Era de atardecer, el grupo de civiles caminaba dentro de un terreno que estaba cubierto por una densa capa de árboles y arbustos. La mayoría comenzaba a adentrarse en una pendiente cubierta de una alfombra de hojas secas en medio de los prados verdes. Conforme avanzaban la pendiente se volvía cada vez más pronunciada; rodeados del sonido de la fauna y las flores silvestres que se hallaban a las orillas del camino. En las copas de los árboles se divisaba el reflejo de las pequeñas aves que observaban los pasos de aquellas peculiares criaturas conocidas como topos junto a los dragones soldados que cargaban en su lomo provisiones acompañados por leopardos llevando mochilas que se sobresalían de sus bolsillos múltiples gemas de colores y distintos tipos de armas, siguiendo su caminata con un semblante seguro.
Cyril y Sparx eran los primeros de la fila, iban unos metros más adelantes que todo el grupo, y vigilaban con precaución cada pequeño detalle de aquel bosque aparentemente tranquilo y seguro. Sparx se sentía un poco incómodo, intentó prestarle atención a su única e importante misión, no sabía si era por la extrema cercanía de Cyril, quien lo acompañaba desde su costado izquierdo, que le estaba produciendo una comezón extraña en la nuca, y balbuceó palabras incomprensibles para matar el tiempo mientras continuaba vigilando las copas de los gigantescos árboles.
Cyril, por su parte, se tragó un miles de palabras insultantes que iba utilizar contra Sparx para callarlo y que dejase de intentar romper el silencio. Bufó molesto, centrándose en el suave viento que rozaba sus escamas, y miró hacia adelante con indiferencia. Había escogido ignorarlo mientras giraba los ojos con fastidio. Ya le era más que suficiente tener que oír de mala gana atrás de su espalda aquella habladuría que los ciudadanos estaban acumulando entre ellos con sus conversaciones y su tarareo como para prestarle atención al mediocre intento de Sparx de hablarle.
Alrededor de dos horas después, Cyril y Sparx, que no dijeron nada durante todo el camino, se iban acercando cada vez más a su destino, donde detrás de aquellas copas empezaron a vislumbrar unas preciosas murallas que protegían los alrededores de Warfang pero estaban deterioradas y con un mal aspecto, y pudieron oír que los civiles alargaban gritos de asombro al momento que los vieron.
Terrador, quien estaba por la parte más trasera del grupo, intentaba mirar el lugar, estirando más el cuello y apresurando el paso con cuidado para no empujar por accidente a los civiles que tenía delante, hasta que consiguió a duras penas ver el humo negro saliendo de ahí y tiñendo un poco el cielo de un gris muy oscuro. Sintió un revoltijo en el estómago. El escenario deprimente parecía revivir recuerdos acerca de la guerra. Cerró los ojos con fuerza, intentando apartar aquellos momentos tormentosos con una sacudida de cabeza, y volvió abrirlos con tristeza.
—« Gracias a los ancestros que todo término...Ojala y hubiéramos podido hacer algo más por la ciudad » —Pensó aliviado por fuera y arrepentido por dentro Terrador.
Cuando llegaron, Cyril abrió y extendió su ala derecha, indicando que se detuviera el grupo que lo seguía con nerviosismo. Estaba frente de una puerta grande y sumamente extraña. Él permaneció en silencio y la detalló con ojo de cirujano. Observaba que no traía manilla salvo un agujero en el centro. También podía apreciar que tenía marcada múltiples rastros de destrucción, desde pequeñas manchas negras debido a las explosiones y ráfagas de fuego hasta una peculiar abolladura en el centro, los cuales tapaban lo que una vez era una cubierta de oro con forma de dragón alzando sus alas y su fondo de color zafiro.
— La última vez que la vi no se veía tan fea —Comentó una voz curiosa.
De repente, una luz se posó delante de sus narices. Él se sobresaltó hacía atrás mientras gritaba y comenzaba a ver todo borroso. Aquella luz fue demasiado intensa que lo dejó ciego. Bajó el cuello y subió la garra delantera derecha para frotarse los ojos con irritación.
— Reitero lo que dije una vez; no puedo creer que una libélula consiguiera involucrarse con todo esto —Susurró notoriamente enojado.
Después, escuchó a los civiles, quienes estaban detrás de él, riéndose con gran fuerza. Recordó que ellos continuaban ahí y habían visto todo. Sintió sus mejillas ruborizarse mientras intentaba no voltear para que estos no pudieran verlo directamente. Ignorando aquellas risas, las cuales se iban incrementando cada vez más, continuó frotándose los ojos y gruñó para sus adentros.
—A ver... A ver... Esto quedó bien mal, casi está irreconocible... ¿Qué tal si decoro un poco por aquí y allá? —Curiosea Sparx tocando las crestas de la puerta y produciendo ruidos inquietantes.
Cyril se alarmó. No quería que aquella libélula inexperta tocara siquiera un pedazo de escombro destruido de la puerta. Se frotó más rápido los ojos y parpadeó unas cuantas veces para recuperar la visión. Dio dos pasos adelante, suficientes para que su cabeza se pusiera encima del pequeño cuerpo de la libélula, clavándole una mirada que expresaba perfectamente su irá e indignación, aunque ésta no se percataba de su presencia aún y continuaba revisando la puerta como un niño pequeño.
— Uh… Esto creo que no va aquí —Siguió diciendo Sparx, llevando una pequeña roca en sus manos que tiró en una esquina, dándole menor importancia—… ¡¿Oh?! ¡¿Qué es esto?!
Andaba alumbrando, como una pequeña vela, las partes más quemadas. Sin embargo, él no se percataba de lo que hacía y continuó subiendo y bajando para ver con grandes ojos, de manera nostálgica, aquellos detalles.
— ¡Me trae muchos recuerdos! —Comentó feliz—. ¡Spyro y Cynder consiguieron sellar este agujerito con una esfera de fuego! Servía creo como un sello para tapar esa puerta, creí que iba a durar, no sé, muchos años.
Cyril le gruñó molesto, intentando llamar su atención con sutileza y enfado. Por dentro se estaba desatando una batalla entre: congelar o apartar con un coletazo al insecto brillante, cualquiera de esas dos opciones le harían inmensamente feliz.
— ¿Qué dices, Cyril?, ¿también quieres arreglar la puerta? —Le preguntó con inocencia Sparx, sin darse la vuelta aún.
Gruñó una última vez, esperó que Sparx entendiera la indirecta, pero al ver que éste continuaba toqueteando libremente la puerta, como si su presencia no existiera para él, se enfadó y pudo sentir su irá hervir su sangre, músculos, garras y boca. No aguardó más. Sabía muy bien que si no actuaba de inmediato podría explotar y gritaría con todo pulmón, por ende sería el ojo principal para todos los ciudadanos y dejaría mal su pinta de dragón de mente fría. Resopló con tanta fuerza, que se podía visualizar a la perfección su aliento de hielo salir por sus fosas nasales, el cual arropó la espalda de aquella impertinente libélula, y vio como Sparx se frotaba los brazos al sentir ese aire penetrante y frío.
— Ufff… ¿Ya tan pronto está nevando? —Preguntó inocente Sparx—. ¿O acaso eres tú…? —Dejó de hablar en el momento que se cruzó con la mirada cristalina de Cyril, en la cual podía ver su reflejo.
— Por favor. Dame un permiso… Y no te muevas —Advirtió Cyril con tono sepulcral y amenazante—. ¿O quieres un poquito de hielo en esas delicadas alas?
Tal vez era la imaginación de Sparx, después de todo lo que había vivido con Cyril, pero le pareció que éste estaba desprendiendo un aura oscura y amenazante. Comenzaba a sentirse increíblemente intimidado. Literalmente se encontraba peligrosamente cerca de aquel hocico, el cual continuaba soltando pequeños aires que estremecían sus músculos, y no pudo evitar sonreír con torpeza al imaginarse que en cualquier momento podría ser comido con una gran facilidad.
Así que, hizo señas con las manos, intentando decirle que no había problema y que se iría de su vista lo más rápido posible, y se fue con lentitud mientras era vigilado por aquellos temibles ojos celestes y penetrantes.
Cyril notó que, el sonido que el cual desprendía la libélula, se iba alejando cada vez más al punto de que dejó de escucharlo. Finalmente, empezaba a sentirse mucho más tranquilo y con la mente despejada. Primero bajó la cabeza para soltar un suspiro de serenidad. Luego la subió y retomó su tarea original de detallar de inspeccionar la entrada, pero luego recordó que Sparx ya había hecho todo el trabajo y se sintió un poco desanimado por eso.
— « ¿Habré sido muy duro con Sparx? Tampoco fue demasiado alboroto que revisara un poco la puerta, ya está demasiado destruida como para que la pueda empeorar, ¿qué pensará él ahora de mí? » —Pensó angustiado.
El dragón frío cerró los ojos y meditó sobre la situación. Largaba gemidos entre colmillos mientras se sacudía pensativo el hocico. Sin embargo, cuando apenas llegaba a una conclusión, escuchó atrás una voz ronca y fuerte llamando su nombre, la cual le había resultado poderosamente familiar. Dio por terminado su meditación, abriendo sus ojos y volteándose a donde lo llamaba.
— Por fin ha llegado —Musitó exhausto Cyril.
Observó a Terrador salir por medio de los civiles. Éste intentaba no tropezarse con ninguno de ellos, diciéndoles educadamente a que se movieran y le dejaran un poco de espacio para que pudiera caminar.
— Gracias, gracias —Agradeció él amablemente a los civiles que le dieron espacio.
Cyril tosió aburrido, como si esperar al dragón de tierra no fuese asunto suyo, y prosiguió en mirar una última vez la puerta. Al principio fue para matar el tiempo y vagamente la veía de arriba abajo. Sin embargo, a medida de que iba observando aquellos extraños detalles, más descubría que algo no estaba encajando, y cuando una fugaz idea se le cruzó por la mente como un rayo, de inmediato su boca liberó un largo grito de asombro.
— « Ha sufrido más daños… ¿Cómo es eso posible? » —Pensó inquieto el guardián del hielo—. « ¿Será mi imaginación que me juega una mala broma? Tiene… Una abolladura gigantesca que no había tenido la última vez que fue atacada… El ejército de Malefor se retiró cuando éste dio la orden de enviar al Destructor a acabar con el mundo » —Desplegó las alas a modo de sorpresa—. « ¿Será como dijo Sparx? Realmente la puerta no se veía como… ¿"Recordaba"? »
— Todo parece muy tranquilo… ¿Encontraste algo relevante? —Preguntó el dragón de tierra.
El dragón azul había caído de las nubes al escucharlo. Tardó unos cuantos segundos en recuperar la consciencia y mirar perdidamente a su izquierda, donde estaba sentado calmadamente su amigo verde. Veía aquél aguardar pacientemente por su respuesta y observar distraídamente la entrada. No le hacía falta ser un genio para darse cuenta que, al juzgar por su expresión libre de preocupación, no se había percatado de lo que aquella puerta ocultaba.
— Muy tranquilo para mí gusto —Respondió con tono sarcástico. Fingiendo que no mostraba preocupación en lo absoluto.
El guardián de la tierra gruñó pensativo mientras inspecciona la puerta. Puso un paso hacia adelante para apoyar su oído (que no tenía) contra ésta. No escuchaba nada más que un gran silencio, el cual le daba a entender que no había enemigos dentro. Largó un suspiro de alivio. Era reconfortante saber que al final la ciudad no estaba infectada de monstruos. Retrocedió el mismo paso que había dado para acercarse y miró nuevamente a su compañero, que estaba esperándole con severidad a que le dijera si había buenas o malas noticias.
— No hay señales —Se limitó a contestar Terrador. Cyril dudó.
— No podemos simplemente entrar y correr el riesgo de que nos tiendan una trampa —Dijo súbitamente.
— Cazador no debe tardar en venir para que nos avise si hay enemigos y Volteer aún vigila los cielos —Recordó.
El dragón de hielo pareció muy sorprendido, como si apenas recordara que Volteer no había estado durante todo el camino ni con sus hilarantes palabras.
— Pues —Inició intentando recuperar la compostura—… Lo más lógico sería esperar a Cazador.
— No podría estar más de acuerdo —Aceptó relajado el guardián de la tierra.
Los Guardianes permanecieron esperando por un rato. Terrador le contó a Cyril que iba a avisar a los demás para que no se empezaran a preocupar, a lo que éste asintió. Terrador prosiguió en caminar a donde se encontraba el grupo. Los integrantes estaban justo debajo de un gran árbol grueso y lleno de hojas verdes. Agudizó su voz, agarrando la atención de todos al instante, y dijo.
— Debido a los recientes acontecimientos. Primeros veremos si no hay monstruos todavía rondando por la ciudad. Le pedimos paciencia para que podamos saber si la zona es segura —Explicó.
Después, los sobrevivientes se lo tomaron muy bien y asintieron con sonrisas. Él sonrió un poco y agradeció por la comprensión. Miró aquéllos volver a lo que hacían antes de que les informara. Unos comían frutas que habían recogidos de otros bosques. Otros charlaban libremente sobre lo que les gustaría hacer cuando volvieran a la ciudad; como construir nuevas casas y regresar Warfang a su vieja gloria. Por último, se fijó hacia el césped y vio que algunos dormían ahí, como dragones y topos, quienes roncaban y de sus bocas les salían saliva como pequeñas cataratas, y eran arropados por manteles delgados.
De repente, Terrador, que comenzaba a sentirse triste y nostálgico, recordó su vida antes de que comenzara a portar el cargo de guardián. Era más sencilla debido a que disfrutaba de una vida libre de preocupaciones donde podía dormir durante horas y sobre todo pasaba tiempo con sus seres más cercanos, hermosos recuerdos que Terrador nunca iba a olvidar.
— « Céntrate en lo que más importa, Terrador. No hay tiempo para ponerse sensible. »
Olvidó esos momentos en el tiempo que los había recordado. No le servía de nada, lo que más importaba era cuidar y proteger lo que quedaban de Warfang. Dio media vuelta y volvió hacia la entrada, la cual el guardián del hielo volvía a mirar, y se extrañó bastante, pero nunca pudo entender lo que pasaba por la mente de aquel dragón de hielo, así que lo paso por alto.
— Es tranquilizante tenerlos tan motivados —Soltó Terrador, intentando abrir una conversación.
Él apenas si lo miró y Terrador no tuvo otro remedio que mirar directamente la estructura del portón de piedra.
— Bien por ellos —Dijo Cyril con tono distante—. Cazador está tardando demasiado —Añadió, tornado su tono por la de uno más misterioso—… A no ser que le pasará un contra-tiempo: como ser atacado. Ahora puede estar deambulando, herido y sin compañía, por el bosque.
— Es muy ágil, alguien como él no puede ser fácilmente engañado —Protestó, subiendo un poco más el tono—, lo único que nos queda por hacer es esperarlo.
— Como quieras —Dijo fríamente el dragón del hielo.
Y como si el deseo de Terrador se hubiera cumplido, Cazador salió repentinamente de los arbustos más frondosos del bosque, que se hallaban más a la izquierda de la pareja, y se fue corriendo hacia ellos. Parecía cansado, e inclusive tragaba con rapidez bocanadas de aires. Cuando llegó, se desplomó en el pecho del dragón de tierra, dejando a éste bastante desconcertado y preocupado, al igual que Cyril, quién estaba viendo todo desde la espalda de su compañero.
— ¡Cazador! ¿Qué ha pasado? ¿Qué descubriste? —Preguntó el dragón de tierra, con la pata derecha frente del pecho para que el leopardo lo usará como soporte.
— Y por favor. Respira antes de hablar, no queremos balbuceos —Gruñó el guardián del hielo, frunciendo el ceño.
Terrador cambió una mirada rápida de desaprobación con Cyril, haciéndolo callar y dejara de presionar la delicada situación, y regresó con el arquero moribundo.
— Yo —Decía el felino, intentando recobrar el aliento, viéndose como si en cualquier momento perdería la vida y la tensión de sus líderes crecía aún más—… No encontré nada…
— ¿Discúlpeme? —Preguntó Cyril inmediatamente, quedándose más confundido de lo que ya estaba.
— Es la verdad…
— ¿Estás seguro de lo que dices?, ¿por qué estás tan cansado entonces? —Dijo Terrador, estando casi igual que su compañero.
Cazador recuperó el aire perdido y pudo separarse del agarre de Terrador. Se encaminó, asegurándose el arco que colgaba de su hombro, a donde estaban los civiles e indicó, con el dedo índice, los terrenos y bosques más lejanos. Los dragones miraron.
— Recorrí cada rincón, cueva, árboles, alrededor de unos minutos y no encontré nada, que me extraño bastante, así que di una última vuelta para asegurarme de que no había un enemigo escondido. Sin embargo, al parecer no hay nada, solo nosotros —Explicó Cazador, dibujando un diagrama invisible con ese mismo dedo.
Terrador profirió un alarido de alivio. Le encantaba saber que no había problema y que podría entrar, sin miedo a recibir un ataque sorpresa, al interior de la ciudad con los ciudadanos. No es que él tuviera problemas con luchar un rato, porque le sobraban fuerzas desde la guerra, pero no le parecía correcto involucrar inocentes y arriesgar que estos sacrificaran sus vidas, más de lo que ya arriesgó anteriormente.
En aquel instante, Cyril se aclaró la garganta con afectación y comenzó a decir:
— ¿Crees que DENTRO de la ciudad todavía estén enemigos esperándonos? —Preguntó con mucho énfasis.
Esto fue la gota que colmó el vaso tanto para el dragón de tierra como para el leopardo amarillo. Terrador comenzó a rugir con fastidio y regresó a la entrada de Warfang, mientras que Cazador se levantó y lo acompañó. Cyril no se sintió culpable, era su trabajo ser realista ante todo, y se fue con ellos con su destacado aire de indiferencia.
— ¿Qué crees que debamos hacer, Terrador? —Dijo el cazador, revisando la puerta con el oído izquierdo.
— No hay opción, entraremos —Contestó Terrador con brutalidad.
— ¿Estás seguro, Terrador? —Preguntó Cyril duramente—. Te recuerdo que ellos atacan inmediatamente cuando ven a un intruso.
— Lo sé pero está anocheciendo y no hay enemigos dentro, te lo aseguró. Y si las hay los eliminamos. Tan simple como eso —Aclaró el dragón robusto.
— ¿Y significa que entraremos? —Mencionó una voz ansiosa.
Produjo una reacción en cadena aquellas palabras: Terrador se forzó por mantener su semblante serio pero estaba un poco perdido, como si oír la voz de alguien más fuera nuevo para él; Cyril parecía indignado, no le caía bien que alguien se metiera en una discusión, mientras que Cazador, como acto reflejo, se movió detrás de los guardianes y se quedó por el medio. Todos giraron sus cabezas en la dirección de donde había salido la voz y quedaron asombrados como impactados.
— ¿¡Sparx!? ¿¡Cuántas veces te tengo que decir que no te metas en discusiones ajenas sin mi consentimiento!? —Bramó el dragón de hielo, salpicando saliva por su boca.
Sparx ladeó la mano de arriba abajo, como si estuviera apartando un insecto, ignorando su regaño, y continuó hablando.
— Sí, caradura —Replico la libélula, ofendiendo aún más al dragón de hielo—. ¿Cuándo seguirán discutiendo? ¡Hay muchos aquí que necesitan descansar! —Señaló, con ambas manos abiertas, a las criaturas, que seguían esperando impacientemente una decisión de los guardianes—. Y para ser sincero, ustedes lucen terribles.
No fue mentira. La cara de Terrador se veía como la de un viejo que no había dormido durante años. Cyril portaba bolsas purpuras, que se le resaltaban en esos ojos de comandante. En cuanto a Cazador, él continuaba con su apariencia juvenil y fresco, debido a que si había dormido cuando tenía tiempo libre.
— ¿Hola? —Dijo Sparx de pronto, con cara de confundido.
Si no hubiera sido por esa sencilla frase, Sparx habría recibido un buen regaño de Cyril. El pequeño grupo no supo qué decir contra eso, porque era la verdad, y negárselo sería un acto de cobardía. Era la primera vez que oían a Sparx preocuparse por los demás, a parte de su hermano adoptivo y de sí mismo, provocando que Terrador se sintiera un poco orgulloso de él, mientras que Cyril se acercaba a la puerta, de modo que su hocico la rozaba completamente. Cazador permaneció en silencio.
— Entonces hay que entrar —Apoyó Terrador, imitando el mismo movimiento del guardián del hielo, y se giró hacia el arquero — Cazador, necesito que tú y los recolectores vayan a conseguir más comida. La que tenemos no durará mucho.
— A sus órdenes —Dijo el felino con energía.
Se marchó, dando pasos rápidos. Llegó al frente del grupo, que todavía dormía plácidamente debajo de ese inmenso árbol, y sus integrantes parecían unos vagabundos que no comieron durante días. Cazador les avisó de las órdenes que había dado Terrador y en cuestión de segundos, dentro de ese cúmulo de ciudadanos, salieron aquéllos que su misión era buscar comida y material en los bosques. Eran topos, quienes portaban cascos amarillos con anteojos redondos implantados en las frentes y vestían pequeños uniformes de arquitectos. Ellos posaron sus pequeñas manos en las cabezas, como si fuesen soldados, y Cazador los lideró, guiándolos al profundo bosque.
Cyril miró fijamente a Terrador.
— Vamos a tener que montar seguridad. Ver qué zona está a punto de derrumbarse y saber sí tendrá algún arreglo —Dijo Cyril, poniendo una cara de angustia—. Bueno, tal vez sea lo mejor. Las estructuras no estaban en sus… Mejores condiciones.
— No te preocupes, veré algunas casas, que quise revisar antes de que nos fuéramos, y podemos tomar algunos turnos para vigilar las murallas por si aparecé un enemigo nocturno —Respondió Terrador con serenidad.
La entrada de Warfang comenzó a ser empujada por los poderosos cuernos de Terrador, que comenzaba a largar gemidos de cansancio y cerrar los ojos con mucha fuerza, pero su máximo esfuerzo no era suficiente para hacerla abrir totalmente. La puerta fue construida con los materiales más resistencias del mundo. Cyril bajó la cabeza, riendo entre colmillos. Él sabía muy bien que no iba a ser tarea fácil y por eso quiso echarse unas risitas de lo terco que era Terrador a veces.
— Podrías… Ser menos frío… Y… ¿¡Ayudarme!? —Bramó Terrador, exhausto.
— No seas tan llorón, Terrador. Igual ya iba en camino —Le mintió Cyril con picardía, acercándose a su lado. Él empezaba a mover la gran puerta, utilizando más el pecho que los cuernos.
Fue un alivio para Terrador comenzar a sentir menos peso que empujar. El gran muro de roca empezaba a moverse con lentitud, cuyo ruido resonaba como una pesada roca siendo movida por varios hombres, hasta finalmente abrirse de par en par, de forma majestuosa y dejando a sus empujadores exhaustos. Su interior relevaba un escenario lúgubre y catastrófico. Terrador tuvo la oportunidad de ver, con nostalgia e incomodidad, que había varios escombros caídos, bajo una nube de un color negro profundo teñido de rojo por las flamas que éstos desprendían con suavidad, mientras que Cyril se retiraba hacia Sparx para avisarle que los ciudadanos podían entrar.
— ¡Déjamelo a mí! ¡Vuelvo en menos de lo que canta un gallo! —Respondió Sparx, palmeando las manos, y voló hasta llegar encima del grupo, sonriéndole con entusiasmo—. ¡Ya levanten esos traseros que ya es momento de entrar a casa!
Cuando aquella noticia llegó a los oídos de los civiles, éstos estallaron a gritos de felicidad y carcajadas. Sparx, que se había quedado con ojos en blancos, terminó por acompañarlos, riendo con creces, y bailó al ritmo del viento. Segundos después, topos, leopardos y soldados, habían recogido sus respectivas cosas, como carriolas llenas de gemas hasta mochilas repletas de armas, y se fueron cruzando la puerta, que era vigilada por los dos guardianes, hasta que pudieron llegar a Warfang para que posteriormente comenzaran a ver el horrible estado que se encontraba.
— No fue tan bonito como me lo imaginé —Opinó la libélula, disgustado.
No duró mucho la alegría. Ya las criaturas estaban comentando lo duro que iba ser restaurarla a su vieja gloria. La desesperanza era palpable en el ambiente. Ellos giraban sus cabezas, cada una fijándose en una dirección distinta, y buscaban un lugar donde pudieran refugiarse pero lo único que veían eran basura, escombros quemados, edificios caídos y destruidos, los cuales les transmitían inseguridad. Permanecieron ahí, inmóviles y agrupados como niños indefensos.
— Hay que reconocer que no es el final feliz que esperaba —Comentó Cyril cuando los civiles comenzaron a gritar de miedo.
— El final de un acontecimiento no siempre traerá un cierre satisfactorio —Observó Terrador—, pero es nuestro deber hacerlo realidad.
— ¿Y qué sugieres? —Dudó el dragón de hielo.
El dragón de tierra no necesitó palabras. Tan pronto que éste había entrado y pudo llegar al centro de aquel gran grupo de civiles, Cyril lo vio alucinado. Terrador había cesado los alaridos de angustia, utilizando su imponente apariencia. En ese momento, éstos levantaron la vista para que miraran directamente al líder, como si fuese la única cosa en la Tierra.
— Ojala tengas algo pensado —Susurró el frío dragón, encontrándose en el otro lado de la puerta. Él estaba vigilando que nadie se hubiera quedado atrás pero en realidad era una excusa para que pudiera permanecer como espectador en el tiempo que quisiese.
Terrador soltó un ligero gargajo para aclarar su voz y estuvo a punto de comenzar a hablar. El problema fue que no pudo decir una palabra cuando los civiles comenzaron a atacarlo con preguntas. Él no podía entenderlos: todos hablaban a la vez; « ¿Cómo restauraremos las casas? » decía uno; « ¡Estamos condenados! » dijo el otro; « ¡Nos llevará meses! ¿¡Cómo iremos viviendo así!? », Y mencionó aquél.
— ¿Dónde estás Ignitus? —Canturreó Sparx inquieto, hallado detrás de los cuernos de corneros de Terrador—. Si él estuviera aquí lo hubiera solucionado.
Terrador, procurando silenciar a Sparx con un: « ¡No es el momento ahora! » con tono suficientemente bajo para que él pudiera escuchar y éste cerró la boca al instante, se quedó respirando por una fracción de segundos; luego soltó un mugido como el de un toro furioso y, desplegando las alas hasta en su totalidad, silenció una vez más los ciudadanos, azotándolos con una ola de viento potente.
Dragones soldados, leopardos y topos lo miraron a su vez en silencio, y se quitaban la suciedad, que aquel movimiento había provocado.
— ¡Bueno ya es suficiente! —Bramó Terrador—. ¿Qué les pasa a todos ustedes? ¡Son sobrevivientes que pelearon contra el temible Maestro Oscuro para abrir una nueva era de paz! ¡Somos guerreros!, esto es parte de lo que habíamos visto venir desde que los titanes salieron de la Tierra a destruir lo que una vez conocimos —Los miró seriamente—. Es momento de actuar como tal y reconstruyamos la ciudad, desde cero si es posible, en lugar de llorar y regodear en ese sufrimiento sin sentido.
Un soldado dragón, que portaba pequeños cuernos puntiagudos en la frente, cuya cabeza era naranja con aletas en las mejillas, y sus alas brillaban de un color naranja de franjas rojas, se acercó, saliendo de la multitud de criaturas paralizadas, y miró respetuosamente al dragón de tierra.
— Señor, creo que es mejor que les hablarás de una forma un poco más… Comprensible… Estamos exhaustos —Tragó saliva—… Y perdidos. ¿Podías guiarnos? —Preguntó el soldado, esperando no ofender al líder.
La irá de Terrador, que comenzaba a suspirar pesadamente y reflexionar acerca de aquellas palabras, se alivió. Él echó un rápido vistazo a las caras melancólicas de los civiles. Se sintió terrible. Nunca se hubiera imaginado que llegaría el día en el que se dejaría llevar por sus emociones en lugar de pensar con la cabeza.
— « Tal vez… Si te necesité viejo amigo »—Pensó afligido el dragón de tierra, olvidándose por un segundo del entorno.
— ¿Señor? ¿Está usted bien? —Interrumpió el joven dragón soldado, con tono de preocupación.
Esa pregunta logró romper el pensamiento de Terrador. Haciendo que éste abriera de un golpe los ojos y diera un pequeño sobresalto. Él atendió al pequeño soldado, encontrándose con los millones de ojos extrañados de aquéllos, los cuales estaban alrededor suyo. Éstos estaban poniendo a Terrador en una situación delicada, donde no podía exhibir su debilidad, y él miró el piso de pronto.
— «… ¿Qué estoy diciendo? ¡No es momento de ponerse cursis, Terrador! »—Se regañó, sacudiéndose la cabeza para centrarse en la misión principal—. Bueno, gente, ¿saben qué haremos? Ustedes me dirán sus sugerencias y veré cómo las vamos a llevar a cabo... Y no permitiremos que un mal comienzo arruine lo que hemos logrado, ¡podemos conseguirlo! —Y, riéndose con motivación, los ánimos al punto que vitoreaban de entusiasmo.
Terrador fue tan servicial con los civiles como había prometido. A las dos horas siguientes, mandó un pequeño grupo, conformado por soldados dragones, a limpiar escombros (con carriolas de madera) de la plaza central e hizo que lo llevaran fuera de la ciudad para que lo tiraran en el abismo infinito. En algunas ocasiones, ayudaba en cargar las que tenían el tamaño de un edificio pequeño, mientras que Cyril hacía el trabajo de éste. Aparte de eso, permanecía supervisando en una esquina aquellos avances que iban tornándose horas.
Al cabo de cuatro horas, no había indicios de rocas gigantes estorbando las calles, y los topos revisaban las estructuras. Pasaban horas revisando las que estaban a punto de caerse, pegando piedras nuevas en ellas para que se volvieran a mantenerse firmes y fuertes. Por otro lado, los leopardos llevaban bolsas llenas de gemas en sus manos y las transportaban en un gran almacén que había indicado Cyril, el cual se hallaba más al fondo de la plaza principal. Ahora que la ciudad estaba tomando su antigua forma, Sparx pidió a Cyril que le diera una tarea, a lo que éste ignoró al principio pero cambió de idea cuando la libélula comenzó a molestarlo, volando muy cerca de sus cuernos rectos, y el dragón de hielo le dijo a gritos que llevara las gemas, que quedaron debajo del árbol, al almacén.
— ¿De que serviría quedarse de brazos cruzados cuando todos los demás hacen lo suyo? ¡No te enojes conmigo! —Dijo Sparx con valentía, antes de que se fuera volando como un rayo.
De la entrada, llegó un topo pequeño, que empujaba una carriola llena de frutas, y paró a descansar en el centro de la plaza. Todos se fueron hacia él en seguida y pidieron sus frutas para que pudieran comer un buen rato. Terrador, a quien las tripas le dolían de hambre, saltó de su lugar y se abalanzó en el puesto de comida. Pidió permiso para agarrar una manzana, una naranja y un durazno: las más grandes que tenían. Las frutas estaban completamente frescas y se las comió de un mordisco, relamiéndose el jugo que ésas desprendían de su gigantesca boca. Luego miró vagamente, encima de las pequeñas cabezas de los civiles, a Cyril. Él caminaba, con una expresión seria, en una calle cerca de unas enormes escaleras, las cuales iban en dirección hacia arriba para que cualquiera pudiera llegar a un gran templo de piedra. Terrador llamó con un grito fuerte al dragón de hielo, y éste giró su cabeza en él. Después, él se acercó y le miró esperando una respuesta rápida. Terrador le señaló, utilizando el hocico, a la montaña de frutas que quedaban en la pequeña carriola de madera. El guardián del hielo encogió las alas y lo miró con una expresión de intenso asco, mientras que los ciudadanos restantes recogían sus frutas.
— No debes despreciarlo, es todo lo que tenemos —Replicó Terrador con exigencia.
— Prefiero esperar por la carne congelada, muchas gracias —Contestó alejándose Cyril, con aire de repugnancia y elegancia en su voz.
Terrador bufó, mirando mal a Cyril, y abandonó el lugar. Acompañó al guardián del hielo, y se fueron alejando del lugar. Doblaron una esquina y llegaron a una ruta, repleta de edificios en las esquinas.
— Recuerdo cómo era todo...Cuando éramos más pequeños —Dijo Terrador, sintiendo un golpe de nostalgia al ver las ventanas de cristal de los edificios.
— Si —Suspiro el viejo dragón de hielo, recordando tiempos mejores—… Eran buenos tiempos. Recuerdo específicamente como eras antes: un pequeño muy tímido —Mencionó con burla.
Terrador se ruborizó, recordando como él era antes, había cambiado bastante desde sus tiempos como aprendiz a guardián.
— ¿Y qué me dices tú?
— ¿Perdón? —Preguntó Cyril, incomodo—. Yo… No tengo idea de qué hablas.
Terrador estalló a carcajadas, no podía creer lo orgulloso que era Cyril a veces.
— Eras una estatua, escondido entre tus libros favoritos, apenas si hablabas. Me sorprende que tuvieras un amigo antes de que conocieras a Ignitus y a mí. ¿Señor Páginas Congeladas? —Se burló, abrazando al dragón de hielo con el ala izquierda.
— ¡Tiene gracia que tú me lo digas! —Repuso Cyril, sonrojado y apartando su mirada de él—. ¿O te olvidaste de tus inútiles intentos de conquistarla?
— ¡Eso no cuenta! —Contestó Terrador, igual de sonrojado—. Sólo fue un acuerdo entre nosotros cuatro. Cada uno intentó llamar su atención y el afortunado resultó ser Ignitus, él casi ni sabía qué decir, apenas si decía hola —Rio ligeramente—. Irónico, él era el más destacado matando monstruos y no podía hablar con ninguna hembra.
Cyril volvió a mirarlo, fijándose arriba como si estuviera buscando un recuerdo más.
— Deja de decir tonterías —Dijo el viejo dragón de hielo—. Él fue obligado por Volteer. No paraba de ser molestado con sus mil y un planes alternativos para cada situación.
— Hablando de Volteer —Mencionó Terrador, abriendo los ojos con incredulidad—. ¿No crees que haya tardado mucho?
— No creo que debas preocuparte —Repuso Cyril, moviéndose más a la izquierda para que se quitara de encima el ala del dragón de tierra, y poniendo una cara de despreocupación—. Recuerda que le gusta admirar cualquier estupidez.
— Si la noche llega y Volteer no ha vuelto todavía, tendremos que ir a buscarlo —Comentó Terrador, frotándose la cara con la garrota derecha—. Mientras, iremos a descansar un poco, estoy muy exhausto.
Terrador estaba a punto de desplomarse contra el suelo en cualquier momento. Tambaleó un poco hacia adelante y largó un gran bostezo, mostrando sus múltiples colmillos. Giró atrás, mirando la sonrisa burlona de Cyril, pero estaba tan dormido que veía doble, y parpadeó varias veces.
— Ciertamente, estamos libre de peligro —Observó Cyril—, podremos descansar un poco —Estiró un poco las patas delanteras y el cuello, suspirando cansado—. Digamos que no me hacen muy bien las guerras. Aunque, hablando por ti, te debe ser otra batalla más en tu larga lista, ¿no?
— En las que en ninguna ocasión he olvidado —Corroboró Terrador, subiendo las escaleras donde lo llevarían al mismo templo de roca.
—Descansa viejo amigo. Iré a tomar guardia. Dudo que algo malo llegase a pesar a estas alturas de la vida...
A punto que Cyril diera una vuelta completa y estuviera a punto de marcharse, sonriendo con despreocupación, oyó a alguien gritar.
¡CARA DE PIEDRA! ¡CASCARRABEA DE HIELO! ¡QUIÉN SEA, APAREZCAN AHORA!
— Como que hable muy pronto —Terminó el guardián del hielo, con decepción.
Terrador visualizó desde lejos a un ser amarillo, que se acercaba, moviéndose en distintas direcciones, en el aire, como si no supiera a donde ir. Extrañado, se lo comentó a Cyril, y él se encogió de hombros mientras observaba al pequeño ser con desinterés. Los dos optaron por sentarse para mirar con paciencia la llegada del visitante. No tardaron en saber que era Sparx. Bastante tiempo lo llevaban conociendo, que era imposible no reconocerlo, para desgracia de Cyril. Sparx había llegado, jadeando de cansancio y mirando al piso, delante de Terrador.
— « ¿Será mala idea decir que me lo esperaba? »—Pensó el dragón de tierra, curioso—. ¿Qué sucede, Sparx?
Miró el rostro empapado de sudor de su diminuto amigo, que trataba de recuperar el aliento, y él levantó exhausto la mirada.
— Yo... E-Es… C-Cómo —Tartamudeó Sparx, intentando buscar las palabras adecuadas, sin éxito.
— ¿Puedes hablar claro, Sparx? —Replicó Cyril, frunciendo el ceño—. ¡Te he dicho que odio que balbucees!
Sparx estaba callado. Tomó aire, posando las manos encima de la cabeza, y escupió lo que contenía con un grito poderoso, abriendo los ojos como platos.
— ¡EL GOLEM DESPERTÓ! —Y, continuó agitando los brazos como loco, moviéndose en círculos.
