Él abrió sus ojos con pesadez, encontrándose rodeado de extraños que vestían túnicas largas y máscaras negras.

"Katsuki Yuuri. Murió en un accidente automovilístico y está aquí para ser juzgado." Escuchó una voz por encima de él hablar, y Yuuri entrecerró sus ojos, tratando de distinguir las sombras que lo rodeaban en aquel mal iluminado cuarto.

"Este hombre ha sido un atleta dedicado, un buen hijo y hermano. En resumen, él ha sido lo que se puede considerar una buena persona," una voz femenina le contó a los demás, y los murmullos no se hicieron esperar, sin duda alguna, estaban hablando de él. "Sin embargo, Yuuri nunca conoció el amor verdadero."

Yuuri quiso interrumpir en ese momento. Por supuesto que él había conocido el amor. Él era amado por su familia, por sus amigos, y por el puñado de admiradores que lo seguían en las competencias. "Nunca conoció el amor que sólo una pareja puede dar," la voz añadió a manera de conclusión, casi como si pudiera leer su mente.

Bueno, poniéndolo así…

Otra voz entonces resonó en aquel cuarto, silenciando a los otros. "He escuchado lo suficiente. Katsuki Yuuri, serás puesto a prueba. Si puedes encontrar el verdadero amor en el transcurso de un mes, entonces serás perdonado, y podrás continuar viviendo por el resto de tu vida natural. De lo contrario, tu alma regresará aquí, y esperará, así sea por toda la eternidad, ha recibir un juicio justo. El Ángel de la Muerte te seguirá para asegurarnos que has cumplido tu misión."

Yuuri asintió, y antes de que pudiera preguntar, una luz brillante lo abrazó, cegándolo por un instante. Cuando pudo abrir los ojos de nuevo, se encontró en la habitación de un hospital. Entonces, todo había sido un sueño, ¿verdad?

En ese momento, la puerta se abrió de golpe, y un extraño con traje negro, ojos azules y pelo plateado, atravesó el umbral, trayendo una tablet con él. "Katsuki Yuuri. 23 años. Murió en un accidente. Bien, yo soy el Ángel de la Muerte, pero me puedes llamar Victor, y he venido a.-" el hombre paró de repente, observando detenidamente al desconcertado muchacho en la cama.

Mierda. El Ángel de la Muerte nunca se había enamorado de un mortal -o de algún ser-, y menos así de rápido.