Ella asintió, e iniciaron con la caminata. Iban con dificultad en el oscuro, frío y arruinado pasillo hacia quién sabe dónde. Sólo sus pasos rompían el silencio; a través de los agujeros, el cielo se apagaba muy despacio, pasando del naranja intenso al negro impenetrable, mientras una larga hilera de puertas cerradas se extendía ante ellos. Spyro y Cynder las miraban continuamente.

Cuando curiosearon el interior de cada una de éstas se les forzaban muecas de angustia y decepción, porque a menudo encontraban habitaciones con piedras de tamaños colosales ocupando todo el espacio o pillaban salas intactas pero vacías hasta el más pequeño rincón y esquina. A Spyro le costaba caminar, y el cuerpo le empezaba a fallar cuando por fin Cynder se detuvo en medio de un camino con varios niveles superiores.

— ¡Uf! —Jadeó Cynder, apartándose un poco de Spyro y observándolo con cautela—. Tomaremos un descanso, creo que esto ira para largo…

Spyro se apoyó en una puerta que había detrás de su espalda, con la garra delantera puesta en el pecho para calmarse el dolor que les causaban los músculos.

— Mientras tomamos un buen respiro —Dijo Cynder de pronto, sobresaltando al dragón púrpura de un brinco—, ¿quieres contarme lo qué tienes en mente?

Al frente suyo, veía a Cynder sentarse detrás de una puerta de madera también, y dirigirle una mirada de curiosidad. Sin embargo, al mirar con vagancia los detalles de aquellas nuevas entradas, notó que, al igual que con todas, poseían unos símbolos similares a medialunas con una estrella de cuatro puntas dentro de éstas. ¿Por qué las otras antes de ésas no portaban esos garabatos peculiares? ¿Significaban algo? De cierta manera, les parecieron muy familiares, como si los hubiera visto alguna vez, pero no sabía dónde. Parpadeando, regresó a la realidad, concentrándose en las siguientes palabras que iba a decirle a su compañera, y la miró.

— Me va a tomar mucho tiempo, no sé ni por dónde empezar todavía —Dijo en un tono afable, y Cynder quedó en shock—. Quiero descubrir la existencia de Éter que, al parecer, tiene una fuerte vinculación conmigo, de mi raza y… Contigo.

¿Éter? ¿Conmigo? —Repitió Cynder, sin haber comprendido una sola palabra—. Es un término que, en mi vida, jamás la he escuchado, ni por coincidencia. Pero… ¿Estás seguro de querer hacerlo? ¿Tiene algo que ver con lo que nos dijo Malefor?

— Admito que sí me dieron curiosidad sus palabras, pero te equivocas —Repuso Spyro valientemente—. Continuaré siguiendo mi propio camino, sabré lo qué será correcto, y averiguaré lo que oculta mi raza a como dé lugar.

— Si quieres divagar en tus orígenes sin miedo a recibir una carga de supremacía, hazlo —Comentó Cynder, frunciendo el entrecejo—. Pero te advierto que Malefor hizo exactamente lo mismo, acabó loco y…

— Me lo dijiste antes… —Se le escapó Spyro, con una nota de voz bastante baja. Por desgracia para él, no había ruidos que irrumpían el pasillo, por lo que su voz género un suave eco que Cynder pudo llegar a oír con total claridad.

— ¿Qué acabas de decir? —Le reprendió con indignación—. Estoy plenamente segura que jamás hemos discutido sobre los dragones púrpuras. Es más, ¿de dónde sacaste esa palabra que suena como poción mágica? ÉterÉter… ¡Jamás me lo has dicho! Y nunca lo escuchamos cuando viajamos juntos por los Reinos de Dragón.

Por supuesto, Cynder no tenía idea de lo que Spyro se refería. Él había tenido una conversación similar en el sueño que tuvo, pero como entonces con la que habló no era la auténtica, nunca hubo lugar aquella charla en la vida real.

Spyro parpadeó, con cara de haber metido la pata al olvidarse de ese pequeño e importante detalle. ¿Cómo podría explicar que casi moría a manos de su propia oscuridad? ¿Cómo se lo tomaría Cynder? Le entraba un pánico con sólo imaginárselo. Lo que menos quería ahora era preocupar a Cynder, y ella tenía sus propios problemas como para darle más.

— Es complicado… —Respondió inseguro—. No nos queda suficiente tiempo, mejor hay que seguir.

Cynder parecía más enojada y ofendida que de costumbre.

— Ya veo —Exclamó—. No pareces que tengas confianza en mí, Spyro. A pesar de todo lo que hemos vivido juntos…

— No, no quiero decir eso, Cynder —Repuso Spyro amigablemente—. Es sólo que…

— ¿Qué? ¿Te cuesta decírmelo? —Dijo Cynder rotundamente, incomodando más al joven dragón—. Oh… Perdón por incomodar al legendario dragón púrpura. Entiendo tu juego, me dices que te cuente mis miedos para que tengamos confianza, pero cuando eres tú; eres incapaz de decirme lo que te preocupa para poder ayudarte…

Y con una última mueca, Cynder giró la cabeza para mirar cualquier cosa menos el rostro distorsionado de Spyro.

— Yo… —Decía él, pero no lograba sacar una voz clara y precisa de su boca.

Habría preferido estar rodeado de monstruos que haberla escuchado. Cada palabra lo sintió como un millón de agujas picando su cabeza. Jamás lo había mirado así, pero, por otro lado, era la verdad. Desde mucho tiempo, siempre le gustaba ayudar a los demás pero, irónicamente, nunca quiso la ayuda de nadie más, porque temía preocuparles y llenarles de problemas innecesarios. Y, gracias a eso, Cynder se quedaba con la errónea idea de que no confiaba totalmente en ella.

— ¡Siento mucho nunca haberte confiado a pesar de que te pedí que confiaras en mí! —Exclamó Spyro arrugando el entrecejo, rascándose la cresta de la cabeza con culpa, y consiguiendo que Cynder lo mirase de soslayo—. ¡Intento que todos estén a salvo y seguros pero, contándoles mis problemas, me inquieta mucho que se sientan molestos! ¡Y sé bien que tú tienes tus propios asuntos qué resolver, Cynder!

Si a Spyro no le engañaban los ojos, Cynder parecía sonreír.

— Todos necesitamos algo de apoyo… Hasta tú, Spyro… Y viendo como están las cosas actualmente… No querrás averiguarlo tú solo, ¿verdad?

— Por supuesto que no —Dijo Spyro.

— Bueno, entonces, ¿por qué dudas? —Dijo Cynder riéndose, olvidándose del pequeño pleito—. Ahora cuéntamelo todo, que quiero saber lo qué lograste descubrir.

Spyro empezó a contarlo todo. Habló durante un cuarto de hora, mientras la dragona lo escuchaba absorta y en silencio. Contó lo del sueño en el Valle de Avalar; que charló con una Cynder falsa sobre el poder púrpura que poseían los dragones del mismo color; que los leopardos habían acusado que aquella Cynder y él eran una amenaza para el mundo; que Meadow les había pedido derrotar a un grupo de Simios Malditos en la misma cueva donde lo rescataron por primera vez; que había encontrado a su homólogo de la oscuridad en aquel lugar; que Spyro Oscuro le había revelado la misteriosa existencia del Éter, y que tuvo que enfrentarse contra Terror de los Cielos y, el Rey de los Simios, Gaul.

— Eso explicaría todo —Señaló Cynder, cuando Spyro hizo una pausa—, así que tu oscuridad te mantuvo atrapado, utilizando una copia mía para hacerte más vulnerable. Una táctica de cobardes, diría yo. Pero, ¿cómo demonios conseguiste salir con vida, Spyro?

Así que Spyro, con la voz ronca de tanto hablar, le relató la oportuna llegada de Ignitus, salvándole de los ataques de aquellos dos, y del mismísimo Spyro Oscuro, y los derrotó con una extraña llamarada de fuego azul. Pero luego titubeó y bajó la mirada. Había evitado hablar sobre la relación biológica entre él y Malefor. Ahora que lo recordaba, Spyro nunca pudo preguntarle, una vez más, a Ignitus si sabía o no algo de sus padres biológicos. ¿Y si Cynder Falsa tenía razón?, pensó aterrorizado. Dormir de nuevo no serviría de nada para encontrarse con él, pues no sabía si era en realidad el auténtico Ignitus… ¿cómo podría averiguar quiénes fueron sus verdaderos padres?

— Es increíble que Ignitus te cuide aún, a pesar de que ya no está con nosotros —Dijo Cynder, con voz de admiración—. Demuestra lo mucho que te quería.

Instintivamente, Spyro regresó la vista en Cynder, y ésta esbozó una leve mueca de preocupación al verle angustiado. Las lunas proyectaban una luz plateada que, colándose entre los huecos del techo, hacía relucir sus ojos esmeraldas.

— Lo que más me emociona —Dijo Cynder entusiasmadamente—, es cómo nos las arreglaremos para encontrar respuestas, cuando no sabemos por dónde empezar ni con quién acudir, pero, sea cuál sea la verdad, lo soportaremos juntos.

Spyro se sintió maravillosamente aliviado.

— No podría pensar en mejor compañía que no sea la tuya —Dijo Spyro para demostrar aquel momento sus sentimientos con un tono sincero y seguro—, especialmente en los momentos más difíciles que nos depararía.

Los dos sonrieron mutuamente, y sus mejillas no pudieron evitar tornarse de un resaltante tono rosado. Con aspectos inocentes, Spyro y Cynder se vieron simultáneamente, notando aquel rubor repentino, y desviaron en sentidos contrarios sus miradas. El sonrojo en ellos se hizo más notorio. Con los minutos pasando a un ritmo eterno, Cynder, hartada, decidió romper el momento, aplicando un tono potente y repentino.

— No perdamos más tiempo charlando aquí, de seguro habremos perdido el paso al sujeto que andaba por aquí —Dijo incorporarse en cuatro patas, y mirando a Spyro con apuro—. ¿Te puedes levantar?

Sin recibir respuestas, miró, asombrada, a Spyro levantarse con éxito en cuatro patas, y esta vez no había ahogado un alarido de dolor.

— ¡Vaya! Cada vez estoy recuperando mis fuerzas —Dijo Spyro, con mucha felicidad. Movía, sin miedo a volver a besar el suelo, una de las patas traseras—. A este ritmo, podré volver a volar también.

— Y yo de cargar a un dragón perezoso —Añadió Cynder, riendo entre colmillos y recibiendo una mirada exagerada de Spyro—. Venga, no te pongas así, sólo bromeaba... Uhm… Espera… ¿Has notado esa abertura?

Al señalar con el ala en una parte de arriba del pasillo, Spyro siguió aquella dirección, girándose hacia atrás, y se quedó boquiabierta.

— ¿Qué es este lugar exactamente? —Preguntó mareado—. No para de darnos más y más sorpresas…

¿Cómo no pudo haberse dado cuenta antes? Estaban en el piso inferior de un pasillo que tenía más niveles con diferentes clases de puertas. Hasta donde lograba alcanzar a ver, había dos puertas más en el nivel superior. Descendiendo regularmente los ojos, se percataba que otra infinidad de puertas se extendía de derecha a izquierda ante ellos. Sin embargo, lo que realmente era curioso para él, era que todas, y cada una, poseían aquellos mismos símbolos extraños, pero con colores diferentes, como si especificaran algo. Uno lo tenía rojo, otro azul, otro amarillo y otro verde, aunque estaban apagados, deteriorados, rasgados con marcas de garras y desprendían un brillo débil, como si estuvieran guardando energías a pesar de que casi fueron exterminados. Cynder había señalado la puerta verde, porque era la única, entre todas las entradas, que estaba entreabierta, y no cerrada.

— ¡Posiblemente, estemos pisando las ruinas del viejo hogar de los dragones! —Exclamó Spyro, emocionado—. Cynder, ¿recuerdas que Ignitus nos relató el cuento de la ciudad de los dragones que quedó bajo escombros por los ataques de Malefor? Éste podría ser ese lugar.

Cynder lo miró fijamente.

— ¡Ahora lo recuerdo! —Repuso, compartiendo el sentimiento con ojos maravillados—. Entonces, pisamos los recuerdos olvidados de nuestros antepasados. No puedo creerlo.

Spyro, girando bruscamente la cabeza, curioseó por unos cuantos segundos aquella puerta antes de que una idea repentina se le viniera a la cabeza como bala.

— ¿Qué tal si le echamos un pequeño vistazo? —Le sugirió a Cynder, picándole la curiosidad por lo que había en su interior—. Tal vez el sujeto haya estado allí.

— Me parece bien —Aceptó Cynder, desplegando las alas y subiendo unos cuantos metros—. Y podíamos hallar pistas del pasado de nuestros maestros, o mejor aún, de nuestros antepasados.

— ¡No sé me ocurre mejor lugar para empezar a buscar! —Dijo Spyro en voz alta, y sacudiendo la cola con ganas.

La entrada se encontraba en el piso superior, más a la izquierda. Cynder ayudó a Spyro, agarrándole desde los hombros (porque éste había intentado volar también, pero falló en el intento, otra vez), y lo cargó hasta arriba. Llegando enfrente de esa puerta y soltando al joven dragón con cuidado, aterrizó a su lado y miró a la izquierda. Spyro giró a la derecha. Con la visión agudizada, observaba que más al fondo (suponía que debía ser el centro) había una gran abertura similar a un portal circular, cuyo color predominaba el violeto oscuro, pero parecía bloqueada con un muro del mismo color.

— Eso luce importante… —Dijo vagamente Spyro, conteniendo el deseo de acercarse—. Me pregunto de quién pudo haber sido.

¡PAM!

Cynder abrió de par en par la puerta con las garras delanteras y retrocedió con tosidos suaves cuando una nube de escombros y arena salió disparada como ráfaga de aquel interior, soplándole en todo el hocico y obligándole a cerrar por un momento los ojos. Al girar bruscamente el cuello, con la boca abierta, Spyro, estupefacto, la ayudó apartando el negro humo de ella con sus alas, moviéndolas al frente de él como si tuviera moscas. La escuchaba comentar entre estornudos que aquella entrada no se abría como las demás, las cuales solían abrirse automáticamente en el Templo Dragón, así que tuvo que forzarla. Una vez disipado el humo, Cynder, rascándose todavía la punta del hocico con la parte no filosa de la cola, se acercó, metió la cabeza en el acceso circular que había logrado abrir, y Spyro quedó observando una vez más a su alrededor, teniendo una ceja levantada.

La investigación duró un segundo porque Cynder sacó la cabeza enseguida, y parecía asombrada por lo que había visto.

— ¡Hablando de buscar información! —Exclamó alegremente en tono de ironía—. Es nuestro día de suerte, te va a encantar lo que hay adentro.

— ¿Qué es? —Preguntó Spyro, devolviéndole la sonrisa.

— ¡Ya lo verás! —Dijo Cynder de inmediato. Entró a la sala, guiñándole un ojo. Spyro no entendía a lo que se estaba refiriendo pero, conociéndola, debería ser algo que lo iba a dejar más boquiabierta de lo que su boca le permitía seguir abriendo. Así que la siguió desde atrás, echando un último vistazo al muro púrpura desde el rabillo de la puerta. Como si una corazonada se tratase, le daba la impresión de que contenía un secreto, pero olvidó aquel pensamiento cuando sus ojos púrpuras brillaron al posar en el nuevo salón.

— Este sitio es enorme… —Dijo Spyro, balanceando un poco el cuello mientras trataba de observar cada pequeño rincón del lugar—. Es… Jamás vi un lugar así en mi vida.

Era una amplia biblioteca bastante circular con un estilo híbrido de colores oscuros, verde y con ventanillas de cristal en las paredes del más al fondo. Tenía un tejado repleto de hoyos, que dejaban acceder una buena cantidad de luz para iluminar las zonas oscuras, junto con las ventanas que parecían rotas. Se veía extremadamente antigua gracias a las roturas, y a la gran cantidad de vegetación que había dentro. Las raíces gruesas se entrelazaban en las estanterías llenas de todas clases de libros viejos y desgastados, dándole un toque salvaje.

— Quién sea qué halla fundado este lugar, tuvo buenos gustos —Comentó Cynder, admirando la arquitectura abandonada del lugar—. Lástima que ahora conserva ese cierto aire de no servir para nada, me habría pasado horas aquí leyendo. ¿Qué dices tú?

Spyro miró a su alrededor. Le fascinaba todo lo relacionado con la historia de los dragones. Cynder lo notó impaciente por ir a examinar los libros coloridos inclinados de la estantería de la izquierda.

— Un sitio como éste, estoy seguro de que habrá información sobre el Éter —Dijo en tono de determinación—. ¡Pero, no tenemos suficiente tiempo! —Añadió dirigiéndose a Cynder—. El sujeto aún está allá afuera, no podemos distraernos demasiado.

Cynder gruñó, pensativa. Spyro vio que volaba unos cuantos metros arriba y observaba como águila lo que había en el entorno.

— ¡Sé me ha ocurrido una ingeniosa idea que nos ahorrará horas de nuestras vidas, Spyro! —Resonaba el eco de Cynder desde lo alto—. ¡Es muy sencillo! ¡No deben quedar muchos libros intactos por aquí, a lo mejor tengamos que buscar los que sí se han salvado, y leerlas!

Un sentimiento de alivio inundó el cuerpo de Spyro, y él miró a Cynder con la cola ladeando del entusiasmo.

— ¡Qué excelente idea! —Le gritó más tranquilo—. Decidido, encárgate de curiosear los libros superiores, y yo de los inferiores. En alguna parte de aquí tiene que haber algún libro que nos diga algo.

Con el agitar continúo de las alas carmesí de Cynder inundando la tétrica biblioteca, la dragona asintió.

— Te avisaré si pillo algo decente —Le contestó con voces multiplicados. Tras dirigirle a Spyro una amplia sonrisa, voló en línea recta, llegó en la parte superior de la estantería de la derecha, y fue agarrando libro tras una.

« He derrotado a cientos de enemigos que casi me dejan sin las alas, y no las puedo usar para subir un escalón y encontrar el libro que nos pueda resolver las dudas » —Pensó Spyro, lamentando más que nunca su incapacidad de poder volar, porque no sabía si los libros que necesitaba estarían encima de sus cuernos—. « Menudo rollo… »

La búsqueda dio inicio, y permanecieron en silencio. Se oía únicamente el rasgar de los libros extraídos de los estantes y el ojear de las páginas viejas. Cynder tiraba decepcionada cada uno de éstos cuando descubría que sus textos estaban borrosos, escuchándose sus aterrizajes secos y fuertes. Spyro lo estaba tomando como una pérdida de tiempo, porque ni siquiera podía leer bien los títulos de las portadas. También, muchos libros acabaron desintegrándose entre sus garras como si fueran arena. Los minutos pasaban. Spyro y Cynder habían recorrido muchas estanterías, con una gran colección esparcida por el suelo. Ellos no paraban de largar aullidos de frustración y arrepentimiento. Por un instante, Spyro quiso preguntarle a Cynder cómo le estaba yendo, pero no tardó en escucharla rugir y azotar de furia un libro contra el piso… Por lo que prefirió quedarse callado y clavar los ojos en las páginas del libro que tenía en aquel momento.

— Parece que la respuesta no está aquí, después de todo, creo que… —Susurró desilusionado, poniéndolo de cabeza para tratar de entender, pero no dio resultados—, me equivoqué.

Con cara de resignación, tiró hacia atrás el libro, escuchándolo rebotar por un segundo completo, y regresó a abrir filas para buscar otra, pero iba a ser la última, porque no podía darse el lujo de perder más tiempo. Sólo llevaba un minuto cuando el grito de la dragona rasgó el aire.

— ¡Spyro, ven! ¡Hay algo aquí que podría interesarte!

Al otro lado del pasillo de la biblioteca, se recortaba contra el techo una gran silueta sólida, con otra más pequeña rodeándole en lo que parecía ser su cabeza.

— ¡Voy en camino! —Dijo sonriendo Spyro mientras se dirigía a zancadas hacia la ubicación donde había gritado Cynder. Abandonó los libros.

Recorrió por el páramo desierto, saltando los miles de libros y raíces que se cruzaban por su camino. Después de unos cuantos segundos encontró un dragón anciano de piedra sentado, con gesto imponente, en la cima de una plataforma sin color y maltratada. Arriba, divagaba Cynder, observando la figura de color arena chillona con gran interés. Sin entender todavía lo que pasaba, Spyro detalló aquella estatua abandonada. Tenía un cobre pálido brillando en las cuencas de los ojos, con las cejas pobladas. Tuvo que retroceder un poco para ver que unos cuatro cuernos decoraban el rostro irreconocible, grueso y viejo del dragón; dos en la cabeza, mirando torcidamente hacia arriba; y dos en los lados de la mejilla, curvados hacia abajo. Vislumbró las formas borrosas de «S» horizontales, dibujadas como una secuencia de cadenas que cargaba en el pecho. Rodeando y observando la espalda, Spyro descubrió que las alas habían sido rotas en algún momento. Un hilo de crestas la recorría hasta llegar en la cola, pero la punta había desaparecido también.

— ¿Reconoces a este anciano, Spyro? —Inquirió la voz resonante de Cynder, pensativa—. Lo he mirado por un buen rato, y nada que me suena su cara.

— No tengo idea —Le respondió Spyro en voz alta, inseguro porque un vago recuerdo le indicaba que había visto antes el rostro de aquel dragón, pero no sabía de dónde.

— Sea quien sea, no te he llamado para descifrarlo —Dijo Cynder, descendiendo al lado de Spyro, y sonriéndole—, sino de lo que guarda.

— ¿De lo que guarda? —Repitió tontamente Spyro, girando el cuello para buscar lo qué salía de lo común. Pero Cynder sólo rodeaba la estatua.

— ¡Checa un vistazo a esto! —Exclamó entusiasmada, señalando con una mirada impactante a las gigantescas patas del dragón de piedra.

Spyro se acercó, se giró para ver lo que apuntaba Cynder y se quedó con la boca abierta. Acababan de encontrar lo que parecía ser un misterioso diario pequeño de cubierta azul, dura y mística, con dos correas atando la cabeza y el pie de éste, posando sobre los pies del dragón, como si fueran un taburete. Curiosamente, tenía dibujado un arco vertical en el lado opuesto de las correas, de forma muy parecida a la puesta del sol, porque un cristal púrpura con la figura del Éter estaba incrustado en su centro, y Spyro notaba que sus páginas eran arrugadas y extremadamente gruesas.

— Bueno, no lo abrí aún —Explicó Cynder, cargando con gran cuidado el diario, como si sujetara un pedazo de porcelana, y se lo enseñó a Spyro—. Pero parece curioso que esté exactamente aquí, encima de esta estatua. Más obvio de que sea una pista no puede ser —Puso boca abajo el diario—. El autor no ha puesto su nombre —Lo regresó a su posición original—. ¡Por lo menos se ve mejor que las otras! Sería una decepción si se rompiera como las anteriores… ¿Te animas a darle un ojo, Spyro?

— Desde luego que sí —Dijo decidido—. Tal vez este diario le halla pertenecido a este dragón, y puede que hubiera escrito un descubrimiento importante aquí —Miró esperanzado el diario, largando una garra izquierda sobre él—. Tengo la confianza de que encontraremos la respuesta con esto, aunque sea pequeña, bastará.

Spyro separó la garra del diario. Vio que Cynder comenzaba a abrirlo en dos, y se acercó tanto que sus cuernos rozaron con las de ella. Por un momento, imaginó que la hubiera molestado, pero notó que Cynder no le daba suficiente importancia, así que posó sus ojos en la primera página del diario. No abarcaba gran texto, ni un glosario de palabras, sino que, para el asombro de ambos, era una nota pequeña escrita con tinta negra. La letra era corrida y perfectamente entendible, un detalle que sorprendió a los jóvenes, porque no habían pillado un solo libro, o texto, que tuviera el contenido sano y leíble. Sin más divagación, Cynder, aclarando la garganta, inició a relatarlo con una voz pausada, suave y seria:

Dejaré mis recuerdos como mi última voluntad. ¿El destino guiará a alguien a encontrarlos? Si fuese así, quién sea que esté leyendo esto ahora, quiero pedirte que finalices lo que yo no pude haber hecho cuando tuve la oportunidad. Le fallé a mi discípulo, tanto como a un maestro… como a un padre. ¡Oh! Descuida, mi lector (o lectores), no pienso perder tu tiempo con las heridas de un viejo como yo, que no merece ser recordado como un modelo al cual admirar, porque su búsqueda a la salvación y a la verdad resultó ser un rotundo fracaso.

A mi pesar, manos equivocadas o no, no me cabe duda que el curso de la historia nunca será cambiada si cae en cualquiera de los dos lados, y lo sé porque lo intenté. Valga la redundancia, te pediré que cuides bien lo qué estás a punto de averiguar.

¿Eres alguien que alguna vez conocí? Te quiero pedir perdón si lees esto, aunque una simple disculpa no va a ser suficiente para remediar mis errores…

Qué los Ancestros os protejan,

Magnus.

Cuando la lectura finalizó, permanecieron callados e intercambiaron a prisas miradas de incredulidad, mientras abrían sus bocas para comentar algo pero, gracias al asombro que sufrían en aquel momento, no pudieron escupir una sola palabra. Había sido un mensaje extraño, y el nombre de Magnus no les sonaba ni por asomo. Pero, increíblemente, Spyro podía alcanzar a recordar a un dragón tener ese estilo de hablar tan dramático y melancólico como si no le quedase nada porque vivir. Con aquella idea rascándole la mente, echó un vistazo veloz a la estatua que se posaba con severidad delante de él, mirándole tan fijamente que parecía estarlo vigilando (y a Cynder), y, por un instante, llegó a creer que el autor había sido...

— ¡Spyro!, no te andes divagando en tus pensamientos, todavía no leímos lo que contiene, ¿verdad? —Dijo Cynder azotando el suelo con su navaja de metal para que Spyro dejara de tener los ojos desenfocados—. Dejemos luego el asunto del autor, tenemos que leer lo qué dice.

Sacudiendo la cabeza, Spyro observó con tristeza al dragón de piedra y luego dirigió su atención en el diario, dejando que Cynder pasara las siguientes páginas, y la notaba bastante entusiasmada.

— ¿¡Eh!? —Gruñó Cynder, respirando con dificultad y mirando con gran odio el contenido—. No puede ser verdad, tiene que ser una broma.

— ¿Por qué? ¿Qué dice? —Preguntó Spyro, con los dientes mordiendo el labio inferior, y temiendo lo peor.

Utilizando sus garras sin querer, Cynder pasó las siguientes páginas con tanta desesperación que los pedazos pequeños de papeles del diario salían disparados como fuegos artificiales, y sus bordes parecían más rasgados que nunca. Spyro temía que lo fuera a romper mediante rasguños y forcejeos, así que colocó suavemente una garra suya en la espalda de la dragona, dándole palmadas amistosas para tranquilizarla.

— Nada —Contestó fríamente Cynder, volteándose para mirarlo, y pegarle el diario en la cara—. Adelante, dale un vistazo y dime que no es muy decepcionante.

— De seguro en las últimas páginas debe haber algo… —Dijo, despegando el diario de la cara y poniéndolo sobre sus garras—. El autor dijo que había escrito toda su investigación aquí, no creo que no pudiera colocar… ¿¡Qué!?

Spyro acababa de ahogar un grito de estupefacción y abrir los ojos hasta que fueran monedas blancas. El diario estaba en blanco. Moviendo hoja tras hoja, Spyro, largando una mueca de ansiedad, buscaba una pista de que el autor hubiera ocultado un secreto en ellas pero, con el corazón latiéndole a mil, no había nada más que páginas totalmente en blancas y arrugadas en los bordes, acompañadas por nubes de suciedad que le hacían picar la nariz y los ojos.

— No… No tiene sentido… —Se le escapó en un débil susurro, clavando los ojos en Cynder, con expresión horrorizada—. ¿Por qué no escribió nada al final?

— Pregúntame algo que te pueda responder —Exclamó Cynder con sequedad, despreciando el diario con la vista—. Después de todo el tal Magnus terminó siendo un dragón loco.

— Si tallaron aquí su figura debe ser por una razón —Objetó Spyro.

— Sé más realista, Spyro, ni siquiera conocemos la historia de este lugar —Explicó Cynder con cara de pocos amigos—. Hasta los propios Guardianes se negaron a decirnos algo… ni de dónde nacieron y cómo acabaron viviendo en el templo dragón… Pero, por lo menos, puedo entender sus razones, ¿para qué recordar una ciudad que no existe?

La oscuridad de la noche seguía extendiéndose con más rapidez en los rincones de la biblioteca abandonada. Las corrientes de aire, que entraban en los huecos de las vitrinas rotas, hicieron que los pergaminos levitaran, como si estuvieran bailando al ritmo del viento, y alcanzaran a rozar plácidamente las estanterías y el techo (algunos terminaron saliendo por sus pequeños huecos). Otro hilo de luz plateado hizo brillar la sala, introduciéndose por el hueco más grande del lado izquierdo de los jóvenes dragones, e iluminó las patas del dragón de piedra justo en el momento en que Spyro iba a posar, con pinta de desdichado, el diario abierto allí pero no pudo terminar la acción, y quedó mirándolo, paralizado.

— No tenemos nada más qué hacer aquí, Spyro —Aclaró Cynder, volteándose en dirección a la salida—. ¿Cómo saldremos de aquí? Seguro que quién buscábamos se habrá ido hace un buen tiempo y no tuvimos la oportunidad de conocerlo.

Pero Spyro no le dirigió la palabra y el silencio que hacía la extrañó hasta tal punto de volverse hacia él. Con el ceño fruncido, lo veía de espalda pero podía verle sujetar todavía aquel objeto con extrema atención, así que decidió bajarle de las nubes. Se fue acercando a pasos fuertes, y llegó a su lado, viéndole tener los ojos entornados en el diario y, preguntarse qué tanto lio pensaba su amigo, le agitó un cuerno con su garra derecha delantera.

— ¡Reino Dragón invocando a Spyro! ¡Hay que irnos de aquí, y rápido!

Una vez terminado de romperle la burbuja, dejándolo completamente desorientado, Spyro sacudió atontado la cabeza, correspondió su mirada y comenzó hacerle señas con los ojos para que se fijara en el diario que todavía agarraba con entusiasmo. Sin embargo, lo que hacía Cynder era pedirle una explicación coherente y aceptable de lo que estaba tramando, utilizando una cara dura de cejas levantadas como muestra de amenaza.

— ¡No es que el autor no haya escrito nada! —Explicó Spyro, con voz enérgica—. ¡Sino que otro las terminó arrancando! —Cynder lanzó un gruñido—. Mira, fíjate aquí.

La punta de la garra de Spyro rozó con gran cuidado en el medio del diario abierto, moviéndola de arriba abajo para resaltar los rasgones que parecían hierbas diminutas.

— ¿Puedes verlo? —Quiso saber.

Cynder asintió ligeramente la cabeza:

— Puede que te parezca un descubrimiento importante, Spyro —Repuso dudosa—, pero tuvieron que pasar muchas cosas durante aquellos tiempos. Cualquiera pudo haberlas arrancados e irse muy lejos de estas tierras olvidadas.

— Sí, pero ése no es la única teoría que pensé —Sugirió Spyro con aires de triunfador—. No estamos solos. Los ruidos que escuchábamos vinieron cerca de aquí. Tal vez suene rebuscado, pero creo que el sujeto que haya entrado aquí encontró el diario y arrancó sus páginas. Sí no es demasiado tarde, podríamos encontrarlo…

— Para un segundo ahí, dragón aventurero—Interrumpió Cynder abruptamente. Spyro tenía la boca entre abierta al no poder terminar su oración—, no pensarás en ir a abrir puertas por cada casa que verás en esta ciudad destruida, ¿o sí?

Finalmente, Spyro cerró diario con un suave golpe, y lo dejó cuidadosamente en las patas de piedra del dragón. Miró a Cynder radiante de confianza.

— Era una idea solamente —Le aclaró con su alegría habitual, dando unos pasos, delante de Cynder, y sentándose en el piso—. Sé que es un riesgo. Hasta podrían aparecer enemigos que nunca vimos antes pero, si no lo tomamos, será más difícil hallar la salida o una respuesta, e incluso dejaríamos escapar a un aliado.

En ese instante, Cynder acababa de sentarse a su lado, y podía escucharla a exhalar un largo suspiro. Le relucían los ojos de la preocupación. No dijeron nada durante varios segundos, y sólo escuchaban el silbido agudo y suave del viento.

— Spyro, estás débil —Le indicó secamente—. Si nos topamos con monstruos, será complicado para nosotros, sobre todo para ti… —Negó con la cabeza—. Sonará cruel, pero no quiero lidiar con ellos mientras que tú andas todavía reposando.

Spyro sólo rió con una nota de generosidad en su voz.

— ¿Recuerdas cuándo me enfrenté a Gaul solo cuando él me quitó mis energías y tú estabas inconsciente? —Intentaba no sonar presumido, pero sonreía con picardía—. No sería la primera vez que me encuentro débil y tengo que luchar con monstruos más poderosos.

Observó que Cynder estaba abriendo el hocico para que pudiera protestar, pero se le adelantó con seguridad:

— Estaré bien, no te preocupes.

Guardando sus palabras al saber que no podía objetar de ninguna manera, Cynder se enderezó en cuatro patas y recuperó su intimidante compostura. Miró a Spyro.

— Eres a veces muy tonto, Spyro —Dijo, y, aunque la voz le sonaba indiferente, Spyro pudo percibir en ella el toque de orgullo—, pero creo que es tu imprudencia lo que te ayuda a salir ileso de tus problemas —Se encogió los hombros—. Bien, Hagamos tu plan. Igual, es súper aburrido ir de allí para allá sin una pizca de intensidad en el viaje.

Notó dolor en la cabeza. ¿A dónde podía ir ahora? La ciudad, una metrópolis totalmente nueva para ellos, no les indicaban ningún indicio para que siguieran el rastro, a menos para Spyro. Dirigió la vista en Cynder y recordó que ella si se había aventurado en aquel lugar antes, mientras que él andaba sobreviviendo en una pesadilla viviente, el cual todavía le traía escalofríos en el estómago cada vez que lo recordaba. Ésta fruncía el entrecejo al notar que lo miraba por mucho tiempo con reluciente interés. Cuando ninguno parecía no decir nada, dejando que la música de los grillos, y otros insectos, invadieran la sala, Spyro prosiguió con cara de cómicamente rendido:

— Gracias, pero no tengo ni la más mínima idea de por dónde seguir buscando… —Cynder le bufó decepcionada—. Es mejor que estés tú a cargo esta vez. Has estado aquí por más tiempo. Yo sólo estuve durmiendo por dos días sin haber hecho nada, creo que es lo justo.

Al haber dicho aquellas palabras inesperadas, Spyro, riendo entre colmillos, pudo fijarse que Cynder se le abrieron de un golpe los ojos al punto de que parecieran salirse de sus orbitas. Quieto y paciente, la miró caminar dos pasos adelante y luego se detuvo. Parecía que había comenzado a pensar, porque la escuchaba gruñir, como si luchara contra sus ideas. Mientras aguardaba, Spyro echó un vistazo arriba, pensando en cómo se había visto el antiguo ejército de Malefor en esos tiempos sumamente lejanos, donde él no existía. ¿Cuáles acontecimientos hubieron pasado antes de que naciera? ¿Había más jóvenes como él? ¿También enemigos? Comenzaba a pensar que la historia era realmente extensa, y no se limitaba únicamente con él, ni con Cynder y, tal vez, tampoco con Malefor.

— Fui a muchas casas, pequeñas y grandes, pero nada fuera de lo común —Decía Cynder al volverse—. A parte del cofre, no he descubierto nada especial, aunque creo que podríamos comenzar con...

Pero cuando Spyro estaba a punto de responderle, oyó un zumbido. La puerta de atrás fue penetrada alumbrada por una luz dorada… O, por lo menos, parecía ser una luz esférica que desprendía el curioso sonido del aleteo de un insecto muy grande… ¿O era de verdad uno? Desde donde estaba, no podía detallarla con total claridad, porque volaba muy cerca del techo, en las puntas de las estanterías y los libros de los niveles más altos.

— ¿¡Sparx!? —Bramó atónito.

— Ajá, con Sparx... Espera…—Se sorprendió Cynder, y dirigió su atención en lo que miraba estupefacto Spyro—. ¿Qué?

Se escuchó un alarido de horror tan agudo que era imposible que perteneciera el tono carismático y sarcástico de Sparx, pensó Spyro, sino que le sonaba más a la de una niña pequeña, ruidosa y paranoica. Pero no tuvo la oportunidad de verla más de cerca porque, apenas había dado un paso, aquella esfera empezó a moverse dramáticamente en zig-zag por los tejados de las estanterías, sollozando de modo que suplicaba ayuda. Sin que tuvieran tiempo de decirle que se calmara, Spyro y Cynder, impresionados, la vieron salir como rayo de la biblioteca.

— ¡No! —Suplicó Spyro, desesperado—. ¡Espera, no te vayas!

Tornó los ojos. Veía que el brillo, que se asomaba del otro lado de la puerta, perdía cada vez más la iluminación, como si se estuviera pagando, pero entendió que la criatura viviente se estaba alejando. No la podía dejar ir sin más, tenía que hablar con ella. Sacando fuerzas de alguna parte, posó las patas delanteras hacia adelante al igual que el cuello, flexionó las traseras y, con un salto, corrió tras la luz.

— ¡Spyro, detente! —Le pidió Cynder a Spyro, alarmada. Éste, por otro lado, no la escuchaba, y siguió acelerando el paso, dejándola atrás—. ¡Esto tiene que ser una broma!

Molesta, lo siguió a toda prisa. Atravesaron la puerta, doblaron una esquina y dejaron la biblioteca. La pequeña esfera dorada se dirigía hacia una puerta circular. Spyro sólo la seguía, sin prestar atención a donde iba, y no se daba cuenta que se estaba dirigiendo a la entrada que tenía el muro púrpura, que parecía bloquear el paso. En aquel preciso momento oía los lejanos pasos de Cynder, y sus gritos, pero las ignoraba. Spyro quería descubrir quién era la identidad de la criatura y qué hacía allí…