Cuando un resplandor trasladó a Spyro, a Cynder y a Bianca de vuelta al patio, había en el ambiente un definido silencio de ultratumba. La suave iluminación del sol seguía resplandeciendo el oro de las mesas y sillas, mientras que Bianca caminaba con pasos temblorosos hasta que consiguió sentarse en unas de éstas. Después de dejar el cetro a un costado del asiento, se quedó mirando al frente de las prisiones de cristal con las yemas de los dedos juntas, colocándolas delante de su boca, y frunciendo el entrecejo.

Impactados y conmocionados, todos recuperaban el aliento como si hubieran sobrevivido de una explosión.

— Pensé que no saldríamos de ésa —Vagó Cynder, mirando a todos—. Kasi me está resultando una espina en mi ala.

— Nos ha arrinconado —Dijo Bianca, concentrada, cerrando los ojos—. No sé me ocurre cómo vamos a contradecir sus argumentos.

— ¿¡Cómo ese vagabundo puede saber más que nosotros!? —Exclamó Cynder furiosa—. Dijo un montón de disparates referentes a cosas que nadie se acuerda, cosas que sólo los sirvientes de Malefor deberían saber. Me cuesta tragar ese cuento de que él sepa sólo con rumores un detalle tan importante como aquella enfermedad, o lo que sea, ¿por qué los guardianes no pudieron explicárnoslos de todo eso cuando vivíamos en el Templo Dragón?

Spyro sintió su garganta completamente seca, pero eso era lo de menos. Recordar de aquella última pregunta era como tener un insecto enorme picándole directamente en el cerebro. Frunció el entrecejo, torturándose, queriendo responderla de algún modo.

— Los Guardianes Elementales son los que cuidan el Templo Dragón, ¿verdad? —Preguntó Bianca, abriendo los ojos, y Cynder le asintió—. Me pregunto por qué no habrán sabido de esta información.

— ¿Qué quieres decir? —Balbuceó Cynder, pegándose contra el vidrio para oírla más de cerca.

— Si entiendo bien —Inquirió seriamente Bianca—, ¿ellos son las máximas autoridades en cuanto al conocimiento de dragones se trata?

— Supuestamente —Respondió Cynder de inmediato—, aunque, por lo que recuerdo, habían ocasiones en las que ellos no sabían explicar ciertas cosas que deberían saber —Se sobó la frente con una garra, frustrada—. No sé… Era como si…

— ¡Como si les estuviera faltando información…! —Se apresuró a terminar Bianca con tono de entusiasmo—. Estamos hablando de millones y millones de años que debieron haberse registrado en algún libro o mural, como historias acerca de las incontables guerras que tuvieron, principalmente, pero no están, ¿por qué?

— Dicen que las perdieron durante sus batallas —Dijo Cynder, aburrida, ladeando la cola con suavidad—. Francamente, no supieron cómo decirnos que no saben nada de por qué ocurrieron esas terribles cosas.

— Si no encontramos la respuesta pronto, será imposible ansiar la duda de mi padre. Tampoco habrá manera de pelear con Kasi —Aulló Bianca, disgustada, y jalándose hacia abajo las orejas con las manos—. ¡No tenemos con qué empezar a formar nuestra defensa!

— Bueno, es hora de usar el otro plan —Dijo con picardía Cynder—.Encuentra una magia muy poderosa para que puedas romper estos cristales, y luego…

— ¡Es un muy mal plan, Cynder! —Exclamó, soltando sus orejas y apretando las manos con dignidad—. ¡Y quedaríamos con una mal imagen si lo intentáramos!

Cynder movió de lado a lado la cola en el pequeño espacio de su prisión y esbozó una pequeña sonrisa de inocencia.

— Escuchen — Intervino de pronto Spyro, sin poder contenerse—, hay una cosa que nos puede ayudar a ver las cosas un poco mejor.

Cynder y Bianca miraron a Spyro con curiosidad. Con cierta inquietud, Spyro respiró hondo, eligiendo las palabras como si fueran piezas de un rompecabezas, les dirigió una significativa mirada y dijo:

— ¿Te acuerdas de que te hablé de una pesadilla que tuve hace poco, Cynder?

— Sí, claro… Casi te cuesta la vida —Respondió Cynder, ignorando la cara de asombro que ponía Bianca—. Pero, ¿qué tiene?

¡Ruop sem srats! —Gritó Bianca, saltando del asiento con un salto, boquiabierta y los ojos como platos—. ¿¡Cómo te puede matar tu propio sueño!?

— Fue después de que Cynder y yo lográramos vencer a Malefor —Explicó Spyro—: mi propia oscuridad intentó tomar el control de mi alma, verás...

Le tomó varios minutos volver a explicar aquella pesadilla de nuevo, sintiendo escalofríos por cada vivo recuerdo que se le pasaba por la mente como una cinematográfica vieja. Bianca ahogó un grito y comenzó de inmediato a teorizar cosas, pero era con aquel lenguaje que no pudo entenderla siquiera un poquito, pero parecía que las comentaba para ella misma, caminando de izquierda a derecha y acariciando la barbilla con una mano.

Cynder estaba totalmente tranquila, porque había escuchado aquella historia antes, aunque ponía muecas de odio y arrugaba el hocico cada vez que oía la parte en el que era convertida nuevamente en Terror de los Cielos para que pudiera matar a Spyro junto con la ayuda de Gaul, y posteriormente fueran desintegrados en cenizas.

— La oscuridad que describes sale fuera de lo ordinario… —Dijo Bianca después de un prolongado suspiro y se detuviera con las manos en la espalda, mirando a Spyro—. ¿Te había salvado tu mentor? Quiero decir… es raro que te comunicaras con el alma de un fallecido… ¿Qué te contó exactamente?

— Ahora no puedo recordar todo el sueño —Dijo Spyro—, pero si me acuerdo de que hablaba de que había intentado encontrar información acerca de algo que nadie conoce, pero que está en todos lados… conmigo… en el elemento púrpura que tienen los Dragones Púrpuras…; el Éter.

Había vacilado con las últimas palabras, porque no le gustó ver a Bianca más paranoica de lo que ya estaba, y si no fuera por la mirada motivadora de Cynder, estaría muy deprimido de haber revivido aquel episodio.

— Witchenly nunca oyó ese nombre —Dijo Bianca entre débiles susurros—. Si está en cualquier lado, ¿por qué no está en ningún lugar?

— Hasta Ignitus, el dragón más sabio que he conocido, tampoco tuvo idea de lo que era —Comentó Cynder—. ¿No será que nadie lo entendió hace millones de años, y por eso prefirieron hacerse la vista gorda?

— No lo sé… pero ¿de verdad fue así cómo pasó? —Replicó Spyro, mirando a través del vidrio al cielo, que iba poniéndose menos brillante—. Es extraño, ¿no? Fueron tres años que me aventuré por el mundo con Sparx para que aprendiéramos de lo que soy realmente, y creí que lo sabía todo pero después de que lucháramos contra Malefor, Cynder, estoy sintiendo que, en realidad…, no aprendí nada.

Se hizo un silencio durante el cual Bianca daba vueltas, sin darse cuenta, la punta del centro con la mano derecha, creando un pequeño remolino de estrellas pequeñas, mientras meditaba con su barbilla siendo acariciada por su mano izquierda.

— No estoy segura de compartir ese punto de vista, Spyro —Opinó sensatamente Cynder—. Los dos somos críos y apenas estamos aprendiendo, pero tú fuiste capaz de estar en lugares que, seamos honestos, ni Los Guardianes pudieron mirar; como mi antigua fortaleza en Cielos Concurrente, ese Bosque Venenoso, esa Isla extraña, o el Mundo de la Convexidad, y dices…

Spyro se hubiera sentido mejor por aquellas palabras si no fuese por un resoplido de sorpresa que hizo que girara abruptamente y se diera cuenta de que lo había lanzado Bianca. Ésta no jugueteaba más con el cetro, en cambio, tenía las manos apretadas con emoción. Tampoco parecía desesperada, sino más bien con pinta de triunfadora, como guardando la solución a los problemas en la punta de su lengua.

— ¿Sucede algo? —Dijo Cynder, en tono irritado al haber sido interrumpida y con una ceja arqueada.

Con una mano en el corazón, Bianca dio un respingón y rió un poco.

— Fue la emoción —Se disculpó, sonrojándose, y luego se encaminó hasta mirar de frente a Spyro, mirándole con ojos iluminados. Él se encogió de golpe—. Creo que tengo la manera de conectar sus argumentos con nuestra situación —Empleó una voz seria y suave—, pero necesito que me digas, Spyro; ¿recuerdas cómo se veía el Éter en tu sueño?

— ¿Cómo una clase de símbolo? —Quiso asegurar Spyro, y sintió un peso en el estómago al ver a Bianca asentir con impaciencia—. Bueno…

Hizo un esfuerzo. La única ocasión que había logrado mirar el símbolo del éter estaba sobreviviendo de un ataque mortal en el interior de una cueva. Recordó la gigantesca estatua que había ahí, intentando visualizar la diminuta figura que sostenía malvadamente con sus garras, y proyectó una imagen mental en la pared de cristal del frente. Levantó la pata derecha, clavó una de sus garras en ella y, dejándose guiar, comenzó a moverla en varios sentidos, produciendo el ruido de una punta maltratando el vidrio. Después de un corto rato, terminó dibujando una «S» torcida, muy mal hecha y de tamaño natural.

— Algo así —Finalizó Spyro, bajando la pata, y sonrió tímidamente.

— Me es familiar —Dijo Cynder, analizando el garabato de reojo—. Estaban en las banderas que colgaban de los escudos elementales que había en las paredes… —Abrió los ojos como si viera un tesoro—. ¡En los bordes de la Piscina de las Visiones también!

La prisión de Spyro hizo desaparecer aquel dibujo mágicamente, porque lo había tomado como daño.

— Pensé lo mismo cuando lo vi —Dijo Spyro, compartiendo el asombro con un tono de voz inocente—. ¿Qué opinas tú, Bianca?

Sin recibir respuestas, se echó contra la pared (aunque luego se dio cuenta de que no tenía ningún sentido que lo hubiera hecho porque él ocupaba completamente el espacio de su prisión) cuando Bianca pasó haciendo mucho ruido, murmurando algo que sonó más o menos como a: « ¡Ya todo cobra sentido! », y desapareció de la vista a toda prisa por medio de una luz cegadora. Cuando aquello pasó, Spyro arqueó las cejas y lanzó una mirada de confusión a Cynder, queriendo una respuesta, pero ésta se encogió de hombros y frunció el entrecejo en el momento que apuntó al centro del patio con los ojos.

— Haría una buena pareja con Cazador por esa fascinación hacia nosotros —Opinó Cynder con indiferencia, y encogiéndose de hombros.

Spyro y Cynder mataron el tiempo con una conversación agradable, mientras sentían los minutos pasar con extrema lentitud. Hablaban de cómo podría encontrarse los Guardianes del Templo en aquellos momentos, preguntándose si Sparx estaría bien sin Spyro, porque, según Cynder, era un completo inútil sin ellos, ignorando las protestas de Spyro. Éste creía que su hermano adoptivo era suficientemente capaz de arreglárselas por su cuenta, pero se ponía nervioso al pensar que era un insecto diminuto incapaz de defenderse contra monstruos grandes, y prefirió pensar que Terrador o Volteer, incluso Cyril, lo cuidaría en todo momento. Luego había una curiosidad que atormentó a Spyro. Se preguntaba cómo era la situación de sus padres adoptivos (Nina y Flash), quienes deberían encontrarse en las profundidades del pantano, y, sin embargo, recordó que su antiguo hogar no podía seguir existiendo, porque debería estar destruida...

Cuando sentía que su corazón iba a salirse de su pecho como un proyectil, imaginando una horrible escena de sus padres moribundos en cualquier lugar, Cynder, con una voz suave, le preguntó:

— ¿Todo bien?

Spyro no supo qué contestar. No evitaba pensar en aquello como si fuese real. Miró el sol, plano como el papel, alejándose hacia el horizonte. Si tan sólo pudiera encontrar el modo de romper aquella prisión, salir y averiguar las cosas que fueron ocurriendo allá afuera...

— ¿Todavía piensas en Sparx? —Insistió Cynder—. Descuida, él estará bien, es un insecto duro de roer.

— No es solamente él —Respondió Spyro con voz entrecortada, irguiéndose y mirando a Cynder con mucho pesar—. Mis padres, ¿qué les habrá pasado desde que me fui? Apenas estoy consciente de que sucedieron tres años que no supe, absolutamente nada, de ellos y no pude hacerles una visita ni enviarles una nota para decirles que estoy bien, y Sparx también. Malefor inundó el Templo Dragón con lava, y cerca de ahí estaba el pantano, donde vivían ellos. Si Sparx se enterase de que ellos no pudieron sobrevivir, podría devastarlo…

Sacudió fuerte la cabeza, porque quería apartar esos pensamientos, y tomó un largo respiro. Cynder estaba tan impresionada, y sentía tanta pena por él, que no trató de animarlo cuando se arropó con las alas, convirtiéndose en una bolita púrpura. Un silencio crecía mientras continuaban pasando los minutos. Hubo bostezos de tanto Cynder como de Spyro. Les dio la impresión de que Bianca nunca iba a llegar, pero justo cuando creían eso, una luz plateada surgió del centro del patio, atrayendo sus miradas.

Spyro se incorporó de un salto y Cynder sonrió encantada.

Una silueta salió disparada de ahí, y efectivamente era Bianca, a su vez el haz de luz desapareció al instante. Bianca caminó a zancadas hacia Spyro y Cynder, pero no estaba al tanto de adonde se dirigía, sino en un puñado de hojas desgastadas, arrugadas y amarillentas que sostenía con una mano, mientras que empuñaba el cetro con la otra. Spyro estuvo a punto de preguntar qué estaba leyendo, pero quedó con la duda pegada en la boca en el momento que Bianca pasó de largo de él, y de Cynder. Ignorando el hecho de que Spyro y Cynder compartieran una mirada de incredulidad, Bianca continuó caminando hasta que, después de unos cinco pasos, se detuvo en seco, miró de izquierda a derecha, ahogó un grito, se giró, con la cara completamente roja de la vergüenza, y regresó hacia sus compañeros, riendo con torpeza.

— ¿Qué llevas ahí?—Preguntó Cynder, que se acercó, pegó el hocico en el vidrio y curioseó aquellas peculiares páginas antiguas.

— Nada importante —Respondió Bianca, emitiendo un falso tono ingenuidad—. Solamente es la prueba requerida que nos ayudará a ganar este caso.

Alzó en alto el brazo, exhibiendo ante el sol plateado las páginas como si fueran un glorioso premio al cual presumirle al mundo, y esbozó una sonrisa radiante de victoria.

— ¡Excelente! —Exclamó Spyro, alegre de escuchar aquellas noticias—. ¿De dónde las sacaste?

— Las arranqué de un libro en una biblioteca —Respondió sencillamente Bianca, descendiendo las páginas al límite de sus ojos y enderezándolas con un ademán de mano—. Aquí dice mucha información del pasado de los dragones; en sus escritos dice algo sobre la Convexidad…

Spyro abrió los ojos, recordando que, en cierta situación, hubo un diario que no contenía sus páginas, y estaba seguro que alguien las había extraído, porque tenía rasguños en su centro. Hasta Cynder se asqueó, invadida por aquel recuerdo. Incluso concordaba con la situación. Bianca debió ser la persona que visitó, antes que ellos, la biblioteca en ruinas, encontrando el Diario de Magnus y arrancando su contenido, pero Spyro se hacía la clásica pregunta; « ¿Por qué? » Y antes de que pudiera hacerlo, totalmente conmocionado, fue silenciado por el entusiasmo en el que Bianca comenzó a relatar.

De los muchos acertijos complicados y misterios difíciles de estudiar que se esconden por estas tierras, no hay nada que pueda resolver el elemento púrpura, recientemente nombrado como Convexidad. Esta energía, cuyo poder puede alcanzar niveles infinitos y fuera de la imaginación de cualquiera, comparte una conexión con los Dragones Púrpuras, que lo pueden materializar como un elemento más, pero fue nombrado así por haber sido descubierta como una ruta que permitía el acceso de un punto a otro. El símbolo que representa la Convexidad tiene forma de una S pero vistas por tres formas; completa, con una mitad mirando abajo y otra arriba. Su significado es un completo misterio, pues además de no existir ninguna fuente que desmienta lo que realmente es Convexidad, se representa de formas distintas dependiendo de cómo lo use su portador; el Dragón Púrpura.

Y con la lectura finalizada, fue como si alguien les hubiera abierto una puerta hacia nuevas esperanzas.

— ¡Amigos! —Aulló Bianca, sonriendo de la emoción—. ¡Esto es lo que nos faltaba! La convexidad fue tomada como una propiedad, ¡no como elemento! Por eso se me hacía extraño la descripción que diste, Spyro, sobre el Éter: porque encaja con esta lectura. La Convexidad y el Éter son la misma cosa… ¡Y nadie lo sabe, salvo nosotros!

Spyro parpadeó y se miró la garra derecha delantera, preguntándose cuáles misterios escondía su raza.

— Éter es el verdadero nombre del elemento púrpura —Fue deduciendo, mirando fijamente a Bianca ahora—. Pero desde otros ojos fue nombrado Convexidad. Porque ninguno de ellos es un Dragón Púrpura. Mi oscuridad explicó que el Éter actúa como una consciencia, entonces Malefor también pudo saber de su existencia pero jamás lo confesó. Entonces Kasi descubrió que el elemento púrpura es inexplicable, al igual que los dragones púrpuras. Seguro juega con eso para burlarse de todos. ¡Trata de crear una verdad! ¡Se aprovecha de que ni uno puede decirle si está bien o mal!

— ¡Acertaste! —Felicitó Bianca, encogiéndose de la felicidad y abrazando las hojas como si fueran un peluche.

Spyro bajó su pata y recordó los últimos párrafos de la lectura. Cuanto más lo comparaba con los argumentos de Kasi, más huecos les hallaba.

— ¡Es por eso que me cortó cuando estuve a punto de explicar a Los tres Sabios sobre Éter! —Apremió en voz alta—. ¡Tiene miedo de que si la gente sepa la verdad pueda arruinar su perfecto caso!

Cynder se había quedado con la boca abierta.

— ¡Hay que romper su red de mentiras! —Gritó con la voz quebrada—. ¡Tenemos la respuesta ahora, podemos ganar!

Durante un rato se quedaron inmóviles, embargados por la emoción, sin poder creérselo apenas. Quisieron analizar un poco más aquellas páginas misteriosas, pero el tiempo los abandonó de pronto. Se sobresaltaron cuando el portal del enfrente se activó, emergiendo un haz de luz hacia el cielo. Tenían que volver al tribunal.

Cuando reaparecieron en el centro del gran salón, muchos magos y brujas de las gradas se comportaron como si Spyro y Cynder fueran parte del ejército de Malefor, y otros, entre ellos Zoe, miraron a Bianca con altas expectativas. Sin embargo, la mayoría se mantuvo mirando atentamente a Los tres Sabios, cuyos integrantes se encontraban rectos y rígidos en sus tronos de piedra. Azrael, como era de esperarse, continuó con los párpados sellados y no pareció notar la llegada de los acusados. Spike, por otra parte, tenía colocada la mejilla derecha en el puño de ese mismo lado, con la otra mano fingiendo destrozar algo, como matando su aburrimiento, y miraba a Spyro y Cynder con desdén, pero no a Bianca. Por último, increíblemente, Murgen se había enderezado y recuperado una parte de su vida; no se le notaba tan moribundo y parecía más despierto, en especial intrigado. La respiración de Bianca se aceleró ligeramente cuando notó aquello, pero aparte de eso no dio más señales de darle suficiente importancia.

— Qué raro —Comentó Cynder echando un vistazo a su alrededor con la frente arrugada—. No veo a Kasi por ningún lado, ¿creen que estará haciendo algo contra nosotros?

— Es muy probable —Divagó Spyro, y luego le entró una curiosidad que le hizo voltearse hacia Bianca—. ¿Has podido conocer a ese sujeto antes, Bianca?

— Apenas un día, cuando llegó aquí, pero los primeros minutos que charlé con él fueron suficientes para no volver a intentarlo —Afirmó Bianca, enrollando las hojas y guardándolas en el cinturón—. Pero fuera de su comportamiento repulsivo, pude notarle desprender un aura extraño y oscuro, como si estuviera ocultando intenciones que, personalmente, creo que debemos tener mucho…

Bianca se interrumpió a media frase. A la izquierda de ellos, acababa de aparecer un portal con forma de columna, y Kasi salía de él con paso firme, mientras golpeaba el suelo con el extremo de su bastón para cerrarlo. Se volvió enseguida al pillarlos; entrecerró los ojos, se acercó cojeando y utilizando el bastón como apoyo, y, con frialdad, los clavó en las caras de Spyro y Cynder.

— Admiro esa precisión de no rendirse cuando todas las puertas de la esperanza están cerradas —Dijo Kasi arrastrando las palabras—. Hasta me atrevería a decir que eso ha sido su as bajo el ala de salir en situaciones comprometidas… ¿No es una maldición la buena suerte, jovencitos?

Spyro dirigió una mirada veloz a Cynder en señal de advertencia; no era apropiado ahora iniciar una discusión.

— Sí —Afirmó Spyro sin inmutarse—. Es verdad, con un poco de suerte, hemos sobrevivido muy bien.

Kasi, con la comisura del labio levantada, miró a Bianca.

— ¡Vaya! Te ves más determinada a ganar, querida… ¿Realmente crees poder desmentir todo lo que dije?

— No estoy creyendo, ¡voy a hacerlo! —Contestó ésta en tono cortante.

— ¿Así? —Se extrañó Kasi, arqueando las cejas y dándose la vuelta. Comenzó a caminar hasta llegar al rincón más próximo, con un dedo tocó la esfera de cristal de su bastón, prendiéndola igual que un foco, la sacudió levemente y una mullida butaca de tela de algodón estampada apareció de la nada delante de las columnas de los tronos—. Estaré complacido de que me des cierto entretenimiento, no he visto un espectáculo desde que comencé a tener arrugas…

Kasi se interrumpió, dejando de prestarle atención a Bianca, que en ese instante estaba con la cara roja, y miró arriba. La mano izquierda, esquelética y púrpura, de Murgen, que relucía a la luz de los cristales del techo, como uno más, se había alzado, exigiendo silencio, y los miembros obedecieron, y parecían estatuas ahora. Asombrado, después de todo lo que había visto Spyro, no esperaba ver una prótesis (o mano) como aquélla. Cuando Murgen metía la mano en su manga, Kasi se sentó, dejó el bastón encima de sus piernas en sentido horizontal y miró a Bianca con una expresión de vago interés.

— Muy bien, continuemos con el juicio, pausado por necesidad de tiempo —Recordó Spike después de ver a Murgen haciéndole una seña con la mano derecha—. Espero que estés preparada para retomar el juicio, Bianca.

— Estoy lista —Se limitó a decir ella, confiada, y puso una mano sobre las hojas del cinturón.

— Oh tengo mucha fe en ti, Bianca —Dijo encantado el sabio Azrael, esbozando una humilde sonrisa al aire—. No por nada tu padre hizo el esfuerzo de estar despierto para admirar este final.

— Sólo quiero escuchar mi respuesta... —Le contradijo Murgen—. No importa quién me la dé...

— ¡Y por supuesto que te la daré, padre, pero primero tenemos que ir unos pasos atrás y pararnos en los detalles más triviales de los acontecimientos que, de seguro todos deben conocer, llevaron al primer dragón púrpura, Malefor, a convertirse en Maestro Oscuro! —Aclaró Bianca y comenzó a caminar en círculos, alrededor de las prisiones de Spyro y Cynder, quienes la siguieron con la mirada—. Está demás decir que, en aquellos tiempos, era un respetuoso y bondadoso dragón que pensaba en la seguridad de todos antes de la suya. Hasta el día de hoy, aún cuesta creer que eligiera el camino de la oscuridad, convirtiéndose en un sanguinario tirano con el anhelado deseo de aniquilar inocentes y ser más poderoso. Los Ancianos Dragones, antiguos reyes de sus reinos, nunca dijeron la causa exacta de su cambio repentino, salvo el indiscutible hecho de haberse embriagado de poder cuando fue entendiendo las cualidades de su raza —Deteniéndose en la izquierda de las prisiones, fue mirando las atentas caras de los espectadores hasta las inexpresivas de los Sabios—. Incluso si él tuviera sus razones para tener más poder, ¿realmente pudo haber sido voluntad propia convertirse en Maestro Oscuro?

Spyro levantó las cejas, intrigado, al tiempo que giraba el cuello para ver a Cynder. Ésta estaba interesada, porque se había acercado más al vidrio, con el objetivo de escuchar más. Spyro se volvió. Alcanzó a mirar a Kasi, que agarró el bastón con las dos manos, poniéndolo al lado de él, y observó con atención a Bianca frunciendo el entrecejo.

— Necesito pedirles, mis Señores —Les suplicó Bianca, tratando de no sudar de los nervios—, por el bien de apoyar mi testimonio, ¿podrían relatarnos La Primera Guerra de la Oscuridad?

— ¡Es irrelevante! —Objetó Kasi, mirando a Bianca como si estuviera loca—. La gente presente aquí conoce muy bien esa historia.

— Por lo visto, la defensa quiere profundizar un tema particular —Insinuó Spike y miró a sus compañeros girándose a su derecha—. ¿Aprueban su petición?

— Es una de mis favoritas —Dijo Azrael con una voz casi infantil—. Por supuesto, quisiera volver a escucharla.

Murgen, condescendiente, asintió la cabeza en señal de aprobación, y no prestó mínima atención al gruñido de molestia que había soltado Kasi entre dientes. Unos cuantos magos de las gradas superiores se removieron en sus asientos, acercándose para oír más de cerca, interesados.

— ¿Puedes contarla tú, Spike? —Preguntó Azrael con educación.

— De acuerdo. Intentaré resumirla lo mejor posible —Dijo Spike antes de que empezara a rascarse la oreja izquierda con un dedo, murmurando palabras, como eligiéndolas adecuadamente—. Hace mucho, mucho tiempo, Malefor dominó los Reinos de los Dragones. Entonces, los Dragones Ancianos (Selvik, Magnus, Titán, Néstor, Cosmos y Lateed), intentaron detenerlo, pero él era imparable y nada lo dañaba. Desesperados, encontraron un viejo conjuro, conocido como El Portal, e idearon un plan con eso para sellar a Malefor. Por desgracia, era una magia que agotaba mucha energía, así que tuvieron que recurrir a una civilización experta en magia, y ahí es donde entró Witchenly. En resumidas cuentas, los Sabios de aquellos tiempos pudieron buscar una manera de mantener abierto los portales con un extraño material llamado Convexidad, entonces los Dragones Ancianos crearon el Portal de la Convexidad, el Altar de la Convexidad como llave, y consiguieron transportar a Malefor a un mundo raro y desconocido hasta ahora, y sellarlo por largos años. Y ahí lo tienes, la historia de la Primera Guerra de la Oscuridad de hace más de mil años.

— Gracias por su colaboración —Dijo Bianca, ejecutando una rápida reverencia, y extrajo los papeles del cinturón con las manos—. Entonces, como hemos acabado oír, la Convexidad, una rara propiedad de origen aún desconocida, ayudó a la creación de los portales. Según los libros, describen que era una masa cósmica, con gran poder ilimitado, y púrpura... —Muchos comenzaron a exclamar agudos aullidos de impacto, pero Bianca continuó con completa calma—. Les impactará escuchar que, durante mis expediciones, encontré un libro que le pertenecía al propio Magnus, uno de los Dragones Ancianos de aquellos tiempos, había puesto que la Convexidad tiene vinculación con los dragones púrpuras... ¡Y me quedé sin aliento cuando leí, escrito por su puño y garra, que es el elemento ellos manifiestan! ¡El elemento púrpura! —Con valentía, levantó los pergaminos al aire para que todo el mundo pudiera verlos.

— ¡No tenemos tiempo de escuchar teorías olvidadas de viejos muertos! —Chilló Kasi, que luego dio un golpe con el extremo del bastón y provocó murmullos de poca confianza en los miembros del tribunal—. ¡¿Qué relación tiene con este caso?! ¡Estamos tratando con dos posibles amenazas, no ir divagando huecos del pasado!

— Y aparte de aquello también de ansiar la curiosidad del cabecilla de Witchenly, conectándose, curiosamente, con el caso principal —Dijo Bianca, bajando las hojas—. Si no arreglamos estos huecos, ¿cómo podemos entender por qué Magnus escribió que los dragones púrpuras existieron muchos antes del nacimiento de Malefor?

— ¡Qué completa falta de respeto! —Gritó Kasi, a punto de saltar de su asiento—. ¿Tienes el descaro de ensuciar los años de esfuerzo que pusieron los que escribieron nuestra historia con insinuar que Malefor, el primer dragón púrpura de la historia, no lo fue? Supongo que lo que encontraste fue una broma de algún monstruo estúpido. Un dragón como Magnus nunca debió haberse inventado algo tan surrealista…

— ¡No fue así! ¡Nosotros escuchamos a Malefor decir eso! —Protestó Spyro.

— ¡Fue cuando luchamos contra él en su guarida! —Agregó Cynder—. ¡Dijo que antes de él hubieron más dragones púrpuras!

Se produjo un tenso silencio durante el cual Bianca caminó firmemente, oyéndose sus suaves pasos secos, hasta llegar al frente de Spyro y Cynder, dándoles la espalda pero regalándoles una sonrisa de confianza desde el rabillo del hombro antes de que volviera a mirar con seriedad al público en general.

— Confieso que es impactante saber que la raza púrpura prevaleció más tiempo de lo que creíamos. Hipotéticamente hablando, estuvimos equivocados —Comenzó a decir Spike, inclinando la cabeza—, pero, aun sabiendo esto, ¿qué peso tiene este dato con la situación de nuestros acusados o a la pregunta de Murgen?

— Tiene mucho que ver —Coincidió Bianca—. Magnus había sentido la obligación de estudiar la raza controladora de cuatro elementos, pero desde cero, sin ninguna base. ¿No debería haber historias sobre ellos? ¿Algo que evidenciara que habían existido antes?

— ¡Debieron haberse destruido al pasar del tiempo, nadie puede saber con seguridad lo que pasó hace más de mil años! —Gruñó Kasi.

— Incluso si se hubieran desaparecido, mínimo un sucesor de aquellos tiempos remotos estuviera ahí para explicarles a los Dragones Ancianos de la existencia previa de los dragones púrpuras —Repuso Bianca sin perder la calma, pero conllevando cierto tono desafiante hacia Kasi—. No, realmente no hay nada sobre los dragones púrpuras. Incluso, en el día de hoy, nuestros testigos presentes, Spyro y Cynder, nos confirmaron desconocer muchas cosas, incluyendo la Enfermedad del Dragón y de los dragones púrpuras.

— ¿Y qué se supone que significa eso? —Preguntó Kasi con tono glacial.

— El elemento púrpura es territorio desconocido incluso para los dragones púrpuras de esta generación —Contestó Bianca y, antes de que Kasi pudiera protestar, siguió—. Malefor era curioso cuando era un joven de corazón puro. Un día, le entró curiosidad, como a cualquier otro niño, y quiso saber de sus raíces, pero como no pudo recibir la respuesta por las bocas de sus maestros de aquellos tiempos; se aventuró en innumerables travesías con el fin de hallar algo, hasta un pequeño detalle.

— Finalmente estamos oyendo credibilidad en lo que sea que estás diciendo, jovencita —Afirmó Kasi con una sonrisa alterada que hizo aún más chiflada su expresión preocupada—. ¡Tanta palabrería para que cayéramos en lo mismo! ¡Malefor explotó por su cuenta su verdadero poder, llegando a liberar la Convexidad y comenzar a destruir todo a su paso!

Soltó una risa clara que hizo que a Spyro se le erizara las escamas de la nuca y Cynder se asqueara. Algunos miembros del tribunal no supieron si reír con él o no, así que se quedaron mirándolo con incomodidad. Sin embargo, estaba más claro que el agua que ninguno de Los Tres Sabios lo encontraban divertido.

— Malefor no pudo haber liberado Convexidad por cuenta propia… Tuvo que haberse presentado una situación que lo obligase a soltar ese elemento…, como fue el caso de Spyro. Si fuese así, los Ancianos Dragones lo hubieran registrado, pero no fue el caso —Se aventuró Murgen con vagancia, y acallando, como una bofetada, a Kasi—. Malefor comenzó a enfermarse de poder cuando fue aprendiendo más de su raza, pero, como bien dijo mi hija, era imposible que lo supiera…

—… Porque no debía haber información de los dragones púrpuras en aquellos tiempos —Acabó Azrael, boquiabierto, aunque mirando en sentido contrario de donde estaba Murgen.

Una cosa punzante salía del fondo de la mente de Spyro, y rompió su visión que había tenido sobre Malefor como el culpable de todo el daño que sufrieron las criaturas inocentes de los reinos al creer que no había nada que justificara aquellas acciones. De pronto, pese a que estaba deseando salir de la prisión, prefirió quedarse callado y prestar atención al lado de Cynder, que estaba deseosa por escuchar más con los ojos en blanco. Kasi adquirió un tono morado oscuro. Spike se limitó a posar su barbilla en los dos primeros dedos de su gruesa mano con gesto interesado.

— Todo cae en una sola posibilidad —Dijo Bianca, juntando detrás del cuerpo los brazos e inclinándose hacia adelante con expresión pensativa—. El elemento púrpura era un misterio en esa época. Malefor no pudo descubrirlo por su cuenta. Tuvo que haber recibido apoyo de alguien que si lo supiera, pero ese individuo tuvo que conocer muy bien a Malefor al punto de insistirlo a caminar al interior de la oscuridad, con el único fin de que usara el elemento púrpura para el mal y erradicara toda la vida en el mundo…

— Como si fuera el propósito de los dragones púrpuras… —Susurró Spyro para sí, sin dar crédito a lo que oía.

— ¡No puedes olvidar un detalle importante, querida! —Bramó Kasi con rabia, brincando del asiento de una patada, se dirigió a zancadas, pasando a Bianca sin mirarla, hasta parar al frente de la prisión de Spyro, que se dio un vuelco en el corazón, y lo señaló con la esfera de cristal de su bastón para que todos vieran—. ¡Este jovencito usó oscuridad! ¡Mi testigo, Krok, nos lo confirmó! ¡¿Cómo negarás que sea improbable que se vuelva como Malefor?!

— Porque, como he mencionado con anterioridad, a menos que alguien le hubiera convencido de abrazar su oscuridad, no podría volverse como él —Envainando el cetro con aire de dominancia, Bianca encestó un golpe en la punta del bastón de Kasi, obligándolo a retroceder de sus amigos con pasos temblorosos y torpes. Desafortunadamente, Kasi pudo incorporarse al sujetar muy fuerte su bastón, decepcionando mucho a Cynder—. ¡Y si fueran los monstruos que dices que son, ya se habrían liberado de estas prisiones sin vacilación alguna!

Cynder miró a Kasi, que estaba arrodillado y apoyándose con el bastón, y gritó:

— ¡Te decepcionará mucho saber que Spyro no es la mitad de igual que Malefor! ¡Vi yo misma lo que él hizo! ¿¡Quién me detuvo cuando era Terror de los Cielos, salvándome de la enfermedad del dragón!? ¡¿Quién derrotó a Gaul en el Pozo de las Almas durante el Eclipse Lunar?! ¿¡Y quién fue el que venció a Malefor hace apenas tres días!? ¡FUE ÉL! —Fulminó a los miembros del tribunal con la mirada. Aquéllos estaban ahí plantados con la boca abierta, atónitos, y sin saber cómo reaccionar, mientras que Bianca sonreía complacida—. No sé cuántas obras más debe hacer Spyro para que entiendan que él nunca irá a la oscuridad, porque pudo vencerla con su propia voluntad, y seguirá firme para ayudarnos hasta el final, ¡aunque no se lo merezcan!

Spyro la admiró con el corazón en la garganta, respirando entrecortadamente; luego sintió un calor creciendo por sus mejillas y soltó una corta risa de felicidad, complacido de haber recibido aquel apoyo. Hubo una larga pausa en el que Kasi parecía desorientado y a punto de explotar al estar mirando como lunático a él, Cynder y a Bianca. Spyro agitó cansado la cabeza y sin poder contenerse, comenzó también a soltar todo lo que tenía.

— ¡Y SIN CYNDER NUNCA PUDE VENCER A MALEFOR! ¡ELLA NUNCA QUISO SER TERROR DE LOS CIELOS! ¡FUE SAQUEADA CUANDO ERA UN HUEVO SOLAMENTE; ELLA NUNCA MERECIÓ ESE DESTINO! ¡Y YO USÉ EL ELEMENTO PÚRPURA PARA CURARLA, DE ALGÚN MODO! ¡DESDE ENTONCES LA HE VISTO ESFORZARSE Y TRATAR DE ENCAJAR A PESAR DE QUE CARGABA UN PESO QUE NI PUEDO IMAGINARME! ¡FUE LEAL Y VALIENTE EN TODO MOMENTO! ¡LA VI PELEAR CONTRA MALEFOR PARA PROGERME! ¡Y SI ESO LES PARECE MUY POCO, ENTONCES SON PEORES QUE MALEFOR!

Cuando Spyro liberó todos y cada uno de los amargados y resentidos pensamientos que se había deprimido de mala gana durante las últimas horas plantado, recuperó el aliento con un largo y placentero suspiro. Kasi se impresionó con todo aquello, levantándose, intentó retroceder, pero sus piernas se enredaron con la capa de su túnica, dando dos tropiezos que casi lo hicieron volcarse boca arriba en el piso.

Tambaleando, Spyro quiso recostarse, en cualquier lado servía para superar aquel intenso momento, pero contuvo porque necesitó mira a Los Tres Sabios con determinación y seriedad. Spike los observaba con admiración, claramente sorprendido. Spyro miró de reojo a Azrael, buscando algún gesto de que los estaba viendo. No tardó en darse cuenta que Azrael no los estaba viendo, porque contemplaba el techo con una sonrisa tonta, y optó por pensar que estaba intentando mirarlos para obsequiarles una cálida sonrisa. Por último, con curiosidad, cruzó miradas con Murgen. Éste movió la cabeza para un lado, totalmente inexpresivo, pero aquellos ojos filosos y profundos le producían a Spyro un sentimiento perturbador que lo obligó apartar su mirada de él, mirando ahora a los lados de los bancos, donde todos los miembros del tribunal se habían puesto a hablar entre sí con apremiantes susurros, y hasta las hadas, multicolores como estrellas, volaban de un puesto. Si no fuese por los nervios que lo comían por dentro, Spyro le habría parecido un cielo nocturno espectacular.

— ¡Silencio, ahora! —Acalló Spike con brusquedad, parando así los zumbidos de las hadas y el balbuceo de las criaturas—. Kasi… —Su voz no sonaba gruesa e imponente, más bien aguda y extrañamente sorprendida. En cuanto Spike se percató, tosió para arreglarla—. ¿Tienes otra cosa más que aportar?

— N-No… Señor… —Le costó responder Kasi; tenía los labios apretados y los ojos clavados en el piso, como si le diera vergüenza levantarlas.

— Está bien —Dijo Spike de inmediato, y comenzó a intercambiar susurros con sus dos compañeros.

Spyro se miró las patas y la cola. Su corazón, que parecía haberse inflado hasta adquirir un tamaño descomunal, latía con violencia hasta las costillas. Jamás se había imaginado que el juicio duraría tanto, pero estaba seguro él, sus amigas; Cynder y Bianca, habían causado una buena impresión. Tenía que admitir que, gracias a esta última, había visto cosas nuevas en el que jamás se habría percatado por su cuenta. ¿Alguien más hubo participado en los eventos de la corrupción de Malefor? ¿La Gran Limpieza formaba parte de un plan mucho mayor, y no un simple capricho de ganar poder? ¿Y dónde podía encontrar a los otros dragones de su especie?

En dos ocasiones se giró hacia su derecha, con la cabeza aún agachada, y miró a sus amigas. Cynder le había correspondido con una mirada animada, aunque Bianca no le había mejorado su estado de ánimo por su sonrisa forzada y nerviosa. Spyro despegó los labios para hablarles, pero su desbocado corazón le apretaba las vías respiratorias, y en las dos ocasiones se limitó a sólo sonreír con gesto de «Todo saldrá bien» y agachar la cabeza de nuevo la cabeza para seguir mirando sus patas y cola, que movía de un lado a otro.

De pronto cesaron los susurros. Spyro oyó a Cynder aullar de los nervios y a Bianca gritar del pánico, y agarró valor para finalmente alzar la cabeza para mirar lo que pasaba. Le dio igual la mirada de odio que Kasi les lanzaba, pero las indiferentes expresiones de Los Tres Sabios eran como una daga en su estómago.

— Los que estén a favor de liberar a los acusados, lancen una bola de luz hacia el lado derecho de la balanza… —Anunció la atronadora voz de Murgen.

Spyro, Cynder y Bianca giraron sus cabezas con sacudidas. Vieron lucecitas plateadas emergiendo de algunas manos, no, muchas… ¡Más de la mitad! Respirando entrecortadamente, contemplaron como eran disparadas, como estrellas fugaces, de los bancos hacia la plataforma derecha de la balanza, que había detrás de los tronos de los Sabios, y una roca translúcida crecía en aquella plataforma a medida que iban llegando más estrellas hasta que descendiera y golpeara suelo con un tintineo débil.

— Los que estén a favor de congelarlos, una bola roja en el lado opuesto… —Siguió Murgen con total tranquilidad.

Fue la chispa roja de Kasi, humillado, la única que llegó al lado contrario de la balanza. No consiguió diferencia alguna, gracias al iceberg que se hallaba en la plataforma de la derecha. Los Tres Sabios miraron hacia atrás, tardando unos segundos en comparar la obvia diferencia, y se volvieron. Parecían como si alguien les hubiera obsequiado el mejor regalo del mundo. Luego Murgen volvió a revelar de su manga aquel brazo de cristal púrpura. Juntó el dedo medio con el pulgar y dijo:

— Felicidades. Son seguros para el mundo… Quedan libres —Y chasqueó los dedos, causando una luz cegadora junto con el ruido de un estallido pequeño.

La quebradura repentina del cristal tomó por sorpresa a Spyro, que cayó sentado donde estaba, sintiendo la libertad, con la respiración agitada, debatiéndose entre la conmoción y el alivio. Los miembros del tribunal comenzaron a desaparecer, hablando entre ellos, mientras recogían sus libros y varitas mágicas. Spyro también se levantó. Todos le echaban miradas rápidas de curiosidad antes de que se fueran por medio de portales, pero en aquel instante Kasi le estaba dirigiendo una sombría mirada de amenaza, y luego desapareció con paso majestuoso por un portal que había abierto con su cetro. Spyro no le hizo caso e intentó captar la mirada de Cynder, pero su visión fue bloqueada por una manta negra. Cynder se había balanceado sobre él para obsequiarle un abrazo que casi lo derribó al sentir sus patas delanteras alrededor de su cuello y sus alas en las demás partes de su cuerpo.

— Ganamos, Spyro. ¡GANAMOS! La verdad, intenté mantener en pie la esperanza de que pudiéramos ganar, aunque fue difícil, pero siempre tengo que recordar que, mientras estés tú, de algún modo vamos a salir ileso de cualquier situación... ¡Menudo lio! ¡Me habría gustado ver la cara que tuvo haber puesto ese viejito de Kasi! ¡Me moriría de risa!

— Déjame respirar, Cynder… —Dijo Spyro, sonriendo, al mismo tiempo que devolvía el abrazo con cariño.

Cynder, todavía radiante, soltó a Spyro, y antes de que pudiera decir nada más, oyeron un suave golpe detrás de sus espaldas. Giraron sus cabezas enseguida. Bianca se había desplomado en el piso, con las piernas divididas en ambos lados, el mechón de cabello arropándole los ojos y con las manos juntas en el suelo. Preocupados, corrieron hasta rodear a Bianca, y Spyro levantó una pata, a punto de tocarla cuando…

— ¡BUAAAH! ¡CREÍ QUE IBA A FRACASAR! —Rompió a llorar Bianca con una voz casi de felicidad, haciendo que tanto Spyro como Cynder retrocedieran del asombro—. ¡NO QUIERO VOLVER A HACER ESTO NUNCA MÁS; TUVE MUCHISIMO MIEDO!

— Hiciste un grandioso trabajo, Bianca —Dijo Spyro, intentando todo lo posible para tranquilizar a Bianca—. Al fin y al cabo, sin ti era imposible de que pudiéramos salir de esto.

— Le distes una buena elección justo donde más le dolía a Kasi —Comentó Cynder con una voz maravillada—. Nunca vi a alguien luchar tan bien con palabras. Anímate, no sería agradable llorar cuando es la hora de celebrar…

Fue cortada a casi de finalizar la frase. Bianca la atrapó con un brazo e hizo lo mismo con Spyro. Sin dejarles decir una sola palabra, los juntó en sus mejillas, empapadas de lágrimas, y continuó derramando lágrimas de felicidad. Para Spyro era húmedo y tibio. Veía de manera suplicante a Cynder, que le respondió con un encogimiento de hombros e intentó disfrutar del abrazo. Era la primera vez que Spyro compartía aquella clase de abrazo, y estaba resultando de cierta cálida para su corazón. Acababan de sobrevivir de una batalla contra el dragón más peligroso del mundo y ahora de un juicio casi imposible de ganar, y cuando pensó en aquello no pudo evitar soltar una risa de completa calma. Cynder lo acompañó e incluso Bianca, aunque añadía lloriqueos de por medio.

— ¿Vamos a salir ilesos de esto? —Preguntó Cynder con tono de broma.