Naruto le pertenece a Masashi Kishimoto, la portada a su respectivo autor. Lo único mío es la historia.
Notas al final.
Damonenliebe
Capítulo 2: Paciencia.
Kurenai la miró con los ojos más fríos que alguna vez le había dedicado. Apenada, la pequeña pelirrosa vertió el detergente y dejó que la máquina hiciera lo suyo, bajo aquella presión de los ojos rojos. No habló en todo el momento y eso le angustiaba de más. Seguramente estaría pensando en un castigo brutal y a la medida, como si el baño con hielos no hubiera sido suficiente, y estar desnuda en la lavandería frente a ella y el cuidador gordo y asqueroso también fuera poca cosa.
Rascó con su pie descalzo el piso, sin nada más que hacer. El frio no era tanto, pero la humedad de su cabello largo entiesaba su espalda. Con la discreción que podía, cubría su parte íntima con sus manos y su poco desarrollado pecho con el cabello.
Había orinado las sábanas.
Todo había sido culpa del fantasma, pero ¿cómo explicarlo? Kurenai seguramente la hubiera abofeteado en medio de la ducha helada por tener una excusa tan estúpida, aunque resultase ser verdad. Y pese a que ella de cualquier manera le preguntó el porqué, Sakura había preferido decir que se trató de un accidente, producto de una horrible pesadilla.
—En la mañana te quiero en mi oficina —dijo por fin, con su estricto tono de siempre.
Sakura asintió sumisa, apretando las manos.
Miró como Kurenai resolvió que ya no había nada más que hacer y giró para marcharse. Incluso ahora, siendo las tres de la mañana, ella lucía tan impecable como en el día. Tacones y vestido elegante, como si fuese un crimen ser vista de otra manera. El cuidador la escaneó con procacidad hasta seguir a la mujer, y por el rabillo del ojo, Sakura siguió sus movimientos hasta verlos desaparecer.
Suspiró, apenas aliviada de ya no tener que soportar el peso de la presencia de Kurenai y se sentó en un banquito mientras veía su pijama y las sábanas tener su ciclo. El motor de la lavadora hizo eco en toda la habitación y fue lo único que se escuchó. Aunque la soledad podría antojársele peor que estar en el dormitorio, el foco prendido le regresaba la calma. Con un poco de luz no podría pasar nada malo, ¿verdad? Porque las criaturas malvadas se mueven sólo en la oscuridad, así que todo esto en su cabeza tenía sentido.
La habitación de lavado era tan grande como un salón, con dos hileras de lavadoras paralelas, una mesa muy larga para doblar la ropa, anaqueles para los productos, cestas y carritos. Tomó una botella de detergente y leyó la etiqueta, sin nada más que hacer. Pendiente y a la vez aburrida. Cansada.
Molesta.
—Lo siento.
Cuando lo volvió a escuchar, fue como si de repente algo hubiera bullido dentro de ella. Su reacción no fue inmediata, pero cuando cayó en cuenta que ahí estaba, ¡de nuevo!, Intentando meterle miedo y empujándola hacia los problemas como si no significase nada, empezaba a orillarla en su lugar hacia el mal humor. Lo había estado esperando por supuesto, ¡por su maldita culpa la castigarían otra vez! Sakura era una chica temerosa, sí, las pruebas estaban lavándose justo a su lado, pero, así como era capaz de temblar de miedo ante una presencia desconocida, era capaz de adaptarse a la situación y arrancar molesta. Tenía poca paciencia y ese fantasma no lograría ser la excepción de sus desaires. Ya había aguantado demasiado de su parte.
Teme más a los vivos que a los muertos, había escuchado una vez. Su presencia no podía igualar al daño real que podría provocar Kurenai, así que la adrenalina le hizo perder los estribos.
La ira reemplazó el miedo y levantó la cabeza ceñuda. Esa voz era la culpable de todo; del trabajo extra, del cansancio, de los castigos y de la nueva fijación que seguramente tendría Kurenai sobre ella, pensando que tendría que lidiar con una chica problema. Eso sólo le deparaba incertidumbre, Kurenai era injusta y sin compasión, no le importaría dejar traumas en ella para corregirla. Llegó a la conclusión de que, si el fantasma la quisiera matar, ya lo hubiese hecho, así que esa no era su intención o por lo menos, no tenía la fuerza para hacerlo.
— ¡¿Qué es lo que quieres?! —exclamó. No gritó como quería, pero sí dejó notar que estaba furiosa.
El rencor no le dejaba pensar en cosas claras y se portaba temeraria. La respuesta no fue inmediata, pero cuando pudo escuchar de nuevo su voz, su fortaleza tambaleó. La voz que antes sonaba juvenil por susurrar, ahora era madura con su pronunciación normal. Eso significaba que él sabía que nadie estaba cerca y sólo atinó a esperar.
—…lo siento.
Indecisa, decidió que todavía podía enfrentarlo. De todos modos, no tenía nada mejor que hacer. No podía salir corriendo con un cuidador a decirle que la acosaba un fantasma, ni mucho menos podía ir con Kurenai. En términos simples estaba sola, pasara lo que pasara, quien perdería siempre sería ella. Pensó también que, al escucharlo disculparse, eso le regresaba un poco de confianza.
— ¡¿Qué quieres?! —dijo —¡¿Quién eres?!
El banco al lado suyo se movió más cerca de ella y Sakura se levantó por reflejo, en ese mismo instante el banco se detuvo y nada más pasó. Se pegó a la pared esperando, cubriendo su parte más vergonzosa con sus manitas, buscando con la mirada alguna prenda que pudiera cubrirle. Sujetó una cesta como la mejor opción y la abrazó. Al terminar su ciclo, la lavadora hizo un ruido y se apagó, quedando por fin un tortuoso silencio.
—No debes temer.
No se sintió más relajada, pero sí más curiosa sin saber a dónde mirar. El fantasma que la acompañaba evidentemente no era un niño. Su voz, como la única cosa que lo hacía existente, parecía la de un señor que no es viejo, pero tampoco un joven adulto. ¿Era el fantasma de un cuidador tal vez?
— ¿Eres un fantasma? ¿Qué quieres de mí?
A causa de la ducha helada y posteriormente su cabello mojado, en la habitación habían quedado algunos charcos por el goteo. El más grande, sin embargo, había quedado en donde ella había estado parada a causa del escrutinio de Kurenai, y que se mostraba delante de ella. De pronto, ese charco que no significaba nada, capturó su atención de manera espantosa y sus ojos se expandieron alarmados. Su cuerpo sintió miedo otra vez y su voz tembló.
— ¡Re-responde! ¿Qu-qué es lo que quieres?
Una pata gruesa con tres dedos largos como un reptil. Esa es la huella que había quedado seguido del charco, una que se encontraba muy cerca de ella. La cesta era un escudo inútil ante algo que ya no sabía cómo describir. Un demonio o el mismísimo diablo. Una criatura malvada de cada cuento que disfrutaba, entre muchas cosas crueles, devorar a los niños que se portaban mal.
Sin embargo, no actuaba, no gritaba, ni reía, ni la amenazaba. Sólo estaba ahí, existiendo de alguna manera a su lado, hablándole cuando nadie más pudiera escucharle y pidiéndole que no tuviera nada que temer, disculpándose y asegurándose de que todo estuviera bien.
Decidida a darle una oportunidad, la pequeña Sakura preguntó:
—¿Quién eres?
Le era imposible fijar su mirada en algún punto, aunque la huella estuviera frente suyo. Estaba empezando a llenarse de ansiedad. No obstante, cuando sintió la caricia brusca de una piel fría y áspera en su mejilla, su mirada se centró hacia arriba. Su intuición la llevaba a pensar que estaba ahí, un metro completo más grande que ella y mirándola directamente. El fantasma de sus ojos estaba en los suyos, incluso si ella no hubiera podido atinar al sitio justo, apostaba que él se había movido con tal de encontrarse. Y a pesar de todo, esta vez, no sintió temor.
Lo que hubiera podido pensar antes de estar en medio de esta situación parecía un sentimiento de un muy lejano ayer. Con el tacto frío que realmente no transmitía nada, de alguna manera, se sintió a salvo. La explicación que comprendía era que, a pesar del evidente daño que él podría causarle, finalmente quedaba claro que no tenía intención a ninguno. Incluso las garras rojas de Kurenai lastimaban más su carne cuando apretaba sus brazos y dejaba las marcas. Incluso los cuidadores daban más golpes y eran más voraces.
—Sasuke.
—¿Eh? —anonadada había pensado que se trataba de una palabra mística, olvidando incluso su propia pregunta.
—Mi nombre.
Sasuke. Ese nombre le sonaba de algo, o podrían ser imaginaciones suyas. Existían muchos nombres que terminaban en suke y tal vez sólo lo estaba confundiendo. La familiaridad la embargó, pero no podía entender bien lo que sucedía.
—Mi nombre es...
—…Sakura, lo sé.
El sonido de los tacones se escuchó acercarse y Sakura perdió el pudor. Ya no le importó que la criatura la viera desnuda, y se apresuró a sacar la ropa y sábanas de la máquina para ponerse el pijama. Aunque ya lo esperaba, la niña pegó un brinco cuando la puerta se abrió con un chirrido, porque esperaba que fuera Kurenai. No se alivió ni un poco cuando en su lugar se encontró con la cara regordeta del cuidador, pero sí agradeció haberse puesto la ropa antes. La mirada de ese sujeto la asqueaba.
Enrolló las sábanas descuidadamente y avanzó hasta la salida, tratando de no mirarlo. El cuidador se mantuvo en la puerta con descaro, imponiendo la grandeza de su cuerpo al pequeño suyo, haciendo que se apretara al marco para que ni siquiera pudiera rozarle las ropas. La luz fue apagada y la puerta cerrada, y Sakura se apresuró a su habitación sin mirar atrás.
El cuidador la miró con repugnancia antes de tomar la dirección contraria y cuando se alejó lo suficiente, él se marchó también.
…
Había empezado a interactuar con él.
…
— Ya sé que estás ahí.
Sakura arrancó la maleza por fin, después de haber jalado varias veces un puñado enorme.
— ¿Por qué no me ayudas?
El demonio se daba el lujo de los largos silencios y la intriga. A veces simplemente aparecía para mirarla, y los detalles eran los que le delataban. Como ahora, donde a pesar de la quietud, Sakura podía saber que estaba ahí porque su cuerpo le daba sombra. Una sombra invisible como él, pero el sol no le quemaba como a las demás niñas que estaban en lugares más alejados sudando a tope.
La perseguía en los comedores, regalándole la mejor comida que los cocineros preparaban para los cuidadores e institutores. La perseguía en las duchas, calentando el agua cuando a todos les tocaba helada sin excepción. La perseguía en el aula, cuando le susurraba respuestas al oído y dejaba contenta a Kurenai, echándole vistazos a sus apuntes. La perseguía en los castigos, cuando no hacía ni decía nada, pero estaba ahí, brindándole de su compañía.
Con el tiempo aprendió a aceptar su presencia y su extraña bondades con ella. Incluso la exclusividad. Nadie más podía sentirlo ni escucharlo, ni ser parte de la mágica experiencia que era estar con él. Realmente nunca la invitaba a hacer algo fuera de lo común, pero su simple existencia bastaba para hacerla sentir especial. Como… una especie de, ¿elegida?
Le había insistido la noche después de su más brutal castigo que la dejase en paz, porque sólo venía acompañado de problemas. Sin embargo, él no dijo que sí, y tampoco dijo que no; hizo lo que le había dado la gana y la siguió hasta el día de hoy. Como jamás se atrevió a atacarla, comprendió entonces que, si esto se convertía en un problema, sería únicamente debido a sus reacciones, así que controló sus sentidos y finalmente, se acostumbró.
—Ojalá pudieras ayudarme.
—Lo hago.
Sonrió, sin meditar aquella respuesta. Claro que no la estaba ayudando, sólo estaba ahí mirándola mientras trabajaba como una mula. Era obvio que Sasuke tenía poderes, y que seguramente uno de ellos sería levantar cosas con la mente, como las yerbas, por ejemplo. No obstante, no le molestaba que no le ayudara. Le resultaba difícil ser quisquillosa con él, cuando era consciente de lo que él era, su personalidad se controlaba.
—¡Listo! —exclamó animada.
Ella raramente se sentía emocionada por ninguna cosa. La vida del orfanato era tan simple que ese sentimiento no podía ser para ella. No desde que Naruto se había ido y que Ino ya no la rondaba. Aunque los demás estuviesen ahí con ella, no se le antojaba estar con ellos, no se sentía lo mismo, no los creía iguales a sus verdaderos y mejores amigos.
Pero ahora con él, se sentía más animada. La razón le decía que era producto de la novedad, su cerebro aun no asimilaba bien el significado de su existencia, así que en cuanto lo hiciera, Sasuke pasaría a segundo plano de su vida y se volvería tan simplón como todo lo demás.
Con eso en mente, su repentino ánimo desapareció lentamente.
Cuando las actividades terminaban, tenían un espacio para hacer lo que quisieran. Kurenai detestaba a morir los gritos y las correteadas así que, básicamente, lo único que podían hacer era sentarse a conversar o hacer juegos de mesa con papeles de sus libretas. No tenían juguetes ni mucho menos podían ver la televisión.
Sakura decidió entonces que quería estar en el dormitorio, aprovechando que no estaría nadie. Desde el primer momento en el que se había acostumbrado a su presencia, tenía muchas ganas de preguntarle cosas que le carcomían la cabeza como: de dónde venía, qué es lo que hacía y por qué estaba con ella, entre otras cosas. No se lo había preguntado antes porque le daba un poco de pánico escuchar algo que no quería. A veces la ignorancia era felicidad.
—¿Te gusta mi cabello? — comenzó, como la cosa más absurda.
A los chicos no les gustaba su cabello porque era color rosa, y para ellos ese color era como el sol para los vampiros. Su primera pregunta fue saber si una criatura como él se dejaría llevar por cosas así.
—Sí.
Sonrió.
—¡En serio! —exclamó emocionada —¡Gracias! Seguro que el tuyo está bonito, ¿tienes cabello?
—Sí.
Ella agitó los pies descalzos.
—¿Cómo eres?
Esperó a que el comenzara con una explicación brutal de sus rasgos, pero tal vez la expectativa fue demasiada.
—Alto.
Uf, cuanto nivel de detalle, pensó.
— ¿Te puedo tocar?
Claro que, si ella misma ponía sus manos sobre él, podría imaginarse más o menos cómo se vería. Hasta resultaba mejor que simplemente escucharle describirse. No estaba segura si él accedería a algo así, puesto que lo único que había podido tocar antes eran sus dedos, a veces sobre sus mejillas, a veces sobre sus manos y brazos, a veces sobre sus pies. Dedos que se sentían como la piel de un cocodrilo. Jamás había tocado uno, pero se imaginaba que así sería.
Ahora que lo pensaba, tal vez Sasuke era un reptiliano. Lo había escuchado una vez, Naruto le contaba sobre ellos.
—No.
—¿Eres un demonio?
Incluso si le decía que sí, no temería.
—…No.
Suspiró. La curiosidad.
—¿Entonces qué eres? ¿Por qué estás conmigo?
La puerta rechinó, dos niñas habían entrado al dormitorio. Se decepcionó un poco porque pensó que Sasuke ya no querría hablar. No obstante, antes de sumirse en el incordio del silencio, con su acostumbrado susurro que parecía ser el simple viento, él le respondió.
—Eres tú la que está conmigo.
…
A veces se preguntaba, ¿qué estaría haciendo Naruto? ¿Pensaría en ella? ¿La extrañaría? ¿Querría verla? Ella pensaba en él, siempre, desde que abría sus ojos hasta que era la hora de volverlos a cerrar. Lo que más extrañaba de él eran los juegos y los chistes, la manera tan tonta en la que podía sacar diversión. Ella a veces trataba de verse madura y lo corregía, pero las ocurrencias podían más y terminaba soltando una carcajada ante las travesuras de Naruto. Él le había hecho la promesa de que, mientras viviera, Sakura no estaría triste jamás por no tener una familia, ya que él sería esa familia; y cada vez que la notaba triste, él mantenía su palabra.
Una vez había vestido de mujer la estatua del fundador del orfanato, el señor Hashirama. Y también lo había maquillado, y sólo porque ella le había mencionado que su cabello era tan largo como el de una mujer. Fue una insolencia brutal, pero Naruto se había salido con la suya. Sólo había tenido que limpiar su travesura y pedir disculpas ante la estatua, un castigo raro y que hoy se consideraría muy poca cosa.
Naruto siempre fue el favorito de todos modos, tanto de las dos únicas cuidadoras, como de los encargados principales, como de los demás huérfanos. Nadie podría hacer nada que opacara esa sonrisa de brillantes dientes, ni que llenara de dolor esos ojos azules color del cielo.
Le había envidiado un poco, y esa envidia creció cuando fue el único niño que los Uzumaki se habían llevado. El único que, entre líneas, no podían abandonar. El único que querían. Le envidiaba todavía más ahora que pensaba en la buena vida que seguramente tendría, mientras ella, que era mil veces mejor que él, tenía que sufrir aún más las crueldades de la señora Kurenai.
Sonrió. Su corazón, tan joven e inocente, entre comillas, se estaba llenando de un rencor inexcusable por quien fue la única persona a la que alguna vez le importó. Por supuesto que no era mejor que Naruto, porque él seguramente nunca hubiera tenido esa clase de pensamientos podridos acerca de ella. Naruto era una luz naranja muy grande, brillante y cálida.
Hoy era trece de octubre, su cumpleaños. A ella la habían abandonado de bebé, así que su cumpleaños era un día al azar que habían escogido por ruleta, como lo hacían con todos los que estaban en una situación similar. Naruto siempre fue el primero en recordarlo y felicitarla, encargándose de que cualquiera lo supiera y se viera obligado a felicitarla. Era una de las cosas incómodas que él hacía por ella, pero en el fondo de su corazón agradecía que, por un día, Naruto intentara que ella destacara más que él. Esos detalles los aprendió a apreciar cuando el rubio se había ido, hoy, nadie lo había recordado.
También pensaba en Naruto cada vez que veía a dos niños tomados de la mano. El niño rubio le había pedido matrimonio un día de su cumpleaños y ella, emocionada, le había dicho que sí. Se imaginó un futuro juntos como una idiota, con ella como la bonita esposa que siempre aguardaba en casa a que llegara su esposo de trabajar, y que juntos salieran de paseo mientras él le decía cosas lindas al oído. Un pensamiento que ahora la avergonzaba, y que seguramente en un futuro, cuando fuera una exitosa abogada, le asquearía recordar.
De cualquier manera, sin Naruto sentía que maduraba más rápido. Nadie estaba ya ahí para protegerla y eso la empujaba a ser más fuerte, a tener una mente más consiente de las crueldades del mundo, y a anhelar sueños menos imposibles.
—Sakura.
Sasuke definitivamente no contaba. A veces, muy a veces, la ayudaba a conseguir ciertas cosas. Pero no significaba que era su protegida.
—Dime.
Sus cabellos largos bailaron con el viento. Tenía catorce años ya. Había ganado unos centímetros de estatura, todos los dientes de leche ya se le habían caído, ahora usaba sostén y su periodo menstrual ya había empezado. Era una señorita en todo su esplendor.
En esos dos años, Sasuke la había acompañado como una sombra fiel. Nunca le amenazó con nada, ni tampoco le protegió ante un castigo cruel o los golpes de Kurenai, sólo estaba ahí a su lado, apareciendo y desapareciendo a su antojo. No tenía exigencias, ni su presencia comprendía a ser una virtud. Posiblemente la única cosa positiva de él, el gran cambio importante, es que ya no se sentía tan sola. También, le había perdido miedo a la oscuridad.
—Traje algo para ti.
Ella miró hacia la dirección donde venía su voz, un árbol. Curiosa, le interrogó.
—¿Qué es?
—Cierra los ojos.
Sakura alzó una ceja, pensando. Más que por lo evidente, Sasuke era una tumba para todo lo que tuviera que ver con él, incluyendo sus poderes.
Cerró los ojos, cansada de intentar jugarle algún truco a ese demonio. Lo dejó ser.
—Ábrelos.
Le costó verlo, pero ahí estaba. Oculto entre el pasto largo, el brillo delator de un anillo estuvo junto a sus pies. Lo recogió encantada. No era nada bonito, de hecho, era muy masculino y tenía un grabado fatal; pero le gustaba, porque era un regalo, porque era de él.
—Muchas gracias Sasuke.
—Hoy no es tu cumpleaños.
Sakura asintió. Lo mismo le había dicho en su cumpleaños pasado. Entre los poderes de Sasuke seguro había algo que le hacía poder saber esas cosas. De cualquier manera, aunque le preguntó insistentemente, no le dijo nada.
—Lo sé.
Sakura se puso el anillo en el pulgar, pero el anillo resbaló.
—Tendré que hacerlo collar.
Entonces levantó la vista y miró al árbol.
—¿Ya me dirás qué eres?
No esperaba ninguna respuesta en realidad. Cuando Sasuke se sentía presionado, guardaba silencio o desaparecía. Realmente no sabía cuál de las dos cosas era lo que hacía, pero el punto es que se negaba a darle respuestas. No encontraba la explicación a privarle de esa información, de hecho, nada tenía sentido. ¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Por qué lo hacía? Un día se rendía a sacarle información, pero otros, como hoy, solamente quería acorralarlo contra la pared y darle de cachetadas hasta que confesara.
Algo en su piel le decía que la ignorancia era buena, que tal vez saber el propósito de su compañía sólo la torturaría hasta que ocurriera el "gran evento", pero otra parte de sí misma, le decía que no podía continuar con esta intriga, que tal vez ahora no era mala, pero en un futuro podría hacerse insoportable.
—No.
Umh, déjame en paz entonces, pensaba.
Le molestaba su actitud. Él sabía todo acerca de ella, incluso cosas que ni ella misma sabía, y se le hacía injusto y desesperante que para ella todo fuera una incógnita. Detestaba la maldita ignorancia. Frunció los labios por un momento y exhaló fuerte hasta que se calmó. No era algo nuevo de todos modos, pero eso, el hecho de que siempre la dejaba con las mismas, le enojaba.
Guardó el anillo en su bolsillo enfadada. Pensándolo mejor, el regalo ni siquiera era la gran cosa, en cuanto lo viera Kurenai le preguntaría de dónde lo había sacado, sospecharía que se lo robó a algún guardia, y la molería a reglazos antes de encerrarla en los castigos. Ahora sí, el regalo se le hacía tonto.
Sacó el anillo de su bolsa y lo aventó. No quiso ni ver en dónde caía y volteó, dándole la espalda a ese demonio invisible y desconsiderado. Caminó de regreso a su dormitorio, donde las demás estarían y, por ende, Sasuke la dejaría en paz. No le remordía para nada haber aventado su porquería, seguramente él tendría otro de sus maravillosos poderes para encontrarlo, ¿para qué se lo daba de cualquier forma? Si ni siquiera era su cumpleaños.
—Sakura.
El demonio le habló, pero ella ni siquiera lo miró. ¡Ni siquiera podía! Incluso si quisiera dedicarle una mirada enojada, ¿A dónde le va a apuntar? Sasuke no era más que una… molestia para ella. Siempre lo fue, y siempre lo sería.
—No te vayas.
Se detuvo sólo por reflejo, pero inmediatamente continuó. Entonces él la tomó de la mano y la apretó. Esa mano de piel de cocodrilo que debería asustarla, y que, no obstante, la reconfortaba.
—Paciencia.
Sakura bufó, paciencia era algo que ya no tenía. Naruto fue igual, le había pedido paciencia antes de irse, pero hace años que no sabía nada de él. Ahora Sasuke le pedía paciencia, pero…
—¿Para qué?
Sasuke volvió a callar, y ella chispó su brazo y continuó. Estaba cansada de tener paciencia. Se lo había tenido a todo y a todos. Ya estaba harta. Sasuke la volvió a llamar, pero esta vez, ella no se inmutó.
…
Y entonces, la paciencia acabó.
Gggg
SM~
