Capítulo 6
Entregarle mi novela a Kurt fue probablemente una de las cuotas de mi confianza que más me costó pagar. Le había dado vuelta al asunto desde el día en el que me lo había pedido por primera vez, diez años atrás. Estábamos solos en nuestra habitación, como de costumbre, luego de la oración nocturna con las monjas.
— ¿Qué hacés?
— Nada que sea de tu incumbencia
Estaba sentado en la cama con las piernas cruzadas, dándole la espalda a Kurt que trataba de leer por encima de mi hombro las palabras que anotaba a toda velocidad en mi cuaderno.
— ¿Puedo saber que estas escribiendo?
— No
Decidí que lo mejor iba a ser contestar lo mismo, automáticamente, a todas sus preguntas para no desconcentrarme y perder el hilo de mi historia. Sin embargo, la siguiente llamó mi atención.
— Entonces, ¿puedo saber, al menos, para qué escribís?
Fruncí el ceño, dejé el cuaderno a un lado y me volteé tan deprisa que el chico no pudo evitar poner en pausa su coraje y bajar la vista, temeroso de haberme hecho enojar.
— ¿Por qué escribo? Porque escribir es como una gota de agua en un mar plagado de pirañas
— Es una linda metáfora.
— Si... Me gustan las metáforas.
Me encogí de hombros, como si en realidad aquello no fuera tan importante como acababa de describirlo. Kurt, sin embargo, parecía fascinado. Ahora que había logrado mantener una conversación conmigo, luego de millones de intentos fallidos, quería saber más. Quería tener acceso a mi mente otra vez.
— ¿Entonces no escribís por los demás, para que lean lo que pensás, sino por vos mismo, por lo que la escritura te hace sentir?
— ¿Kurt, no te has dado cuenta que, en general, todos quieren hablar y creen que no hay nada más importante que lo que tienen que decir? Yo quiero que mis palabras sean un reflejo de las historias que merecen ser contadas, aunque nadie les de importancia. Ser como un Robin Hood de los solitarios cuyos recuerdos van a pudrirse con ellos cuando ya no respiren.
Fue el único día en el que le dirigí la palabra por más de un par de minutos estando en el centro de adopción. Aquello debió haberle impactado, pensé mientras apoyaba mi cabeza sobre su regazo, ya que hacía unos días había citado mis palabras para hablar de lo que sentía al cantar. Las tenía bien presentes. Estaba tan absorto en la lectura de mi novela que no se había percatado de que yo no lo estaba tanto en el libro que me había prestado y que ya estaba a punto de terminar. Esta vez nos encontrábamos a la sombra de un árbol en el jardín, rodeado de flores, porque los bancos de la fuente estaban ocupados. Tenía la sensación de que Arnold nos miraba y se sonreía pero, con su enfermedad, uno nunca podía estar seguro.
Aproveché la distracción del castaño y repasé mis rasgos favoritos; su mechón sobre la frente, sus pecas como constelaciones que tentaban a uno de recorrerlas con los dedos, los surcos de la piel sonrosada de su rostro de muñeca. Entonces cerré los ojos (en la misma posición fetal en la que me ponía para escuchar los cuentos de Arnold) y sin poder evitarlo, me quedé dormido. En mi sueño había una mujer que me miraba con repugnancia, se daba media vuelta y caminaba hacia el mar embravecido. Yo estaba enterrado en la arena, pidiéndole por favor que regresara. Pero ella seguía adentrándose entre las olas que de a poco la cubrían. La marea subía, ahora también me tapaban, dejándome sin aire. Los pulmones me ardían, los músculos se tensaban y mi cuerpo no respondía.
— Bas, tranquilo. Todo esta bien—, sentí la suavidad de aquellos dedos largos de pianista deslizarse a través de mi cabello con cariño y abrí los ojos, con la respiración entrecortada—, fue un mal sueño. Ya pasó.
Aquel gesto se sintió familiar, como si mi piel reaccionara al acostumbramiento con un ronroneo silencioso. Mi respuesta se vio interrumpida con la llegada de Anna y sus cuchicheos. Me pidió que me incorporara para hacerle espacio y de inmediato se dispuso a compartir las noticias. Un nuevo visitante iba a instalarse en el centro. Uno con tatuajes, justo su tipo. Kurt se reía, yo disfrutaba. Pronto lo vi marchar con Anna, para ayudar al anciano a establecerse en la cama vacía junto a la de Arnold. El asunto despertó mi curiosidad pero se hacía tarde, así que regresé al apartamento.
Ya estaba a punto de ir a dormir cuando mi celular sonó. Contesté convencido de que, si no se trataba de Nick o Jeff, debían ser mis padres. Pero era Kurt, que logró hacerle cosquillas a mis oídos a larga distancia de la misma forma que lo hacía cuando me hablaba en persona:
— Hola
Se me dibujó una sonrisa antes de que pudiera reprimirla. Me puse cómodo con la espalda apoyada contra el colchón y la vista perdida en las manchas de humedad del techo.
— No pude darte mi opinión porque llegó el visitante. Quería hacerlo ahora, si no te importa.
— Me encantaría.
Y me asustaba. Pero traté de que no se notara. Kurt analizó la obra de la misma forma que vivía su vida, con un orden estricto pero a la vez una dosis justa de gentileza y amabilidad. Se detuvo especialmente en las partes que más le habían gustado, para aconsejarme que hiciera énfasis en ellas, y fue honesto en cuanto a las críticas:
— Creo que la razón por la que te detuviste en el capítulo final fue porque no te sentiste preparado para ser completamente sincero en él. Siempre me dio la impresión de que te censurabas, de que la principal razón por la que te cerrabas a otros es porque también te cerrabas a vos mismo. La razón por la que seguías sueños ajenos fue porque temiste ahondar en los tuyos. Y eso se nota.
O por lo menos, pensé, lo notaba él que siempre había tenido sus oídos y su corazón abierto a lo que yo tuviera la valentía de ofrecer. Supe entonces cual había sido mi sueño en todo ese tiempo, desde que mi padre había muerto y su amigo me había llevado a Latinoamérica. Supe que no quería afrontarlo porque allí reposaban a su vez mis peores miedos y, para alcanzar una cosa, debía dejarme engullir por la otra. Quería volver a ver a mi madre.
— ¿Kurt?— Creí que ya habría cortado, porque nos habíamos despedido luego de que me agradeciera por compartir mi novela con él.
— ¿Si?
— Solías acostarte en mi cama y acariciarme el pelo cuando éramos niños.
No contestó. Quizás temía que, al decirme la verdad como lo había hecho antes, yo le cortara. Después de todo, eso mismo había hecho la vez anterior. Recordé que aquello lo había hecho llorar y me sentí aun peor, así que agregué de inmediato:
— No voy a escapar esta vez.
Eso pareció ayudar. Pero su voz sonaba sigilosa, como si no se decidiera a continuar del todo.
— Hablabas en tus sueños. Tenías pesadillas. Y yo no podía dormir, no sabiendo que al lado estabas vos luchando contra esas sombras del pasado que te atormentaban. Así que a veces... A veces iba hacia tu cama, me agachaba con los brazos cruzados sobre el borde y la cabeza apoyada sobre ellos, y te observaba con preocupación, preguntándome que hacer. Descubrí que te hacía sentir mejor que te acariciaran el pelo, así que empecé a hacerlo para ahuyentar tus pesadillas. Y también te hablaba, te contaba cuentos que mi madre solía contarme o te hablaba de mi vida antes del orfanato. Pasaba más tiempo abriéndome contigo en sueños que cuando despertabas. Y, luego de un tiempo, descubrí que eso me gustaba.
Ninguno de los dos dijo nada más. Se hizo el silencio y pareció instalarse, entre un oído y el otro, para danzar entre nuestros latidos tímidos y respiraciones aceleradas.
— Gracias,— susurré y sentí su sonrisa, aunque no pudiera verla—, lamento no haber disfrutado de aquellas cosas mientras estaba despierto.
— Todavía podés hacerlo, me sigue gustando abrirme contigo y parecés más dispuesto a dejarme hacerlo ahora.
Esa noche, luego de desearle las buenas noches, me prometí hacer eso mismo. Abrirme más con Kurt y con el resto del mundo, descubrirme y plasmar la verdad en mi novela. Sin censuras, quería que las cosas que vieran aparecieran con lo mejor de si mismas pero también con sus nubes negras. Al fin y al cabo, el primer paso para solucionar un problema, era admitir que el problema existía, que estaba allí. Tenía que admitir que deseaba conocer a mi madre antes de ir y, efectivamente, conocerla. Solo entonces me desharía de aquellas pesadillas de una vez por todas.
Adelanto del próximo capítulo...
— Sé dónde esta tu madre.
Kurt se volteó de inmediato para mirarme a los ojos y leer el pánico en ellos. Me tomó la mano por debajo de la mesa y la apretó con fuerza. Yo simplemente no podía reaccionar. Seguí escuchando las indicaciones del anciano pero sin escucharlas realmente, como si sus palabras se agruparan a mi alrededor sin tocarme. Recordé el cuadro que al llegar había colgado en mi apartamento, mi mente reprodujo el rugido de las olas y, antes de darme cuenta, alcé mi mano libre y encontré mis ojos perlados en lágrimas.
