A/N: ¡SORPRESAAAAAAA! ¡Feliz Día Internacional del Beso! Si tenéis a alguien, dadle un beso por mí ;)


5. BREAK FREE FROM THESE SHACKLES AND LET ME BEGIN TO SHOW YOU HOW I LOVE YOU

(New York)

Chloe se muda a Nueva York un 10 de agosto.

El calor de la ciudad es asfixiante y la golpea en cuanto pone un pie en la escalera metálica del avión y abandona su fresco interior. Empieza a sudar de manera inmediata y rápidamente se recoge sus largas ondas pelirrojas en una coleta alta que cuela por la parte trasera de su gorra.

Puede notar el calor del asfalto de la pista de aterrizaje traspasar la fina suela de sus sandalias, y por miedo a que se le derritan, decide no quedarse allí parada por mucho más tiempo. Se apresura a ponerse a la altura de los demás pasajeros de su vuelo, cargando con su mochila hasta el autobús que los llevará a la terminal.

Mientras espera a que la cinta metálica comience a girar con el equipaje, saca su móvil del bolsillo trasero de sus shorts vaqueros. Se seca las manos sobre la tela azul antes de tocar la pantalla para evitar que el sudor acumulado en su piel llene el cristal de manchas, una manía que le traspasó su madre.

Becs :3

últ. conexión 16:16

Ya estoy aquí!

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Echa un último vistazo a su selfie sonriente con el aeropuerto de fondo y una mano alzada para hacer el signo de la paz, y sale de esa conversación para avisar a Bree, su madre y su hermano Charlie de que ha aterrizado sana y salva.

En ese instante de calma, la realidad cae sobre ella como un cubo de agua helada. Se queda paralizada por un instante, siendo extremadamente consciente de que está en Nueva York a punto de comenzar una etapa de su vida llena de incertidumbre.

Dios sabe si de verdad está preparada para convertirse en una veterinaria. Si le gustará ese trabajo lo suficiente como para hacerlo el resto de su vida. Si se llevará bien con sus jefes, con sus compañeros, con los animales. Si la convivencia con Amy y Beca va a funcionar. Si va a ser capaz de soportar ver a Beca y Jesse juntos todo el rato otra vez.

Siente que cae en una espiral de dudas e interrogantes para los que no tiene respuesta, y eso le agobia. Todo su cuerpo tiembla, pero ya no sabe si se trata de excitación o de puro miedo.

El zumbido del motor de la cinta transportadora es una agradable distracción. Parpadea para centrarse y busca con la mirada su otra maleta roja. Tras recoger todo su equipaje, se dirige con calma a la salida en una hilera compuesta por recién llegados.

La emoción flota en el aire sobre todos ellos a medida que se acercan a las puertas corredizas de cristal donde, al otro lado, esperan con impaciencia y alegría las parejas, las familias, los amigos… Pero a Chloe no le espera nadie al otro lado.

- ¿Tiene que ser un jueves? – se lamentó Beca una semana antes cuando Chloe llamó para informarle de que ya tenía los billetes de avión.

El rostro de la DJ llenaba la pequeña pantalla de su móvil con su expresión de descontento, y la pelirroja pensó que era absolutamente adorable.

- Era la opción más barata, Bec – explicó, encogiéndose de hombros con una pizca de arrepentimiento. Porque sabía lo que significaba, sabía por qué a su mejor amiga le molestaba tanto que hubiera escogido ese día y ese horario en concreto.

- Pero no podré ir a recogerte al aeropuerto…

- Lo sé – suspiró Chloe con una suave sonrisa en los labios. El brazo empezó a dolerle de tenerlo suspendido en el aire tanto tiempo, de modo que dobló una pierna y reposó el codo sobre su rodilla, encuadrando otra vez su rostro con la cámara interior de su iPhone –. Pero no pasa nada, estás trabajando, quedas disculpada.

Vio que su perdón hacía poco para calmar a Beca, así que llamó su atención para que la mirase a los ojos y reiteró sus palabras con más énfasis.

- De verdad que no pasa nada, no me importa coger un taxi a casa – le aseguró –. Además, probablemente entre que recojo el equipaje, encuentro un taxi, y sorteamos el tráfico de hora punta, ya habrás llegado a casa del trabajo – le recuerda con una sonrisita.

Supo que eso sí que logró apaciguar a su mejor amiga cuando la DJ respondió a su sonrisa y asintió con la cabeza.

Así es como, veinte minutos después de haber aterrizado en Nueva York, Chloe por fin consigue un taxi libre. Con un suspiro agotado, soñando ya con una ducha helada que le libre de ese calor húmedo, se deja caer en el asiento trasero del taxi después de ayudar al conductor a encajar sus maletas en el maletero.

Escucha el golpe seco de la puerta del maletero cerrarse y, segundos después, el taxista ha vuelto al fresco interior del vehículo. Reposa sus regordetas manos sobre el volante cubierto por una funda que imita la piel de un leopardo y se seca el sudor de la frente y el cuello con un pañuelo de tela que luego vuelve a guardar en el bolsillo derecho de sus bermudas caquis.

- ¿A dónde se dirige? – pregunta mirándola a través del espejo interior.

Chloe, ya preparada, baja la mirada y lee la dirección que Beca le mandó por mensaje y que ella marcó como importante y guardó porque sabía que necesitaría tenerla a mano. La ha memorizado, pero aun así se asegura de decirlo bien con el mensaje delante.

- Al 63 de la calle Verona, en Red Hook – informa. Y luego, por si las moscas, añade –: En Brooklyn.

El conductor asiente, sin sentirse molesto por tanta aclaración a pesar de que es su trabajo conocerse prácticamente de memoria la ciudad. Inserta la dirección con dedos sudorosos en su GPS, dejando marcas en la pantalla que causan que Chloe aparte la mirada con un escalofrío de repelús.

Sale de la fila de taxis inmóviles con un acelerón que empuja a la pelirroja contra el respaldo de su asiento. En algún punto del trayecto, el taxista enciende la radio y sintoniza una emisora que solo pone música de un estilo que parece hindú.

Becs :3

en línea

Ya estoy aquí!

imagen

(17:01) Yaaaaay!

(17:01) Acabo de salir del trabajo, has encontrado taxi ya?

(17:01) Necesitas que vaya a por ti?

He encontrado taxi

Después de casi diez minutos u_u

Ya voy de camino

(17:02) Joder

(17:02) Me doy prisa entonces

(17:02) Nos vemos en nada! :D

Siiiii

:D :D :D

Levanta la vista del móvil, el cual devuelve a su sitio en el bolsillo trasero de sus shorts. Sus ojos automáticamente se desvían a la ventanilla que tiene a su derecha, a las calles que pasan como un borrón a su lado. Rascacielos, edificios de ladrillo, parques y el puente.

Oh, el puente de Brooklyn.

El sol bajo de la tarde destella sobre el río y los cables del puente, que se alzan metros de altura hasta la punta, proyectan todo tipo de sombras que tienen los dedos de Chloe crispándose en su rodilla por las ganas de coger un pincel, acuarelas y un lienzo en blanco, y empezar a jugar con la luz y las sombras hasta conseguir captar la belleza de ese paisaje.

Sin embargo, es plenamente consciente de que nada es comparable con la realidad de ese momento y ni parpadea mientras cruzan la estructura, sin querer perderse ni un solo instante.

Apenas lleva una hora en Nueva York, y ya está enamorada de la ciudad.

El problema es que, con cada kilómetro que le acerca a su destino, Chloe siente su ansiedad subir de intensidad. Los nervios, tanto buenos como malos, hacen que su estómago se retuerza de forma casi dolorosa; y la incertidumbre genera millones de alternativas catastróficas que flotan como un huracán por su cabeza y la marean.

Está prácticamente temblando cuando sale del frescor generado por el aire acondicionado del coche al asfixiante calor de la calle. Empieza a sudar de nuevo al instante. Esta vez, el conductor rechaza todos sus intentos de ayudarle a sacar las maletas del maletero y Chloe se ve obligada a simplemente quedarse parada en la acera, observando.

El hombre termina por pelearse con el estrecho espacio y el peso de las maletas, y deposita la segunda justo al lado de Chloe sobre el cemento caliente de la acera. La pelirroja le regala una enorme sonrisa agradecida y se asegura de dejar una propina generosa por sus servicios.

Para cuando logra subir las escaleras de la entrada y arrastrar el equipaje al ascensor, tiene la camiseta empapada y puede notar gotas de sudor resbalando por su canalillo. Se quita las gafas de sol y las engancha en el escote de la camiseta, presionando el botón del séptimo piso con manos ligeramente temblorosas.

Las puertas metálicas se abren con un chirrido y Chloe sale al fresco y ensombrecido pasillo. Camina de espaldas, porque así es más sencillo dirigir las dos maletas por el estrecho espacio. Por el rabillo del ojo comprueba las letras de un desvaído dorado que cuelgan del exterior de las puertas de madera de cada apartamento.

Llega a la D, buscando la G, y escucha una puerta abrirse tras ella. Se estira, dejando las maletas estables sobre sus cuatro patas sobre el sucio suelo del pasillo, y tuerce sobre sí misma para mirar quién es.

Apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que un borrón moreno y pequeño se abalance sobre ella. Finos brazos se enroscan alrededor de su cuello y la atrapan en un abrazo con tanta fuerza que Chloe recula un par de pasos y casi se caen al suelo cuando tropieza con sus maletas.

Pero Beca está entre sus brazos, riéndose en su oído, así que se reequilibra con ayuda de algún tipo de fuerza misteriosa y devuelve el abrazo con ganas.

- No me puedo creer que vayamos a vivir juntas otra vez – musita Beca, emocionada, a modo de saludo.

Chloe puede notar su mandíbula moverse donde la tiene apoyada en su hombro, sus ondas castañas le hacen cosquillas en la nariz y el menudo cuerpo de la DJ está completamente presionado contra el suyo.

Siente todas sus preocupaciones desvanecerse como si nunca hubieran existido. Sus músculos se relajan, el nudo de su estómago se afloja y es capaz de respirar hondo por primera vez desde que se subió al avión.

Se recuerda a sí misma las palabras que con tanta convicción le repitió a Aubrey cuando le anunció que se iba a ir a vivir a Nueva York: todo va a salir bien. Porque por fin, desde esa mañana en Barden en que se despidió de Beca por el verano, siente que está de nuevo en casa.

Beca es su casa.


- ¿No os parece precioso? – suspira Stacie de forma soñadora. Su mejilla reposa en su puño, que tiene alzado sobre un codo en la mesa redonda, justo al lado del plato ya vacío que antes contenía un brownie con una bola de helado de vainilla.

Chloe le da la razón con un "mmhh" de afirmación, sin apartar ni un solo instante la mirada de la pista de baile. Azul bebé observa con ojos llenos de orgullo y cariño cómo Cynthia Rose sonríe con adoración a su recién nombrada esposa mientras ambas bailan, completamente inmersas en su mundo.

- ¿Stacie Conrad suspirando por una boda? – pregunta Amy desde el otro lado de la mesa redonda. Sus cejas están arqueadas por la sorpresa y tiene una cuchara llena de brownie en la mano.

Si Chloe no ha contado mal, ese es el tercero que se come. Ha aprovechado que el postre se ha servido mientras muchos están bailando para escurrirse entre las mesas esparcidas a lo largo del salón e ir robando platos sin dueño.

- Sí, tía, pensé que eras de las que nunca querría asentar cabeza – observa Beca, curiosa. Acaba de llegar de coger más bebidas para todas, pero de alguna forma ha escuchado la conversación.

La DJ se inclina al lado de Chloe para dejar la bandeja con copas de champán que ha cogido de la barra del bar lo más cerca que puede del centro de la mesa sin dejarlo literalmente encima del centro de mesa, que es un pequeño jarrón lleno de camelias rosas y blancas.

Al retirarse para sentarse, su mano se posa brevemente sobre el hombro de Chloe, quien le da las gracias con un suave apretón y una dulce sonrisa.

- No digo que quiera eso ahora – se apresura a negar Stacie. Alarga una mano para coger una nueva copa de champán y la deposita sobre el mantel blanco frente a ella –. Solo digo que me gustaría poder tener algún día esa complicidad con alguien, ¿sabéis?

Hace un gesto de cabeza hacia la pista de baile que causa que todas se giren para volver a mirar a la pareja de recién casadas: ahora ambas descansan sus frentes en la de la otra, los ojos cerrados por la cercanía y unas sonrisas exuberantes de felicidad en sus labios mientras se mecen lentamente al ritmo de la música.

- Quizá cuando sea mayor – continúa diciendo Stacie con voz pensativa. Sus ojos verdes destellan con un brillo pícaro y sus labios, pintados de rosa para ir a juego con el vestido de flores que les corresponde como damas de honor, se tuercen en una sonrisa –. Necesitaré una distracción para cuando ya sea tan mayor que mi vagina se haya secado y el sexo no me parezca atractivo.

Deja escapar una risa cuando las reacciones que esperaba se hacen escuchar. Un coro de quejas y exclamaciones de asco se alzan de la mesa, atrayendo unas cuantas miradas curiosas de las mesas más cercanas y algunas de las personas que están bailando.

CR les lanza una mirada sabedora, sospechando ya, a pesar de que no sabe de qué va la cosa, por qué exactamente Beca se ha tapado las orejas y musita "lalalala" para sí misma para acallar cualquier ruido, por qué Amy ha alejado el plato de brownie con un gesto nauseoso, y por qué Aubrey está tapando los oídos de una Emily que parece horrorizada.

La única que se repone con relativa facilidad es Chloe, ya que, a pesar de torcer el gesto brevemente por la crudeza con la que se expresa Stacie, se ha unido a las carcajadas de la morena de manera casi inmediata.

Para Chloe, el sexo es algo natural. Forma parte de la vida y no entiende tanto tabú alrededor del tema cuando todo el mundo, o casi todo el mundo, tras puertas cerradas disfrutan de él. Y después de tres años conviviendo con las Bellas en la misma casa, puede decir que sabe a ciencia cierta que todas disfrutan del sexo tras puertas cerradas.

Stacie comparte esta forma de ver la vida, y Chloe está bastante segura de que eso, entre otros muchos motivos, es lo que hace que cliquen tan bien y encajen como dos piezas consecutivas de un puzzle. Son como almas gemelas, solo que de la forma más platónica posible.

- ¿Tú qué opinas, Chloe? – inquiere Stacie.

Chloe tiene que morderse la lengua para reprimir la risa que le produce escuchar un suspiro de alivio colectivo procedente de las Bellas que están en la mesa ante el cambio de tema.

- Estoy de acuerdo – responde con un pequeño asentimiento –. Me gustaría llegar a tener esa complicidad con alguien, es solo que… – suspira de forma casi melancólica y azul bebé revolotea por el salón antes de fijarse en las recién casadas –. Ojalá sea más pronto que tarde – termina, y una sonrisa casi amarga se dibuja en sus labios.

- Si buscas una pieza de hombre salvaje, yo te puedo pasar el número de alguno de mis exnovios – ofrece Amy, que ha vuelto a recuperar el interés por su brownie rechazado.

- ¡Oh! – exclama Stacie al acordarse de algo de repente, su rostro iluminado –. ¡Yo tengo un compañero de trabajo que sería ideal para ti! – asegura con tanto énfasis que golpea con la palma de su mano la mesa un par de veces, haciendo tintinear las copas hasta que Aubrey la obliga a parar.

Beca, que se ha mantenido extrañamente callada durante la última parte de la conversación, interrumpe las ofertas que llueven sobre Chloe antes de que esta tenga oportunidad de aceptar o rechazarlas. Alza el dedo índice de la mano con la que sujeta la copa de cristal para señalar que quiere decir algo, y cuando tiene la atención de las Bellas, tensa sus labios en una fina línea.

Chloe teme lo que pueda caer de su boca a continuación, porque tiene todo el potencial de destrozarla.

- Yo pienso que eso de la complicidad es estúpido – opina la morena.

Aubrey bufa ante su comentario y arquea una ceja con esa expresión crítica que era tan habitual verle dirigir a Beca en su primer año como capitana de las Bellas. Chloe le lanza una mirada de advertencia para que se controle.

Las demás Bellas sacuden la cabeza en una negativa, pero la única que se atreve a alzar la voz es Amy.

- Lo siento, Beca – masculla con la boca llena de helado de vainilla –, pero no puedes opinar sobre este tema.

- ¿Qué? ¿Por qué no? – se indigna la DJ.

- Porque es hipócrita – acusa Aubrey con una mirada fulminante.

- Porque – interrumpe Stacie, alzando las manos en una petición de que haya paz cuando Beca devuelve la mirada con igual de intensidad –, tienes pareja desde hace años.

- ¿Y solo por tener novio ya no puedo opinar? – pregunta, enfurruñada.

- No – contesta Amy con un tono que lo hace sonar como si fuera obvio –. Tú ya has encontrado a tu persona.

La mano de Chloe se crispa sobre su copa de champán con tanta fuerza que teme que el cristal estalle bajo la palma de su mano. Sin embargo, la copa aguanta sin tan solo un chasquido y Chloe la alza para dar un largo trago que vacía sus contenidos hasta la mitad.

De repente desea que este tema se hubiera dado por zanjado en el momento en el que Stacie sacó a relucir a su vagina.

- Vale, eso es incorrecto en muchos sentidos – intenta rebatir Beca con un dedo acusatorio, a pesar de que está claro que las Bellas ya han tomado su decisión al respecto y nada va a hacerlas cambiar de opinión.

- Acéptalo, DJ Bex – dice Amy, encogiéndose de hombros.

- Pero… - protesta Beca.

- No tiene sentido luchar contra lo inevitable – apoya Stacie con un puchero apenado, como si sintiera pena de que Beca siguiera en negación.

- Lo más probable es que tú y Jesse seáis los próximos en estar ahí – observa Emily. Su rostro luce una sonrisa emocionada cuando señala hacia el centro de la pista de baile, donde CR y su mujer siguen sumergidas en su pequeña burbuja.

Todas las Bellas asienten, a excepción de tres.

Beca, porque se queda congelada al escuchar esa predicción de su futuro. Chloe, porque tiene que luchar contra la mueca que quiere abrirse paso por su rostro. Aubrey, porque solo tiene ojos para el sufrimiento de su mejor amiga.

Justo en ese momento, como si haber escuchado su nombre le hubiera invocado, Jesse hace acto de aparición en la mesa de las damas de honor con su característica sonrisa de niño pequeño.

El que faltaba, piensa Chloe, resistiendo a duras penas las ganas de poner los ojos en blanco. Por supuesto que tenía que hacer acto de aparición precisamente ahora.

- ¡Jesse! – saluda Stacie con una expresión algo traviesa –. Justo estábamos hablando de ti – le cuenta, ignorando descaradamente la mirada de advertencia que le lanza Beca.

- ¿Ah sí? – inquiere el joven, claramente intrigado. Reposa sus manos sobre los hombros de la DJ, que se relajan ante su roce.

Chloe aprieta los dientes y aparta la mirada, crispada por ese gesto que dice a gritos: complicidad.

- Estábamos comentando cómo lo más probable es que seáis los siguientes en casaros – y Chloe nunca ha tenido nada en contra de Emily, es más, la quiere con locura, pero ahora mismo le encantaría borrarle esa sonrisa orgullosa del rostro metiéndole la servilleta en la boca.

Beca se tensa de nuevo, todo su cuerpo parece preparado para salir corriendo como ese comentario le dé la idea a Jesse de que es el momento adecuado de plantarse sobre una rodilla. Sus ojos muestran cautela cuando se cruzan de forma fugaz con los de Chloe.

Jesse, sin embargo, se lo toma muy bien. Deja escapar una carcajada alegre y sus ojos marrones destellan de una forma que, si Chloe deja de lado todos su celos y prejuicios, podría llegar a encontrar encantadora.

- ¿Cómo van las apuestas? – pregunta, divertido.

- No hemos llegado a eso – dice Amy. Ante la mirada furiosa que le lanza Aubrey, la australiana emite un extraño sonido del fondo de su garganta y se corrige –. Porque nunca… Um, nunca, nunca, apostaríamos sobre un tema así – asegura de forma lenta y dubitativa, sus ojos abiertos de par en par.

Jesse frunce los labios para no reírse y pone su mejor rostro serio para asentir como si Amy hubiera resultado creíble.

- Claro, claro – carraspea. Se inclina sobre la mesa, tapándose con una mano un lado de su boca, y dice en voz baja –. En el caso de que esa supuesta apuesta existiese, que no estoy diciendo que lo vaya a hacer – se apresura a aclararle a Aubrey –, yo pondría todo mi dinero a que sí.

Vuelve a estirarse al mismo tiempo que les lanza un guiño travieso a las Bellas, que estallan en gritos emocionados.

(Nadie se da cuenta de cómo la sonrisa tensa se borra del rostro de Beca para convertirse en un ceño fruncido en desacuerdo y molestia.)

Chloe rehúye la mirada compasiva que Aubrey le lanza desde su sitio a un lado de la mesa redonda y se inclina hacia delante para coger una nueva copa de champán llena hasta arriba que procede a vaciar rápidamente.

- Un brindis, chicas – pide, alzando su copa en el aire.

- Uh-oh – musita Amy desde su silla.

- Chloe… – empieza a intentar disuadirle Aubrey, sus ojos verdes llenos de pánico.

- ¿Qué pasa? – pregunta Emily sin enterarse de nada.

- Prometo que este es bueno – jura Chloe con un asentimiento, a pesar de que en ningún momento hace contacto visual con ninguna de sus mejores amigas.

Ve que las Bellas no se lo terminan de creer, pero se unen a ella para no dejarla tirada y alzan sus copas en el aire. Hasta Jesse se une.

Chloe lanza una última mirada a las recién casadas. Con ojos llenos de lágrimas que espera que todo el mundo crea que son por ver a CR así de feliz, y una sonrisa que se pinta en los labios para enmascarar su tristeza, proclama:

- ¡Por el amor!

Las Bellas lo corean con notable alivio. Las demás mesas se hacen eco del brindis y el salón se llena de gritos que celebran el amor con el chinchín de sus copas de champán.

Chloe se bebe su champán de un trago. Piensa en cómo amar es para ella una segunda naturaleza, su primer instinto, algo tan fácil como respirar y tan placentero como un buen orgasmo. Pero, por primera vez en su vida, odia esa parte de sí misma.

Por primera vez en su vida, Chloe desearía no ser amor.


Al poco de empezar a convivir en el pequeño apartamento, Beca le advierte de que algunos fines de semana Amy desaparece.

- ¿Cómo que desaparece? – pregunta Chloe, confundida, casi creyendo por un instante que Beca le está tomando el pelo.

- Simplemente se marcha – explica Beca encogiéndose de hombros –. Dice que va a Starbucks un momento y reaparece el domingo por la noche después de todo el fin de semana sin dar señales de vida excusas vagas que nunca termina de relatar.

- Pero, está bien, ¿no? – insiste Chloe para asegurarse –. No está metida en problemas, ¿verdad?

- No, no, nada de eso – niega Beca sin una sola muestra de preocupación –. Mi sospecha es que ha vuelto con Bumper en secreto – teoriza –, pero tú asiente y finge creerte sus anécdotas sobre peleas al estilo Jackie Chan y cómo esas marcas de su cuello no son chupetones, sino de las rozaduras de una cuerda – le aconseja.

Al ver que Chloe está teniendo problemas para comprender la situación, Beca suspira y procede a tranquilizarla.

- Mira, no es nada nuevo, ya lo hacía en Barden – le dice –. Si te lo he contado es más que nada para que no te asustes cuando vuelva a pasar.

Chloe asiente lentamente para demostrar que, aunque no termine de entenderlo, está dispuesta a colaborar en el acto de que no hay nada extraño en que una persona mienta sobre su paradero y desaparezca sin dar mayor explicación.

Es una de las (des)ventajas de tener a Amy la Gorda como compañera de piso, supone.

Una noche de un nevoso viernes de enero, la historia vuelve a repetirse en el patrón que Chloe ha empezado a reconocer: Amy comienza a meter ropa en una mochila de esa forma descuidada que a Aubrey le causaría un ataque de nervios mientras parlotea de forma incesante sobre cómo se le está antojando uno de los frappés de plátano y fresa del Starbucks.

- Quizá acompañado de un muffin de vainilla – comenta, pensativa – No sé qué les echan, pero esas mierdas están deliciosas – dice a cualquiera que esté interesado en escucharla, haciendo aspavientos con el cepillo de dientes que lleva en la mano.

Chloe, que está sentada en la encimera de la cocina, echada hacia delante para no golpearse con los armarios de la pared, intercambia una mirada cómplice con Beca.

La DJ se muerde los labios para no delatarse y devuelve rápidamente su atención a la pantalla de su portátil, el cual descansa frente a ella en la mini mesa del comedor, justo a tiempo para que Amy no sospeche nada cuando se gira a preguntarles si quieren algo del Starbucks.

Es parte del acto: Amy se ofrece a comprarles algo, Chloe y Beca responden con una negativa porque saben que es una oferta que nunca se va a convertir en realidad; y a la siguiente vez que vuelva a ocurrir, Amy volverá a ofrecerse y Chloe y Beca volverán a negarse.

- No, gracias, Ams – responde Beca con la sombra de una sonrisa torcida.

Que el show continúe.

- ¿Y tú, pelirroja? – la atención de la australiana se desvía a Chloe, que se cubre la boca con una mano para tapar la risita que casi se le escapa. Niega con la cabeza y Amy se encoge de hombros, sin molestarse –. Ah bueno, peor para vosotras. Vais a seguir siendo unas perras delgadas todas vuestras vidas.

Después de esa perla de sabiduría, se cuelga la mochila del hombro por una de sus tiras y coge su abrigo del perchero que hay en la puerta.

- Vuelvo en un rato – se despide sin siquiera molestarse en girar la cabeza para mirarlas. La puerta del apartamento se cierra tras ella.

Se hace un segundo de silencio. Chloe y Beca se miran y estallan a la vez en sinceras carajadas.

- ¿De verdad se piensa que somos tan tontas que todavía no nos hemos dado cuenta de que no va a Starbucks de verdad? – inquiere Beca una vez consigue controlar su risa.

- No lo sé – suspira Chloe, secándose el rabillo de un ojo con el dedo corazón y exhalando una respiración –. Pero se merece puntos extra solo por el esfuerzo.

La morena asiente para darle la razón y vuelve a centrarse en su portátil. Antes de que se pierda en la música y no haya forma de volver a sacarla hasta que se dé cuenta de que se muere de hambre o hasta que tropiece con algo que no consigue arreglar y se rinda por hoy, Chloe salta de la encimera.

- Hey, um… – dice para llamar su atención. Camina los tres pasos que la separan de la mini mesa y se sienta en una de las sillas que está libre, todo bajo la atenta y curiosa mirada de su mejor amiga –. ¿Tienes planes con Jesse?

Beca aparta la mirada en cuanto el nombre de su novio cae de la boca de Chloe.

- No… Mmmm… – murmura, moviendo sus ojos por todas las zonas en la cocina con tal de evitar mirar a su derecha, a Chloe –. Hemos vuelto a pelear.

Y este es otro patrón que Chloe ha aprendido a reconocer, significa que hay problemas en el paraíso y que es mejor no indagar en el tema a no ser que quiera terminar discutiendo con el lado defensivo y privado de Beca.

- Oh – reacciona solo para no dejar ver que ya lo sospechaba, y se encoge de hombros para restarle importancia y tranquilizar a Beca, que está tensa en su silla –. Bueno, estaba pensando en pedir chino para cenar, beber algo de vino – comenta, tentativa –. ¿Quieres unirte a mi plan?

La DJ se relaja inmediatamente al darse cuenta de que Chloe no tiene intención de presionarla en busca de explicaciones y asiente. Desde la boda de CR, las cosas habían estado un poco tensas entre ellas cuando el nombre de Jesse surgía en la conversación o el propio exTreble hacía acto de presencia en el apartamento.

Pero Chloe no podía hacer nada al respecto, era un instinto a estas alturas. Vivía con miedo constante del día en que Beca volviera a casa con una sonrisa ilusionada y un anillo de compromiso en el dedo anular de su mano izquierda. Le robaba el sueño por las noches y, a veces, hasta plagaba sus sueños y los volvía en pesadillas.

De modo que, para ahorrarse fricciones innecesarias entre ellas, habían llegado a una especie de pacto mutuo y silencioso de evitar, por todos los medios y las formas posibles, hablar sobre Jesse.

- Me vendría genial un descanso de esto – admite Beca, empujando lejos de sí el portátil.

Chloe echa un rápido vistazo a la pantalla encendida. Beca le explicó hace tiempo cómo funciona el programa que usaba para hacer mashups, pero el que ahora utiliza en el trabajo es como una versión triplemente mejorada y complicada.

Lo único que ve son millones de botones diferentes, niveles, y capas y capas de elementos que, supone, son las diferentes piezas que hacen que una canción cobre forma.

Le parece fascinante cómo, donde ella ve colorines y las ondas de la música, Beca ve algo que tiene sentido. Ve piezas de puzzle que encajan unas con otras. Ve letras flotando que conforman una palabra una vez se encuentra el orden correcto. Ve una operación numérica con su resultado al lado.

Donde ella ve colorines y las ondas de la música, Beca ve una sinfonía.

Pero hay algo que capta su atención antes de que Beca presione ctrl+s para guardar los cambios que lleva hechos y cierre su portátil con un empujón a la tapa. Detrás de la ventana del programa de música, casi oculta, casi como si Beca estuviera deliberadamente tratando de ocultarlo, hay un documento de Word abierto.

Y apenas se ve, pero Chloe ha estado toda la tarde de testigo de cómo, de tanto en tanto, Beca deslizaba sus cuatro dedos por encima del trackpad de su Mac para cambiar de ventana y presionaba las teclas como si estuviera escribiendo.

Antes, Chloe lo desestimó rápidamente, pensando que estaría usando el portátil para mandar mensajes o responder emails. Ahora, sin embargo, se ve obligada a sopesar la opción de que quizá Beca está volviendo a intentar escribir una canción original después de fracasar el año pasado.


Una botella de vino más tarde, han pasado de la mini mesa al suelo.

Contenedores vacíos de comida china forman una torre inclinada que peligra con caer y derramar los restos de pollo al limón por la alfombra, pero a ninguna de las dos parece importarles.

Tumbadas de espaldas en el suelo una al lado de la otra, justo a los pies de la cama de Beca, terminan de reírse por una broma que Chloe ya ni recuerda. Es la primera señal de que esa media botella de vino que se ha tomado ella sola, porque la otra mitad es la que se ha bebido Beca, ya está empezando a hacer efecto.

Beca está alzada sobre un codo, dando un sorbo al culo de vino que le queda en el vaso.

- Aún no me puedo creer que haya caído en esta mierda tan hípster – se queja sacudiendo la cabeza con incredulidad, ladeando el vaso de cristal que tiene en la mano, que es en realidad uno de los viejos tarros que Chloe usaba para llenar de agua cuando pintaba.

Chloe ríe con ella. Su cuerpo se siente ligero, como si estuviera flotando en el agua de una piscina en lugar de tumbada sobre una alfombra azul y un suelo de madera. Gira la cabeza, los restos de sus carcajadas reverberan en sus oídos en forma de ecos y su sonrisa sabe dulce en sus labios.

Ve el poster que está enmarcado justo encima del fogón con la frase "I can and I will" dibujada en la forma de una guitarra y sonríe automáticamente. Le hizo gracia desde el primer momento, porque es algo que ella tendría en su casa, pero que no se esperaba de Beca o de Amy.

Les pega más un póster de una banda de música poco conocida, o con hombres musculosos escasos de ropa, respectivamente.

Y hablando de hombres…

La segunda señal de que el vino está ya haciendo efecto, es el hecho de que quiera romper la regla invisible, pero que todas saben de su existencia, y preguntar a Beca por su pelea con Jesse.

En Barden era habitual que peleasen, aunque es cierto que, en los meses que Chloe lleva en Nueva York, ha visto más peleas de las normales.

Jesse es muy insistente, hasta el punto de resultar cansino algunas veces. No es un tipo celoso, sus peleas no son de ese estilo; pero sí que hay veces que hasta las cosas más absurdas que Beca hace o dice le dejan la mosca tras la oreja y es incapaz de parar de incordiar hasta conseguir una respuesta.

Y Beca no tenía, ni tiene, paciencia para ese tipo de cosas, de modo que muchas veces el Treble se pasa presionando, sin darse cuenta de que la DJ se está cerrando en banda y que solo va a conseguir hacerla enfadar.

Chloe ha sido testigo de ello múltiples veces, más de las que le gustaría en verdad. Nunca sabe si le produce una especie de perverso placer cuando empieza a reconocer el patrón y sabe que se avecina otra pelea, o si le hace sentir culpable porque nunca avisa a Beca.

Al poco de que Jesse y Beca empezasen a salir, Chloe se impuso a sí misma una regla. Una de muchas. En parte fue para protegerse, y también para proteger su amistad con la morena y la relación de esta con el Treblemaker.

Se impuso a sí misma la regla de nunca entrometerse. Solo se lo permitía cuando era Beca la que venía por su propia voluntad en busca de consejo.

Por eso sabe que es culpa del vino que tenga ganas de romper todas las reglas y preguntar a Beca por su pelea con Jesse. En su lugar, sin embargo, su boca parece adquirir vida propia y escupe una pregunta que evita que esa noche se vaya a la mierda:

- ¿Qué estamos escuchando?

Las cejas de Beca se arquean con curiosidad y algo de diversión, dado que llevan aproximadamente una hora con una playlist sonando de fondo y solo ahora Chloe parece haberse dado cuenta de ello. Pero, al girar el foco a la música, Beca también parece notar que hay algo raro.

Y es que Chloe sí que prestó atención a la música. Sabe que Beca escogió una de sus playlist de Spotify con música indie, canciones de guitarra y piano, ritmos alegres que le recordaban a hogueras en la playa y noches cálidas bajo las estrellas. Si ha preguntado es porque la música que está sonando ahora es un giro de ciento ochenta grados en la dirección opuesta.

Oh no, tonight I find it hard to swallow

The bed is made and I feel hollow

El piano es el instrumento básico, pero suena pesado, melancólico. La voz del cantante es suave y mantiene el tono del piano con una tristeza que traspasa la piel de Chloe, cala sus huesos y se hunde en su pecho hasta que cierra una mano en torno a su corazón.

I sweat it out, I'm not okay, I'm shaking on the floor

I lay awake and I count the days and I wait beside the door

For love, I only want you next to me

Las cejas de Beca se juntan y fruncen, y deja el vaso otra vez en el suelo a su lado con algo de torpeza. A ella también le está afectando esa media botella de vino. Se incorpora del todo hasta que está sentada y puede mirar por encima de la cama, en la que descansa su portátil, que es de donde está saliendo la música.

Sweet love, how long before you hurt for me?

Hurt for me, do you hurt for me?

- Oh, es Brian – exclama Beca con una risa cuando reconoce al cantante, y para ella es suficiente explicación porque permite que la música continúe reproduciéndose.

Chloe traga saliva y estira el cuello para ayudarle a deshacer el nudo que se le ha formado.

- ¿Brian? – inquiere tras carraspear suavemente.

- Su nombre artístico es SMYL, es este artista al que estoy ayudando a producir – hace un gesto giratorio con la mano mientras habla –. Quería escuchar su anterior disco antes de ponerme a trabajar con él para saber cuál era su rollo.

- ¿Estás produciendo a un artista tú sola? – Chloe se incorpora, empujada por la emoción de esa noticia de la que se acaba de enterar, y su mano se cierra alrededor de una de las menudas muñecas de la DJ.

Pero Beca sacude la cabeza en una negativa y se pasa la lengua por los dientes superiores, haciéndola chascar al soltarla.

- Todavía no – aclara –, sigo retocando pistas. Pero a mi jefa le está gustando mucho mi trabajo y he dado unas cuantas buenas ideas en varias sesiones – constata con orgullo –. Es solo cuestión de tiempo.

La sonrisa de Chloe vuelve con el doble de fuerza, tanto que casi le duelen las mejillas por tenerlas tan contraídas, pero no podría importarle menos. Atrapa a Beca en un abrazo a pesar de las risas y las protestas de la menuda DJ, y la mece de lado a lado con un poco más de energía de la realmente necesaria.

- Estoy taaaaaaan contenta por ti – susurra en un jadeo, porque la emoción parece haberle robado la voz.

- Gracias, tía – ríe Beca.

Logra por fin romper el abrazo y le da un juguetón empujón a Chloe, quien deja que la lleve todo el camino de vuelta al suelo. Su mejor amiga recupera su posición tumbada a su lado y alza una mano que agita en el aire con algo recubierto de plástico colgando de entre sus dedos.

- ¿Galleta de la suerte? – ofrece –. Sé que te encantan.

Chloe duda, porque aún tiene muy fresco el recuerdo de su tercer último año en Barden y el fatídico pronóstico de esa galleta de la suerte que decidió ignorar y casi le costa su familia, su reputación y sus dos mejores amigas.

Sentirse recelosa después de eso, cree que es algo natural. Pero tampoco es típico de ella permitir que el miedo le quite de vivir.

(Irónico, ya que, hasta unos años más tarde no se dará cuenta de que todo lo que había hecho desde que conoció a Beca era dejar que el miedo dictase su vida.)

De modo que acepta la galleta de la suerte que Beca le ofrece y abre el plástico antes de darse tiempo a pensárselo más de dos veces. El barquillo se rompe con facilidad bajo la suave presión de sus dedos, y esta vez el mensaje está al derecho y de frente cuando despega los trozos de la galleta.

- "No puedes dirigir el viento, pero sí ajustar las velas" – lee en voz alta. Musita un "mmhh" pensativo mientras, internamente, se siente aliviada de que sea la típica frase inspiradora y no un vaticinio desalentador. Baja el papel a su regazo y gira la cabeza para poder mirar a Beca –. ¿Qué dice el tuyo? – golpea su brazo con su codo, causando que su galleta resbale de su agarre y caiga sobre su estómago.

Chloe se disculpa entre risitas mientras Beca recupera la pieza de barquillo y lo parte en dos.

- "Tu fortuna está en otra galleta" – recita. Ambas se quedan un instante en silencio, meditando, hasta que Beca baja las manos y exclama, llena de indignación –. ¿Qué coño se supone que significa eso?

Se miran, serias, y pronto estallan en risas descontroladas.

- No, en serio – se queja Beca con voz airada por las risas que siguen sacudiendo su cuerpo –. ¿Qué mierda de mensaje es ese? Yo quiero una cita inspiradora como la tuya, no esta gilipollez que ni siquiera sé qué significa.

- Si quieres te la cambio – propone Chloe extendiendo su papelito en el aire entre ambas.

Beca rueda hasta quedar de costado y mira fijamente a Chloe durante un largo segundo.

- ¿Harías eso por mí? – pregunta, ojos grandes y llenos de nubes que Chloe está demasiado contentilla como para intentar descifrar.

- Por supuesto – responde con absoluta seriedad. Algo en el interior de su cabeza le alerta de que algo raro está pasando y no está prestando la atención necesaria, pero no le hace caso y le obliga a callarse.

Beca coge el papelito y le tiende el suyo a Chloe, que lo guarda en su puño como si fuera su tesoro más preciado.

Es estúpido, y han bebido más de la cuenta y probablemente sea por eso, pero se siente como un momento especial por algún motivo que Chloe no llega a comprender. De todos modos, opta por simplemente aceptarlo y disfrutar de la sensación.


Cuando el efecto del vino está empezando a desaparecer, el sueño hace acto de presencia.

Hace tiempo que trasladaron la fiesta del suelo a la cama, alegando que se están haciendo demasiado viejas para andar tiradas en una superficie dura por mucho tiempo. Tumbadas en el sentido opuesto, de forma que sus pies se ciernen sobre sus almohadas, sin llegar nunca a tocarlas porque a las dos les daría asco luego tener que poner la cara en el mismo sitio, sus cabezas reposan a los pies del colchón.

De esta forma, pueden ver la nieve caer de forma incesante en la calle a través de las ventanas descubiertas. Es casi hipnótico y está haciendo que poco a poco se queden dormidas. La música sigue de fondo a un volumen mucho más bajo y la conversación es tan esporádica que casi parece que no tienen nada que decirse.

Sin embargo, hay algo más que a Chloe le gustaría saber.

- Becs – llama en voz apenas audible. La morena responde con un simple "mmhh" para indicar que está escuchando, sus pies continúan bailando sobre el alféizar de la ventana, donde los apoyó cuando se cansó de mantener las piernas en el aire a base de fuerza –. ¿Echas de menos hacer mashups?

Su mejor amiga gira la cabeza sobre el colchón para mirarla, y Chloe la imita. Sus ojos se encuentran en el reducido espacio que las separa, los de Beca lucen confundidos.

- ¿A qué te refieres? – pregunta.

- No sé – responde con un encogimiento de hombros –. Antes solías hacerlos todo el tiempo, y ahora no puedes porque casi siempre estás ocupada con cosas del trabajo. ¿No lo echas de menos? Yo echo de menos pintar – ejemplifica, señalándose a sí misma con una mano que le resulta mucho más pesada de lo que debería.

Beca vuelve a emitir un "mmhh" pensativo y se queda mirando el techo del apartamento durante un instante.

- Un poco sí – admite al cabo de un rato de silencio –. Me permitía desconectar, cosa que ahora no puedo hacer.

- Pero antes tenías que pensar en cómo cuadrar todas las canciones en un mismo ritmo, ¿no?

- Sí, pero no. Hacer mashups era como hacer un puzzle – explica Beca, alzando dos manos en el aire por encima de ellas –, tenía las piezas y solo tenía que mirar cuál encajaba en dónde. No necesitaba pensar mucho, era simplemente tener los oídos abiertos y escuchar los huecos que había – junta las manos de forma que sus dedos se entrelacen –. Pero en el trabajo tengo que tener siempre presente al autor y la dirección que quieren llevar, ¿sabes? – suspira, dejando caer las manos de golpe al colchón.

Chloe asiente, porque ahora sí entiende la diferencia. Una cosa es hacer algo donde tú mandas y que, por lo tanto, está completamente doblegado a tu control; y otra muy diferente es participar en el punto de vista que alguien ajeno a ti tiene sobre lo que estás haciendo.

Hay muchas más piezas que condicionan el juego y que se deben tener en cuenta.

- Oye – habla de repente Beca cuando llevan un largo rato calladas. Se incorpora sobre una mano en el colchón y se gira para mirar a Chloe con la emoción de una idea iluminando sus ojos como luciérnagas en un campo por la noche –. ¿Quieres hacer un mashup conmigo?

Las cejas de Chloe se arquean automáticamente por la sorpresa, y Beca no necesita ni que le dé una respuesta para recoger el portátil que empujaron hacia la cabecera de la cama y devolverle a la vida deslizando un dedo por el trackpad.

Pone en pausa la playlist que se estaba reproduciendo de manera automática en Spotify y desliza cuatro dedos por el trackpad para volver a la ventana en la que tiene el programa de edición de música siempre abierto. Cuando abre un proyecto nuevo, Chloe ve que va completamente en serio y empuja su pesado cuerpo hasta quedar sentada a su lado.

Una ventana en blanco salta en el programa. Beca presiona una serie de comandos y el teclado de un piano aparece en la pantalla del ordenador, la morena da a unas teclas aleatorias para comprobar que esté en la zona de la escala que le interesa y se gira hacia Chloe con una sonrisa excitada en los labios.

- ¿Qué vamos a cantar? – pregunta la pelirroja, intrigada.

- Llevo un par de días con una melodía en mi cabeza… – cuenta Beca de forma distraída mientras presiona varias teclas en su ordenador, arrancando las notas correspondientes al teclado. Es mucho más rápido que tener que ir arrastrando el ratón de una en una.

Experimenta un poco con el ritmo que Chloe puede ver reproducirse tras sus ojos, y por fin vuelve a hacer contacto visual cuando consigue un resultado satisfactorio.

- ¿Te sabes Lay me down, de Sam Smith? – agita una mano en el aire en cuanto hace la pregunta y se pone los ojos en blanco a sí misma –. Pregunta estúpida, llevas días escuchando su discografía entera en bucle, es bastante molesto – le pica.

- Oh, sush – le acalla Chloe con una sonrisa algo avergonzada y un juguetón empujón en el hombro. No creía que ninguna de sus compañeras de piso se hubiera dado cuenta de su pequeña obsesión.

- Canta el estribillo cuando yo te dé la señal, ¿vale? – ordena Beca, inclinada sobre su mesilla de noche en busca de algo.

Lo encuentra con una exclamación de victoria y le indica a Chloe que busque sus cascos mientras conecta el jack de un adaptador a su portátil de forma que las dos puedan usar sus respectivos cascos.

- Estos micrófonos – tira del cable para señalar el micro que viene incorporado para poder hablar por teléfono –, son bastante caca así que no esperes nada súper pro – avisa.

Chloe asiente. Sinceramente, no le importa en absoluto si esto queda bien o mal, el hecho de volver a cantar con Beca es suficiente para tenerla prácticamente vibrando de emoción.

Coge una respiración profunda cuando Beca comienza a tocar la melodía. Es lenta y, como parece ser el estado anímico de la noche, algo melancólica. Habla sin palabras de algo imposible, pero muy deseado.

- It'll be 'til the end, give me nothing I've ever tried – empieza a cantar Beca, su voz suave y sedosa –. It'll be the perfect sin, something like the truest lie. Everywhere somehow, the only place I'll ever be, as long as you hold me down, oh such a liberty.

Chloe no reconoce la canción, pero hace una nota mental para preguntarle a Beca cuando terminen porque siente que no puede vivir ni un solo minuto más sin haberla escuchando en bucle un día entero hasta haber memorizado la letra.

- Warm me with your touch, pressure from your fingertips. Never be enough, I'll do nothing but submit…

Beca le da un suave codazo, y Chloe interpreta eso como la señal que ha quedado en hacerle cuando sea su turno, así que, rezando para que su voz no suene rota o falta de aire, comienza a cantar el estribillo de la canción de Sam Smith.

- Can I lay by your side, next to you, to you… – prolonga la nota, y ve a Beca asentir con una sonrisa en los labios que no tiene ni una pizca de humor ni sarcasmo en ella. La lleva inmediatamente a su primer último año en Barden, a unas duchas comunales y la armonía entre dos voces hasta ese momento desconocidas –. And make sure you're alright, I'll take care of you… I don't want to be here if I can't be with you tonight.

Beca repite los acordes con los que comenzó, sin acompañarlos con voz durante unos instantes. Luego, cuando el ritmo ya empieza a pedir arrancar de nuevo, abre la boca para continuar con su parte de la canción.

- Grab a hold of my soul and make me feel complete within, you'll be the one to show these goosebumps on my skin. I'll wear my heart on my sleeve, I need you to feel the pain. Would you take a bullet for me? Cause you know I'll do the same.

Cuando repite los mismos dos versos del pre-estribillo, Chloe ya sabe que es su turno así que empieza a cantar de nuevo. La voz de Beca se solapa con ella al final, su atención completamente centrada en la pelirroja mientras su boca pronuncia las palabras y sus dedos continúan presionando los acordes correctos.

- Lay me down, by your side. Cause I don't want to be here if I can't be with you tonight.

Chloe capta la indirecta y, cuando Beca vuelve a cantar esa misma parte, Chloe une su voz y armonizan juntas el final.

Es simple y puramente mágico.

Mirándose fijamente, Beca termina la melodía hasta que deja que las últimas notas se apaguen por sí solas. El silencio cae sobre ellas, pero los ecos de sus voces entrelazadas todavía reverberan por las paredes del apartamento. Se sonríen mientras las escuchan desvanecerse progresivamente en el aire.

Sus ojos continúan trabados y el momento se alarga y se carga de una tensión que resulta casi eléctrica. Los pelos de la nuca de Chloe se erizan y tiene que reprimir un escalofrío que amenaza con sacudir su columna vertebral de arriba abajo.

Los ojos de la DJ se vuelven turbulentos con emociones que cruzan por ellos a la velocidad del rayo y marean a Chloe con su frenesí, aunque eso también puede ser porque está segura de que lleva desde que terminaron la canción sin respirar.

Pero quién necesita aire cuando Beca te está mirando como si fueras lo único que existe en el mundo.

Hay palabras que pesan en la lengua de Chloe. Palabras que golpean contra el interior de sus labios con sus pequeños puños, luchando por una oportunidad para salir, para vibrar por el aire con sonidos dulces que declaren amor verdadero. Solo que, Chloe no les permite escapar.

Es demasiado pronto. Pueden cambiar toda su amistad para bien, pero, sobre todo, tienen el mismo potencial que una bomba nuclear. Pueden causar un destrozo inimaginable que solo deje cenizas a su alrededor y deje estragos hasta generaciones más tarde.

Beca cambia de postura. Sus labios se entreabren como si estuviera a punto de decir algo importante y Chloe se encuentra a sí misma conteniendo la respiración.

Sin embargo, lo único que llena el espeso aire del apartamento es un fuerte y agudo pitido cuando Beca deja caer, sin darse cuenta, su mano sobre el teclado del portátil y aprieta una combinación de letras, números y signos que le arranca un quejido electrónico al ordenador.

Ambas se sobresaltan y reaccionan como si les acabasen de pillar haciendo algo que no deberían estar haciendo. Beca se centra en arreglar el lío que ha hecho en su Mac, Chloe respira hondo y se afianza en el colchón con las manos, tratando de calmar el alborotado latido de su corazón.

- ¿Quieres escucharlo? – pregunta Beca, ofreciendo el auricular que le queda libre a pesar de que Chloe tiene los suyos propios, uno todavía enganchado en su oído.

- Mejor mañana – lo pospone Chloe. No cree que sea capaz de sobrevivir a otro momento como este, no cuando todavía le duran los efectos del vino y no está en completo control de su cuerpo y mente.

Beca lo acepta sin rechistar y guarda el archivo bajo el nombre de bechloe_ 3.

Chloe suelta todo el aire de sus pulmones de golpe y se deja caer en la cama con la cabeza en la dirección correcta para establecer un perímetro de seguridad entre Beca y ella, su cara enterrada en las manos.


Intenta no pensar en cómo ese mismo domingo Beca entra por la puerta de su apartamento cargada con un pack de lienzos en blanco y le obliga a dejar los libros que está estudiando para sentarse a dibujar, argumentando que no puede renunciar a algo que le proporciona tanta felicidad.

Intenta no pensar en cómo la propia Beca se ofrece a ser su modelo y se acomoda con la espalda contra las ventanas, su portátil en las piernas para poder adelantar trabajo mientras tanto, dejando que la música se filtre libremente a través de los altavoces de su Mac.

Intenta no pensar en cómo esta vez la pelea con Jesse se alarga, lo cual significa que fue algo gordo porque si no ya lo habrían solucionado a lo largo del fin de semana, hasta que el miércoles el exTreblemaker se presenta en la puerta de su apartamento y obliga a Beca a hablar con él.

Intenta no pensar en cómo, a pesar de que tiene los cascos puestos y se ha retirado a la cama de Amy, corriendo el ropero para dejarles algo de privacidad, escucha su nombre salir un par de veces en la conversación antes de subir el volumen y ahogar sus voces con música.

Intenta no pensar en cómo Jesse se marcha esa tarde sin haber arreglado las cosas con Beca.

Intenta no pensar en cómo esa noche Beca rueda hacia ella cuando supone que cree que ya está dormida y se acurruca contra su espalda, se estremece y empapa con sus lágrimas la parte trasera de su camiseta del pijama.

Intenta no pensar en cómo se despiertan a la mañana siguiente hechas un auténtico lío de extremidades y Beca ni siquiera intenta justificarse, simplemente esboza una tímida sonrisa y se levanta para ducharse.

Intenta no pensar en cómo su corazón se infla tres tallas más dentro de su jaula de huesos y músculos y las palabras vuelven a la punta de su lengua como si nunca hubiera logrado tragárselas del todo.

La palabra clave es: intenta.

Porque lo irónico es que Chloe lleva años sin ser capaz de renunciar a Beca porque es adicta al cóctel de emociones que despierta en su cuerpo.

Porque Beca no sabe que Chloe tiene una libreta en el bolso donde más de la mitad de las páginas en blanco están llenas de trazos de su perfil, sus ojos, su sonrisa, su mandíbula, sus manos. Los ha dibujado tanto que tiene los rasgos memorizados a fuego en la parte interior de sus párpados, pero no es tan tonta como para rechazar una oportunidad que le permite mirar fijamente a Beca durante horas.

Porque la primera vez que su nombre sale a relucir en la pelea es porque Jesse lo escupe con un tono de voz casi parecido al reproche en medio de una frase sobre algo que descubrió en el portátil de Beca, lo cual solo consigue que la DJ se ponga más a la defensiva porque siente su privacidad invadida.

Porque no puede fingir que está dormida cuando su mejor amiga está llorando en su espalda, así que gira sobre sí misma en el espacio reducido que Beca le ha dejado ahora que está presionada contra ella y la rodea con sus brazos igual que hizo un año atrás cuando la encontró llorando sola, en medio de la noche, en una cocina a oscuras.

Porque no puede explicar con precisión la forma en que su corazón se oprime cuando despierta por la mañana con el sonido infernal de la alarma y lo primero que ve nada más abrir los ojos es la cabeza despeinada de Beca, medio cuerpo sobre el suyo, piernas entrelazadas hasta el punto de que le es imposible levantarse sin despertar a la DJ.

Porque cada día le resulta más difícil aguantarse las ganas de mandar las consecuencias a la mierda y decirle a Beca que la quiere, que nunca nadie había logrado que Chloe amase y odiase al mismo tiempo partes de sí misma, y joder, que la quiere.

Así que, lo intenta. De verdad que lo intenta.

Pero su voluntad nunca ha sido especialmente fuerte cuando se trata de Beca Mitchell.


Un sábado, en medio de la noche, el teléfono de Chloe empieza a sonar.

En realidad, esa debería ser señal suficiente para hacerle sospechar que algo va mal, pero está demasiado adormilada cuando tantea a ciegas con su mano en su abarrotada mesilla en busca del aparato electrónico.

No piensa en qué puede significar, cuál es el motivo de que su móvil esté con el sonido puesto en primer lugar. Solo quiere silenciar el estruendo de su tono de llamada y seguir durmiendo en el calorcito acumulado bajo las mantas.

- Apaga ese maldito trasto – musita Beca en un gruñido aplastado contra su almohada.

- Estoy en ello – contesta Chloe, su voz rasposa y espesa.

Por fin encuentra el borde de su iPhone y lo coge con dedos débiles. El smartphone golpea su oreja cuando se le resbala al presionar el botón de responder, sin siquiera abrir los ojos para mirar el identificador de llamadas.

- ¿Sí? – bosteza.

- Chloe, soy Bruce – el hombre al otro lado de la línea habla con urgencia. Debe tener el altavoz muy pegado a la boca porque Chloe puede escuchar el crujido de cada una de sus exhalaciones aceleradas –. Necesito que vengas cuanto antes a la clínica.

Eso espabila a Chloe igual de bien que si le hubieran dado una bofetada o tirado un cubo de agua helada encima. Se incorpora como Drácula de su ataúd y prácticamente salta de la cama, tropezando cuando sus piernas se enredan con la sábana.

- Estoy allí en quince minutos – promete mientras da vueltas sobre sus pies en busca de los pantalones de chándal que llevaba puestos antes de ponerse el pijama.

Los ve hechos un guiñapo en el suelo bajo de la silla que tiene al lado de la cama, casi camuflados entre las sombras, y sujeta el iPhone con su mejilla y el hombro para poder usar las dos manos en meter las piernas en sus correspondientes agujeros.

- Vale – acepta su jefe –. Ah y, Chloe – llama antes de colgar –. No va a ser bonito.

La llamada se desconecta y Chloe se queda paralizada, las manos en el elástico que acaba de colocar sobre sus caderas. Traga saliva y deja escapar una temblorosa respiración.

- ¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo? – la voz adormilada de Beca llega desde el otro lado de la cama y, cuando la pelirroja asoma la cabeza por el agujero de la cabeza de su camiseta blanca, ve que se ha incorporado sobre un codo y se está frotando la cara mientras lucha por mantenerse despierta.

- Todo está bien, tengo que ir a la clínica – le tranquiliza en un susurro.

- ¿A estas horas?

- Es mi sábado de estar de guardia – explica por encima del zumbido metálico que hace la cremallera de su chaqueta deportiva cuando la sube hasta la mitad de su pecho.

- Coge mi coche – dice Beca a través de un bostezo, señalando de forma vaga con una mano sin fuerza en la dirección en la que su abrigo cuelga de detrás de la puerta.

Chloe asiente y no dice nada sobre cómo ya contaba con coger el coche, porque en metro y en medio de la noche, no habría llegado a tiempo ni de coña. Se despide de la morena lanzándole un beso, aunque le da la impresión de que Beca ya ha vuelto a quedarse dormida, y sale corriendo escaleras abajo hasta el garaje.

Se mete en el coche de un brinco, es un Honda Civic plateado de segunda mano que Beca se compró con la ayuda de su padre. Sale prácticamente quemando rueda hacia la calle. Está segura de que le caerá una multa por exceso de velocidad, pero solo puede pensar en llegar cuanto antes a la clínica.

Bate por siete minutos el tiempo de llegada aproximada que le dio a su jefe y baja tan rápido del coche que casi se le olvida echar el freno de mano y sacar las llaves del contacto. Cierra con el mando a distancia por encima de su hombro mientras empuja la puerta de la clínica con el hombro.

Las luces están encendidas y hay una familia con expresiones de máxima preocupación en la entrada. Se levantan todos de golpe de las sillas de plástico como si esperasen que fuera a anunciarles algún tipo de milagro, pero Joyce, la otra chica en prácticas, aparece al otro lado de las puertas vaivén que separan la sala de espera de la conducta propiamente dicha.

Su rostro está pálido cuando le indica a Chloe que se dé prisa.

Sin darse tiempo a prepararse mentalmente, Chloe empuja las puertas, que se abren y cierran tras ella con un woosh. La vista que le espera al otro lado le revuelve el estómago y hace que su garganta se cierre por completo, sin dejar entrar ni salir aire.

- Chloe, pásame los instrumentos – ordena Bruce con seriedad.

Su tono seco saca a Chloe de su ensimismamiento y la devuelve de golpe a la acción. Solo pierde el tiempo que le lleva coger un par de guantes de látex de la caja y estirarlos sobre sus manos. Con las prisas, al tirar para encajarlos en sus dedos, uno de ellos estalla y se rompe en la zona de la muñeca, pero lo ignora y sigue adelante.

Le tiende un bisturí a su jefe cuando este se lo pide. Ahora que está de cara a la mesa de operaciones sin distracción alguna, su mirada se queda pegada en el pequeño Yorkshire de pelo corto que yace, inconsciente y con el pelo manchado de sangre, sobre la mesa metálica.

- ¿Qué le ha pasado? – inquiere, y sabe que su voz tiembla de forma notable, pero eso es lo último que podría preocuparle en ese momento.

- Se escapó de casa y le atropelló un coche – le informa Joyce, igual o más afectada que Chloe –. Está muy mal...

La pelirroja echa un vistazo a las radiografías que cuelgan sobre las cajas iluminadas de la pared y ve el amasijo blanco que antes eran los huesos de su cadera y la pata trasera derecha. Empieza a respirar por la boca para evitar las ganas de vomitar y parpadea en exceso, obligándose a sí misma a mantener la compostura.

Tras media hora de tenso trabajo, consiguen detener la hemorragia interna. Sin embargo, el pobre perro está lejos de estar bien.

Chloe acompaña a Bruce de vuelta a la salita de espera de la entrada para darle las malas noticias a la familia, y mientras su jefe explica la delicada situación en la que se encuentra Royal, Chloe aleja a los niños de allí para que no tengan que escuchar las noticias con palabras tan crudas.

Cuando su jefe se lo indica, Chloe deja que los niños vuelvan con sus padres. La madre llora con fuerza mientras el padre, claramente afectado pero capaz de mantener un tono de voz suave, les cuenta de forma mucho menos explícita lo que ha ocurrido.

- No – se niega de forma inmediata la hija de diez años.

- Cielo, es lo mejor para Royal – intenta calmarle su padre, posando una mano en su brazo que su hija se quita de encima con una sacudida.

- No, tiene que haber otra opción – insiste ella –. ¿Verdad? – se gira para mirar a Chloe y la pelirroja lo único que puede hacer es apartar la mirada y tragar saliva para no empezar a llorar ella también.

Se siente avergonzada. Deberían haber sido capaces de salvarle, es su trabajo. No deberían estar ahí plantados sin más opciones que ponerle a dormir para que nunca más despierte.

- Hemos hecho todo lo posible por él – asegura Bruce con una sacudida de cabeza apenada. Lo más probable es que esté sintiendo la misma culpa que Chloe –, pero sus lesiones son muy graves. No podría andar, estaría siempre con dolores… Tendríais que mantenerle sedado para que no sufriera, y esa no es vida para un perro.

- ¡Pero hay perros que son capaces de andar sin patas traseras? ¿Por qué no Royal? – exclama la niña.

- Sus lesiones afectan a sus caderas y la base de su columna vertebral.

- Se supone… – su voz se quiebra y tiembla por la emoción que sacude su menudo cuerpo con fuertes sollozos –. Se supone que tenéis que salvarle, no que matarle.

Las palabras de la niña sacuden a Chloe como si fueran dos manos que la hubieran agarrado de los hombros para balancearla bruscamente.

No es capaz de seguir allí de pie, viendo a esa familia desmoronarse por tener que poner fin voluntariamente a la vida de su mejor amigo, así que masculla una disculpa estrangulada y se apresura a volver de vuelta a la sala de consultas antes de que puedan verla romperse.

Apoya su espalda contra la fría pared y cierra los ojos. Coge una lenta bocanada de aire y empuja las lágrimas atrás. Se obliga a sí misma a aguantar un poco más. Ya no por ella, sino por la niña que va a perder a su mascota por su culpa, por la familia que llora en la recepción, por el perro que está a punto de morir sin tener idea de lo que está ocurriendo.

Se acerca al pequeño Yorkshire que sigue sedado sobre la mesa de operación. Acaricia el suave pelo de su cabeza y de detrás de sus orejas, una de las pocas zonas que no está llena de heridas ni manchada con sangre reseca.

Se da cuenta de que tiene la piel de la nariz raspada, en carne viva, y se cubre la boca con una mano para reprimir un sollozo.

Esta parte de su trabajo es algo que odia con toda su alma. La gente viene y deposita toda su fe y su confianza en ellos para que salven a sus mejores amigos, pero hay veces que no son capaces por más que se esfuercen. Hay veces que no hay forma posible de arreglar los daños sufridos.

Y nunca se vuelve más fácil.

Al cabo de lo que parece una eternidad muy breve, Bruce entra de nuevo con expresión solemne, seguido de la familia. Chloe no necesita que digan nada para saber cuál ha sido la decisión final, la tristeza y el arrepentimiento que puede ver en los ojos de todos es más que suficiente.

Es un reflejo de lo que ella está sintiendo.

Dado que Joyce ha desaparecido a la trastienda, Chloe supone que para no tener que ser testigo de lo que va a ocurrir, al fin y al cabo, apenas lleva unas semanas en prácticas; ella es la encargada de preparar la inyección fatal.

Se sorbe la nariz y se gira hacia los armarios, de un azul aséptico, que cuelgan de la pared de la consulta. Abre aquel en el que están los viales con la droga que tienen que inyectarle al animal para parar su corazón. El pequeño Royal ni se dará cuenta de lo que está sucediendo.

Coge el vial de cristal y una jeringuilla de la caja. Sus manos tiemblan cuando vuelca el vial para inyectar la punta de la jeringuilla a través de la membrana de plástico, y le cuesta tanto atinar con la medida exacta que Bruce se ve obligado a relevarla de su puesto.

Chloe se disculpa con una mirada silenciosa que su jefe acepta. Apoya una cálida mano en su hombro y con solo ese gesto le deja saber que no pasa nada, comprende que esté afectada por la situación.

Chloe, desde su esquina, presencia cómo la familia se despide uno a uno y entre lágrimas del pequeño Royal. Luego, abrazados unos a otros, observan cómo Bruce inserta la punta metálica de la jeringuilla en el muslo del Yorkshire

Progresivamente, como quien baja el volumen de una canción, los latidos del animal se ralentizan hasta que paran de golpe.

Una vez la familia se marcha, Joyce reaparece. Está llorando, así que lo más probable es que no andase muy lejos. Se lleva el cuerpo del Yorkshire y Chloe queda encargada de limpiar la mesa metálica y los instrumentos.

Es un alivio cuando Bruce les informa de que pueden marcharse a casa para lo que queda de noche.

Arranca el coche y emprende el camino de vuelta, pero es incapaz de deshacerse del recuerdo de Royal, de su sangre despareciendo por el desagüe. Ahora que está a solas, las lágrimas que ha sido capaz de mantener a raya en la clínica acuden todas en tropel y emborronan su vista hasta el punto de que no distingue la carretera.

Se ve obligada a echarse a un lado y frenar. Apoya la frente en el volante del coche y se cubre la boca con una mano para ahogar los sollozos, sufriendo la pérdida del animal igual que si hubiera crecido con él.

Es lo malo de ser una persona empática, el dolor de los demás te afecta como si fuera tuyo.

Al final, saca su móvil del bolsillo de su chaqueta y presiona sobre el contacto que ya tiene guardado como favorito, escuchando con atención los pitidos de la conexión. Está a punto de colgar y volver a intentarlo, sin querer que le salte el contestador, cuando alguien responde al otro lado de la línea con un gruñido a modo de saludo.

- Bec – murmura Chloe –. ¿Puedes…?

Es incapaz de continuar, pero escucharla llorar debe espabilar a Beca porque su voz suena mucho más alerta cuando le pregunta dónde está.

- En frente del Dunkin' Donuts – responde de forma ahogada.

- No te muevas de ahí – dice la DJ antes de cortar la llamada.

Chloe simplemente deja que su móvil caiga en su regazo. Siguiendo sus órdenes, ni siquiera se molesta en intentar levantar la cabeza del volante y se queda en esa posición, con el cinturón todavía puesto y rozándole en el cuello, hasta que un taxi frena al lado.

De él se baja Beca, en pijama, despeinada y con el abrigo por encima. Se acerca al coche y abre la puerta del conductor.

- ¿Estás bien? – inquiere con voz suave.

Chloe sacude la cabeza con un sollozo reprimido, y Beca se agacha para inclinarse en el interior del coche y depositar un beso en su sien. Le suelta el cinturón y acuna sus mejillas con delicadeza, girando su rostro hasta que la mira.

- Necesito que te pases al otro asiento, ¿vale?

Chloe asiente y, con torpeza, trepa por encima del freno de mano y la palanca de cambios para pasarse al asiento del copiloto. Apenas es consciente de que Beca le vuelve a abrochar el cinturón, ni de que arranca el coche.

Se ha quedado sumida en una especie de trance en el que lo único que ve es el cuerpo herido y sin vida de Royal. Lo único que escucha es el reproche en la voz de la niña.

No sabe cuándo ni cómo, pero cuando Beca le indica que se siente, se da cuenta de que ya están de vuelta en su apartamento. Se deja caer en su cama y se hace una bola sobre las mantas.

- ¿Puedes contarme qué ha pasado? – pregunta la morena, apartando con una caricia mechones cobrizos que se habían quedado pegados a una mejilla húmeda.

- Una familia... Trajeron a su perro. Lo habían… atropellado – relata Chloe de forma algo inconexa ya que su voz se entrecorta de vez en cuando –. No pudimos… Tuvimos que… – niega con la cabeza y una nueva oleada de lágrimas cae de sus ojos.

- Oh, Chlo – suspira Beca llena de compasión.

Se quita las deportivas con los pies y se tumba junto a Chloe en la cama. Abre sus brazos en una invitación silenciosa que Chloe ya sabe interpretar a la perfección y no pierde el tiempo en arrastrarse hasta que puede hundir su rostro en el hueco del cuello de su mejor amiga e inhalar su tranquilizador perfume a lavanda.

Beca la acuna contra ella y deposita un beso en la línea de su frente.

- Tendrías que haber visto la cara de la niña – susurra Chloe, desolada –. Estaba tan… decepcionada.

- No fue vuestra culpa – le recuerda Beca.

- Para ella sí.

- Eso es solo porque estaba dolida, en realidad sabe que hicisteis todo lo que pudisteis por salvar a su perro.

- ¿Y si no…?

Pero Beca no la deja terminar. Tira de sus hombros hasta que la obliga a salir de su escondite y la fija en el sitio con una mirada firme llena de determinación.

- Ni se te ocurra terminar esa frase – prohíbe.

- Pero… – intenta Chloe de nuevo.

- No, Chlo. Fíjate cómo estás, ¿de veras crees que esta es la reacción de alguien que no ha intentado hacer todo lo posible para evitar que ese pobre perro muriese?

La pelirroja no tiene nada con lo que rebatir ese argumento, así que asiente con la esperanza de que Beca le permita volver a su escondite. La DJ la suelta con un suspiro y se readapta a la posición de forma que pueda abrazar a Chloe contra ella.

- No fue vuestra culpa – repite de forma apenas audible.

Pero Chloe la escucha perfectamente. Las palabras rebotan por el interior de su pecho y encienden una llama que, poco a poco, va derritiendo el hielo que se había instalado ahí dentro.

- Gracias por venir a por mí – rompe el silencio con su susurro a pesar de que no está del todo segura de que Beca no se haya quedado ya dormida.

- Siempre, ya lo sabes – murmura de vuelta, apretándola contra su cuerpo un centímetro más para estar imposiblemente más cerca.

Chloe puede notar cada una de las palabras contra su omóplato y sus labios se curvan en una sonrisa cansada que permanece en su rostro hasta horas más tarde de que el sueño la venza. Puede que también se deba a que, inconscientemente, es plenamente consciente de que Beca no la suelta en ningún momento de la noche.


Beca deja escapar un gruñido frustrado y empuja su portátil lejos de ella, todo lo que puede sin tirarlo de la mini mesa. Se quita los auriculares de las orejas con un gesto brusco y los lanza sobre el teclado del Mac sin cuidado alguno.

Es suficiente para desviar la atención de Chloe del dibujo de la anatomía de un perro que lleva media hora intentando memorizar. Sus cejas se arquean por la sorpresa, Beca trata siempre su equipo con el mayor de los cuidados.

- ¿Todo bien por ahí? – pregunta con suavidad.

Beca da un brinco al escuchar su voz, como si por un momento se le hubiera olvidado que no estaba sola en el apartamento a pesar de que llevan todo el día juntas, atrapadas en casa por una fuerte tormenta de verano.

La lluvia golpea con fuerza las ventanas, azotada contra el cristal por el aire que silba en la calle y hace que los árboles del parque de la esquina se zarandeen de tal forma que Chloe se ha preguntado varias veces en lo que va de día cómo no ha conseguido todavía arrancarlos de raíz.

- Sí – musita Beca entre dientes, el ceño fruncido y una mirada furiosa fija en la pantalla de su Mac.

Chloe ladea la cabeza y pone los ojos en blanco.

Es tan obvio que hay algo que está molestando a la DJ, por mucho que se empeñe en insistir que está bien. Lleva una semana de un humor de perros y el tiempo no ha ayudado a mejorar la situación. Y por si eso no fuera suficiente, se ha pasado toda la tarde bufándole a su ordenador.

Con un suspiro resignado, Chloe deposita su libro en la cama y se arrastra por ella hasta que se levanta de un bote. Se acerca con pasos tentativos a su mejor amiga y posa una mano sobre un hombro tan tenso que parece piedra bajo sus dedos.

- ¿Vas a decirme qué te ocurre o piensas seguir fingiendo que todo va bien? – lo comenta con un tono que da a entender que no se va a molestar si Beca escoge la segunda opción, aunque preferiría que se sincerase para poder ayudarla.

La morena se desinfla y sus hombros se hunden bajo las manos de Chloe.

- No es nada… – intenta excusarse, pero Chloe, a pesar de haberse prometido a sí misma ser comprensiva, emite un sonido de incredulidad que hace que Beca se interrumpa bruscamente. Sus hombros vuelven a tensarse.

Chloe se muerde el labio y debate su siguiente paso. Decide inclinarse sobre Beca y se asoma por un lateral de forma que puede ver su perfil: la mirada fija en un punto cualquiera de la habitación, la mandíbula cuadrada, la actitud terca y cerrada.

Alza una mano, que convierte en un puño, y golpea en el aire al lado de la cabeza de Beca tres veces como si estuviera llamando a una puerta invisible.

- ¿Qué demonios haces? – inquiere la DJ con el ceño fruncido, echando la cabeza hacia un lado para alejarse por miedo a que Chloe calcule mal y le termine dando un puñetazo.

- Estoy golpeando tus murallas – explica tranquilamente –. Encontraré una entrada más pronto o más tarde – le advierte.

Los labios estirados de Beca se fruncen como si estuviera resistiendo las ganas de sonreír. Pone los ojos en blanco, pero hasta ese gesto tan típico suyo carece de su usual sarcasmo silencioso.

Chloe devuelve ambas manos sobre los tensos músculos de los hombros de Beca, que ha empezado a masajear de forma distraída, y les da un suave apretón en una muestra de apoyo. La DJ se rinde, suspirando, y todo su cuerpo parece perder la fuerza cuando el aire abandona sus pulmones.

- Es esta maldita canción – se queja con un gruñido agotado, haciendo un vago gesto con su mano izquierda hacia la pantalla encendida de su portátil –. No consigo que suene como quiero que suene.

Chloe deja escapar un "mmhh" pensativo cuando sus ojos se alzan y ve el programa de música con el que su mejor amiga lleva peleándose todo el día. Algo le dice que su enfado va mucho más allá que una canción que no consigue rematar, pero se dice a sí misma que mejor ir pasito a pasito.

- ¿Puedo ayudarte? – se ofrece. Beca echa hacia atrás la cabeza para poder mirar a la pelirroja que está de pie tras su espalda, y sus labios se tuercen en una mueca contemplativa llena de duda –. Ah, venga, Becs. Sabes que no voy a ir a gritarlo en Twitter o Facebook… Además, solía ayudarte todo el rato con los arreglos para las Bellas – le recuerda ladeando la cabeza con expectación.

La morena parece meditarlo un poco más, pero Chloe sabe que ha ganado en cuanto los hombros que descansan bajo sus manos se encogen de manera casi imperceptible. Esboza una enorme sonrisa, porque siempre le hace ilusión escuchar algo creado por Beca, y se sienta en una de las sillas vacías.

Beca recoge los cascos que tiró encima del teclado y se los ofrece a Chloe, quien se cubre las orejas con ellos y amortigua el sonido de la tormenta que ruge contra las ventanas. Hunde las manos dentro de las mangas de su sudadera, que le queda dos tallas más grande, y descansa los codos sobre la mini mesa. Apoya su barbilla en sus puños, a la espera.

Beca pulsa la barra espaciadora y su portátil empieza a emitir una especie de escala ascendente de notas que suenan como si alguien estuviera golpeando un xilófono con sus batutas. Es una música etérea, que flota en el aire con la consistencia de motas de polvo iluminadas por rayos de sol.

Hold me close tonight until you start to know the truth

Shut your lips before I spill my heart and soul to you

Chloe se sorprende, porque no es para nada el estilo de Beca. La DJ suele recurrir más a bases electrónicas, a jugar con el sintetizador para arrancarle todo tipo de sonidos. Le gustan las melodías con ritmos pesados compuestos por un millar de elementos, y la música que Chloe está escuchando ahora mismo es todo lo contrario.

Hay una base electrónica, pero es tan suave que queda prácticamente ahogada por la voz del cantante. Parece música de ascensor, o la típica música chill out que te pondría un masajista para que te relajes mientras trabaja tus músculos.

Stay quiet

Be my love

This silence, burns me up

Es un rollo muy distinto a lo que Beca suele hacer, pero es bastante parecido a la música que le gusta Chloe. Es una canción que no habría desentonado en un disco de The 1975, y se pregunta si la DJ se ha inspirado en una de sus bandas favoritas para crear el estilo de esta canción o si, por el contrario, ha sido por exigencias del autor.

Cierra los ojos cuando empieza el trozo de la canción en la que la voz distorsionada del cantante cuenta que está atrapado dentro de su cabeza y se siente bastante jodido. Deja de reposar su barbilla sobre sus puños para pasar a sujetar los auriculares contra sus oídos, moviendo la cabeza con cada golpe de la base electrónica.

I needed love, you needed me

If this ain't the old us, then what the fuck we gon' be

Stressed out all day, in my head all night

Trying make some sense of these same fucking fights

Los ojos de Chloe se abren de par en par cuando escucha ese verso y lanza una fugaz mirada a su mejor amiga.

Beca está sentada en su silla, ligeramente encorvada hacia delante con las manos entrelazadas en su regazo, como si el peso del mundo reposase sobre sus hombros. Mantiene sus ojos inmóviles, su mirada gacha clavada en un punto indefinido de la mesa de esa manera que se nota que es deliberada. Su labio inferior está blanco alrededor de donde sus dientes se hunden en la carne.

Holding on

Loving from afar

You're the one

Making this so hard

La melodía se corta abruptamente cuando termina la canción, pero Chloe tarda por lo menos dos segundos más en reaccionar y deslizar los cascos de encima de sus oídos. Los deposita en la mini mesa con calma y delicadeza, usando el tiempo para disimular lo rápido que su cabeza está funcionando.

- ¿Y bien? – pregunta Beca con un carraspeo cuando el silencio se alarga innecesariamente.

- Oh, um… – exclama Chloe, pillada por sorpresa por esa llamada de atención. Se rasca la nuca y recoge ondas pelirrojas detrás de sus orejas –. La canción está genial, Becs. Perfecta incluso. No necesita ningún retoque más – le asegura.

Pero la morena no parece nada convencida. Chasquea la lengua y el sonido suena casi decepcionado, o reprobatorio.

Chloe sabe que tiene que plantear su siguiente pregunta con tacto extremo, así que cuando habla, su voz es suave y tentativa:

- ¿Te has parado a pensar en que quizá el problema no esté en la canción? – Turbulento azul medianoche se alza de golpe para clavarse en azul bebé y Chloe continúa con cuidado –. ¿Es posible que te irrite tanto por lo que dice, y no por cómo suena?

Beca frunce el ceño y parece absolutamente perdida un segundo hasta que su rostro se aclara. Traga saliva y aparta la mirada, pero ya es demasiado tarde. Chloe ha visto perfectamente el momento en el que ha vuelto a subir sus murallas, son una sombra que apaga el azul oscuro de sus ojos, que causa que su mandíbula se cuadre y sus hombros se tensen.

Es uno de los muchos patrones que Chloe tiene más que memorizados.

Suspira y arrastra su silla por el suelo de la cocina hasta que sus rodillas rozan el muslo desnudo de Beca. Ambas llevan sudaderas, pero con pantalones cortos de deporte, en una contradicción que más de una vez han criticado cuando la ven en películas o algún reality show.

Se inclina hacia delante, descansando sus antebrazos en sus piernas. Observa sus dedos jugar entre sí en el aire, entrelazándose y separándose en una especie de pilla pilla, mientras piensa en cómo abordar el tema sin provocar que Beca se marche dando un portazo.

- Sé que se supone que es algo de lo que no deberíamos habernos dado cuenta… – comienza, lenta y suave –. Pero, cielo, a estas alturas es un secreto a voces.

Alza la mirada hacia Beca, quien ha subido sus piernas al asiento de la silla y las rodea con sus brazos contra su pecho, apoyando su barbilla sobre sus rodillas.

- Tú y Jesse estáis teniendo problemas, no pasa nada. Lleváis, ¿cuántos? – mira hacia el techo, contando mentalmente hacia atrás –, ¿cuatro años?

- Cinco – murmura Beca contra la piel de sus rodillas.

- Cinco años – se corrige Chloe –. Es mucho tiempo, es normal encontrar algunos baches– le asegura con un encogimiento de hombros.

- No es un simple bache – suspira la morena sacudiendo la cabeza en una negación apesadumbrada.

El corazón de Chloe se para un segundo y después se lanza a un sprint mortal contra sus costillas. Traga saliva con algo de dificultad, porque es como si la impresión que le ha causado la declaración de su mejor amiga hubiera adquirido forma física y se hubiera instalado sobre su garganta.

- ¿Qué quieres decir? – pregunta con la boca seca.

Mira atentamente a Beca, registra cada uno de sus movimientos y sus respiraciones. Su cuerpo está tenso, su rostro contraído, y Chloe no sabe qué ha hecho Jesse está vez, pero se teme que quizá no haya vuelta atrás.

- Quiero decir que Jesse se va – espeta Beca de golpe –. Se marcha a los putos Los Ángeles.

Baja las piernas con tanta rapidez que Chloe tiene que incorporarse hasta tocar con su espalda el respaldo de la silla. Evita por los pelos ser golpeada en la cara por una rodilla.

La DJ se pasa una mano por el rostro y la alza hasta su pelo, alborotándolo en una clara señal de que está tan alterada como ahora lucen sus mechones castaños. Su mano se crispa en la parte de arriba de su cabeza y se pasea en círculos de un lado a otro de la cocina.

Uno de los músculos de su mandíbula tiembla cuando aprieta los dientes.

- Le han ofrecido un puesto en una empresa de Hollywood y, de nuevo, ha dicho que sí sin siquiera tener la decencia de consultarme primero – continúa explicando Beca –. Se marcha a principios de Julio.

Chloe simplemente se queda en silencio. No sabe qué decir. Una vez más, no ha visto algo así venir. La primera vez ya fue suficientemente sorprendente, pero que ocurra una segunda vez es… ¿Cuántas probabilidades hay de que pase? ¿Una entre un millón?

- ¿Desde cuándo lo sabes?

- Me lo dijo la semana pasada.

No especifica el día, pero Chloe sabe inmediatamente cuándo pasó. Lo sabe porque llegó casi sin aliento a la puerta después de subir corriendo por las escaleras para ganar una tonta apuesta que hizo con Amy, y cuando la australiana salió del ascensor, musitando toda una serie de improperios por haber perdido, escucharon las voces.

Voces alzadas que venían del interior de su apartamento. Las voces de Jesse y Beca.

Compartió una mirada con Amy y, sin decir palabra alguna, ambas giraron sobre los talones de sus zapatos y cogieron el ascensor para ir a tomar algo y darle tiempo a la parejita de solucionar las cosas. Lo cual pensaron que había sucedido porque, al volver dos horas más tarde, encontraron el apartamento vacío y Beca pasó la noche fuera.

- ¿Dónde dormiste esa noche?

Beca deja de andar y desvía la mirada, avergonzada.

- En el sofá del estudio – confiesa en un murmullo –. Necesitaba estar sola para pensar…

Chloe mueve la cabeza en un asentimiento distraído. Se siente mareada por el torbellino de emociones que se ha desatado en su pecho, y los círculos que Beca recorre de lado a lado en la cocina no ayudan.

Solo queda una pregunta por hacer:

- ¿Y ahora qué?

Beca se frena a mitad de una de sus vueltas y se gira para mirar a Chloe.

La pelirroja espera ver lágrimas. Espera ver la misma angustia e incertidumbre que sumió el rostro de su mejor amiga en sombras la noche que llegó a la casa de las Bellas y la encontró llorando sola y a oscuras en la cocina. Espera que venga en busca del consuelo de su abrazo y de sus palabras tranquilizadoras.

Pero en el rostro de Beca no hay nada eso. Sus ojos arden con un fuego alimentado por la rabia que ha convertido sus manos en dos puños al lado de su cuerpo. La misma rabia que hace que su mandíbula esté apretada.

No es su típico enfado, porque Chloe, que es una experta en todo lo que tiene que ver con Beca Mitchell, es capaz de ver el dolor que oculta la rabia. Es como la capa de lodo que reposa en el fondo de un lago y que, cuando algo altera su plana superficie, causa que se levanten nubes oscuras que enturbian el agua.

Chloe ha visto esto antes, es un estado emocional que aprendió a vincular con el padre de Beca. Era como a veces solía volver la morena de las comidas familiares en casa del Dr. Mitchell y Sheila, aun cuando todavía estaban resolviendo todos los asuntos pendientes que tenían entre ellos.

- Ahora nada – responde Beca con una frialdad que pretende ocultar lo que esta noticia le está haciendo sentir de verdad.

Chloe suspira y sacude la cabeza.

- ¿Pretendes que me crea eso? – inquiere con una ceja arqueada, escéptica.

- ¿Qué quieres que te diga, Chloe? – el estallido de emoción de Beca casi hace sonreír a Chloe, porque esto es precisamente lo que estaba buscando. La morena se gira completamente hacia ella con los brazos extendidos a los lados –. Se va a ir a la otra punta del país y, una vez más, no se le ha ocurrido comentármelo hasta que la decisión ya estaba tomada.

Chloe no dice nada, simplemente se limita a observar desde su silla cómo Beca retoma sus vueltas por la cocina mientras lo echa todo fuera, todas las emociones que lleva guardándose una semana y que la estaban comiendo por dentro.

- Me pidió que me fuera con él. Me dijo que, al fin y al cabo, ir a Los Ángeles siempre había sido mi sueño, pero ¿qué se supone que debo hacer? ¿Debo dejarlo todo solo porque él me lo pida? – pregunta de forma retórica.

Coge una agitada respiración y se pasa una mano por la cara, parada en medio de la cocina. La luz halógena del techo tiñe su piel de una palidez distinta a la suya habitual, una que resulta casi enfermiza y proyecta largas sombras bajo sus ojos.

- Ahora que, por fin, tras un año de retocar pistas, me han asignado un artista para que le produzca el EP entero con total libertad – exclama señalando su pecho –; ahora se supone que debo ir a mi jefa y decirle: oye, ahora que empieza lo bueno de verdad creo que me voy a ir al otro puto lado del país y empezar de cero otra vez. ¿Por qué? Ah, porque mi novio ha tomado la decisión sin consultarme y ahora me toca joderme e irme con él.

Chloe suspira y niega con la cabeza. Es el momento de intervenir, antes de que Beca se lleve a sí misma a una espiral de resentimiento de la que no será capaz de salir con tanta facilidad con la que ha caído.

Ya le pasó con su padre, Chloe va a permitir que le pase con Jesse también.

- Claro que no vas a dejar tu vida por irte con él – le apoya con voz calmada y tranquilizadora, un fuerte contraste al sarcasmo y la rabia que hacen temblar la de Beca –. Solo digo que… Lleváis cinco años juntos, hay otras opciones. ¿Y vuestros planes de futuro? ¿Y eso de ser los próximos en casarse? – presiona. Las palabras saben a veneno en su boca y tiene que resistir las ganas de levantarse e ir a lavarse los dientes.

Por qué exactamente está volviendo a hacer de abogada del diablo, no lo sabe. No tiene ni la más remota idea. Su cabeza le grita una cosa, pero su corazón tira de ella en la dirección opuesta, y Chloe no sabe a quién escuchar, qué camino seguir.

Solo sabe dos cosas: que, una vez más, se ha vuelto a encontrar en una comprometida situación que la deja entre la espada y la pared; y que se sentiría tremendamente culpable y nunca sería capaz de perdonarse a sí misma si no intentase al menos hacer entrar a Beca en razón y ver las cosas con perspectiva.

La DJ chasquea la lengua.

- ¿El futuro que Jesse también decidió sin consultarme? ¿Te refieres a ese futuro? – deja escapar una risa seca y sarcástica. Una de sus cejas se arquea cuando sacude la cabeza y se gira para mirar a Chloe –. Yo nunca dije que quisiera casarme, ¿sabes? No lo hemos hablado ni una sola vez desde que empezamos a salir.

Chloe no puede ocultar su obvia sorpresa.

- Pero, en la boda de CR…

- No sé de dónde coño salió eso – interrumpe Beca –. Simplemente asumió que me querría casar con él, igual que asumió que lo dejaría todo sin siquiera pensarlo dos veces para irme a Los Ángeles, e igual que asumió cuando me vine a Nueva York que viviría con él – enumera, y por la forma en que está hablando, da a entender que estos son solo un pequeño número de ejemplos en un mar formado por muchos más.

Se hace el silencio en el pequeño apartamento. Mientras Chloe intenta hacerse a la idea de que la relación entre Beca y Jesse no era, por lo menos no este último año, tan ideal como la habían hecho parecer, ya fuera una decisión consciente o algo completamente accidental.

Tratándose de Beca y conociendo lo celosa que es de su vida privada, Chloe está bastante segura de que no fue todo un gran plan para tenerles engañados, sino que simplemente Beca prefiere guardarse sus problemas para sí misma.

Problemas que, a juzgar por la rabia acumulada de su mejor amiga, eran muchos.

- Jesse tiene en su cabeza esta especie de… de… película montada – la DJ agita dos manos en el aire a ambos lados de su cabeza –, sobre cómo quería que fuera nuestra vida, como quería que fuera yo. Siempre intentó cambiarme para que fuera como el yo ideal que se había imaginado, y ni una sola vez se le ocurrió pararse a preguntarme si estaba de acuerdo.

Chloe siempre había tenido esa impresión, que Jesse estaba intentando llenar con Beca unos zapatos que le venían algo grandes, que en realidad estaba buscando una chica perfecta sacada de una de las películas con las que estaba tan obsesionado.

Pero siempre pensó que eran imaginaciones suyas provocadas por la envidia, no que tuviera un fundamento real.

Descubrir que tenía razón desde el principio ha trastocado su mundo igual que si una mano enorme hubiera aparecido en el universo de repente y le hubiera dado un golpe a su eje central, dejándolo torcido en medio del vacío.

Esa es la sensación que tiene Chloe en su estómago: un enorme vacío.

- Entonces… ¿Habéis roto? – pregunta con voz pastosa por lo seca que tiene la boca.

Pasa un largo minuto en el que Beca no reacciona de ninguna forma ni da señal alguna de haber escuchado la pregunta, y Chloe, con lo fuerte que late su corazón y el zumbido de la sangre en sus oídos, tiene la sensación de que no se le ha escuchado por encima del rugir de la tormenta.

Pero, al final, la morena deja escapar un suspiro con el que sus hombros se hunden hacia delante y los encoge un par de centímetros. Se acerca hasta su silla y se deja caer en ella en completa derrota.

- No lo sé – admite quedamente, su cabeza gacha y la mirada fija en el suelo de la cocina –. No sé en qué estado se encuentra nuestra relación.

- Deberías hablar con Jesse, aclarar las cosas…

Pero Chloe no ha terminado su frase y Beca ya está negando con la cabeza.

- No quiero hablar con él.

- Bec, en algún momento tendrás que hacerlo. Has dicho que se marcha a principios de julio, si el tiempo lo permite, eso es en menos de dos semanas ya.

- Chloe… – advierte la DJ en casi un gruñido.

- No puedes dejar que se vaya a Los Ángeles estando las cosas así – insiste.

- He dicho que no quiero hablar con él, ¿vale? – espeta Beca levantándose de golpe.

Sus ojos furiosos se clavan en Chloe, esperando la misma reacción que consigue en otra gente cuando lanza esa mirada, pero la pelirroja no se deja intimidar. Ladea la cabeza y entorna los ojos en señal de desafío.

Abre la boca para rebatir, sin embargo, su oportunidad nunca se presenta. La puerta del apartamento se abre de golpe, sobresaltándolas, y al otro lado aparece Amy chorreando agua y con un paraguas roto en la mano.

- No salgáis a la calle – aconseja con un resoplido de alivio –. Es el fin del mundo ahí fuera – señala con el paraguas hacia las ventanas.

Se sacude como un perro, salpicando gotas de agua en todas direcciones, y deja el paraguas roto en el suelo del pasillo. Al cerrar la puerta tras ella parece darse cuenta por primera vez de que ha interrumpido algo y frunce el ceño, confusa por la tensión que espesa el aire.

- ¿Ocurre algo? – pregunta, tentativa.

- No – se apresura a decir Beca –. Absolutamente nada.

Le lanza una mirada de advertencia Chloe, obligándola a callarse, y la pelirroja acepta con algo de reticencia.


Esa noche, Chloe es incapaz de dormir.

El viento sigue batiendo la lluvia contra las ventanas. Puede escuchar los suaves ronquidos de Amy en su cama a unos pasos de distancia, y las profundas respiraciones de Beca a su lado. El calor que irradia la morena no es suficiente para calentar a Chloe, que tiene la sensación de que se ha quedado congelada de forma permanente.

La realidad cae sobre ella con toda la fuerza de una pesa de doscientos quilos e impide que sea capaz de hacer otra cosa que no sea mirar al techo.

Sus ojos, abiertos de par en par, trazan las sombras en movimiento que se dibujan en la pintura blanca. No son más que los torrentes de agua que resbalan por el cristal de las ventanas, iluminados por la luz de la calle, pero se asemejan a lágrimas que caen incesantemente. Por algún motivo, le hacen pensar en Beca.

Antes, no era del todo consciente de las consecuencias de su conversación con la morena. Es en este momento de falsa calma, porque Chloe sabe que únicamente precede a la tormenta que van a ser los próximos meses, en los que por fin parece darse cuenta de lo que significa la noticia de Jesse.

Para Beca, para Chloe, para ellas.

Cuando el reloj da las tres de la madrugada y marcan cuatro horas dando vueltas en la cama para intentar quedarse dormida, se rinde con un resoplido silencioso. Se quita la sábana de encima de las piernas con una mano e, intentando que el colchón no se mueva mucho, se levanta.

Descalza, sus pies se deslizan sin hacer el más mínimo ruido sobre el frío mármol del suelo de la cocina. Un bostezo la interrumpe cuando abre un armario en busca de una infusión que le ayude a relajar la mente, y aprovecha a hacer estallar su columna vertebral al estirarse a coger una taza limpia.

Enciende uno de los fogones tras abrir el gas y coloca la pesada tetera, llena de agua, encima de las llamas. Las lenguas azules del fuego lamen la base metálica de la tetera y Chloe las observa, sumida en una especie de hipnosis de la que solo sale una vez empieza a escuchar el suave burbujeo del agua hirviendo.

Gira la manilla del gas hasta que el fuego se apaga con un pof y aparta rápidamente la tetera del calor. No quiere que empiece a silbar y despierte a Amy y Beca. Vierte agua ardiendo dentro de la taza, en la que ya ha metido la pequeña bolsita con hierbas, y la reacción entre los dos elementos causa que el líquido se tiña poco a poco de amarillo.

Se lleva la taza caliente con ella a la mini mesa. Con actitud distraída, vuelca dos cucharadas de azúcar en la infusión, oscureciendo el amarillo hasta que casi se vuelve marrón.

Siente que alguien ha presionado el botón de pausa que ha provocado que su mundo deje de girar sobre su eje de golpe. Y Chloe, que no estaba ni de lejos preparada para la repentina falta de movimiento, ha tropezado y salido despedida hacia delante sin ningún punto de equilibrio.

Su mundo ahora no es nada más que una bola suspendida en el aire con un eje torcido que hace que todo esté trastocado. Todo aquello que Chloe aprendió de pequeña y tenía como seguro e inamovible, verdades universales que le habían enseñado en el colegio, ahora descubre que nada sigue siendo como era antes.

Así era como pensaba de Beca y Jesse: como algo seguro e inamovible.

Lleva enamorada de Beca aproximadamente el mismo tiempo que la morena ha estado con el Treblemaker, desde mayo del 2013. Y como sus sentimientos por la DJ parecían permanentes, se ayudó a convivir con ellos repitiéndose siempre lo que creía ser una verdad universal: Beca y Jesse son algo seguro e inamovible.

Cada vez que creía ver algo en los ojos de Beca que le daba esperanzas de que sus sentimientos podían ser correspondidos, cada vez que sentía que se iba a volver loca por esa sensación de posibilidad que se expandía por su pecho como las raíces de una ortiga, cada vez que notaba que sus pies se despegaban de la tierra.

Se miraba a sí misma en un espejo y se repetía una y otra vez esa verdad universal: Beca y Jesse son algo seguro e inamovible.

Pero, al parecer, estaba bastante equivocada. No son ni lo uno ni lo otro, y Chloe no sabe cómo lidiar con ello.

Dos manos entran en su desenfocado campo de visión y vuelve a la realidad con un parpadeo sobresaltado. Alza la mirada de la infusión que seguía haciendo girar con movimientos distraídos de su muñeca y ve que Amy se ha unido a ella en la mini mesa.

Lleva el antifaz que usa para proteger sus ojos de la luz apoyado en la frente y la goma elástica tira de su pelo hasta crear una extraña protuberancia alrededor de su cabeza, como si llevase una corona de rulos.

- ¿Te he despertado? – es lo primero que dice Chloe con un susurro cascado. Se limpia la garganta, porque después de horas sin hablar, tiene la voz desentrenada.

- Sí, pero solo porque estás pensando tan alto que casi son gritos – responde Amy. Ladea la cabeza hacia un lado y cruza sus brazos encima de la mesa –. Te ha dicho lo de Jesse, ¿huh?

Chloe está demasiado cansada como para ocultar su sorpresa y la ligera traición que le pincha en el corazón al ver que, aparentemente, ha sido la última en enterarse.

- ¿Beca te lo ha contado?

- No – ríe la australiana con una sacudida de cabeza –, sus mensajes lo hicieron – abre la boca y le guiña un ojo en un gesto de complicidad algo teatral.

- ¡Amy! ¡Tienes que dejar de cotillear en las cosas de los demás! – sisea la reprimenda y le da un manotazo en el bíceps, mirando por encima de su hombro para asegurarse de que Beca sigue durmiendo profundamente.

- Lo sé, lo sé – la aplaca extendiendo ambas manos en el aire. Su expresión muestra arrepentimiento, pero Chloe no se lo cree ni por un segundo –. Estoy trabajando en ello – su promesa se ve rápidamente descartada a un lado cuando Amy se inclina sobre la mesa con expresión conspiratoria –. ¿Qué te parece la noticia, eh? Es bien gordo.

- Tan gordo que no sé si serán capaces de recuperarse de esto – musita Chloe con la mirada gacha.

La mano que tiene alrededor de la taza está empezando a enfriarse, lo que significa que la infusión también está perdiendo su calor y todavía no le ha dado ni el primer sorbo. Coge la cucharilla y la usa para sacar la bolsa de hierbas, escurriendo el líquido antes de dejarla sobre la superficie de la mini mesa.

- Pero eso es bueno, ¿no? – inquiere Amy, subiendo y bajando las cejas de forma sugerente.

Chloe frunce el ceño y sacude la cabeza, claramente confundida con la dirección que está tomando la conversación.

- ¿Cómo es eso bueno, Amy?

- Ugh, venga, Chloe – se queja en voz baja –. No te hagas la inocente, ese juego lo inventé yo – se señala a sí misma con un dedo índice con actitud algo petulante. Al ver que Chloe continúa sin entender a qué se refiere, Amy suspira y adopta una actitud seria que resulta casi escalofriante –. Mira, no hace falta que finjas conmigo, ¿vale?

Sus ojos verdes están firmemente clavados en el azul bebé de Chloe, y parecen casi marrones en la semioscuridad de la cocina, solo iluminada por la luz de las farolas que se filtra a través de las ventanas. Están llenos de compasión, pero sin el brillo travieso o despectivo que caracteriza a la australiana.

Cuando Amy alarga una mano a través de la mesa para posarla sobre el brazo de Chloe en una caricia, la pelirroja casi tiene la impresión de que en algún momento se ha quedado dormida encima de la mini mesa y todo esto no es más que el producto de una alucinación.

- Sé lo de Beca – confiesa Amy.

La mandíbula de Chloe se descuelga sin que ella tenga control alguno sobre la acción. Durante un par de segundos solo es capaz de parpadear y emitir una serie de sonidos inconexos que pretenden ser palabras.

- ¿Qu…? ¿Cómo…?

Amy bufa una risa silenciosa y retira su mano para volver a cruzarla sobre la mesa con su otro brazo.

- No eres tan buena ocultándolo como crees – dice –. Hay veces que hasta un ciego podría verlo.

Eso manda a Chloe con una bonita patada en el culo al interior de una espiral de pánico. Sus ojos se abren de par en par y se lleva una mano a la garganta en un tic nervioso que adquirió después de semanas soportando el dolor constante de los nódulos hasta cada vez que respiraba.

(Ninguna de las dos se da cuenta de cómo ojos azul medianoche parpadean en la oscuridad, desorientados y adormilados, tras haberse despertado por susurros incesantes.)

- ¿Beca…? – pregunta Chloe de forma nada coherente mirando por encima del hombro a la figura durmiente de su mejor amiga, pero Amy lo entiende de todos modos y la tranquiliza con una negativa.

- Beca no lo sabe, está más allá de la ceguera – sonríe de manera un tanto incrédula y el brillo travieso vuelve a sus ojos –. Creo que es la persona más densa que conozco, y he tenido la desgracia de conocer a Emily, así que ya es decir…

Chloe chasca la lengua con desaprobación, como cada vez que Amy hace algún comentario burlándose de la Heredera.

- Por favor no le digas nada – suplica Chloe, tan desesperada que todo su cuerpo se inclina sobre la mini mesa y sus manos se agitan en el aire sin llegar a tocar a Amy –. Sé que es tu mejor amiga y no querrás tener secretos con ella, créeme, yo tampoco – apoya una mano sobre su pecho en una pose afectada –, pero necesito tiempo…

- Vale, vale – la frena Amy –. Relaja la raja, pelirroja. Tengo fama de no saber guardar secretos y no sé por qué, los que cuento son solo una pequeña parte de todas las cosas que sé – su sonrisa se tuerce con picardía y mueve las cejas de forma sugerente –. Pero tranquila, no le diré nada a Beca.

- Gracias, Ams – murmura, claramente aliviada.

La australiana se encoge de hombros para indicar que no es necesario que se lo agradezca y se levanta de la silla para volver a la cama. Chloe sigue su ejemplo y va al fregadero para volcar los restos de infusión fría por el desagüe.

- ¿Chloe? – llama Amy. Tiene una mano ya tirando el antifaz para ponérselo sobre los ojos, solo está esperando a decir sus últimas palabras –. No esperes una eternidad para contárselo – aconseja casi con ternura –. Te mereces ser feliz.

Chloe asiente para mostrar que la ha escuchado, porque no se ve capaz de hablar sin romperse ahí mismo. Coge una temblorosa respiración, observando cómo Amy termina de cubrirse los ojos con el antifaz y se deja caer de plancha sobre la cama, que se queja del impacto con un crujido del somier.

Chloe utiliza una táctica mucho más suave para tumbarse, intentando mover lo mínimo el colchón para no despertar a Beca. La DJ tiene ahora prácticamente la cara entera enterrada en la almohada y su espalda se mueve con cada una de sus profundas respiraciones.

El momento que ha compartido con Amy se siente casi surrealista, y la sensación acompaña a Chloe hasta la mañana siguiente.

Cuando la australiana actúa con total normalidad durante el desayuno, sin siquiera dedicarle una sonrisa, un guio o una mirada cómplice, como si esa conversación en medio de la noche nunca hubiera tenido lugar, Chloe empieza a dudar de si fue real o todo un producto de su mente delirante por el cansancio.


- Bec – susurra, agitando con suavidad el hombro de la morena –. Beca – insiste con un poco más de fuerza.

Su mejor amiga deja escapar un gruñido e inmediatamente su rostro se convierte en una mueca de dolor. Abre los ojos con un parpadeo pesado y espeso, como si le estuviera costando un montón de esfuerzo, y guiña cuando la luz fluorescente de la cocina le da en la cara.

Sube una mano para protegerse y gira hasta ponerse de costado, hecha una bola bajo las mantas.

- Bec, ¿estás bien? – inquiere Chloe, preocupada.

Le ha parecido raro que Beca no se haya despertado cuando le ha sonado la alarma, y por la noche le dio la impresión de que estaba irradiando más calor del normal, hasta el punto de que Chloe se planteó varias veces dormir en el suelo después de despertarse sudando como si acabase de correr una maratón, pero lo desestimó sin pensar mucho en ello para seguir durmiendo.

Ahora, sin embargo, tiene la sospecha de que Beca está algo enferma.

- ¿Eh? – la morena deja escapar la pregunta, desorientada. Traga saliva, como si tuviera la boca muy seca, y de nuevo todo su rostro se contrae en una mueca de dolor –. ¿Qué hora es?

Su voz suena cascada, y por cómo le silba la nariz cada vez que intenta respirar, solo para darse cuenta de que no puede y coger aire por la boca, parece que lleva cincuenta años fumándose un paquete entero de cigarrillos a diario.

Chloe tuerce la boca y posa el dorso de su mano en la frente de su mejor amiga.

- Bec, estás ardiendo – observa –. Deberías quedarte hoy en casa.

Pero la morena ya está negando con la cabeza y, con gestos torpes y pesados, da patadas con los pies para desenredarse del capullo que ha formado a su alrededor con las mantas en los quince minutos que hace que Chloe se ha despertado.

- No, no – rechaza con voz mocosa. Intenta carraspear para librarse de ese efecto, pero solo consigue lanzarse directa a un violento ataque de tos que la tiene luchando por coger aire –. Estoy bien – jadea cuando se recupera lo suficiente como para hablar –. Puedo ir a trabajar perfec…

Su frase queda interrumpida por otro ataque de tos. Se lleva una mano a la garganta y se masajea las amígdalas mientras intenta calmar los espasmos que sacuden su pecho, un acto reflejo de su cuerpo para expulsar los mocos que le impiden respirar.

- Estoy bien, de verdad – murmura Beca con voz rota y expresión de dolor. Esta vez, sin embargo, ni siquiera intenta levantarse de la cama y sus protestas son débiles.

- Oh sí, ya veo lo bien que estás – comenta Chloe con diversión en la voz, cejas arqueadas y brazos cruzados.

Sabe que Beca es una cabezota cuando se trata de su salud y de aceptar que quizá no se encuentra tan maravillosamente como quiere hacer creer. Ya le tocó lidiar con este lado de la DJ más de una vez en Barden, y la clave está en ignorar todas sus protestas y obligarla a descansar.

- Te vas a quedar en la cama, vas a dormir, y no te vas a mover de aquí hasta que vuelva del trabajo – ordena, levantándose del colchón para recolocar las mantas de forma que cubran a Beca hasta por encima de la nariz.

- Sí, mamá – se burla la morena en un gruñido. Acompaña sus palabras con unos ojos en blanco, pero parece estar demasiado cansada como para hacer el recorrido completo porque se queda a mitad de camino y simplemente se limita a dejar que sus párpados caigan hasta que tiene los ojos cerrados.

Chloe sacude la cabeza, divertida, y rebusca en el estudio hasta que ha reunido todas las mantas que tienen y las pone una sobre otra encima de Beca. Ahora estará ardiendo con fiebre, pero dentro de un rato se le pasará y empezará a tiritar con frío.

Coge el iPhone de Beca y usa su propio pulgar para desbloquearlo, buscando el contacto de la jefa de la DJ en BFD Artists.

- ¿Sí? – contesta una mujer.

- Hola, soy Chloe Beale, la compañera de piso de Beca Mitchell – se presenta, a pesar de que ya ha coincidido unas cuantas veces con la jefa de su mejor amiga.

- Ah, Chloe – exclama ella con reconocimiento en su voz –. ¿Tú eres la rara o la otra?

- Mmmm… Voy a decir la otra, porque supongo que la rara es Amy – ríe, sin saber muy bien cómo reaccionar a ser identificada de esa forma. Supone que es mucho mejor que alguien te recuerde como "la rara", aunque está segura de que para Amy eso es todo un halago.

- Bueno, ¿en qué puedo ayudarte?

Tras explicarle la situación, su jefa le asegura que no pasa nada y le dice que Beca es libre de tomarse el tiempo que necesite para recuperarse. Chloe le da las gracias y cuelga la llamada, rápidamente termina con su rutina de todas las mañanas antes de salir de casa para dirigirse a la clínica veterinaria.

El día parece arrastrarse, aunque solo sea porque Chloe no deja de mirar el reloj para comprobar cuánto queda hasta las cinco. Al mediodía, su móvil vibra con un mensaje entrante. Pensando que a lo mejor es la DJ, lo saca rápidamente de la cinturilla de sus pantalones de enfermera y comprueba la pantalla iluminada.

Amy (ahora): Todavía respira

Amy (ahora): Y muy alto, he de decir

Chloe sopla una risa y vuelve a guardar el móvil, resignándose a esperar a la salida del trabajo para comprobar por sí misma el estado de salud de su mejor amiga.

Sabe que no es nada grave, solo el típico resfriado de verano provocado por los cambios bruscos de temperatura entre los asfixiantes exteriores y los interiores con el aire acondicionado demasiado fuerte. Aun así, no puede evitar sentir preocupación por no poder estar presente en caso de que Beca necesite cualquier cosa.

De modo que en cuanto el reloj de la clínica por fin toca las cinco, a Chloe le falta tiempo para salir corriendo por la puerta. Tiene suerte y el metro acaba de frenar cuando termina de bajar las escaleras que la llevan al andén correspondiente. Las puertas del vagón se cierran tras ella con un woosh y deja escapar un suspiro de alivio.

Veinte minutos más tarde, está abriendo la puerta del estudio lo más silenciosamente que puede.

Deja su bolso y el abrigo sobre la silla azul que tienen en la entrada, justo a la derecha, en su lado de la cama, y comprueba que Beca está profundamente dormida. Sus mejillas están teñidas de un suave rubor, pero Chloe no quiere tomarle la temperatura y arriesgarse a despertarla.

Sonríe, porque sigue exactamente en la misma postura en la que la dejó esta mañana. Se tomó de forma bastante literal su orden de que no se moviera de donde está.

Con los cascos todavía puestos, se lava las manos en el grifo de la cocina y abre la nevera para sacar verduras y un muslito de pollo. Se pone a trabajar en hacer una sopa para Beca, ya que supone que no ha comido nada en todo el día y, tal y como debe de tener la garganta, algo líquido es la mejor opción.

Llena una cacerola de agua hasta la mitad y echa un chorro de aceite y un pellizco de sal, luego la coloca sobre uno de los fogones y abre el gas. Con cuidado, acerca una cerilla encendida a la base del fogón, que se prende en suaves llamas azules.

Agita la mano para apagar la cerilla y tira el palito de madera quemada a la basura. Gira sobre sí misma para volver a la zona de la encimera en la que ha dejado la tabla con las verduras encima. Coge un cuchillo grande y, tarareando para sí misma en voz baja, comienza la rutinaria tarea de cortar las verduras en trocitos.

Va por su segundo pimiento cuando el tarareo se transforma, sin que se dé cuenta, en cantar.

- Even when you're next to me it's not the way I'm picturing. I'm just feeling low, feeling low.

Se da cuenta de que el agua de la cacerola ha arrancado por fin a hervir, así que coge el muslito de pollo y lo echa con cuidado de no salpicar y quemarse. Luego, levanta la tabla de la encimera y, empujando con el filo del cuchillo, echa las verduras que ya tiene cortadas.

- You wanna be friends forever? I can think of something better. I'm just feeling low, feeling low – se inclina sobre el cubo de la basura con un pelador en la mano para que la piel de las zanahorias caiga directamente sobre la bolsa y continúa cantando suavemente –. Sleeping here right next to me, but will you ever mess with me? No.

Vuelve a la tabla y deja las tres zanahorias encima de la superficie de madera. Su mano se cierra en torno al mango del cuchillo y el golpe que da el filo coincide justo con el inicio del estribillo de la canción.

- But at least I got you in my head, oh yeah. At least I got you in my head, in my head.

Se gira de nuevo, pero se queda a medio camino cuando ve dos ojos azul medianoche mirándola fijamente por encima del borde de las mantas. Sonríe al cruzar miradas con Beca y se quita uno de los cascos, presionando el pequeño botón que hay en el cable para pausar la música que se filtra fuera.

- ¿Te he despertado? – pregunta algo avergonzada.

- Sí – asiente Beca, pero cuando saca un brazo de debajo de las mantas para apartarse el pelo de la cara, Chloe puede ver que está sonriendo.

- ¿Cómo te encuentras? – se seca las manos en el trapo que lleva colgado en el hombro y al pasar al lado de la mini mesa, coge el termómetro que usó esa mañana para medirle la temperatura a la DJ.

- Meh – responde ella con un encogimiento de hombros. Le hace un hueco a Chloe a su lado en el borde del colchón y se mete el termómetro ofrecido bajo el brazo –. Un poco mejor, supongo.

- ¿Tienes hambre? Te estoy preparando una sopa.

- Podría comer – admite. Una sonrisa torcida se abre paso por sus labios resecos y Chloe se encuentra a sí misma devolviéndosela –. ¿Qué canción era esa? – hace un gesto con la cabeza hacia la cocina para especificar a qué se refiere.

- Oh, Sleepover. La nueva de Hayley Kiyoko – dice la pelirroja, su sonrisa volviéndose un tanto tímida. No sabía que Beca había estado despierta lo suficiente como para prestar atención a lo que estaba cantando.

- Es un poco deprimente, ¿no?

Chloe ladea la cabeza, pensativa, y repasa mentalmente la letra de la canción y el mensaje que quiere transmitir. Se humedece los labios, sus manos empiezan a juguetear de forma distraída con el trapo que reposa en su regazo, enrollando y desenrollando alrededor de su índice un hilo suelto.

- A mí no me parece deprimente – contesta finalmente –, sino más bien… – busca la palabra adecuada para expresarlo –, triste. Me parece que es exactamente lo que piensa alguien cuando la persona que más desea en este mundo está a su lado, pero al mismo tiempo, totalmente fuera de su alcance.

Beca, sorprendentemente, mantiene el contacto visual firme mientras asiente. Sus labios se despegan y coge una bocanada de aire antes de hablar:

- ¿Has estado alguna vez en esa situación? – inquiere con obvia curiosidad, pero hay algo más en las profundidades de ese turbulento azul medianoche que Chloe no es capaz de identificar.

Sigo en ella, piensa Chloe de manera inmediata.

Las palabras le pesan en la punta de la lengua y casi caen de su boca por su propio peso, pero es capaz de tragárselas en el último minuto. Porque, a pesar de que la tentación de decirlo de una vez y afrontar las consecuencias es cada vez más abrumadora, el miedo a perder a Beca para siempre es todavía más fuerte.

Así que las expulsa de forma silenciosa en un suspiro y espera que, de momento, sea suficiente.

- Quién no – dice en su lugar, encogiéndose de hombros con fingida despreocupación.

Los ojos de Beca relucen con un brillo que parece casi sospecha, pero el termómetro que tiene bajo su brazo pita para anunciar que ya ha terminado y distrae a Beca lo justo para que se olvide de seguir intentando leer a través de la máscara de Chloe.

La pelirroja coge el termómetro que Beca le ofrece y lo gira de forma que la pequeña pantalla electrónica quede orientada hacia ella.

- Ya no tienes fiebre – anuncia con una sonrisa.

- Yaaay – celebra Beca, débil e impregnado con un poco de sarcasmo.

Chloe ríe quedamente y vuelve a la cocina para echarle un vistazo a su sopa. Durante todo el proceso, parlotea sobre su día y le cuenta a Beca cómo a un paciente se le ha escapado su camaleón y ha sido una auténtica odisea encontrarlo.

Relata anécdota tras anécdota, en parte porque ha descubierto que le encanta su trabajo, pero la verdadera razón, si es sincera consigo misma, es para mantener a Beca distraída y evitar que reflexione sobre la conversación que acaban de tener.

Una vez está lista la sopa, le sirve a Beca un cuenco en el que ha desmenuzado el muslito de pollo para que pueda comer algo con un poco más de sustancia, y se pone a sí misma otro, porque huele de maravilla y su estómago no deja de rugir para recordarle que lleva muchas horas sin alimentarle.

Balanceando la bandeja con cuidado para no derramar nada de líquido, consigue llegar a la cama sana y salva y deposita el plástico sobre las rodillas de Beca, que se ha incorporado para estar sentada y poder comer.

Deja su portátil con Netflix abierto al pie de la cama, un episodio de Friends ya cargando en la pantalla. Intentando hacer rebotar al colchón lo menos posible, se sienta al lado de Beca con la espalda contra la ventana y coge su bol de sopa.

- Si te pones enferma, no esperes que te cuide – comenta la morena, una ceja arqueada al ver la cercanía de Chloe y su actitud despreocupada.

A pesar de que ambas son muy conscientes de cuánto de mentira hay en esa declaración, ninguna quiere ahondar en el tema. No hay necesidad.

- Yo nunca me pongo enferma, Bec – responde Chloe en su lugar con un guiño juguetón mientras sopla el líquido acumulado en la cuchara.

Beca no protesta más. Se recoloca de forma que el poco espacio que queda entre ellas desaparece del todo y alza su cuchara para esconder su sonrisa tras ella.


Gotas frías caen en su espalda, sobresaltándola al principio, pero luego haciendo que su cuerpo se relaje y emite un "mmhh" de satisfacción.

- Esa no es la reacción que esperaba – observa Beca, decepcionada, desde algún punto por encima de Chloe.

La pelirroja sonríe automáticamente y gira con cuidado sobre su toalla para no llenarse de arena. De costado e incorporada sobre un codo, se ve obligada a hacerse visera con una mano sobre los ojos porque, a pesar de llevar gafas de sol, la cabeza de Beca está situada justo al lado del sol y duele mirar en su dirección.

- En realidad, mi piel te lo agradece – responde con un guiño que no se ve, pero está ahí.

La DJ se deja caer con las piernas cruzadas sobre su toalla y recupera el ancho sombrero de paja que había dejado atrás para ir a refrescarse en la orilla.

- No sé cómo aguantas tanto rato tirada bajo el sol – musita, y a pesar de las Ray-Ban que cubren sus ojos, Chloe sabe perfectamente qué mirada le acaba de lanzar.

Ríe y se encoge de hombros, tumbándose sobre su espalda para permitir que su parte delantera se broncee. Mantiene la cabeza girada para observar a su mejor amiga. Su piel extra pálida reluce por sí sola bajo los fuertes rayos del sol de agosto, pero ahora que está cubierta de gotitas de agua, parece un diamante.

- ¿Sabes a quién me recuerdas? – dice de repente, riéndose sola por su ocurrencia –. A Edward Cullen.

- ¿A quién? – el rostro de Beca se transforma en una sincera mueca de confusión.

- ¿Edward Cullen? ¿El de Crepúsculo? – aclara en un intento de conseguir que la bombilla dentro de la cabeza de Beca se ilumine y reconozca la referencia –. Ya sabes, la peli con vampiros y hombres lobo.

- Ni idea, Chlo – niega Beca encogiéndose de hombros.

- Madre mía, ¿dónde estabas en 2009? – exclama.

- En el infierno, también conocido como el instituto – responde Beca con tanta rapidez que parece que ya tenía la contestación perfecta pensada desde hacía tiempo y solo estaba esperando a poder soltarla.

- Tampoco era tan horrible – ríe Chloe sacudiendo la cabeza.

- Eso lo dices porque tú eras popular – se baja las gafas unos centímetros por la nariz solo para que se vea cómo pone los ojos en blanco de forma muy exagerada, y finge una arcada –. Seguro que fuiste la líder de las animadoras y reina del baile.

- Te equivocas – rebate Chloe, para sorpresa de Beca, que se pausa y la mira con las cejas arqueadas. Alza la barbilla en un gesto orgulloso y se aparta el pelo de uno de los hombros –. También fui delegada de clase – puntualiza.

No es capaz de mantener la seriedad y empieza a reírse. Beca aguanta un poco más su fingido desagrado, pero sucumbe rápidamente a la risa contagiosa de Chloe y ambas yacen sobre sus toallas compartiendo carcajadas durante más rato de lo que la broma probablemente merezca.

Se sumen poco a poco en un cómodo silencio mientras absorben los rayos del sol.

Chloe cierra los ojos cerrados tras sus Ray-Ban para no hacerse daño mirando al cielo, que hoy es del mismo color que sus ojos y no está manchado ni por una sola nube. Puede escuchar el sonido de la tapa del bote de protector cuando Beca lo abre para embadurnarse otra vez y el roce de piel contra piel al extenderlo por su cuerpo.

Está tarareando distraídamente una canción, probablemente un ritmo nuevo con el que está trabajando y que está intentando desentrañar. Es una de las varias señales que demuestran que el cerebro de Beca nunca termina de desconectarse del todo cuando se trata de música.

Pasos pesados sobre la arena anuncian la llegada de Amy. La australiana se para a los pies de las toallas de sus amigas con una enorme sonrisa y se agacha lo suficiente para dejar en el suelo un cubo de playa lleno de agua y arena.

- Si lo traes lleno no vas a poder hacer un castillo, Ams – observa Beca con el mismo tono que emplearía una madre cuando su hijo se empeña en hacer algo de una forma que ya sabe no va a funcionar.

- Lo sé, eso es para hacer los adornos de las torretas – explica la rubia.

- ¡Ooooh! – Chloe se incorpora rauda como el viento, todo su rostro iluminado por la ilusión, y alza una mano en el aire para llamar la atención de Amy –. ¿Puedo hacer yo los adornos? ¿Porfis porfis porfis? – suplica con un puchero.

Cuando Amy le dice que por supuesto, Chloe salta de su toalla por la emoción y le da un abrazo. Todo bajo la mirada de Beca, que pone los ojos en blanco y sacude la cabeza con incredulidad.

- Niñas – musita para sí misma –. Tengo a niñas por amigas.

Chloe salpica a Beca con el agua del cubo, riendo, y pronto se entretiene ayudando a Amy a llenar el otro cubo con arena húmeda. Escarban en la arena con las manos, ya que el único motivo por el que tienen dos cubos es porque se los encontraron abandonados una tarde cuando ya se marchaban de la playa.

Trabajan animadamente hasta formar seis torretas que luego se dividen para ir construyendo puentes de arena que comunican unas con otras hasta formar un castillo. Amy tiene la idea de crear un foso, así que se ponen a crear una zanja pegada a los muros exteriores con solo dos puentes que comunican con el exterior y permiten el paso.

Amy vuelve a la orilla con el cubo vacío en busca de piedras y conchas que puedan usar para la decoración mientras Chloe, sentada al estilo indio sobre la arena y con el cubo lleno entre sus piernas, hunde la mano en agua y arena húmeda para crear el techo de las torres.

Saca un puñado de arena empapada que deja escapar poco a poco por la zona baja de su puño, de forma que cae en una especie de hilo que se va acumulando hasta formar churretes.

- Oye, Chlo – dice Beca.

Algo en su forma de pronunciar esas dos simples palabras causa que Chloe se pause lo suficiente para mirar a su mejor amiga. Quizá es la cautela, o la aprehensión que nota en su voz, pero deja de lado la divertida tarea de adornar el castillo para prestar toda su atención a Beca.

- ¿Hhhmm?

La DJ permanece oculta tras sus gafas de sol y la sombra que proyecta sobre su rostro el sombrero de paja. Chloe nota que está rehuyendo su mirada, así que, perspicaz como siempre, y respetuosa como siempre de las necesidades de su mejor amiga, continúa haciendo churretes de arena.

Beca se toma su tiempo, lo cual delata que no es algo de lo que se sienta cómoda hablando. Se toma tanto tiempo que Chloe empieza a temer que Amy regrese antes de su viaje de exploración y se quede sin saber para siempre qué es lo que Beca le quería decir.

- ¿Cuándo…? – empieza a preguntar Beca al final. Se interrumpe a sí misma, suspira, y vuelve a intentarlo –. ¿Cuándo te diste cuenta de que también te gustaban las chicas?

Chloe se queda paralizada de manera notable.

De todos los temas de conversación que pensaba que Beca podía sacar, su sexualidad no era ni remotamente una posibilidad. Le cuesta tanto reponerse a de la sorpresa que Beca tiene tiempo de sobra de empezar a darle vueltas a su pregunta y retractarse.

- ¿Sabes qué? Olvídalo. Es una pregunta estúpida de todos modos.

- No, no – Chloe se apresura a aclarar las cosas –. Me has pillado desprevenida, eso es todo. Supongo que una parte de mí siempre lo supo – contesta finalmente –, solo que, al principio, no lo supe identificar por lo que era – tuerce la boca, pensativa, y ladea la cabeza mientras examina la torreta que acaba de terminar –. Esto va a sonar tonto – se disculpa por anticipado con una sonrisa algo avergonzada –, pero a pesar de que sabía que era una posibilidad, no sabía que podía aplicarse a mí.

Se traslada unos centímetros más a su derecha para comenzar a trabajar en la segunda torre, arrastrando el cubo con ella. Se da cuenta de que quizá esa última frase no ha sido tan coherente como sonaba en su cabeza, así que, mientras coge un puñado de tierra, se explica algo mejor.

- Es decir, mi madre no me educó para que fuera consciente de que tenía otras posibilidades fuera de la heterosexualidad. Para algunas cosas era muy abierta, pero para otras… Era más tradicional – se frunce el ceño a sí misma –. No es para nada homófoba, siempre lo ha tratado con la normalidad que merece, es solo que… – se pausa cuando se inclina sobre una torre para retirar un alga que había quedado semienterrada en la arena y continúa una vez se ha incorporado –. Nunca se le ocurrió que fuera necesario sentarme y explicarme que yo podía ser una de esas personas que no solo se sienten atraídas por los hombres y que no pasaba nada si resultaba ser así – alza la mirada del churrete que acaba de terminar y esboza una mueca de disculpa –. No me estoy explicando nada bien, ¿verdad?

Beca, completamente seria y atenta a todo lo que Chloe estaba diciendo, pero perdida en su cabeza, tarda un segundo en darse cuenta de que le ha preguntado algo y otro segundo más en procesar las palabras para contestar.

- No, no – tranquiliza con el amago de una sonrisa que le sale algo marchita –. Te estás explicando perfectamente, sé… – se pasa la lengua por los labios resecos y, una vez más, Chloe nota cómo desvía la mirada a la orilla –. Sé a lo que te refieres.

Se sumen en un silencio algo incómodo por culpa de Beca. Incluso desde su posición, unos cuantos pasos alejada de la morena, Chloe puede notar las ondas de incomodidad y vergüenza que irradia su menudo cuerpo.

Deja su cubo y gatea por la arena caliente hasta que puede dejarse caer sentada justo al lado de Beca. Siente la mirada curiosa de la DJ, cubierta tras los cristales polarizados de sus gafas de sol, y a pesar de que Chloe desearía poder hacer contacto visual directo, entiende y respeta que ahora mismo Beca necesita la protección de sus gafas.

- Sabes que es normal tener, um, dudas – dice con algo de inseguridad. Quiere reconfortarla, pero tampoco pretende meter el dedo en la llaga, si es que existe una.

Sospecha que la pregunta de Beca viene motivada por algún tipo de doble intención, lo típico de cuando dices "es para un amigo" por no decir que es para ti mismo porque te avergüenza. Si no, no se le ocurre otra explicación lógica para que Beca haya estado pensando en ese tema hasta el punto de que ha sentido la necesidad de preguntar.

No estaría pasando por este mal trago si no fuera verdaderamente importante para ella.

- Lo sé – asiente Beca, aunque no parece muy convencida. Debe de percibir que Chloe no termina de creerla, porque curva sus labios en una pequeña sonrisa y hace contacto visual a través de sus gafas durante unos segundos –. Es más que nada la impresión, ¿sabes?

- ¿Puedo preguntar cuándo empezaste a planteártelo? – inquiere Chloe, curiosa.

Beca baja la mirada al puño con el que ha cogido arena seca. Igual que ha estado haciendo Chloe, deja que resbale y observa cómo los pequeños granos dorados rebotan unos con otros hasta formar una montaña deforme en constante proceso de erosión.

- En el instituto hubo un par de ocasiones en las que lo pensé – confiesa en voz baja –. Pero pronto me di cuenta de que no era lo "normal" – dibuja las comillas en el aire con su mano libre y pone los ojos en blanco tras sus gafas –, así que una parte de mí lo enterró en algún rincón polvoriento de mi mente, donde se quedó hasta… – se pausa, y su mano se crispa, provocando que la arena se precipite sin control alguno al suelo –. Bueno, hasta Barden.

Chloe intenta no reaccionar de ninguna forma por fuera, a pesar de que todos sus órganos acaben de brincar en su interior. Su corazón se lanza a una carrera tan alocada que puede notar el pulso desbocado en su cuello sin necesidad de tocar la zona, y le entra la paranoia, pensando que a lo mejor Beca puede verlo también.

Se pasa una mano por la nuca y la enrosca alrededor de la mitad de sus ondas pelirrojas, echándoselas por encima del hombro. Por si acaso.

- Pero en Barden encontré a Jesse – dice Beca con tono de finalidad, como si esa fuera suficiente explicación. Y, en verdad, lo es. Teniendo novio, no era el momento más ideal para ponerse a experimentar.

- Lo que necesitas es una Kat – observa Chloe. Beca se gira hacia ella rápidamente con cejas arqueadas en una mezcla de sorpresa, rechazo y confusión. Se ríe de su expresión y procede a explicarse mejor –. A lo que me refiero es que necesitas alguien dispuesto a permitirte explorar esa faceta tuya sin etiquetas que os aten.

Las cejas de Beca se juntan en el centro. Frunce el ceño mientras medita sobre lo que Chloe acaba de decir, sus labios torcidos en una mueca pensativa.

- Esta no será otra de sus raras proposiciones para experimentar, ¿verdad? - inquiere con sospecha y desconfianza.

Chloe echa la cabeza atrás por la fuerza de su risa. A veces se le olvida que ese fue un comentario que salió de su boca, aún hoy no está muy segura de qué clase de fuerza extraña la poseyó esa noche para decirle eso a Beca con tanto descaro.

(No fue en serio, nunca esperó que Beca picase el anzuelo. Aun así, le dolió que Beca le diera la espalda sin darle nada más que un insulto cariñoso. Aunque por esa época todavía seguían enfadadas así que, en parte, está justificado.)

- No – le asegura con restos de risa en su voz y ojos –. Yo ya tengo una Kat.

Beca vuelve a apartar la mirada de tal forma que a Chloe le da la impresión de que acaba de responder de la forma equivocada a una pregunta que ni siquiera sabía que le estaban haciendo.

Observa a la morena con cautela, a la espera de un gesto que le dé una señal sobre qué exactamente ha hecho mal, en qué momento ha metido la pata. ¿Ha sido al negarse a ser su amiga sin etiquetas? ¿Ha sido al mencionar a Kat? ¿Ha sido una mezcla de ambas cosas?

Pero Beca se gira hacia ella al cabo de un rato y su rostro está completamente recompuesto, como si nunca hubiera pasado nada.

- ¿Y si sí quiero etiquetas? – pregunta.

Chloe no necesita verle los ojos para saber que va absolutamente en serio, lo cual ya es doble sorpresa.

- Oh, um… – trastabilla en busca de una respuesta coherente que disimule el hecho de que su cerebro ahora mismo está corriendo en círculos y gritando en pánico por el interior de su cráneo –. ¿Estás preparada para algo serio después de lo de Jesse? – dice al final.

No pretende juzgar, y espera que eso se trasmita de forma clara. Es más bien que siente curiosidad genuina por saber qué va a contestar Beca.

Una vez su rabia hacia Jesse se disipó, la realidad cayó sobre ella sin ningún tipo de piedad. No tuvo tiempo para llorar por la pérdida de su relación, tanto romántica como de su mejor amigo, porque Chloe sabe que Jesse era un confidente y un gran apoyo para Beca. No tuvo tiempo para quedarse semanas metida en la cama, comiendo helado y llorando hasta que todo el maquillaje se le corriera y pareciera la novia cadáver. No tuvo tiempo para estar de luto.

Tenía un EP que producir, tenía canciones que maquetar, tenía una fiesta de presentación a la que acudir. Tenía su trabajo. Tenía toda su vida por delante, la misma a la que no quiso renunciar para seguir a Jesse a Los Ángeles.

Por las noches, sin embargo, cuando creía que Amy y Chloe ya se habían quedado dormidas, ahí era cuando se permitía sentir su pérdida. Le llevó gran parte del mes de julio ser capaz de dejar de llorar hasta quedarse dormida.

Pero Beca no sabe que Chloe sabe todo esto, y Chloe no tiene intención alguna de desvelar su carta. No lo hizo en su momento, cuando se despertaba al escuchar los sollozos ahogados de su mejor amiga en el otro extremo de la cama, no lo va a hacer ahora.

Beca marcó distancia. Le pidió que se mantuviera fuera del tema, y Chloe ha respetado su deseo ante todo. Por muy difícil que fuera escucharla llorar por las noches y no poder girarse a abrazarla hasta que lo más duro pasase.

La DJ se toma su tiempo dibujando formas en la arena con un dedo antes de contestar.

- Todavía no. Pero es lo que dijo Stacie en la boda de Cynthia Rose – alza la mirada de la arena con la que está jugando para mirar fijamente a Chloe –, me gustaría poder tener algún día esa complicidad con alguien – admite en lo que parece casi una confesión.

- ¿No era que no creías en la complicidad? – pregunta ladeando la cabeza.

- Supongo que era porque la estaba buscando en la persona equivocada – responde Beca sin tardar ni un segundo.

Chloe asiente lentamente, a pesar de que se siente bastante confundida.

Tiene la impresión de que esta última confesión de Beca es un arma de doble filo: si la coge por el lado correcto no pasa nada, pero como se equivoque de lado, corre el riesgo de cortarse.

La mirada firme de Beca permanece en la de Chloe y es extraño, porque el intercambio de emociones que está habiendo entre ambas no deja de verse interferido por los cristales polarizados de sus gafas de sol. Rebotan y salen despedidas en una dirección distinta a la intencionada.

No entiende del todo lo que Beca espera de ella, porque lo más desconcertante es que Beca parece estar esperando algo de ella. Chloe nota la anticipación en el aire, en la forma en que Beca no ha apartado la mirada en todo este rato.

Qué busca, Chloe no tiene ni idea. Al principio creía que solo buscaba una segunda opinión, una voz conocida que le asegurase que no pasaba nada si estaba dudando sobre su sexualidad. Pero ahora no está tan segura.

Es como si estuvieran hablando en dos lenguas distintas y no consiguieran entenderse del todo, como si no fueran capaces de dejar de perderse al intentar traducir lo que dicen a un idioma común.

Hace ya un rato que Chloe tiene la sensación de que el hilo de la conversación no deja de escaparse de su agarre, igual que si alguien hubiera echado a correr mientras tira de él y ha dejado a Chloe intentando que no se escurra de entre sus dedos.

Pero, por suerte o por desgracia, Chloe no tiene siquiera tiempo de empezar a intentar hacer sentido del sinsentido, porque Amy vuelve de la orilla con el delatador clank clank de piedras y conchas chocando entre ellas. Sonríe al ver el castillo y se arrodilla frente a él para empezar a incrustar las conchas que ha cogido en los laterales de la construcción.

- Chloe, ¿puedes seguir decorando las torretas mientras yo hago esto? – pide de forma distraída.

Chloe se gira a mirar a Beca con una tensa sonrisa de disculpa que la morena desestima encogiéndose de hombros despreocupadamente. Le hace un gesto con ambas manos para que vuelva a lo que estaba haciendo antes de que la interrumpiera y se deja caer de espaldas en su toalla para tomar el sol un rato.

Con mucha menos ilusión que antes, Chloe retoma su posición con el cubo entre sus piernas cruzadas y hunde una mano en el agua. Mientras observa cómo la arena húmeda se escurre de entre su puño como el helado de una máquina, reflexiona sobre lo que acaba de ocurrir.

Beca ha lanzado un puzzle a su regazo y está esperando a que sea capaz de montarlo. Y, a pesar de que le faltan piezas importantes, Chloe está decidida a encontrar la solución.


A/N: ¿Pensábais que iba a haber un beso y por eso actualizaba hoy? jeje no voy ni a negar ni confirmar si lo he hecho adrede o no muahAHAHAHA.

En fin. Pongámonos serios.

Se suponía que en este capítulo tenía que hilar ya la historia con PP3, PERO. Al pararme a pensar en todo lo que se suponía que tenía que contar hasta llegar a ese punto, me he dado cuenta de que era demasiado. O sea, ya es largo de narices tal cual está y eso que me he quedado un año antes de cuando está ambientada PP3. Para que os hagáis una idea.

Así que lo he cortado en dos, y la siguiente parte la actualizaré en cuanto la tenga lista. No puedo deciros cuándo es eso porque tengo mil cosas que hacer para mayo y me estoy quedando sin tiempo. Vivo a contrarreloj ahora mismo. Desventajas de estar en el último año de universidad :(

Pero bueno, que en los pequeños ratitos que saque de aquí y allí intentaré escribir, esa ha sido mi técnica con esta parte y no ha ido nada mal aparentemente. Ahora, mi sección favorita de todos los rollos que me tiro (lo siento de verdad, pobrecitos, tenéis que estar ya hasta las narices de mí): ¡canciones mencionadas! No sé si las escucháis o no, pero bueno, para mí es una parte muy importante de esta historia así que voy a seguir incluyendo cada vez más a medida que avancemos.

El título viene de "Let Me In", de Skinny Living; y luego, por orden de aparición, estarían: SMYL – Hurt for me; un mashup to xulo de Danielle Fergus con 1000 Hands y Lay Me Down (buscadlo en el mágico YouTube); Jeremy Zucker Motions – Stay Quiet; y, por último pero no menos importante, Hayley Kiyoko – Sleepover.

¡Hasta pronto (?)!