—Mari-neechan. Mamá, Papá, Yuuko, Phichit y compañía. Este lugar es...asombroso. Si tan solo pudieran verlo.
Bitacora espacial. 2:981 horario solar.
Hace una semana que despegamos del planeta tierra y aquí arriba parecieran tan solo horas. El tiempo aquí es relativo, incluso para un experto navegante es fácil perderse si no se tiene el entrenamiento adecuado. Mila parece recuperarse fácil. Se nota que está adiestrada a estos viajes, porque a diferencia de ella yo no he dejado de vomitar. La gravedad en esta nave es mínima y tengo la sangre de los pies en mis manos. Y viceversa. Ahora comprendo un poco más a los astronautas. Complicada la cosa...
Para evitar que sufra una embolia cerebral, mi compañera de viaje me ha dotado de un traje especial para sobrellevar el peso de mi propia estirpe. Técnicamente, los humanos no fuimos creados para este ambiente tan hostil. No obstante, el cuerpo de Babicheva tampoco lo está. Eso me reconforta de alguna manera. Viktor me había comentado, que los seres humanos en realidad llegamos del espacio. No todos nacimos en la tierra como tal, ya que muchos de nosotros fuimos traídos como un experimento a este vasto lugar; siendo alterados genéticamente con alguna especie mamífera de la zona. No me extrañaría conociendo la historia de Yurio. Si puedes mezclar ADN felino con el tuyo ¿Por qué no mezclar ADN con monos? Tiene lógica. Además, he de reafirmar muchas creencias en las cuales se explica el por qué tantas etnias y colores distintos de razas humanas.
Fue asombroso abrir los ojos a la realidad humana. Los primeros seres que llegaron a "Eridu" —Eden, la tierra en aquella época— fueron llamados "Lu-Lu". Nos crearon como esclavos, sin llegar a considerar la precaria posibilidad de ser tan avanzados como para autodestruirnos a nosotros mismos ¿Irónico, no creen? Ya me imaginaba que las grandes metrópolis planetarias serian así. Como una gigantesca cosmopolita derivada de muchos rincones del universo. Hay de todo en este mundo. Incluso en su propio planeta.
Para no llegar tan desorientado, Mila me ha estado instruyendo un poco de las costumbres y tradiciones culturales de aquel lugar. No puedes entrar a un recinto sin ser invitado primero por el anfitrión. La gente se saluda con un toque en la coronilla, como signo de buena sabiduría y conocimientos. Está estrictamente prohibido mirar a los ojos directamente a los guardias reales. Y por sobre todas las cosas, nunca alces la voz a menos que alguien te lo solicite.
Mi corazón desborda ansiedad. Tan solo tengo una cosa en la mente...
Y esa es...
[...]
—Viktor Nikiforov —ordenó un guardia— Es hora.
Planeta Kentaurus. 3:98 horario solar.
Nuevamente ahí estaban. Otabek y su adorado premio, cual caza recompensas. En el altar, se alzaba el rey Nikolai y su nieto Yuri. Este último, indómito en cuando a la mirada llena de recelo. Contra todo pronóstico, el capitán Altín había desafiado al fuego. Y cuando se trata de jugar con él, es muy probable que te quemes.
—Tal y como lo ha ordenado, majestad —reverenció el militar, mostrando abiertamente a los prisioneros. Amarrados de pies y muñecas, Viktor y Yurio no se limitaron a mirarse entre sí ni mucho menos alzar la mirada. Algo que medianamente hablando molestó de sobremanera al regente menor. Buscaba con ansias cruzar ojos con el albino y tal vez, encontrar en ellos la respuesta a esta incoherente misión mal lograda.
—Buen trabajo, Otabek —halagó el abuelo, dirigiendo ahora la palabra a los "criminales"— ¿Algo que decir antes de ser enjuiciados?
—Yo tengo algo que decir, excelencia —intervino Nikiforov, por primera vez incitando a ser visto con respeto. La frente en alto y el mentón impugnado, luego de varios días de haber viajado por el espacio— Tengo un permiso real por parte del príncipe. Él en persona, me confirió la misión de ir en busca del fugitivo Plisetsky, ya que temía por su vida a manos del capitán; quien a vista y paciencia de todos los guardias, fue liberado por el mismo.
—¿Como dices? —exaltó el anciano.
—Eso es mentira, mi señor —interrumpió el pelinegro, juntando con ira entre ceja y ceja; el porte pacifico del científico— Es solo una artimaña para desacreditar mi tedioso trabajo.
—Tengo evidencia de que fue él. Y además, no solo eso —advirtió— Disparó en contra de un civil desarmado en territorio en donde no tenemos jurisdicción. Vale decir, el planeta Gaia —tierra— Y según mis conocimientos como ciudadano congregado, eso...es ilegal. La pena es de al menos dos años lunares.
—¡¿Cómo te atreves?! —vociferó Otabek, sacando sin res temores su arma de servicio.
—¡Otabek! —evitó Nikolai— ¿Como osas en desenvainar un arma delante de un príncipe?
—Abuelo —inquirió el rubio— Al parecer, Otabek está muy estresado con el viaje. Seguramente, cansado de sus labores. ¿No crees que sería mejor enviarlo a las barracas?
—Yuri Plisetsky...—el líder militar emitió un gruñido poco civilizado. Guardando su arma de forma inmediata. Exhaló, en un intento por controlar sus impulsos más salvajes— Mis disculpas. No fue mi intención. Pido una audiencia con respecto a los cargos de los cuales se me acusa.
—No hará falta alguna alargar lo obvio —delimitó el ojiazul, mostrando una grabación de seguridad que traía sobre un holograma virtual. Ahí estaba la evidencia, más clara que las aguas purificadas de cualquier paramo celestial. Otabek Altín, liberando al clon. Acto seguido, disparando en contra de Mila Babicheva en la tierra. Tanto el soberano como el regente mayor quedaron boquiabiertos con la noticia. Uno más impresionado que el otro, ya que Yuri se lo esperaba de hace tiempo. Una excusa perfecta para sacarlo de sus labores con el imperio.
—Viktor. No importa lo que hagas. Sabes muy bien que tu sentencia es correcta respecto a tus pecados —decretó el rey.
—Lo tengo presente. Aun así, considero que una persona como él, no debería estar al servicio del imperio —expresó Viktor, observando al pequeño Yurio a su lado— Hemos sido manipulados por demasiado tempo, señor. Y creo firmemente que cada uno de nosotros, tiene derecho a elegir su libertad. Después de todo, somos seres civilizados.
—¿Que insinúas...? —examinó el líder planetario.
—Viktor...—el clon, volteó la mirada a su compañero; anonadado. Por unos instantes, juró ver sentimientos de compasión en sus palabras.
—Por los delitos cometidos contra esta criatura inocente. Siendo tratado de forma injusta y llena de injurias, pido su absolución —declaró— No tengo vergüenza en asumir mis errores. Y espero que al capitán Otabek tampoco le dé ¿O me equivoco? —dirigió la charla al soldado, quien desvió la mirada con ineficacia— Todo está dicho aquí. Mi único pecado y error, fue querer salvarle la vida al príncipe Plisetsky.
—¿Quién eres...y que le hiciste a Viktor? —el prócer, entrecerró los parpados con impacto. ¿Realmente había cambiado tanto en ese corto viaje a la tierra? ¿O es que quizás...había encontrado al fin lo que venía buscando de hace siglos? A duras penas, Plisetsky hizo el formidable esfuerzo de pararse. Incluso con el susto de los propios consortes que, a petición del mismo fueron rechazados.
—Yuratchka...—alertó el familiar, inquieto con su decisión.
—Viktor Nikiforov —habló con voz seca— Debo reconocer, que me has decepcionado.
—Lo sé —aceptó el doctor, en una sonrisa ladina.
—En realidad, eres un pésimo ciudadano para este imperio —aclaró, esbozando una sonrisa escueta— Benevolente, congraciado con el prójimo. No me sirves ni como doctor, ni como científico. Creo que tus servicios conmigo llegan a su fin. A partir de hoy, quedas relevado de tu cargo.
Fue como si le hubiesen arrebatado el mundo de sus hombros, siendo impregnado de una energía candente, radiante de gozo y jovial juventud. Como cuando te vuelve el alma al cuerpo. Otabek poco y nada entendía de la decisión arbitraria tomada por su líder planetario. ¿Era eso acaso un castigo? Parecía mas bien una absolución de vida. Viktor no dejaba de sonreír cual niño pequeño con juguete nuevo. Y tan solo por unos segundos, llegó a vislumbrar un par de lagrimas en sus parpados. Exhaló con violencia, brindándole una sonrisa cálida al menor a su lado. Mismo que le devolvía la mirada con incertidumbre.
—¿Por qué...? —consultaba bajito.
Por petición real, los guardias liberaron a Yurio de sus cadenas, siendo Nikiforov arrastrado hasta los calabozos de aquella mazmorra. Incuso si era jalado con brusquedad por la milicia, estaría mas que satisfecho con su declaración. Por primera vez en mucho tiempo, tendría una noche de sueño reparador. Agradecía a los dioses, que Otabek hubiese sido tan estúpido. Pues ahora, ambos compartiría la misma celda como dos criminales.
[…]
—No lo entiendo —chistó el ojinegro— ¿Por qué lo hiciste?
—¿Por qué hice, que?
—Todo. Tu sabes a lo que me refiero —cuestionó con ironía— Dejar libre al clon. Pedir tu propia absolución y culparme de algo que yo no hice.
—No hay rencores entre tú y yo, Otabek —murmuró afable el especialista— Debes entender, que no todo puede salir como se te da la gana.
—¿Que insinúas? ¿Es esto una venganza? Porque si es así, será mejor que vayas retractándote —declaró— Jamás tendrás el perdón real. Ni aunque le ruegues a su alteza.
—Quien debe pedir perdón al príncipe, eres tú. Es él quien debe perdonarte —afirmó, decretándole con la mirada. El pelinegro, chasqueó la lengua, desviando la mirada con cinismo— Porque de mi parte, yo ya lo hice —confundido estaba, al momento de percibir el recelo de sus ojos— Lo de Mila fue algo aislado, lo entiendo. Pero de alguna forma...me veo reflejado en ti. Y no podría culparte por actuar de la manera salvaje con la cual, te impulsaste. Estas vacio. Incluso, mucho más de lo que creí. Por fin ahora puedo verlo con los ojos que nadie más utiliza. El desamor.
—¿De qué demonios...estas hablando? —realmente fue como si hubiese visto a un fantasma.
—Fuiste rechazado por la persona que te gustaba. ¿Quién no estaría adolorido con algo así? Celos...angustia, soledad...
—Cierra la boca —masculló— ¿Tu qué demonios sabes de eso?
—No lo sabía. Hasta ahora —esclareció; generando un espacio de armonía única entre ambos. Más cercanos que antes, Viktor alzó su mano para sobar la nuca del joven capitán; como quien sana a un niño— Gracias por abrirme los ojos. Y enseñarme, la verdadera fuerza que impulsa a la creación misma.
—¿Qué diablos estuviste haciendo en la tierra...?
[…]
—Viktor es un idiota si se lo propone —suspiró Christophe, a modo de mofa— Pero realmente...sabe muy bien cómo actuar.
Palacio real.
—Tenias razón con respecto a Otabek —indicó Plisetsky, mientras deleitaba la vista con el paisaje paradisiaco de su balcón— Fui un estúpido en jugar con él.
—No debería subestimar el poder de los hombres. Mucho menos si son rechazados —advirtió, obviando el gesto de mala gana que generaba el regente. Ambos eran interrumpidos por el llamado a la puerta. Uno de los guardias indicaba la audiencia de un invitado no esperado— ¿Mnh? —era nada más y nada menos, que Yuri—¿Tu? —exclamó Giacometti, extrañado con su presencia. De todas las personas en la galaxia, el clon era el menos esperado— ¿Qué haces aquí?
—Tengo...—musitó, bastante tímido para ser caracterizado por un comportamiento tan errático. Los pómulos ligeramente sonrojados— Tengo algo muy importante que hablar con el príncipe.
—Será mejor que vayas hablando luego. El princip-...
—Christophe —alertó el regente con la autoridad de su voz— Déjanos solos —indudablemente, su palabra era ley para sus oídos. Con una reverencia sutil, hizo abandono de la habitación. Dejaría a solas a los dos...gemelos— Supongo que vienes a preguntarme por qué acepté la petición de Viktor de dejarte vivir.
—No —manifestó sin ningún atisbo de duda— Yo ya sabía que lo haría.
—¿Disculpa? — Este chico...también está muy cambiado desde su estadía en la tierra. Me pregunto qué clase de lugar será ese— Se claro.
—Usted y yo, somos frutos de la misma semilla —declaró, abriendo un pequeño bolso de material fuerino, hasta extraer una libreta virtual. Las memorias personales de Viktor— Sin embargo, diferimos en algo. Yo fui privilegiado con los dones que nadie más posee. La voluntad. A diferencia de usted, quien utiliza su voz para hacerla valer, yo la uso a través de mis acciones. Proteger a quienes amamos —dio un paso hacia adelante.
—¿Que estas-...? —en respuesta deslizó su silla un paso hacia atrás. Atormentado con el vuelco que daba la conversación, Plisetsky se vio acorralado por el gran ventanal. ¿Cuáles eran entonces sus auténticos propósitos? La vacilación se adueñó de su semblante. En sus manos, fue depositado dicho directorio— ¿Que significa esto?
—Es la bitácora de Viktor —admitió— Se que tiene muchas dudas. Si realmente quiere saber la verdad de todo, léalo con detenimiento —y finalmente, reverenció con respeto— Si me necesita, tan solo llámeme.
Yurio se había retirado, no obstante, ¿Podía con total seguridad, introducirse en los pensamientos mas íntimos de la mente más brillante de toda la galaxia? Sintió el peso de la culpa sobre sus hombros. No era tan solo curiosidad por leer un almanaque de ideas. Era un diario de vida y de estudio. La necesidad por entrar un poco más en su alma...le ganó la batalla.
—¡Guardias! —ordenó— Que nadie me interrumpa. No estaré disponible esta noche.
Deseo saber, quien eres en verdad, Viktor.
[…]
No hubo necesidad de interiorizar mas en las escenas que el propio albino presenció. Todo estaba ahí, en una bitácora virtual; las cuales pasaban cual película por delante de sus ojos. Pagina tras pagina, todas llenas de una conciencia rica en valores propios de un ser pensante. La razón, frente al corazón. Incertidumbre, miedo, ansiedad, coraje, desamor, alegría, tristeza. A través de puño y letra de Viktor.
—"Esas mujeres, me enseñaron algo más que amor por su patria"
Desde el culmine de la guerra, hasta los vastos paisajes de galaxias vecinas y lejanas. La intensa búsqueda de sus expediciones. Y los mas recónditas conexiones espirituales que se pueden llegar a imaginar.
—"Este planeta es una creación de los dioses. Hay toda clase de especies aquí. Los arboles respiran. Las plantas sienten. Todo está conectado"
—Viktor...—musitó— Puedo...sentirte.
Las voces cándidas de seres interplanetarios. Las risas chillonas de sus hijos. Los llantos y gritos; alaridos supurando el sufrimiento de los conflictos bélicos. Era cuestión de cerrar los parpados y ver...ver con los ojos de tu interior. ¿Cómo era posible que un solo hombre, fuese capaz de guardar tanto? Un mar infinito de incógnitas. La voz endulzada del ojiazul, relatando una experiencia única.
—"Su nombre es Yuuri Katsuki..."
—¿Yuuri...? —espetó.
[…]
—¡Yuuri!
—¿Huh? —parpadeó— Discúlpame, me he...pegado o algo así —explicó, masajeando su mejilla derecha— ¿Pasa algo?
—Hemos llegado.
Siendo escoltados por dos naves de menor rango, las nubes dispersaron el paisaje que con majestuosidad; se encontraba ahí adelante. Era como salido de una película de ciencia ficción. Las estructuras de metal, combinaban en perfecta armonía con las carreteras limpias y ordenadas. Tanto en el aire como en la tierra, los vehículos se desplazaban sin problema alguno. Los ventanales de vidrios ovalados, circulares y refectorios, generando luz a todo el suburbio. No tan lejano de ahí, una gran cascada acompañada de una montaña rocosa. Y a sus pies, un gigantesco palacio de sensores tridimensionales. Eran diseños que ni en las mejores ilustraciones se hubiera imaginado. Todo era real aquí. Frotó sus anteojos, limpiando cualquier rastro de suciedad que pudiese empañar su impresión.
—Pareces impresionado —se burló Mila, al ver la expresión embobada del menor— A que no te lo imaginabas así.
—No...de hecho —expresó, ahogado en su propia felicidad— Es mil veces mucho mejor...
—Vamos a aterrizar. Ve por tus cosas.
La nave descendió en la plataforma de lanzamiento principal del puerto. Si bien, Katsuki era nuevo en este mundo, muy pronto descubriría que no era tan distinto al suyo. A excepción de la clase de tecnología utilizada aquí. Tanto los celulares como las cámaras fotográficas no tenían efecto alguno, producto de la atmosfera y el campo gravitacional de aquel planeta. Específicamente, aquella ciudad en particular. Aldebarán. La capital y cuna de todo avance científico del planeta Kentaurus, constelación de Denébola, Galaxia de Mu-Scorpii.
—Es impresionante...—musitó apenas, echando un vistazo a todo lo que tuviera más de dos brazos. Hombres y mujeres de todo tipo. De todas las especies, cargando y descargando navíos espaciales. Charlando o discutiendo en idiomas ficticios— Lo sabia...la evolución depende mucho del entorno.
—No te distraigas mucho —advirtió la pelirroja— La mayoría de estos "raritos" solo buscaran robar tu dinero o quizás, alguna parte de tus órganos.
—¿Ro-Robar órganos...? —se espantó.
—¿Bromeas? Es una suerte si logras tener todos tus órganos intactos hasta la muerte —explicó, arremangando con total sinceridad su brazo derecho. Una luz turquesa rodeaba la piel expuesta— Lo perdí durante una misión suicida en Esath. Afortunadamente, Viktor logró asistirme a tiempo.
—¿Tu y Viktor fueron a la guerra juntos?
—Todos fuimos —reconoció, alzando la mirada hacia el castillo— Incluso Chris, quien sacó la peor parte. Le volaron las piernas.
—Viktor...—tragó saliva ligeramente nervioso con el relato. Se esperaba lo peor— ¿Viktor es...?
—Descuida —rió— El está completo. Es rial, no fake —suspiró con aires de ironía— A diferencia de nosotros, Viktor resultó ser más inteligente. No se arriesgó por nadie. Solo cuidó su propio trasero.
—¿Viktor fue un cobarde...?
—Andando, se me congelan las tetas —indicó, cubriéndose el pecho con sus propia chaqueta— Y esas sí que son reales.
[…]
El centro de la ciudad era muy distinto que el puerto en sí. Ya que era una entrada al nuevo mundo, como de esperarse los ciudadanos acreditados por el imperio transitaban con libertad por las zonas más densas del lugar. La población de la cardinal, era equivalente a la mitad del distrito de Shibuya. Por unos momentos, llegué a pensar que sería el doble. Todo era muy limpio y ordenado. No había mugre en el suelo. Ni animales sueltos. La policía aquí, vestía mascaras militares sumamente intimidantes; con voces similares a un androide. Quizás, algún distorsionador de ondas vocales. Tal y como me había mencionado Yurio, los ciudadanos visten las mismas prendas por igual. Con una leve diferencia. Es obvio el rango entre ricos y pobres. Técnicamente, los barrios más ricos están a los pies de aquel monte de piedras preciosas. Y los pobres...ni dan luces de su existencia.
—La gente aquí es similar a los humanos —murmuró el periodista, sin quitarle la vista a los transeúntes.
—Te equivocas. Somos muy distintos a ustedes —respondió, ligeramente recelosa a tocar el tema— Será mejor que no te separes mucho de mí. Eres vulnerable aquí.
—¿Como cuantos humanos han visitado este lugar? —cuestionó Katsuki.
—¿Contando contigo?
—Ajá
—Mhn...déjame pensar —bufó—. Ninguno. Eres el primero.
—...
—Mantén los ojos bien abiertos —susurró intimidante— No querrás perder alguno.
Esas malditas ganas que tenia Mila de sacarme el alma de un susto. ¿Qué demonios?
Nos encaminamos por una escalera mecánica solar, con destino desconocido. Mi acompañante era bastante escueta con respecto a la información de este planeta. Incluso si me estaba ayudando, desconocía por completo el por qué, lo estaba haciendo. ¿Tal vez impulsada por la culpa de no haber podido cumplir su misión? O quizás, buscaba alguna recompensa por traer al primer humano a esta lejana galaxia. Nunca lo llegué a saber del todo. Pero no era momento para cuestionarme las intenciones de Mila. Si realmente era una especie de señuelo para fines propios, era demasiado tarde ya para replanteármelo. La simple idea de estar a miles de años luz de distancia de mi hogar, era inconvenible. No tenia escapatoria. Ya no había vuelta atrás. No tenia conocimientos de pilotear dicha tecnología tan avanzada como esas naves, en un idioma escrito más bien como pintura cuneiforme.
En esos momentos, estábamos solos. Completamente solos, frente a una puerta metálica de un dorado curioso. Exhalé. No era el momento para teme.
—Demasiado tarde para tener miedo ahora, Yuuri —decretó.
—¿Estas de broma? —pensó, dubitativo. El deslizamiento de la puerta solo acrecentó aun mas mis ansias por salir corriendo. Temí lo peor del otro lado— Este lugar es...
¿Un apartamento? Lo primero que me atacó, fue un ser cuadrúpedo de apariencia canina, similar a mi Vicchan. Me lamia con insistencia, siendo su lengua peculiar lo que más me abrumó: Era como...el de una serpiente o...un gato. Áspera.
—Se llama Maccachin. Gózalo —dijo Mila.
Juguetón y sociable, tuve que apartarlo para no ser llenado de su baba. Espesa y de una coloración azulada. Mi camarada rió, haciendo énfasis a mi ropa totalmente manchada por su saliva.
—Esa cosa no sale. Es acido puro. Te derretirá la piel —argumentó la pelirroja con total tranquilidad.
—¿Qu-que...? ¿De verdad? —se espantó.
—Es broma.
—Me asusté —suspiró mas aliviado. Que pésima broma de mal gusto. Técnicamente había traído sus mejores prendas— ¿En donde...estamos?
—¿En donde crees tú? —señaló, paseándose por la morada como si fuese suya. Claramente no lo era, ya que los estantes, la decoración, incluso el aroma intenso del
ambiente era bastante masculino. ¿Podría ser? — Será mejor que te quites los zapatos. Es muy quisquilloso con esa maldita alfombra —rezongó, abriendo un contenedor vaporoso.
—¿Es...la casa de Viktor? —tenía que admitirlo. Estaba estupefacto con la escena. De todos los lugares nuevos que poco a poco comenzaba a conocer, este era el que más aceleró su corazón. Durante todo el tiempo que estuvieron juntos, siempre se preguntó como seria su hogar. Qué clase de gustos tendría, o de qué forma vivía en un planeta tan distante. Nada fuera de lo común. Parecía un departamento de lujo, de algún sector adinerado de Japón. Babicheva insistió en la presencia de sus botas— Disculpa —terminó por quitárselas, cual estilo nipón. Paulatinamente iría interiorizándose con el ambiente. Distinta a la personalidad avasalladora de la fémina, Katsuki era muy precavido y respetuoso. No tanto por el hecho de su cultura o historia personal, sino porque era la casa de Viktor. El chico de las estrellas...— ¿Viktor no se enojará por intrusear en su casa?
—Para nada —declaró, dejando caer desde una botella; bastante agua sobre unos maceteros— Estará contento de que cuidemos sus malditas plantas.
—A Viktor le gustan las flores...—un rubor ligero apocó sus mejillas. La sonrisa estúpida dibujada en su semblante.
—Oe...¿Estás bien? —una gota deslizándose por su sien— Creo que te dio fiebre.
—S-si...eso creo —murmuró, avergonzado de su descuidado estado de ánimo. Ligeramente temeroso, se incursionó por la morada cual felino conociendo el mundo. Sus dedos imprudentes, examinaron a tacto cada relieve de las estructuras, los libros, los retratos, incluso un levitador magnético sobre un escritorio de coloridos vidrios; acuarelas y azulejos. Viktor era muy ordenado, dejando entrever una personalidad pulcra y meticulosa. Alguien...sencillamente perfecto. El sonido de un artefacto telefónico, le alertó. Al parecer, era Christophe quien informaba a la bermeja de la situación actual. Se tomó su tiempo en aquel transmisor, aprovechando la oportunidad de juguetear en la ahora, habitación principal. Una fotografía del velador derecho de él y su perro. Sus pulgares, instintivamente sobaron el relieve de su rostro. Un sentimiento de añoranza invadió sus pensamientos. ¿Y si todo este tiempo, Nikiforov había estado sumado en una profunda soledad? En esos momentos, realmente lo extrañaba. No lograría concebir un alma tan madura y al mismo tiempo, solitaria como la del mayor.
Maccachin no dudó en brincar al lecho primordial, dándose un par de giros ávidos antes de gimotear. Le sentía como en su casa.
A paso sigiloso, recorrió el armario del científico. Las prendas de vestir, eran de una tela sedosa y fina; con terminaciones elegantes. Quiso evitarlo. En verdad lo quiso. Pero las ganas le consumieron hasta los huesos. Fue así, como la pulcra camisa de Viktor, acabó enredada entre sus fosas nasales. Una fragancia sublime, acompañada de la silueta varonil del Kentaurino. Sentimientos íntimos que solo llegaban para reafirmar aun mas su decisión de cruzar el universo entero con tal de estar a su lado. Abrumado, apretó el casimir entre sus dígitos. La respiración se hacía angustiosa, con cada acelerado palpito. Si tan solo tuviera la oportunidad de volverle a ver...
—¿Qué haces? —examinó Mila con cara de mierda. La posición del periodista era sumamente comprometedora— Ahora mismo hueles...curioso.
—...ah...
Sus anteojos, empañados del bochorno. Decir que estaba rojo como un tomate era poca descripción. Sin darse muchas vueltas, dejó la prenda en el exacto, mismo lugar donde la encontró. Se volteó, sobando su nuca entre risas nerviosas.
—Pues...ya sabes...lo de siempre...—se excusó, atolondradamente. Babicheva obvió la escena, exhalando con aceptación. Ella mejor que nadie comprendía la situación— Bu-buscaba...material genético y así —volvió a reír— Jeh...
—Ustedes los humanos...—bufó con dejo de ternura— son muy intensos —a pesar de estar burlándose de su "tonto" comportamiento, no era como si le disgustara. Yuuri estaba de piedra delante de ella, esperando algo mas para charlar. Finalmente, confesó— ¿Estás listo? Es hora de ver a tu enamorado.
[…]
Penitenciario. 7:812 horario lunar.
—Capitán —llamó uno de los hombres que resguardaba la seguridad de la celda— El rey solicita su presencia en el capitolio. Acompáñenos por favor.
—Ha llegado mi hora —enunció Otabek, despidiéndose de Nikiforov como si fuese una sentencia de muerte— Espero tengas mejor suerte que yo.
—No es el fin del mundo —manifestó sonriente— Todo saldrá bien —en realidad, poco y nada conocía de su destino. Los crímenes de Otabek, no estaban justificados a los ojos de sus inquisidores. Sería su sentencia la que determinaría el final de aquella historia de rivalidades absurdas.
La celda, es una vez más abierta. Viktor no se molesta en levantar la mirada. Entiende que ahora es su turno.
—Viktor Nikiforov —anuncia uno de los guardias.
—Lo sé —sonríe— ¿Nos vamos ya? Me gustaría pasar a despedirme de Maccachin —en aquel momento, juró verse desarmado ante la presencia del militar. Pero su intuición, estaba muy lejos de ser predecible— ¿Yuri...?
Efectivamente. Era nada más y nada menos, que el príncipe. Yuri Plisetsky.
—Quizás quisiste decir: Su majestad —refutó— Estúpido irreverente.
—Mil disculpas —refutó, dando una reverencia etérea. Depositó un beso gentil en su mano derecha, a modo de esperar una caricia en la coronilla como era habitual— Es solo que...me impresioné un poco con su presencia.
—Lo sé —admitió, con la soberbia que le precedía su nombre. Acarició su nuca, siendo este un acto mucho mas intimo de lo que creyó. Algo, que sin duda confundió la mirada del albino— Levanta la mirada, Viktor Nikiforov. Tu príncipe te va a dirigir la palabra.
Estaba consciente de su sentencia, por lo que no esperaba alguna palabra de aliento o un perdón divino. Sin embargo, tras alzar la vista; su sorpresa fue proporciones. Yuri, sonreía. Su diestra se introdujo en sus prendas, extendiendo lo que claramente era su bitácora. Bastante embrollado recibió el objeto, buscando en su mirada una respuesta coherente a su intromisión.
—Creí que habíamos quedado en no mentirnos el uno al otro —cuestionó el príncipe. Viktor rió con tenue desdén.
—¿No le dije, que mentir y omitir información eran dos cosas completamente distintas?
—A tu príncipe no le mientes ni le omites información, Nikiforov —determinó, esta vez generando opresión en su voz. De una forma dura y seca, era más bien una reprimenda que otra cosa— Podría juzgarte por traición al imperio por esto.
—¿Hurguetear en asuntos privados de sus súbditos, cuenta también como traición, no? —se defendió el albino, con notable ironía.
—Si estas en una celda, juzgado por cometer actos innaturales.; No. Todo está permitido.
—¿Es un acto innatural, amar a alguien?
—Que —bufó Plisetsky— ¿Ese es tu nuevo argumento ahora? ¿Amor?
—¿No puedo amar a mi príncipe y querer salvar su vida?
—No, si ya amas a alguien más.
Silencio. El semblante frio e indiferente de Viktor, revelaba mucho más de lo que sentía. No estaba del todo molesto con él. No podía estarlo. Era tan solo la idea de dejarle entrar en sus más profundos sentimientos y sin su maldito consentimiento. No iba a chistar, ni mucho menos refutar sus decisiones. No después de todo lo que había hecho por él. Suspiró, guardando el objeto entre sus prendas de vestir.
—¿Entonces...—se jactó— soy un completo pecador?
—Eres un completo tonto. Eso eres —definió, pues no tenía otra manera de expresar su impotencia — Tu problema, Viktor, es que sabes demasiado de todo. Y poco de la nada. Eso me incluye a mí. A pesar de toda la confianza que te di, no fuiste capaz de ser sincero conmigo. Todas esas veces que tu y yo, hicimos flujo. Todas y cada una de ellas, tan solo una ilusión. Si tuviera que darte un premio al mejor actor, te lo hubieras ganado hace tiempo. Pero no. Lo que hiciste, no fue solo "omitir" información. Me engañaste —argumentó, empuñando las manos con ira— Esa noche, mientras te vestías. Te lo pegunté. Me miraste a los ojos...Y me mentiste.
—Son las consecuencias de leer lo que no deb-...
—¡Me dijiste, que no sentías nada por mi! —aulló. Un alarido casi como un lamento doloroso— Y ahora vienes, descaradamente a hablarme del amor. No te atrevas...a ensuciar algo tan profundo como eso.
Si. Las consecuencias de leer lo que no se debe leer. El mayor, se levantó del suelo; sosteniendo la mirada ajena con el desprecio que acreditaba. Los ojos en llamas. No importaba mucho si llegaba a odiarle luego de saber la verdad. Era momento de zanjar sus diferencias de una buena vez; acabando con las diferencias de edad y de casta.
—Una vez, un jovencito inexperto y atolondrado me dijo, que no se nos está permitido todo en el universo. Esto, es solo parte de ese universo —habló el especialista, evitando que rehuyera de su mirada— Yo no mentí. Usted es mi príncipe. Y como tal, lo amo. Lo amo mucho. Como cualquier otro súbdito, leal y honorable. Estaba dispuesto a arruinar mi carrera, mi vida entera, por usted. Y aun lo estoy. Pero debe comprender, que el amor no funciona así. Y si realmente leyó mi bitácora, sabrá lo que significan mis palabras —finalizó, tomando el aliento— Usted es dueño de mi cuerpo. Haga de mi lo que quiera. Pero mi coraz-...
—Yuuri Katsuki —interrumpió, soltando de manera agria sus manos— ¿Es su nombre, no?
—Es su nombre —aceptó en seco.
—Quiero conocerlo —cantó.
—Me temo que eso no será posible —determinó Viktor— El vive en la tierra.
—Iras por el —ordenó.
—Alteza...
—Olvídalo —bufó, gesticulando un mohín— Tengo cosas mucho más importantes que hacer; que conocer terrícolas —espetó. Exhalando con violencia desmedida; alzó la mano, ordenando solo en un gesto deliberado la liberación de sus cadenas. La mirada confusa del científico le paralizó unos segundos— En realidad...solo vine para contarte que he hablado con mi abuelo. Decidimos, que eres libre de marcharte —explicó— Y de paso aproveché de aclararlo. Lamento haber leído tus cosas privadas. Pero era la única forma de que fueras por fin sincero conmigo.
—Yuri...—murmuró con aceptación, regalándole una sonrisa ladina— Siempre has sido mucho más sabio que yo.
—Ya has tenido suficiente, Viktor. Es tiempo de que vayas a casa —aclaró, retirándose de la celda— Una escolta vendrá por ti en los próximos minutos. En cuanto a Otabek...ya me encargaré de el —finalizó.
—¿Qué hay de Christophe y Mila? ¿Ellos también fueron absueltos?
—¿Quiénes son ellos? —bufó— No los conozco —mintió, ya dejándole a solas.
No solo había sido removido de su incomodo cargo como cabecilla del regente, sino que tambien era perdonado por el mismo, en cuerpo y alma. Sus amigos, completamente absueltos de crímenes no cometidos. Sintió como la gravedad tomaba forma dentro de su pecho. Aquella tormenta nebulosa de culpas y sentimientos encontrados, poco a poco se desvanecían. Dos guardias imperiales ingresaron al recinto, acompañándole con desplante hacia la puerta principal. A partir de ahora, se hallaría así mismo en una soledad hilarante.; con el único pensamiento importante en el firmamento de su corazón: Yuuri Katsuki. ¿Que mas compañía necesitaba? Solo esperaba que estuviera bien. Sano y salvo. En la comodidad de su mundo. Acompañado de su familia. De sus amigos. Comiendo cosas ricas. Disfrutando de la-...
—¿Yuuri...?...
—Vi-Viktor...—musitó, casi inaudible.
Nah. No podía ser real. ¿O sí? ¿Qué hacia Yuuri a las afueras del penitenciario? No. Mejor dicho ¿Qué demonios hacia en su planeta? O en su galaxia. Cubrió por unos segundos su boca con ambas manos, anonadado con la sorpresa. Los orbes humedecidos del terrícola, generaron un ambiente lleno de añoranza entre ambos.
—¿Eres tú, Yuuri? —parpadeó, estupefacto— ¿Qué haces aq-...?
—¡Viktor! —chilló, abalanzándose a sus brazos con la angustia que solo una doncella podria otorgar. Apretó su cuerpo entre ambos, cual conscriptora; siendo correspondido de igual manera— Te extrañé mucho —murmuró, ahogando las intenciones en sus prendas de vestir.
—Yuuri...—sus dedos enredándose en sus negros cabellos— Yo también te extrañé.
—¿Estás bien? —consultó angustiado, fijando sus dedos en el rostro impropio. Buscaba con la mirada, algún indicio de magulladura— ¿Esos tipos te hicieron daño? ¿Alguien te trató mal?
—Tranquilo, Yuuri —respondió en un bufido gentil. Instintivamente, logró besar el dorso de sus manos— Estoy bien. Nadie me ha hecho daño. Pero...por ahora, quisiera saber algo mas importante. ¿Que...que haces en Kentaurus? ¿Tú no deberías estar en la tierra?
—No pude...—admitió, con un rojo furioso sobre sus pálidas mejillas— No pude...aceptar el hecho de dejarte ir así. Ese chico te arrastró como un animal. Pensé lo peor.
—Fue una decisión muy atolondrada —regañó con molestia— ¿Cómo se te ocurre viajar tan lejos de casa?
—Viktor...—consultó confundido— ¿Por qué me regañas?
—¿Acaso no piensas las cosas antes de actuar? —agregó— Imagina te hubiera pasado algo. ¿Sabes lo peligroso que es?
—Lo-lo siento. Yo sol-...
—Cállate —sentenció— Solo...cállate de una maldita vez.
Un beso. Tan solo fue un beso lo que acabó por culminar la escena. Acoplando sus labios a los suyos, cual rompecabezas perfecto. La armonía del vaivén gentil y dulce como la miel, ignorando por completo las miradas entrometidas que acometían el acto. Lo esperó por tanto tiempo, que por algunos segundos dudó recordar el cómo se besaba. Tal vez, por el simple hecho de nunca antes haber besado.
—Respira...—murmuró Viktor entre labios, pues profesaba la inexperta capacidad de su compañero. Algo, que simplemente le robó el aliento.
—¡Haa! —inspiró Katsuki, como quien da una gran bocanada de aire. En definitiva se estaba ahogando. La ignorancia le había jugado una mala pasada— N-no te burles.
—¿Como podría? —bufó, depositando su frente sobre la suya— Eres lo más hermoso que mis ojos hayan visto.
—Ejem...—carraspeó Babicheva. ¿Hace cuanto estaba ahí? Nadie supo— No quisiera tener que interrumpirles pero...sigo aquí.
—¡Mila! —rió el albino, rascando su nuca con sutileza— Lo siento. Es que Yuuri es demasiado atractivo y no te vi —mofó.
—¡Viktor! —aulló el japonés de vuelta. Avergonzado de su clara sinceridad y poca sutileza para hablar. Bueno, quizás se iría acostumbrando con el tiempo— Esto se lo debo a Mila. Ella fue quien aceptó traerme a tu planeta.
—Ya veo. Así que es a ella a quien debo asesinar —sonrió con ironia.
—No seas mal agradecido —chistó la bermeja a tono de burla— Hasta te traje al hostigoso de Maccachin.
—¡Maccachin! —vociferó con júbilo, dejando que el can saltara a sus brazos. Este en respuesta, gimoteó y movió su cola con eufórica insistencia— Te extrañé mucho. ¿Fuiste una buena mascota? Espero no te hayas cagado en mis plantas de nuevo.
—Créeme que lo hizo —manifestó la fémina.
—Perro malo —le reprochó. Igual le dio un abrazo. Acto seguido, se alzó hasta su compañera— Me alegra mucho que ya estés mejor.
—La guerra no pudo conmigo ¿Crees que un idiota como Otabek, si? Por favor —arremetió la mujer— Espera nada mas a que lo vea de nuevo...
—Otabek libra su propia lucha —expresó Nikiforov— Una mucho más profunda de lo que crees —esta vez, tomando un semblante más duro del habitual— Será mejor que no guardes rencor hacia él. Yo lo he perdonado.
—¿Jah...?
—No lo entiendo —acotó Yuuri— ¿Que ha pasado? ¿Acaso te han dejado...libre?
—Todo indica que sí. Además, me han relevado de mi cargo —indicó— Eso significa que ya no trabajaré para la familia real. Lo cual me convierte una vez más en un simple y reconocido científico del imperio.
—¿De verdad? ¿Ósea que nosotros también...? —indagó Babicheva. Viktor asintió— Fuah...creo que esta noche me voy a tomar todo en el bar. Hasta las molestias~
—Lo importante ahora...—agregó el mayor, observando al humano— Es regresar a Yuuri a la tierra.
—¿Qué? —refutó— No. Definitivamente me rehúso. He viajado millones de años luz solo para estar contigo. No me iré ahora.
—Yuuri —recalcó el ojiazul con desdén— ¿Acaso no piensas volver nunca? Ese es tu hogar.
—No he dicho que no deseo volver nunca. Dije, que no deseo volver hoy —determinó, con total autoridad sobre la suya. ¿Qué significaba eso? ¿Era ese dialecto ambiguo, parte del propio sentimiento que ambos compartían ahora? No tuvo que agregar más palabras a la charla. Viktor estaba agotado. Era hora de ir a casa.
[…]
111:90 Horario lunar.
—Veo que estuviste curioseando entre mis cosas.
—¡¿Eh?! —saltó espantado. Le pisó la colita a Maccachin[?]— ¡¿Q-Que te hace pensar eso?! —el perro aulló— ¡Ahh! ¡Lo siento, lo siento!
—Soy muy cuidadoso con mis objetos —declaró, masajeando la tela de una chaqueta con sutileza. La mirada afilada, incursionando en una sonrisa morbosa— ¿Buscabas ADN?
—N-no...no es lo que...—apretó los labios, pues emitiría algún sonido muy comprometedor de ser así. Poco a poco, los latidos de su corazón generaban estragos sobre su caja torácica— Mierda...no pensé que fuese a darse cuenta. Qué vergüenza.
—¿Te ha gustado?
—¿Eh? —le pareció haber oído su voz, en un mínimo susurro sobre su oído. La sensualidad de sus cuerdas bucales contra su nuca, estimulando las ganas de voltearse a verle de frente.
—Mi aroma.
—¿En verdad me está preguntando eso? Yo no sé que responderle. Me siento mareado...— Viktor...—murmuró instintivamente el japonés, girando el cuerpo hasta obsérvale de frente. La mirada penetrante de su ahora compañero intimo— Tenia curiosidad por saber...si en este planeta ustedes también usan perfume...
—¿Era eso? —examinó, dando un agarrón firme a su brazo izquierdo— No usamos. Con nuestra propia esencia es suficiente —su diestra, trazando una línea imaginaria de vena a vena— Es algo que nunca he entendido. El por qué, los humanos ocultan su propio olor con extracto de otras criaturas —la punta filosa de una pequeña sonda incrustándose en la piel— Orina de felinos por ejemplo...
—Vi-Viktor...—refutó, jalando en dirección contraria el brazo— ¿Que estas...haciendo? —la aguja tocando su dermis — Su mirada a cambiado de pronto...
—En mi planeta, solo algunos tenemos la fragancia mas predominante que otros —aclaró— Algo así como los animales de tu mundo —agregó— El príncipe por ejemplo —le aprisionó con la diestra— Su material genético es de alta calidad. Su aroma es intenso y muy...atractivo —insistió. La mirada opaca, sutilmente deseosa. El filo clavándose paulatinamente— No te imaginas las maravillas que hice con su ADN...
—¡B-basta! ¡¿Que estas-...?! —le jaló, separándose de su cuerpo de un solo empujón violento. Sin ningún atisbo de sombrías intenciones, murmuró consternado— ¿Eso es...Flujo? —interrogó, notando el brillo de la aguja que cargaba su compañero. Desde la punta, brotando con el liquido acuoso proveniente del propio cuerpo de Nikiforov. Estaba anonadado, pues lo que a simple vista se notaba como una acción forzada, era más bien un intento fallido de violación.
El albino parpadeó destruido. Por unos instantes, creyó haberse perdido en el mar de sus propias emociones. Conmocionado por su reacción, observó el objeto entre sus dedos como quien busca la respuesta a todas sus preguntas existenciales.
—Creí que...—musitó abatido, explorando sus propias palabras antes de emitirlas. Un rubor notorio adornando sus mejillas, delataron las verdaderas emociones del científico— Pensé que...querrías.
—¿Querer, que? ¿Hacer flujo contigo...? —indagó Yuuri, bastante pasmado— ¿Has perdido la cabeza?
—Lo siento...fui un tonto —desvió la mirada con vergüenza— Soy...nuevo en esto. No sé cómo funciona —indicó— Creo que me dejé llevar. Yo solo-...
—Hey...—tomó sus anémicas mejillas, clavando su mirada contra la suya— No quiero que pienses mal. No he dicho que no quiera. Pero...¿Esa es la forma que tienen ustedes de hacerlo? — Parecía mas bien una abducción.
—Creí que ya sabias como nos conectamos en este planeta —indicó— Al menos de esa form-...
—No —interrumpió huraño, depositando un menudo y casto beso en sus labios. Indiscretamente fue retirando aquel objeto punzante de sus manos, hasta dejarlo sobre una pequeña mesa de esquina. Viktor se mostraba confundido, obviando la naturaleza del azabache— Quiero...—el ambiente abochornado estimulando sus pómulos— Quiero mostrarte como lo hacemos en la tierra...
—Yuuri...—jadeó— Yo no sé cómo se hace eso...
—Shh...—acalló, posicionando ambas manos en el pecho del mayor. De manera gentil, fue empujándole en reversa, hasta dar con la dirección de la habitación— No hace falta que sepas. Yo te voy a enseñar como los humanos...hacemos el amor.
—Hacer el amor...—redundó, dejándose llevar por la mirada intensa de su ahora, amante— ¿Cómo es eso posible? ¿El amor se puede...hacer?
—¿Piensas que no es posible? —musitó Yuuri, contra la sensitiva boca de su chico, la cual poco a poco respondía al estimulo de su gustativa voz. Sumiso, le recostó boca arriba sobre la cama.
—Bueno...no hay imposibles en el universo —cuestionó, sin perder de vista ni un solo movimiento ajeno— Pero no podría reproducir en una tangente, un sentimiento
—¿Joh? —advirtió Katsuki, desabotonando el pantalón del especialista— Incluso siendo un genio, no lo sabes —se arrodilló.
—¿Cual es la formula? ¿Hay porcentajes? ¿Tienes ecuaciones? ¿Cálculos? ¿Simil-...ah? ... ... ... ha...Yuuri... ... ... ...ohh...
[…]
Viktor es un hombre fascinante. Realmente...no deseo que esto acabe. Por favor...permíteme estar un momento más a su lado.
[…]
—Viktor... —musitó el humano. La somnolencia abrumada en sus palabras— ¿Cuánto tiempo llevas mirándome así?
—Buenos días —susurró, con el embriague propio de una noche extraordinaria. Sus dígitos recorriendo la mejilla adormecida del menor— He notado que tienes una desviación en el tabique nasal, provocando que el velo del paladar, choque con el tejido de tu garganta y así, generar sonidos guturales estridentes de baja frecuencia sonora.
—Es-espera un segundo —parpadeó, absorto— ... ¿Qué? —no entendió un carajo.
—Ronquido —determinó, sonriente— Es así como ustedes lo llaman ¿No? En la tierra no los oí. Debes de haber estado muy cansado —besó su mejilla.
—E-eso es porque dormíamos en piezas distintas... —admitió, sumamente avergonzado— ¿Y...es por eso que no has dormido? —una gota deslizándose por su sien.
—Para nada. He dormido muy bien —comentó Viktor, dándole un abrazo asfixiante cual quinceañera enamorada— Es solo que me divertía mucho viéndote así. Además de que salivas mucho. Te parece a Maccachin en estaciones de sol.
—No sé si reír o llorar... — Ah...Ahehe...ha —se removió algo incomodo. Comenzaba a cuestionarse seriamente su caridad. Nunca se llegó a sentir tan imperfectamente mierda solo por ser humano. Suspiró rendido. No era culpa de Viktor, que ambos fueran dos seres de razas completamente diferentes. Se giró, tomando su rostro con ambas manos— Hey...¿Estás bien?
—Omitiendo el dolor punzante y desgarrador que siento en mi trasero, si. Estoy de maravillas.
—L-Lo siento...por eso...
—¿Por qué lo sientes? —examinó, apegando con propiedad y sumisión su cuerpo tibio al suyo— Ha sido maravilloso. Siempre creí que hacer flujo era un regalo de los dioses. Un avance de la tecnología ciertamente sublime. Pero esto... —sus azulados orbes, denostando la ansiedad del momento— Esto no tiene nombre para mí. Ha superado cualquier otra sensación existente. Y dudo que...otras razas hagan esto. Me siento privilegiado de alguna forma. Ustedes los humanos...tienen en su poder una magia increíble —acotó, besando su frente— Gracias por compartirla conmigo.
—V-Viktor... —apenas podía gesticular palabra alguna. Esa estúpida manía que tenía el Kentaurino de sacarle de sus cabales.
—Además... —rió de manera infantil— Con todo el material genético que derramaste dentro de mí, ¡Podríamos llenar todos mis estanques de cri-...!
—¡Viktor! —le cubrió la boca— Stap...
[...]
Pero...no importa cuántas veces le de vuelta al asunto. Viktor es un ser...de otro mundo. Literal.
No me canso de dar vueltas por su casa. Mientras el toma una ducha presurizada, me he vestido con una de sus prendas. Algo largo y de color blanco. Descubrí que en este lugar consumen un brebaje similar al café. Solo el aroma cambia. Sabe bien. Afortunadamente, no hace falta entender el idioma de las cosas aquí, cuando la mayor parte de su escritura es con símbolos.
Incursionando en los distintos botones de la sala, he abierto las "cortinas". Puedo elegir el paisaje que guste. He optado por el original. Sigo hechizado por la metrópolis. ¿Realmente estoy en otro planeta? Al ver a Maccachin echado sobre el sofá, la idea de escribir mi libro me asalta la mente. No puedo quedarme aquí para siempre. Tarde o temprano, tendré que volver. Mi familia me extraña. Pero la sencilla razón de dejar a Viktor provoca que quiera tirarme por el ventanal. Algo tendré que hacer. Lo que hicimos anoche...
—Viktor... —murmuró, acariciando con la yema de sus dedos, la dulce piel rosada de sus labios.
El timbre resuena.
—¿Eh? Apenas amanece...
No estaba del todo seguro si abrir o no. Después de todo, no era mi casa. Y tampoco era como si estuviera en Hasetsu. Me adentré a observar primero por la pantalla de la cámara de seguridad. ¿Yurio...? ¡Qué sorpresa! ¿Se había enterado de mi estadía? Seguro a manos de Mila. Al abrir la puerta, lo primero que atiné a hacer, fue darle una calurosa bienvenida, acompañada de un abrazo fortuito. El rubio, no emitió movimiento alguno; quedando de piedra por mi muestra de afecto.
—¡Ah! ¡Yurio! —aclamó con júbilo el japonés— ¡Estás a salvo! ¡Qué alegría! Cuando Otabek te llevó de la tierra, temí lo peor. Veo que también te liberaron.
—Ah...si —murmuró el ojiverde, anonadado con su recibimiento.
—¡Vamos! No te quedes ahí. Pasa —le jaló para que pasara, cerrando la puerta tras de sí— Creí que estarías molesto con Viktor por lo ocurrido. Veo que lo has perdonado ya.
—Bueno...no se puede estar siempre así ¿No?
—¡Claro! Es lo que pensé —acotó Katsuki— Siempre supe que eras distinto al resto —rió— ¿Y? ¿Has venido a hablar con Viktor?
—En realidad...yo...no...
Nikiforov se sumaba a la escena. Traía sobre su cabello una toalla y al rededor de la cintura, tan solo una tela muy delgada, fina y trasparentando todo lo que guardara su ser. Prenda de vestir que solo era utilizada con alguien de mucha confianza o...una pareja. La intimidad del momento, se apoderó de la mirada afilada de Plisetsky, quien no dudó en endurecer el semblante. El rostro del albino, se desfiguró por completo. Yuuri, poco y nada entendía.
—Viktor ¿Qué te pasa? —incursionó el azabache— ¿No estás contento? Yurio vino a verte a pesar de todo.
—N-No...Yuuri... —balbuceó— Ese...no es...
—¿E-eh...? ...
—Majestad... —reverenció el científico, cubriendo con timidez sus partes más intimas— Me hubiese avisado que vendría. Así yo hubiera podido...prepararme de mejor forma...para usted.
—Jm —bufó Yuri, cruzándose de brazos— No es la primera ni la última vez que te veo desnudo, bobo —exhaló— Aunque debo reconocer...que el terrícola es mas estúpido de lo que pensé.
—Eh —el periodista estaba de piedra. La habia cagado de formas monumentales y el desazón de su rostro no lograba bajarle el perfil al problema. En un acto de sometimiento, se lanzó al suelo en un dogeza —disculpa tradicional japonesa— casi matemático— L-lo siento...excelencia —negó con la frente en el suelo— Y-yo no sabia...lo confundí con un amigo...yo no-...
—¿Qué crees que haces? —el regente chasqueó la lengua con hostilidad— Levántate. Estas avergonzándome, tonto.
—Lo siento. Creí que era...
—No te culpes, Yuuri —dijo Viktor, vigorizando el perfil de su rostro con autoridad— Cualquiera se hubiera confundido al ver al príncipe...de pie. Seguramente tiene una buena razón para estarlo.
—A decir verdad, no he venido para darte ninguna explicación a ti—esclareció el príncipe con desprecio— He venido a ver al terrícola. Aunque a juzgar por el irritante olor en el ambiente, están algo ocupados. Puedo venir en otra ocasión.
—¡No, por favor, majestad! —le detuvo el humano, inconscientemente tocando su brazo. Automáticamente lo soltó, buscando en su mirada el parecido con su amigo— Quédese. Yo puedo ahora. No se vaya...
[...]
—N-No lo entiendo del todo... —titubeó Yuuri.
—En realidad...hacía tiempo que quería conocerte, Yuuri —explicó Plisetsky, observando con melancolía aquel tazón que sujetaba entre sus dedos. Un brebaje humeante de coloración pastosa— He escuchado cosas fascinantes de los humanos. Sobre todo por aquel poder misterioso que encierran.
—¿Poder misterioso? —redundó Katsuki.
—Lo llaman alma ¿No es así? —examinó el rubio— Ese poder inexplicable que...de alguna manera, los de tu raza desarrollaron ahí, en Ediru —nombre de la Tierra — Debo admitir, que es capaz de incluso cambiar de parecer al más poderoso de todos los seres —agregó, echándole una ojeada rápida a Viktor; quien permanecía de pie al lado del periodista. De manera insistente, le observaba— No me mires así. No he venido para matarlo o algo así.
—¿Eh? —el azabache se pasmó.
—A decir verdad, eso es lo que menos me preocupa en estos momentos —expresó Nikiforov, sujetando de manera preventiva el hombro del menor. Vacilaba ya, de las auténticas intenciones del regente— ¿Que le ha pasado a Yurio?
—Es verdad —musitó el nipón— ¿Yurio está...?
—Yurio está a salvo, si es eso lo que te preocupa —respondió el príncipe— Demonios. Es impresionante como los papeles se han invertido aquí —añadió, levantándose con hastió, pues el miramiento del científico ya incitaba a irritarle— Yo no tuve nada que ver en esto. El vino un día a verme y me ofreció su ayuda. Le expliqué, que no había salvado su maldito trasero para ser sacrificado por mí. Pero...claramente fue influenciado por otra persona para tomar la decisión que tomó —declaró, esta vez girando la vista al humano— Dijo que se lo debía a un buen amigo.
—¿Yurio hizo esto por mi? —parpadeó atónito el terrícola.
—Tu amigo Christophe logró extraer parte de su ADN.
—¿Cómo fue posible eso? —Viktor frunció el ceño.
—io q c no soi 100tifiko [?]
—Khe
—A mi no me mires. Tu eres el especialista aquí —finalizó— De todas formas, no hay que darle muchas vueltas al asunto ¿O sí? —sonrió— Mírame. Estoy de pie. Completamente curado. ¿No era eso lo que querías en realidad? ¿O es que acaso, Yuuri también te ha robado tu amor por mi?
—¿Yo qué? —Katsuki negó con la cabeza— ¡Wait!
—Es broma, idiota —bufó, en una carcajada— Viktor sabe que lo nuestro nunca hubiera resultado. Soy demasiado para el —ironizó, encaminándose a la puerta— No les quito más tiempo.
Sin mas preámbulos, el joven príncipe se retiró de la morada, encauzándose por el pasillo. A poco andar, la voz familiar de su viejo compañero le alertó.
—¡Espera, Yuri! —exclamó el albino, sosteniendo su hombro con derecho. La autoridad ejercida en aquellos dedos, paralizó por unos segundos al líder planetario. Hubiese esperado algo mas por parte del mayor. Pero sus sentimientos esta vez, eran mucho más sinceros y humildes que antes. Reales— Muchas gracias por haberme salvado. De no ser por ti, yo no-...
—No tienes que agradecerme a mí —pronunció— Agradécele a Yuuri. El es, quien realmente te ha salvado. Más bien —volteó— A todos...
Ese día lo comprendí. En aquel momento, poco y nada entendía de la verdadera relación entre Viktor y Yuri. Tal vez, si no me hubiese ganado la necia curiosidad de periodista que tengo, no me hubiera asomado por el marco de aquella puerta. Y mis ojos, se habrían atenido de presenciar tal acto de abnegación. Yuri había besado a Viktor en los labios. No le conocía del todo, mas bien, nada. Pero ese pequeño brillo de tras luz, recorriendo su pálida mejilla izquierda, lo dijo todo para mí. Una infame lagrima, lacerando el momento. Desconocía si realmente se habían despedido antes. Ahora, la sentencia estaba hecha; pues si no se había culminado con anterioridad, esta vez, lo estaba haciendo.
Esa fue la última vez que vi al príncipe de cerca. Vine a enterarme yo, dentro de mi propia ignorancia y falta de criterio, que al tiempo después se fue de viaje. Nadie sabe específicamente a donde se fue. Solo llegué a escuchar, a oídos de Mila, que su nuevo reemplazante, era alguien bastante peculiar y...poco ortodoxo.
—¡Que le corten la cabeza! —demandaba el príncipe.
—M-Majestad...no puede hacer eso —un sirviente, le detenía con timidez.
—¡¿De qué hablas?! ¡Yo soy el príncipe! —chilló.
—Te voy a acusar con Yuri si continuas así —regañaba Giacometti.
—Tsk, déjame. Es divertido —bufó Yurio, dando movimientos de pies a su amplio trono— ¡Ahhh, tengo hambre! ¡Sirvan mucho Katsudon!
Me alegré mucho al saber que Yurio y Yuri finalmente convivían en armonía. De alguna forma, había vuelto a sus verdaderas raíces. Por fin, tenía una familia. Mila continuó con sus experimentos extraños en las lunas aledañas. Es curioso...que después de tanto tiempo a solas, haya encontrado al fin un pasatiempo.
—¡Tal y como lo pediste! —vociferó el azabache— ¡JJ cumple sus promesas! ¡Toda una caja de residuos de Orbox!
—Excelente... —murmuró la bermeja, casi extasiada con la mercancía— Súbanla a mi nave. Haremos unas visitas a Esath.
En cuanto a mí. Bueno...jeje...
Por supuesto que regresé a la tierra. Aunque claro, luego de haberme pasado años con Viktor y de haber recorrido la mitad de la galaxia. Fue gracioso, enterarme que todo ese tiempo allá, solo había transcurrido en una semana en la tierra. Hay cosas que simplemente, no valen la pena explicar. El tiempo es relativo, al igual que mis lectores. Y digo lectores...porque bueno...por supuesto que no podía dejar el tiempo en vano.
"Mamá, mi novio es un extraterrestre"
—¡Se vende como pan caliente, Yuuri! —aulló Phichit, exponiendo foto tras foto en un macroma de flashes— ¡Wow! ¡Vamos, sonríe mas!
—¡Yo quiero un autógrafo! —dijo una muchacha.
—¡Por favor, firma el mío! —dijo otro.
—Po-Por favor...solo hagan una fila recta —se excusó Katsuki, algo nervioso.
¿No te lo dije? Eres mi mayor Best-Seller. Nuestro viaje juntos fue tan increíble, que ni los más avanzados científicos creerían lo que he escrito en mi libro. Es mejor así. Nadie puede ahora molestarnos.
—Me alegra mucho que te haya gustado —sonrió gentil el periodista, despidiéndose de una jovencita emocionada con la lectura.
—¿Me firmarías el mío?
—Por supuesto —asintió afable— ¿Que te gustaría que le pusi-...? —alzó la vista— Ah... — Viktor...
—No lo sé ¿Tu qué opinas? —musitó Nikiforov, conduciéndole con la mirada a abrir la tapa del texto. En la primera plana, una frase. Una mirada profunda, insipiente de un mensaje codificado que nadie sospecharía. Un sonrojo sutil, acompañado de una caricia galán sobre el dorso de su mano. El recado fue acogido, siendo escrita su respuesta.
-"Esta noche. ¿En tu planeta o en el mío?"
-"Contigo, donde sea"
Viktor siempre encuentra una forma de sorprenderme. El increíble chico de las estrellas, guarda un sin fin de secretos bajo aquella nebulosa mirada sensual. El ,tiempo jamás será desperdiciado para mí. Es valioso. Y al final de cuentas, ahora más que nunca, es lo único que tenemos. Todas mis respuestas finalmente fueron saciadas. El camino que estoy por recorrer, construye una ruta alejada de todo mundo conocido. Pues he llegado a la conclusión, que nunca necesité cruzar la inmensidad del universo para llegar a ti. Tu, siempre fuiste y serás...mi único universo.
[...]
Hasetsu. Aguas termales.
—¿Que has sabido de Yuri? —preguntó el terrícola, observando cauteloso el manto noctívago.
—Nada aun. Dicen que se fue de viaje.
—Pero ya ha pasado un mes desde que eso ocurrió —inquirió Katsuki, en un tono más bien preocupado— ¿Crees que le haya pasado algo?
—Créeme —suspiró el ojiazul, acomodando un paño húmedo sobre su nuca— Si le hubiese pasado algo malo, ya toda la galaxia estaría buscándole.
—Mhn...aun así —redundó confundido— Yuri es un príncipe. No deberían tomarlo tan a la ligera.
—Descuida, el estará bien —murmuró con confianza— Recuerda que recuperó sus piernas. Si yo estuviese tan sano como él, me hubiese ido a la puta también.
—Tienes razón... —esclareció— Había olvidado que ahora puede caminar por sí solo.
—Además —expresó el científico, alzándose de las aguas— Tu mismo lo has dicho. Es un príncipe. Estará en buenas manos —declaró confiado, esbozando una sonrisa efusiva— Iré por algo de comer.
—¿Eh...? —parpadeó confundido, viéndole salir. Aquella confianza desmedida le parecia sumamente extraña. ¿Podía ser que Viktor supiera realmente donde estaba Yuri? Aun así, la duda damnificaba sus pensamientos — Me pregunto...¿En dónde estará?
[...]
Mar Mediterraneo. España. Islas Baleares. 22:05 PM.
—¿No eres de por aquí, verdad? —mascullaba un hombre, sobre la barra de un luminoso bar.
—Ciertamente. No lo soy —declaraba.
—¿Que te trae a Ibiza? —investigaba el sujeto.
—Estoy buscando a un viejo amigo.
—¿Un amigo? ¿Hace cuanto que no lo ves?
—Uff... —bufó— Años luz.
—Huh... eres curioso, muchacho —carcajeó el tipo, dando un sorbo a su trago— Pues te diré una cosa. Has venido al lugar indicado. El mejor distrito para empezar a buscar, es este —declaró— ¡Estas en la mejor disco de la Isla!
—Eso me han dicho... —murmuró, esbozando una sonrisa ladina— Y más les vale que no se equivoquen.
—¿Eh?
—¡Damas y caballeros! ¡Que comience la fiesta!
[...]
6:40 AM.
—Hasta la noche, Juan —se despedía— Buena pirotecnia la de hoy.
—¡Tu sabes, hombre! —chillaba el muchacho, viendo como salía por la puerta trasera. Más atrás, le seguía una fémina pelirroja.
—¿No quieres que te lleve? —examinó, montándose a la moto— Estoy de camino a tu casa.
—No te preocupes. Pasará mi novio por mi —agradecía la joven, echando carrera— ¡Hasta la noche!
—Nos vemos —balbuceaba. Extraía desde el interior de su chaqueta un cigarrillo.
—Puedes llevarme a mí si gustas.
Esa voz...
—Ah... —el cigarrillo, cae al suelo— ¿Yu-Yuri...?
—Cuando mi padre me preguntó, a que planeta debía exiliarte —comentó Plisetsky. Traía consigo ropa humana, siendo su cabeza cubierta por el gorro de su poleron— No lo dudé dos veces. Supe...que este sería un buen lugar para ti, Otabek.
—Majestad... —titubeó, tragando saliva con dócil sumisión. Instintivamente, bajó de su transporte. Estaba más en shock que otra cosa— ¿Q-que hace aquí? Y-y...además...ahora puede...
—¿Caminar? ¿No es genial? —esclareció animado— Yurio fue muy considerado con su príncipe. Es el precio por perdonarle la vida.
—Y-yo no... —Altin masculló atolondrado— Yo no entiendo...¿Por qué...? —alzó la vista, como quien busca una aguja en un pajal— ¿Por qué ha venido?
—¿Por qué tendría que darle explicaciones de mis acciones a un subordinado como tú? —juntó el entrecejo con recelo— Es ridículo.
—Mil disculpas, excelencia. Casi olvido cual es mi lugar —se defendió con temor.
—Estúpido —carcajeó— ¡Estamos en la tierra! ¡¿A quién carajos le importa eso?! —acto seguido, tomó su mentón para elevar su rostro— Debo admitir...que el cambio te ha sentado bien, Otabek. Pasar de ser un arrogante e incrédulo militar, a un simple y corriente DJ.
— Nadie es más sabio que usted, honorable —admitió el ojinegro— He tomado mi castigo como indicó al pie de la letra. No puedo...hacer mucho par-...
—Vamos a dar una vuelta.
—¿D-disculpe?
—¿La música estruendosa te ha dejado sordo? —recalcó cual niño pequeño, ensamblando su trasero a la motocicleta— Vamos ¿Vas a desobedecer a tu príncipe? Quiero que me lleves a pasear en esta cosa de dos ruedas. Se ve interesante.
—Yuri... —musitó apenas, sintiendo un cándido sentimiento abrumador, comer su pecho. El rubor bochornoso apoderándose de sus pómulos.
—Muéstrame tu nuevo mundo, Otabek —dijo Yuri, con una sonrisa tierna— Quiero ser parte de él.
—Como usted ordene, majestad —asintió con júbilo.
Incluso si los humanos no fuéramos la única raza inteligente que habita la galaxia, espacio, tiempo, hemos sido privilegiados con un don único en este mundo. No debemos desperdiciarlo. No cuando tenemos todo, al alcance de nuestras manos. No hace falta que mires al cielo cada noche para conocer la inmensidad del universo. Solo debes cerrar los ojos por tan solo un instante. El universo, está dentro de ti.
Y tú, eres parte de él.
¡Muchas gracias a todos por haberme leído!
Lamento haber tardado tanto en subir el ultimo capitulo. Espero haya sido de su agrado 3 y sigan disfrutando de YOI. Es un gran anime.
See you soon~
