Capítulo 9
«Mientras mis padres estuvieron vivos, no creí que alguna vez pudiera comprender del todo el concepto de soledad. Ellos no me planearon, ni a su matrimonio. Eran jóvenes, irresponsables. Pero tenían tanto amor para dar. Y lo volcaron en mí. No había ocurrencia mía que no les maravillara, mostraban un interés real cuando les hablaba o les cantaba. Se peleaban juguetonamente para poder pasar un segundo más a mi lado. Jamás me pregunté si deseaban que me callara para poder hablar por encima, no creía que estas cosas ocurrieran en el mundo y por eso me costó tanto entenderlo cuando ellos se fueron y no tuve más remedio que aprender cómo las cosas funcionaban de verdad. Y nadie me lo decía, era como si la gente se empeñara en ocultar las cosas tristes. Uno tenía que descubrirlas por experiencia propia, aunque doliera el doble. Entonces te conocí y me hablaste de un mar de pirañas. Tus palabras me atraían como la luz a las moscas porque plasmabas en ellas aquello que la gente tapujeaba con verguenza. Las sombras más oscuras de la humanidad... »
— ¿Hola?
Abrí la puerta, atravesé el comedor arrastrando las valijas. Mis padres no estaban en casa. Podía escucharse el cántico enérgico de la ama de llaves escaleras arriba, debía estar barriendo mi antigua habitación. Dejé todo allí mismo, a la entrada, y le hice seña al chico del taxi. Uno jóven, observé, y me pregunté qué sería de la vida del señor que solía llevarme a regañadientes cuando era tan solo un niño.
«Te escuché hablar en sueños. Tus historias eran como cuadros abstractos, al principio no parecían tener pies ni cabeza. Habían algunas escenas desordenadas, tristes. Piezas de un rompecabezas que de a poco fui ordenando en mi mente. Pronto las cosas tuvieron sentido. Habías pasado, durante tu infancia, aquellas cosas que yo recién empezaba a descubrir con mis ocho años. Miserias, derrotas, traiciones. Y el abandono de una persona a la que amabas. Yo no me atrevía a confesarte que había tenido acceso a esas memorias tan íntimas, así que intenté por todos los medios acercarme para que me las contaras. Quería tu consentimiento pero nunca lo conseguí. Y hasta el día de hoy me pregunto si algún día lo tendré...»
Una vez en la playa, sostuve en mis manos el sobre que había metido en el bolsillo sin darme cuenta, antes de arrojar los tickets de avión a la basura. Me debatí entre hurgar en su interior o no. Seguía enojado con Kurt pero, al mismo tiempo, me sentía culpable. Como el dinero no había sido un problema para mi desde el día en que mi familia adoptiva me trajo a casa, por momentos olvidaba que seguía siéndolo para otros. Como lo fue para mi padre o para Arnold. No me había puesto a pensar que aquellos tickets debían haberle costado una fortuna a Kurt, quien nunca había sido adoptado y se permitía el alquiler de su humilde apartamento con un trabajo a medio tiempo en un restaurante familiar.
«Una de las preguntas que más me atormentaba era la razón por la que me interesabas. Si era mera curiosidad, si me gustabas. En ese entonces era demasiado jóven para entender el concepto de amor, también. Aquellos sentimientos eran terroríficos y ya había sido castigado más de una vez por mencionarlos. Lo cierto es que, cuando se trataba de vos, nunca tenía suficiente. Por primera vez creía en algo con la devoción con la que me habían enseñado a creer en Dios. Por primera vez repetía en mi mente palabras que me sanaban, que me devolvían la esperanza, que me invitaban a confiar en la gente. Solo porque sabía que había gente como vos en este mundo, en este mar lleno de pirañas. Y no podía dejarte caer y que te comieran vivo, no podía dejar que te perdieras en la oscuridad para no volver a intentar incorporarte y recuperar tu rumbo. Me prometí protegerte y, sin darme cuenta, pinte en mis sueños tu mirada. De la misma forma que el libro de Arnold se convirtió en el motivo de tu existencia, reencontrarme contigo y ayudarte a convertirte en el Robin Hood de las historias se convirtió en el motivo de la mía. Creo que a los dos se nos hizo más fácil luchar por sueños ajenos, o al menos eso parecía...»
Tenía un nudo en la garganta cuando terminé de leer la carta que Kurt había adjuntado a los tickets pero mi orgullo no me permitía hacer nada al respecto. No creía que Kurt fuera a perdonarme, de todas formas, luego de aquellas cosas horribles que le había dicho. Mentiras, porque sabía bien que adoraba a aquellos ancianos como había adorado a sus padres y que desprestigiar un lazo de amor tan fuerte como el suyo debía haberle roto el corazón. Suspiré, con la vista perdida en el horizonte. Entonces mi celular sonó y tuve la secreta esperanza de que fuera Kurt. Pero no fue el caso. Sabía bien que lo había perdido para siempre.
Al tocar la notificación del celular, saltó un mail de Jessica. Aparentemente le había dado una carpeta errónea, no la del manuscrito sino la de una novela firmada con mi nombre. Se había tomado el atrevimiento de enviarla a la Revista, que no hacía más que presionarla porque seguían sin obtener novedades de Antonio. Y ellos le contestaron, ansiosos por concretar una entrevista con este nuevo autor que les interesaba aun más que el joven irresponsable. El celular se me escapó de las manos, que me temblaban sin que pudiera controlarlas.
Tenía que haber sido Kurt. Tenía que ser él, quien había cambiado de lugar el manuscrito antes de devolverme la carpeta. Yo no podía haberlo notado aquella tarde, me había quedado dormido en su regazo tal como solía hacer con Arnold cuando era niño. Y ahora mi novela sin terminar había llegado a las manos de los peces gordos, luego de años enteros sin atreverme a presentarles mis trabajos por miedo al rechazo. Jessica decía que habían encontrado algunas cosas por corregir pero habían llamado a la obra diamante en bruto y estaban dispuestos a depositar su confianza en nuestra editorial una última vez luego del fracaso de Antonio. Una última oportunidad.
«Así que hoy te entrego este regalo para dar cierre a mi sueño, con la esperanza de haber cumplido el tuyo en el proceso. Hasta ahora no termino de entender cómo funcionan estos sentimientos pero puedo asegurarte que no paran de crecer; me siento el protagonista de la novela con la verdad escrita en la parte de atrás de mi cabeza y alguien que, por fin, se toma el tiempo de leer lo que hay allí y compartirlo conmigo. Alguien que, entre el murmullo de los que solo desean ser escuchados, se acerca a prestarme su oído y escucharme de verdad. De la misma forma que alguna vez lo habían hecho mis padres. Creo que de eso se trata el amor, aunque sea un concepto tan complicado, tan nuevo para mi. Se trata de estar ahí para el otro, incondicionalmente, e invertir tiempo y atención sin esperar nada a cambio. Cada vez que me descubro a mi mismo pensando en vos, eso es lo que tengo en mente. Así que te prometo estar a tu lado, dispuesto a prestarte toda mi atención y a abrir mi corazón para que puedas escuchar sus latidos. Te prometo ser un poco más valiente cada vez y dar lo mejor de mi por ayudarte a serlo, también. Quizás, si todo sale bien, desde ahora no tengamos que sentirnos solos nunca más.
Te quiere desde lo profundo de su corazón.
Kurt.»
— ¿Hola? ¿Kurt?
Me temblaba la voz, esperaba que no se percatara de ello.
— Sebastian.
Descubrí que extrañaba la forma en que pronunciaba mi nombre. Por Dios, ¡cuánto deseaba ser capaz de decirle aquello! De decirle que yo también lo quería y que estaba arrepentido por haberle hecho daño. Sabía que él no me había herido intencionalmente y que, aunque habían millones de cosas que no sabía sobre mi, de ahora en adelante esperaba tener la oportunidad de explicárselas para que las entendiera, en lugar de cerrarle la puerta y alejarme. Deseaba poder agradecerle por haber catapultado mi obra cuando yo no me atreví a hacerlo, confiar en mis habilidades cuando mis inseguridades no me lo permitieron.
— Pensé que no ibas a contestar— susurré, sin saber que decir en realidad.
— De hecho, no iba a hacerlo.
¿Estaba citando nuestra primera conversación por teléfono? Escuché su risa por lo bajo. No la de siempre, esta era apenas más grave y rasposa. Como si hubiera estado llorando. Bajé la vista, odiándome una vez más por volverme una y otra vez responsable de sus tristezas.
— Me alegra que lo hayas hecho, Kurt.
— A mí también.
Adelanto del próximo capítulo...
— Jeff, ¿cómo hiciste para decirle a Nick...? Me refiero, uhm. Cuando ustedes empezaron a salir, ¿cómo le pediste...?
— ¡Dios mío! Nicky, vení a la cocina que voy a poner la conversación en altavoz ¡Sebastian esta enamorado!
— ¿Qué? Esperá, solo preguntaba...
— ¿Cómo pedirle a alguien que sea tu novio?
— Bueno. Sí.
