Spyro se hallaba acostado, boca abajo, jadeando como si hubiera estado corriendo. Acababa de sobrevivir de un sueño muy vivido y tenía las garras sobre la cara. Las extremidades del cuerpo le ardían como si alguien le hubiera aplicado un hierro al rojo vivo, y no podía sentirlos con total libertad.
Ignorando el dolor, intentó incorporarse, pero no había podido levantar un pie completo cuando se estrelló contra el suelo, que lo sentía frío, llenó de polvo y con grietas. Al levantar la cabeza, sacudiendo con irritación el hocico, abrió los ojos y analizó el lugar en el que estaba.
Era un gran salón redondo al aire libre, iluminado por una leve y brumosa luz anaranjada que se filtraba en el techo desde sus agujeros, cuyos pilares desgastados lo sostenían, no había paredes entre ellos, salvo un arco grande y ancho que servía como entrada, dejando un panorama amplio, nublado y confuso a la vista.
Frunció el ceño, extrañándose por el parecido que tenía aquella sala con la primera y única habitación que tuvo en el Templo Dragón, cuando Ignitus se lo presentó para que se sintiera como en casa, y volvió a mover el cuerpo. Aún le dolía. Notó un brillo verde que tenía a su lado y sintió interés: cruzó el salón a rastras, lanzando muecas y gemidos, llegó, lanzando grandes suspiros de derrotas, y observó, con ojos iluminados, al misterioso artefacto. Unos trozos le iluminaron el rostro con un suave tono esmeralda en sus ojos púrpuras, y él los agrupó en una pequeña montaña en sus garras delanteras. Los examinó más de cerca y unió, con extremo cuidado, cada una de sus piezas. Iba pareciéndose cada vez más a una figura serpentina, pero Spyro, asombrado, paró en seco, porque había descubierto lo qué alguna vez fue.
Era la cadena verde. ¿Cuántos momentos incómodos pasó él con Cynder? Todavía la recordaba chillar y mordisquear desesperada aquel artefacto maldito. La intentaba convencer que no era tan malo, pero ella no lo escuchaba. Fue un viaje entretenido e interesante, según Spyro. Y ahora… ¿Son libres? No lo podía creer. Quiso reír, pero luego recordó que Cynder no estaba con él. ¿Dónde se fue ella? La buscó con una mirada desorientada, girando su cabeza en todas direcciones, gritó el nombre de la dragona pero la brisa le contestó y la angustia comenzó a comérselo por dentro.
Las patas de Spyro todavía no respondían, así que éste decidió, de mala gana, a que la dragona volviese. Matando el tiempo, Spyro intentó recordar lo que soñaba antes de despertarse. Había sido tan real… Aparecían viejos enemigos, y un viejo conocido a la que tenía mucho aprecio. Se concentró todo lo que pudo, frunciendo el entrecejo, tratando de recordar…
Vislumbró la oscura imagen de una cámara, o cueva, en penumbra. Había una figura muy parecida a él…, una estatua grande con un símbolo extraño y familiar…, la amenazadora forma de Terror de los Cielos…, un simio grande y horrible llamado Gaul…, y una voz cálida y refrescante… La voz de Ignitus. Sólo con pensarlo, Spyro sintió como si la punta de pluma se le hubiera deslizado por la espalda hasta el cuello.
Apretó los ojos con fuerza e intentó recordar todos los acontecimientos que sucedieron en su mente, pero no pudo del todo, porque en el momento en que la oscuridad había finalizado de hablar, Spyro tenía que huir de Cynder, el espasmo de horror y pánico no lo habían permitido asimilar toda la información… ¿O había sido la negación de aceptarlo en un principio?
¿Y cuál era la función del éter? Porque ya tenía claro que en el sueño habían mencionado ese nombre: Spyro lo había entendido como una fuente de energía ilimitada y mística que él podría manifestar como un elemento púrpura. Las imágenes y palabras le llegaban de manera confusa. Se volvió a cubrir la cara con las patas delanteras e intentó representar la cueva en penumbra (y las conversaciones que habían llevado a cabo), pero era tan difícil como tratar de aterrizar sin tropezar en un campo cubierto de piedras deformadas. Spyro Oscuro había hablado de la historia de los dragones púrpura, aunque no podía recordarse de los detalles… y había estado siguiendo una única misión: infectarle con oscuridad, y controlarlo.
Spyro apartó las garras de la cara. Abrió los ojos y observó a su alrededor tratando de descubrir algo inusitado en su habitación temporal. En realidad, había una cantidad extraordinaria de cosas inusitadas en él: a los pies de la entrada (o salida) había un cofre abierto de metal oxidado, y dentro de él: una máscara de dragón, una armadura y diversos libros polvorientos; en las esquinas del cofre, habían rollos de pergaminos; en el suelo, junto a la columna más cercana al arco, había un libro abierto. ¿Alguien lo había estado leyendo? Las fotos de los libros estaban borrosas. Sus títulos tampoco se entendían con claridad, apenas y si se podían entender unas cuantas letras escritas con tinta aparentemente de oro.
Spyro fue hasta el libro, arrastrándose, lo cogió y observó cómo unas flechas con textos intentaban explicar la anatomía del cuerpo de un dragón, pero le costaba tanto entender lo que decían que le daba dolor de cabeza. Cansado, cerró el libro de golpe, haciendo que desprendiera polvo que se metió a sus pulmones, y lo hizo toser unas cuantas veces. Ni siquiera datos desconocidos y nuevos podrían distraerlo en aquel momento. Dejó el libro, que se llamaba Estudiando los […] de los Dragones, en el interior del cofre, se fue a la orilla de la salida y acomodó su cabeza entre sus patas cruzadas para observar el paisaje.
El aspecto de aquel horizonte era exactamente el de una extinguida civilización de una antigua ciudad abandonada en una zona apartada del mundo, y olvidada por ellos. Todas las casas destruidas, los edificios agrietados e inclinados y los campos, que no tenían nada, estaban separados y flotaban en un gran espacio vacío e infinito. Por lo que Spyro, conmocionado, distinguía en las ruinas, no había un alma en las calles, ni siquiera un animal.
¿Vivía gente allí? ¿Por qué la ciudad sufría ese estado? Muchas preguntas invadieron la mente de Spyro, y éste lograba recordar de lo que había escuchado de Spyro Oscuro… No pudo restaurar el mundo…, y eso quería decir, quería decir que…, Nervioso, Spyro se separó de la orilla, se arrastró en el centro y volvió a mover sus patas para despertarlos. No era el dolor que le incomodaba: estaba acostumbrado al dolor y a las heridas. En una ocasión, había recibido el impacto de un rayo eléctrico, y durante el mareo había despertado el elemento de la electricidad, muy dolorosamente. No mucho después, un titán de madera de treinta metros de altura le había proporcionado muchísimos golpes con su enorme puño de madera. Y durante su última aventura, sin ir más lejos, se había aventurado en el corazón de un colosal de magma, soportando aquel calor infernal que cualquier no podía llegar a tolerar sin quejarse. Estaba habituado a sufrir extraños accidentes y heridas: eran inevitables cuando uno era una raza destinada a viajar en muchos sitios desconocidos, y él tenía una habilidad especial para atraer todo tipo de problemas.
No, lo que Spyro le incomodaba era que Spyro Oscuro tuviera razón y muchas vidas siguieran peligrando, sobreviviendo en situaciones fuera de lo común, y no había nadie que los pudiera a ayudar. Pero Terrador, Cyril y Volteer no podían ignorar esos problemas tan graves… Estaban aún con vidas… La mera idea de que los Guardianes no hubieran sobrevivido era absurda, imposible, porque sabía que ellos se habían refugiado con los demás civiles de Warfang en un lugar seguro.
Spyro escuchó atentamente en el silencio. ¿Esperaba sorprender el crujido de algún sobreviviente aplastando una piedra, o el susurro de un movimiento? Se sobresaltó al oír el aplastar de un rollo de pergamino que él mismo había pisado con sus patas, y lo pateó lejos con la cola.
Spyro se reprendió mentalmente. Se estaba comportando como un estúpido: no había nadie más aparte de él, y era evidente que no podía hallar a alguien estando quieto, inmóvil e indeciso. Tenía que movilizarse, y rápido, pero se le había surgido un problema de vital importancia...
— Mis patas no responden —Se dijo seriamente.
Las extremidades de Spyro parecían piezas de una marioneta sin hilos, y él acabó soltando un gruñido, fastidiado. No tuvo otro remedio que volver a acostarse y subir la cabeza para contemplar las nubes extrañas con expresión de vagancia.
— ¿Y si intentará volar? —Se preguntó desesperado Spyro, contemplándose las alas—. Si volará arriba, podría tener un mejor vistazo del lugar…
Antes de que pudiera hacer nada, oyó un golpe fuerte y seco en su espalda. Teniendo el corazón en el cuello, se giró. Una capa de suciedad cubría la apariencia del recién llegado, y los ojos entornados de Spyro sólo llegaban a reconocer a una sombra draconiana con alas y cola como navaja.
— ¡Estás despierto! —Dijo una voz femenina y conmocionada, en el interior de la niebla.
Spyro se maravilló. Se había dado cuenta de que, a pesar de que la figura salía corriendo hacia él a toda velocidad, era nadie más ni nada menos que Cynder. Los dos sonreían mutuamente mientras que Cynder daba un gran salto que Spyro amortiguó con su cuerpo, dejándose caer de espalda contra el suelo. Inmediatamente, empezó a sentir unos brazos apretándole el cuello en un abrazo cálido. Luego, oía la voz de Cynder llorar su nombre como si le estuviese llamando con desesperación. Ruborizado, alargó las patas delanteras y las alas para corresponder el abrazo de la dragona, cerrando los ojos y sonriendo de ternura. No sabía que le había hecho mucha falta a su mejor amiga y quería disfrutar del reencuentro por esa misma razón. Por desgracia, tuvo la horrible sensación de estarse ahogando al notar que los huesos de todo el cuerpo se trituraban en aquel apretón, y antes de que el mundo le empezara a dar vueltas, Cynder se separó de él, y pudo recuperar el aliento.
— Creo que te volviste más débil, Spyro —Dijo Cynder, muy contenta—. No puedes tolerar un simple abrazo.
Spyro rió con una nota de voz bastante baja, porque todavía seguía recuperando la movilidad del cuerpo.
— Creo que tardaré un tiempo en volver a estar en forma —Respondió Spyro con sarcasmo, sobándose el cuello con una garra—. Luchar contra un tirano no es bueno para mi salud.
Cynder hizo un estirón con sus patas delgadas como si recién se despertara de una buena siesta.
— A mí me sentó bien —Presumió con aire de grandeza—. Lástima que no volveremos a tener una batalla así por un buen tiempo.
Spyro frunció el entrecejo, pensando que tenía gracia que Cynder pensara que no iban a tener peleas cuando el propio mundo en el que pisaban sufría por nuevos problemas, y no sabía si eso significaba luchar contra nuevos enemigos.
Cynder volvió a mirar a Spyro, y respiró con pesadez.
— No sabía qué hacer contigo… —Dijo intentando sonar fuerte—. Llegué a pensar que tú nunca ibas a… despertar.
Spyro sintió una segunda punzada de calor en sus mejillas al ver la mirada de preocupación que ponía Cynder, pero luego notó una anomalía en sus palabras.
— ¿Nunca iba a despertar? —Repitió Spyro, confundido—. ¿Qué fue lo que pasó?
Con cierta confusión, Spyro observó que Cynder tenía una expresión de incomodidad. Daba la impresión de que no podía encontrar las palabras adecuadas para explicarle lo que realmente sucedió con ellos después de la batalla contra Malefor. Caminó unos pasos intranquilos y se acostó en cuatro patas al lado de él. Spyro descubrió que frotaba las garras delanteras.
— ¿Qué es lo último que recuerdas? —Preguntó intrigada.
— Luchábamos con Malefor —Explicó Spyro, mirando arriba con esfuerzo, y agregó—. Fue encerrado por los Ancestros, cubrí al mundo con una luz púrpura y… —Se cortó, ladeando inseguro la cabeza. No encontraba ese momento la indicada para explicar el sueño vivido que tuvo— Y creo que es todo.
— ¿Nada más? —Inquirió Cynder, con una significativa mirada.
Pero Spyro no supo qué contestar. Sabía muy bien que había omitido un detalle importante para los dos. Incluso podría cambiarle la vida. Recordaba un fugaz «Te amo…» en las últimas estancias con Cynder en el Centro del Mundo. Cuando pensaba en aquella palabra que había salido de la propia boca de la dragona negra, el corazón de Spyro se llenaba de muchos sentimientos encontrados, cálidos y confusos. Sin embargo, no tenía claro sus propios sentimientos, porque su propia mente le había jugado una broma al haber escuchado la confirmación falsa de esa Cynder que no era la verdadera. ¿Era acaso una señal? ¿No estaba realmente listo? Algo dentro de él le decía que no era el momento para ir al siguiente paso… ¿Realmente sentía algo por Cynder? Con ella, estaba tranquilo, cómodo, pero no la conocía lo suficiente. Spyro respiró hondo para relajarse y luego dijo:
— Lo siento, pero no recuerdo más nada —Se mordió la lengua. Se iba a arrepentir en el futuro, lo podía predecir perfectamente.
Cynder parecía tan desilusionada como si Spyro acabara de cometer un error incorregible. Suspirando de tristeza, desvió una mirada destruida en el cofre; parecía contener sus emociones con todas sus fuerzas.
— Descuida —Murmuró, forzando una voz tranquila. Su rostro había adquirido una expresión destruida, pero le hacía gestos de despreocupación con la garra—. Lo importante es que logramos sobrevivir, gracias a ti.
— Pero sin ti no lo había logrado —Lo animó Spyro con agradecimiento; de hecho, empezaba a notar un ambiente incómodo y tan pesado para él que tenía que ir pensando cada frase con cuidado para no estropear su relación con Cynder, y pensaba que con confesiones amistosas eran la mejor solución.
— Hicimos buen equipo con ayuda de esas cadenas fastidiosas —Aclaró Cynder, señalando los trozos verdes de atrás con la cola.
Spyro echó una rápida mirada a las cadenas. Continuaban acumulados en aquella montaña que hizo. Encogiéndose de hombros, regresó a la dragona y quedó boca abierta. Casi podía ver el odio y desprecio que expresaba Cynder en su puntiagudo hocico de punta muy recta. Odiaba aún todas las formas existentes de que pudieran sentirla atrapada y encadenada en contra de su voluntad, gracias al oscuro pasado que había sufrido en el mandato de Malefor. Por una milésima de segundos, Spyro contempló una sonrisa maliciosa esbozarse en la comisura de la boca filosa de Cynder en el momento que ésta cruzó su mirada entornada en los pedazos verdes. Luego, ella sacudió la cabeza y miró enseguida al dragón púrpura.
— Pero eso no importa ahora —Dijo Cynder, intentando aparentar indiferencia—. Te refrescaré la memoria.
Tragando saliva, Spyro, sin darle mucha importancia ante aquella última reacción, prestó total atención.
— Bueno, pasó todo muy confuso para mí. Sólo pude deducir que tu habilidad que salvó al mundo nos trajo hasta aquí —Explicó Cynder en un tono que sonaba como si aún no comprendiera lo que había sucedido—, pero cuando tú apenas tocaste el piso caíste en un gran sueño, ni con buenas tundas podía abrirte los ojos —Al decir eso, parecía decepcionada y molesta— y tuve que traerte aquí para que descansaras —Dijo, sonriendo ante la cara de incredulidad que ponía Spyro—. De nada.
— Gracias, creo… —Se extrañó Spyro, recordando las veces que había sentido dolor, pero no le venía nada en la mente—. ¿He estado mucho tiempo dormido?
— No diría que mucho, mucho tiempo —Repuso Cynder, con un tono de preocupación que incomodó a Spyro—. Sólo has dormido como, no sé, unos… —Tragó saliva—. Dos días.
— ¿Qué? —Preguntó bruscamente Spyro, sobresaltando a Cynder—. ¿¡Dos días!?
Con un rostro de disgusto, Cynder le asintió tímidamente con la cabeza. Ante aquella confirmación, Spyro tenía los ojos desorbitados, mirando el cielo por unos cuantos segundos, y sentía que el mundo se le venía encima.
Tardó un minuto entero en recuperar el habla y miró alarmado a Cynder.
— Pero, Cynder, si estuvimos dos días aquí; significa que ninguno de nuestros amigos sabe dónde estamos ahora.
— Así es —Confirmó Cynder, acercándose a la orilla de la entrada con una mirada de tristeza—, pero era la única opción que tenía al no poder despertarte, Spyro.
— Comprendo... —Dijo Spyro, culpándose consigo mismo, y elevó el cuello para ver el panorama de islas flotantes y destruidas—. ¿Has estado investigando este lugar? —Miró al cofre con interés—. Ese cofre lo encontraste tú, ¿cierto?
Ella giró un poco el cuello para mirarlo desde el rabillo del hombro, ocultando una pequeña sonrisita, y ladeó con anticipación la cola.
— Desde luego —Respondió, mirando el cofre con decepción absoluta—. Estaba guardada en el almacén de una casa sin techo rota que está un poco más al este de por aquí. Lo cargué, volé con él por varias horas y lo traje hasta aquí. Pensaba que podía hallar algo con que pudiera hacerte salir de ese trance, pero hallé esa basura de libros, pergaminos y objetos oxidados. Ni siquiera podía leer sus escritos por los desgastados que están.
Spyro se imaginó en ese instante un par de quejas con palabras vulgares que Cynder escupía a gritos en el aire cuando observaba el contenido de la caja de metal.
— ¿Y no hay habitantes aquí? —Preguntó Spyro, asustado.
— No —Respondió Cynder con tranquilidad—. Esta ciudad está totalmente muerta. De seguro Malefor lo ha extinguido. Hay muchas ciudades, valles y pueblos que acabaron en cenizas por su poder, y por sus sirvientes. Dudo mucho que podamos encontrar vida aquí.
— Pero no podemos quedarnos aquí por más tiempo. Necesitamos movilizarnos, encontrar información, hallar recursos y buscar la manera de salir de volver a Warfang.
Miró que los ojos esmeraldas de Cynder le estaban dirigiendo una mirada filosa de recelo, y se sintió como si los estuviera analizando con rayos x. Sin mover un sólo musculo, la observó acercarse con pasos apurados y fuertes, y al parpadear, la tenía delante de sus ojos y pudo fijarse que fruncía bastante el entrecejo.
— ¿Cómo? —Dijo la voz quisquillosa de Cynder, mirándole de arriba hasta abajo—. No puedes ni levantarte.
— Ehhh… —Spyro no supo qué contestar.
La verdad era que no había pensado en aquel detalle. ¿Cómo iría acompañar a Cynder? No importaba lo que hacía, las patas no les respondían aunque les diese cien golpes para que pudiera sentir dolor. Sin embargo, las alas eran los últimos músculos que no había intentado utilizar, y era la única esperanza que le quedaba. ¿Podría volar durante todo el viaje sin descansar?
— Probaré una cosa —Respondió al final.
Las cuencas de Cynder se entrecerraron por su cara de sospecha. Normalmente hubiera preguntado qué planes tenía Spyro ahora, pero, conociéndolo bien, quiso mejor a observar los resultados. Con una ceja levantada, lo miraba a agitar nerviosamente las alas y dar pequeños saltos, mientras los sacudía para agarrar el vuelo, como un ave recién aprendiendo a volar. Pero, como había deducido, el dragón terminó por tener el rostro pegado en el piso una vez lo había tocado con una pata, y se burló de él con una risita sonora y aguda.
— ¿Estás…? ¿Estás bien…? ¿Spyro? —Comenzó Cynder, pero no podía parar de reír, al punto de tener una zarpa en la boca.
— Sí… —La voz de Spyro sonaba aplastada y baja, porque todavía tenía el rostro besando el concreto, pero subió la mirada para verla con indignación—. Sólo es mi orgullo herido.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, Spyro consiguió sentarse, teniendo el cuello curvado hacia abajo.
— Menudo choque te acabas de dar, Spyro —Se burló Cynder—. Nunca te he visto estrellarte de esa manera.
— Lo dices porque nunca viste mi primer aterrizaje la primera vez que volé con Sparx —Añadió jadeando Spyro, riéndose al recordar aquellos momentos lejanos.
— Le preguntaré los detalles a Sparx cuando lo encontremos —Dijo Cynder, guiñándole juguetonamente un ojo.
Pero las risas sólo duraron un segundo. Del otro lado de la sala le llegaron el ruido que hacían los animales moviéndose alarmados y descontroladamente dentro de un espacio pequeño. Un instante después, Cynder corrió en el otro extremo de la habitación como una bala, y observó completamente alterada lo que había en la distancia.
— ¿Qué pasa? —Preguntó Spyro—. ¿Qué ocurre?
Pero Cynder parecía incapaz de hablar y, con movimientos casi desapercibidos y poniéndose frente de Spyro, lo agarró desde los hombros. Él no sabía lo que pasaba, pero miraba que Cynder poseía una expresión que parecía asustada. Teniéndola opacando casi la visión, era incapaz de ver lo que su amiga había visto, aunque nunca tuvo la oportunidad de ver más allá de las islas flotantes y lugares vueltas nada.
— Tenemos que movernos —Dijo Cynder de pronto—. Voy a tener que llevarte yo misma.
— ¿Llevarme? ¿A dónde? —Spyro arqueó una ceja con desconfianza—. Cynder, ¿puedo saber lo qué ocurre?
— ¡Es nuestra oportunidad! —Le reprendió a Spyro.
— ¿De qué?
— De encontrar más personas. Si alguien más está aquí, podremos encontrarlo y descubrir el modo de volver a Warfang.
— Suena… suena bien tu plan —Confesó Spyro, conteniendo unas ganas locas de sonrojarse de vergüenza—. Pero puedo intentar movilizarme por mi cuenta, no hace falta de que tú me lleves…
Trató gentilmente de quitarse aquellas patas pero ahogó un grito. Las zarpas de Cynder comenzaron a adentrarse cada vez más en sus hombros, haciéndole cerrar un ojo y tomar una posición de jorobado. Oyó a Cynder gruñir ofendida.
— ¡Basta! No hay tiempo, Spyro… Agáchate, ¡no pongas esa cara! Debes ponerte así para que te pueda agarrar en los hombros... ¡Por favor! ¡Perderemos el rastro si continúas poniendo esa cara!
Largando una mueca malhumorada, Spyro no cedía ante sus peticiones. Estaba sentado y Cynder (estando volando) le daba empujones en la espalda con las patas delanteras para forzarlo a pegarse en el suelo.
— A lo mejor podíamos hallar otra solución… —Dijo Spyro, a regañadientes—. No quiero que, por mi culpa, te sientas obligada a cargarme.
— ¡No seas tan llorón! —Gritó Cynder. Spyro la oyó sacudir más las alas y volar apresuradamente por la sala—. No me molesta devolverte el favor, Spyro. Ha habido muchas ocasiones en la que me has salvado la vida. Eres modesto y todo, pero no tiene de malo que aceptes ayuda de vez en cuando… ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
Spyro pegó un salto. Cynder le señaló en una dirección que al verlo no veía nada, ni oía algo fuera de lo común. Entornó más los ojos, buscando en la niebla, y consiguió visualizar la silueta de un castillo maltratado e inclinado. En aquel mismo instante, sintió una sensación espeluznante recorrer como serpiente por su cresta de la espalda…
— ¡Te atrapé!
En un veloz movimiento, Cynder, sonriendo de picardía, consiguió atrapar a Spyro desde los hombros, como si sus garras fueran pinzas, y haciéndole ahogar un grito de asombro y la mirase sorprendido.
— ¿¡Me engañaste!? —Dijo la voz conmocionada de Spyro. No aplicaba forcejeo alguno pero su cara expresaba derrota.
— ¡Por supuesto! —Explicó Cynder, sin pizca de remordimiento—. Andabas distraído y cansado, me pareció la oportunidad perfecta. Y no tenemos suficiente tiempo como para malgastarlo con cursilerías, ojitos tiernos y palabras sinceras de por medio.
— Oh… —Soltó Spyro, muy desilusionado, mientras sentía que la dragona de oscuridad lo cargaba rápidamente del suelo, y podía alcanzar a ver un panorama más amplio de aquella sala. Había dos estatuas a los costados de la estructura abandonada; se asemejaban a dos dragones con armaduras de batalla y cada uno sujetaba una lanza de puntas desaparecidas.
— ¡A la aventura! —Gritó Cynder, alzando una pata hacia arriba con entusiasmo, y la regresó en el hombro del dragón púrpura.
Hacía un fresco y todavía brillaba el cielo nublado. Sólo un pálido resplandor en el horizonte, a su izquierda, indicaba que el anochecer se hallaba próximo. Spyro, que había estado pensado en qué clase de criatura se encontraría en alguna parte de la ciudad, pasó la mayor parte del viaje en silencio. Asentía con la cabeza ante la propuesta de Cynder de entrar al edificio, donde oyeron los ruidos, desde arriba, porque la entrada principal estaba bloqueada con rocas gigantes que no había conseguir mover, ni desintegrar con su elemento venenoso. Estando en unos cuantos metros arriba, Spyro aprovechó la oportunidad de ver desde un punto más amplio a las ruinas olvidadas. Había varias estructuras delgadas, con techos redondeados, altos y con ventanas en pisos superiores. Por entre las construcciones similares a gazebos, que eran como casas de mármol (o de algún otro material resistente), además de tener más pilares, pasaban agua como de cascadas. Spyro podía observar más de cerca al castillo (o templo) adonde lo llevaba Cynder; poseía el tamaño de una montaña, pero agujereado por todos lados. Miró abajo. Había un puente, que conectaba la sala con aquel templo, con los rincones como si alguien los hubiese mordido.
Luego de unos largos minutos de incomodidad, Spyro decidió romper el silencio con una actitud de nostalgia.
— Entonces, ¿qué harás cuando volvamos a Warfang? Eres libre de la cadena verde, podrás volar en el mundo sin que te sientas forzada de ir con alguien —Preguntó, forzando una sonrisa.
— Ha sido un dilema que me hecho toda la vida —Confesó Cynder con un suspiro, mirando únicamente al frente—. La realidad es que he destruido unos cien mil lugares para evaporizar nuestra raza, y naturalmente muchos me tienen que guardar extremo odio por haberles enviado mil simios brutos a que los dejen sin hogares. No recuerdo mucho de lo que hice cuando era… Terror de los Cielos… Tampoco conozco nada de mi familia, pero imagínate que intentará preguntarles sobre mis orígenes, huirían de mí. Los guardianes no han sabido decirme lo que le sucedió a mis padres.
Spyro, pensando cuidadosamente en las palabras que iba a utilizar en la siguiente pregunta, la miró apenado.
— En la época que servías a Gaul... ¿Has tratado de encontrar pistas sobre ti? —Escuchó a Cynder gruñir de molestia, e inclinó el cuello con miedo.
— Lo que me hacía ese infeliz era entrenarme horas y horas sin parar, no me dejaba tiempo ni para curiosear en los rincones de mi humilde calabozo —Respondió sarcásticamente Cynder—. No podía hacer nada… No podía ser yo misma… No podía ni ver mis propias escamas… No recuerdo ni el color que tenía antes de que me obligasen a ponerme en ese…, ese…
— Tranquila —Interrumpió Spyro con amabilidad, intentando regalarle una sonrisa, aunque la dragona no lo estuviera viendo—. Sé lo que tuviste que pasar… Lamento eso.
Sintió que los brazos que lo sujetaban se movían ligeramente hacia arriba, y sospechó que Cynder se había encogido los hombros.
— ¿Y qué? No importa —Dijo la fría voz de Cynder, que parecía fruncir el entrecejo—. Estoy bien así.
Cynder pasó por un agujero sin dificultad (Spyro tuvo que subir las patas traseras), y llegaron en un pasillo estrecho, donde se alzaba un largo camino decorado por columnas, con rocas grandes y pequeñas en los costados. Soltó a Spyro y se puso delante de él. Éste, por otro lado, agitó una vez más las extremidades y dibujó una sonrisa de felicidad en su rostro. Comenzaba a sentirlas y a moverlas, pero como si tuvieran hormigueo y hasta le costaba cerrarlas totalmente.
— ¿Te sientes capaz de caminar? —Preguntó Cynder en aquel instante, estirándose como una gata. Echaba una miradita rápida en su entorno para asegurar de que no había enemigos cerca, ni del individuo misterioso.
— Creo que sí —Le dijo en cuanto pudo pararse cuatro patas con plena seguridad. Intentó dar un paso, y para su alegría, no se vio con el suelo esta vez—. No duele mucho ahora.
Caminó lentamente al frente, pasando de lado la dragona de alas rojas, y las patas comenzaron a cojear de repente. Se iban torciendo a medida que Spyro avanzaba, y éste gruñó de fastidio, mirándose con decepción. Al final, dándose por vencido, se sentó.
— No fuerces tus músculos, Spyro —Comentó su amiga, comprensiva, mientras daba tres pasos más para ponerse delante de él—, no recuperan todas sus fuerzas, y si continúas presionándote podrías acabar incapacitado de tus piernas. Mira, apóyate en mí, y yo hago el resto.
Cynder subió un poco el ala izquierda y señaló con el hocico su espalda, donde tenía marcado un pentágono de franjas grises. Con movimientos torpes y extraños, Spyro se volvió a levantar, mirándola con una sonrisa pequeña.
— Gracias —Le dijo agradecido y, tratando de parecer que no le dolía nada, colocó la pata derecha delantera en aquel regazo, gimiendo—. Estoy listo, vamos.
