Capítulo 7
Al día siguiente, ya desde el momento en el que Kurt me abrió la puerta, de alguna forma supe que las llamadas nocturnas pronto se volverían parte de mi rutina diaria. Escuchar la voz de Kurt antes de ir a dormir era, sino una bendición, una buena forma de evitar las pesadillas.
— Estoy trabajando en la máquina de coser con Anna, puede que nos tome un rato—. Dijo y noté como evitaba mi mirada, tenía las mejillas coloreadas de mi rosado favorito y las manos ocupadas en el bordado de las mangas de su camisa— Estamos preparando el vestuario para la obra de fin de año.
— Bien, voy a hablar un rato con Arnold, entonces—. Apoyé mi mano en su cadera y le besé la frente con los ojos cerrados y nuestra broma privada escondida en mi sonrisa radiante— Sabés donde encontrarme si se te ocurre algo en lo que pueda ayudar.
Me separé dándole un último vistazo al rastro invisible de mi beso sobre su piel y luego me di la vuelta con la esperanza de que mi viejo amigo estuviera lúcido aquel día. Kurt pareció acordarse de algo y me siguió para alertarme pero ya era demasiado tarde. Abrí la puerta y me encontré al visitante sentado en la cama de Arnold, charlando con él como si fueran amigos de toda la vida. Fruncí el ceño por un segundo y luego lo reconocí.
— ¡¿Ladrillo Jones?!
— ¡Suricata!
Nos abrazamos. Aquel anciano había sido amigo de mi padre también, uno de los criminales que vivían en la plaza y me habían enseñado a leer y escribir. Le habían apodado de aquella forma por haber librado una batalla de ladrillos en su juventud que lo condujo directamente a la cárcel por primera vez. Luego estuvo allí unas tres veces más antes de mi partida, cuando ya no supe nada más de él. No había sido fácil reconocerlo con el pelo blanco y las arrugas pero seguía teniendo una mirada desafiante y los brazos cubiertos de tatuajes.
— ¡Arnold ya me lo dijo todo! Pero, por Dios santo, jamás me preparó para ver a un muchacho tan fornido. Si eras una rata, mirate ahora.
Di vuelta los ojos pero solté la risa. Era el mismo Ladrillo Jones de siempre. Me puso al día con respecto al resto de los muchachos, mientras Kurt traía la mesa plegable para ofrecernos una tacita de té, alguno de ellos libres y otros todavía entre rejas. Me habló de los artistas, los que habían llegado lejos y los que murieron de hambre. De las cortesanas, especialmente una de ellas con la que se había casado hacía diez años pero que murió de una enfermedad que alguien le había contagiado en su juventud. Compartimos una merienda llena de recuerdos en la que Arnold participaba en un estado de lucidez medio en el que por momentos soltaba comentarios pero luego volvía a concentrarse en el estampado de las cortinas. Finalmente, Ladrillo dejó escapar, casualmente y sin malicia alguna, una frase que me heló la sangre.
— Sé dónde esta tu madre.
Kurt se volteó de inmediato para mirarme a los ojos y leer el pánico en ellos. Me tomó la mano por debajo de la mesa y la apretó con fuerza. Yo simplemente no podía reaccionar. Seguí escuchando las indicaciones del anciano pero sin escucharlas realmente, como si sus palabras se agruparan a mi alrededor sin tocarme. Recordé el cuadro que al llegar había colgado en mi apartamento, mi mente reprodujo el rugido de las olas y, antes de darme cuenta, alcé mi mano libre y encontré mis ojos perlados en lágrimas.
— Vuelvo en un segundo—, me excusé para ir al baño a lavarme la cara y, una vez dentro, al levantar la vista me encontré con el reflejo de Kurt en el espejo que parecía removerse nervioso sin saber muy bien que hacer—. Estoy bien.
— No, no lo estas. Pero esta bien no estarlo.
Me tendió sus brazos y, por primera vez desde que nos conocimos, destruí el muro de orgullo que nos separaba. El que mis miedos e inseguridades habían construido para aislarme de los demás. Me di la vuelta y lo abracé con fuerza, con el rostro oculto contra su pecho y el aroma de su ropa envolviendome, embriagandome. Solté el llanto y sentí como las sacudidas de mi cuerpo comenzaban a controlarse a medida que sus manos recorrían mi pelo, mi espalda, mis brazos. Sus labios susurraban palabras apenas perceptibles, un arrullo dulce que me arrancaba los pensamientos dolorosos y me traía al presente, al agarre de sus brazos, la cercanía, la calidez de nuestros cuerpos que al unirse de aquella forma parecían encajar a la perfección.
— Podemos olvidar esto—. Ofreció, apartándose un poco para llevarme el pelo hacia atrás y apoyar su mano en mi mejilla— O considerarlo e ir juntos a visitar a tu mamá.
— No creo poder tomar esa decisión ahora.
— No tenés que hacerlo.
Mi rostro debía ser un desastre en aquel momento pero Kurt me miraba con amor. Esa era la única palabra con la que podía describir ese brillo piadoso, dedicado, fiel y protector. Parecía atravesarme con su mirada, ver más allá de mis ojos aguados y enrojecidos. Su intensidad culposa hacía burbujear mis entrañas, me hacía cosquillas en el alma y me hacía sentir fuerte y débil a la vez. Contenido por su abrazo y más expuesto que nunca. Me encantaba. Kurt me encantaba, él y lo que me hacía sentir. Así que tironeé de la tela de su camisa y presioné mis labios contra los suyos con los ojos cerrados. Fue apenas un instante pero cada célula de mi cuerpo pareció fundirse en miel, probé su aliento de ángel y, al separarme, mis labios parecían arder en llamas con la esperanza de una próxima vez.
— Gracias— Susurré y él no contestó.
Tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Se había acostumbrado a perseguirme, a verme retroceder a gran velocidad cada vez que se me acercaba. Así que aquel movimiento, en el que de repente había dejado de correr para enfrentarlo, lo había agarrado desprevenido. Se llevó la mano a los labios, con las mejillas coloreándosele con los matices del atardecer. Reí por lo bajo y me volteé para terminar de lavarme la cara, no quería que Ladrillo se sintiera mal al verme de aquel modo por un comentario que él mismo había soltado. No supe qué fue de Kurt cuando regresé a la habitación de Arnold pero asumí que estaría ocupado trabajando en los vestuarios con Anna. O que necesitaría un tiempo a solas para reflexionar sobre lo que acababa de ocurrir. Yo también lo necesitaba.
Aquella noche, antes de ir a dormir, mi celular sonó y tuve que hacerme de todo el coraje que no creía tener para poder contestar. Tomé una bocanada de aire y desbloqueé la pantalla aguantando la respiración. La vocecita de Kurt parecía divertida, burlona:
— Pensé que no ibas a contestar.
— De hecho, no iba a hacerlo.
— Me alegra que lo hayas hecho.
— A mi también...
Adelanto del próximo capítulo...
— No puedo hacerlo.
— Pero llegaste tan lejos...
— Ella no quiso tenerme, no quiso criarme y no hizo nada, jamás, por buscarme. No puedo cruzar esa puerta y arriesgarme a ser rechazado una vez más por una de las personas en quien más he pensado a lo largo de mi vida. No podría soportarlo. Ya estoy tan roto, Kurt. No quiero saber en qué clase de persona me convertiría si la dejara seguir destrozándome.
