Bianca los soltó con brusquedad. Cynder gimió y tambaleó unos pasos hacia atrás, sobándose el pescuezo con la garra.
Spyro se quedó inmóvil y respiró anonadado. Un extraño sentimiento de libertad inundó su cuerpo. Nunca había creído que pudiera existir un método peor que las Cadenas Verdes, pero eso era antes de haber resistido el agudo dolor de los diez minutos que estuvo atrapado con Cynder en los brazos de Bianca, que se levantó con torpeza y se secó las pocas lágrimas que le quedaban en los ojos con una mano.
— ¡Increíble fuerza traes, Bianca! —Dijo Cynder, totalmente sorprendida—. No vendría mal que vinieras con nosotros.
— ¿Ir con ustedes? —Se extrañó Bianca, quedándose con las mejillas húmedas, y con una ceja levantada—. ¿A dónde?
— Warfang, por supuesto —Respondió con calma. Ya no quedaba gente en el tribunal, por lo que el grito de Bianca fue bastante audible—. ¿No te apetece darle un vistazo?
Una mueca de dolor se le formó en la comisura derecha de Bianca.
— No es un sitio malo —Dijo Spyro, creyendo que lo que la había molestado era que Warfang pudiera resultar hostil por los dragones—. Terrador, Cyril y Volteer, nuestros maestros, son agradables cuando te acostumbras a sus pleitos.
— No, no se trata de eso…
— Hasta puedes traer a esa tal Zoe —Añadió Cynder riendo—. Le iría bien tener unos minutos con Sparx, sería divertido verles tener una discusión.
Spyro compartió la risa, asintiendo con la cabeza, y se volvió hacia Bianca. Ella seguía con aquella pinta de desdichada, los hombros caídos, al igual que los párpados, y la boca entre abiertas, como intentando decir algo. Verla así le producía mareo en la mente de Spyro, sin entender qué pasaba, al punto de arrugar la frente y mirar a su izquierda, queriendo buscar una respuesta visual de Cynder, pero ésta le respondió con el ceño fruncido.
— ¡Quita esa mueca, Bianca! —Exclamó ella, poniéndose al lado de Bianca y empujándola amistosamente con el ala—. ¿Por qué esa cara ahora? ¿Tan rápido superaste la victoria de haber dejado boquiabiertos a toda tu ciudad?
Bianca se sobresaltó ante aquello. Parecía recién despertada de un trance. Se sacudió las orejas y dijo:
— Les mentiría que no lo estoy, pero creía que iban apodarse unos días en las viviendas de Witchenly…—Apretó las manos, reuniendo coraje, con los ojos fijos en Spyro y Cynder—. ¡Tener la oportunidad de conocernos realmente!
Cynder contrajo levemente sus cejas inexistentes. Spyro recibió aquella pregunta como una bofetada, luchando si mostrarse conmovido por el ofrecimiento o apenado porque, aunque quisiera, no podía estar unos días en Witchenly: su cara estaba petrificada.
— Bueno, suena muy bonito tomarse un respiro después de tantas locuras —Le admitió Cynder. Mostraba una sonrisa suave, y sus ojos esmeraldas parecían apiadarse de Bianca—. Pero no va a ser posible, muchos de nuestros amigos deben estar preguntándose si estamos vivos.
— Volveríamos cuando todo lo malo pasara, se lo prometimos —Intervino Spyro, poniendo un esfuerzo en deslizar un tono comprensivo y amistoso en su voz para suavizar la respuesta—. Lo siento, Bianca, pero tenemos asuntos pendientes que resolver primero.
— Oh, muy bien… —Dijo Bianca, tratando de sonar contenta, pero con tono decepcionado, y después se palmeó las mejillas con las manos. La motivación gobernaba ahora en su iluminada mirada—. No los detendré, pero pondré de mi parte y buscaré la manera de que nos podamos comunicar, ¡tienen mi apoyo!
Spyro sonrió de agradecimiento, pero sentía un nudo atando su estómago, culpable de no poder hacer realidad el deseo de Bianca y tampoco maravillarse de la cultura de Witchenly con la compañía de Cynder, que parecía resentida también. En medio de un incómodo silencio y de un forzado cruce de miradas, detrás de ellos, se escuchó el parecido zumbido de una abeja curiosa, acompañado por unas pisadas lentas y débiles. Spyro y Cynder giraron sus cabezas enseguida, aunque Bianca sólo tuvo que mirar al frente. El sabio Azrael había llegado con su aire de niño infantil, seguido de cerca por la hadita Zoe, pero ésta estaba tratando a Spyro y Cynder como si fueran invisibles. Más allá de los recién llegados, Spyro vio que los tronos habían recuperado sus tamaños originales, la balanza había desaparecido, y también Spike y Murgen, porque no los encontraba por ningún otro lado. El tribunal estaba desierto.
— ¡Señor Azrael! ¡Zoe! —Dijo Bianca de inmediato, caminando con vigor hacia el jefe de su ciudad y su amiga alada—. ¡Qué oportuno que vinieran! ¿Le puedo pedir un permiso especial, señor Azrael?
— Por supuesto —Dijo con delicadeza Azrael, mirándola con los ojos cerrados, y Zoe voló encima de la cabeza de Bianca, queriendo escucharla más de cerca, aunque no pudo evitar echar unas tres miraditas curiosas a las expresiones desorientadas de Spyro y Cynder.
— Necesitaré la llave del almacén, tengo que buscar portales instantáneas para facilitar el viaje de nuestros invitados; Spyro y Cynder —Le pidió Bianca, estando de puntillas y señalándolos con un ademán de la mano—. Deben atender asuntos personales lo más pronto posible.
— ¿¡Es una broma!? —Dijo Zoe con la boca helada y los ojos desorbitados, como si estuviera oyendo la peor noticia del mundo—. Quiero decir… ¿Tan pronto se tienen que ir?
Cynder la miró fijamente. De inmediato, Spyro se dio cuenta de que Zoe bufó de miedo al notarla. Él y Bianca no intervinieron, ya que no estaban seguros si aquello representaría un cambio entre las dos. Por fortuna, Cynder desvió la mirada hacia las banderas que decoraban todavía el salón, mientras que Zoe respiró como si se hubiera salvado de una muerte segura.
— Hemos perdido mucho tiempo —Aclaró Cynder en tono cortante—, no estamos aquí de turistas
— Es una pena no tenerlos con nosotros por un tiempo —Dijo Azrael con compasión, mirando las bancas vacías de la derecha como si sus invitados estuvieran delante de él—. Claro, Bianca, ten mi llave…
Entre más tiempo miraba la conversación, más le sorprendía a Spyro la larguirucha estatura de Azrael. Comprendiendo por qué Bianca tenía que andar con las puntas de los pies enderezados, no pudo evitar reírse un poco. Bianca daba saltos para poder alcanzar a Azrael, llamándolo para que siguiera su voz, pero éste se movía al sentido contrario, con la llave, que había sacado del bolsillo delantero de su túnica, tiritando en su mano derecha con una sonrisita calmada. Literalmente, era como ver a un niño intentando alcanzar las manzanas de un árbol. Bianca tuvo que agradecer la intervención de Zoe, que agarró toda la mano de Azrael, y la puso donde ella pudiera atrapar la llave de un brinco.
— ¡Muchas gracias…! ¡Señor Azrael!... ¡Uf! —Agradeció Bianca sin mucho aliento, observando el suelo con las piernas flexionadas y las manos en las rodillas. Tras dar varios suspiros, se enderezó—. ¡Muy bien! Spyro, Cynder —Los miró con aire optimista—, espérenme aquí, no tardaré ni cinco minutos.
Desenganchó muy deprisa el cetro de su cinturón y se dio un suave golpe con él en la cabeza. Con un estallido amarillo, desapareció de la vista de todos.
— ¡Espera, Bianca! ¿¡Qué hay de mí!? ¿¡La adorable Zoe…!? —Comenzó a decir Zoe con desesperación, pero lo interrumpió Azrael, con una expresión de despreocupación mientras miraba el techo.
— Una joven distraída que la recompensa con su optimismo y dedicación ante todo, ocupada cuando se lo propone mucho, déjala con su espacio, Zoe.
Zoe pareció muy molesta, como si su objetivo real, que era irse con ella lo más pronto posible, no resultara como quería. Las risitas de Cynder causaron que se pusiera roja de la vergüenza y del enfado, pero no dijo nada y le bastó cruzarse los bracitos, desviando la mirada con su cola de cabello ladeando hasta posarse en su hombro derecho.
— Bien, es momento de irme —Dijo Azrael complacido. Se dio la vuelta, deslizó para atrás el borde derecho de la túnica con elegancia y comenzó a caminar, dando pasos lentos, como si durara al caminar. Cambiaba de dirección, sin saber a dónde se dirigía exactamente, pero no mostraba preocupación alguna. Más bien, con lo que pudo alcanzar a ver a Spyro desde el rabillo del hombro del sabio gatuno, tenía una sonrisa vivida.
Pero un repentino pensamiento lo atacó, uno de aquellos repentinos pensamientos que aparecen cuando uno está muy aburrido esperando. ¿Y por qué caminó hacia ellos? ¿Y si les iba a contarles acerca de los huevos de dragón? Justo cuando esa pregunta se le cruzó por la mente, una poderosa energía invadió sus patas. ¿Cómo se le pudo pasar por alto un detalle tan importante? ¿Dónde estarían ahora? Dejando a Cynder impresionada, Spyro corrió a toda prisa, rebasando a una atontada Zoe, que lo estaba siguiendo con la mirada, y consiguió estar al lado de Azrael, que caminaba en el lado derecho del trono vacío.
— ¡Discúlpeme, señor! —Llamó y, cuando Azrael se detuvo, paró cansado—. Bueno, se dio la vuelta cuando Bianca se esfumó y, con todo respeto, creí que usted iba a decirnos algo…
— ¡Ay! —Azrael se llevó una mano a la cabeza—. ¡Qué olvidadizo soy! ¡La vejez me anda oxidando! Sí, le doy toda la razón a usted, uh… —Mirando al aire, arqueó una ceja, forzando la memoria—. ¿Piro…?
— Spyro, señor —Corrigió, riendo.
De pronto, escuchó ruidos a su espalda. Curioso, se volvió, dándose cuenta de que se trataba de Cynder, que parecía exhausta, posiblemente porque lo había perseguido corriendo por la mitad de la sala, y sólo pudo sonreírle a forma de disculpa.
— ¡De seguro es tu amiga dragona la que llegó! ¡Maravilloso! ¡Mejor todavía! —Gimió Azrael, mirando en dirección opuesta de donde estaba Cynder, que era en la izquierda de Spyro—. Les quiero informar que, a causa de los recientes acontecimientos, nosotros, Los Tres Sabios, hemos tomado la decisión de permitirles llevar los huevos de dragón con total libertad.
— ¡Es una gran noticia! —Dijo Cynder sacudiendo las alas de alegría—. ¿Dónde están?
Pero, de repente, apartándolas con su luz dorada, Zoe cruzó en medio de las caras de Spyro y Cynder para mirar a Azrael con cara horrorizada. Las manchas oscuras y borrones confusos estaban impregnados en la visión de Spyro, y cerró los ojos con mucha fuerza, frotándoselos con una garra, mientras oía los chillidos de fastidio que largaba Cynder a su lado.
— ¡No pueden permitir eso! —Declaró con gravedad, volviendo sus diminutos ojos hacia ellos, que no le devolvieron la mirada—. Si fuera una de ustedes, preferiría tomarme un descanso para ver el Festival del Año Dragón.
— ¡¿Festival del Año Dragón?! —Repitieron al unísono Spyro y Cynder, muy impactados, y con sus ojos cerrados.
— Se cancelará —Sentenció Azrael, con el ceño fruncido—. Ya no está en nuestro poder guardarlos con nosotros, lo mejor será que los huevos de dragón regresen a sus verdaderos dueños.
— ¡Witchenly quería esmerarse montándolo con cientos de referencias a la cultura de los dragones! —Protestó Zoe, sin dar créditos a sus oídos—. ¡No es justo!
— Sí, una gran lástima, lo sé —Le respondió Azrael con pesar, asintiendo con la cabeza—. Pero cuidar crías de dragones nunca fue nuestro trabajo, es de ellos, los dragones, no hay otra alternativa.
Cuando aquellas marcas impresas en sus retinas finalmente desaparecieron, Spyro recorrió un rápido vistazo a su alrededor. Parecía que Cynder recién curada de la vista, porque echaba una mala mirada a Zoe, que se había encogido del miedo. Después, con curiosidad, miró a Azrael, que tenía su cara viendo sus pies.
— ¡Pero…! —Tuvo que controlar la curiosidad que lo invadía para que su tono de voz sonara lo más educado posible—. ¿De qué trata el Festival del Año del Dragón?
— Eh… es una tradición para los dragones, por supuesto —Farfulló Azrael, extrañado ante la pregunta—. Es celebrada cada doce años para presenciar el rompimiento de cascarón de los huevos si reciben el cuidado necesario, y nunca he alcanzado a ver (u oír) una en mis años de juventud.
— Y sin ellos no habrá razón para disfrutar unos buenos ratos —Dijo Cynder con tono de intrigada, ladeando la cola—. ¿Y si van a Warfang con nosotros? Están todos los dragones ahí, pueden conocerlo y…
— Gran plan, Cynder, ir con ustedes en una ruta repleta de bichos feos y rastros de Malefor todavía rondando —Interrumpió sarcásticamente Zoe—. ¡Por una razón todavía seguimos desconectados de ustedes, los dragones!
Con las garras expulsadas, Cynder estuvo a punto de dirigirse hacia Zoe, que ignoraba aquella señal de querer matarla, cuando Spyro estiró su ala y la detuvo, negándole con la cabeza a manera de desaprobación. No quería otro problema agregada a la lista. Frunciendo el hocico, Cynder balbuceó maldiciones para sí y se calmó, mientras que Spyro retiraba el ala con un suspiro pesado y exhausto.
— No piensen que nuestra circunstancia se deba por ustedes, es mucho más profundo que eso —Dijo Azrael, bajando las orejas, con culpabilidad, e hizo un gesto de que no dieran importancia con la mano—. Ahora, antes de que se me vuelva a olvidar, una disculpa de las acciones que le hemos hecho. Ha sido una torpeza de nuestra parte, hasta Spike lo reconoce, y tampoco creíamos que pudiéramos llegar tan lejos con un juicio; un mal entendido, secretos, errores... Todo se volvió muy complicado, ¿no creen? Se supone que sólo los postulantes a magos y brujas pueden quedarse a vivir en Witchenly, pero optamos por abrir nuestras puertas para ustedes cuando quieran. Si quieren dormir unas noches aquí, háganlo. Estaría muy mal no dejarles al menos una buena imagen, porque Witchenly siempre ha sido caracterizado por su comprensión y bondad para ayudar a cualquier criatura que la necesite. Dicho esto, lo último que tengo que decir es que tengan un lindo día, y pueden preguntarle a Bianca dónde están los huevos de dragón. Ella se los dirá con gusto, estoy seguro.
— Sí, gracias… —Dijo Spyro, forzando sonar convencido. Estaba cada vez más indeciso si quedarse o no—. Lo tomaremos en cuenta.
Azrael sonrió. Se había puesto a caminar y, sin saberlo, Azrael chocó contra el brazo de piedra del trono y no pudo contenerse a soltar un aullido de dolor. Como si de un instinto se tratara, Spyro corrió detrás de él, dispuesto a ayudarlo. Cynder se había quedado atrás, sin tiempo para reaccionar. Temblando, Azrael fue retrocediendo, y Spyro tuvo que dar algunos saltos, porque las piernas de Azrael eran como árboles en movimiento, con pies tan grandes que podrían aplastarlo, y una cola serpentina que le daría un buen azote en la cara. Cansado y jadeando, Spyro terminó saliendo del camino con un aleteo de alas, reconociendo que no podía hacer nada por culpa de la diferencia de altura, mientras veía a Azrael detenerse, con una mano en el vientre y otra en la frente.
— Eso te pasa por no necesitar ayuda previa —Gruñó Zoe, dándose importancia.
— ¿Estoy cerca de la puerta? —Preguntó Azrael, girándose hacia donde podía escuchar el zumbido de Zoe (derecha).
— Ni tanto —Dijo Zoe, señalando con el pulgar hacia la puerta de marco circular que había justo detrás de ellos, muy lejos—. Aún te guarda un largo camino por delante.
— ¿Te podríamos ayudar? —Sugirió Cynder, acercándose—. Te puedo guiar con mi voz, Spyro te avisaría cuando des un paso en falso.
— No hace falta, gracias —Dijo Azrael, mientras sus mangas caían cuando subía los brazos, exponiéndolos. Eran flacuchos y con muchas cicatrices—. Usaré mi muy útil y usado atajo cuando me encuentro muy alejado de mi destino… ¡Recerapased!
Un aura verde había cubierto las manos de Azrael, y él chasqueó los dedos. Un destello de aquel mismo color los cegó, dejándose oír un estridente ruido que se iba expandiendo por el tribunal hasta desaparecer. Cuando se aclaró, Spyro y Cynder dieron un respingón cuando vieron que Azrael no estaba, pero oyeron a Zoe decir:
— Lo usa todo el tiempo —Su voz sonaba indiferente y hartada—. Se metería hasta en la mazmorra más peligrosa y seguiría pensando que está cerca de casa. Está un poquito… chiflado.
Spyro no sabía qué pensar, todo se complicó. Los Guardianes Elementales no deberían saber que unos huevos se hallaban en el lugar más extraño que había pisado, o le habrían encargado antes encontrarlos y llevarlos al Templo Dragón. ¿Cuántas veces no habían discutido de lo que les preocupaba la extinción de los dragones? Y ahora que pudo encontrar más dragones, aunque sean crías, no tenía la voluntad de transportarlos a Warfang, porque dejaría a Witchenly sin festival y con muchos civiles decepcionados.
Sin aviso, Cynder lo cubrió con su ala y lo llevó al rincón más cercano. Parecía disgustada y desesperada.
— ¿Cuál es el plan ahora? —Preguntó susurrando.
— Lo sigo pensando... —Spyro bajó su cabeza, suspirando un poco—. Por un lado, deberíamos llevarnos los huevos para que puedan estar con los suyos; pero, si lo hacemos, dejaríamos a Witchenly sin festival... entonces...
Pero Zoe, que estaba escuchándolos encima de sus cuernos, se acercó, iluminándolos con su brillo dorado, y se puso en medio de las caras de Spyro y Cynder. Éstos se tuvieron que apartar para que aquella luz no les dañara la vista.
— Es tan obvia la respuesta —Dijo Zoe con descaro.
— Oh no, tú otra vez... —Cynder agitó las alas contra ella, intentando atacarla con ráfagas suaves de viento—. No tengo el menor interés de escuchar tu boquita parlotear más basura...
— ¡Muy bien! ¡Oh! ¡Lo acaté! —Respondió Zoe, jadeando. Estaba surfeando como mosca aquella ventisca, pero lo hacía con una sonrisa burlona—. Entonces me iré con mis sugerencias a otro lado... —Se dio media vuelta, despidiendo con un gesto elegante y creída con la mano—. ¡Adiós, dragoncitos!
Spyro pensó que aquello iba demasiado lejos. Después de todo, necesitaba escuchar ideas y no podía dejar escapar una tercera opinión, aunque Cynder disfrutara de la victoria. Antes de que la diminuta pudiera perderse de vista en la oscuridad del techo profundo, le gritó:
— ¡Un momento, por favor! —Interpretó la detenida brusca del hada como una señal de lo que estaba escuchando—. Eh... ¿Qué deberíamos hacer?
Cynder parecía impresionada y angustiada.
— Siempre funciona —Se oyó la voz satisfecha de Zoe en la distancia.
Spyro no se había percatado de lo que pasó después. Como si un rayo hubiera chocado contra la punta de su hocico, tenía a Zoe sentada ahí, mirándolo fijamente con interés. Detrás de él, pudo oír claramente el chillido de Cynder. Ésta estaba ofendida por aquel gesto, mientras que Zoe disfrutaba del momento con risitas ocultas entre sus manitas, mientras hacían sentir a Spyro incomodo e insignificante.
— ¿Por qué no sólo se quedan a cuidar los huevos? —Insinuó Zoe—. ¡Protegerlos! ¿Ése no es el deber de los dragones?
— No sé si has escuchado, pero tenemos amigos esperándonos afuera —Gruñó Cynder—. No es tan simple, lucecita.
— ¿Tiene que ser precisamente ahora? —Dijo Zoe y se paró. Tratando como trampolín la punta de la nariz de Spyro, que estaba mirando de derecha a izquierda, saltó de espaldas y retomó el vuelo con gracilidad, alcanzando la altura suficiente para mirar a Cynder, y a él—. Ya salvaron el mundo, mataron a Malefor, se esmeraron con este juicio. Oí que los dragones son tercos... pero ustedes son mulas. ¿Cuándo fue la última vez que descansaron?
Los pensamientos de Spyro desaparecieron, dejándole con la mente en blanco. Cynder intentaba hablar, pero aquella pregunta la había dejado seca también. ¿Cuándo descansó por última vez? ¡Spyro nunca se paró a pensarlo! Miró fijamente a Zoe, que estaba radiante, e inclinó la cabeza, intentando recordar. Fue hace más de tres años. Cuando venció a Terror de los Cielos, salvando a Cynder, vivió con ella en el Templo Dragón durante seis meses con los Guardianes Elementales. Desde que los siervos de Gaul atacaron el Templo Dragón, el descanso dejó de estar de su lado, sobreviviendo a toda clase de desafíos.
De repente, oyeron un « ¡Plin! », y Bianca se apareció justo al lado de Zoe. Parecía despistada, sin aliento y no traía ninguna clase de cetro. Los recorrió con la vista, desde las caras perplejas de Spyro y Cynder hasta la calmada de Zoe, pero estaba tan cansada que no pudo sentir que había cierta hostilidad entre ellos.
— Disculpen mi demora, el almacén de los portales contiene muchos pasillos repletos de estanterías... —Explicó Bianca, jadeando, y llevándose una mano en la frente con expresión adolorida—. ¡Hasta crucé la misma esquina tres veces! —Con una sonrisa, enseñó lo que llevaba en la mano derecha—. ¡Pero tengo su transporte justo aquí!
Era una esfera de cristal verde bastante pequeña. Había tres anillos de oro superpuestas en ella, y brillaba como si contuviera mucha energía. En la otra mano de Bianca había un puñado de páginas viejas, las cuales llamaron la atención de Spyro. Eran las del diario de Magnus. Sin tiempo a decir nada, sintió una cosa veloz pasar por sus cuernos y miró que Zoe se encontraba ahora encima de Bianca, que la miró de soslayo.
— Oh, es igual a la rara cosa que usaron ustedes para traer a esas cabras con máscaras —Dijo interesa Cynder, caminando alrededor de Bianca para ver aquel artefacto brillante—. ¿Es también una clase de portal?
— Un portal instantáneo, para ser más exactos —Respondió Bianca emocionada, fijándose únicamente a la esfera que alzaba con la mano—. Duran poco, construidos para que sea de un sólo uso, así que tienes que saber cuándo usarlas en el momento adecuado. Hay millones de copias de éstos porque están diseñadas para darte acceso a un punto específico en el mundo, por eso es un dolor de cabeza vas al almacén donde lo tienes y tratar de hallar la que quieres usar.
Spyro se había quedado muy boquiabierto. Cuando notó aquello, cerró su boca de inmediato, justo en el momento en el que Bianca pudo ver la nerviosa cara que ponía Zoe cada vez que ésta echaba un vistazo rápido a Cynder, que se había detenido justo al lado de Spyro. Tan pronto como el ambiente se estaba poniendo tenso, Bianca, confundida, preguntó:
— ¿Están todos bien? ¿Hubo otra pelea?
— Fue una charla, nada del otro mundo —Respondió Cynder dando un bostezo, tan aburrida que su cola ladeó de un lado a otro como si barriera el piso—. Pero tu amiguita estuvo muy insistente con nosotros.
— ¿Insistente? —Repitió Bianca, maravillada, y se volteó hacia Zoe—. Vaya, con que al final te has disculpado, y se hicieron amigos. ¡Es una gran noticia!
— ¿Iba hacer qué? —Preguntó Spyro.
Subió de inmediato la cabeza para ver a Zoe, que había remplazado su sonrisa presumida por una mueca de asco y con terror impregnada en su mirada.
— ¡No sé de qué estás hablando! —Bufó con firmeza, pero su cara estaba adquiriendo una tonalidad rosada—. Yo… ¡Sólo hice mi deber!… Eh… ¡Witchenly quiere ver el festival!
Cynder alzó una ceja muy estupefacta.
— ¡¿Yo?! ¿¡Amiga de una pequeña e insignificante cosa como ella!? —Replicó casi gritando, apuntando a Zoe con el filo de la cola—. ¡Ni en sueños! ¡Suficiente tengo con Sparx, muchas gracias!
— ¡Por favor, no comiencen! —Les reprendió Bianca con voz chillona. Se había puesto en medio de Zoe y Cynder, con las manos extendidas, mirándolas con enojo—. ¡Estamos a punto de despedirnos, no quiero que lo último que recordemos sea una pelea!
Pero Cynder miraba a Zoe, que estaba muy roja y mirando a su vez a Cynder como si ésta fuera una molestia en el pie.
— ¡H-Hagan lo que quieran...! —Dijo Zoe muy orgullosa—. ¡Qué nos dejen sin festival! ¡Mira cuánto me importa…!
Entonces sabía, de alguna manera, lo que tenía qué hacer. Sin poder contenerse, Spyro se puso ágilmente delante de Cynder con un salto, mientras que dejaba a ésta con una expresión tonta. Respirando con agitación, Bianca bajó los brazos, observándolo con aire esperanzados. Arriba de ellos, Zoe apretó los labios, como si tragara de un golpe sus palabras que iba a utilizar contra Cynder.
— Gracias Zoe —Dijo Spyro educadamente—. Me has ayudado a tomar una decisión.
— ¿Eh...? —Vaciló Zoe.
— Dime que estás bromeando, Spyro —Suplicó Cynder, desconcertada—. Es imposible de que ella pudiera...
— De hecho, tiene su punto, Cynder —Le respondió Spyro, sin mirarla, y conservando un tono sereno en su voz—. Irnos tan pronto de aquí no estaría bien —Por el rabillo de su hombro, esbozó una sonrisa para Cynder—. Además, vivimos muchas locuras, ¿verdad? Tengo muchas cosas en la cabeza, y quisiera tomarme un respiro.
Entornando los ojos, Cynder lo miró, incrédula con lo que acababa de escuchar. Pero, por otro lado, Bianca, al oír aquello, sonrió mucho y juntó sus manos ocupadas de objetos en sus mejillas coloridas. Sus ojos celestes, empeñados de lágrimas, se enfocaron en Spyro.
— ¿Estás diciendo…? ¿Estás diciendo que quieres…? —Negó con la cabeza, resistiendo gritar las siguientes palabras—. ¿Quedarte por un rato más?
— Bueno, sólo si Cynder y Zoe hacen las pases —Dijo Spyro con picardía, arqueando una ceja en dirección a Cynder. Ella se consternó—. No me gustaría que Witchenly escuche sus gritos cuando comencemos a caminar por ahí.
Cynder tomó aire al comprender finalmente sus intenciones; tenía un plan, pero, para que diera resultados, tenía que dar fin a la pelea. Retrocediendo unos pasos, Spyro llegó hasta estar al lado de Bianca. Ella estuvo a punto de abrir la boca con aire vacilante, pero Spyro movió de arriba abajo la cabeza en señal de determinación para que se calmara y no dijera nada. Estaban ahora entre Cynder y Zoe, paseando las miradas de una a la otra, nerviosos.
— Adelante Zoe —Le suplicó Bianca a Zoe, con una voz animada—, me prometiste que lo ibas a hacer.
Y entonces causó que las manchas rosadas crecieran por todo el rostro Zoe, asemejándose a una fresa avergonzada. Riendo entre dientes, Spyro pudo ver a Cynder apuntándola con aburrimiento en sus ojos, como si no esperara gran cosa.
— B-Bueno... Cynder... Eh... —Balbuceó Zoe, descendiendo muy lentamente hasta llegar a la altura de Cynder, y comenzó a juguetear la punta de su cola de caballo con dos dedos de su mano izquierda—. Creo que...
— Sólo escúpelo —Intervino Cynder con brusquedad.
Había sido todo. Era la gota que colmó el vaso. Hartada, Zoe infló tanto sus mejillas que parecía a punto de explotar, causando que Spyro y Bianca se pusieran preocupados al verla. Incluso Cynder. Fruncía el entrecejo, angustiada. De pronto, sin dejarles tiempo para taparse los oídos, Zoe comenzó a gritar con todo lo que tenía:
— ¡SIENTO HABERME EQUIVOCADO SOBRE USTEDES; NO SON LOS HORRIBLES MONSTRUOS QUE CREÍA…!
Al finalizar, respiró hondo, recuperando el tono normal de su cara, y exhaló fuertemente, con los hombros caídos. Miró a los dos lados, nerviosa. Todos se habían quedado súbitamente inmóviles y en silencio.
— Oye Zoe… —Dijo Cynder, antes de que Bianca, que estaba acercándose hasta su amiga Zoe, hablara—. También siento haber causado daño a tu familia y tu ciudad… Sé lo duro que es vivir esa experiencia.
Impresionada, Zoe le sonrió nerviosamente, y Cynder le devolvió la sonrisa, aunque de manera corta y sutil.
— Pero no quita el hecho de que sigas siendo una lucecita molesta —Agregó Cynder, empleando un tono burlón en su voz.
Zoe hizo esfumar su alegría. Frunció mucho el entrecejo, zumbando con enojo sus alas, y profirió un alarido de derrota.
— Voy a intentar mejorar eso… —Admitió mirando vagamente arriba, como si intentara rescatar el poco orgullo que le quedaba.
Fue como si las primeras horas que estuvieron en Witchenly jamás hubieran existido, como si Spyro y Cynder vieran a Zoe por primera vez al despertar dentro de aquellas cúpulas de cristal irrompibles.
Bianca, de pronto, se echó a llorar.
— ¡No empieces otra vez, Bianca! —Le reclamó Cynder, muy desconcertada.
— ¡Es tan hermoso ver a mis amigos reconciliándose por fin! —Gritó ella, dando una patada en el suelo al tiempo que le caían nuevas lágrimas. Luego, antes de que pudieran detenerla, les dio a los tres un abrazo (tuvo que atrapar a Zoe con la mano), duró menos tiempo que la primera vez, aunque eso no pudo impedir que Spyro, Cynder y Zoe resoplaran, y los soltó, esta vez dando brincos de alegría—. Entonces, si se van a quedar aquí, ¿qué piensan hacer?
— Cuidar de los huevos de dragón, principalmente, estaremos aquí hasta que nazcan —Le explicó Spyro mientras sus alas se sacudían—. Luego lo llevaremos a Warfang, y veremos qué hacer después de eso.
— ¡De hecho! —Exclamo Zoe emocionada—. Ha sido un enorme fastidio para Witchenly andar criando unos huevos que ni siquiera saben cómo hacer que rompan el cascarón. Según logré oír por allí, no falta mucho para que nazcan, pero necesitan unos requisitos más. Dragones multifuncionales como ustedes el trabajo que queda será como florecer capullos dormidos.
— ¡Excelente! —Dijo Spyro.
— ¿Seremos niñeros? —Preguntó Cynder, y las risas de sus amigos fueron respuesta más que suficiente—. Estupendo…
Pero a Spyro no le importaba. No le hubiera importando aunque tuviera que estar despierto las veinticuatro horas al día para cuidar cientos de huevos. Para él, la oportunidad de conocer más de su especie y de sus secretos hacía que todo valiera la pena. No se lo dijo a Cynder, a Bianca ni a Zoe, claro, pero al pensar en aquello no le cabía en sí la emoción. Y no solamente era la idea de investigar a los dragones: la historia de Witchenly había sido otra pregunta agrada a su lista. ¿Qué contenía? ¿Cómo era la cultura? ¿Iba a ser diferente que la de Warfang? Aparte de todo eso… ¡Bianca debía conocer de los dragones púrpuras si hubiera leído lo que anotó Magnus! ¿Sabría más del Éter? ¿Del por qué no había información de la raza púrpura? La cabeza de Spyro era un torbellino.
Bianca, por otro lado, metió las hojas en el cinturón, introdujo en una botella de cristal el pequeño portal, y la enganchó también en el cinturón. Arreglándose unas puntas sueltas de su cabello, respiró hondo e hizo un gesto de la mano a sus amigos para que la siguieran en dirección a la puerta antigua.
— Síganme, vamos a hacer un recorrido rápido por Witchenly, les encantará —Les dijo, caminando con su andar saltarín y tan encantada como si su sueño de guiarlos por todo Witchenly se hubiera cumplido—. Es muy grande, inclusive confuso a primera vista, pero no se preocupen, porque les explicaré cómo entender nuestro modo de vivir. ¡Va a ser fascinante!
— Esto será un largo viaje… —Murmuró Zoe, como si se arrepintiera de sólo pensarlo, y voló cerca de la cabeza de Bianca.
Intercambiándose una última mirada, más eufóricos de lo que hubieran sentido antes del juicio, Spyro y Cynder siguieron a Bianca y Zoe desde atrás, con sus pasos (y aleteos de hada) resonando, como una secuencia de golpes secos, por la callada y vacía sala del tribunal.
Mientras caminaban, Cynder, sin previo aviso, agitó su cola y azotó suavemente el hombro de Spyro. Éste reaccionó soltando un inaudible aullido de sufrimiento.
— ¿Q-Qué fue eso? —Preguntó Spyro asombrado, sobándose el punto afectado con una garra. Su voz era baja, de modo que Cynder fuera la única que pudiera oírlo.
— ¡A la próxima avisa de tus locos planes antes de involucrarme —Le reprendió Cynder furiosa, utilizando también un tono parecido al susurro— o podría haberte hecho meter la pata!
— Claro —Dijo Spyro, bajando la pata con culpa—, prometo que no volverá a suceder.
Cynder arrugó la nariz.
— ¿Y tienes un plan o realmente vamos a tomarnos un descanso? —Inquirió con tono interrogante—. No me molesta tomar unos días de descanso, pero estar aquí no va a garantizarnos seguridad, con todo el asuntillo de magos y huevos. No podemos...
— Bajar la guardia, lo sé —Terminó Spyro decidido—. Pero tal vez sea mejor para todos si sólo observamos, Cynder, ayudamos a criar los huevos, vemos el festival, y después pensaremos en lo demás.
— Está bien, pero no pienso sentarme encima de ellos, sería muy vergonzoso... —Dijo Cynder, poniendo en alto el pecho al igual que la frente, orgullosa—. Lo harás tú.
Spyro no tuvo de otra que asentir de mala gana, imaginándose sentado sobre un nido de paja amontonado de huevos. Bianca y Zoe, mientras tanto, discutían cosas inentendibles, seguramente en el Lenguaje Arcano, pensó Spyro. Luego de que caminaran en línea recta, finalmente se detuvieron delante de una gran puerta de arco circular, de piedra y antiguo. Había también una gema en el centro, pero era de un color gris pálido.
Bianca dio un paso al frente y tocó la gema con el dedo índice. Una tabla translúcida apareció como si fuese una pantalla con la que Bianca comenzó a toquetear rápidamente con los dedos, con Zoe encima de ella, mientras que Spyro y Cynder veían todo con los ojos hecho platos.
— Sí…, ahí es un buen punto para empezar —Murmuraba Zoe con total normalidad.
— ¡Todo está listo! —Dijo Bianca, desapareciendo aquel artefacto con haber presionado, aparentemente, algún tipo de botón. Se volteó y miró a Spyro y Cynder con una sonrisa—. Esta puerta es un portal mágico también. Cada portal disimula ser una entrada común para dar un toque más hogareño a la ciudad. ¡Y eso no es todo! Con insertar las coordenadas correctas, los conectaremos para que nos lleven a un punto específico, pero dentro del mismo; en Witchenly.
— Ya entenderán por qué —Dijo Zoe al ver las caras perdidas de Spyro y Cynder—. Sólo miren.
Todos vieron la entrada.
La gema que había tocado Bianca desprendió una luz plateada, se incrustó y empezó a extenderse como si fuera agua, cubriendo cada pequeño rincón de la misma hasta convertirla en una barrera que se parecía al agua. A través de ella, estaban contemplando una calle de hierbas blancas pinta lo bastante ondulada y larga que podía ser confundida con el cuerpo de una serpiente. Aquel camino se extendía hasta el centro de una plaza, donde alcanzaban a ver a varios edificios refinados a la distancia, cuyas ventanas destellaban colores a la vista. El cielo era de un púrpura con nubes muy definidas, el ruido de la gente era apenas audible, y se podía a sentir la magia en kilómetros.
— Bienvenidos —Dijo Bianca, entusiasmada— a Witchenly.
