Capítulo 4

Las siguientes semanas fueron amoldándose en un esquema mental para generar lo que al cabo de un tiempo pude considerar mi nueva rutina. Dormía durante gran parte de la mañana, salía a correr para despejarme y reflexionar. A la vuelta, pasaba por el café y llamaba a Jeff o a Nick con quienes conversaba mientras me sumergía en la bañera. A mis padres adoptivos, de vez en cuando, con la misma motivación forzada por el compromiso que ellos habían empleado al aparecer por el centro de adopción en primer lugar.

— ¿Cómo vas con la novela?

— El proceso está en pausa temporalmente, preferí enfocarme en la corrección del manuscrito de ese otro autor que les mencione. La tarea que me pidieron de la editorial, la semana pasada. Es lo que paga las cuentas, al fin y al cabo. Al menos por ahora.

— ¿Desde cuando te preocupa eso, sobre todas las cosas? Tus padres nunca le pusieron restricciones a tus tarjetas doradas, si hay algo que te detiene para crear esa novela definitivamente no son las cuentas, Smythe.

Era cierto pero no por eso dolía menos admitirlo. Aquella novela, la primera que estaba a punto de terminar, sería su carta de presentación. Definiría su carrera. La impulsaría o la hundiría de manera irreparable. Cada vez que se imaginaba en el despacho de algún importante editor, se esforzaba un poco más al revisarla y encontraba otro centenar de errores en los que detenerse antes de seguir avanzando. Generalmente, sentarse a escribir era retroceder dos pasos por cada paso que avanzaba. Así que se daba tiempo y volvía su atención a los manuscritos ajenos con los que se permitía tener piedad.

— ¿Es una cuestión de tiempo? Cuando te llamamos en la tarde nunca contestas, Nick dice que de seguro ya encontraste algún neoyorquino interesante con el que reemplazarnos.

— Nick se equivoca.

Respondí demasiado rápido y, para colmo de males, me entretuve con los recuerdos de la tarde anterior en la que Amanda nos sorprendió con conos de helados para todos. O por lo menos para todo aquel que no tuviera alguna enfermedad o malestar que le impidiera disfrutarlos. Estaba sentado en el suelo, junto a Kurt y de espaldas a la fuente, para quedar enfrentado a Emilio que tocaba la guitarra desde el banco que compartía con Steven. Ambos entonaban a viva voz un viejo tango que se bailaba en sus épocas y Kurt les acompañaba con un movimiento de su cabeza, de lado a lado. Sus ojos estaban cerrados y su boca dibujaba una sonrisa inmensa en su cara manchada de helado. Apoyé la barbilla sobre mi mano para observarlo con detenimiento y grabar una fotografía mental de aquella imagen infantil tan pura, embriagado de la ternura que ofrecía.

— ¡Traigan los recipientes vacíos antes de que atraigan a las hormigas!—Desde la cocina, Amanda levantó un poco su voz chillona cuando notó que nuestros cantos habían cesado y Emilio, que entendió el peligro que corrían sus plantas, se apresuro a entregarle a Steven la guitarra para devolver los recipientes. Steven lo siguió, con la guitarra en la mano, preguntándole que hacía porque no había escuchado bien a Amanda.

Kurt abrió los ojos finalmente y recorrió la escena completa hasta posarlos en los míos, que en ningún momento habían dejado de analizar sus facciones y sus movimientos. Consciente de esto, se llevó la mano a la cara para asegurarse de que todo estuviera en orden y descubrió la mancha de chocolate en su mejilla. Apartó la vista y se llevó los dedos a la boca disimuladamente. Reprimí una sonrisa y me concentré en los pastitos en los que enterraba mis dedos, jugueteando con ellos sin decir nada. Fue él quien rompió el silencio.

— Todavía no me contaste cómo fue tu vida después del orfanato.

— Exactamente igual—, me encogí de hombros—, seguía respirando aunque a nadie le importara y viviendo por los demás porque no encontraba razones para hacerlo por mi mismo.

Ya le había hablado de Arnold y de aquellos tres años en los que habíamos recorrido el mundo buscando refugio cuando caía la noche y partiendo sin mirar atrás en la madrugada. Lo más parecido a una familia que alguna vez había tenido, sin contar la crianza de mi padre biológico; después de todo, vernos cuando regresaba tras haberme dejado solo todo el día con nada más que un pedazo de cuerda, una piedra y un libro no podía contar como crianza por más divertido y generoso que me hubiera resultado.

— Si nunca encontraste razones fue porque no buscaste lo suficiente. Las razones se esconden porque esconderse genera adrenalina, hace que la vida sea interesante. Si las respuestas anduvieran a simple vista, al alcance de la mano, la gente perdería la razón pero de forma permanente.

— ¿Con eso estas implicando que soy un vago por no buscar con suficiente ímpetu?

— Un vago, angustiado y quejoso de mal carácter que no hace más que lamentarse, rendirse antes de dar todo de sí y encerrarse en su burbuja en donde se siente seguro. Un cobarde, resentido, de una sensibilidad escandalosamente frágil y un impenetrable escudo de mentiras que alimenta para sentirse mejor consigo mismo, para excusar su incertidumbre e inactividad.

— Wow, me alegra saber que causé una buena primera impresión cuando nos conocimos. ¿Las monjas te pidieron que hicieras un ensayo sobre mi personalidad? De ser así, debiste haberte esmerado bastante. No me sorprendería que también hubieras memorizado los lunares de mi espalda mientras dormía.

Si en algún momento temió haberme ofendido con su arranque de sinceridad, los rastros de duda se desvanecieron de inmediato al largar aquella carcajada silenciosa que me hipnotizaba. La valentía del chico permanecía intacta, su ingenuidad y coraje seguían obrando antes de su mecanismo de autodefensa o temor a caer mal. Y, a pesar de que aquello solía molestarme cuando compartíamos cuarto, cada vez más descubría que era todo lo que lo hacía diferente al resto. Una muestra clara de preocupación, de que de verdad estaba dispuesto a escuchar. De que, a pesar de que podría tomarlo a mal, haría todo lo posible por ayudarme a mejorar como persona. Detectar mis errores e inseguridades y trabajar en ello. Además, con el tiempo me había vuelto adicto a su risa hasta el punto de desear que alguna buena oportunidad de hacer una broma se presentara para no dejarla ir. Para recibir el fruto de mi esfuerzo en la especia que más disfrutaba. Lo mejor era cuando me contagiaba, como en este caso, en el que me atreví a hacerle cosquillas en las costillas para que no se detuviera.

— ¿Será que todavía te piden avances en la investigación de mi personalidad? ¿Te pagan por ser su espía o también lo haces de favor, voluntariamente?

Había algo en su risa que me devolvía las fuerzas, como si al final de una larga carrera me ofreciera una botella de agua para aliviar el peso de mis músculos, suavizar la sequía de mis labios y limpiar la suciedad que la vida me iba dejando impregnada en el alma. Se cubrió la cara y yo insistí, tratando de apartar sus manos para volver a saborear la dulzura de sus ojos, y tras un breve forcejeo desistió. Ya no reía, solo me miraba con el semblante oscurecido por la preocupación, el miedo.

— Mis acciones no fueron desinteresadas, Sebastian. Jamás lo fueron. Si mostraba interés, es porque de verdad me interesabas.

Quedé paralizado, sin saber que decir. Le gustaba a Kurt. Solía gustarle. ¿Era eso lo que había querido decir? ¿O simplemente que, por estar siempre encerrado entre libros, padeciendo la misma soledad que probablemente él padecía, se había dejado llevar por su necesidad de ayudar a otros sin esperar nada a cambio? ¿Qué era exactamente aquello en lo que se había interesado? ¿Mi desesperación? ¿Había algo más que eso en aquella época en lo que pudiera alguien interesarse? No le di tiempo de explicarse. Balbuceé alguna excusa respecto a lo tarde que se había hecho y el manuscrito que tenía que entregar en breve y, en lugar de hacer esfuerzos por detenerme, su mirada se oscureció como el cielo antes de un diluvio y sus pasos lo llevaron a gran velocidad a través del patio hasta el interior del Asilo.

— ¿Bas, seguís ahí?

— Uhm. Si, lo siento, Nick. Tengo que cortar.

— Soy Jef...

Dejé el celular a un lado y traté de alejar mi mente de aquellos recuerdos, sumergiéndome del todo bajo el manto de burbujas durante un segundo. 'Vago, angustiado y quejoso de mal carácter que no hace más que lamentarse, rendirse antes de dar todo de sí y encerrarse en su burbuja en donde se siente seguro. Un cobarde'. Su voz resonaba en mi mente en donde no había parado de llover desde aquel indicio de diluvio.


Adelanto del próximo capítulo...

— El chico Hummel te gusta—, dijo Arnold de repente luego de haber pasado las últimas tres semanas en trance, sin dirigirme la palabra.

— ¿Qué?

— Misterio resuelto.