A/N: Sinceramente, esto de actualizar hoy me ha tomado por sorpresa hasta a mí. Pero ha venido a visitarme la musa y no ha parado de susurrar cosas en mi oído en todo el día, casi me olvidé de comer y todo (esto puede parecer irrelevante hasta que sabes que soy como Joey con la comida. Tengo hambre a todas horas. Yo no me olvido de comer por cualquier cosa). Así que dadle las gracias a ella, no a mí.

El título viene de "Guillotine", una canción de Jon Bellion.

PD: ¿Estáis preparados para la tonelada de angst que se avecina?

PD: Es enooooooormemente largo (eso dijo ella JA JA JA badum tsss) (ya me voy a la esquina castigada, no os preocupéis) y no lo he revisado para que no haya errores. Si veis cualquier cosa, fallo mío. Os diría que me avisaráis para cambiarlo pero, a no ser que sea un error muy grande, sé que me dará pereza editar. Así que sorry en adelanto.


3. I KNOW THAT YOU LOVE ME, EVEN WHEN I LOSE MY HEAD

(Junior Year)

Se suele decir que a la tercera va la vencida

En el caso particular de Chloe, esta es la tercera vez que vuelve a Barden. La tercera vez que tiene que matricularse en Literatura Rusa y saludar al profesor Smirnov cuando entra por la puerta de la clase. La tercera vez que se une a las Bellas, esta vez sin necesidad de presentarse a las audiciones ni pedir permiso.

Estas terceras veces provocan sus segundas.

Es la segunda vez que suspende el examen de Literatura Rusa. Es la segunda vez que Aubrey suspira y le regaña con un "te lo dije", entre otras muchas cosas, cuando le informa de la noticia. Es la segunda vez que tiene que mover de vuelta todas sus cosas a su habitación en la casa de las Bellas. Es la segunda vez que es la co-capitana de Beca.

Las terceras veces, las segundas veces, también dan lugar a muchas primeras veces.

- ¿Mamá? ¿Qué haces aquí?

Sabe que su voz suena demasiado sorprendida y que es probable que eso haga sentir un poco mal a su madre, pero la verdad es que las palabras caen de su boca antes de que pueda controlar su tono o la fuerza con las que las dice.

Su madre esboza una sonrisa un poco tirante por el arrepentimiento, y deposita sobre la encimera, con mucho cuidado, las bolsas de plástico que cuelgan de sus manos. Comprueba que los recipientes que van dentro se queden rectos y abre las bolsas para empezar a sacarlos.

Un contenedor blanco con el dibujo de un dragón en rojos, negros y dorados se desliza sobre el granito de la encimera hasta que Chloe se ve obligada a pararlo con las manos para evitar que caiga por el borde al suelo. El material está calentito y, cuando Chloe lo hace girar – a pesar de que ya sospecha porque la forma del recipiente en sí es bastante delatora – descubre que es arroz tres delicias de su restaurante chino favorito.

- Pensé que podríamos cenar juntas – propone su madre –. Beber un poco de vino, ponernos al día – se encoge de hombros, dejando un recipiente de cerdo agridulce sobre la encimera –. Ya sabes, tener una noche de chicas.

Chloe intenta disimular su sorpresa, a pesar de que ya de poco sirve. Acepta con una enorme sonrisa emocionada, hace tanto tiempo que no tenía una noche de chicas con su madre que ya ni es capaz de recordar cuándo fue la última vez, o qué hicieron, o cuántos años tenía.

Normalmente, está acostumbrada a ver a su madre desayunar a toda prisa para salir corriendo al trabajo y llegar tarde en la noche cuando Chloe ya ha cenado, justo a tiempo para sentarse un rato con ella frente a la tele o despedirse de ella con un beso en la frente e irse a dormir, agotada.

Y esos son los días que su madre pasa por casa. Esos son los días en los que su madre no está de viaje en x sitio para x juicio.

Puede que por eso Chloe estaba tan obsesionada en formar una familia con las Bellas, porque siente que su verdadera familia ya no lo es tanto. No la malinterpretéis, Chloe sabe que su madre la quiere con locura. Pero desde la muerte de su padre, una de las formas en las que su madre lidió con la pérdida fue volcándose más aún en su trabajo.

El trabajo de su madre era más exigente, requería que estuviera en el buffet para trabajar en equipo con el resto de abogados del caso, de modo que su padre era el que estaba en casa con ellos. Al ser arquitecto, la mayoría de los proyectos podía desarrollarlos desde su oficina en el segundo piso de su casa en Portland.

Tras su muerte, su madre se tomó un tiempo de descanso de su trabajo y su abuela se mudó temporalmente con ellos para echar una mano. En cuanto Chloe cumplió los siete años y Charlie los doce, ya eran suficientemente mayores y responsables para quedarse solos en casa después del colegio, de modo que su abuela se volvió a su casa y su madre se entregó completamente a su trabajo.

La infancia de Chloe fue bastante solitaria. Era bastante chocante, en realidad, porque en el colegio tenía amigos por todos lados, pero en cuanto se bajaba del bus y caminaba el corto paseo hasta su casa, el silencio se volvía ensordecedor.

Estaba Charlie, pero su hermano le llevaba cinco años. Estaban en momentos vitales diferentes.

Charlie, con doce años, no estaba dispuesto a ponerse a jugar con las Barbies con su hermana pequeña. Charlie, con doce años, empezaba a tener más deberes y tenía que pasarse cada vez más tiempo estudiando en su habitación. Charlie, de doce años, ya no mostraba interés alguno en salir a la calle a jugar, porque podía quedarse dentro jugando a videojuegos.

Chloe tenía doce años cuando su hermano se fue a la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, con una beca completa en baloncesto. Siempre le gustaba burlarse de él llamándole el próximo Troy Bolton, a pesar de que cada vez que Charlie intentaba cantar, Chloe aseguraba que tenía el efecto contrario que las hadas, pues hacía que los bebés en cien kilómetros a la redonda comenzasen a llorar.

Pero, talento para cantar aparte, tenía los ojos azules, el pelo rubio pajizo y la habilidad de Troy en la cancha de baloncesto. Charlie era el orgullo de Chloe. Y, a pesar de la diferencia de edad y estar en distintos momentos de sus vidas, Charlie era el gran apoyo de Chloe.

Sin embargo, con solo doce años tuvo que decirle adiós y verle mudarse al otro lado del país.

Y Chloe se quedó completamente sola en una casa de cuatro pisos. Si antes el silencio era ensordecedor, después de que Charlie se marchase, alcanzó nuevos niveles.

Parte de su escape fueron las actividades extraescolares. Se apuntó a las animadoras, al coro, a teatro, al grupo de debates, al triatlón matemático… Probablemente fuera la única niña de su edad, y de edades superiores a medida que fue cumpliendo años, que era más feliz cuantas más horas pasaba en el colegio.

Parte de su escape fueron sus amigos. Su naturaleza excitada y social, su carácter amable y su disposición a ayudar a cualquiera que lo necesitase, le convirtieron rápidamente en una de las personas más populares del colegio y, posteriormente, del instituto. Aceptaba todas las invitaciones posibles para ir a casa de alguien, para ir al cine, para ir de compras, para ir a la bolera, para ir a cenar algo, para ir a una fiesta.

Lo que fuera con tal de no estar en su casa. Sola. Asfixiada por el silencio.

Parte de su escape fue la música. Tan alta como sus heredados altavoces le permitían. Tan alta que notaba las vibraciones de cada nota en su cuerpo y no podía escuchar el pesado silencio que inundaba su casa. Tan alta que no era capaz de pensar y recordar lo diferentes que solían ser las cosas cuando su padre estaba vivo.

Su infancia fue solitaria, así que no se la puede culpar por estar agarrándose con uñas y dientes a su nueva familia. Son su soplo de aire fresco, la ruptura del silencio. Sabe que, con las Bellas, jamás volverá a sentir la soledad en sus huesos, como una sombra permanente que, muchas veces, amenazó con tragarse la luz que emitía Chloe de forma natural.

- Cielo, ¿va todo bien? – le pregunta su madre en ese punto de la noche en que ambas ya han terminado de comer y llevan dos copas de vino.

Chloe deja de juguetear distraídamente con el envoltorio de su galleta de la fortuna y alza grandes ojos azul bebé para cruzar miradas con su madre.

- ¿A qué te refieres? – responde, a la espera de que su madre concrete más, porque con esa pregunta tan general Chloe no sabe qué responder.

Que ella sepa, todo va bien.

- ¿Va todo bien en Barden?

Ah. Sinceramente, su madre estaba tardando en sacar el tema. No lo sacó el primer año que repitió, así que, en este caso, Chloe supone que, a la segunda, la tercera en ciertos aspectos, va la primera vez.

Parpadea y baja la mirada a la galleta que sigue dando vueltas entre sus dedos. Despega una esquina del plástico y sujeta ambos lados con las puntas de sus dedos. Con un tirón calculado, el envoltorio se abre por uno de los bordes.

- Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? – presiona su madre.

Sus ojos marrones están teñidos de preocupación, pero también de sinceridad, y Chloe sabe que podría decir lo que fuera en este momento, que nada lograría que la expresión de su madre cambiase, o que retirase la mano que ha posado en su brazo.

La calidad del roce sube por sus nervios y remueve algo en el interior de su corazón. La pelirroja siente algo romperse dentro de ella, algo pesado y oscuro que pierde uno de los agarres que lo está manteniendo en el aire.

No es suficiente para hacerle caer, pero ahora está más cerca que antes del suelo.

- No pasa nada, mamá – su voz tiembla un poco por los efectos secundarios de esta ruptura, y hace que los ojos de su madre se entornen ligeramente.

- ¿Segura? – la mirada de su madre es punzante. Chloe la puede sentir intentando colarse por debajo de su piel, de sus músculos y huesos para intentar ver en su corazón –. ¿Cómo llevas la distancia? Si es muy duro, sabes que siempre puedes transferirte a una universidad en Portland y vivir en casa…

La mano de Chloe se crispa alrededor del envoltorio de plástico con el que está haciendo una bola, y lo hace crujir ruidosamente.

- Podría comprarte un coche para ir y venir sin tener que depender del transporte público – prosigue su madre, sin darse cuenta de su reacción por estar intentando pescar con los palillos los últimos granos de arroz del fondo del recipiente.

- Mamá – la corta Chloe, desesperada por parar la oferta de su madre.

¿Dejar Barden? ¿Volver a un casa vacía y silenciosa? Hay un motivo por el que no ha sido capaz todavía de graduarse, y tiene mucho que ver con el pánico que apresa el pecho de Chloe cada vez que piensa en esas dos preguntas concretas.

Dándose cuenta de que su interrupción ha sido un poco brusca, se disculpa con una sonrisa y sacude la cabeza.

- De verdad que va todo bien – asegura, manteniendo el contacto visual y su sonrisa firme para disipar cualquier duda que a su madre pueda quedarle –. Me encanta Barden, me encantan las Bellas y soy feliz allí. Solo se me ha atragantado Literatura Rusa, pero prometo que este año me esforzaré más.

A pesar de que su madre todavía no parece del todo convencida, acepta su respuesta con un suave asentimiento y curva una de sus manos alrededor de la copa de vino para beber el último trago. Se levanta del taburete, señal de que su noche de chicas ha llegado a su fin.

La mirada de Chloe se desvía de la galleta de la fortuna que todavía tiene en las manos al reloj que cuelga de la pared de la cocina y comprueba que son las once de la noche. Es una hora más tarde de la hora a la que su madre se suele acostar, y Chloe lo anota como un pequeño logro personal.

- Déjalo, ya lo recojo yo – frena a su madre cuando comienza a recoger los restos de su cena –. Vete a dormir.

- ¿Segura?

- Sí, no te preocupes – le tranquiliza.

Su madre le regala una sonrisa agradecida y deposita un beso en su frente antes de despedirse de ella con un "buenas noches, cielo" y un "te quiero" murmurado contra su pelo. Chloe se los devuelve y observa a su madre salir de la cocina y rodear la esquina para subir las escaleras hasta su habitación.

La pelirroja suspira y vuelve a coger la galleta de la fortuna que espera a ser abierta. La hace chascar por el medio con un crujido del barquillo y separa ambos lados para desvelar la tira de papel que hay en su interior.

Da la vuelta al papelito y lo hace girar entre sus dedos para que las letras azules estén en el sentido adecuado.

¿Cuánto tiempo más vas a perder esperando?

El mensaje se emborrona cuando sus ojos se inundan con lágrimas que aparecen de la nada, y traga saliva para intentar disipar el nudo que se ha formado en su garganta. Bufa y tira el papelito a la basura, pensando que eso de las galletas de la fortuna es, en el fondo, una auténtica estupidez.


Es la segunda vez que le da la noticia a Beca, pero es la primera vez que Beca no lo acepta sin más.

La DJ frunce el ceño, su rostro se pixela ligeramente cuando la llamada por Skype pierde calidad y Chloe, aunque sabe que es inútil, recoloca su portátil sobre la mesa en busca del punto en el que tenga mejor señal.

- ¿Cómo q…? – el resto de las palabras de Beca se convierten en una hilera de sonidos inconexos que carecen de sentido y la imagen se queda completamente congelada.

- Espera, repite – le pide una vez Beca termina de intentar hablar –. Te has cortado.

- ¿Hola? ¿Me escuchas bien? – pregunta la morena para asegurarse.

La imagen se pixela y se vuelve negra antes de que Skype encuentre buena cobertura otra vez y la cara de Beca llena la pantalla del portátil de Chloe. La sonrisa de la pelirroja es automática, porque Beca lleva puesta su expresión de fastidio absoluto y es de lo más adorable.

- Ya va bien – informa con una risita.

- Ugh, la cobertura de este sitio es una mierda – se queja Beca, bufando –. No sé cómo Jesse sobrevive todo el verano aquí.

Chloe agradece que Skype vuelva a quedarse pillado porque así Beca no ve la forma en que su sonrisa muere en sus labios. Traga saliva, su boca se llena de un desagradable sabor amargo y su estómago se retuerce en un apretado nudo marinero.

Se había olvidado de que Jesse había invitado a Beca a su casa de campo en verano. Chloe también la había invitado a venir a Portland, pero la morena había tenido que agradecerle la oferta y rechazarla, porque ya le había dicho que sí a su novio. Chloe no había dejado ver lo mucho que esa noticia le escoció, simplemente esbozó una sonrisa torcida e hizo algún comentario burlón sobre cómo ya eran todo un matrimonio, y los gruñidos de Beca fueron suficiente para distraerla del tema en cuestión.

- Cierto, ¿qué tal por Tennessee? – pregunta una vez la conexión se estabiliza.

Deja de mirar fijamente ese azul medianoche que rápidamente se está convirtiendo en su color favorito para darse cuenta de que la morena está en una habitación que no reconoce. Lo poco que puede ver que no bloquea su cuerpo delata que es claramente el cuarto de un hombre.

Las paredes son de un apagado gris perla y justo detrás de Beca, asomándose por detrás de su hombro derecho, hay un poster de la película de Tiburón y otro de Rocky tras el hombro opuesto.

- Horrible, hace mucho calor – resopla la morena –. Hay polvo por todas partes, ah, y, ¿sabes la mejor parte? – pregunta de forma retórica, porque ni deja que Chloe responda para continuar quejándose –. Los padres de Jesse tienen caballos. Caballos, Chlo – Beca mira fijamente al móvil, su rostro serio.

- Dios mío, pobrecita – se burla Chloe sin molestarse en ocultar su risa de su mejor amiga.

- Sí, tú ríete, pero a lo mejor no sobrevivo a esta semana – le avisa –. Me estoy quedando sin excusas para no montar a caballo con Jesse.

- ¿Quieres que vaya a rescatarte? – le pregunta entre risitas.

- Por favor – suplica Beca, y en un acto reflejo se acerca más a la cámara de su móvil de forma que su rostro suplicante ocupa toda la pantalla del portátil de Chloe –. Antes de que mi vida se convierta en la película de Hannah Montana, ¿y sabes por qué sé eso? Porque me ha obligado a verla.

Las carcajadas de Chloe aumentan de fuerza y volumen. Por un minuto no puede hacer nada más que reírse de la expresión de horror y autocompasión de Beca, mientras la morena la observa desde su móvil con una falsa molestia que poco a poco se le hace imposible seguir fingiendo y se convierte en una dulce sonrisa.

- Tendría que haberme ido contigo – suspira Beca.

El corazón de Chloe se salta un latido y su estómago da un vuelco. La risa se le queda atascada en la garganta y de repente la situación no le parece tan graciosa como antes. Sus labios se fruncen ligeramente y desvía la mirada hacia un lado, porque por mucho que un cosquilleo se expanda por su cuerpo al escuchar esas palabras, sabe que no tienen el significado que Chloe quiera que tengan.

Beca está pensando en voz alta, diciendo lo primero que le pasa por la cabeza. Es una de las muchas veces que dice o algo en algo sin ser consciente del efecto que tiene sobre Chloe.

Porque Beca no sabe nada, y no puede saber nada. Nunca.

- Venga, no puede ser tan malo – Chloe chasquea la lengua tras deshacer el nudo de su garganta y parpadear para disipar las lágrimas. Beca se encoge de hombros, de esa forma en que admite que tiene razón, pero sin decirlo verbalmente –. Además, esto quizá te sorprenda, pero verme meter la compra de la gente en bolsas no es mucho más interesante – bromea con un guiño.

Beca ríe ante ese comentario y sacude la cabeza. Su sonrisa desaparece poco a poco a medida que un pensamiento se adueña de su mente, y Chloe sabe que la conversación se va a volver seria.

- ¿Cómo es que has suspendido otra vez Literatura Rusa, Chlo? – inquiere la morena suavemente.

Sus ojos muestran preocupación, pero ni una piza de juicio.

- Me confíe – la mentira cae de su lengua con facilidad, y se encoge de hombros para mostrar que no es tan grave como parece –. Supongo que pensé que por ser la segunda vez que iba a esa clase no tenía que estudiar tanto y la cagué en el examen final. Pero no volverá a pasar – le promete, asintiendo con firmeza.

Beca se limita a emitir un "mmhh" pensativo.


El 9 de noviembre, recibe una llamada de su madre que nunca esperaba recibir.

- ¿Cómo? – pregunta para asegurarse de que ha escuchado bien, porque los oídos le zumban y la cabeza le da vueltas.

- Este año no vamos a poder celebrar Acción de Gracias juntos – repite su madre, su tono suave y arrepentido.

Las piernas le fallan y se deja caer sobre su cama con un rebote, totalmente insensible. La mano que agarra el iPhone lo sujeta contra su oreja con tanta fuerza que sus nudillos se han vuelto blancos y se está clavando el pendiente de una forma bastante dolorosa, pero no está en control de su cuerpo ahora mismo.

Y quizá pueda parecer una reacción exagerada a la noticia, al fin y al cabo, es solo Acción de Gracias. No es el fin del mundo.

Pero para Chloe, Acción de Gracias tiene un significado especial. Fue unos días antes de que su padre muriera, de modo que tienen la tradición no oficial de pasar el día juntos, celebrarlo en familia y recordar a Frank Beale y la ausencia insustituible que dejó en sus vidas.

- No entiendo… – musita.

- Ese día tengo una reunión que es imposible aplazar – explica su madre –. He llamado a Charlie para ver si por lo menos vosotros dos podíais pasar el día juntos, pero va a ir a celebrarlo con la familia de su novia.

- Oh.

- ¿Estás bien, cielo?

Chloe agradece que por teléfono no se puedan ver las lágrimas que ruedan silenciosamente por sus mejillas, y asiente vigorosamente con la cabeza antes de darse cuenta de que su madre no puede verla.

- Ajá – dice. Su voz tiembla un poco, pero no lo suficiente como para delatarla ante su madre.

- Si quieres te compro un billete para que vayas con tus abuelos – le ofrece –. O con la tía Susan.

- No, no hace falta, mamá. Ya se me ocurrirá algo.

- Lo siento mucho, cariño – se disculpa su madre.

- Lo sé – asiente de nuevo y se seca las lágrimas, como si eso fuera a hacer que su voz dejase de sonar tan húmeda.

Cuelga justo a tiempo para dejar escapar el sollozo que ya no era capaz de seguir conteniendo. Todo su cuerpo se sacude por la fuerza con la que le recorre, como un terremoto de magnitud 10, y se hace una bola en su cama para frenar la sensación de que se va a romper como sigan viniendo uno tras otro.

Así es como la encuentra Beca cuando, media hora más tarde, entra en su habitación. La morena se olvida de lo que está diciendo y corre a su cama. Tras solo un instante de duda en el que se nota que no sabe muy bien cómo proceder, se deja caer a su lado en el colchón y sus menudos brazos atrapan el cuerpo de Chloe, quien aporta su granito de arena y se incorpora para hacer el abrazo de Beca más cómodo para ambas.

La pelirroja se acurruca contra Beca y continúa llorando lo más silenciosamente que puede, sus manos convertidas en dos puños alrededor de la sudadera de la morena. Beca empieza a frotar su espalda con sus manos y deposita un beso sobre su frente, pero no dice ni hace nada más. Simplemente, abraza a Chloe con fuerza contra ella, permite que la pelirroja llore todo lo que necesite para calmarse, y espera con paciencia a que sea capaz de contarle qué ha ocurrido.

- Sé que puede parecer tonto… – murmura Chloe una vez termina de explicar lo sucedido con voz ronca y temblorosa. Se sorbe la nariz y se seca las mejillas con el puño de su jersey –, pero esta será la primera vez que pase Acción de Gracias sola y…

- ¿Por qué no vienes conmigo a casa de mi madre? – le interrumpe Beca.

Su propuesta es tan brusca, como si hubiera vomitado las palabras sin pensar, y pilla a Chloe tan desprevenida, que se tensa en el abrazo de Beca sin poder evitarlo. Se separa todo lo que le permiten los brazos que permanecen enroscados a su alrededor, asoma la cabeza del hueco del cuello de su mejor amiga para mirarla a los ojos, su sorpresa claramente escrita en su rostro.

- ¿Qué? – pregunta.

- Ven conmigo a Seattle – repite Beca, y una sonrisa se abre paso por su rostro poco a poco a medida que va meditando mejor su propuesta –. A mi madre no le importará tener una boca más que alimentar y así no estás sola.

- ¿No vas a invitar a Jesse? – Chloe parpadea varias veces, todavía sin terminar de procesar lo que está ocurriendo.

- Ew, ¡no! Eso es demasiado compromiso, demasiado pronto – exclama Beca, horrorizada.

- Bec, has estado en su casa este verano.

- Ya, pero Acción de Gracias es una fiesta familiar, es algo completamente distinto que ir a su casa en verano – argumenta, y sacude la cabeza con disgusto, igual que si se estuviera librando físicamente del pensamiento.

- ¿Y ese mismo razonamiento no se aplica a mí? – pregunta Chloe.

No sabe muy bien por qué está poniendo tantas trabas cuando en realidad se muere por aceptar la oferta, pero algo en su interior la previene de decir que sí sin antes asegurarse de que Beca esté completamente segura.

- Tú eres diferente – ni siquiera necesita pararse a pensar, y su seguridad hace que el corazón de la pelirroja de un revoloteo en su pecho.

- ¿Estás segura? No quiero molestar – continúa presionando.

- No seas tonta, tú nunca molestarías – bufa Beca –. Además, mi madre está deseando conocerte.

Chloe ve el momento exacto en el que el cerebro de Beca por fin se pone a la altura de su lengua y se da cuenta de lo que acaba de decir. El rubor trepa por su cuello hasta expandirse por sus mejillas y orejas, y la morena aparta la vista como si eso hiciera que sus palabras se fueran a desvanecer de la memoria de Chloe por arte de magia.

La pelirroja esboza una enorme sonrisa, su corazón pasa de revolotear a bailar claqué en su pecho.

- ¿Le has hablado de mí? – pregunta, emocionada.

- Eh… Bueno… – Beca duda, y Chloe casi puede escuchar las tuercas de su cerebro dando vueltas a toda velocidad en busca de una explicación que no suponga abrir su corazón –. Sí, claro – admite finalmente –. No se creía que me hubiera metido en un grupo de a cappella voluntariamente, tuve que contarle que me acosaste hasta que acepté – esboza una sonrisa burlona.

Chloe deja escapar una exclamación ahogada y estira una mano tras ella hasta cerrar los dedos entorno a la esquina de uno de los cojines que adornan su cama. Lo agarra con fuerza y mueve el brazo en un semicírculo para coger impulso y golpear con él a Beca en toda la cara.

- ¡Oye! – se queja la morena entre risas.


- Así que tú eres Chloe – son las primeras palabras que la madre de Beca le dirige nada más termina de abrazar a su hija en el porche de su casa a las afueras de Seattle y se gira para mirarla con una sonrisa torcida muy parecida a la de su hija –. Beca me ha hablado mucho de ti.

La morena deja escapar un gruñido avergonzado y se tapa la cara con una mano, pero Chloe no tiene oportunidad de meterse mucho con ella porque su madre la atrapa en un suave abrazo.

- Encantada de conocerla por fin, Sra. Turner – le saluda la pelirroja tras romper el abrazo.

- Oh, no, no – regaña la madre de Beca. Sus manos, que todavía sujetan a Chloe por los hombros, le dan un suave apretón –. La Sra. Turner es mi madre, a mí llámame Johanna, por favor.

Sus ojos grises resplandecen bajo la pobre luz del porche y Chloe vuelve a pensar en lo mucho que se parece a su hija. Ambas son de baja estatura, delgaditas, de piel pálida y con ondas castañas que caen pasados sus hombros, aunque las de la Sra. Turn… Johanna, están salpicadas de canas.

Sus sonrisas, gestos, y hasta el sentido del humor son iguales. Lo único que impiden que sean dos gotas de agua es el color de sus ojos, que Chloe asume que Beca debió de heredar de alguno de sus abuelos, ya que su padre tiene los ojos marrones.

- ¿Piensas tenernos toda la noche en el porche? – pregunta la morena, sarcástica.

Su madre bufa una risa y se hace a un lado para que ambas chicas puedan arrastrar sus maletas al cálido interior de la casa.

- Veo que viajar sigue convirtiéndote en una gruñona – observa Johanna sin dejarse molestar por el comentario de su hija.

- No sé de qué hablas – contesta Beca.

- No tienes ni idea – resopla Chloe al mismo tiempo.

Beca le lanza a la pelirroja una mirada fulminante que Chloe rechaza con un encogimiento de hombros despreocupado y una risita. Johanna observa atentamente la interacción con una sonrisa burlona en los labios, los brazos cruzados en el pecho de forma relajada.

- La cena ya está lista – dice cuando la atención de ambas mejores amigas vuelve a estar en ella –. Podéis dejar las cosas en la habitación de Beca y bajar a poner la mesa – señala vagamente con una mano hacia el piso de arriba.

La DJ se recoloca la bolsa del portátil en el hombro y coge su maleta del suelo, empezando la cansina tarea de subir las escaleras sin golpear la pared con la maleta. Chloe esboza una última sonrisa para la madre de Beca y también carga el peso de su maleta sobre su cadera para seguir a la morena escaleras arriba.

All legar al alfombrado pasillo, ambas dejan sus maletas en el suelo con sendos suspiros de alivio.

- El baño es este de aquí, mi madre tiene el suyo propio – le informa Beca por encima del hombro, señalando la puerta cerrada que tienen delante.

Beca echa a andar hacia la izquierda y Chloe la sigue más despacio, ya que las paredes del pasillo están adornadas con fotos y ella es curiosa por naturaleza. Comprueba que la morena no esté vigilando, se saca el móvil de su bolsillo trasero y le hace una rápida foto a un retrato de Beca cuando era pequeña en el que mira fijamente a la cámara con expresión de fastidio absoluto, sus rizos castaños recogidos en una coleta en todo el centro de su cabeza.

La sube a Snapchat con un montón de emojis con los ojos en forma de corazones y rápidamente recorre el resto del pasillo, queriendo evitar a toda costa que Beca se dé cuenta de su ausencia y se asome a preguntarle qué está haciendo.

Antes de cruzar el umbral de la habitación, Chloe ya sabe cómo es.

Entra en el cuarto y, sin poder evitarlo, sonríe para sí misma, porque todo sigue tal cual lo recordaba. Es curioso sentir tanta familiaridad hacia una habitación en la que nunca ha estado, a pesar de que la conoce tan bien como la palma de su mano después de todas las veces que ha hecho Skype con la morena durante verano o las vacaciones de Navidad.

Sabe que hay una mesa de trabajo blanca situada justo bajo las ventanas. Sabe que hay una estantería con libros, música y algunos peluches. Sabe que la mesilla está coja de una pata y Beca la tiene equilibrada con una goma de borrar. Sabe que, en la cómoda, hay un marco con una fotografía de las Bellas en el escenario del Lincoln Center, sujetando entre todas el primer trofeo que ganaron en el Campeonato Nacional de A Cappella. Sabe que la colcha de la cama de Beca es blanca con florecitas azules de distintos tonos, a juego con el azul clarito de las paredes. Sabe que, encima del cabecero de la cama, hay colgados tres posters: de Linkin Park, Green Day y Eminem.

Lo único fuera de lugar es la cama supletoria situada al lado de la cama individual de Beca. La pelirroja se acerca a ella y se sienta sobre el colchón con un crujir de los muelles.

La morena gira la cabeza para mirarle y pone los ojos en blanco.

- Le habré dicho a mi madre cincuenta veces que tenemos que cambiar ese colchón de una vez – resopla.

- ¿Qué tiene de malo? – inquiere Chloe con una sonrisa torcida en el rostro, dando pequeños brincos para hacer sonar los muelles.

- Más vale que te estés quieta por la noche – le advierte Beca con un dedo apuntado hacia ella para darle más seriedad a su amenaza –, o te juro que te tiro al suelo de una patada.

- Bueno, puedes intentarlo – reta la pelirroja arqueando una ceja. Se recuesta hacia atrás con otro crujir de los muelles, manteniendo su cuerpo incorporado con los brazos estirados.

Beca se gira hacia ella para encararla, manos en las caderas y una ceja alzada. Da un paso para acercarse a la cama de Chloe, todo en ella parece indicar que está dispuesta a demostrar aquí y ahora que es totalmente capaz de llevar a cabo su amenaza. Pero Chloe no está preocupada, porque sabe que es más fuerte que Beca. En caso de necesidad, podría fácilmente con ella.

A pesar de la falta de miedo, su corazón se acelera ligeramente.

- ¡Chicas, la mesa! – grita la madre de Beca desde el piso de abajo.

Ambas amigas dan un brinco, cogidas por sorpresa, y rompen el intenso contacto visual. La morena se recoge un mechón de pelo tras la oreja izquierda, su piercing industrial capta la luz de la lámpara del techo y destella.

- Voy a… – no termina de hablar, señala por encima de su hombro con un pulgar y empieza a recular hacia la puerta –. Cámbiate si quieres, te avisaré cuando esté la cena servida.

Chloe asiente de manera distraída, y cuando la espalda de Beca desaparece a través del umbral de su habitación, suelta una respiración que no sabía que estaba conteniendo. Afloja el puño en el que se ha convertido su mano izquierda alrededor de las mantas y se la pasa por la cara, sacudiendo la cabeza para deshacerse de los restos de ese extraño hechizo.


Cuando Beca tira de la esquina de la tela, Chloe no puede evitar soltar un gritito emocionado.

Se tapa la boca con ambas manos, pero sus ojos permanecen del tamaño de pelotas de ping-pong y da saltos en el sitio, para diversión de Beca. La morena ríe quedamente y rodea la moto negra que acaba de descubrir para coger los dos cascos que cuelgan de ganchos en la pared.

- ¿Por qué no sabía que tenías una moto? – pregunta Chloe, su voz unas octavas más agudas de lo normal fruto de su excitación.

- Porque no es mía – responde Beca. Le tiende el casco rojo a Chloe y se queda el gris para ella –. Es de mi tío, pero se lesionó la rodilla y no ha vuelto a montar en ella desde entonces, así que me la presta.

La pelirroja, con el casco colgando del brazo por las cintas, se acerca a la moto y acaricia el manillar con suavidad. Es antigua, o por lo menos está hecha para que lo parezca; todo el mecanismo inferior va al aire libre y los retrovisores son pequeñitos y sobresalten hacia arriba como los de su viejo Beetle.

Su mano desciende por el cuerpo metálico, frío bajo sus dedos cálidos, y dibuja las letras del lateral que informan que se trata de una Hanway. Camina sus dedos hacia el cuero del asiento y rodea la moto para admirarla desde el otro lado, a pesar de que es exactamente igual.

- No es gran cosa – se disculpa Beca con un encogimiento de hombros –. No va muy rápido y hace mucho ruido, pero…

- Me encanta – le asegura Chloe, interrumpiendo a la morena con voz que suena jadeante por la fascinación y los nervios.

La sonrisa de Beca se vuelve más segura. Se cuelga ella también el casco del brazo y agarra el manillar de la moto para rodarla fuera del garaje, donde no hay obstáculos a su alrededor.

- ¿Has montado alguna vez en moto? – pregunta por encima del hombro mientras la deja otra vez descansando sobre su pata de cabra, pero esta vez en la entrada al garaje.

- No, esta es mi primera vez – niega con la cabeza.

- Si quieres cogemos el coche de mi madre – le ofrece Beca, señalando el Mitsubishi plateado aparcado dentro del garaje.

- ¿Estás de coña? – exclama Chloe –. Ahora que la he visto tienes que llevarme en moto sí o sí – sentencia.

Beca ríe, asiente y le señala para que se ponga el casco, ella haciendo lo mismo. Chloe mira hacia abajo y coge el pesado casco por las correas. Desengancha el cierre de seguridad y se recoloca bien el pelo, que la suave brisa de otoño no deja de soplar sobre su cara, antes de ponerse el casco.

Le queda un poco grande, pero solo se nota cuando agacha la cabeza o la echa para atrás. Es mullido por dentro y da la sensación de haber metido la cabeza dentro de un trozo de espuma. El plástico protector llega hasta sus ojos y nariz, y cuando intenta subirlo para retirarlo, descubre que es fijo.

Beca se gira a mirarla al mismo tiempo que engancha el cierre de su casco y sonríe ligeramente a ver a Chloe, quien se la devuelve, mucho más grande, mucho más brillante. La morena se acerca a ella y comprueba que el casco esté bien colocado y cerrado. Tira de las correas para ajustarlas a la barbilla de Chloe y que no estén tan sueltas, igual que si fuera el cinturón de un avión.

Al retirar sus manos, sus dedos fríos rozan sin querer el cuello de la pelirroja, quien se estremece sin poder evitarlo. Beca chasquea la lengua y le pone una bufanda alrededor, interpretando su escalofrío por frío.

- ¿Lista? – le pregunta, azul medianoche rebosa apagada emoción.

Chloe asiente, sonriendo con más fuerza todavía.

Beca se sube en la moto y, con los dos pies firmemente apoyados en el suelo, la endereza hasta que solo se sujeta de puntillas. La pelirroja se muerde con fuerza el labio inferior para no reírse de lo adorable, y a la vez tremendamente sexy, que es la escena que se está desarrollando frente a ella.

Con un golpe de su bota, Beca recoge la pata de cabra, que suelta un chasquido metálico al encogerse, y golpea con su mano el trozo de asiento que queda libre tras su cuerpo.

Con rodillas un tanto inestables por los nervios, Chloe se acerca a la moto y alza una pierna para cruzarla al otro lado. Se sienta y acomoda, las puntas de sus botas descansan sobre el suelo y sus brazos se sujetan a los laterales del abrigo de Beca.

La morena hace girar la llave en el contacto y la moto vuelve a la vida con un rugido del motor. El asiento comienza a vibrar entre sus piernas y Chloe esta vez no se puede tragar la risita que se escapa de su garganta.

- Agárrate bien – le aconseja Beca, alzando la voz por encima del ronroneo del motor para hacerse oír.

Su mano derecha da un golpe de muñeca y la moto sale disparada hacia delante. Chloe sube las piernas para descansarlas en los apoyos metálicos justo detrás de las de Beca, y se agarra con más firmeza al abrigo de la morena.

El aire le golpea en la cara por debajo del protector de plástico y Chloe en seguida se enamora de la sensación.

- ¿Vas bien? – pregunta Beca en un grito.

- Mejor que nunca – le responde en el mismo tono de voz, abrazando su cintura con un poco más de fuerza.


Chloe es una persona social por naturaleza, sin embargo, conocer a la familia materna de Beca por primera vez causa que su estómago se convierta en una colmena de abejas hiperactivas asesinas.

Hasta las seis, es capaz de distraerse y olvidar completamente ese pequeño dato. Se mete en la cocina con la madre de Beca, la radio encendida de fondo en una emisora que no deja de poner música de los 70, 80 y 90, ayuda a Johanna a darle los últimos toques a la comida mientras el pavo se hace lentamente en el horno. Beca, mientras tanto, está en el salón preparando la mesa para albergar a seis personas más de las usuales.

Pero, a las seis y cuarto, el timbre suena por primera vez y, luego, ya no deja de sonar hasta que dan las seis y media y todo el mundo ha llegado. Beca grita desde el salón que ya va ella a abrir la puerta y Chloe disimula su nerviosismo volcando la cacerola en el colador para que se filtre el agua del arroz.

Pronto se da cuenta de que estar nerviosa es una tontería.

La familia de Beca la recibe igual que si llevase viniendo los últimos diez años seguidos. La tía Margaret exclama su nombre nada más entrar en la cocina, abriendo los brazos para atraparla entre ellos con firmeza, antes incluso de saludar a su hermana Johanna, y que insiste en ser llamada Maggie. El marido de Margaret, Bob, le cuenta un chiste malísimo pero que le hace reír un buen rato y le da una palmada en la espalda con tanta fuerza que Chloe teme haberse descolocado una costilla.

Luego se unen los primos de Beca. El mayor de ellos, Jake, le saluda con un seco "hey" y le da dos besos en las mejillas cuando su madre le regaña por sus modales, hundiendo la nariz en su PSP en cuanto la interacción social termina. Chloe se ríe por lo bajo mientras Margaret suspira y empieza a criticar la adolescencia con su hermana.

La siguiente en entrar es Rose, quien corre esquivando a los adultos hasta llegar a las piernas de su madre y tirar de la falda de su vestido para pedir comida. Cuando se da cuenta de la presencia de Chloe en la cocina, se queda paralizada y se medio esconde tras las piernas de su madre, mirando fijamente a la pelirroja mientras la evalúa. Chloe le regala una dulce sonrisa y agita una mano a modo de saludo, y Rose le corresponde, tímida. No parece muy convencida, pero Chloe rápidamente se la gana cuando le ofrece un trozo de chocolate con un guiño cómplice que hace reír a la niña.

Por último, Beca llega a la cocina acompañada de quien Chloe supone que es su abuela. La DJ lleva un brazo alrededor de los hombros de su abuela, que es todavía más pequeña en estatura, y asiente a todo lo que le está contando con una sonrisa de satisfacción en los labios.

La teoría de Chloe sobre la procedencia de los ojos azules de la morena se ve confirmada cuando la abuela de Beca cruza miradas con ella. Ve que su mejor amiga se inclina un poco para decirle algo en el oído y su abuela inmediatamente asiente y sonríe.

La cocina se llena de cháchara y risas hasta que el temporizador del horno salta con un pling, anunciando que ya ha terminado. Johanna da un par de palmadas para hacerse oír por encima del ruido de las diez conversaciones que están teniendo lugar en el interior de esas cuatro paredes y progresivamente se hace el silencio en la cocina mientras se giran para mirar a la anfitriona.

- Todo el mundo al comedor – ordena, moviendo las manos como si estuviera barriendo el aire.

La abuela de Beca se disculpa por tener que cortar la conversación y, cojeando ligeramente por su cadera mala, es la primera en hacer caso a su hija y moverse a la habitación contigua. Beca coge sus copas de vino y le hace un gesto a Chloe con la cabeza para que la siga, cruzan al comedor y toman asiento una al lado de la otra en un lateral de la mesa.

Rose aparece por debajo de la mesa de repente, una sonrisa desdentada en la boca, e insiste en sentarse al lado de Chloe.

- ¿Segura que no te importa? – se asegura Maggie, preocupada, al mismo tiempo que deposita dos cuencos de comida en la mesa.

- Para nada – le tranquiliza Chloe.

Mientras Chloe ayuda a Rose a sentarse encima de los dos cojines que usa para estar a la altura de la mesa, todos los demás adultos y Jake se dejan cae en sus sillas respectivas. Poco después aparece Johanna cargada con la enorme bandeja del pavo y todos la reciben con exclamaciones de alegría.

La comida transcurre con facilidad, todo son risas y charlas animadas, aunque a medida que el vino fluye libremente, Bob se va poniendo más rojo y se va volviendo más ruidoso. Chloe no puede evitar comparar esta cena con sus cenas de Acción de Gracias junto a su madre y hermano, y es probable que el Acción de Gracias de la familia de Beca le guste más.

Le encantan las anécdotas de Bob que tienen a toda la mesa llorando de la risa más pronto que tarde. Le encantan los cotilleos de Maggie sobre gente de la que nunca antes ha oído hablar. Le encantan las historias sobre los viejos tiempos de la abuela de Beca. Le encantan las peleas de Jake con su madre, y cómo el joven le recuerda a como Beca debía de ser en esa época, solo que con cascos en su cuello en vez de una consola en sus manos. Le encanta lo natural que se siente girarse para cortarle el pavo a Rose en trozos más asequibles para su dentadura en crecimiento. Le encanta escuchar la risa descontrolada de Beca y el peso de su cuerpo sobre su costado cuando el vino empieza a hacerle efecto.

Le recuerdan a como solían ser sus Acción de Gracias en familia. Con la fuerte risa de su padre haciendo retumbar las paredes del comedor, su abuela persiguiendo a sus primos mientras su madre y su tía Susan discutían sobre la mejor forma de hacer el pavo en la cocina.

Sus Acción de Gracias, desde la muerte de su padre, eran muchos más silenciosos. Seguía habiendo peleas, seguía habiendo gritos, seguía habiendo risas. Pero era como si alguien hubiera girado la ruedecilla del volumen hacia la izquierda, hacia los decibelios más pequeños, y como si hubieran teñido esas imágenes de una tonalidad menos cálida.

La silla vacía de su padre nunca se volvió a utilizar y servía como un recordatorio constante de por qué las cosas habían cambiado.

- ¿Tierra a Chloe? – pregunta Beca, chascando sus dedos frente a la pelirroja.

Ya es de noche y se han trasladado del comedor al salón. Bob está peleándose con los troncos para encender la chimenea, Rose está jugando sobre la alfombra con unos coches, Jake está en una esquina golpeando furiosamente las teclas de su PSP y Johanna, Maggie y la abuela de Beca están en la cocina recogiendo.

- Perdona, me he ido a mi mundo por un segundo – murmura Chloe, parpadeando unas cuantas veces para desprenderse del sueño –. ¿Qué decías?

- Que si quieres chocolate caliente – repite Beca, una suave sonrisa tirando de las comisuras de sus labios.

Asiente, a pesar de que todavía está llena de la comida, y le agradece a Beca la taza que le trae de la cocina. La pelirroja acuna la taza entre sus manos y sonríe al darse cuenta de que Beca se ha quitado los vaqueros y se ha puesto unos pantalones de chándal para acomodar su estómago lleno.

La morena hace un par de viajes más de ida y vuelta hasta que todo el mundo tiene chocolate caliente, y se deja caer al lado de Chloe en el sillón con un suspiro. Descansa su cabeza en su hombro, y Chloe apoya su mejilla en su cabeza.

- ¿Estás bien? – pregunta Beca en un susurro sin alterar la cómoda posición en la que se encuentran –. Sé que Acción de Gracias es un día duro para ti, por tu padre y eso.

Chloe traga saliva, conmovida por el hecho de que Beca se haya acordado y haya preguntado para asegurarse de que esté bien.

- Mi familia puede ser algunas veces un poco… demasiado – se disculpa, y aunque no puede verle la cara, Chloe sabe que ha hecho una mueca.

- Son geniales – murmura. Busca la mano de Beca y entrelaza sus dedos, dándole un suave apretón –. Gracias por invitarme.

- Siempre – susurra Beca, devolviéndole el apretón.

Los troncos crepitan en la chimenea una vez Bob consigue que el fuego crezca y Chloe se siente en paz. Su estómago está placenteramente lleno, su cuerpo placenteramente cálido y su corazón placenteramente aletargado.

Luchan contra el sueño una hora más, cuando los invitados deciden que ya va siendo hora de retirarse. Rose se ha quedado dormida, su cabeza en el regazo de Chloe, mientras veían Enredados, y Bob la coge en sus brazos con delicadeza. Maggie le da un largo abrazo a Chloe y le susurra que está invitada a volver para Navidades si quiere, y la abuela de Beca secunda la invitación, agitando la mano en la que lleva los huesos sobrantes del pavo para su perro.

Mientras recogen las últimas cosas que quedaban en la mesa, Chloe recibe la llamada de su madre que llevaba todo el día esperando inconscientemente. Se disculpa con Johanna y, enroscada en una manta, sale al porche delantero.

- Hola, mamá – saluda.

- Hola, cielo – le dice con voz cansada –. Feliz Acción de Gracias.

- Igualmente.

- ¿Qué tal lo has pasado con la familia de Beca?

- Muy bien, han sido todos súper acogedores y me han hecho sentir como en casa – cuenta, todavía algo emocionada por ese recibimiento.

Esperaba tener que conquistarlos, como le pasó con Beca, pero todos la habían tratado como si ya formase parte de la familia.

- Me alegro mucho, cielo – puede escuchar la sonrisa amable en la voz de su madre –. ¿Significa eso que vas a abandonarnos a partir de ahora? – bromea.

- ¿Te cuento un secreto? – susurra Chloe al móvil, y a pesar de que sabe que está sola, mira por encima del hombro para asegurarse –. Tu pavo está más rico.

Se acurruca un poco más en la manta, apretándola con una mano contra su pecho para que no se cuele el frío aire otoñal, y sonríe al escuchar la risa de su madre. Hacerla reír en Acción de Gracias siempre es un poquito más difícil de lo normal, porque la ausencia de su padre es más fuerte que nunca, como un cartel de neón en el calendario que les recordaba lo que sucedió días más tarde años atrás.

Hablan un ratito más, hasta que los dientes de Chloe comienzan a castañetear y deja de sentir la mano con la que está sujetando el móvil. Nada más colgar, vuelve rápidamente al cálido interior de la casa y recorre el corto camino hacia el salón, donde le sorprende no encontrarse con Beca.

En su lugar, Johanna está sentada donde Chloe antes había estado sentada en el sillón, con una infusión en sus manos. Al ver a la pelirroja parada en el umbral con expresión de confusión, le sonríe y señala hacia arriba.

- Está hablando con Jesse – le informa.

Chloe asiente, intentando que eso no altere la serenidad y felicidad que tiene a su cuerpo casi flotando. Le da las buenas noches a la madre de Beca y, todavía envuelta en la manta, sube las escaleras hasta la habitación de la morena.

Al llegar a la puerta entrecerrada, duda un instante, su mano en el aire a medio camino de empujarla abierta. No sabe si esperar a que Beca termine la llamada. No sabe si su presencia en la habitación será un estorbo.

- …dormir, ha sido un día muy largo – bosteza la morena, todavía hablando por teléfono.

Chloe se queda paralizada y da un paso atrás, sin querer escuchar lo que no le incumbe. Beca ríe ante lo que sea que Jesse le dice al otro lado de la línea y, a juzgar por el crujir de los muelles, cambia de posición en la cama de Chloe.

- Claro que sí, bicho raro – se burla, la sonrisa y el cariño evidente en su voz –. Vale, buenas noches. Te quiero.

Para Chloe, esas dos palabras, dichas con tanta facilidad y sentimiento, con los restos de una risa, son como si el suelo se hubiera abierto de repente bajo sus pies y estuviera en caída libre hacia la nada absoluta.

Su estómago da un vuelco tan doloroso que por un momento se tensa, a punto de salir corriendo al baño para vomitar. Pero está paralizada en el sitio.

Ese algo pesado y oscuro que cuelga en su interior, pierde otro de sus agarres y cae unos centímetros más cerca del suelo. Se queda ahí, balanceándose, generando náuseas y sudor frío en Chloe.

Escucha los pasos amortiguados de Beca acercarse a la puerta por el otro lado y esta se abre de golpe. La sonrisa tonta que la morena llevaba pintada en los labios se transforma en un grito ahogado de susto al casi tropezar con Chloe, quien ni siquiera entonces reacciona más allá de un parpadeo.

- ¡Joder, Chloe! ¡Menudo susto! – grita, una mano posada sobre su pecho. Cuando Chloe no se disculpa automáticamente, ni siquiera se ríe de ella, Beca frunce el ceño y se acerca un par de pasos –. ¿Estás bien? – pregunta, preocupada.

Alarga la mano y la posa sobre la de Chloe que está sujetando la manta alrededor de su cuerpo, y el roce es suficiente para devolver a la pelirroja a la vida.

- Sí, sí – asegura, pero su cuerpo dice algo totalmente distinto, porque da un paso atrás para evitar el contacto con Beca. Finge un bostezo y esboza lo que espera que sea una sonrisa convincente –. Estoy agotada, me voy a ir a dormir ya.

Esquiva a Beca todo lo que puede al pasar a la habitación. De espaldas a la morena, que sigue parada en el umbral y con el ceño todavía fruncido, Chloe deja escapar una temblorosa y silenciosa respiración. Se muerde el labio inferior para contener las lágrimas un poco más y coge de debajo de la almohada su pijama.

- ¿Seguro que estás bien? – se asegura Beca. Chloe se mete en la cama con un crujir de muelles y le lanza una fugaz mirada a la morena, asintiendo –. Vale… – acepta, aunque se nota que no está muy convencida –. Descansa.

Le apaga la luz y Chloe deja la primera lágrima caer.


Para todas las primeras veces que Chloe está viviendo, hay una que sigue evitándola. Quizá, la que más desea de todas.

El primer te quiero de Beca.

Antes no le importaba tanto, porque sabía que Beca no era capaz de decirlo y le bastaba con las formas concretas en que la morena lo demostraba día tras día. Sin embargo, desde la noche en que Beca le contó en un susurro que le había dicho a Jesse que le quería y llamó a Aubrey llorando desde el baño, se encuentra a sí misma esperando.

Cada mirada, cada abrazo, cada beso en la mejilla, cada confesión susurrada, se encuentra a sí misma esperando.

Cada momento con Beca, se encuentra a sí misma esperando.

Recuerda el mensaje de su galleta de la fortuna y de repente su reacción a él cobra sentido.

¿Cuánto tiempo más vas a perder esperando?

Hasta ahora, no sabía muy bien a qué esperaba. Estaba en tensión, con la respiración contenida, pero no sabía por qué. No entendía a qué venia la decepción posterior, el vacío en su estómago, la tristeza irrefrenable que hacía escocer sus ojos.

Hasta ahora.

Escuchar a Beca decirle te quiero tan fácilmente a Jesse es como una puñalada envenenada. Como un puñetazo directo al estómago.

Porque antes no le importaba tanto, porque sabía que Beca no era capaz de decirlo. Pero ahora sí le importa, porque ahora sabe que es capaz de decirlo.

Solo que no a ella.


Después de Acción de Gracias, Chloe pierde un poco el control.

No es que se vuelva loca y asesine a alguien. Sigue siendo Chloe. Sigue siendo amor, positiva, sociable, fácilmente excitable y, en general, arcoíris, purpurina y todo lo bueno del mundo.

Es solo que, pierde un poco el control sobre sus emociones.

Todo el mundo tiene altibajos, pero los de Chloe son más constantes de lo que solían ser. En un momento está bien, está feliz, está normal; y al siguiente tiene un nudo en la garganta que no es capaz de deshacer y solo le apetece irse a casa y desaparecer en el interior de su cama.

Hacía mucho tiempo que no le pasaba esto, desde la última vez que entregó su corazón entero solo para que se lo devolvieran hecho cachitos.

Pero no pasa nada por perder el control, puede lidiar con ello.

Sus sonrisas reales se mezclan con las falsas de una forma indetectable, consigue engañar a todo el mundo que la rodea. Nadie sospecha nada. Si piensan que es un poco raro que Chloe empiece a salir todos los fines de semana, no dicen nada al respecto. Si les preocupa que, cada vez que Chloe sale, vuelva borracha y con signos de haberse acostado con alguien, no dicen nada al respecto.

Quizá sí se vuelve un poco loca, pero Chloe no cree que sea nada grave. Pierde el control, pero está convencida de que, en el fondo, sigue en control.

Agradece que nadie le pida explicaciones porque sabe que tiene poco sentido cuando lo dice en voz alta. Sin embargo, para ella tiene sentido. Estas pérdidas de control las ve como una forma de desahogarse, como una forma de descargar todo lo que lleva escondido dentro de su pecho.

Le ayuda a mantener esa cosa oscura y pesada balanceándose en el aire. Le ayuda a evitar que se rompa otra de sus sujeciones y caiga al suelo.

Salir de fiesta le ayuda a olvidarse de su realidad, de sus sentimientos. Se pierde en la música, en el baile, en la masa de cuerpos desconocidos que se mueven a la vez que ella. Se ahoga en el alcohol, en los gemidos de placer de otras personas.

Chloe no cree que sea nada grave perder el control de vez en cuando. Quizá no sea la forma más sana de lidiar con ello, pero es efectiva.

Es solo que, no es totalmente consciente de cuánto lo está perdiendo. No se da cuenta de lo constante que es. No ve la verdadera dimensión de las cosas. No cree que sea nada grave hasta la mañana en que la realidad cae sobre ella como un jarrón de agua congelada.

Está desayunando sola en la cocina y se encuentra un poco mal. Se ha despertado con sudores fríos y algo de malestar en el estómago, pero no se ha parado a pensar mucho en ello, atribuyéndolo a la resaca. Se mete una cucharada de cereales en la boca y hace memoria, porque el dolor de estómago le ha hecho darse cuenta de que no le ha venido la regla todavía.

Se acerca al calendario que tienen colgado en la pared de la cocina, donde hay algunas cosas escritas con rotuladores de colores diferentes dependiendo de la persona que lo escribiese. Fue idea de Jessica, un método efectivo para no confundirse unas con otras. Mira el día que es, sábado 10 de marzo, y empieza a hacer cuenta atrás.

Tendría que haberle venido la regla hace semana y media, y Chloe nunca se retrasa.

Ese es el momento en que la realidad cae sobre ella.

Siente la fuerza abandonar su cuerpo y el tazón de leche con cereales que reposa sobre sus manos resbala de entre sus dedos hasta caer al suelo, salpicando leche, cereales y cerámica azul en todas direcciones.

- ¿Qué ha pasado? He escuchado algo rom… – Beca se frena en el umbral de la cocina al ver el desastre y a Chloe parada en medio de todo ello sin moverse –. ¿Chloe? ¿Qué ocurre?

La pelirroja no responde. Se lleva una mano a su estómago que, ahora, además de dolerle, se le ha revuelto tanto que cree que puede vomitar en cualquier momento. El gesto le hace pausarse y la cabeza le da vueltas al pensar que puede tener a un bebé ahí dentro.

Ese pensamiento es demasiado para ella, y sale corriendo al fregadero a vomitar lo poco que ha desayunado.

- ¡Chloe! – Beca está a su lado en cuestión de segundos, sujeta su pelo para que no se meta en medio y una de sus manos frota la espalda de Chloe suavemente.

Cuando la pelirroja termina, no se incorpora de inmediato. Permanece un rato con la frente apoyada en la barra metálica que divide el fregadero en dos y observa el agua limpiar el desastre que ha hecho. Se lamenta al pensar que no todos los desastres que ha hecho van a ser tan fáciles de limpiar.

- ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? – le pregunta Beca, pero no se siente capaz de contestar.

Siente un nudo formarse en su garganta y las lágrimas acuden a sus ojos, y antes de que pueda hacer nada para frenarlas, está llorando con fuerza. Beca la aparta del fregadero y Chloe se escurre por el armario hasta terminar hecha una bola en el suelo, llorando con tanta fuerza que teme romperse a la mitad.

- Chlo, háblame, por favor – suplica Beca, arrodillada frente a ella. Su preocupación solo hace que Chloe llore con más fuerza, porque siente que no se la merece.

Dios ha sido un auténtico desastre durante meses.

Creía estar en control, pero eso es exactamente lo que dice todo el mundo justo antes de llevarse la torta de sus vidas. Chloe ha tenido suerte de salir viva de su golpe con la realidad, pero no está segura de si eso se aplica a toda ella.

¿Y si está embarazada? ¡No tiene ni idea de quién es el padre! Y de saberlo, ¿acaso él querría saber algo del niño? ¿Acaso Chloe estaría dispuesta a seguir adelante con el embarazo? ¿Acaso sería capaz de no hacerlo?

No puede respirar.

Jadea en busca de aire, pero entre los sollozos y la garra que oprime sus pulmones, no consigue meter ni una sola pizca de oxígeno. Su mano sale disparada por voluntad propia y se curva alrededor de la muñeca de Beca, aprieta con urgencia mientras su intento de respirar se vuelve más superficial y desesperado.

Los ojos de Beca se llenan de pánico cuando por fin se da cuenta de lo que está ocurriendo, y se apresura a acunar a Chloe contra su pecho.

- Céntrate en mi respiración, Chlo – le ordena en un murmuro. Coge una de sus manos y la presiona contra su abdomen, en la zona del diafragma –. Sigue mi ritmo.

La morena coge y suelta el aire lentamente, llenando su pecho exageradamente para que a Chloe le sea más fácil acompasarse. Le cuesta un poco, es más fácil llevarse por la sensación de que se está asfixiando, por la opresión en su pecho; pero al final consigue seguir el ritmo de Beca y descubre que por fin puede respirar.

Su cuerpo, sin embargo, está aún más dolorido que antes. Se siente igual que si le acabara de pasar un camión con ocho tráileres por encima y luego hubiera intentado correr la maratón de Boston.

- ¿Puedes decirme ahora qué está ocurriendo? – susurra Beca sin soltarla. Sus brazos la acunan con fuerza contra su pecho y es como si tuviera miedo de soltarla, por lo que pudiera pasar entonces.

Chloe suspira, profundamente agotada a pesar de que se ha despertado hace una hora. Al intentar darle voz al diálogo asustado que corre en círculos por su cabeza, su voz se quiebra y vuelven a brotar lágrimas de sus ojos. Traga saliva, haciendo una mueca de asco por el sabor a vómito que permanece en su boca, e intenta hablar como puede.

Beca merece una explicación después de haber sido testigo de todo esto.

- Puede que esté embarazada – musita de forma apenas audible contra la tela de la camiseta del pijama de la morena.

Beca se queda congelada.

- Se me ha retrasado la regla – continúa explicando Chloe con voz rota –, y estaba tan borracha las últimas veces que tuve sexo que no recuerdo… No estoy… No sé si usé… – solloza y se golpea la cabeza con las manos –. Dios, soy tan estúpida.

La morena por fin parece reaccionar. Coge aire profundamente y vuelve a mecer sus cuerpos.

- Hey, hey – la calma Beca, sujetando sus muñecas para evitar que vuelva a golpearse –. No es seguro todavía, ¿no? – espera a que Chloe niegue con la cabeza y entonces asiente –. Vale, entonces no nos adelantemos a los acontecimientos.

Se asoma para poder mirar a la pelirroja a la cara y le seca las lágrimas de la cara con extrema suavidad.

- Vamos a ir a comprar un test y luego ya veremos si es necesario que cunda el pánico – dice, esbozando una sonrisa tentativa.

Chloe no puede evitar soltar una risita húmeda y asiente, dejando que Beca la ayude a levantarse del suelo. Gruñe cuando su cuerpo dolorido protesta ante el más mínimo movimiento y esboza una mueca cuando la cerámica del tazón que ha roto y los cereales caídos crujen bajo las suelas de sus zapatillas de andar por casa.

- ¿Por qué no te duchas mientras voy a la tienda a por el test? – ofrece Beca cuando llegan al pie de las escaleras y Chloe hace amago de ir a coger su abrigo.

- No, Bec, no… – empieza a negar la pelirroja.

La DJ, sin embargo, la corta rápidamente con una sacudida de cabeza y una mano alzada.

- No es molestia, de verdad – le asegura con una sonrisa amable –. Además, los ataques de ansiedad te dejan toda dolorida, no creo que tengas muchas ganas de ir andando hasta allí y luego volver.

Chloe acepta a regañadientes, más que nada porque Beca la hace girar con sus manos y la empuja por los hombros hasta que no le queda más remedio que empezar a subir escaleras o caer hacia delante.

- Seré rápida – promete la morena antes de desaparecer por la puerta.

Chloe se arrastra escaleras arriba y lo primero que hace es lavarse los dientes para librarse del asqueroso sabor a vómito. Luego, coge un pijama limpio y se mete en la ducha, agradeciendo el agua caliente sobre sus músculos agarrotados.

Está peinando sus ondas pelirrojas cuando golpean la puerta del baño con los nudillos.

- ¿Chlo? – llama Beca.

- Está abierta.

La morena entra, dubitativa, pero cuando ve que Chloe está vestida con su pijama limpio del monstruo de las galletas da los últimos pasos al interior del baño y cierra la puerta tras ella. Alza la mano en la que lleva una pequeña bolsa blanca y Chloe la coge con manos temblorosas.

El peso de su realidad vuelve a caer sobre ella como una losa de cien kilos y se siente al borde de otro ataque de ansiedad, de modo que se sienta sobre la tapa bajada del váter y respira lenta y profundamente. Cuando se siente preparada, coge la caja azul de la bolsa y la abre para sacar el palito blanco y azul.

Las instrucciones caen al suelo y Beca se agacha a por ellas, pero no las suelta al primer tirón de Chloe.

Azul bebé se cruza con azul medianoche y ambas mejores amigas se mantienen la mirada durante un largo instante.

- Sea cual sea el resultado, decidas lo que decidas, Chlo… Estoy contigo – promete Beca.

Y Chloe sabe que lo dice en serio. No hay ni una sola pizca de duda en sus ojos, ni una sola nube. Su azul medianoche está limpio y sincero.

(Sin darse cuenta, Chloe se encuentra a sí misma esperando otra vez.)

Parpadea para disipar las lágrimas y asiente, porque con el nudo que tiene en la garganta sabe que hablar, en este momento, no es posible. Sus manos tiemblan cuando por fin coge la hoja de instrucciones, cuando levanta la tapa del váter para sentarse a hacer pis, cuando coloca el palito entre sus piernas.

El minuto de espera hasta que aparezca el resultado es el más largo de su vida. Ha dejado el palito en equilibrio sobre el lavabo y está de espaldas a él, porque no quiere verlo antes de lo estrictamente necesario.

El temporizador en el móvil de Beca anuncia que quedan 30 segundos y descontando.

- ¿Cómo sabías qué hacer antes? – pregunta Chloe de repente, su voz rasposa por todas las emociones juntas.

Beca alza la mirada, sorprendida, desde donde está sentada en el borde de la bañera.

25 segundos.

- ¿A qué te refieres?

19 segundos.

- A cuando no podía respirar – aclara Chloe.

- Mmmm… – Beca desvía la mirada –. Después de que se fuera mi padre, hubo una temporada en que solía tener ataques de ansiedad cuando mi madre también se iba.

13 segundos.

- Una parte de mí sabía que no me iba a abandonar – explica la morena –, pero, um… La ansiedad no entiende de lógica – esboza una sonrisa amarga –. De modo que en los momentos más absurdos me entraba este… – se pausa, buscando cómo expresarlo mejor –, miedo irracional a que mi madre no fuera a volver, por cualquier motivo.

7 segundos.

- Con los años se me pasó, por suerte. Pero mientras era pequeña tuve que aprender a controlarlo – se encoge de hombros.

4 segundos.

Chloe despega los labios para decir algo, aunque no sabe muy bien el qué todavía. Sin embargo, el móvil de Beca empieza a pitar para anunciar que el temporizador ha llegado a cero y las palabras se le quedan atascadas en la garganta junto a la respiración.

Beca se levanta del borde de la bañera, cautela en los ojos y en sus movimientos, como si estuviera esperando a que Chloe volviera a tener otro ataque de ansiedad en cualquier momento.

- ¿Estás lista? – le pregunta en voz queda.

Chloe sacude la cabeza y traga saliva. Beca entrelaza sus dedos con los suyos fríos y le da un apretón de apoyo.

- Recuerda, estoy contigo.

(Sin darse cuenta, Chloe se encuentra a sí misma esperando.)

La pelirroja coge una temblorosa bocanada de aire y se gira para mirar el palito que ha dejado en el lavabo. Tiene grabado en la memoria lo que significa cada resultado: una raya significa que no está embarazada, dos que sí.

Ambas se inclinan sobre el palito para ver el resultado.

- ¿Eso se supone que es una raya o dos? – inquiere Beca, dando voz a la pregunta que ronda por la cabeza de Chloe.

La pelirroja coge el palito del lavabo y lo levanta de forma que la luz de encima del espejo caiga directamente sobre los cuadraditos donde sale el resultado.

Una raya.

- Es una – musita con voz temblorosa.

- ¿O sea…?

Chloe niega con la cabeza para responder a la pregunta que Beca nunca ha hecho y se le escapa un sollozo, pero de puro alivio. Alza la mirada y cuando la cruza con la de Beca, pobre, confusa Beca, que no sabe si Chloe llora de pena o de alegría, la pelirroja empieza a reírse sin poder contenerse.

La expresión de la morena pasa de la confusión absoluta a la comprensión y ella empieza a reírse también. Ambas se funden en un fuerte abrazo, Chloe todavía sujeta con fuerza el palito en su mano, incapaz de creerse su suerte.

Cuando se separan, ambas dejan escapar sendos suspiros de alivio.

(Sin darse cuenta, Chloe se encuentra a sí misma esperando.)

- ¿Qué demonios ha pasado en la cocina? – escuchan a Stacie preguntar.

Beca pone los ojos en blanco y se excusa, saliendo del baño para lidiar con ese asunto mientras Chloe envuelve la caja y el test entre su pijama sucio para sacarlo a escondidas del baño.

(Sin darse cuenta, Chloe se vuelve a sentir decepcionada, triste, y vacía.)

- Chloe se encontraba mal – está explicando la morena cuando Chloe abre la puerta para salir al rellano.

- Woah, sí que tienes mal aspecto – exclama Stacie al ver el rostro pálido y ojeroso de la pelirroja.

- Gracias, Stace, tú sí que sabes hacer sentir guapa a una chica – comenta con sarcasmo.

Pasa al lado de la Bella y comparte una mirada significativa con Beca.

Esto queda entre ellas y solo entre ellas.


- ¿Qué tal te encuentras? – le pregunta Aubrey al poco de comenzar su llamada semanal por Skype. Los ojos verdes de su mejor amiga perforan la pantalla y Chloe tiene la sensación de que está realizando un TAC de su cuerpo entero para asegurarse de que su estado de salud sea el óptimo.

- Bien, ¿por qué lo dices? – ríe, ligeramente incómoda por tanto escrutinio.

- Stacie me dijo que estuviste enferma ayer.

Oh mierda. Cierto.

Esa es la historia oficial. La no oficial es un secreto y Chloe quiere que permanezca así, hasta para su mejor amiga. Sabe que Aubrey solo se preocuparía innecesariamente y le echaría la bronca por haber sido tan estúpida e irresponsable, y sinceramente, Chloe no necesita más culpabilidad en ese aspecto.

Se sirve y se basta con sí misma.

Además, esta mañana cuando se despertó y fue al baño, le vino por fin la regla. Así que asunto zanjado.

- Me debió de sentar algo mal – miente con un encogimiento de hombros.

- Hay un virus circulando por ahí, quizá fue eso – dice Bree, y a pesar de que Chloe se siente mal por estar mintiéndole, sabe que es lo mejor –. ¿Te estás tomando las vitaminas que te dio el médico?

- Sí, mamá – se burla la pelirroja, apoyando la mejilla sobre la mano que tiene alzada en un codo.

- Di lo que quieras, pero necesitas tener las defensas a tope, Chlo – le regaña Aubrey –. Se acerca la etapa más dura del curso y no puedes permitirte caer enferma. Y quizá debas dejar de salir tanto de fiesta.

Chloe alza la cabeza de su apoyo y mira fijamente a la pantalla.

- ¿Cómo sabes tú eso?

- Stacie lo mencionó – responde Aubrey encogiéndose de hombros.

- Voy a tener que tener una charla seria con Stacie – musita Chloe con el ceño fruncido.

- Entonces encontraré otra persona que me cuente las cosas – desestima la rubia con un gesto despreocupado de su mano. Cuando Chloe abre la boca para protestar, su mejor amiga sacude la cabeza y empieza a hablar ella para cortarla –. Ese no es el tema, de todos modos. El tema es que tú cuando sales, sales. Y eso supone un montón de tardes y mañanas perdidas a la resaca. ¿De verdad te puedes permitir eso habiendo suspendido tres años seguidos Literatura Rusa? – pregunta, arqueando las cejas con cierto retintín.

Y, de verdad, Chloe quiere a Aubrey con locura. Pero hay veces que su mejor amiga es difícil de digerir.

Especialmente si estás con la regla y las hormonas revueltas.

- Puedo permitirme lo que quiera, Bree – responde con un poco más de sequedad de la necesaria.

- Bueno, pues esa actitud solo te va a llevar a repetir otra vez, Chloe.

Ambas amigas se miran fijamente, desafiantes. Por sorpresa para ambas, Aubrey es la primera en romperse. Baja la mirada con un suspiro y se frota la mano con las yemas de los dedos.

- Mira… – empieza, su voz mucho más calmada y suave –. Por lo que he oído llevas unos meses comportándote de forma bastante autodestructiva y estoy preocupada, porque cuando hablo contigo haces como si todo fuera bien, aunque sé perfectamente que no es así – esta vez, cuando alza los ojos, su mirada está llena de preocupación y súplica silenciosa.

Chloe se rompe por la culpabilidad. No puede enfardarse con su mejor amiga cuando sabe que el único motivo por el que Aubrey es tan dura con ella a veces, por el que la presiona tanto, es porque quiere lo mejor para ella.

Además, tiene razón. Su comportamiento ha sido autodestructivo, y lo ocurrido ayer fue suficiente para hacerle abrir los ojos. Necesita rodearse de gente que quiere lo mejor para ella porque, aparentemente, Chloe no quiere lo mejor para ella misma.

- Perdí el control por una temporada – admite, avergonzada –. Pero ya me he dado cuenta de que no puedo seguir así.

- ¿Entonces lo vas a intentar de verdad? – pregunta Bree con esperanza en su rostro.

Chloe se encoge de hombros, sin querer hacer promesas que no puede cumplir.

- Necesito oírte decirlo, Chlo – presiona su mejor amiga.

- No puedo – musita la pelirroja.

- ¿Por qué no? Si empiezas ya y te pones en serio, tienes tiempo de sobra. Estamos a marzo y el examen no es hasta mayo.

- No es tan fácil, Bree – niega Chloe, sacudiendo la cabeza.

- En verdad sí es tan fácil, Chloe – rebate Aubrey con firmeza –. Es tan fácil como echarle esfuerzo, sudor y lágrimas. El problema es que lo estás haciendo innecesariamente difícil – le acusa –. A veces parece que lo haces adrede.

Cuando su acusación no recibe más que silencio, Aubrey deja escapar una exclamación ahogada.

Dicen que el silencio otorga, y Chloe, por rehuir la mirada de su mejor amiga y no decir nada, acaba de otorgar.

Alza la mirada de forma fugaz y puede ver en los ojos entornados de su mejor amiga la sospecha que sabe que Aubrey lleva tratando de ocultarle desde la primera vez que suspendió Literatura Rusa. En realidad, es su culpa por buscarse una mejor amiga tan inteligente y perspicaz.

- Chloe, ¿estás suspendiendo adrede? – pregunta la rubia, y su voz tiembla.

Una vez más, Chloe no responde. Pero su silencio habla a gritos.


- ¿Es cierto? – pregunta Beca nada más irrumpir en su habitación.

La puerta que ha lanzado abierta golpea con la pared con un ruido que arranca una mueca a Chloe, pero la morena ni se inmuta.

- ¿Que no sabes llamar antes de entrar? – bromea Chloe arqueando una ceja, desafiante –. Sí, es cierto. Aparentemente.

- Déjate de tonterías, Chloe – le advierte la DJ, amenazadora.

Oh, wow. Alguien necesita respirar hondo y calmarse un poco.

La pelirroja cierra la revista que está leyendo y la deposita sobre la cama, incorporándose hasta quedar sentada con los pies tocando el suelo. Desde esa posición todavía no hace falta que mire hacia arriba para poder mirar a Beca a la cara, porque la morena se mantiene quieta en la entrada de su habitación.

Parece tremendamente cabreada y Chloe, a pesar de que es ligera, tiene una sospecha de qué puede haberle hecho enfadar tanto.

- Entonces tendrás que ser más específica, Beca – mantiene su actitud porque, en caso de que sus sospechas se confirmen, la va a necesitar. Y en caso de que sea otro tema completamente diferente, siempre pueden reírse y decir que era una broma.

La morena da un par de pasos más para entrar en la habitación y cierra la puerta tras ella con un poco más de fuerza de la necesaria, alertando a la casa entera de que algo gordo está pasando. A Chloe no le sorprendería si, si pudiera mirar a través de la madera, descubriera a ocho chicas apiladas unas encima de otras para poder pegar la oreja a la puerta y escuchar qué está ocurriendo.

Aunque, por la forma en que Beca tiene las manos convertidas en puños y sus ojos echan fuego, algo le dice que quizá no necesiten tener que pegar las orejas a la puerta para poder oír lo que dicen.

- ¿Es cierto que has estado suspendiendo Literatura Rusa a propósito para poder quedarte más tiempo en Barden? – espeta Beca, su voz tiembla por el esfuerzo que está haciendo por contenerse.

- Veo que Aubrey ha hablado contigo – comenta Chloe con frialdad –. Wow, solo ha tardado un mes.

- Está preocupada, cree que lo vas a volver a hacer – defiende la morena –. Le he dicho que hablaría contigo para tratar de disuadirte, pero espero que Aubrey solo esté siendo paranoica y no tenga razón. ¿La tiene?

Beca la mira fijamente, midiéndola. Chloe cruza los brazos en su pecho y saca barbilla, desafiante.

- ¿Qué pasa si te digo que sí?

- ¡Por dios, Chloe! – estalla Beca, llevándose las manos a la cabeza con incredulidad –. ¿Sabes?, cuando me dijiste que ibas a volver este año, empecé a sospechar que algo estaba pasando, pero no creía que fueras tan tonta como para hacerlo de verdad.

La pelirroja recula cuando el insulto sale con intensidad de la boca de su mejor amiga y la golpea igual que si hubiera adquirido forma física y le acabara de dar una bofetada. Se levanta de la cama, ofendida.

- ¿Qué tiene de malo que siga en Barden si se puede saber? – pregunta, encarando a Beca –. ¿Qué más te da a ti? No te afecta en nada – le recrimina –. Es más, es justo al contrario.

La morena frunce el ceño.

- No es… – empieza a decir.

- No, déjame terminar – le corta Chloe alzando una mano –. ¿Tengo que recordarte lo aliviada que estabas el primer año cuando descubriste que volvía a Barden? Estabas perdida a más no poder y necesitabas mi ayuda. Y he demostrado con creces mi valía. Hemos ganado dos años seguidos el Campeonato Nacional y eso nunca antes lo habíamos conseguido.

- ¡Por supuesto que necesitaba tu ayuda! – exclama Beca –. ¡Pero ese no es el tema, Chloe! – resopla y se aprieta el puente de la nariz para calmarse, obligándose a hablar a continuación en un tono de voz normal –. En ningún momento pretendía insinuar que no necesitara tu ayuda. Es cierto, estaba súper perdida y saber que ibas a volver a Barden fue como encontrar un faro en una tormenta – admite mirándole a los ojos para que vea que está siendo totalmente sincera.

A pesar de todo, Chloe se cruza de brazos otra vez y espera el momento en que Beca vuelva a girar la conversación al tema principal.

- No habríamos llegado hasta donde hemos llegado sin ti. Tengo súper claro que ha sido todo gracias a ti. Pero eso no quita que estás malgastando tiempo y dinero en Barden cuando podrías estar haciendo cosas mejores.

- ¿No te has parado a pensar que quizá no quiero estar haciendo otra cosa, Beca?

- ¡Eso es lo que no me entra en la cabeza! – vuelve a estallar, llevándose las manos a las sienes –. Por dios, ¡es como si no te dieras cuenta del jodido potencial que tienes!

Chloe deja escapar una risa amarga y sacude la cabeza en una negación.

- ¿Potencial para qué? No creo que haya muchas profesiones ahí fuera en las que se requiera saber liderar a grupos de a cappella.

- Chloe, eres mucho más que las Bellas – dice Beca –. Vales mucho. Vales por todas nosotras – hace un gesto circular con los brazos para abarcar la casa y lo que simboliza –. Permanecer año tras año en las Bellas solo te está frenando de poder mostrar tu verdadero potencial.

La forma en que las palabras caen de su boca las hace sonar casi desesperadas, como si la vida de la morena dependiera de que Chloe se creyera lo que está diciendo.

- Deberías estar ahí fuera – señala hacia la ventana –. Deberías estar volcándote en un trabajo que te encante, que te vuelva loca, que no se sienta como un trabajo. Deberías estar haciendo algo en lo que seas jodidamente buena y dejes a todo el mundo sin palabras.

- ¡Ya lo estoy haciendo, Beca! – exclama Chloe –. Eso es lo que hago en Barden, en las Bellas. Es lo que me hace feliz, lo que me vuelve loca, en lo que soy jodidamente buena. Si de verdad eres mi mejor amiga deberías estar satisfecha con que haga lo que me hace feliz. Y las Bellas me hacen feliz.

- Por dios, ¿eres capaz de pensar en algo que no sean las Bellas? – le espeta Beca –. Les has dedicado seis años de tu vida, Chloe. Es más que suficiente.

- ¡No para mí!

- Lo siento, pero me niego a creer que las Bellas es todo a lo que aspiras en la vida, Chlo – rechaza Beca, negando con la cabeza y alzando las manos estiradas para luego dejarlas caer a ambos lados de su cuerpo.

- Por qué te importa tanto qué haga con mi vida, ¿eh? – le espeta.

- Chloe, eres mi mejor amiga. Por supuesto que me importa lo que hagas con tu vida – sentencia Beca con un bufido, casi como si se sintiera ofendida por la pregunta.

- ¿Solo por eso? – insiste Chloe.

No sabe lo que espera. No sabe por qué sigue presionando. Solo que tiene que hacerlo.

- ¡Y porque te quiero y no quiero verte malgastando tu potencial en las Bellas! – estalla Beca.

- Pues, ¿sabes qué, Beca? Tengo noticias para ti – increpa, dando un paso hasta que casi no hay que diez centímetros de distancia entre ambas. Su voz es calmada y firme cuando habla –. Es mi vida y voy a malgastarla como me dé la gana.

Pasa a su lado, asegurándose de que sus hombros choquen, y se dirige como un huracán lleno de furia a la puerta.

- Vale – acepta Beca tras ella, pero Chloe no se detiene –. ¡Como quieras! ¡Allá tú! – le grita, y su voz persigue a la pelirroja como un fantasma escaleras abajo, hasta que cierra la puerta delantera de la casa de un portazo y lo deja pillado en el umbral.


No se da cuenta en el momento.

Está tan cabreada que no es capaz de pensar en nada, su cabeza es un hervidero de actividad y sus pensamientos pasan a la velocidad de la luz por su consciencia, tan rápido que no puede centrarse en ninguno sin que le dé vértigo.

No se da cuenta en el momento.

Necesita quince minutos hasta que es capaz de calmarse lo suficiente, y entonces comienza a reproducir otra vez su pelea con Beca desde el principio. Bufa para nadie en particular, asustando a un par de estudiantes que se cruzan en su camino y que creen que han sido la causa de la que la usual sonriente y amable pelirroja les acabe de bufar como si se hubiera convertido en un gato poseído por el Diablo.

No se da cuenta en el momento.

Pero cuando por fin se da cuenta se frena en seco en medio del césped que está cruzando con zancadas llenas de rabia. Sus pies se quedan fijos en la tierra, y su cuerpo se inclina hacia delante, empujado por el moméntum.

Frunce el ceño y cuando el recuerdo se solidifica en su mente, deja escapar una exclamación ahogada. No puede creerse que, después de tanto esperar, lo pasara por alto.

Saca su móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y abre la aplicación de mensajería, buscando la conversación que tiene con Beca.

Becs 3

últ. conexión a las 14.29

Has dicho que me querías

Espera impaciente la respuesta de Beca, marcando un ritmo frenético con su dedo sobre uno de los laterales de su iPhone. Cuando este por fin vibra para señalar un mensaje entrante, se da tanta prisa por abrirlo que el móvil resbala de entre sus manos y lo agarra entre el meñique y el anular de la mano izquierda por pura suerte.

Deja escapar un resoplido de alivio y su móvil sigue vibrando con más mensajes entrantes en el corto tiempo que tarda en asegurarlo en sus manos y desbloquearlo.

Becs 3

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Has dicho que me querías

(18:57) Sí

(18:57) Porque lo hago

(18:57) No vuelvas a suspender literatura rusa otra vez, Chlo

(18:57) Por favor

(18:57) Te mereces algo mejor que Barden

Pero Chloe solo puede pensar en que Beca por fin le ha dicho que la quiere.


A punto de comenzar a hacer su tercer examen de Literatura Rusa, Chloe recuerda el mensaje de su galleta de la fortuna.

¿Cuánto tiempo más vas a perder esperando?

Ha tardado un poco, pero cree haber encontrado su respuesta por fin.

Se dice a sí misma que solo necesita un año más y, cuando el profesor Smirnov deja las tres hojas grapadas sobre su mesa con una mirada resignada, Chloe coge su bolígrafo con determinación renovada.

Marca todas las opciones B como la respuesta correcta sin siquiera molestarse en leer las preguntas, pensando en que solo necesita un año más.

Y es que, en el caso de Chloe, a la tercera no va a la vencida.


A comienzos de septiembre, Chloe vuelve a Barden.

Dirige su viejo Beetle a través de las masas de alumnos que van de un lado a otro, cargados con maletas y cajas llenas de sus pertenencias. Es fácil identificar cuáles son los que entran nuevos, sus caritas son todavía de bebé y tienen aspecto de estar completamente perdidos. Además, todos llevan en la muñeca el silbato anti violación.

Cuando ve la casa de las Bellas a través de su parabrisas polvoriento, Chloe sonríe.

La puerta de la casa está abierta de par en par, al igual que las ventanas de las habitaciones que se están preparando para ser rehabitadas. Aparca su Beetle en la entrada y, cuando cesa el rugir de su viejo motor, puede escuchar desde donde está los gritos de las chicas mientras organizan sus cosas.

No se molesta en descargar su coche todavía, primero quiere saludar a sus Bellas. Sube los escalones de ladrillo de la entrada y su sonrisa se ensancha cuando, justo en ese momento, Beca sale del salón y cruza el rellano de entrada hacia las escaleras.

- ¡Becs! – exclama, emocionada.

Abre los brazos mientras se acerca, esperando que Beca sonría y corra a abrazarla después de todo el verano sin verse.

Sin embargo, la expresión de Beca se vuelve seria. Casi decepcionada. La mira fijamente durante un interminable minuto, suficiente para que Chloe deje caer los brazos progresivamente al darse cuenta de que ese abrazo que tanto ansia no va a pasar. Su sonrisa pierde fuerza y brillo, a la vez que la sensación de que algo va mal crece en su interior.

Beca sacude la cabeza, ahora claramente decepcionada, y le da la espalda para subir las escaleras a su habitación.

Chloe se queda parada en la entrada, todo su cuerpo frío a pesar de que los 36º que hay de temperatura. Ya no está segura de que volver fuera tan buena idea, tiene un mal presentimiento sobre este año.


Esa fue la segunda vez que Chloe perdió a Beca.

Y ese algo oscuro y pesado que cuelga en su interior pierde un enganche más al ver a su mejor amiga desaparecer escaleras arriba sin siquiera dirigirle la palabra. Al saber que, una vez más, Chloe es la causa de su decepción.