante ni por atrás podían escapar. Sus secuaces, llegaron a un consenso por votación unánime. A las armas... —que se supone, no traían—. El sensor de la compuerta principal fue hackeado y derretido por láser. A los pocos segundos, las fuerzas especiales del enemigo, se adentraron en una lluvia de balas de un lado a otro. JJ se vio así mismo completamente arrinconado. ¡Carajos! Y estaba tan cerca de llegar a Andrómeda. ¡¿Tenia que aparecer ese payaso?!
—Tch...lo que faltaba, me he quedado sin carga —JJ rezongó— Bardo...tenemos que proteger al príncipe a como dé lugar —su camarada, le indicaba el sector exacto en donde permanecía la capsula. Tendría que huir con él y perderse en medio del ajetreo. Sin importar si alguna bala le llevaba o no, se lanzó contra todo pronóstico hacia el pasillo principal. Del otro lado, permanecía la sala de almacenaje. Yuri...estaba ahí.
Y como siempre...el plan...
—¡Alto ahí, pirata! —bramó el capitán contrario, apuntando directamente a su cabeza— ¿Pensaste que no me daría cuenta de quienes eran realmente? —el azabache, frunció el ceño con hastió. El tipo era re molesto— ¿A dónde crees que vas?
—Tengo que ir al baño —se mofó.
—¿Que hay detrás de esa compuerta, eh? —examinó— ¡Vamos, dime que ocultas!
—¡JJ no le da explicaciones a nadie! ¡¿Me oyes?!
—¿J-J...? —parpadeó, íntegramente estupefacto al escuchar esas siglas. ¿Acaso era posible...que se conocieran de antaño? — Jean Jacques...Leroy... —JJ braceó una mueca de mierda. ¿Qué rayos? — JJ...tu... —su rostro, se deformó con un perfil espeluznante— Tu me...robaste a mi novia.
—¡¿Que demo-...?! —ok. Eso no lo vio venir. Comenzaba a esclarecer un poco las ideas— ¿Ge-Georgi...eres tú?
—Tu... —refutó, sintiendo la ira apoderarse de sus ojos. Furioso, irritado. Una expresión enfermiza se dibujó— ¡TU! ¡¿Cómo te atreviste a robarme a Anya?! —(?)
—Ah... —rió, de lo más tranquilo— ¡Va-vamos hombre! ¿Aun sigues resentido por eso? Entiende que yo no tuve nada que ver. Ella fue quien me buscó —se encogió de hombros, con sinceridad— Además, ni duramos mucho. Un par de noches y ya~ —aprovecharía su enojo para cegar sus puntos débiles. Había bajado la guardia. Tiempo suficiente para extraer una granada de humo desde el interior de su bolsillo derecho sin que lo notara.
—¿Que dices...? —Solo la utilizaste...animal...—sus puños temblaron con impotencia. Lo mataría. Si. Lo mataría ahí mismo. A la mierda el código— Te...voy a...sacar la chucha —[?]
—Jeje...en verdad, no lo creo amigote —sonrió confianzudo.
—¡MALDITO! ¡TE VOY A MATAR! —rugió— ¡AAHHH! ¡ANYAAAAA! [?]
La bomba dio de bruces contra su rostro, paralizando cada uno de sus músculos. El humo se esparció con avidez, permitiendo que JJ ingresara a la sala y se encerrara en ella. Para su suerte, el príncipe aun permanecía en sueño suspendido y sin ningún rasguño. Se alegró de todo corazón de que así fuera. Presionó un par de botones, abriendo la compuerta de lanzamiento. Dejaría ir al muchacho como había prometido, sin importar ya si le capturaban. Después de todo, nunca había actuado como un héroe.
—Como lo he jurado...príncipe —musitó el azabache, besando el vidrio con respeto— Sano y salvo...
Un golpe sonoro detrás de la compuerta. Acto seguido, la mierda voló en mil pedazos. Leroy, dio un paso hacia atrás, estupefacto. El capitán enemigo estaba fuera de sí.
—¡Tu puta madre, Georgi! ¡Estás loco, hermano! —se asustó— Es inmortal el wn... —estaba completamente desquiciado, babeando como un perro sarnoso— ¡Ya supérala!
—¡JEAN JACQUES LEROY! —aulló Popovich, por última vez— ¡Quedas arrestado! —y apuntó con una bazooka. Ok. Ahora si se había pasado.
—¡Vas a volar todo! ¡Párale ahí, estúpido! —refutó de vuelta, afirmándose como pudo a la capsula. Inconscientemente, presionando el botón de lanzamiento— Me cago...
—¡ESTO ES POR JUGAR CON ANYAA!
El gatillo fue presionado. Si no hubiese sido porque la compuerta acabó por abrirse, permitiendo que el aire presurizado explotara la misma cabina, ambos hubieran muerto. JJ, salió disparado por la entrada junto con la capsula. Con la ayuda de una mascarilla de ventilación solamente. El polvo lunar, destrozando sus ropas. En un ambiente tan hostil como es la gravedad 0, rápidamente ejerció estragos. No había quien le parara, en un giro interminable. Los pulmones, presionados al máximo, lacerados. En un intento por salvar al regente, notó que la trayectoria del artefacto había cambiado su rumbo, en una luz roja parpadeante de emergencia. ¿Se había equivocado de dirección acaso? Mal...
Muy mal...
—No puedo...morir aquí —tosió, reventando cada coagulo de sangre contra la mascarilla— ...esto...es...J...J...S-...
[...]
Un destello esplendoroso, encendió la atmósfera de aquella noche de otoño. Posiblemente, avistada en más de cien países. Biografiada, por cientos de etnias distintas.
—¿Dude...What was that...?
—¿Hast du das gesehen?
—¡Там, на небесах!
—Cacha esa wea loco...
Grabada, por mil espectadores.
—¡¿Qué demonios?! ¡Mi cámara no funciona! ¡Se ha desconfigurado! —la golpeó— ¡Ma! ¡¿Has visto mis pilas?!
Los automóviles, se detuvieron en medio la carretera.
—¿Qué demonios...? Se acaba de morir mi batería... —exclamó un hombre— ¿Mi reloj también? —lo acercó al oído.
—La señal de mi celular se fue —anunció la mujer que le acompañaba. Un objeto, radiante en el cielo— ...¿Ah...?
[...]
—¡Yuuri! ¡Ayúdame con los invitados! —ordenó una mujer.
—¡Ya vooooy! —rezongó el pelinegro, quien disfrutaba de unas cálidas aguas termales— Dios...así no podre irme nunca de mi casa.
El objeto...
—¿Eh? —pestañeó, buscando sus anteojos, raudo. Tuvo que limpiarlos, pues estaban empañados por el vapor— ¿No me digas...que eso es...? —un objeto no identificado, rodeado de una bola de fuego enorme; cruzando todo el cielo hasta...estrellarse a solo kilómetros de su casa. Saltó automáticamente, pues sus ojos se prendieron con el fulgor del amanecer— ¡Mari-chan! ¡Mamá! ¡Papá! ¡Lo sabia! ¡Lo sabiaaa! ¡Si existen! ¡Si existeeeen! —salió del baño.
Ni se dio cuenta que estaba desnudo el tipo este...
[...]
—Yuri...
—¿Sucede algo, majestad? —examinó Giacometti. Su expresión había cambiado drásticamente. Se notaba...preocupado.
—No...no es nada... — Solo espero que estés bien...
Tocó su pecho. Un presentimiento...
[...]
—¿Viktor? —indagó Mila.
—...¿Que fue eso? —se levantó de golpe, observando sus manos con horror— Tengo que hablar con el príncipe... —le fulminó con la mirada— Es urgente.
