Capítulo 2

Lo primero que hice al llegar a Nueva York fue cumplir la promesa que me había hecho. Me armé de valor y, tras meses de búsqueda e inseguridades, di con la ubicación del poeta y llegué al Asilo en el que se encontraba para enfrentarme con los fantasmas de mi pasado con la esperanza de que me recordara. De que me hubiera guardado en su mente con el mismo cuidado con el que lo había guardado a él.

— Suele quedarse callado después de comer. Puede que sea la digestión, con la que ocupa toda su energía, que no le deja fuerzas para hacer ninguna otra cosa—. Explicó el muchacho que me guiaba a través de los pasillos del Asilo— Aquí estamos. Hola, Arnold. Tiene una visita.

El Señor Dumont siquiera levantó la vista, estaba concentrado en el estampado de las cortinas de su habitación. Tomé una bocanada de aire para calmarme, escondí las manos sudorosas en los bolsillos de mi chaqueta y me adentré en aquel cuarto repleto de libros en las estanterías. De inmediato me alegré de que tuviera acceso a ellos pero temí que, ahora que los tenía en su poder por tanto tiempo como quisiera, no pudiera disfrutarlos. Como si me hubiera leído la mente, el muchacho cerró la puerta a nuestras espaldas y agregó.

— Le gusta que le lea. Especialmente los de aventuras, en sus tardes más lúcidas ha llegado a contarme que su vida estaba repleta de ellas. Solía pasearse de ciudad en ciudad sin detenerse demasiado en ninguna. Como si fueran historias de vidriera, las analizaba, tomaba lo que le servía y luego continuaba. No se encariñaba con ninguna, su hogar estaba aquí—. Sonrió, llevándose el dedo índice a la cien.

Le devolví la sonrisa, agradecido. Arnold no era mi abuelo, pero fue lo más cercano a un familiar que alguna vez tuve. Sin embargo, había algo en aquel lugar que me hacía sentir incómodo. Como si cada segundo que permanecía allí el aire se hiciera más denso y transitara con mayor dificultad hacia mis pulmones. Jugueteé con mis manos en silencio, incapaz de formar frases coherentes para responder al extraño.

— No nos conocemos hace mucho, en realidad—, continuó él, frotándose el cuello tras percatarse de la atmósfera de tensión que se estaba generando en la habitación— No hace más de un año desde que me mudé a Nueva York para estudiar actuación. Casi enseguida descubrí que las artes escénicas no son lo mío, al menos no de la forma en que pensaba.

Soltó la risa cubriéndose la boca con la mano, como si aquello fuera una especie de broma privada. Su risa era apenas perceptible, melodiosa. Me recordaba al tipo de café que me gustaba, suave pero lo suficientemente cálido para envolverte el alma. Le hice espacio a mi lado en la cama, nos quedamos mirando las cortinas como lo hacía Arnold, porque resultaba más sencillo que mirarnos a la cara.

— Mi madre era actriz

No entendí porque, de repente, había soltado aquello. Nunca, absolutamente jamás, había hablado de mi madre antes. Era una mochila invisible, a la que ya me había acostumbrado, que cargaba sin darme cuenta. En su momento, me pareció que debí ser por Arnold. Por encontrarme en un momento como aquel, sensible a causa de aquella circunstancia que marcaba un antes y un después en mi vida. Algo por lo que había esperado tanto tiempo, a lo largo de mi infancia y adolescencia, que al alcanzarlo parecía más irreal de lo que había sido en mis sueños.

— ¿Cómo era ella?

— No lo sé. Egoísta, supongo. Arrogante, de carácter fuerte. Siempre me dicen que mis ojos lucen exactamente como los de ella.

— Es lo que siempre le decían a Harry Potter— comentó y yo lo miré extrañado, con el ceño fruncido, porque me costaba entender su sentido del humor. No por ello me disgustaba, más bien me parecía interesante, pero eso fue suficiente para hacerlo aclararse la garganta y evitar mi mirada— Uhm. Quiero decir, ¿tu madre tenía algún parentesco con Arnold?

— No.

Humedecí mis labios, preguntándome si había hecho bien al presentarme allí. Arnold ya no me reconocía, en parte yo tampoco lo reconocía a él. Mis ojos recorrieron su figura débil y encorvada que había sido tan impotente alguna vez, lo recordé regateando en las ferias y recitando poesía en los cafés. Reía escandalosamente, como mi padre, cual si quisiera aprovechar cada segundo de vida haciendo saber al mundo que él estaba allí. Dejando marcas firmes, sonoras, pisando con seguridad. Con la misma fuerza con la que estrechaba manos y apoyaba la jarra vacía sobre la barra para que el cantinero le sirviera más. Aquella cáscara humana no guardaba más que recuerdos y el descubrimiento de esto me atravesó el pecho como un puñal. Me puse de pie sin decir adiós siquiera y me marché antes de que el muchacho pudiera detenerme con sus preguntas y ocurrencias.

El camino a casa de me hizo largo. Comparé las pisadas del pavimento para distraerme, cada tanto algún pensamiento ridículo cruzó mi mente como mecanismo de autodefensa. Era preferible preguntarme qué hacía un estudiante de actuación trabajando en un asilo que entregarme a cavilaciones penosas que no harían más que enterrarme en mi propia miseria. Así que pensé en el desconocido con un aburrimiento falso, premeditado. En sus manos pálidas frotando su cuello parcialmente enrojecido o llevando el cabello castaño hacia atrás, en sus pestañas alargadas acariciando sus mejillas. Y en sus ojos. La extraña combinación entre la intensidad de su mirada y la disculpa silenciosa por aquella intensidad. Como si buscara desnudarte con los ojos y luego se lamentara por ello. Pronto, las imágenes mentales se agotaron y las precedió otro vacío doloroso. Supe que no podría evadir la situación por siempre, pateé una piedra antes de doblar en la esquina. Extrañé la playa, por primera vez. Al llegar, colgué uno de los cuadros de mi padre en la pared. Uno en el que una mujer, que asumía debía ser mi madre, admiraba el mar con una expresión parcialmente altanera pero con un deje de paz a la vez. Como si fingiera estar por encima de la situación pero, en lo profundo, se encontrara verdaderamente emocionada ante el paisaje. No pude evitar identificarme con aquella mujer. Cerré los puños y volví a abrirlos, mis manos temblaban.

— ¿Terminaste de desempacar?— Jeff me llamó esa misma noche, tal y como lo había prometido.

— La mayoría de las cosas, si. Me quedan algunos cuadros de papá por colgar y la caja con los libros que no puedo sacar hasta colocar los estantes. ¿Cómo están los demás? ¿Has sabido algo de ellos?

— Thad lo decidió, al fin, y va a tomarse el año libre para viajar. Todavía no se lo dijo a sus padres. Wes comienza la universidad la semana que viene y Nick viene mañana a casa para ayudarme a hacer las valijas. Probablemente estemos mudandonos juntos a fin de mes pero queda papeleo por hacer y esas cosas.

— Se lo merecen. Por lo menos ahora van a poder besuquearse en privado sin provocarnos la inevitable necesidad de vomitar a los pobres desgraciados que los teníamos que soportar en los pasillos de Dalton—, gruñí por lo bajo pero ambos sabíamos que sonreía en secreto.

— Te recomiendo dedicar unos minutos extra a ensayar cómo ocultar el aprecio que nos tenés, capitán—. Estuve seguro de que sonreía también, del otro lado— ¿Estás bien?

Opté por mentir, como de costumbre. Estaba agradecido de contar con ellos pero mi relacionamiento con la gente siempre había sido de aquella manera. Solía llevarme bien con todo el mundo, había desarrollado un carisma que hacía fácil comunicarme y salir airoso de situaciones que ameritaban un buen uso de la palabra. Era popular, de cierta forma. Y, sin embargo, era un alma solitaria que se empeñaba en instalar muros que me apartaban de los demás cuando sentía que las distancias se acortaban demasiado. En la soledad me sentía miserable, pero seguro. Extrañaba la playa, porque me regalaba un descanso del mundo para ser yo mismo. Extrañaba al Arnold que solía conocer, por la misma razón, porque con él no habían muros y el silencio se extendía sin que por ello resultara incómodo. Porque no tenía que ser el Sebastian diplomático que tenía la palabra justa en el momento justo, podía ser el niño caprichoso o el adolescente apenado que cuestionaba la vida y el desenlace de los hechos. Podía ser el Sebastian que no tenía respuestas, que no sabía que decir, que contestaba con monosílabos cuando no creía que el desarrollo de la frase valiera la pena. El que no tenía que rellenar espacios porque los vacíos estaban bien, en aquellas épocas en las que en realidad lo estaban. Ahora el vacío dolía y, por tanto, tenía que taparse con cotidianeidades.

Corté la llamada y me recosté en la cama mirando al techo. Estiré la mano para apagar la luz de la lámpara y pensé en el rostro del muchacho, que por alguna razón se me hacía conocido, antes de entregarme a las pesadillas que me perseguían por las noches.


Adelanto del próximo capítulo...

Tuvieron que pasar tres días para que volviera al Asilo, correteando por entre los pasillos y respirando agitadamente al encontrar a la persona que buscaba:

— ¡Ya sé quien sos!

— Te tomaste tu tiempo, Sebastian.