Spyro no pudo contener un grito de asombro. El enorme tribunal en el que había aparecido le producía un sentimiento espantosamente familiar.
El techo era muy alto, profundo y en su centro había un grupo de cristales que iluminaba bastante el salón. Colgando de las paredes, se apreciaban unas telas rojas, cuyo símbolo estampado en ellas era la de un escudo dorado con dos cetros del mismo color cruzándose entre sí para dar la figura de una "X". Había unas gradas en ambos lados repletas de criaturas vestidas con túnicas de distintos colores. Estaban hablando entre ellos en voz baja, pero era con ese idioma en lo cual Spyro no podía alcanzar a entender.
Había unas cien criaturas bípedas que, por lo que pudo observar, llevaban túnicas color morado con una ornamenta de estrellas de platas (pocos tenían dos, pero muchos cuatro o cinco) en el lado izquierdo del pecho. Muchos eran animales como lobos, osos, águilas, leones, cabras y otras eran extrañas criaturas con cuerpo y puntos en lugar de ojos; como sombras y nubes. Todos lo miraban fijamente con expresiones muy adustas, y otras con franca curiosidad.
En medio de la primera fila de las gradas de la derecha estaba Zoe; llevaba una expresión verdaderamente severa y cruzaba los brazos. Spyro esperó que diera alguna señal de reconocimiento para alentar a su amiga Bianca, pero fue en vano. Zoe tenía los ojos hacia un lado, de modo que su flequillo ocultaba en sombras sus diminutos ojos.
Pero no sólo estaba sintiendo escalofríos por aquellos millones de ojos desconocidos fijos en él, sino que podía visualizar, en su mente, el recuerdo de haber estado en un ambiente similar; en un coliseo. Era un lugar que unos piratas habían construido en unos de sus barcos, y ellos lo raptaron porque había derrotado lo que iba a ser originalmente el centro de entretenimiento; un titán de madera, que dormía en las profundidades de un bosque sin investigar, porque era tan venenoso que ni los guardianes querían acercarse.
« Si sobrevivimos a esto, le informaré a Terrador de lo peligroso que fue visitar ese lugar, y de esos piratas de mal genio » Pensó sorprendido Spyro, desesperado.
Procurando no pensar en lo que podrían decir los murmullos de público, se quedó buscando a sus amigas, observando que más al fondo de la sala había tres tronos vacíos; el del centro era un piso más elevado que las otras dos. Luego, dirigiéndose a su izquierda, halló a Cynder, que estaba en su prisión de cristal, y a Bianca, que se encontraba en medio de ellos. Se había imaginado que las encontraría con seguridad, pero, cuando detalló sus expresiones, se dio cuenta de que estaban totalmente ansiosas.
La coneja se sobresaltó cuando Spyro la miró.
— ¡L-Lo siento! —Dijo, y unas manchitas rojas aparecieron en sus mejillas amarillas—. ¡Es la primera vez que participo en un tribunal!
Cynder miró los tronos, incrédula, y luego, dirigiéndose a Bianca, le preguntó con cierto tono de extrañez:
— ¿Dónde están esos tres Sabelotodo?
— ¡Chist, te pueden oír! —Le reprendió Bianca, con un dedo en la boca y señalando con una mirada disimulada a los espectadores—. Bueno, ellos deben seguir ocupándose de sus asuntos, casi no tienen tiempo ni para ellos mismos. Aparecerán en cualquier segundo.
Spyro habría preferido que diera más explicación pero comprendió que Bianca debía estar muy angustiada como para hablar. Tenía el estómago revuelto. Sin tener tiempo para parpadear, observó que un hada se ponía delante de él; supo al instante de que no era Zoe, porque parecía más adulta y con arrugas: llevaba una túnica roja, el cabello rojo y recogido, con lentes de media luna que se caía sobre su puntiaguda nariz. Una mano traía un pergamino pequeño y la otra una pluma de escribir. Spyro intentó hablar, pero la señora voló alrededor de él, sintiéndose inspeccionado, y no pudo seguirla con la mirada por la rapidez de sus movimientos.
Un poco mareado al intentar hablarle, Spyro la vio detenerse. Estaba mirándolo a través del vidrio de la prisión.
— Diga su nombre para el registro del caso número un millón setecientos cuarenta y siete —Pidió aquélla con una gélida voz.
— Uh…; Spyro, el dragón.
El hada ni siquiera subió sus ojos para mirarle, sólo escribía con suma concentración. Sin decir tampoco nada, se marchó volando hasta llegar a la segunda prisión, casi con desgana, y repitió ese mismo procedimiento. Cynder estaba incomoda. Cuando aquello terminó, el hada no le preguntó nada, en cambio se dio media vuelta. Tardó un minuto en pensar, y escribió, a su vez decía con indiferencia:
— Terror de los Cielos… —Tiró una mirada punzante a Cynder, que se la devolvía con una sombría—: Una muy pequeña…
— Ése no es mi nombre —Se defendió Cynder con firmeza—, es Cynder, corrígelo.
La señorita la miró con los ojos desorbitados unos segundos; entonces Bianca, que las había escuchado con una oreja un poco levantada, se interpuso a todo correr, llegando en medio de aquellas dos. Miró a la señora con una sonrisa forzada.
— ¿Zeirruop-suov erttem nos mon? —Le preguntó, moviendo la cabeza en sentido de negación—. Sel Segas tnoremia eril ruel véelbatir titnedié ua ueil d'nu xueiv monrus.
Spyro estaba convencido de que aquellos diálogos había causado un cambio de opinión en la señorita alada. La vio apretar muy fuerte los labios, murmurando, como si luchara internamente consigo misma, y pudo ver que escribía de mala gana, seguramente poniendo el nombre de Cynder. Bianca sonrió triunfante. En cuanto observó que el hada desaparecía volando con un zumbido, Spyro se giró, tratando de que sus patas delanteras se pusieran en la pared izquierda pero quedaron como si alguien las estuviera jalando, y se quedó mirando a Cynder, pero ésta se veía desanimada y con la mirada oscurecida.
— Conseguí de que añadiera tu nombre —Explicó Bianca muy alegre—. Sólo basta con que diga que Los Sabios no les agradará tal cosa, y todos pierden la cabeza.
— Cynder —Dijo Spyro, subiendo mucho el tono. La cárcel hacía que su voz se oyera ahogada—, ¿te encuentras bien?
Bianca abrió los ojos, sorprendida de haberse olvidado de Cynder, y la miró como si estuviera gravemente lastimada.
— Perdona… —Soltó apenada, observando a las personas del público como si fuesen extraños—. Debí haberles dicho antes que todos aquí son muy cerrados.
— No pierdan la calma —Intervino Spyro—. Sé que van a confiar en nosotros cuando todo se aclare, manténganse firmes.
Bianca subió y bajó la cabeza en sentido de aceptación, esbozando una nerviosa sonrisa, pero Cynder frunció el entrecejo.
— Es fácil decirlo —Contestó sarcásticamente; cruzó las patas delanteras y se acostó de espalda contra la pared trasera de su prisión, con las alas cubriéndola como una sábana—, no tienes a casi todo el mundo deseándote la muerte…
— Los tres Sabios son buenas personas, Cynder —Afirmó Bianca con esperanza—. Son justos, nos escucharán.
— Por eso tenemos que defendernos —Comentó Spyro con voz queda—. Somos testigos de nuestras propias acciones; elijamos las palabras correctas y estaremos bien.
— Espero que sea así de fácil… —Susurró Cynder en tono apagado, escondiendo su rostro por debajo de sus alas, malhumorada.
Spyro prefirió no decir nada más; sentía que podía romper el poco autocontrol que Cynder estaba ejerciendo sobre sí misma para no romper a gritar. Bianca, cabizbaja, comenzó a susurrar cosas para sí misma. Ladeaba el cetro con una mano, descifrando un argumento entre sus recuerdos, con el cual podría utilizar para ganar el caso.
Luego de que pasaran dos segundos, Spyro tuvo la sensación de que algo muy brillante se posaba a su espalda; al principio creyó que unas hadas estaban observándole como una abominación, pero entonces se dio cuenta de que Bianca miraba de soslayo a ese alguien con absoluto terror. Desviándola de su atención, miró ahora a Cynder. Ésta estaba igual; sus alas se habían quitado de ella y sus ojos querían salir de sus orbitas.
— Joven Dragón, Terror de los Cielos y Bianca… —Dijo una voz extraña y rota que Spyro supo de inmediato de quién se trataba—. Es un gusto verlos de nuevo…
Spyro, ejerciendo sobre su cuerpo un máximo esfuerzo para ponerlo al otro lado de la prisión, se giró bruscamente. Por un instante, creyó que su vista le jugaba una broma y parpadeó muchas veces, pero lo que estaba mirando continuaba todavía ahí: con una posición recta, con la mano izquierda en el pecho, obsequiándoles una sonrisa de respeto y reluciendo más su cara que no parecía tener tantas arrugas como la primera vez que lo había visto, como si éste hubiera hecho un viaje al pasado; era el Ermitaño.
— ¡¿TÚ?! —Bramó Cynder, señalándole con una garra que se quedó clavada en el vidrio, pero la extrajo, y la prisión se arregló—. ¡¿Cómo llegó él aquí!?
— ¿¡Ah!? —Bianca se tapó la boca, impactada y recorriendo desde Spyro a Cynder hasta el Ermitaño con la vista—. Ustedes… Tú… ¿Ya se han visto en otra parte?
— Somos conocidos, sí —Dijo el Ermitaño, que había sujetado con sus manos huesudas el cetro, y poniéndola muy cerca de su cara—, aunque veo que ustedes se han hecho muy buenos amigos; un reto interesante para mí.
— Debes estar muy mal de la cabeza —Gruñó Cynder, con desconfianza—, ¿por qué estás aquí para empezar?
— Cumplo con viejas demandas, querida —Respondió con tranquilidad—. He sido personalmente invitado para que tú; Bianca, batallemos en un tribunal con nuestras creencias para resolver este caso —Alzó las dos manos, dramatizando el escenario con una viva expresión de determinación—, que encarcela mi amado hogar en una prisión de temores, y por obra del destino, involucra a ustedes dos.
Un cetro con una esfera de cristal como punta era empuñado por la mano del Ermitaño, apuntando tanto a Cynder como a Spyro. A éste le produjo gran nerviosismo ser señalado de aquella manera; tenía la corazonada de que el asunto se iba a poner peor, mientras inclinó los ojos para ver el atuendo del Ermitaño: una túnica larga de color azul opaco con mangas muy ancha, pequeñas hombreras, un cinturón metálico del mismo color detalles dorados y con una piedra brillante en el centro.
— ¿Así que aquí vivías antes de que te encontraremos en esa pequeña cueva? —Preguntó Spyro, dubitativo y entendiendo por qué traía el Ermitaño un cetro mágico—. ¿Por qué no volviste? Jamás te hemos visto volver al Valle de los Guepardos, además.
— Asuntos de un viejo como yo no tiene relevancia en este asunto —Replicó el Ermitaño y se enfocó en Bianca con una mirada vivas—. Espero que sepas muy bien lo que está en juego, tu padre no quiere decepciones.
Bianca soltó un extraño y agudo grito ahogado, como si la hubieran pillado en medio de una investigación secreta. Spyro y Cynder intercambiaron miradas rápidas y volvieron a centrar en ella, sin dar crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar.
— ¿Padre? ¿A quién se está refiriendo? —Le Insistió Spyro a Bianca, pero sentía algo de mareo y dolor en el cerebro. Al unir los cabos sueltos, pudo llegar a una conclusión que lo dejó boquiabierto—. Él es… ¿¡Uno de Los tres Sabios!?
— B-Bueno… Sí… —Respondió Bianca, con voz entrecortada y frotando con mucha fuerza el libro con las manos—. Es el cabecilla, de hecho…
— No puedo creer lo que oigo… —Se apresuró a decir Cynder, enojada—. Tu propio padre nos puso en este aprieto, invitando a ese desconocido para que se enfrente… ¿A su propia hija?
Mirando abajo, Bianca, asustada, no pudo verles directamente y respiró con dificultad.
— Veo que conservan esa ingenuidad que los ha llevado en muchos problemas. Ella tiene sus razones —Se aseguró el Ermitaño, que parecía emplear un cierto tono de gracia—. Hija de un hombre con mucho poder no es una tarea sencilla de tolerar, debe demostrar su valía de alguna manera… ¡Si eso lleva a la idea descabellada de utilizar a dos dragones desconocidos! ¿No fue una buena idea?
— Bianca… —Dijo Spyro como una víctima, con la boca completamente seca. No quería creer lo que el Ermitaño estaba insinuando, pero, si eso fuera así, entonces, ¿Bianca sólo los utilizaba?
— Yo…
— ¡Para de fanfarronear ahora mismo! —Aulló Cynder con una voz fastidiada, a su vez todos giraron hacia ella con brusquedad—. ¡No volverás a manipular a alguien para que desconfíe de sí mismo, cómo te llames!
Spyro notó un cosquilleo en el estómago, y casi sin darse cuenta un sentimiento de esperanza comenzó a invadirlo. Con la comisura del labio esbozando una sonrisa pequeña; pudo ver que Bianca había dejado de respirar con ansiedad, y en su lugar la invadía un sonrojeo en los dos lados de su mejilla. Y cuando movió los ojos para mirar fijamente al Ermitaño, se sintió satisfecho, porque lo veía acariciar con ligera molestia el pelo de la barbilla con la mano, como si fuese una barba.
— ¡Tiene toda la razón! —Soltó Spyro automáticamente, asintiendo con aire de victoria—. ¡Nosotros vimos a Bianca ayudarnos antes de que todo esto pasara! —Miró por un momento Bianca, que se le había llenado los ojos con lágrimas de felicidad—. No nos está usando... ¡Quiere NUESTRA ayuda para que cumplamos Witchenly pueda tener un cambio; eso haría una buena líder!
El Ermitaño arqueó una ceja, acariciando, casi jalando, el bello de la barbilla, y Spyro pudo pillarle torcer de una manera macabra la boca, como si se estuviera mordiendo los dientes y sus emociones, pero lo aparentaba con una expresión distante en el rostro.
— Valientes, si me permiten decir —Opinó en un chillido de aburrimiento—, pero la razón es lo que les falta. Incapaces de reconocer la verdad cuando la prueba se halla en sus caras —Ignorando los comentarios del público, se enfocó en Cynder con desagrado—. Y para que se te quede bien en claro, niña, tengo un nombre —La reverencia que realizó fue tan exagerada que su puntiaguda nariz casi rozaba el suelo—: Soy Kasi, un aventurero que divaga por estas tierras. En todos mis años he tenido la virtud de ver cosas que otros no pudieron tener esa suerte —Se puso recto, enseñó una sonrisa repugnante y frotó la esfera de cristal del bastón —; es por eso que me convierte en una pieza de vital importante para este juicio... —Apuntó fieramente el bastón hacia Spyro y Cynder, frunciendo el entrecejo—. ¡Para encarcelar amenazas como a ustedes dos!
Fue un momento muy tenso. Cynder, Bianca y Kasi quedaron en silencio, y Spyro no tuvo el atrevimiento de romperlo, porque temía crear una discusión con el cual el tribunal podría incomodarse (o gustarle). Los fríos ojos de Kasi, que bajó el cetro y lo puso entre sus manos huesudas, recorrieron a Bianca, que se puso colorada pero le devolvió la mirada con determinación, después a Cynder, que le rugió con hostilidad y mostró los colmillos, y luego a los tronos.
— ¡Te mostraremos…! —Afirmó Bianca, haciendo que Kasi la mirara como si estuviese viendo algo que no valiera la pena su atención—. No… ¡A todos de que Witchenly se equivoca!
Kasi se tapó la boca con una mano y soltó una débil pero sonora carcajada suave.
— Como desees —Dijo con suavidad y mostró una sonrisa siniestra que podría asustar hasta a un adulto.
Spyro comprendió que era lo que provocaba aquella mueca de superioridad en los labios del ermitaño Kasi: guardaba un as bajo la manga; lo que quería decir que en cualquier momento del juicio lo revelaría a todos los ciudadanos de Witchenly para que estuviesen a su lado, poniendo a él, a Cynder y a Bianca en una mala posición. Sin embargo, no se imaginó todavía lo que podía ser, pero, si lo que dijo Kasi de haber viajado por todo el mundo era cierto, entonces sabría más de lo que pudieran comprender ellos. Por otro lado, miró que Bianca pateó el piso con un pie con mucha frustración, descargó el enojo que tenía a través de un suspiro prologando, se dio media vuelta y se acercó hasta ellos con el ceño fruncido.
— No pierdas la concentración, Bianca —Le aconsejó Spyro, manteniendo la calma—. Sea lo que sea que Kasi esté guardando, debes buscar el modo de contradecírselo.
— ¡Ej iares! —Le contestó Bianca con sus puños por debajo y cerca de su cara, sonriendo más motivada.
Con la cabeza inclinada a un lado, Spyro, sin entender, dedujo que aquellas palabras debieron decir; «Haré mi trabajo».
— ¡Cambié de opinión! —Soltó Cynder, mirando mal a Kasi—. ¡Le vamos a dar una batalla inolvidable!
Un segundo más tarde, unas tres hadas llegaron encima de los tronos y se pusieron al frente de cada uno. De la izquierda era una joven de aura dorada con alas de libélula; la del centro era roja como el color del atardecer y con alas emplumadas; y de la derecha relucía sus cuatro hélices transparentes con un brillo verde-limón.
Todas vestían el mismo traje de una pieza y falda larga, pero con colores correspondientes a sus brillos. También tenían el mismo estilo de cabello; suelto, liso y largo.
Spyro miró al hada roja, que tenía una pierna delante de la otra, un brazo encima de la cabeza, mientras que el otro formaba un arco encima del estómago, exhibiendo con orgullo su espléndida sonrisa en alto. Echó una miradita curiosa a las otras dos: la amarilla se había puesto en una posición similar a un salto; con una pierna extendida hacia atrás, y la otra doblada hacia adelante, formando un ángulo de noventa grados con ella, y señalaba con ambas manos a los tronos. En el otro lado, la verde imitaba la posición de la amarilla, pero señalando el trono de su derecha. Jamás había visto aquellas posturas antes, y no podía afirmar si eran pasos de bailes, porque nunca bailó.
— Pónganse todos de pie —Anunció complacida la hadita roja con una voz increíblemente tridente y chillona— para recibir al majestuoso Murgen, el Sabio…
— También Spike, el Justo… —Continuó con aquel mismo tono la hadita verde, pero un poco más suave.
— Y al Azrael, el Bondadoso —Concluyó con orgullo el hada amarillo.
Cuando terminaron, con un estallido de colores, desaparecieron, dejando que el tribunal guardara un silencio repentino, únicamente roto por los respiros nerviosos de cada quién. Spyro estaba muy impresionado al presenciar que unas insignificantes criaturas poseían pulmones fuertes, y miró a los miembros del tribunal ponerse de píe con ruidos apresurados y secos.
Cynder chasqueó fuerte la lengua, toqueteando los vidrios con la cola, y miró a todos lados, aburrida.
— ¿Y dónde están los…?
Pero una sacudida comenzaba a temblar el lugar y la pregunta improvisada de Cynder quedó borrada. Como si todo estuviese transcurriendo a un ritmo rápido, los tronos comenzaron a crecer hasta superar la altura de las gradas, a su vez de los miembros presentes, aunque, como era de imaginarse, el del medio estaba un escalón más arriba que los otros dos. Eran como torres. Con un estallido, una balanza de oro gigante apareció detrás. Esto desorientó por un momento a Spyro. Intentó mirar a Los tres Sabios, pero no los encontraba sentados ahí. En aquel momento, un haz de luz cubrió a los tronos, generando comentarios en los presentes. Y unos cuerpos se materializaron en los asientos de piedra.
En cuanto las columnas desaparecieron, Spyro abrió la boca como si la tuviera llena.
— Qué trio más raro… —Opinó Cynder en una voz muy baja para que nadie pudiera oírla, salvo él y Bianca.
— ¡Guarda silencio! —Chilló Bianca de inmediato—. ¡O te escucharán!
Pero Spyro no podía estar más de acuerdo con Cynder, y tenía que hacer un increíble esfuerzo de voluntad para no echarse a reír, pero le era imposible tomarse enserio aquella extraña combinación.
El de la izquierda era un gato viejo, canoso, rojo y con las orejas muy puntiagudas, con una cara muy flacucha, con el hocico afilado y un cuello muy largo. Tenía los ojos cerrados, con aspecto de no haberlos abierto en años, y traía una túnica naranja. El de la derecha era un rinoceronte arrugado y corpulento, como la de Terrador, y con brazos de troncos. En la frente tenía un gran cuerno un poco agrietado. Tenía una túnica totalmente negra. Su mirada era tan rígida que, para Spyro, daba la impresión de que no sería buena idea meterse con él. En cuanto miró al del centro, casi le dio un vuelco en el corazón.
— Bianca… —La llamó en un débil susurro, sin apartar sus aterrados ojos de aquel extraño—. No estoy seguro si esto es normal, pero…, el del medio… ¿está muerto?
— ¡Por supuesto que no lo está! —Exclamó Bianca entrecortada, aunque no parecía estar del todo convencida—. Sólo está descansando.
Spyro parpadeó, costándole creer aquello, y volvió a fijarse. Un conejo de aspecto desgastado y vestido con una túnica blanca con la cabeza totalmente agachada se encontraba sentado en el trono del medio. Daba la impresión de que la vida se le fue. Sin embargo, en aquel mismo instante, pudo escucharle dar un respingón como si estuviera sufriendo un mal sueño y exhaló un pesado suspiro de alivio, pero le seguía pareciendo un poco deprimente de ver. El conejo tenía unas largas orejas peludas y erizadas tapando su rostro, con mangas largas ocultando sus brazos. Pero un brillo de cristal púrpura se asomaba en la manga de la izquierda, pero Spyro pensó que debía ser su imaginación.
— ¿Es tu padre? —Inquirió Cynder, que parecía sumamente desconcertada—. Se ve muy viejo, para ser honesta.
— Ha estado probando mucha magia que desconoce —Respondió Bianca con tono de reproche—; son efectos secundarios que deberían pasarle a la larga durante el juicio, hay que darle tiempo para que despierte, es todo.
— Él es Murgen, ¿no? —Dijo Spyro, recordando la manera en que aquellas haditas habían anunciado a Los tres Sabios—: Azrael debe ser el de la izquierda y Spike el de la derecha.
Bianca asintió, pero parecía que le estaba molestando algo. No pudo preguntarle nada, porque, en aquel preciso momento, una voz fría, potente y gruesa resonó por todo el salón del tribunal:
— Zeyessa suov —Era Spike, que había levantado su gran brazo, y todos los miembros se sentaron enseguida—. Suon semmos ici ruop el emirc d'reuqatta al ellif ed erton ruevuas Negrum te ed...
— Quisiera sugerir que habláramos en el idioma "normal" para que ellos —Interrumpió Kasi con todo educado, y señalando con el bastón a Cynder y a Spyro, quienes lo fulminaron con la mirada— puedan entendernos, si no es mucha molestia, mis señores.
Los miembros del tribunal murmuraban, y todas las miradas se dirigieron hacia Kasi. Algunos parecían impactados, otros un poco enojados; Bianca, sin embargo, quedó agradecida ante aquello y dedicó una sonrisa nerviosa tanto a Spike, que no podía disimular su indignación, como a Azrael, cuyos párpados seguían caídos.
— ¡Ah! —Exclamó este último con tono de gato viejo, mostrando una sonrisa infantil—. ¡Debo ponerme de su lado! Si mi memoria no me falla tampoco, el caso con el que tratamos se enfoca en un…, no, dos dragones. Nuestro deber es consentirles ese favor, ¿o estoy mal, Spike?
— Bien —Contestó éste con desinterés («Gracias, gracias», le decía Kasi muy satisfecho); chasqueó los dedos. La misma señorita alada llegó volando y le entregó el pequeño pergamino. Lo agarró, y de inmediato se hizo mucho más grande. Entonces, el hada se marchó. Spike inició a relatar—. Como iba diciendo, los cargos contra los acusados son los siguientes: que sin pretextos, deliberadamente y a consciencia de sus consecuencias, tras haber transcurrido apenas un día de la derrota de Malefor, intentaron atacar a una habitante de nuestra ciudad, Bianca —Ésta gimió—, cuya misión era salvaguardar unos huevos de dragón para que podamos cuidarlos por el bien de la supervivencia de los dragones, y la Armada de Cabras nos informó que los atacantes pertenecen a las especies más peligrosas del mundo; púrpura y oscuridad, lo cual constituye una llamada de atención inmediata del Párrafo E de La Ley de Protección de Criaturas contra Monstruos Malignos de Witchenly, y nos obliga a juzgarlos para deliberar si son realmente seguros, ignorando toda acción que han realizado, por el bien de todos. ¿Son ustedes Spyro y Cynder, jóvenes que participaron en la Guerra de Oscuridad para acabar con Malefor? —Preguntó, clavándoles una mirada severa por encima del pergamino.
— Sí —Respondió Spyro, un tanto incómodo.
— No hay otra Cynder después de todo —Contestó Cynder, como intentando no preocuparse mucho por su situación.
Los miembros del tribunal seguían murmurando y moviéndose inquietos; sólo se calmaron cuando Spike volvió a hablar.
— Todo indica una situación muy delicada —Aclaró éste, cerrando el pergamino y guardándolo en el bolsillo derecho de su túnica—. Ojala estén conscientes del tema que sus manos están cargando, Kasi y Bianca…
— Sí, señor… —Respondió ella, tragando mucha saliva—. ¡N-No los defraudaré!
Un suspiro largo, profundo e inquietante chocó contra las paredes del tribunal como un disparo, Murgen había vuelto a respirar en sueños, apoyando su cabeza en su hombro izquierdo pero sus orejas, después de todo, continuaban tapándole la cara. El público se sobresaltó, pero ignoró aquello como si fuese viento.
Kasi sólo asintió con una sonrisa de serenidad.
— ¡Oh, Kasi! —Anunció Azrael con voz retumbante, permaneciendo los ojos cerrados—. Mi memoria me dicta que te tengo que recordar que demuestres tu lealtad en este juicio para que vuelvas a vivir bajo nuestros cuidados.
— ¡Y, desde el fondo de mi corazón, estoy en eterna deuda con ustedes! —Exclamó Kasi con gratitud y comenzó a realizar gestos de respetos con una mano—. ¡Mis Sabios, Mis Conocedores, Mis Maestros, Mis…!
— Con "Mis Señores" será más que suficiente —Cortó abruptamente Spike, perdiendo la paciencia y cruzando sus gruesos brazos que parecían troncos—, pero, por favor, comience con su argumento.
— Con gusto, Mis Señores —Dijo cordialmente Kasi, con una mano en el corazón e hizo una reverencia rápida. Se enderezó, se puso un puño en el hocico y soltó una tos improvisada—. Hace mucho tiempo, exactamente en unos mil años, nuestra historia sufrió un terrible cambio que nadie puede parar de preguntarse: « ¿Por qué? ». Permítanme refrescar sus memorias...
Al ver a Kasi golpear con el extremo del bastón mágico el suelo, una profunda emoción surgió en el pecho de Spyro, un choque de sentimientos encontrados parecidos al que había sentido la primera vez que surcó los cielos para llegar de un lugar a otro. Estaba observando una imagen salida de la bola esférica de cristal de Kasi que se encontraba por encima de los miembros del tribunal y en frente de Los tres Sabios. Era un campo de flores con relieves altos, pero luego se cambió por uno cubierto de hielo, después por uno lleno de nubes grises. Curioso, miró a Cynder, pero ésta no lo miraba a él; tenía la vista clavada en aquellos lugares, totalmente hipnotizada. En cuanto bajó la mirada, vio el horror marcado en el frágil rostro de Bianca, que juntaba las yemas de sus dedos con nerviosismo.
— Como podemos ver de estos escenarios, ha habido muchas tierras en las que podíamos visitar, explorar, estudiar, socializar y vivir, pero un terrible acontecimiento sucedió y nuestros hogares se transformaron a esto... —Con un golpe seco del bastón, las esplendidas imágenes cambiaron por panoramas destruidas, quemadas y sin vidas, causando susurros en las gradas, pero Kasi prosiguió con aire de suficiencia—. ¿Qué clase de monstruo se dedicaría a devorar a tantas vidas inocentes, y volverse en contra de su propia especie sólo por esto? Yo les diré qué clase de monstruo es… —En el momento en que cambiaba la imagen, la señaló con un dedo acusador—. ¡Este monstruo!
El rostro de un robusto dragón púrpura con profundos y malignos ojos amarillos era lo que los ojos del tribunal miraban; muchos se taparon sus caras, otros se alteraron, varios lo vieron con repugnancia y odio absoluto; cuatro o cinco hechiceros, de la última fila de las gradas de la izquierda, le dedicaron miradas de creciente interés. Bianca gimió del horror. Cynder ni siquiera quiso mirarlo. Spike pareció endurecer sus pequeñas cuencas oculares, como si estuviera recordando malos ratos, mientras que, a su lado, Azrael seguía sonriendo con sus ojos cerrados, aunque giraba de lado a lado la cabeza, aparentemente siguiendo los ruidos ahogados del público. Pero, un creciente odio hacía que Spyro resonase los dientes del coraje, porque enseguida lo reconoció como el peor dragón del mundo; Malefor.
— ¡Silencio! —Bramó Spike, consiguiendo que el tribunal guardara silencio sin oír quejas—.Kasi, insinúas que el héroe de la profecía, en este caso —Miró de reojo a Spyro—, este jovencito, pueda suplantar el puesto del Maestro Oscura. Tiene sentido; pertenecen a la misma misteriosa y extraña raza púrpura que sus iguales no quisieron estudiar a fondo...
— ¡No! —Exclamó Spyro con enojo, pero su voz era apenas audible—. ¡Jamás terminaría hiriendo o matando a gente inocente!
— ¡Dice la verdad! —Apoyó Cynder, con coraje y, al igual que Spyro, con el tono ahogada por la prisión—. ¡Lo he visto realizar acciones nobles que ninguno hubiera esperado de él por su color!
— ¡Presencien muy bien esto, mis amigos! —Declaró Kasi, desvaneciendo la cara de Malefor, con tono de exageración—. Una excelente técnica, si me permiten opinar. Una esclava apoyando a su maestro, quien está diciendo las mismas palabras sinceras, determinadas, creíbles, que, en tiempos muy remotos, dijo el maléfico Malefor antes de que sucumbiera a la oscuridad —Con una mano en la frente, se puso en una posición como si hubiera perdido a alguien cerca— y terminara destruyendo nuestro mundo.
Algunos de los magos y de las brujas que lo miraban se pusieron a murmurar de nuevo; unos cuantos movían la cabeza afirmativamente con pesar, mientras que otros se ponían una mano en la boca, resistiendo las ganas de llorar.
— Lamentable —Opinó Azrael frunciendo el entrecejo, pero sin abrir los ojos—. Es una pena que estas criaturas cayeran tan bajo…
Bianca lo interrumpió con una voz retumbante e impaciente:
— ¡Con todo respeto, Mis Señores! —Dio dos pasos al frente, poniéndose al frente de Kasi, que se había enderezado y la miraba como una basura en el pie—. No creo que sería correcto juzgar las acciones de unos jóvenes porque tienen colores que recuerden al causante real de la situación de todo el mundo.
Spike carraspeó. El tribulan volvió a guardar silencio.
— ¿No lo es? —Se extrañó Azrael tras una pausa, alzó sus canosas cejas hasta que estuvo a punto, por unos cuantos instantes, de abrir los ojos—. ¿Qué insinúas, jovencita?
— ¡Insinúo que, por el bien de todos, los interroguemos para que sepamos cuáles fueron los detalles que llevaron al Maestro Oscuro a su inevitable derrota!
— ¡Ah! —Dijo Kasi sonriendo con suficiencia mientras recorría con la mirada a los miembros del tribunal, como invitándolos a compartir el chiste—. Sí. Lamento decirte que eso no te va a resulta, jovencita.
— ¿No funcionará? —Inquirió con profunda sorpresa el Sabio Spike, antes de que Bianca pudiera responder—. Debo pedirle, Kasi, que especifique su teoría.
— ¿No entiendes, Mi Señor? —Repuso Kasi sin dejar de sonreír—. Déjame que los iluminé —Con pasos calmados, se acercó hasta Cynder, que se pegó de espaldas contra el vidrio en cuanto lo miró de frente—. Cuéntanos, Cynder, ¿es cierto de que usted fue convertida en Terror de los Cielos para obedecer a Malefor?
— Sí —Contestó ella, sorprendida—, pero ¿cómo tú…?
— Rumores —Tajó Kasi, encaminándose ahora delante de Spyro e ignorando que Cynder tuviera cara de querer una explicación mejor—. Y quisiera que compartieras con nosotros, Spyro, si usted, a pesar de que la llevas conociendo, sabías que está sufriendo La Enfermedad del Dragón, ¿lo conoces?
— La… ¿qué? —Preguntó Spyro.
— Es una plaga iniciada por Malefor en Eras Pasadas —Explicó Kasi, mirándolo por encima de su nariz elevada—. Los dragones que sufren de esta enfermedad perderán todo rastro de empatía, adoptarán la apariencia de un monstruo y obtendrán poderes sin iguales. Harán cualquier cosa por destruir para cumplir con la voluntad de Malefor. Terror de los Cielos fue la última en padecerla.
— ¿¡Y los otros como yo!? —Gritó Cynder con voz entrecortada, pegando las zarpas delanteras a la pared de cristal y, posteriormente, bajándolas como si estuviera sufriendo—. ¿¡Qué fue lo que les sucedió!?
— Fueron asesinados por los mismos dragones—Dijo Kasi con actitud distante—. No existe cura, era la mejor opción para ellos en aquellos tiempos.
— Si, a todos nos ha parecido un acontecimiento muy trágico para los dragones —Opinó Spike cerrando con mucho pesar los ojos, pero luego los abrió y los apuntó hacia Kasi—. ¿A dónde quieres llegar con esto?
— A eso quería llegar, Mi Señor —Le declaró Kasi torciendo mucho el labio hasta formar una sonrisa macabra—. Resulta y acontece que al no conocer muy bien de la historia, Spyro puede alimentar su sed de curiosidad paseándose por el mundo como ha hecho Malefor, pero eso lo llevaría a cometer las mismas acciones que él había cometido. ¿No fue mucho poder que lo llevó a la locura? ¿Qué pasaría si lo dejáramos ir a sus anchas? ¿También desataría otra Enfermedad de los Dragones? ¡Son muchas probabilidades, mis amigos!
Las personas del tribunal fruncieron el entrecejo y comenzaron a murmurar en señal de querer a dónde se estaba dirigiendo aquella explicación, pero fueron el sutil movimiento de Bianca que hizo con la mano hacia su corazón, presa del pánico, y la cara petrificada de Cynder que incitaron a Spyro a hablar:
— ¡Yo curé a mi amiga, Cynder! ¡Utilice mi propio elemento para que ella recuperara su forma original!
Se había imaginado que habría más murmullos, pero el silencio que se apoderó de la sala le pareció incluso más denso que los anteriores.
— ¿Un elemento capaz de sanar la Enfermedad del Dragón? —Rompió Spike escudriñándolo con récelo—. Cuesta creerlo. Hago énfasis que ni siquiera nosotros hemos encontrado información de que un dragón realice tales milagros, aunque eso explica por qué Te… Cynder se ve así.
— Por curiosidad —Añadió Azrael mirando ciegamente a derecha a izquierda—, ¿no estás familiarizado con Malefor?
— ¡No lo estoy! —Gritó Spyro, y sus palabras pudieron ahogar otro estallido de murmullos del tribunal—.Cynder había sido influenciada por un elemento oscuro que Malefor desarrolló, jamás lo usaría. Todavía no lo entiendo muy bien, pero usé un elemento púrpura contra ella cuando peleamos, en un lugar fuera de este mundo. Sé que Malefor y yo compartimos el mismo elemento púrpura, pero son completamente diferentes, porque es…
— ¡Basta! ¡Basta! —Intervino Kasi con una expresión muy altanera en el rostro—. Lamento interrumpir con lo que sin duda había sido una historia muy bien inventada por los Guardianes...
— Quizá diga la verdad —Aclaró Bianca con tono agresivo—, porque ellos vivieron más tiempo que nosotros en el mundo exterior. Nosotros podríamos estar equivocados después de todo.
Kasi la miró desde el rabillo del hombro mientras arqueaba las cejas.
— Muy bien —Soltó con un respiro de derrota—. Sabía que podríamos llegar a esta conclusión, por eso traje a un testigo ocular.
El rostro enrojecido de Bianca pareció deshincharse, como si le hubieran quitado el aire. Clavó por un instante la mirada en Spyro y Cynder, pero ellos quedaron tan perdidos como ella, y luego, recobrando la compostura pero con una sonrisa estúpida, nerviosamente replicó:
— Y-Yo… Ahm… ¿Cómo puede haber un testigo si nadie de aquí presente pertenece a una especie que viva tanto tiempo? E-Es anatómicamente imposible, a menos de que seas un dragón, p-pero s-su número descendió demasiado y no puede haber, a parte de mis amigos, más testigos Guerra de Oscuridad…
— Tienes razón —Repuso Kasi con tono agradable—, pero estoy seguro de que los Estatus del Decreto de Witchenly dictan limpiamente el derecho de que el fiscal presente a un testigo para desmentir la versión de los acusados, no importa de dónde provenga, ¿no es así? ¿No es ésa la política que tu padre escribió para la seguridad de nuestra ciudad? ¿O estoy equivocado, Mis Señores? —Continuó, dirigiéndose a Spike y a Azrael.
— Así es —Contestó este último—. Completamente cierto.
— Está bien —Exclamó Spike, moviendo la cabeza en señal de aprobación—. ¿Dónde está ese testigo?
— Ha venido conmigo, pero sólo para este momento —Afirmó Kasi y golpeó el suelo con el extremo del bastón, provocando un sonido sordo—. Denle la bienvenida a Krok, el simio.
Spyro hubiera preferido gritar, pero su prisión no le permitiría dejarse escuchar. Arriba de las gradas había aparecido una plataforma de piedra plana y circular, pero encima estaba un simio. Era de color negro tiza, con un abundante pelaje oscuro en los hombros, piernas, brazos y cola, aunque no en el pecho, exponiendo su asqueroso abdomen grasiento, tenía un hocico partido, una correa de cuero en la cintura y un tatuaje blanco en el brazo izquierdo. Era el animal más insoportable que Spyro tuvo que lidiar cientos de veces.
Murgen balanceó su cabeza a un lado, todavía dormido. Spike y Azrael intercambiaron miradas de poco convencidos. Bianca parecía más chiflada que nunca y Cynder tenía cara como si estuviera viendo un fantasma. Los miembros comenzaron a susurrase cosas en el oído y lanzar miradas al recién llegado como si fuese el bicho más feo del mundo.
— ¿Quién es usted exactamente? —Le preguntó Spike con una voz altiva que indicaba arrepentimiento a Krok, que no quitaba sus ojos de Spyro y Cynder.
— Fui un seguidor de Malefor por órdenes de Gaul —Respondió con una petulante voz de odio—. ¡Lo dejé en cuanto murió nuestro rey! ¡Muchos pudimos huir de la ira de Malefor! ¡Ahora tengo una mejor vida en una tripulación!
— ¿¡Cómo sobreviviste!? —Interrumpió Cynder con voz suficientemente potente para hacer vibrar las paredes de la prisión—. Debiste ser convertido en esqueleto, Malefor los maldijo.
— ¡Luchamos contra unos de ustedes cerca de Valle de Avalar! —Agregó Spyro, con un tono tembloroso por el impacto que sentía—. ¡Pero todos ellos estaban malditos!
— ¡NO SE ME DIRIGAN A MÍ, MONSTRUOS! —Gritó Krok de pronto, escupiendo saliva blanca en los lados de su boca.
Cynder se quedó mirando al simio enojado sin decir nada más. Bianca no lo miraba, sino que discutía consigo misma para buscar nuevos argumentos. Kasi, por otra parte, rió para sus adentros, puso un puño en la espalda, la otra empuñó firmemente el bastón, miró a todo el público y, con tono seguro, explicó:
— Sí, recuerdo haberles dicho eso —Se encogió hombros—, pero, como cualquier criatura sensata haría, otros escaparon.
— ¡Él no puede justificar! —Reclamó Cynder enfadada—. ¡Sirvió a Gaul y a Malefor, no puede estar aquí!
— Lo fue hace tres años —Dijo fríamente Kasi—. Él no ha continuado ayudando las fuerzas oscuras, porque tiene una mejor vida; sin robar y sin matar gente inocente.
— No hay razón de someterlo a un juicio —Admitió Azrael con las manos pegadas, mostrando interés infantil—. No tiene historial de haber cometido otro crimen después de que murieran sus líderes, está limpio.
Cynder maldijo para sus adentros y se recostó contra la pared trasera.
— Muy bien —Aceptó Spike—. Krok, por favor, comienza.
— Yo los vi en la punta del Pozo de las Almas —Contó el simio Krok, hablando duramente, como si cada palabra contuviera odio—. Él dijo… —Puso una voz aguda y quejumbrosa—: « No necesitas hacer esto, Cynder. » y ella: « Justo como los viejos tiempos, Spyro » y todo eso… ¡Y después! —Como si sus puños fueran martillos, pegó el piso con placer—. ¡Iniciaron a pelear, ignorando su amistad!
— ¡Fue un truco! —Confesó Cynder con su poderosa voz—. ¡Un escenario falso para que pudiera atacar a Gaul!
— ¡¿Y qué otra cosa podía hacer la sirvienta del nuevo Maestro Oscuro, Spyro?! —Afirmó Krok, que hablaba con una voz más fuerte y más repulsiva mientras iba mostrando sus dientes podridos—. Antes de que los escombros cayeran, vi todo. Salido del suelo, estabas tú, Spyro, cubierto de oscuridad y los ojos blancos… ¡La misma oscuridad que había dominado Malefor, está en él ahora! —Terminó Krok de manera muy convincente e impactante.
Spyro sentía un espantoso vacío en el estómago. Él sabía, muy a su pesar, que las palabras que había dicho Krok eran legítimas. Le dolía mucho acordarse de aquel episodio, pero que los miembros lo estuvieran mirando como una cosa al cual exterminar era un sentimiento mucho peor. Miró a Cynder, y ésta clavó sus garras en el vidrio con cólera. Escuchó un golpe sordo a su izquierda; Kasi tocó el suelo con el bastón, e hizo que Krok se esfumara como polvo, dejando a una aturdida Bianca observando a la nada.
— Ahí lo tienen —Siguió Kasi con orgullo—; Spyro había utilizado antes la oscuridad, y Cynder lo apoya —Hizo una reverencia educada—. Descanso mi caso.
— Odio admitirlo —Murmuró Bianca para que Spyro y Cynder la escucharan—, pero es bueno en esto.
Los huesudos dedos que se sobresalían de las mangas largas de Murgen, se movieron un poco, pero el resto de los Sabios permanecieron muy quietos y callados.
— Todo me parece muy convincente —Sentenció Spike con altivez.
— No sé qué decir —Replicó Azrael con su peculiar mirada cerrada—. De hecho, todo apunta que ellos son una amenaza, pero noto ciertos agujeros en los argumentos. Necesitamos una tercera opinión. Murgen, ¿puedes acompañarnos?
Y, para la sorpresa de Spyro y Cynder, pero horror de Bianca, una voz débil venida de la boca de Murgen, le respondió:
— Tengo curiosidad… Quiero hablar con Spyro…
Spyro sintió una mezcla de esperanza y desesperación inmovilizando su cuerpo. No podía mirar a otro lado. Petrificado, observó a Murgen, que empezaba a levantar las orejas. ¿Qué le iba a decir? Las orejas quedaron arriba. El rostro de Murgen era apagado, con una gran barba, bolsas en los ojos, pero sus pupilas estaban extrañamente afiladas, como las de un lagarto. Después de que diera un prologando suspiro, preguntó:
— ¿Qué intentabas decirnos…? —Spyro se desconcertó—. Tu elemento púrpura curó… a Cynder…, pero el de Malefor fue... el que la infectó… ¿Por qué son diferentes…?
Spyro, haciendo de tripas su corazón, contestó:
— Al momento de luchar contra ella, sentí el deseo de salvarla… —Explicó—. Cuando Ignitus... —Se detuvo un momento, recordando antes de continuar—. Cuando Ignitus me dijo lo que pasó aquella fatídica noche con los huevos de dragón… No lo sé… Sólo no quise dejar que las cosas terminaran así...
Cynder curvó un poco el labio, conmovida, y con unas manchas rojas extendiéndose por sus mejillas.
— Pero usaste oscuridad después… —Susurró Murgen—. ¿Por qué…?
— Yo… —Se aventuró Spyro, sin saberlo tampoco—. No…
Entonces Bianca corrió para quedar delante de él para que todos se centraran en ella ahora. Confundido, guardó silencio. Mientras que en el costado de Bianca, Kasi frunció el entrecejo con desconfianza.
— ¡Pido, por favor, un receso! —Suplicó Bianca, desesperada—. ¡Creo que es mejor pensar la respuesta!
En medio del absoluto silencio con que fueron recibidas sus palabras, Los tres Sabios comenzaron deliberar aquella sugerencia con susurros e intercambios de miradas. Spyro deseó tanto saber de qué hablaban, pero era mejor mirarse las patas que preguntar. Después de un minuto llenó de suspenso, Spike, que respiró hondo dos veces mientras que Azrael sonreía y Murgen volvía a bajar las orejas, dijo con una voz tridente y calmada:
— Tomaremos un receso de una hora. Se pueden retirar.
Mascullando una maldición y sin siquiera dirigir una mirada a Bianca, que parecía como si la hubieran salvado, ni a Spyro, que pudo finalmente sonreír y a Cynder, que hacía lo mismo, Kasi pegó fuerte el suelo con el bastón y desapareció por medio de un haz de luz plateado.
