Capítulo 5

— El chico Hummel te gusta—, dijo Arnold de repente luego de haber pasado las últimas tres semanas en trance, sin dirigirme la palabra.

— ¿Qué?

— Misterio resuelto.

Se aclaró la garganta, tosió un par de veces. Cada tanto le venía uno de esos ataques de tos y yo me le acercaba de inmediato para ofrecerle un vaso con agua. Esta vez no pude hacerlo, había quedado paralizado ante sus palabras. ¿Misterio resuelto? Y entonces me acordé de aquel juego con el que nos divertíamos en los largos viajes de carretera como polizones de los camiones de carga. Elegíamos a un extraño de las calles y, a partir de ciertas pistas, construíamos su situación. Como la vez que encontramos a un joven, preocupado, que esperaba en una plaza chequeando su reloj de pulsera cada pocos minutos. Misterio resuelto, lo habían dejado plantado.

— Pistas—. Exigí y él contuvo la tos para devolverme una sonrisa. Se me iluminó el semblante al darme cuenta de que, más allá de su enfermedad, había logrado reconocerme. E incluso recordar nuestro juego.

— Acaba de entrar Amanda a avisarnos que la cena esta lista y le dijiste que no tenías hambre. Nadie en su sano juicio le rechaza la comida a Amanda. Además, no traerías una cursilería de estas si no hubieras sucumbido a sus encantos—. Señaló la novela romántica que había sacado de la mochila al llegar y dejado sobre su mesa de luz para continuar leyéndola en cuanto el anciano se hubiera dormido la siesta. Bajé la vista, un poco avergonzado, preguntándome como supo que aquella había sido una recomendación de Kurt. ¿Podría ser que Arnold todavía recordara la clase de libros que solía llevar conmigo?— Y no olvidemos que, en ocasiones normales, el chico Hummel estaría sentado aquí contigo. Si no lo esta, es porque discutieron. Tener alguna que otra falla en mi memoria no afectó mi vista, hijo. Ni mis oídos.

Me contó que había escuchado a Kurt llorar en el baño y no supe qué decir. No imaginé que mi huída pudiera haberle afectado tanto, al menos no lo parecía por la forma en la que había estado actuando aquellos días. Tan alegre como de costumbre, dedicado al coro y a la puesta en escena de otra obra. Era verdad que no habíamos pasado tanto tiempo juntos como las primeras visitas luego de habernos reencontrado, pero en su momento me pareció normal. Kurt tenía sus ocupaciones y estaba entregado en cuerpo y alma a su trabajo. Además, no terminaba de comprender sus palabras, que se repetían constantemente en mi mente con la esperanza de que en algún momento se aclararan sus más profundas intenciones. Las compartí con Arnold para que me diera un consejo, deseando que su lucidez apareciera con mayor frecuencia para poder depender de él de la misma forma que cuando era niño.

— ¿Interesado, huh? Si mal no recuerdo, a los seis años descifrabas poemas bastante más complejos y ambiguos que esa frase, Sebastian. A mi el mensaje se me hace muy claro pero, ante la duda, me parece que la mejor opción es preguntarle qué quiso decir. Sin rodeos. Si lo que te preocupa es la posibilidad de que el chico Hummel se hubiera enamorado de ti, tené presente que probablemente se le pasó. Ya no son los mismos, de esto hace... ¿Diez años? A diferencia de lo que puedas aprender por aquí—, sostuvo el libro que me había prestado Kurt en sus manos, sacudiendo la cabeza—, ningún amor dura tanto tiempo. La gente se enamora de ideas y, mientras el objetivo de estas es mantenerse estables, el idealizado y el idealizador están en constante movimiento. Cambian.

Aquella era otra de las cosas que siempre me habían caído bien del anciano. Independientemente de la edad que tenía, nunca me lleno la cabeza de verdades a medias, suavizadas, para que mi infancia se mantuviera intacta a lo largo de los años. Él ya había asumido que la mía estaba rota, así que no cuidaba sus declaraciones. Arnold no creía en la magia, en el amor ni en la gente. Y yo había heredado su escepticismo.

— Y ahora voy a fingir que me duele la espalda o que tengo sueño para poder deshacerme de ti— Agregó, sin disimular que aquella excusa no era más que una estrategia para que fuera a arreglar las cosas con Kurt. Él sabía bien que no solo mi orgullo me hacía pensármelo dos veces, sino el miedo de que, si salía entonces, no sabría hasta cuándo tendría que esperar para disfrutar de otro de sus momentos de lucidez. A veces me preguntaba que pensaba Arnold con respecto a eso, si le avergonzaba hallarse tan débil, si le preocupaba o le era del todo indiferente. De cualquier forma, le hice caso. Me despedí y recorrí los pasillos en busca de Kurt para discutir la situación antes de regresar a mi apartamento.

Las luces de la sala estaban apagadas y desde los ventanales podía apreciarse el espectáculo rojizo del horizonte que coloreaba los muebles caoba. La puesta de sol parecía avanzar al ritmo de aquella melodía, la única que se oía en el Asilo a aquellas horas en donde muchos ya estarían en sus camas. La de un piano que acariciaban con tristeza. Reconocí la sucesión de acordes de inmediato y me dejé guiar a través de los pasillos como poseído por la flauta mágica, aquella era la pieza que Elizabeth le había enseñado a su hijo antes de morir en un accidente de auto junto a su marido.

— ¿Puedo?— Susurré cuando, al cerrar la puerta de la sala de ensayo a mis espaldas, la melodía se detuvo y Kurt se volteó hacia mi con el ceño fruncido.

— Pensé que ya te habías marchado—. Me hizo espacio en el banquito y me le uní, jugueteando con el cierre de mi chaqueta, sin saber muy bien qué decir, en qué dirección mirar o qué hacer con mis manos inquietas— Si tu intención es hablar sobre lo del otro día...

Directo al punto. No me sentía preparado para ello, no aun. Por alguna razón, sentía que necesitaba tiempo. Incluso aunque la misma escena se hubiera repetido un centenar de veces en mi mente y no quedara otro ángulo desde el cual analizar lo ocurrido.

— El libro que me prestaste—, le interrumpí— me gusta. No dejo de preguntarme qué haría si estuviera en su lugar.

— ¿Si tuvieras la verdad escrita en la parte de atrás de tu cabeza y no pudieras leerla sin la ayuda de la persona indicada?

— No. Si supiera quien es la persona indicada pero me rehusara a dar el paso.

No me di cuenta de que mis ojos se entretenían con las sombras del atardecer acariciando los labios de Kurt hasta que, al levantar la vista, me encontré con su expresión entre divertida e impaciente. La frustración había dado lugar a una de aquellas anticipaciones de su risa, en donde su piel de porcelana se llenaba de pequeños surcos. El nacimiento de una especie de secreto privado que creía compartir con él, aunque no estaba del todo seguro.

— ¿Te adelanto el final?— Sentí su aliento cálido sobre la piel sensible de mi cuello, sus labios ahora a escasos centímetros del lóbulo izquierdo de mi oreja. La respuesta correcta debía haber sido afirmativa pero mi cabeza se movió de lado a lado y él soltó un suspiro— No has cambiado mucho, Bas.

Dejó escapar su risa, finalmente, que parecía adentrarse en mi alma y martillarme el pecho desde adentro. Y volvió a llevar sus manos a las teclas, resignado. Mordisqueé mis labios, pensativo, durante unos segundos y luego aproveché la distracción para plantarle un beso rápido en la mejilla. Discreto, una travesura. Una invitación a seguir entendiéndome. Sin darle tiempo a interrumpir la siguiente pieza, me retiré sigilosamente. Con su aroma impregnado en los labios, el despertar de un sueño y la sensación de aplazamiento de aquel paso ineludible revolviéndome el estómago.


Adelanto del próximo capítulo...

Esta vez nos encontrábamos a la sombra de un árbol en el jardín, rodeado de flores, porque los bancos de la fuente estaban ocupados. Tenía la sensación de que Arnold nos miraba y se sonreía pero, con su enfermedad, uno nunca podía estar seguro. Aproveché la distracción del castaño y repasé mis rasgos favoritos; su mechón sobre la frente, sus pecas como constelaciones que tentaban a uno de recorrerlas con los dedos, los surcos de la piel sonrosada de su rostro de muñeca. Entonces cerré los ojos (en la misma posición fetal en la que me ponía para escuchar los cuentos de Arnold) y sin poder evitarlo, me quedé dormido.