Era como si hubiera entrado en una terrible pesadilla. Aquélla, imaginó Spyro, era seguramente la manera más despiadada de Spyro Oscuro para hacerlo sentir más atrapado, y notó los cambios que éste hizo: pasando en un río vacío, en un recorrido de terrenos secos que parecían quemadas, entre las nubes gruesas y grises de un cielo púrpura, con una gran variedad de relámpagos que impactaban entre sí, y les causaba vuelcos en el corazón de vez en cuando. Intentaba despertar, agitando cabeza, golpeándola con sus garras hechas puños, pero no veía una señal de que iba a despertar. ¿Cómo saldría de allí?
Comprobaba regularmente a la dragona que lo perseguía a medida que avanzaba hacia el norte, y cada vez que miraba atrás, ella le disparaba un proyectil de fuego negro que tenía que esquivar. Llegando a su destino, una mueca de horror se marcó a fuego en su rostro. No había rastros del Valle de los Cazadores y fue remplazado por campos chamuscados que dieron paso a brezales muertos, a construcciones destruidas con diminutos cuerpos (Spyro rezaba que no estuvieran muertos) en miniaturas y grandes fisuras en el suelo que parecían abismos.
Sin embargo, después de varios minutos esquivando los disparos de Cynder, Spyro perdía las esperanzas de que hubiera alguien que le diese una mano. Prowlus, Meadow, incluso el Ermitaño, todos habían desaparecido, dejándolo completamente solo. ¿Qué podría hacer? Continuaba huyendo de Cynder, evadiendo sus mordidas de pirañas, porque ella intentaba capturarlo con la boca. Se estaba cansando, veía los lugares como colores mezclados y, por alguna razón, quería rendirse. Había dejado de luchar y retrocedía el ritmo del vuelo, con la cabeza puesta abajo. Tambaleó y se detuvo, con una garra en la cabeza, sentía que todo daba vueltas.
— ¡Lucha! —Exclamó Cynder, apareciendo delante del dragón púrpura, y bloqueándole el paso con las alas abiertas.
— ¡Aaaaaaag! —Gritó Spyro, cuando una de las zarpas de la dragona lo atrapó; la garra comenzó entonces a apretarlo con tanta fuerza, que lo hizo retorcerse de dolor.
Chillando y pataleando, Spyro intentaba liberarse del agarre de Cynder, rasguñándola con sus garras. Tardó varios segundos para darse cuenta de que no servía para nada, y paró, mirando a su agresora, con impotencia.
— ¡Oirás esta pregunta miles de veces! —Gritó Cynder, con una voz despiadada y burlona, y agitó a Spyro como juguete—. ¿¡Por qué no luchas!?
Dejó de sacudir al dragón púrpura, que parecía querer vomitar, y lo inspeccionó con excesivo odio.
— Lo dije antes… —Dijo Spyro jadeando—. ¡No tengo razones para luchar contra Cynder!
— ¿Y si llega la ocasión? ¿Qué harás? —Preguntó Cynder, apretando una vez más a Spyro en el tiempo de que volvía a zafarse.
— Yo confío…, en ella —Susurró Spyro, cansado—. Me ha demostrado muchas veces que…, quiere hacer lo correcto.
— Hmp… Seguirá siendo una sierva hasta que tenga esas escamas malditas —Aclaró Cynder, riéndose a todo pulmón—. ¡Luchará contra ti, las veces en que sus amos logren controlarla!
— ¡La volveré a salvar! —Gritó inmediatamente Spyro, agarrándole la garra con las suyas y viéndola con ojos desafiantes las veces que sean necesarios—. ¡Las veces que sean necesarios!
Terror de los Cielos, sin embargo, se había hartado. Con un giro brusco, lo lanzó hacia el campo vacío, y Spyro sintió que se arrastraba contra el duro suelo rocoso, girando y rebotando, y de pronto se encontró acostado en la húmeda tierra de un bosque desintegrado. Unos rugidos de sirenas le indicaron que la dragona estaba custodiando el cielo con flamas rojas oscuras saliendo de su boca.
— ¡No soy el único miedo que debes enfrentar, dragón! —Decía ella en el cielo, con voz descarada y furiosa—. ¡Intenta escapar de tu único error que no puedes remediar!
A continuación, Spyro, con rasguños lastimando cada parte de su pequeño cuerpo, caminó en los troncos que parecían arcos mal hechos, gimiendo dolor, se ocultó en uno de ellos, mirando de vez en cuando que la dragona no lo habría visto, y se recargó cansado. Se fue pegando, varias veces, la cabeza contra el tronco.
— Despierta… Despierta… —Pedía Spyro, apretando los ojos—. ¡Despierta, por favor!
Un cuchillo afilado cortó el tronco torcido por la mitad. Spyro se agachó y se apartó. La figura empujó las dos mitades con una mano grande, repugnante y peluda. Spyro lo miró, y sintió que el mundo se le venía encima.
— ¿Usted…? —Dijo Spyro, con las patas temblando, y sin fuerzas para seguir hablando.
Era un simio, robusto, moribundo y con un único ojo visible. Tenía dos espadas extremadamente grandes, negras e imponentes. Su armadura estaba rota, parecía que le hubieran dado una paliza. Mientras se movía, daba una mueca de dolor y cojeaba. Para horror de Spyro, algunas partes de su cuerpo estaban grises, y sabía muy bien por qué: por la petrificación que le había hecho en el pasado. Spyro iba dando pasos hacia atrás, mientras que aquel simio lo seguía con pasos cortos y en jorobados.
— ¿Gaul…? —Pronunció Spyro, creyendo que su cordura le fallaba—. Esto no puede estar pasando, no…
El antiguo rey de los Simios, Gaul, enseñó una sonrisa maliciosa de dientes podridos y levantó una espada, cuya punta parecía quebrada. Spyro bajó la mirada, incapaz de ver a ese horrible ojo muerto.
— Cobarde… —Tenía una voz muerta y, de cierta manera, burlona. Movía su espada de un lado a otro como gesto de burla—. Cobarde… Cobarde…
— Yo no… —Dijo Spyro, con dificultad—. Pretendía asesinarte… Tú ibas—Tocó de espalda una enorme piedra que le bloqueaba el camino, mirando obligado al rostro destruido de Gaul—, no tuve opción…
— ¡Mentiras! —Rugió Gaul, tronando amenazadoramente las espadas—. ¡Fuiste débil! ¡Me destruiste porque lo deseaste! ¡Dejaste que tus amigos quedasen encerrados por tres años por culpa de tu COBARDIA!
— ¡No…!
Spyro se puso en posición de combate, dispuesto a defenderse. El mono, revelando una gema manchada que tenía incrustado en el otro ojo, expulsó un rayo verde con ella. Se extendía por el piso, dejando una profunda marca, hasta alcanzar a Spyro. Él ágilmente lo evadió, y la piedra de atrás recibió el impacto, explotando en pedazos con un estruendoso ruido ensordecedor. Spyro voló unos metros y disparó una lluvia de truenos por la boca. Gaul lo recibió de lleno, quedando electrocutado, moviéndose de manera errática y sin control. No podía moverse, miraba con su ojo en todas direcciones, pero no veía nada. Spyro aterrizó en picadas y lo miró, sacando las garras.
Corrió y saltó, pero esta vez fue directo a la espalda de Gaul, e hincó sus colmillos y garras con todas sus fuerzas, hundiéndolas profundamente y llevándolas abajo para rasgar la piel del semi-muerto mono. Un grito desgarrador rozó los oídos del dragón, desorientándole por unos instantes, y una mano atrapó su ala. Lo jaló y lo arremató contra el piso con un poderoso golpe. Con una irritante sensación extendiéndose por el cuello y pecho, miró a Gaul que había recuperado la sensibilidad. Todavía le sostenía el ala con tanta fuerza que parecía que se lo iba a arrancar en cualquier segundo.
El antiguo rey, Gaul, había clavado su primera espada en el suelo para sujetar a Spyro con esa mano, que sería la derecha, pero empuñaba la segunda con la izquierda, y la levantó, dispuesto a cortar en dos al dragón, con una torcida sonrisa.
— ¡Muere, dragón!
Pero mientras la filosa y quebrada arma blanca caía sobre Spyro, rebotó hacia atrás por entrar en contacto con una capa gruesa y esférica. Un escudo amarillo y cubierto de electricidad envolvía al dragón púrpura, y obligó a Gaul a retroceder, dándole una descarga en la garra que sujetaba a Spyro, y éste se libró. Era cuanto le quedaba, su última oportunidad. Teniendo a Gaul frotándose el dorso infectado, Spyro colocó sus cuernos frontales para abajo y se echó a correr, como toro, para embestir al mono, antes de que a éste se le pasara los efectos.
Entonces Terror de los Cielos descendió. Su puntiagudo hocico se abrió para escupir fuego y arropó el campo con una manta roja y negra. El mono se apartaba de un salto, esquivando, por un pelo, ese ataque infernal, y observó gustoso la nueva situación del dragón púrpura. Spyro miró de frente su remolino carmesí y se dio cuenta de que había sido demasiado tarde. Se cubrió, ahogando un grito de dolor, con las alas, y notó la sensación de un millar de quemaduras en el cuerpo, mientras era arrojado de espalda contra el suelo, cayendo boca abajo, chamuscado y pinta de muerto. El fuego quemaba a sus alrededores, y la dragona aterrizó al lado del moribundo simio.
— ¡Más allá de la muerte, te perseguiré, dragón púrpura! —Se felicitó Gaul, exhibiendo orgullosamente sus armas, con Cynder moviéndose detrás—. ¡Sentirás lo que yo sentí al haber sido humillado por tu cobardía!
— No lo…, permitiré… —Insistió Spyro, maltratado. No quería perder contra sus peores enemigos que había tenido la mala fortuna de enfrentar, menos teniendo su vida en juego—. ¡Saldré de aquí, y me reuniré con todos!
Cynder se acercó y agarró la cabeza de Spyro con una garra. En un rápido movimiento casi invisible, lo aplastó contra el suelo. Lo oyó gritar con todas sus fuerzas.
— Eres tan patético que podría sentir lastima por ti —Dijo, sonriendo de placer, y lo soltó con gesto de indiferencia, escuchándolo rodar en la tierra y gemir de agonía—. Pero Maestro Oscuro es quien nos importa ahora…
— Y nacerá en ti, Dragón Púrpura —Añadió Gaul, contemplando a Spyro y soltando una risa, cuyo aliento era visible y podrido—. ¡Acepta tu legado! ¡Conviértete en nuestro nuevo maestro de la oscuridad!
Spyro, intentando levantarse, se dejó resbalar hasta quedar acostado en el suelo. Gimió y escuchó las risas diabólicas de sus atacantes, pero como lejanos susurros. Intentaba exhalar una pequeña chispa de fuego por la boca, pero no le salía nada. Los ataques lo habían debilitado. Las heridas les producían un dolor indescriptible, como si fuesen reales, y se extendían, lenta pero regularmente, por todo el cuerpo. Al contemplar los árboles quemarse y ver por última vez los rostros de sus enemigos, se le nubló la vista. El campo se disolvió en una mezcla de colores llamativos y apagados.
Ocultó su cabeza por debajo de sus alas, temblando y apretando sus ojos y sus colmillos con extrema ira.
«Lo siento…—Pensó, decepcionado consigo mismo—; Sparx…, Cynder…, Terrador…, Cyril…, Volteer…, Y en especial contigo, Ignitus… Les fallé a todos…»
Oyó unas pisadas que rasgaban la hierba seca, y luego vio, abriendo un pequeño agujero entre sus alas, una sombra negra delante de él.
— Estás muerto, Spyro —Dijo, sobre él, la voz distorsionada de Spyro Oscuro—. Desaparecido. Hecho nada por tus propios enemigos, y de tu amiga. ¿Qué mejor forma de morir para "el legendario dragón" que "salvó" al mundo?
Spyro parpadeó. Sólo un instante vio con claridad el rostro de Spyro Oscuro. Tenía rasgos físicos parecidos a los de Malefor; cuernos que figuraban una corona y ojos amarillos, aquellos grandes, oscuros y penetrantes ojos de pupilas rasgadas que representaban maldad pura.
— Ésta es la apariencia que vamos a tomar una vez que desintegremos nuestra pureza —Dijo, con la cola señalando su cara que esbozaba una sonrisa desquiciada—. No perderé más tiempo, ansío salir de este cascarón.
Rió maliciosamente, y se volvió para unirse con el dúo de seguidores de Malefor, poniéndose en el medio. Los ojos amarillentos del oscuro ende señalaban al vencido dragón púrpura mientras acumulaba una fuerza púrpura en sus fauces. Los siervos acataron aquella indirecta y miraron a Spyro como la única cosa interesante en el mundo. Cynder desprendió chispas infernales entre los colmillos, y Gaul empezó a reunir energía verde en su ojo izquierdo. Los tres estaban desprendiendo un aura oscura y voluminosa de sus cuerpos que iba cubriendo lentamente al joven dragón.
— Acepta, Spyro, conviértete en mi nuevo maestro —Le dijo Cynder, con voz espeluznante—. Seremos imparables…
— Y crearás tu propio ejército —Agregó Gaul, alzando con grandeza su espada—. ¡Uno más fuerte del que hizo Malefor!
Spyro se incorporó, con las patas temblorosas. Moviendo una de éstas hacia adelante, se le dobló para un lado y se atropelló de cara contra la tierra.
Todo le daba vueltas.
En aquel instante, sonaron disparos, y sintió que un calor enterraba todo rastro de vida. La tierra se movía. Haciendo un máximo esfuerzo, Spyro, gimiendo, levantó uno de sus párpados. En un principio, parecían cometas fugaces que surfeaban por la hierba plana y hecha polvo, pero, a la mitad de la trayectoria, se habían fusionado para dar resultado una ola de llamas de colores vividos. No alcanzaba a ver nada, salvo las siluetas deformadas de sus enemigos a través de aquel mar de fuego. Y cerró el ojo, rendido.
— Despídase de su realidad —Dijo la voz distante de Spyro Oscuro—. Y dele la bienvenida a su nuevo "yo"…
Si aquello era desaparecer, pensó Spyro, no era tan desagradable. Incluso el dolor desaparecía…
Pero, ¿de verdad era aquello desaparecer? En lugar de perderse de dolor, sentía un roce cálido en los dos lados de su cuerpo. Spyro sacudió la cabeza, ajustó la visión y vio la espalda de un dragón naranja. Partía en dos esa marea infernal con sus imponentes y gigantescas alas, las cuales estaban protegiendo tanto a Spyro como a él mismo. Spyro se asustó y alzó más la cabeza para mirar al dragón desconocido con mayor detalle, mientras miles de preguntas fluían por su mente:
« ¿Quién es este dragón? ¿De dónde salió? ¿Querrá algo de mí? No parece estar ayudándolos, de hecho… Me protege… ¿Por qué? »
Entonces, con un batir de alas, el desconocido apartó aquel infierno, desintegrándola en pequeñas estrellas, y permitió que Spyro pudiera ver finalmente las caras atónitas de sus oponentes. En seguida, Spyro Oscuro se puso furioso.
— Maldito… —Susurró con desprecio, enseñando los dientes, y mirándole con el entrecejo nerviosamente fruncido.
Durante una fracción de segundos, hubo un cruce de miradas. Spyro estaba escondido en el regazo del dragón de escamas anaranjadas, viendo todo desde el rabillo de éste. Luego, de repente, como si todo hubiera sucedido en un parpadeo, impidiendo que los esclavos de Malefor, y el homólogo de la oscuridad, hicieran algo, el dragón naranja elevó un poco la cabeza, reunió un fuego celeste y extraño por la boca y lo expulsó sobre ellos.
Se oyeron gritos largos, horribles y desgarradores. Una aurora negra salió disparada de ellos, desapareciendo el aura que cubría al joven dragón y tornando el cielo de gris. Se retorcían, gritando en ese mar de llamas azules, y finalmente…
Desaparecieron. Luego, se hizo el silencio, sólo roto por el suspirar constante que aún soltaban los dos dragones. El fuego de aquel dragón misterioso había creado un agujero blanco en la zona que disparó; sin hierbas ni rocas, como si hubiera plasmado la nada absoluta.
Spyro se separó temblando. La cabeza le daba vueltas, como si hubiera volado por horas en el cielo sin descansar. Sus ojos desorientados pasaron por el desolado lugar vacío hacia el desconocido, vio que tenía la cabeza agachada y con los párpados caídos. Ese rostro era tan familiar para él, pero Spyro lo tomaba como algo absurdo. ¿Era realmente posible? ¿No es otra ilusión? Con el corazón en el puño, notó que éste sonreía de alivio y satisfacción, como si lo que hizo había salvado a miles de vidas.
Agitando la cabeza, observó de reojo al dragón y se sorprendió. Estando al borde de caer desmayado, intentó no perder la cabeza. Se puso delante de él, moviendo la cabeza de lado a lado, repasando lentamente cada uno de sus detalles; escamas como un cielo atardecer, cuernos torcidos, hocico grueso y largo, marcas rojas de flechas curvas, arrugas que había obtenido al pasar del tiempo: todos concordaban a un solo dragón. Con una suave, y los ojos entrecerrados, le preguntó con nerviosismo:
— ¿Ignitus…?
Con su llamado, el dragón abrió los ojos. Parecía cansado, parpadeaba varias veces, y por último, inclinando con lentitud la cabeza, contempló los ojos radiantes de Spyro. Una agradable sonrisa de dibujó en el rostro de Ignitus, mirándole con serenidad, y sonrió lleno de orgullo. Levantó el cuello para mirar encima del hocico al pequeño dragón púrpura, con el pecho en alto, y con tono de cariño le respondió:
— Joven dragón…
Y con aquellas cálidas y reconfortantes palabras, Spyro sonrió, con una felicidad indescriptible, mientras algunas lágrimas de emoción caían por sus mejillas.
— ¡IGNITUS! —Gritó, con la voz quebrada.
En cuestión de segundos, se lanzó directamente sobre el pecho de Ignitus, agarrándolo de sorpresa, y lo abrazó con fuerzas, poniendo sus patas delanteras a cada extremo de éste y apoyando su cabeza sobre el pecho del dragón naranja.
— Ya todo pasó, Spyro… —Dijo Ignitus, rodeándolo cuidadosamente con sus patas enormes obsequiarle un abrazo fuerte y cálido—. Ya ellos dejarán de molestarte.
Spyro, restregando su cara contra las placas color madera de Ignitus, negó con la cabeza, largando más y más gotas.
— Te fallé… A todos… No pude… —Gimió, triste—. ¡Salvar al mundo como te prometí!
Unas palmadas amistosas le hicieron subir la cabeza para ver aquellos ojos cálidos y paternales de Ignitus. No parecía despreocupado en lo absoluto, sino tranquilo y sereno, como siempre había demostrado durante años.
— ¿Por qué piensas eso, joven dragón? —Preguntó Ignitus. La vejez le daba una voz muy ronca y sabía al mismo tiempo.
— ¡Hay tantas cosas que no comprendo, Ignitus! —Contestó Spyro, con mucha prisa—. Desconozco lo que debí haber entendido hace años…
Ignitus trató de decir algo, pero Spyro seguía hablando, sacudiendo la cabeza en su desesperación y esparciendo gotas de tristeza por todas partes.
— ¡Fui un ingenuo! ¡Fui débil! —Apretó los ojos—. ¡Nunca quise aceptar lo que debí haber hecho por años!
— Spyro, entiende que…
— ¿Qué me va a pasar ahora? —Dijo, dudoso y tímido— ¿Seré malo? ¿Cómo podré luchar ahora contra mi propia oscuridad…?
— ¡Spyro! —Dijo Ignitus con voz potente, y luego la calmó—, yo no creo en ninguna de las cosas que tú dices…
— ¿Ah, no? —Dijo Spyro, abriendo los ojos, y secándose los ojos con un ala—. Pero... ¿No era demasiado tarde para controlar mi oscuridad?
Moviendo de lado a lado la cola, Ignitus, seguro, negó con la cabeza.
— Nunca es tarde para aprender de nuestros errores, Spyro, nunca olvides eso —Aclaró volviendo a tornar de sabiduría su tono viejo—. Tú eres un dragón púrpura, todavía tienes un largo camino por delante.
Spyro quiso contestar, pero los campos quemados y secos comenzaron a desaparecer en un millón de pequeños trozos. No estaba quedando nada, excepto un blanco profundo e infinito, como si más allá no hubiese rastro de vida alguna. Sólo quedaban intactos él e Ignitus, aunque este último no parecía sorprenderse.
— Estás despertando —Aclaró, sonriendo de tristeza—, no parece que tengamos mucho tiempo para charlar, Spyro…
Spyro, frustrado, bajó la cabeza, porque no lo quería dar por finalizado. Había tantos qué decir, tanto por hablar, tantas cosas por aclarar…
— Perdóname... —Musitó, dejando con los ojos en blancos a Ignitus—. Debí haberte salvado también. Nunca quise que tú dieras…
Una sensación cálida le tocó la frente, interrumpiendo sus palabras, y lo acarició con mucha suavidad. Confundido, subió un poco la vista para saber de qué se trataba, y puso los ojos en blancos. Era la punta del hocico de Ignitus, quien había bajado la cabeza, y podía verlo sonreír de la emoción, pero se centró más en gozar de aquellos masajes reconfortantes, tanto que deseó que nunca se terminasen. Hacía largos años que no disfrutaba de la caricia de alguien, menos de Ignitus, y quedó en silencio durante el tiempo que duró esas caricias.
— No, Spyro... —Dijo Ignitus, cortando las caricias para mirarle fijamente—. Yo te debo una disculpa por haberte dejado, pero salvarte, a ti y a Cynder, ha sido un orgullo y un honor para mí, porque sé que van a vivir... —Le sonrió—. Y eso quiero que hagas, Spyro; vive.
Spyro lo miraba con ojos desorbitados.
— Es que… Es que… —Tartamudeó todavía inseguro.
— Cuéntame lo que sea —Preguntó Ignitus con voz firme—, que yo siempre intentaré iluminar tus miedos.
— Mi oscuridad —Dijo inmediatamente Spyro, examinándose las patas delanteras y volviendo a mirar a Ignitus—. Él… ¿Volverá a…?
Inmediatamente, Ignitus esbozó una leve sonrisa y observó la nada. El fondo blanco hacía más visible sus profundas arrugas.
— Seguirá existiendo en ti —Dijo con suavidad—. Por supuesto, él ahora está debilitado después de lo que le pasó —Se volvió hacia el dragón púrpura, que lo miraba perplejo—. Y precisamente, Spyro, quiero pedirte el favor de que nunca vuelvas a desviarte del camino por sus influencias.
— No sé si podré evitarlo… —Confesó Spyro, con los ojos caídos.
Ignitus volvió a acariciar la frente de Spyro, esta vez con una garra, y éste sonrió con embarazo cuando lo apartó. Subió la vista, con una mirada arrugada, e Ignitus frunció el entrecejo al observarlo con aquella mueca de angustia.
— Si no me falla mi deducción, diría que tu lado oscuro te dijo nuevas cosas que nunca llegaste a oír de nosotros, tus maestros — Dijo Ignitus pensativo—. ¿Quieres compartirlo conmigo?
De pronto, Spyro mencionó algo que lo carcomía.
— Ignitus… Él dijo que somos una extraña mitad del éter… Y cometo los errores que hizo Malefor…
— ¿De verdad? —Preguntó Ignitus, mirando a un Spyro dubitativo, por encima de su hocico—. ¿Y tú piensas lo mismo?
— ¡Por supuesto que no! —Contestó Spyro, más alto de lo que pretendía—. Quiero decir que yo…, yo salvé al mundo…, no creo…
Pero calló. Resurgía una duda que lo acechaba.
— Ignitus —Añadió después de un instante—, Malefor me dijo que yo… me parezco mucho a él, a parte de nuestro color. Cree también que hubo más dragones púrpuras antes de que él naciera, y al querer saberlo, terminó por convertirse en Maestro Oscuro…
— Todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior —Dijo tranquilamente Ignitus—, pero hay dragones que no respetan ese equilibrio. Malefor, que era el primer dragón púrpura de su generación en nacer, cometió varios errores al dejarse influenciar por su oscuridad. Y tú, Spyro, que siempre has querido saber más de lo que tu mente puede llegar a entender, nunca mostraste interés sobre tu raza. ¿Por qué?
— Sentí miedo de averiguar algo que me indicase que soy malo —Contestó Spyro, con la frente arrugada—. Caí dos veces en aquella oscuridad, al igual como le pasó a Malefor, y yo…
— Escapaste —Dijo Ignitus, reposadamente—. Entiende algo, Spyro. Resulta que tú tienes muchas cualidades que los guardianes de aquellos tiempos apreciaban en Malefor…; Inteligencia…, lealtad…, determinación…, un gran deseo por la aventura…, pero cometieron el gran error de aislarlos de todos para que pudiese ser entrenado de la mejor forma posible, sin conocer a otros de su edad que les ayudase a entender virtudes sencillas e importantes, pero nosotros te hicimos pasar por lo mismo —Añadió, mientras volvía a agitar la cola—. Pero aun así, no dejaste que la oscuridad tuviera control sobre ti. Y tú sabes por qué. Piensa.
Quedándose mudo por unos instantes, Spyro, con el entrecejo bien fruncido, abría y cerraba la boca, como si tuviera la respuesta en la punta de su lengua, pero luego lo descartaba rápidamente, porque no le convencía la respuesta. Ignitus esperó con paciencia.
— No permití que mi oscuridad tomara control —Dijo Spyro, con voz de derrota— porque mis amigos estuvieron conmigo.
— Exacto —Respondió Ignitus, volviendo a sonreír—. No dejes que te afecten tus similitudes con Malefor, porque tú tienes tus propias diferencias. Posees virtudes que te permiten ver esperanzas más allá de la desesperación, razones para seguir siendo tú. Dotes que, desgraciadamente, Malefor nunca pudo comprender —Spyro estaba apoyado en su pecho, atónito e inmóvil—. Recuérdalos siempre, y esa oscuridad dejará de molestarte.
Un peso, que lo torturaba durante años, desapareció de los hombros de Spyro, permitiéndole respirar en paz, y le sonrió a Ignitus, agradecido.
— ¿Crees que pueda saberlo? —Inquirió Spyro, con ojos brillosos. Ya las marcas de aguas en sus mejillas habían desaparecido—. ¿Saber de mi especie?
— Es tu decisión —Contestó cariñosamente Ignitus—. Te he visto crecer, madurar y confío en que puedes crear tu propio camino que nadie ha podido ver jamás.
En el tiempo que Spyro llevaba charlando con Ignitus, éste se volvía más nítido, menos sólido, como si estuviera desapareciendo cada vez más. Al darse cuenta de ello, Spyro reunió valor, agitó la cola con anticipación y miró valiente a su mentor.
— Te lo prometo, Ignitus —Afirmó Spyro, entusiasmado—. Voy a dejar de tener miedo..., no importa cuál vaya a ser la respuesta…, construiré mi propio camino hacia la verdad de mi especie.
— Sé que lo conseguirás —Dijo Ignitus, sonriendo de orgullo.
Aprovechando la oportunidad, Spyro lo miró fijamente, y mueca de intriga se le dibujó en el rostro.
— ¿Supiste algo sobre…, el éter? —Preguntó de repente.
Ignitus puso sus ojos como focos, con la cola hecha un nudo y, por poco, separaba sus brazos de Spyro. Luego de unos segundos, recuperó la compostura.
— Discúlpame una vez más, Spyro, por no haberte explicado antes de tus otras cualidades que tu raza tiene la bendición de poseer —Dijo con arrepentimiento—. El éter es un misterio, incluso para mí. Nadie ha podido estudiarlo, porque nunca se manifestó como tal, delante de nuestros ojos —Suspiró fuertemente—. No quería darte malas explicaciones, traté de buscar pero no hallé nada —Añadió, guiñándole bondadosamente un ojo a Spyro—. Creo que, después de todo, si depende de ti, una vez más, averiguarlo.
— No estaré solo —Afirmó Spyro, sonriente y moviendo la cola—. Cynder estará conmigo. Ella merece entender un poco más sobre su condición.
— Entonces ya has comenzado un buen rumbo… —Musitó Ignitus, con satisfacción.
Durante un instante, ninguno de los dos dijo nada. La visión que Spyro tenía se convertía más y más borrosa, como si estuviera viendo a través de un vidrio empeñado, y la figura paternal de Ignitus dejaba de verse con claridad. Triste, bajó las patas en el suelo, pero continuó mirándole con una sonrisa, y con el pecho en alto.
— Ya esto es el adiós, Spyro… —La voz de Ignitus sonaba lejano, casi como un susurro del viento—. Fue un placer haber hablado contigo, una vez más, y nunca olvidaré esos preciosos momentos que compartí contigo, joven dragón.
Al principio, Spyro no quería decir una palabra, porque tenía la boca sellada por el dolor y perdida. Respiró hondo, sacudió la cabeza y susurró por lo bajo:
— Aun sin que estés a mi lado…, siempre sabes cómo motivarme… —Dijo con felicidad y, de repente, abrió de un golpe los ojos—. Eeh… ¿Eres tú realmente…? ¿O eres una ilusión de mi cabeza?
Oyó a Ignitus reír, de una forma débil y distante.
— Bueno… —Dijo, muy despacio—. Yo me siento yo… Espero que eso baste…
De repente, Ignitus desapareció, dejando a Spyro solo en aquel espacio infinito y vacío. Él, con un nudo en la garganta, cerró un poco los ojos, recordando los últimos momentos que pasó con Ignitus y, aunque no era su pariente de carne y sangre, siempre lo iba a considerar como un padre para él. Abrió los ojos y miró arriba. A pesar de que no tenía color, ni imagen, sueño o no, había sido el momento más cálido y relajante de su vida.
— Adiós… —Una lágrima se resbaló por su mejilla.
Luego, sintió una extraña brisa en su rostro, y escuchó repentinamente:
«Nunca olvides, joven dragón, que siempre te cuidaré, aunque no esté más a tu lado, te guiaré en los momentos más oscuros. Sé fuerte a partir de ahora, porque se te presentarás retos difíciles que sólo tú podrás manejar. Y, Spyro, vuelve a casa… Hay gente que te necesita…»
…
A varios kilómetros de distancia, lejos de Warfang, lejos de Valle de Avalar, en un lugar desconocido, el joven dragón, Spyro, se sobresaltó.
