Capítulo 8
La secretaria me dedicó una sonrisa coqueta, como de costumbre, y me invitó a pasar a la oficina luego de consultarlo con su jefa. Le agradecí con un asentimiento de cabeza e ingresé a la oficina para ocupar mi lugar del otro lado del escritorio. Jessica parecía enojada, hablaba por teléfono con la voz controlada pero las venas haciéndose visibles a los lados de su frente. Era una mujer de unos cuarenta años, divorciada, con las uñas siempre pintadas con barniz y el cabello dorado recogido en un moño. A diario lidiaba con empleados buenos para nada y sus pastillas para el estrés.
— Mis disculpas, Sebastian. Nos están presionando los de la Revista Encuentro y Antonio sigue sin aparecer.
Dejó el teléfono a un lado, se frotó la frente. Le dije que no pasaba nada, era normal que la jefa de la editorial tuviera que atender más de un asunto a la vez y a él no le importaba esperar. Se entretenía observando el pez dorado de la pecera del escritorio, los tres cuadros en secuencia que colgaban de las paredes. Había oído hablar de Antonio, meses atrás, al traer el manuscrito anterior. Al parecer era un autor excelente. Una de las revistas más prestigiosas se había comunicado con la editorial para conseguir alguno de sus escritos y, luego de firmar el contrato, la responsabilidad de presentar más de aquellas obras de arte había recaído sobre Jessica. Debido a su estilo de vida, era toda un desafío convencerlo de traer manuscritos a tiempo y la jefa ya no sabía como hacer para que los de la revista no se aburrieran y picotearan en otras editoriales más serias.
— Pero no quiero amargar tu día con mi repertorio de angustias—. Siquiera le dio un vistazo rápido a la carpeta que acababa de entregarle, nunca le había traído algo que corregir o de lo que quejarse por lo que solía dejarlo directamente en la pila de manuscritos terminados y listos para imprimir— Muchas gracias, te paso el siguiente mañana. Ahora mismo la editorial es un caos.
— No hay problema. Nos vemos.
No pude reprimir un bostezo, una vez fuera del edificio. No había podido dormir bien la noche anterior. Desabroché los primeros dos botones de mi camisa, era una mañana calurosa. Me planteé regresar al apartamento pero, al chequear la hora en el celular, se me escapó una sonrisa. Pasé por la cafetería, allí estaba Kurt, esperándome con dos tazas de café humeante sobre la mesa. Aquello era nuevo para ambos, nuestra extraña relación exploraba caminos alternativos.
— Quizás una heladería hubiera sido una mejor idea—. Comentó en cuanto me senté y se llevó la taza a los labios. Mis ojos se perdieron en aquella escena por un segundo, hasta que me obligué a concentrar mi atención en mi propia taza.
— No, es perfecto. Va a ayudar a despertarme del todo.
Reparó en mis ojeras, suavizó su mirada. Ahora debía estarse preguntando si la razón por la que no había descansado bien era por tener en mi poder el paradero de mi madre. En parte, era cierto. Aunque también lo era que no sabía lo que éramos ni lo que estaba pasando y la incertidumbre me molestaba.
— Me tomé el atrevimiento de prepararte una sorpresa.
Sacó un sobre de su bolso y lo dejó sobre la mesa. Parecía tantear el terreno, como si temiera que todo lo que había conseguido hasta ahora se desvaneciera en cuanto descubriera lo que había en el sobre. Lo abrí, alzando una ceja en su dirección, y sostuve dos tickets de avión entre mis manos. Fruncí el ceño, ya sabía a dónde iba con eso.
— No.
— ¡Pero dijiste que te gustaban las metáforas, Bas! Y no es más que eso, una metáfora. Quiero regalártela, por favor.
— No.
— Pero esto te cambiaría la vida para siempre. Y es fácil, ya tenés toda la información. La ciudad, el número de puerta. En unos días podrías estar aquí mismo, de nuevo, pero compartiendo un café con ella y poniéndose al día con sus vidas.
— No puedo hacerlo.
— Pero llegaste tan lejos...
— Ella no quiso tenerme, no quiso criarme y no hizo nada, jamás, por buscarme. No puedo cruzar esa puerta y arriesgarme a ser rechazado una vez más por una de las personas en quien más he pensado a lo largo de mi vida. No podría soportarlo. Ya estoy tan roto, Kurt. No quiero saber en qué clase de persona me convertiría si la dejara seguir destrozándome.
Me temblaban las manos y me odié por ello. Traté de ocultarlas debajo de la mesa pero Kurt las tomó entre las suyas y sacudió la cabeza.
— ¿Sabés en qué clase de persona te convertirías? En una que se arriesga, una valiente y piadosa que da segundas oportunidades.
— No.
— No tenés que usarlos ahora, solo cuando estés listo.
— No voy a estar listo nunca.
— ¡Sebastian, no seas terco!
— ¡Dejame en paz!
— Es solo...
— ¡Es solo nada! No tenés idea de lo que estas diciendo. ¡No lo sabés, no podés saberlo!
Arrojé el resto del café violentamente a la papelera, junto con los tickets de avión. No sabía en dónde había metido el sobre pero ya ni me importaba. Aquello me había ofendido. El día anterior se había endulzado la boca diciendo que podía tomarme mi tiempo y que olvidar aquello no me hacía una persona débil. Que ambos podríamos fingir que nunca lo supimos y que eso estaría bien. ¿Y ahora, no solo me empujaba a tomar la decisión, sino que había asumido que querría que él también estuviera allí? No hacía siquiera tres meses desde que me había mudado a Nueva York y, si bien los recuerdos que tenía de Kurt me habían llevado a acercarme a él de una forma en la que nunca me había acercado a nadie más, eso no significaba que le daba el derecho de ahondar en mis más grandes miedos y manipular la situación a su gusto. No era tan fácil como debía parecerle, no era cuestión de ir a dónde mi madre y darle un abrazo. Él no podía entenderlo, sus padres habían sido como todos y lo habían amado hasta el final. Su padre le había enseñado a arreglar autos, lo había llevado al estadio a alentar a su equipo, su madre le había enseñado a coser y a tocar el piano ¿Qué sabía él de mi pasado? Seguro no sabía que mi madre había intentado deshacerse de mi cuando era un bebé, que me había dejado en su apartamento llorando durante horas sin alimentarme para presentarse a audiciones o espectáculos. Que un vecino se había apiadado de mi, que a veces se turnaban para mecerme. Seguro no sabía que un día me cansé de llorar, porque sabía que de todas formas nadie iba a escucharme.
— Sebastian, la gente se esta dando vuelta a mirarnos. No levantes la voz.
Allí estaba Kurt, preocupándose por la gente. El pequeño y adorable Kurt, que quería a todos unidos y felices. Reí amargamente. Sentía que estaba usando la cercanía que, con mucho esfuerzo, le había ofrecido para meter su mano en mis asuntos y revolverme el corazón trayendo todos los recuerdos dolorosos que hubiera preferido borrar para siempre. Su necesidad desesperada de ayudar, sin tener en cuenta los sentimientos del otro, no hacía más que destrozarme. En su intento por ser generoso, por terminar siendo el héroe de la película, se volvía un monstruo egoísta con delirios de grandeza.
— ¿Sabés qué, Kurt? No soy uno de esos ancianos solitarios a los que podés ir a visitar para sentirte mejor contigo mismo.
— ¿Qué dijiste?
— ¡No vuelvas a meterte en mi vida!
Salí de la cafetería golpeando la puerta y pedí un taxi a casa. Sabía que la última frase había sido innecesaria, que probablemente lo había herido con mis palabras pero sentí que era lo mínimo que podía hacer luego de que él me hubiera herido de aquella forma. Sentí que lo mejor que podría haber hecho fue regresar el muro a su lugar y distanciarme de Kurt, así como lo había hecho siempre, con todos. En mi burbuja de anestesia no había dolor, el mal nunca se curaba pero podía alojarme eternamente allí fingiendo que no existía. Y aquello era casi tan bueno como si de verdad no existiera. Llegué a casa, partí en pedazos el cuadro y lo tiré a la basura. No quería saber nada más de mi madre, de Arnold ni de Ladrillo. No quería saber nada más de Kurt ni su bondad a dos puntas. Llamé a casa y, por supuesto, no hubo contestación. Así que les dejé un mensaje:
— No pude adaptarme a la ciudad, me gustaría regresar a casa, si no es problema. Al menos por un tiempo, hasta encontrar otro lugar. Nueva York no me gusta, en el trabajo no me va bien. Extraño la playa y a mis viejos amigos. Estaba pensando en hacer los bolsos mañana y estar allí en un par de días...
Adelanto del próximo capítulo...
«Una de las preguntas que más me atormentaba era la razón por la que me interesabas. Si era mera curiosidad, si me gustabas. En ese entonces era demasiado jóven para entender el concepto de amor, también. Aquellos sentimientos eran terroríficos y ya había sido castigado más de una vez por mencionarlos. Lo cierto es que, cuando se trataba de vos, nunca tenía suficiente. Por primera vez creía en algo con la devoción con la que me habían enseñado a creer en Dios. Por primera vez repetía en mi mente palabras que me sanaban, que me devolvían la esperanza, que me invitaban a confiar en la gente. Solo porque sabía que había gente como vos en este mundo, en este mar lleno de pirañas. Y no podía dejarte caer y que te comieran vivo, no podía dejar que te perdieras en la oscuridad para no volver a intentar incorporarte y recuperar tu rumbo. Me prometí protegerte y, sin darme cuenta, pinte en mis sueños tu mirada. De la misma forma que el libro de Arnold se convirtió en el motivo de tu existencia, reencontrarme contigo y ayudarte a convertirte en el Robin Hood de las historias se convirtió en el motivo de la mía. Creo que a los dos se nos hizo más fácil luchar por sueños ajenos, o al menos eso parecía...»
