Aquí estoy por fin con el segundo capítulo. Esta es la historia más rara que he escrito, lo juro. Empecé escribiendo el que ahora será el tercer capítulo en primer lugar, solo porque tenía ganas de escribir un oneshot Lemmon en un omegaverse. Después decidí darle una precuela, que fue la que publique y que resultó ser el primer capítulo. Ahora, escribí este, que queda de intermedio entre esos dos. Y ahora debo darle una conclusión a la historia, y tratar de escribir uno o dos capítulos más para darle un fin apropiado. Juro que solo quería escribir un Oneshot. Soy un caso perdido. Aunque he divagado en otras ideas, realmente no he tenido mucho tiempo para mi, mucho menos para escribir, así que iré poco a poco. Muchas gracias a quienes se han tomado las molestias de leer la historia, seguirme o enviarme algún mensaje de ánimo, o con su opinión. Esos son los que más me gustan. Les dejo esta historia, espero que les guste.

Ash se sentía últimamente más irritado que de costumbre. Su vida había cambiado bastante en solo un par de meses, y es que había dejado su inocencia de lado de pronto. Había dejado de ser un niño, aun cuando todos creyeran lo contrario. Si, se seguía portando infantilmente porque eso le daba ciertas ventajas, pero no es que lo fuera por completo. Siendo inocente como aparentaba, podía seguir a Elisabeth todo el tiempo sin que nadie sospechara nada, principalmente sus padres. Aunque no lo hacía como tiempo atrás por el simple hecho de tener a una compañera de juegos y alguien que le brindaba cariño incondicional. Bueno, en cierta medida, seguía siendo la misma situación, solo que los juegos ya no eran infantiles, y su cariño por ella no era meramente fraternal. Había descubierto lo que era un celo, un mate, la relación entre alphas y omegas, y bastantes cosas más de primera mano. Había descubierto que era un Alpha, y que todo en Elisabeth lo volvía loco, y no sabía cómo disimularlo. Era su compañera destinada, lo sabía, y le irritaba de sobremanera que ella no lo dejara gritarlo a los cuatro vientos. Ella se sentía culpable por haberlo iniciado en todo aquello por un momento de placer, sin ponerse a pensar en las consecuencias o en su inocencia. A Ash no le termino importando, prefiriendo que haya sido con ella, su mate, además que sus instintos también habían terminado despertando. Ash sabía que solo era cuestión de tiempo para que aquello hubiese pasado.

Aprovechaba cada oportunidad que tenía para pasar su tiempo aún lado de la mujer, poniéndose celoso ante cualquier pretendiente, y pese a su corta edad, pronto supo que era muy demandante, y se lo hizo saber a Betty. Le parecía ciertamente irónico que a vista de todos, ella fuera ruda y llevara las riendas de cualquier situación, pero cuando se colaba en su habitación, fuese completamente sumisa ante él.

Pronto aprendió porque los Blantorche guardaban recelosamente la condición de Elisabeth. Ella era una mujer inteligente, con carácter, y llena de habilidades para ser la heredera del legado Blantorche mejor que nadie. Pero la gente solía ser muy tonta. Las castas de Alphas y Omegas eran bastante marcadas, y aunque el mundo luchaba por la igualdad, ciertamente faltaban muchos años para poder lograrla. La sociedad entera decretaba que debías ser y como debías comportarte si nacías en cualquiera de estas condiciones. Un Omega jamás sería tomado en cuenta en cuestiones importantes, aún si era la persona más habilitada, dudarían de sus capacidades y prácticamente los relegaban a cuestiones de casa o artes. Un Omega era visto solo como alguien a quien ofrecer en matrimonio al mejor postor.

Betty no soportaría eso. Era feliz siendo libre, tenía madera de líder, no se sabía guardar una opinión y luchaba por lo que creía correcto. Él amaba eso de ella, y jamás se lo llegaría a quitar, aunque el mundo opinara lo contrario. Si debía seguir esa farsa, lo haría solo por asegurar su bienestar. Eso no quitaba el hecho de que deseaba dejarle una marca en su cuello, para que supiera que él era su pareja destinada. Que nadie más se atreviera a acercársele con excusas tontas tratando de seducirla. Elisabeth estaba fuera del mercado, y tarde o temprano el mundo lo sabría. Aunque el hecho que lo entendiera no quería decir que no lo frustrara. Tenía que luchar contra su instinto en cada ocasión, el mismo que le pedía marcarla cada vez que la hacía suya.

Elisabeth le reñía que aquello estaba mal, de muchas maneras, pero no se negaba a aceptarlo entre sus brazos o a recibir sus besos. Le cuidaba más que antaño, y cuando sabía que estaba de mal humor, algo que Ash aún no terminaba de entender como lo adivinaba, buscaba la forma de relajarlo. Era feliz, pensó, aun cuando debía guardar las apariencias. Él también tendría muchas dificultades cuando los padres de Betty, los que lo acogieron como a su propio hijo, supieran que lo suyo no era una relación fraternal. Probablemente lo desconocerían, y Ash odiaba pensar en aquello. Se había aprovechado de su amabilidad y de su cariño, desde cualquier forma que lo viera, solo rogaba que lo pudieran perdonar.

Había otra cosa que lo irritaba de sobre manera, y esa es la de aquel personaje pintoresco que se había presentado un par de días atrás, diciéndole que era su familiar y que le debía lealtad. Él lo había tildado de loco, alejándose cuanto antes de aquel hombre rubio. Su familia había muerto cuando el apenas era un niño, y nadie le había ayudado, salvo los Blantorche. Ellos eran su única familia, y ahora venía ese lunático a decirle aquello. Y se había dedicado a seguirlo, hablándole de su misión y de sus planes. Ash pensó varias veces en atacarlo, en denunciarlo, pero siempre desaparecía, y Ash comenzaba a cuestionarse si se estaba volviendo loco.

-¿Así que es por esos bastardos que no te unes a mí? Bien, lo solucionare.- Le dijo un día, harto de la actitud del joven que no le obedecía. Ash volteó a verlo, asustado, pero ahí ya no había nada. Su vista regreso al día de campo que se llevaba a cabo a solo un par de metros. Los señores Blantorche se encontraban en una pequeña mesa de madera, riendo y platicando cual par de adolescentes. Betty se encontraba un poco más cercana, acariciando a un corcel que había amarrado en un árbol cercano. El corazón de Ash latía acelerado por el miedo, y Betty volteo su mirada hacía él, curiosa. Le pidió que se acercará, y el termino por hacerlo.

-¿Estas bien Cher? Luces muy pálido.-

Él se lanzó a abrazarla, tratando de calmar sus temblores, sorprendiéndola. –Lo estaré… Solo… solo quédate conmigo.- murmuro contra su pecho, preocupándola de sobremanera.

Ash pareció calmarse conforme los días pasaron sin mayor percance. De hecho, aquel sujeto, alucinación o lo que fuese, dejo de molestarlo. Supuso que todo aquello se debía a su estrés por la situación en general, nada más. Siguió entrando a escondidas en el cuarto de Elisabeth, o preparando algún postre con su madre adoptiva, o escondiéndose de Jacques solo para molestarlo.

Pero el terror y la desolación llegaron el día en que regresaba a casa del colegio junto con Elisabeth y Jacques, solo para encontrarse aquella escena. La casa ardiendo en llamas, consumiéndose por completo. Elisabeth grito, presa del pánico, sacándolo de su estupor cuando corrió directo a la casa consumida por el fuego. Él el sujeto, evitando que entrara a aquel infierno, mientras ella gritaba y trataba de safarse de sus brazos.

Fue una pérdida total, nada ni nadie se salvó. Betty había perdido los estribos, llorando amargamente su perdida, mientras él la consolaba entre sus brazos. Poco le importaba nada más aparte de aquello. Ash se dijo que sin importar lo que pasara, protegería a Elisabeth y vengaría a sus padres. Era su deber.

Comenzó a planear con mucho cuidado lo siguiente que haría. No debía poner a su querida Elisabeth a ningún peligro. Aún si eso implicaba apartarse de ella. Acaricio suavemente sus cabellos, mientras sentía su respiración acompasada. Esperaba que algún día pudiera comprenderlo. Sabía que siendo tan obstinada como era, lo buscaría hasta reunirse nuevamente. Él le explicaría sus motivos, y ella terminaría por perdonarlo, se haría cargo de eso. Y entonces, ese día, por fin le diría al mundo que era suya. Esa noche le fue más difícil que ninguna otra resistirse a marcarla. Se iría, dejándola sola y a merced del mundo. Pero se negó a pensar en eso cuando la tomó para él varias veces, hasta dejarla agotada.

-Te amo cherie. Nunca lo olvides.- Murmuró, dejándole un suave beso, antes de salir de aquel cuarto.