Capítulo 3

Tuvieron que pasar tres días para que volviera al Asilo, correteando por entre los pasillos y respirando agitadamente al encontrar a la persona que buscaba:

— ¡Ya sé quien sos!

— Te tomaste tu tiempo, Sebastian.

Kurt no había cambiado mucho pero, a decir verdad, la pubertad le había sentado bien. Se vestía con confianza, su forma de caminar era más elegante y decidida. Coqueta, podría decirse. Su disposición a entrometerse y ayudar a los que lo necesitaban, sin embargo, era exactamente la misma. Así como el brillo de sus ojos, sus manías y sus pucheros. Sebastian recordaba su afición al decorado, al orden y la prolijidad. Era detallista, metódico. La mitad de la habitación que le pertenecía estaba permanentemente impecable, en especial cuando se la comparaba con la suya.

— Nunca me adoptaron, lo que en realidad no me sorprende—. Hizo un enorme esfuerzo para que no lo notara pero, aún así, no tuve problemas en detectar la herida que se agravaba ante aquella confesión. Deseé que mis padres adoptivos se lo hubieran llevado en mi lugar. No creía que el haber sido elegido por ellos hubiera hecho mi infancia mucho más feliz que la de Kurt, la soledad nos había visitado en igual medida a lo largo de aquellos años—. Por un tiempo fui a Mckinley pero de inmediato la cosa se puso fea, así que regresé y las monjas me dieron clases. Cuando me gradué, una de las chicas del centro me contactó. ¿Te acordás de Rachel? Estaba estudiando en Nueva York y necesitaba un compañero de piso, así que no dudé en aceptar.

No la recordaba. A nadie, en realidad. Excepto a él, a quien solo había prestado atención porque, de todos los presentes, había sido el único que parecía haberme prestado atención también. El único que se interesaba por mis faltas a clase y a las oraciones diarias, el que trataba de buscarle explicaciones a mi comportamiento y daba lo mejor de si para entenderme cuando ni yo podía hacerlo. El que no se rendía, aunque yo ya lo hubiera hecho hace tiempo.

— ¿Y cómo terminaste en el Asilo?

Nos sentamos en uno de los bancos del patio trasero. Estos estaban dispuestos en círculo alrededor de una fuente. A la hora de la merienda, los ancianos saldrían a ocupar los bancos libres y tomar el té, sus murmullos eran aterciopelados. Un masaje a los oídos. La incomodidad del día anterior había sido suplantada por la impresión de estar dentro de un sueño, con todas aquellas flores que cultivaban tomando turnos.

— Me sentía muy bien en el escenario, aferrandome al micrófono con toda esa... Esa pasión contenida. Como si durante años estuviera aguantando la pared de una represa a mis espaldas, a punto de derrumbarse, y de pronto simplemente desistiera y me dejara llevar por el agua—. Kurt debió haberse sentido expuesto ante aquel arrebato, sonrojándose ante mi mirada estupefacta— Lo siento, a veces no mido mis palabras.

— Esta bien, continúa.

— Pero esa sensación que me invadía al cantar era una gota de agua en el mar plagado de pirañas y no quería pasar el resto de mi vida luchando contra ellas y haciéndome espacio en un mundo en el que todos quieren hablar al mismo tiempo y nadie se escucha. Yo quería poder escuchar y ser escuchado, que mis palabras fueran como un espejo y así hacer llegar a todos las historias que llegaban a mi. Sabía que NYADA no podía darme lo que yo buscaba, allí no habían historias que merecieran ser contadas, sino millones de cuentos vacíos que buscaban una historia. ¿Tiene algo de sentido lo que estoy diciendo?

Asentí. Era exactamente lo que sentía. Mi vida se había convertido en una cáscara, un cuento buscando su historia. Y por eso el encuentro con Arnold me había afectado de aquella manera. Porque veía en él lo mismo que sentía en lo profundo de mi alma. Mi cuerpo, que tampoco era el mismo, era todo lo que quedaba de la esencia un niño lleno de sueños que solía habitarlo. Ahora solo cargaba con las partes rotas de un rompecabezas sin solución. Y me aferraba a un sueño ajeno olvidado que ya no tenía razón de ser. Me picaba la garganta pero tomé una bocanada de aire para aguantar las lágrimas y, de alguna forma, logré apaciguarme sin que Kurt vislumbrara mis tristezas.

— Un día, por casualidad, encontré el anuncio en internet. Buscaban voluntarios para leerle a los ancianos. Mis padres habían muerto antes de cumplir ocho años y no tenía tíos ni abuelos que cuidaran de mi. La idea de poder contar, no con dos o cuatro, pero con más de treinta abuelos dispuestos a escucharme, a compartir su tiempo conmigo y tomar el té por las tardes... Era perfecto. No fue una decisión altruista, en absoluto. Fui egoísta, yo los necesitaba más de lo que ellos me necesitaban a mi. Así que comencé a frecuentar el lugar, al principio un par de veces por semana. En un abrir y cerrar de ojos, había hecho nuevos amigos. Estaba dirigiendo una obra de teatro, formando parte del coro, organizando fiestas temáticas...

Kurt había encontrado su hogar, la familia que siempre había deseado tener. Grande, cariñosa, de mente abierta. Que no lo juzgaba por su voz, por su forma de vestir. Juicios con los que había lidiado durante años en el centro de adopción y, según parecía, también en Mckinley. No pude evitar ser absorbido por su experiencia, por los personajes que iba construyendo en mi mente con matices de todos colores. Pronto supe del buen gusto de Anna, que le había pasado a Kurt una lista de tiendas de segunda mano en la que conseguir prendas increíbles a un precio de locura. Supe que uno había aprendido de las técnicas del otro cuando se juntaban a modificarlas, con la máquina de coser del sótano. Me enternecí con el amor de Celia y Ángel, ambos viudos, que se conocieron jugando al bingo y ahora paseaban todas las tardes y se escondían entre los arbustos como adolescentes a los que había que salir a buscar antes del anochecer para regresarlos a sus respectivas habitaciones. Emilio, a cargo del jardín, que se enorgullecía de su voz potente -que en los ensayos del coro se escuchaba desde afuera del Asilo- y de sus habilidades en la guitarra que, aclaraba por las dudas, solían ser incluso mejores en sus épocas de juventud.

No me di cuenta del paso del tiempo hasta que Kurt interrumpió su descripción para admirar la puesta de sol. La luz anaranjada se proyectaba sobre el agua de la fuente en la que una pareja de pájaros tomaban turnos para beber e intercambiar melodías. Me sentí agradecido, aunque no supe entender a que se debía aquello. Si a la habilidad de Kurt de inyectarme esperanzas en la búsqueda de mi lugar en el mundo o en el hecho de que había experimentado a su lado, como antes lo había hecho con Arnold, aquella vieja costumbre de ser yo mismo sin la necesidad imperiosa de impresionar, de caer bien, de hablar constantemente para que a nadie se le escuchara las penas. Kurt había presentado las suyas desde un principio pero se mostraba optimista. No me vendía falsas seguridades, me aseguraba que la posibilidad de salir del agujero aun estaba allí. Y no había nada que quisiera más que aferrarme a esa posibilidad. Solté un suspiro, dejé que mi cuerpo se relajara de a poco y, sin pensarlo demasiado, ladeé un poco la cabeza para apoyarla sobre su hombro.


Adelanto del próximo capítulo...

Había algo en su risa que me devolvía las fuerzas, como si al final de una larga carrera me ofreciera una botella de agua para aliviar el peso de mis músculos, suavizar la sequía de mis labios y limpiar la suciedad que la vida me iba dejando impregnada en el alma. Se cubrió la cara y yo insistí, tratando de apartar sus manos para volver a saborear la dulzura de sus ojos, y tras un breve forcejeo desistió. Ya no reía, solo me miraba con el semblante oscurecido por la preocupación, el miedo.

— Mis acciones no fueron desinteresadas, Sebastian. Jamás lo fueron. Si mostraba interés, es porque de verdad me interesabas.