Al día siguiente, sin embargo, Terrador apenas sonrió. Las cosas fueron de mal en peor desde el desayuno en la Plaza Central. En el centro de la ciudad, que aquel día estaba de un neutral color celeste repleto de nubes esponjosas, y los diversos edificios, anteriormente destruidos, estaban como nuevos amontonados de gente. Ellos entraban, guardando provisiones como carne de alce, carne de vaca, algodón, madera de árboles y gemas. Terrador tuvo el tiempo de agarrar un filete crudo. Luego, se sentó, al lado de un pequeño matorral, que era de su mismo tamaño, y vigiló, con ojo de águila, a los civiles. Poco después, llegó Cyril, que tenía amarrada a la cintura una mochila de cuero y junto un topo, llamado Padat, siguiéndolo. La frialdad con que él dijo «buenos días», hizo pensar a Terrador que todavía le reprochaba la manera en que había llegado la conclusión del tema anterior. Volteer, por el contrario, los saludó alegremente. Volteer traía también una mochila pequeña, pero de su interior resaltaban muchos pergaminos.
— Sus armaduras estarán listas en cualquier momento —Comentó Padat, con el que Terrador no había hablado nunca—; supongo que el viaje que tendrán será largo, van a tener las mejores y más resistencia del mundo.
Efectivamente, Terrador acababa de empezar su carne cuando un pequeño grupo de topos penetraron con un gran estrépito la puerta del edificio del frente, llevando una carriola con armaduras, que brillaban ante la poca luz del sol, y pararon delante de los dragones.
Un topo gris, bajo el nombre de Raleos, extrajo un yelmo de la carriola para mostrárselo a Volteer, mientras que un topo peludo negro, cuyo nombre era Manse, sacó un guardabrazo, enseñándoselo a Cyril.
— ¡Fenomenales, maravillosos! —Exclamó Volteer, sujetando el casco con la garra, Raleos se retiró, regresando a la carriola.
— ¡Las hicimos con los mejores materiales que teníamos! —Respondió Manse, con una voz tan complicada en su peludo rostro—. ¡Es un viaje largo! Y por eso nos aseguramos que resistieran hasta balas de cañones.
— Van a necesitarlo —Comentó tranquilamente Terrador, mordiendo un pedazo del filete.
— Tienen una textura muy apegada a nuestros elementos, no cualquiera lo hace —Felicitó Volteer, entusiasmado.
Regresó el casco a la carriola. Cyril indicó con el ala al topo que tenía delante para que pusiera aquella armadura de regreso a su lugar. Al instante, Manse obedeció.
— Es un honor y orgullo que le fascine —Dijo Raleos a Volteer, respetuoso. Mientras le resplandecían sus pequeños y redondos ojos —. Si lo deseas, podemos construirles algunas lanzas.
— ¿Lanzas? —Repitió Volteer, y el corazón se le brincó un poco al recordar como las armas blancas, que tenía Ignitus guardadas en el templo dragón, fueron destruidas.
— No hemos utilizado ninguna arma, generalmente luchamos con el cuerpo —Agregó Terrador, con gusto.
— ¿Creen que realmente necesitaremos armas? —Preguntó Volteer, tanto a Cyril como a Terrador.
— No lo sé —Respondió Terrador, frunciendo el entrecejo—. No fuimos capaces de derrotar a Golem, y, con todo lo que pasó, eso me hace sospechar que quien quiera que nos atacase debía de ser…, bueno…, un monstruo.
Los presentes intercambiaron miradas nerviosas.
— Pero ya les dije que nada las destruirá —Añadió el topo Padat, revolviendo el contenido de la carriola—. Ni tal monstruo ni tal isla podrán hacerlas añicos.
— Pero, jefe —Comentó Raleos—, y si el responsable tiene el auténtico poder de controlar magia oscura, o convertir a cualquiera en cristales, es suficiente para derrotar a dos dragones, ¿no?
— Tonterías, escuchen —Repuso Cyril en tono algo airado—, hemos entrenado para cualquier situación. De lo contrario, no duraríamos mucho en el campo de batalla…
— Pero, Cyril —Intervino Volteer—, probablemente haya que elaborar un plan secundario para evitar que nos convierta en cristales…
— El hecho de que un enemigo nos atacó con una isla no quiere decir que emplee verdadera magia oscura, porque utilizó un objeto extraño —Interrumpió el guardián de hielo—. Insisto, no hay necesidad de irnos tan armados para una excursión de viejas ruinas…
— Pero tal vez sea preciso que esté relacionado con el sitio al que van a ir, y por eso quieren que vayan desprotegidos… —Apuntó Manse, pero el guardián Terrador ya estaba harto.
— Ya basta —Dijo bruscamente, devorando el filete de un mordisco—. ¡Es una suposición! ¡No lo sabemos! ¡Por seguridad irán armados con lanzas como en los viejos tiempos! —Cyril gimió molesto—. No tienen mucho tiempo para que lo gasten discutiendo, de nuevo. Ahora, volvamos, por favor, al verdadero asunto, deben prepararse.
Dejaron de hablar, preocupados. Era evidente que los últimos puntos discutidos los habían dejado angustiados. Volteer, por su parte, asintió con la cabeza, pero Cyril no dijo nada. Tenía el orgullo encogido como un maní apenas visible. Pensando que sería mejor volver al tema principal, Cyril pidió amablemente a los topos:
— ¿Podrían equiparnos? —Consiguió que todos volvieran a recobrar los sentidos—. Entre antes nos preparemos, más rápidos podemos irnos.
— Por supuesto —Dijo Padat, agarrando un yelmo celeste y caminando unos pasos más cerca del lado izquierdo de Cyril—, sólo pónganse más rectos.
Entonces los guardianes se pusieron rectos, con los cuellos en altos y con las alas abiertas, inmóviles. Terrador los vigilaba, con una típica mirada de « ¡No hagan ningún tipo de alboroto innecesario! ». Y en un rápido movimiento, fueron rodeados por los topos, que traían, en sus diminutos brazos, los equipos. Volteer se mostró contento, viendo aquéllos que lo equipaban con la armadura nueva y brillante, e intentó no reír porque le producía cosquillas. Por su parte, Cyril no expresó ninguna emoción, se encontraba como una estatua a la que podían decorar con cualquier cosa, e incluso no se molestó cuando Padat casi le arrancaba las escamas, por haber puesto mal el guardabrazo de su pata izquierda (trasera), y lo único que hizo fue gemir de dolor e irritación.
Cinco minutos después, Terrador respiró tranquilo cuando el proceso terminó y los topos se alejaron de sus compañeros.
— ¡EXCEPCIONAL! —Exclamó el dragón amarillo, en voz tan alta que se sobreponía a los ruidos de la gente—. La armadura se siente justa y perfecta. Me encanta el diseño tan parecido a nuestros elementos, ¡sin duda nos servirá de mucho!
— Supongo que sí… —Susurró el viejo de hielo, intentando no sonreír por lo que bien que le quedaba la armadura, y miró al guardián de tierra—. ¿Cómo nos vemos?
Terrador los miró de pies a cabezas, sorprendido. Cyril era más azul e inexpresivo que de costumbre, con el casco tapándole gran parte de la cara. Llevaba una peculiar combinación de equipos; peto de acero descolorado, guanteletes del mismo color y hombreras (delanteras y traseras). Mirando con más profundidad, se dio cuenta de que la armadura estaba hecha de un material que parecía un cristal, cuyas puntas eran similares a la de un diamante recién pulido, especialmente en el yelmo, que tenía un largo cuerno en la punta del hocico.
— Fue sencillo —Divagó Raleos, admirando su obra maestra—, utilizamos los materiales que teníamos guardados en el almacén, provenientes del mismísimo Congelador de Dante.
— Ir ahí para extraer suministros para las armas, valió la pena después de todo —Dijo Terrador, satisfecho—. Te ves bien, Cyril.
Volteer soltó un alarido de horror y gimió, como si le hubieran hecho daño. Todos lo miraron, atontados.
— Ese horrible lugar… —Dijo. Los ojos amarillos le brillaban de una manera anormal que Terrador no había visto nunca—. Frío, húmedo, tétrico, atrapado ahí por meses, es una sensación que jamás podré olvidar…
Estaba pálido y tembloroso. Suspiró varias veces, olvidando aquel horrible suceso en el que Cynder pudo atraparlo y encerrarlo en una cárcel de hielo en las profundidades del Congelador de Dante, vigilado por un caballero de armadura tan asquerosa como su rostro.
— Creí que lo habías olvidado, Volteer, ya pasaron tres años —Dijo perezosamente Cyril, mirando a Volteer con el entrecejo fruncido.
Volteer gruñó. Ahora Terrador sentía la necesidad de cambiar el tema rápidamente, porque no quería que la conversación fuera más lejos. Echó un rápido vistazo a la armadura de su energético compañero. Básicamente, portaba una armadura como la de Cyril, pero con una temática diferente. Era de un metal amarillo relámpago, como el de una noche tormentosa, y con distintos símbolos relacionados con el elemento de la electricidad, que se veían principalmente en el peto y las hombreras. Imaginó que fue diseñada para beneficiar dicho elemento. También, se fijó en la punta de la cola, que tenía un gancho con forma de rayo, y aprovechó la oportunidad.
— ¿Qué es eso? —Preguntó a los topos, fingiendo interés y señalando el accesorio con el hocico.
Volteer, intrigado, colocó su cola al frente para que todos vieran lo que Terrador señalaba con falsa intriga. El líder de los topos tocó el filo con sus manos diminutas.
— Parece una insignificante daga para apuñalar a alguien —Se apresuró a añadir Cyril—. Pero, en fin, ¿han puesto alguna característica a nuestras armaduras?
— Sí, señor —Contestó Padat con franqueza, señalando la pequeña arma del guardián de la electricidad—. Lo construimos para que se acoplen a sus elementos, como desprender rayos del cuerpo o cubrirse con un escudo de hielo sólido, y no sufrirán daño alguno.
Cyril y Volteer estaban complacidos con sus armaduras, mirándolas como un tesoro. Terrador hizo lo mismo. Le agradó que sus amigos tuvieran un buen equipo para aquel viaje sumamente largo. Segundos después, Volteer puso en alto su cola. Entonces cubrió la punta con una manta eléctrica, que desprendía chispas que no alcanzaban el suelo, y con ella empezó a cortar el aire, como blandiendo una espada. Todos quedaron con las bocas abiertas, sobre todo los pequeños topos, a quienes se les podían ver sus diminutos dientes de castor.
— Sorprendente —Alagó Terrador, mirando los movimientos de Volteer, con una sonrisa de satisfacción.
— Oh, pero miren esta belleza, es insólita, me siento extremadamente bien, con esto me siento como un dragón invencible, sé que no lo soy, pero, vamos, esta armadura tiene la pinta de darme ese aspecto, ¿verdad que sí? —Todos intentaron que sus palabras les parecieran lo más interesante del mundo—. ¡Amigos! —Dijo Volteer, sonriendo e ignorando ingenuamente la hipocresía de sus compañeros—. ¿No creen que me hace ver un poquito más imponente?, me recuerda mis días de gloria, aquellos tiempos, antes del Maestro Oscuro, y es una casualidad porque iremos a nuestra vieja ciudad.
— ¡Ejem! —Exclamó Cyril.
Acto seguido, Volteer recibió sobresaltado un golpe en la cola, dando un breve grito de sorpresa: veía que lo recibió en la parte más baja, de modo que aquél no se pudiera electrocutar. Inmediatamente, la cola fue mandada hacia el suelo con un sonido seco. Luego se dio cuenta, con culpa, de que Cyril, que llevaba una expresión de severidad, le había golpeado con la punta de su rabo con forma de copo de escarcha. Con su acción dejó, tanto a Terrador como a los presentes, desorientados.
— Lamento estropear la jovialidad del momento, mis amigos —Dijo suavemente Cyril, y luego, al liberar la cola del Volteer, explicó—; pero, ¿nadie ha notado la peculiar ausencia de nuestro pequeño Sparx?
Los ojos de tamaños de perlas brillantes del guardián de la tierra miraban desorientados a Cyril. Pasaban muchos civiles a su alrededor pero ninguno le indicaba una sola señal del pequeño insecto volador amarillo, sin darse cuenta, Volteer comenzaba a buscar a Sparx con la vista. Incluso, el resto lo estaba imitándolo, menos Cyril, que seguía mirándolos con su habitual aire despectivo.
— ¡Desde que salió el sol, no lo he visto! —Confesó Volteer, preocupado.
Cyril se llevó la pata izquierda (delantera) debajo de la barbilla.
— Terrador, ¿crees que ese golem se lo habrá llevado? —Dijo Cyril con dureza—. Has sido tú quien lo ha dejado a cargo de ese monstruo.
Terrador sonrió levemente.
— Sí, Cyril. Nos ayudó para proteger Warfang —Respondió, sereno—. Para mí, eso es prueba suficiente y te aseguro de que no habrán tenido problemas.
— ¡Bien, Terrador! —Felicitó Volteer, moviendo enérgicamente la cabeza de arriba abajo y agitando la cola—. Pero todavía no sabemos dónde están…
Terrador no tuvo tiempo de responder. En aquel preciso instante alguien le estaba tocando una de sus patas con demasiada insistencia; lo sintió como una pequeña astilla intentando introducirse en sus fuertes escamas, y giró el cuello. Había llegado un nuevo grupo de topos pero, a diferencia de los que le acompañaban, éstos eran muy jóvenes, e incluso sus cabecitas apenas alcanzaban las patas gigantescas de los guardianes.
— ¡Tenemos información importante, señor! —Le dijo el más pequeño, que parecía ser la cabecilla del equipo. Su voz era tan aguda como la de un gato. Apuntaba el norte con su garrita mientras que lo tocaba como chiflado con la otra—. ¡Deben ir allí, su amigo, la libélula, nos pidió que fueran allí!
Cyril arqueó estupefacto una de las cejas, mientras que Volteer y el resto miraron en aquella dirección, confundidos, pero Terrador no dijo nada. Observó un bulto sobresalir de los muros, notando que se movía de izquierda a derecha, y sintió el corazón encogiéndose de la angustia. ¿De qué iba todo esto? ¿Por qué oía provenir más ruido en esa calle? ¿Sería una especie de broma?
— ¿Y podrían decirnos por qué quiere vernos? —Preguntó lentamente Cyril a uno de los topos pequeños, intentando no explotar de la ira.
Flotaba en el aire un sentimiento de curiosidad, y todos miraron a los jóvenes topos, esperando que continuaran. El cabecilla parecía levemente nervioso.
— Esto..., emmm…, b-bueno... Lo que dijo fue… —Intentaba recordar de lo que la libélula le había explicado, pero tenía la mente bloqueada. Como atrapado en un rincón, sentía que lo castigaban con aquellas miradas. Nervioso, empezó a respirar más agitado—. D-Dijo que fueran a ver a su gran…—Se puso las manos sobre la cabeza y cerró fuertemente los ojos—. ¡S-Salvación! —Soltó, abriendo de un golpe los ojos y sonriendo con orgullo.
— ¿¡Qué!? —Se le escapó a Cyril por lo alto, aterrorizado de oír tales palabras tan fuera de lugar y sin ninguna pizca de sentido.
— ¿¡Salvación!?... —Dijo Terrador, con su voz perdiendo la serenidad, inclinando la cabeza un poco más abajo para mirar directamente los pequeños ojos del niño—. ¿A qué te refieres con salvación?
En cuanto lanzó la pregunta, el niño topo volvió a poner sus manos en la cabeza, ejerciendo una gran fuerza mental y, esta vez, presionando los colmillos.
— ¡Dijo que iba a buscar a unos tales!.. No recuerdo sus nombres…—Gimió, y sus compañeros empezaron a alentarlo con gritos energéticos—. ¡Creo que empezaban con las letras I, S y C!
Y como recibiendo a un héroe, los demás niños lo elogiaron con palabras y palmadas en su espalda. Terrador guardó un minuto, analizando aquellas palabras, y luego, con una cara de extrema perplejidad, miró a sus compañeros. Ellos tenían los rostros tan perdidos como el suyo. No sabían que decir al respecto, apenas si hablaban al no saber qué decir, estaban muy conmocionados. Terrador no supo que pensar primero. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué Sparx había dicho que iba a buscar a Ignitus, Spyro y a Cynder? Fingiendo que no le preocupaba absolutamente nada, miró a los niños con gratitud. Había hecho que los pequeños cesaran su habladuría. Era sólo un hilo de voz débil comparada con la magnitud de sonidos que los habitantes de Warfang emanaban de sus bocas. Rápidamente, los niños se pusieron en filas, con las manos en la espalda y, con las frentes en altos, miraban con respeto a los guardianes.
— Pueden irse, gracias —Respondió Terrador, con una voz de comandante, por ver ese comportamiento de militar en los niños —. Seguiremos nosotros…
Mascullando palabras entre dientes, los niños dieron una rápida reverencia y agradecieron por la atención de los guardianes. Después, salieron corriendo de la plaza central, perdiéndose en la multitud.
— Es curioso que justo Sparx quiera vernos ahora… —Cyril miró a Terrador como si nunca hubiera visto bien a un guardián—. Sin embargo, cualquier cosa que venga de ese insecto no me va a animar las cosas cuando me vaya.
— ¿No pensará ir solo a buscar a Ignitus, Spyro y Cynder? —Preguntó Volteer, con acritud.
— ¡No tiene cerebro ese insecto! —Repuso Cyril—. ¡Es un viaje en vano! ¡Es imposible que pueda encontrarlos en este mundo extinto!
— ¡Cálmense! —Dijo Terrador, a quien Cyril le estaba mirando con cierta molestia en ese instante («¡Y cómo nos vamos a calmar! En cualquier momento, ese insecto podría hacer alguna locura», le decía)—. ¡Iré a buscar a Sparx y veré qué planea!, ustedes vayan Haven's Dawn —Dijo, y se iba alejando a zancadas, con su cabeza y sus hombros sobresaliendo en la concurrida calle, pero fue detenido por Cyril y Volteer.
— Disculpame si quiero objetar tu decisión, Terrador —Le preguntó Cyril, interponiéndose en su camino y mirándolo directamente a los ojos—. Pero me niego a irme cuando Sparx quiere de la presencia de TODOS —Volteer lo apoyó, asintiendo la cabeza—. Iremos contigo.
— ¡Exactamente, afirmativamente, sin lugar a duda, no podría estar más de acuerdo! —Le dijo entusiasmadamente Volteer mientras pasaba un grupo de leopardos y ellos los observaban con extrañeza—. ¡No nos iremos tranquilos a Haven's Dawn sin primero saber qué es lo que quiere Sparx! —Recalcó en voz alta.
Esto le significaba un considerable avance, dado que Terrador jamás había visto tanto compromiso en ellos dos. Intentando no sonreír satisfecho, debía darles la oportunidad que les había dicho en aquella fuerte discusión. Asintió y movió hacia adelante la cabeza.
— Está bien, compañeros—Dijo, con la voz ronca por la emoción—, iremos a buscar a Sparx.
Terrador, Cyril y Volteer atravesaron por la tortuosa calle adoquinada. Los imponentes aspectos que poseían los guardianes provocaban que los ciudadanos se movieran y abrieran paso de par en par, facilitándoles la trayectoria, mientras que subían por las escaleras, contemplando los nuevos avances de la gran ciudad. Volteer se quedó mirando una columna donde colgaban varios tipos de carne en el escaparate de una tienda de comida, dirigida por un dragón marrón y un leopardo gris, hasta que Cyril se lo llevó a rastras al camino de al lado, donde sólo habían muros aburridos y amontonadas de más gente. Miraron diagonalmente hacia arriba y se encontraron con la enorme cabeza de Golem, que se asomaba por encima de los muros gruesos y agrietados. Notaron que la prótesis del titán estaba pasando aquellas murallas, como un puente que tocaba el suelo, y eso explicaba los ruidos que se intensificaban a medida que se acercaban. Alarmados y preocupados, aceleraron el paso.
Mientras caminaban pasando por la multitud, pasó Padat.
— ¡Disculpe, Terrador!
— ¡Oh, lo siento, Padat! —Dijo Terrador sin darse cuenta, había olvidado por completo a los topos mayores.
— Señor, señor… ¿Hacemos las lanzas para ustedes? Lo podemos hacer en cuestión de minutos…
Pero Padat era demasiado pequeño para luchar contra la marea de gente que lo llevaba hacia el camino contrario. Le oyeron chillar:
— ¡Se lo tendremos listo! —Y desapareció.
— ¿Cómo piensa construir nuestras armas ese curioso herradero? —Preguntó Cyril, de casualidad.
— Como las que teníamos en el templo, supongo —Dijo Terrador, y la boca se le formó una pequeña sonrisa al recordar de los buenos momentos que defendía ese lugar.
— ¡Una lanza compuesta por distintos materiales, ya sea madera o metal, en una de las extremidades tiene una hoja afilada o puntiaguda de variados materiales, que depende de su uso y época, o incluso del mismo qué el propio mástil! —Explicó alegremente Volteer a Terrador y Cyril en voz alta, cuando salieron de la ola de multitud—. Es un arma primigenia creada para luchar; nos vendrá bien, porque durante todos los milenios las lanzas acompañaron a guerreros en innumerables guerras.
Varios minutos después, se encaminaban al rincón de Warfang. No eran, ni mucho menos, los únicos que iban al fondo más angosto de la ciudad. Al acercarse, vieron para su sorpresa a una multitud que se apretujaba en una pequeña esquina, como un grupo extremadamente reducido, tratando aparentemente de hablar con alguien. El motivo de tal aglomeración lo proclamaba un pequeño ser amarillo brillante que volaba sobre sus múltiples cabezas, y lo hacía con demasiado ego, mientras gritaba:
¡DESCUIDA, GENTA, TENEMOS SUFICIENTES RECURSOS PARA UN VIAJE DE MÁS DE DOS MESES; PERO VOLVEREMOS EN MENOS DE ESO, NO IMPORTA SI SALÉ UN BICHO FEO QUE QUIERA COMERNOS, SOMOS EXTREMADAMENTE BUENOS PARA PASEOS PELIGROSOS!
— ¿¡Qué está haciendo Sparx!? —Chilló Cyril—. ¡También quiere consumir los suministros de Warfang!
La multitud estaba formada principalmente por leopardos mayores que topos y dragones. En el suelo había un edificio con forma de mano, era la mano de Golem, que la multitud llenaba con muchas clases de comidas y bebidas. Al lado de ésta, había un leopardo alto y rubio con aspecto sigiloso, que decía:
— Gracias, señores, les estoy muy agradecido…, sí, estoy nos será muy útil…, también deben guardar para ustedes…
Terrador, Cyril y Volteer consiguieron al fin entrar. En el interior del grupo, muchos rodeaban a dos individuos, quienes estaban recibiendo diversos regalos por parte de éstos, como si fuesen héroes a punto de partir a un viaje peligroso. Eran, nadie más ni nada menos, que Cazador y Sparx. El primero vestía un traje sin mangas de color marino que combinaba perfectamente con su pelaje amarillo; llevaba por debajo una armadura delgada, que se notaba en los brazos, y pantalones largos, que se bajaban y se escondía en las botas exageradamente largas que traía, y el segundo tenía una armadura color bronce de una pieza exageradamente pequeño que lo único que le cubría era el pecho.
Un dragón pequeño y cariñoso merodeaba por allí cargando varias flechas con su boca que eran de distintos colores.
— Con…, permiso… —Pidió a Volteer, pasando por debajo de éste para colocar las flechas en la gran mano de Golem—. Y con esto tienen flechas de múltiples usos.
— ¡Sí que raspan! —Exclamó Volteer, frotándose la pata derecha (delantera) en el sitio en donde una de las flechas le había raspado.
Sparx lo oyó y desvió la vista. Vio a Volteer, luego a Cyril y por último a Terrador, y se fijó en él. Entonces voló más arriba y gritó con rotundidad:
— ¡Ey! ¡Por fin han llegado los encargados de mantener el orden a nuestro mundo!
La multitud se calló y vio a los dragones, cuchicheando emocionada. La libélula se dirigió hacia los guardianes, en especial a Terrador, y, volando para formar un círculo delante de ellos con su luz, les señaló las provisiones de la mano de Golem, y en la montura gigante de cuero que éste llevaba en la espalda. La multitud gritó emocionada. A Terrador se le notaba una cara pálida cuando parecía que todos apoyaban a Sparx, observó a Cyril y a Volteer, que estaban tan perdidos como él.
— Y ahora no tienen nada de qué preocuparse —Les contó Sparx con su radiante sonrisa de confianza—. Ustedes no tienen por qué llevar cargos pesadas. Gentilmente, nosotros nos encargaremos de lo más pesado de sus deberes, de nada.
— ¡¿Nada de qué preocuparnos?! —Estalló iracundo el dragón de hielo, haciendo sobresaltar a todos los presentes— ¡Eso no describe lo mucho que sentimos de esta situación, bichito!
Eran las pocas veces que Cyril explotaba de irá en frente del público. Estaba fulminando a Sparx con la mirada.
— Pensábamos que algo malo te había pasado —Dijo Terrador en voz alta, pidiendo silencio a la gente con un gesto de la garra—. No lo tomes mal, pero si algo te pasará, a Spyro no le gustaría saberlo...
— Si como no —Replicó Sparx, llevando distraídamente las manos detrás de la cabeza. Terrador mostró los colmillos mientras que Cyril y Volteer se pusieron delante de éste, con los cascos quitados en las garras.
— ¡Sparx! —Dijo Cyril, mirando a Sparx como se mira un problema complicado que no tiene solución—. ¡Lo único que queremos es mantenerlos a salvo! ¡No queremos que vayas a cometer una tontería!
— Me sorprende que lo menciones a pesar de que lo estaban dando por muerto, Cyril —Replicó Sparx—. No voy a quedarme con las alas quietas sabiendo ninguno querrá buscar a mi hermano perdido.
La gente profirió un grito ahogado bien audible y observaron la escena con más intriga, mientras Cazador era obsequiado con los últimos paquetes de comida. Tambaleándose un poco bajo el peso de las grandes cantidades de frutas y carnes, logró abrirse paso desde el grupo de los guardianes y la libélula, hasta la mano de mármol blanco de Golem, que observaba curioso lo que pasaba y dejó los obsequios ahí. Regresó rápidamente con el resto, esta vez más adelante de Sparx, de modo que los dragones pudieran verlo.
— Si me permiten… —Les farfulló Cazador, mirando directamente a Terrador—. Estoy de acuerdo con las palabras de Sparx, con todo respeto, es una buena opción.
Cyril mostró los dientes tanto como Terrador. Reunió mucha fuerza en la garganta, inundando de miedo a los espectadores, y estuvo a punto de lanzar un regaño masivo a Cazador y a Sparx, pero Volteer lo interrumpió.
— ¿Y por qué estás de acuerdo con Sparx, Cazador? —Preguntó Volteer, curioso, y sentándose en el piso con formalidad—. Es inusual que apoyes una idea así, y sin pedir nuestro permiso.
Sparx refunfuñó con más fuerza.
— No podría estar más de acuerdo —Siguió Cazador, suave y firme—, pero sus palabras han dejado mucho que pensar. Es una situación delicada que necesita la cooperación de todos. Nadie de aquí quiere perder las esperanzas que nuestros héroes hayan perdido la vida. Y ustedes irán a un viaje sumamente peligroso. Sé que puede sonar pesado, pero creo que todos podremos apoyar en sus problemas, Sparx y yo queremos buscarlos, le debemos nuestras vidas.
— Es tan… ¡Gratificante! ¡Hermoso, Cazador! —Dijo Volteer, conmovido y la gente lo vitoreó—. Yo creo que, si están bastante conscientes de la situación, sólo por eso mismo nos preocupa que les pueda suceder algún inconveniente de lo que podríamos arrepentirnos.
— La acción que quieren hacer es sumamente admirable, tengo que decirlo —Dijo con suavidad el guardián Cyril, aún con enojo irradiando en sus ojos—. Y ahora llegamos a la insignificante pregunta, ¿cómo supieron sobre nuestra discusión de ayer?
— Yo, viejo de hielo, los escuché en la noche, porque no tenía nada mejor que hacer —Dijo Sparx, que tenía el dedo índice rascando sus dientes con despreocupación—. Y bueno, con lo que dijeron, me afecto, un poco, uh, y no quiero que soporten, solos, esos pequeños problemas.
En aquel instante, Terrador tuvo la certeza de que aquella luz de que había a través de la ventana en la noche anterior era definitivamente Sparx.
— ¿Y qué vas hacer, Terrador? —Preguntó Cyril, impaciente.
Durante un instante, Cazador estuvo convencido de que Terrador les había sonreído un poco, mirándolos con cierto orgullo. Cyril esperaba, sin dejar de mirar mal a los dos rebeldes, a que Terrador decidiera el destino de ambos, y de la ciudad, pero Terrador no respondió nada, sino que respiró hondo y cerró los ojos por un momento. Volteer le miró con altas expectativas, al igual que el resto de la gente, incluyendo a Cazador y a Sparx, aunque éste, avergonzado y con las mejillas coloradas, no los miraba directamente.
— Se ve que estás muy motivado a ir más allá de los límites del Reino Dragón para buscar a tus amigos —Dijo Terrador, abriendo los ojos, con franqueza—. ¿Por qué quieres hacerlo?
Para sorpresa suya, la libélula frunció el ceño, infló el pecho y puso los brazos sobre las caderas. Nunca se lo había visto así de serio.
— ¡Es una pregunta tonta! —Cruzó los brazos—. Mi hermano siempre ha ido por ahí ayudando a los demás, y yo me quedé, bueno, en una esquina viendo lo que hacía — Por una fracción de segundos, mostró un poco de resentimiento—. Y… Es mi oportunidad... De demostrar ser alguien digno… Como él.
Cazador estuvo a punto de animar a la pequeña libélula, pero no pudo terminar de abrir la boca porque lo interrumpieron unos gritos estridentes que llegaron de sus alrededores. Terrador recorrió el entorno con la vista y se encontró con cientos de ojos humedecidos por la emoción. Eran las criaturas que se quedaron bocas abiertas, con las manos en las mejillas, y observando únicamente a la libélula amarilla, que se rascaba el cuello de la vergüenza. Cyril y Volteer estaban conmovidos. El primero mostraba una apariencia sutil de indiferencia, en cuanto al segundo tenía una sonrisa radiante de puros colmillos blancos. Finalmente, Terrador soltó un suspiro pesado, preparándose para dar su veredicto, miró al dúo peculiar de animal e insecto.
— Estén conscientes —Terrador señaló el muro con un gesto del ala—, un mundo dividido... No es un asunto que se deba tomar a la ligera..., aunque tengan experiencias en viajes peligrosos. No va a ser nada igual esta vez —A pesar de su tono gentil, tenía severidad en su rostro—. Cualquier peligro, cualquiera —Soltó de repente, inundando con inseguridad a los civiles—, llevaría al mundo a un caos otra vez, pero con una gran determinación, como las suyas, podrían superar esas amenazas —Sonrió suavemente —. Así que… No puedo refutar ante su decisión, menos cuando todos queremos a nuestros amigos de vuelta.
Maravillado, Sparx apretó los puños y sonrió con júbilo. Cazador imitó aquel gesto, pero como forma de agradecimiento.
— ¿No tendremos problemas con ir, entonces? —Se le soltó Sparx, todavía atontado—. Ya quiero demostrarle al mundo, lo que el Fabuloso Sparx puede hacer.
— Admirables hazañas —Intervino Cyril, dando un paso hacia adelante y mirando temerariamente a los dos—. Todos echaremos de menos sus peculiarísimas hazañas, Cazador y Sparx, sólo quiero pedirles, antes de asumir que esto es una buena idea, una manera para que nos comuniquen cómo les va yendo…, para evitar inconvenientes.
— Tengo la solución —Dijo Cazador, sacando del bolsillo una peculiar planta con forma de ave—. Si encontramos, o pasa algo malo, les enviaré esto.
Poniéndose la planta en la boca, utilizándola como una flauta, Cazador empezó a silbar una encantadora melodía.
— ¡Sublime! —Gritó Volteer, ladeando la cola con fascinación y los ojos salidos de las orbitas, al mismo tiempo que miraba el cielo nublado y escuchaba la melodía, y le daba la impresión de que se iba extendiendo en el infinito horizonte—. ¡Tranquilizante y acaricia el oído de cualquiera! ¡Hasta parece que lo cantan miles de aves! ¡Hace años que no escuchaba algo así!
Así que la gente se puso la mano en el oído y prestó atención, observando el entorno.
Por un largo tiempo, Terrador no había escuchado tampoco una melodía similar. Era un sentimiento que reconfortaba a cualquiera, relajante y suave, como dijo Volteer, el viento decoraba el ambiente, y se podía alcanzar a ver los ojos brillosos de la gente, casi adormecidos por aquella canción. Por la cara de Cyril, Terrador imaginó que intentaba disfrutar la música y al mismo tiempo lo despreciaba. Al lado suyo, oyó también la habladuría infinita de Volteer, que opinaba, con más de cien sinónimos, lo hermoso que era la melodía. Pasaron segundos, que se sintieron horas para todas las criaturas, y la canción finalmente cesó.
Satisfecho, Cazador volvió a guardar la flor en el bolsillo. Todos quedaron callados y esperaron alguna señal, desde la más pequeña hasta la más grande.
— ¿Para qué todo este drama? —Se quejaba Cyril, expresando sutilmente su enfado—. Todo es un alboroto innecesario, ¿y sólo porque se quieren ir de aventuras?..., es una gran insolencia su decisión..., y ahora... ¿Esto? —Repuso, recordando la extraña flor—. No hacía falta la canción... —Agregó con tono de frialdad, y después murmuró—. Hay veces que me preguntó por qué no dejan esto a los profesionales, como nosotros, para esto fuimos entrenados por décadas —Luego se centró en Cazador—. ¿Y qué invocaste?
Cazador abrió la boca, pero no dijo nada.
Llegaba una música en algún lugar. Cyril se volvió para comprobar que en el cielo no había nada fuera de lo normal. Pero en aquel momento sonaba cada vez más y más fuerte. Sparx ahogó un alarido bastante audible, al igual que la multitud. A Terrador se le encogió las alas y le pareció que aquel sonido lo había escuchado antes. Luego, cuando la música se detuvo de tal modo que Terrador podía sentir el latido de los corazones las criaturas, del cielo cayó en picadas un haz castaño que causó que Terrador y los demás, excepto Cazador, soltaran gemidos de incredulidad.
Apareció de repente un halcón marrón del tamaño de un dragón bebé, que desplegaba con majestuosidad sus alas en el cielo. Tenía una cola pequeña, como el de un ave común, y brillantes garras doradas.
El pájaro se encaminó derecho a Cazador, cruzó descaradamente los cuernos de Cyril, haciendo que éste bajara la cabeza con fastidio y asombro, y se le posó en el hombro. Cuando plegó las alas, Terrador levantó la mirada y vio que tenía un collar amarrado en el cuello, un pico castaño afilado y los ojos redondos y brillantes.
El pájaro acercó su cálido cuerpo a la mejilla del arquero, sin dejar de mirar fijamente a los guardianes. El halcón era la vista principal de la multitud y Sparx, que no podían parpadear, ni siquiera por un instante.
— ¿Es el mensajero que nos avisó de que nos refugiáramos? —Preguntó Cyril, devolviéndole una mirada perspicaz.
— Se llama Talón —Presentó Cazador, señalando orgullosamente el pájaro con la mano—, si algo malo nos llegará a pasar, te voy a mandar una nota, Terrador. Espero que lo puedas recibir pronto.
— Por supuesto —Dijo Sparx, aparentando una actitud de despreocupación, a pesar de que su cara demostraba lo contrario—, dudo que algo así vaya a pasar. Somos… ¡Los mejores! ¿O no? —Oyó un silencio que lo dejó intranquilo—. ¡Bah! ¡Volveremos en menos de lo que canta un gallo!
Sparx se río con una risa potente y falsa que parecía estúpida. A Terrador le causó gracia ver la hipocresía de la libélula. Comenzando a notar que nadie lo acompañaba, Sparx dejó de reírse y cruzó avergonzando los brazos, mientras miraba a otra dirección.
— Está bien —Dijo Terrador con seguridad. Los verdes ojos se cruzaban con los de Cyril y los de Volteer—. ¡Tienen que irse ahora! Tendremos que depositar nuestra confianza en ellos…
Terrador notó que Cyril exhalaba un aliento de hielo de sus fauces y lo miraba con desaprobación.
—Mi corazonada me dicta que mandarlos fuera de Warfang empeorará las cosas —Dijo Cyril, que estaba nervioso—. Estén donde estén, podrían acabar muertos antes de que…
En aquel instante, alguien, en alguna parte de la multitud, llamó a los guardianes con brusquedad. Por un momento, Terrador estuvo convencido de que Volteer iba a regañar a Cyril. Gracias a aquel llamado, impidió que se hubiera liberado una última discusión (o la que se iba a desatar en Warfang) entre el dragón de hielo y de la electricidad. Los guardianes giraron al unísono las cabezas, observando la dirección que escucharon la voz. La multitud se partió en dos y dejó que los nuevos integrantes entraran, con pasos apresurados.
Eran Padat, Raleos y Manse, y llegaban jadeando pero sonriendo. Los dos últimos cargaban, a duras penas, una lanza cada uno, a pesar de que eran más grandes que sus cuerpos diminutos y más largos que sus brazos cortos.
— ¡Señores, tenemos listo sus armas! —Avisó Padat encantado, señalando orgullosamente a sus compañeros, precisamente a las armas.
No parecían darse cuenta de que los demás ciudadanos lo miraban con una expresión cercana al odio; « ¿Cómo se les ocurre interrumpir un momento así? », murmuraba uno « ¿Qué estaban pensando? », susurraba el otro. Terrador dio un paso hacia adelante.
— Llegan en un buen momento —Dijo—. Tienen por fin las armas. Por favor, equipen a mis camaradas. El tiempo corre, mis compañeros deben irse lo más rápido posible. A este ritmo, nuestros enemigos podrían llevar a cabo su último plan.
Cyril palideció.
— Así es, Padat —Intervino Volteer, siguiendo el juego de Terrador con una sonrisa de inocencia—. ¿Nos lo equipas en nuestras correas? Sería incomodo llevarlas, todo el tiempo, en nuestras bocas.
— Esperen…, no hemos…, todavía no…. —Resopló Cyril, confundido.
— Sí, ¿y no nos dijiste que preferías que estuvieran equipados lo más pronto posible para que pudieran irse de Warfang? —Añadió el herradero Manse, tambaleando bajo el paso de la lanza.
— Sí…, lo dije…, pero quiero…
— Ciertamente, yo sí recuerdo que criticabas la innecesaria decisión de que te fueras muy armado al ser meramente una simple "excursión" de viejas ruinas —Dijo Terrador, sonriendo con ligera picardía—. ¿No decías que aceptarías con tal de que sea rápido, y que si estuvieras listo te irías derechito a nuestros orígenes?
Cyril miró los rostros pétreos de sus colegas. Más atrás, pudo observar los ojos acusadores de los civiles, se sentía arrinconando en un rincón pequeño.
— Entiendo…, estamos apurados… Pero tenemos que solucionar este asunto primero…
— Necesitamos las armas en nuestras correas, Padat —Dijo Volteer, entusiasmado—. Somos cuadrúpedos. Es biológicamente imposible para nosotros ponernos equiparnos armas, ni siquiera sujetamos una pluma. Por eso se inventaron las mágicas, que flotan por si solas.
— ¡Acatado, señor! —Afirmó Padat, con una mano recta en la frente, y miró a sus compañeros, que apenas podían sostener las lanzas—. ¡No sean llorones! ¡Tenemos que preparar a nuestros líderes, vamos!
Cyril miró el entorno, enmudecido, pero todos parecían estar de acuerdo y no podía objetar al respecto. Ya no resultaba tan imponente ni indiferente. Le temblaba un ojo y no prestaba atención a Manse, que le estaba marrando la lanza en la correa, y en ausencia de su fría expresión, parecía flojo y debilucho.
— ¿Así está bien? —Preguntó Manse, después de atarle el arma, separándose unos centímetros de Cyril.
— Sí, muy bien… —Dijo en un hilo de voz débil y con la mirada perdida.
Terrador, riéndose entre dientes, se fijó en el arma del guardián de hielo. Se trataba de una vieja lanza de guerra, de un metal brillante enastado con un acabado en espiral de azul y blanco, la empuñadura plateada en un balance casi perfecto entre la guarda y el pomo de la empuñadura, aun protegida por el signo de hielo en ésta.
— Muy bien, Cyril, creo que acabamos aquí, ¿no? —Preguntó Volteer con la voz energizada, poniéndose el yelmo en el rostro—. Le agradecimos mucho su cooperación, intentaremos volver con buenas noticias.
— Ya pueden retirarse —Aclaró Terrador a los topos, con amabilidad.
Durante una milésima de segundos, mientras que los herraderos se retiraban, muy orgullosos de sí mismos, Terrador detalló el arma de Volteer. Poseía el mismo modelo que la de Cyril, salvo que los colores eran diferentes; las paletas de colores eran de amarillo y blanco, con la punta torcida, como la de un relámpago. Y en lugar del símbolo de hielo, tenía el de la electricidad en la empuñadura, que era de un color amarillo pálido. Se dio cuenta de que Cyril todavía seguía roto y desorientado.
Volteer se giró hacia Terrador. Poco a poco, la multitud se iba disipando, volviendo a sus labores diarias.
— ¿No tenemos problemas? ¿Podemos irnos con las consciencias limpias?
— Diría que sí —Respondió Terrador, observando a Cyril con el entrecejo fruncido—. A no ser que quieras aportar una cosa más.
De pronto, Sparx jaló una de las orejas de Cazador.
— Oye, mira ahí —Susurró, señalando las espaldas de los guardianes con el dedo. Cazador miró, rascándose la oreja afectada. Vieron que Terrador les estaba haciendo gestos sigilosos con la cola, a espaldas de tanto de Cyril como la de Volteer, indicándoles que se fueran a la mano de Golem—. Creo que nos está diciendo que nos vayamos. Cyril no nos va a dejar ir, aprovechemos la oportunidad.
Cazador miró a los habitantes que había a su alrededor, asegurándose de que nadie los iba a delatar. Por fortuna, no se encontraba más criaturas rodeándolo, exceptuando algunos dragones y leopardos, intrigados por cómo acabaría la discusión.
— Supongo que nadie dirá nada —Susurró con cautela, haciendo un gesto de silencio con el dedo a aquéllos para que guardaran el secreto.
— Le probaremos a ese viejo de hielo lo que somos capaces, volveremos con buenas noticias. Lo presiento, amigo —Dijo Sparx en voz baja, haciendo un gran esfuerzo para no reír.
Con entusiasmo, se dirigieron a la prótesis del colosal monstruo en puntillas. Oían el ruido de cientos de comentarios de los pocos civiles que quedaron presentes. Terrador intentó acaparar la atención de Cyril con tosidos brutalmente fuertes. Cuando llegaron, Sparx miró a Golem y le hizo un apresurado gesto con la mano, diciéndole que los subiera rápido. Mientras eran subidos, junto con los paquetes, que olían a diversos tipos de carnes crudas y de vegetales limpios, vieron a la multitud despidiéndose de ellos, y le devolvieron aquellos gestos, con sonrisas de gratitud, como si fuesen héroes auténticos.
Como estaban tan altos, Talón se fue volando del hombro de Cazador, rozándole la cara con sus plumas, y se adentró en las nubes hasta camuflarse con ellas. Llegaron a la cima, en el costado del lomo de Golem, que estaba cubierto por una montura exageradamente grande de cuero marrón. Cazador y Sparx bajaron por allí, transportando el contenido de la prótesis en él. Cazador cargó los paquetes más pesados mientras que Sparx los más pequeños, aunque para él eran del tamaño de rocas gigantescas.
Al preparar todo, desde abajo oyeron la voz de Terrador.
— ¿Y bien…? —Dijo a Cyril, que lo escuchaba en silencio, mientras que Volteer miraba con intriga— ¿Que querías decir, Cyril?
El guardián del hielo dejó escapar un grito. La poca multitud se quedó mirándolo con suma atención. Se notaba la presión en Cyril, tanto que le dificultaba la respiración. De forma dudosa, dijo:
— Todavía no creo que sea buena la sugerencia… Son inexpertos, no creo que ustedes dos, jovencitos… ¿Eh…?
Abrió atónito los ojos, con la boca entre abierta. Ya no veía a Cazador ni mucho menos a Sparx, como si se hubieran esfumado. Desesperado, los buscó con la mirada. De pronto, sobresaltándose del susto, escuchó una voz, que gritaba:
— ¡Nos vemos, cubo de hielo! —Dijo Sparx, con una sonrisa, y despidiéndose con la mano—. ¡Andando, Golem!
Y al haber finalizado aquellas palabras, que dejaron a Cyril incrédulo, sin creer lo que estaba viendo. En afirmación, Golem rugió. Se dio media vuelta, exhibiendo su espalda, en el que Cazador se encontraba sentado con los paquetes, que estaban amarrados con cuerdas, junto a Sparx, que no podía quitar la sonrisa de su diminuta cara. Golem avanzó hacia adelante, con zancadas que retumbaban el suelo mismo y un poco los edificios. La vibración fue perdiendo fuerza a medida que aquél se alejaba, hasta que su bulto dejó de verse en el rabillo de los muros.
— ¡Cuídense! —Se despidió Volteer, contento y agitando el ala como gesto de despedida—. ¡Tengan un buen viaje!
Fue la peor humillación que Cyril había tenido. Ahogó cientos de palabras, las cuales con ninguna podía describir lo indignado que estaba en ese momento. Haciendo un máximo esfuerzo para no perder el poco orgullo que le quedaba, se giró hacia en los guardianes, su expresión era tan fría como el hielo y con los ojos vacíos.
— Bueno…, qué hagan lo que quieran… —Admitió Cyril, evitando mirarlos a los ojos por un momento, avergonzando consigo mismo por haber perdido otra discusión, de nuevo—. Si quieren arriesgar sus vidas, por mí está bien.
— Animate, Cyril —Dijo Volteer, contento—, tienen la oportunidad única de que puedan probarse a sí mismos. ¿Cuántos tienen su momento de dejarnos con las bocas abiertas? Allá afuera es un mundo lleno de nuevos misterios, recuerda que muchos sitios del Reino Dragón todavía son desconocidos para nosotros. Quizás, y pueden que nos de algo de apoyo con información nueva. ¡Espero que sea así!
Terrador asintió y se puso en cuatro patas, atrayendo la atención inmediata de sus compañeros.
— No hay más tiempo que perder —Terrador parecía un poco deprimido, a juzgar por el tono de comandante que tenía—, las cosas pasan muy rápido, ¿no? Aclarado el asunto, deben irse…, ya no hay razón para que estén atrasando la misión.
Hubo un silencio de ultratumba. Terrador inspeccionó las expresiones de Volteer y Cyril y no le sorprendió ver que este último no mostraba una pizca de entusiasmo por marcharse. Volteer, sin embargo, parecía tan nervioso y angustiado que en ningún otro momento de los días que Maestro Oscuro gobernaba los Reinos de Dragón.
— Escuchen mis palabras —Dijo Terrador, sonando serio, y su cara expresaba serenidad—: en el fondo, sentimos miedo de que Reino Dragón siga infectada por la oscuridad de Malefor, sé que Spyro y Cynder hicieron lo imposible para exterminarlos, pero sólo nosotros podemos enfrentar esas nuevas amenazas..., y derrotarlos. Es lo que le debemos a nuestros aliados por esos esfuerzos, que nunca serán olvidadas en nuestras memorias.
Volteer nunca había visto a Terrador pasando semejante preocupación.
— Muy, muy cierto —Concordó, sonriendo con despreocupación—. Vamos, hemos vivido momentos peores, desde monstruos que medían unos metros más altos que nosotros hasta en guerras que pudimos haber perdido la vida, ¿cierto, Cyril?
Cyril no dijo nada, pero se dio la vuelta, dándoles la espalda con un penetrante sentimiento de frialdad que a Terrador le indicaba que las palabras sobraban, aunque hubiese preferido una despedida más emotiva.
— Asegurate de que no se pierda más vidas —Dijo Cyril con suavidad, abriendo las alas y mirando a Terrador desde el rabillo del hombro—, y no quiero ver malas noticias cuando volvamos.
— Lo mismo digo, viejo amigo —Respondió Terrador, y a Volteer ahogó un grito, de la sorpresa y emoción.
Una sonrisa curvó las comisuras de la boca de Cyril. Agitó las alas y salió volando, alejándose más de sus conocidos y perdiéndose en el cielo nublado.
— Fue una escena que me tocó el corazón —Dijo Volteer con nostalgia. La emoción no le dejaba moverse del lugar y agitaba la cola mientras miraba a Terrador, inconsciente de que estaba quedando atrás—. Por supuesto, al principio te será duro de asimilar. Comenzará siendo tedioso. Cuidar a muchos ciudadanos tú solo, liderar como nunca antes hubieses hecho en los años que llevas de guardián de Templo Dragón, uno de los tres grandes templos que existieron en el reino dragón —Habló energéticamente, ignorando la estupefacta cara de Terrador—. Y me imagino que debes estar tranquilo al mismo tiempo, con Sparx y Cazador, aventurándose y ahorrándonos una larga búsqueda, sabremos si conseguirán hallar a nuestros aliados perdidos y…
— Volteer… —Musitó una voz fría desde la distancia.
— ¿Sí? —Inquirió inocente, mirando arriba con intriga.
Volteer tuvo que cerrar la boca de inmediato. Allí estaba Cyril agitando las alas mientras para mantener el vuelo, mirándole con desprecio. Tenía el labio fruncido, como si Terrador presenciara que una bomba estuviera a punto de explotar en la boca de Cyril. Pero no había dudas que Volteer intentaría hablar con él, puesto que lo vio abrir la boca, pero fue sellado de inmediato cuando Cyril gritó:
— ¡VÁMONOS!
Volteer asintió con la cabeza agachada y alzó vuelo, siguiendo desde atrás a Cyril como un niño castigado. Por un segundo, Terrador miró a la poca gente, que se había quedado a ver el desenlace de la discusión, despedirse de ellos. Pero ellos tenían asuntos más importantes, así que Terrador les ordenó severamente:
— Se acabaron los juegos —Dijo Terrador, volviendo a mirar arriba—. Es hora de que volvamos a nuestras tareas, Warfang tiene mucho camino por recorrer; hay comida que buscar, hogares que construir.
La gente se retiró. Terrador pensó, cerrando los ojos y sopesando sus posibilidades. Cyril y Volteer buscarían la máscara de las visiones en Haven's Dawn, Sparx y Cazador irían a los exteriores de Reino Dragón para buscar pistas sobre el paradero de Spyro, Cynder e Ignitus con ayuda de Golem; él tenía que cuidar Warfang, que no estaba seguro si volvería a ser atacado por un enemigo desconocido. Temía que no prometieran muchas cosas, la verdad. Pero cuanto más tiempo aquellos enemigos permanecieran escondidos, más inseguros se volverían nuevamente las tierras del reino dragón para sus habitantes. Terrador respiró hondo, apartando los nervios que le devoraban las esperanzas, abrió los ojos para contemplar por última vez el cielo y dijo pausadamente:
— Que los ancestros nos protejan… Que nos protejan a todos…
