Bianca y Zoe sonrieron ante el asombro de Spyro y Cynder. Atravesaron el portal. Spyro miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la puerta volvía a cerrarse.
Ahora que Spyro podía caminar con libertad, la perspectiva que tenía de Witchenly cambió radicalmente. El sol iluminaba, en los costados del camino, numerosas edificaciones que recordaban a gazebos. Tenían techos de colores azules, rojos, morados y celestes. Protegidos por cercas de piedras en sus alrededores, cuyas paredes y pilares poseían un estilo moderno, además de un color crema muy blanquecina. Hacía una brisa deliciosa, tanto que Cynder abrió sus alas para gozarla de primera mano. Bianca rió, y Zoe casi fue llevada por aquel viento, pero pudo recuperarse a los pocos segundos. Llegó un momento en el que Spyro comenzó a extrañarse, frunciendo el entrecejo, pensativo. ¿No debería haber mucho ruido en una metrópolis como ésta? ¿O gente circulando? Giró la cabeza de lado a lado, notando que no había nadie cerca, ni lejos de ellos. Entonces, por fin lo entendió. Se detuvo en seco, abriendo los ojos y las alas a modo de sorpresa.
Cuando hizo aquello, Cynder, Bianca y Zoe, que estaban unos pasos más adelante que él, pararon y se volvieron hacia él.
«Esta ruta no tiene una sola pinta de tener vegetación, como hierba o árboles...» —Exclamó asombrado Spyro, dentro de su cabeza—. «¡Ni tampoco rastro de agua como ríos, mares o lagos!»
Inmediatamente, como si el instinto de la curiosidad lo impulsara, corrió, ignorando las protestas de sus amigas, y se puso en la orilla del camino, dándose cuenta de que...
—Te diría que tuvieras cuidado de no caerte —Dijo Zoe— pero esas alas te ahorran los problemas.
Sonriendo, Spyro deseó saltar, volar y recorrer todo Witchenly. Movía los ojos en todas direcciones, alcanzando a mirar un vacío extenso y profundo rodeando los dos lados del camino. Con fuerzas, gritó « ¡Hooooolaaa! », y escuchó aquellas palabras perdiéndose en la oscuridad, como si fuera un abismo que no tenía final.
—¡Oh! —Oyó Spyro la estupefacta voz de Cynder desde atrás. Ésta se había puesto en dos patas para mirar todo con el cuello alzado—. ¡Es como si todo estuviera dividido!
—¡Así es! —Confirmó Bianca encantada—. Es como un paisaje sacado de un cuento maravilloso, en mi opinión.
Tenía que darle la razón. Era una descripción que combinaba perfectamente con el ambiente del lugar, Spyro no podía hallar mejor definición, y se inclinó anhelante, esperando ver alguna clase de puente gigantesco con varias ramas uniéndose con un edificio a otro, pero la primera impresión era que había solamente nada. Fue subiendo lentamente la cabeza, percatándose de que cada construcción estaba pegada en una pared de piedra, semioscura y marrón, que parecía cubrir prácticamente toda la ciudad, como si fuera una cúpula que las cubría. Cada edificio, lugar y casa se encontraba en niveles diferentes; unas estaban más arribas que otras. Spyro incluso pudo imaginarse que algunas zonas se hallaban más al fondo de donde estaba él, y sus compañeras.
—¡Entonces! —Dijo Zoe, zumbando sus alitas con impaciencia. Desprendía mucha escarcha dorada como consecuencia—. ¿Seguimos o vamos a mirar agujeros todo el día?
Spyro se avergonzó. Se había olvidado por completo de que todavía restaba un largo recorrido por delante, y a juzgar por la perplejidad evidente de Cynder, ella también lo había pasado por alto. La simple idea de que Witchenly no estaba compuesta por una sola masa de tierra como cualquier otra civilización ordinaria había sido una chocante primera impresión.
—Oh, por favor, el dulce sabor de la libertad le da placer a cualquiera —Le recordó Bianca a Zoe, prudentemente—. Si yo hubiera estado horas en una cúpula de cristal, me pararía contemplando incluso el crecer de una ramita pequeña.
—Claro… —Dijo Zoe, intentando asimilar que eso era algo normal.
Cynder se puso en cuatro patas y se dirigió hasta la orilla contraria, estirando el cuello para ver aquella profundidad y estirando con ganas sus alas carmesí. En ese instante, Spyro giró su cuello hacia ella, al igual que hicieron Bianca y Zoe. Ellas se pusieron a intercambiar miradas de inquietud. Al parecer la conocían lo suficiente a lo suficiente para imaginarse de que iba a realizar una locura.
—Sí, quiero saborear que no estoy atrapada un rato —Dijo Cynder, con las alas totalmente plegadas—. ¿Está permitido volar?
—¿Volar? —Repitió Bianca, sin creer lo que acababa de oír. Se deslizó los dos dedos de la mano derecha sobre la oreja de ese mismo lado, pensando sin pizca de seguridad—. Bueno, Cynder, resulta que…
—¡Adelante Cynder! —Interrumpió Zoe, con el pulgar en alto—. ¡Vuela y diviértete!
Bianca se sobresaltó. Indignada, abrió la boca para responder, pero Zoe voló de espaldas y se sentó sobre sus labios, cerrándolos bruscamente. Bianca comenzó a cerrar los ojos al sentir las puntas de las alas de Zoe, murmuró cosas, e intentó quitarla de encima con las manos, pero ésta había sacado su varita, y las hacía retroceder expulsando extrañas chispas pequeñas.
—Es… no… es… Bi… ¡Zo…e! —Intentaba decir Bianca en voz alta, apretando los puños, pero el pequeño peso del hada le impedía abrir la boca—. ¡Cyn…der!
Spyro frunció el entrecejo, sin entender una sola cosa de lo que sucedía, y se acercó a toda prisa a la espalda de Bianca. Zoe no dejaba de mirar a Cynder, que estaba lista para saltar, con una sonrisa pícara, mientras que Bianca agitaba las manos y negaba con la cabeza, como si quisiera llamar la atención de Cynder.
—Pasearé por ese bosque, no tomaré mucho tiempo —Anunció ella con entusiasmo—. Bien, ¡ahí voy!
Y los esfuerzos de Bianca no dieron ningún resultado, porque Cynder había pegado un brinco, perdiéndose en la oscuridad. Derrotada, bajó los brazos y un poco los párpados, escuchando de mala gana las carcajadas Zoe sobre su puntiaguda nariz.
Spyro, confundido y con la cabeza inclinada ante aquello, miró desde abajo a Zoe con el entrecejo fruncido.
—¿Es seguro? —Le preguntó con severidad, mientras oía el eco de un silbido agudo debajo de él y después vio a Cynder salir volando con majestuosidad de las profundidades—. ¿No se hará daño?
—Estará bien —Respondió Zoe, encogiéndose de hombros—. Sólo observa el espectáculo, dragoncito.
Bianca se frustró y negó con la cabeza.
Hubo un silencio, interrumpido por el aleteo de alas que se iba alejándose poco a poco. Al sentir sus tripas encogiéndose, Spyro subió la vista. Cynder surfeaba en el cielo; realizando una pirueta sobre sí misma con una rapidez impresionante. Spyro notó entonces la dirección en que se estaba dirigiendo Cynder, entornando los ojos. Era una plataforma de piedra donde encima había mucha vegetación y árboles hermosos, o eso fue lo que pudo alcanzar a ver, porque lo estaba mirando estando dos niveles más abajo, pudiendo ver mayormente el grosor de la plataforma unida en la pared de piedra de aquella estructura.
Cuando Cynder extendió las cuatro patas para aterrizar sobre el pico del árbol más alto, una parte del reflejo de una barrera invisible apareció sin previo aviso e hizo que impactara contra ella con brusquedad, electrocutándola fieramente y mandándola a volar lejos.
« ¡AAAAAAAAAAAH! »
—¡Intenta caer sobre nosotros, Cynder! —Aulló Spyro, preocupado, sin saber si su amiga lo había podido oír desde tan alto. Con locura comenzó a correr sin ningún orden, pero alrededor de Bianca, que tenía las manos tapándose sus ojos, gimiendo aterrada. Zoe, por su lado, rió como si disfrutara las locuras de un payaso—. ¡Ayudémosla a que aterrice segura!
Bianca asintió, aunque Zoe seguía sentada sin mover un dedo. Cynder fue cayendo, como si una cometa se tratase, y su alarido de dolor se iba intensificando a medida que aproximaba a gran velocidad. Corrieron de un lado a otro, en sentido contrario, sin orientación alguna, tratando de ser el punto de aterrizaje. Los brazos de Bianca estaba extendidos, y Spyro hizo lo mismo, pero con sus alas anaranjadas.
Cynder estaba sobre ellos. Con brusquedad se detuvieron con sus extremidades abiertas todavía, listos para ser almohadas. Entonces...
« ¡PAF! »
Doloroso, fuerte y seco fueron las sensaciones que sintieron Spyro y Bianca, como un hormiguero, al haber escuchado a Cynder aterrizar en medio de ellos, formándoles muecas de dolor al imaginarse lo cuán tuvo que dolerle a la dragona de oscuridad. Zoe saltó y voló, contemplando todo desde arriba con una sonrisa divertida.
De inmediato, Spyro y Bianca se volvieron hacia Cynder, rodeándola rápidamente, y se agacharon para atenderla, preocupados. Ella estaba boca arriba, con las patas extendidas y moviéndolas como si hubiera perdido el control. Los ojos esmeraldas de Cynder, impresionados y estupefactos, miraron a Spyro, luego a Bianca y al cuerpecito de Zoe, pero se entrecerraron ligeramente en señal de enfado al fijarse en aquella última.
—Descuida, Cynder —Soltó Spyro, agachando su cuello y poniendo la frente en el costado derecho de la dragona. La empujó, girándola con suavidad, y la puso boca abajo—. ¿Te encuentras bien?
—He pasado peores, gracias —Le respondió rascándose el cuello con una garra. Se levantó como si al haberse estrellado contra un muro mágico y la hubiera electrocutado jamás pasó hubiera pasado—. ¿Alguien me da una pequeña ayudita para entender qué fue todo eso?
—Un simple conjuro de protección —Respondió Bianca, levantándose y dándose una vuelta completa para apuntar cada estructura del lugar—. De ese modo, nadie podrá interceptarse en nuestras zonas y deberá acceder a ellas por portales.
Agitando la navaja de la cola, produciendo el ruido de un suave corte contra la tierra, Cynder se fijó en Zoe con desdén.
—Bien jugado —Felicitó, largando la comisura del labio—. Pronto será mi turno, así que cuida esas bellas alitas.
—Te advierto que soy la mejor de mi clase —Recalcó Zoe, juntando sus manos sobre su boca, y echó una risa encantadora pero malévola—. Además, ¡sólo cumplía con tu deseo!
Agitó las alas, desprendió escarcha y descendió como pluma recién soltada de un ave hasta sentarse delicadamente sobre la cabeza de Bianca. Ésta respiró profundamente buscando paciencia.
Spyro sonrió con gracia, suplicando que no fuera la siguiente víctima de una broma con la mirada. Quiso dar la propuesta de que retomaran la caminata, pero unos gemidos de alguien sufriendo volvieron a llamar su atención. Se volteó. A su costado, Cynder estaba abrigada con las alas y, las acariciaba las garras, mascullando maldiciones inentendibles entre sus colmillos y frunciendo enojada el entrecejo. Cuando se dio cuenta de que Spyro, Bianca y Zoe la observaban, recuperó su compostura y les dijo deslizando una voz de profundo resentimiento:
—Mis compañeras han recibido la peor parte de la caída —Zarandeó las alas. Había arrugas en los bordes—, un conjuro o truco mágico me habría servido de maravilla.
—Sé que no ha sido el mejor aterrizaje —Se apresuró a decir Spyro. Palmaba el lomo de Cynder con una garra, queriendo calmarla—, pero al menos…
—Tú pudiste atraparme volando —Dijo súbitamente Cynder, apartando la garra de Spyro con su ala—, pero te quedaste en el piso todo el tiempo.
Había en el aire unas risitas que provenían de Zoe. Spyro se quedó petrificado, con aquella garra al aire, y se sintió como un idiota. ¿Por qué no había volado? ¡Pudieron ahorrarse muchos problemas! Lentamente, sin saber qué decir ahora y consciente de que sus mejillas se calentaban mucho, bajó aquella pata al piso.
—Tus alas se ven maravillosas a pesar del aterrizaje, descuida —Dijo gentilmente Bianca, guiñando el ojo derecho con una sonrisita. Cynder se había sonrojado, asintiendo en señal de agradecimiento y abriendo más sus alas, aliviada de saber que no les habían pasado nada grave en realidad—. Bueno, acerca del conjuro, es un tema aparte. Será más sencillo explicárselos cuando lleguemos al corazón de Witchenly.
—¿Entonces no están limitados de vivir en este lugar? —Preguntó Spyro, impresionado de enterarse de que Witchenly era mucho más grande—. Ya estoy entendiendo por qué la ciudad usa muchos portales.
—Creo que tengo que dejar de pensar que los barcos voladores son las cosas más avanzadas que había visto... —Se criticó Cynder, con una débil voz de estupefacción—. ¡Este mundo tiene cosas geniales!
Zoe giró hacia atrás, mirándola como si no estuviera dando créditos a sus oídos.
—¿Mundo? —Repitió con la voz impregnada de curiosidad—. A ver... Eh... ¿¡De qué estás hablando, niña!?
—¿Qué...? —Balbuceó Cynder despacio, y una mueca de duda se le formó en sus labios—. Pues hemos sido traídos aquí por un portal mágico...
—Pensábamos que este lugar era una dimensión o mundo diferente... —Terminó Spyro con voz un poco dubitativa.
Zoe y Bianca parpadearon muchas veces.
—¿De verdad creen que...? ¡Ja, son los dragones más tercos que he conocido! —Zoe se llevó una mano en la cara y soltó una carcajada aguda, como el canto de un ave agonizando—. ¡Durante el juicio se explicó cómo son los portales!, es increíble que no lo entiendan aún.
Spyro estaba confundido. ¿No habían cruzado por un portal mágico hace unas horas? ¿No era obvio que se encontraban en un mundo totalmente diferente? Miró a Cynder, que le devolvió la mirada, y juntos subieron una ceja.
—Es culpa mía —Dijo Bianca de repente, descendiendo los párpados—. Creí que había quedado claro.
—¿Qué cosa? —Preguntó Spyro sorprendido.
—Bueno, para dejarlo simple —Respondió Bianca frunciendo un poco el entrecejo, ignorando a Zoe, que aún sobre su cabeza—, estamos bajo tierra.
Spyro y Cynder se la quedaron mirando, impresionados. No sólo era aquélla respuesta que menos esperaban, sino que además todo cobraba sentido para ellos. El portal los había llevado en otra parte del Reino Dragón, nunca en otra dimensión u mundo.
—Witchenly sufrió mucho —Añadió Bianca, juntando sus manos sobre su pecho—. Para protegernos, tuvimos que sumergirnos a la tierra, y ahora la isla en el que estamos dentro está flotando con las demás en el espacio…
Spyro ni Cynder supieron cómo contestar, de forma que intercambiaron miradas de tristeza.
—¿Así que continuamos con la excursión? —Dijo Zoe descaradamente—. Ya estoy aburriéndome de que estemos mirándonos
Bianca movió de arriba abajo la cabeza en señal de aceptación. Dándose media vuelta, hizo un movimiento con la mano, pidiéndoles amablemente «Síganme», y comenzó a caminar con pasos alegres. Spyro y Cynder la siguieron por atrás. Mientras caminaban con calma, Zoe tarareaba una melodía aguda que recordaba a una orquesta instrumental bastante desafinada e infantil, irritando mucho a Cynder, pero Spyro y Bianca hicieron como que no escuchaban nada. El sonido se fue multiplicando, a su vez perdiéndose en la gran aparente cúpula de piedra. Había cientos de edificios fantásticos para quedarse a contemplar por horas. Spyro susurró a Cynder que se sentía mal por no haberla ayudado de aquella manera y luego se sorprendió de verla sonreír. Cynder contestó que no hacía falta una disculpa y era mejor gozar de la excursión, dándole un pequeño empujón amistoso a Spyro mientras reía divertida. De ese modo, Spyro pudo hartarse de mirar en cualquier dirección con la consciencia limpia. Por lo menos quinientas estructuras de distintas clases se hallaban más arriba, pero la mayoría no se veían porque estaban ocultas en la oscuridad, aunque Spyro pudo alcanzar a ver lucecitas de colores en su interior.
Luego de unas caminatas más, Bianca paró en el centro de una desolada plataforma de piedra, y Spyro y Cynder se detuvieron estrepitosamente tras ella.
—Es aquí —Anunció Bianca, dándose la vuelta y exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja—. El perfecto lugar para comenzar esta excursión que les encantará.
Emocionados, los ojos de Spyro y Cynder abiertamente comenzaron a ver cada minúscula cosa que había en el entorno. Por desgracia, la emoción acabó ahí y llegó el silencio. Zoe finalmente había dejado de cantar, pero eso no hacía que Spyro y Cynder dejaran de ver con suspicacias a los agrietados arcos antiguos de piedra que había alrededor de ellos. Eran aquellas clases de ruinas con los que Cyril hubiera criticado sutilmente: «Tenemos asuntos más importantes que atender, no pierdan su tiempo viendo recuerdos del pasado», recordó Spyro, mirando con el ceño fruncido los huecos de cada supuesto portal. No parecían funcionar, porque no estaban desprendiendo alguna clase de barrera mágica para atravesar y llegar al otro lado.
—Éste es el Centro de los Portales —Prosiguió Bianca, acariciando el borde derecho del portal—. Estos son los primeros arcos mágicos en ser creados. Mientras que aquí fue una vez la utopía principal de Witchenly —Hizo una mueca—. Cumplía la sencilla tarea de ir a países vecinos o zonas que sólo podían entrar miembros exclusivos. De todas formas no duró mucho cumpliendo ese trabajo. Principalmente porque los Sabios, de esos tiempos, desarrollaron muy deprisa portales nuevos, diferentes, con distintas funciones, que hoy en día utilizamos, así que este lugar...
—Pasó de moda. Es ahora un recuerdo para visitar cuando estás sin hacer nada —Respondió Zoe. Hasta pareció que le causaba gracia—. Créanme cuando les digo que hay muchísimos portales diferentes aquí, por lo que caminar es un chiste.
—No lo diría exactamente con esas palabras —Reprochó Bianca con expresión plana—. Pero sí, como pueden ver, son ahora hermosas reliquias, que para mí son fascinantes.
—Espero no perderme si quiero salir a pasear —Comentó Cynder, riendo—. Bien, sigamos Bianca, te seguimos.
Spyro estaba muy silencioso, con la boca un poco abierta, mientras se imaginaba contándoles a los Guardianes acerca de la existencia de los portales mágicos. Volteer, muy enérgico y entusiasmado, no pararía de hablar. Cyril estaría dudándolo bastante, protestando con su implacable orgullo en alto. Terrador pondría a prueba de inmediato los portales para saber si serían seguros. Spyro, riéndose entre sus colmillos fuertemente apretados, preguntó:
—Así que… ¿funcionan?
—¡Como si hubieran sido creados ayer! —Le respondió Bianca, inflando el pecho y sonriendo con orgullo, como si Spyro la hubiera puesto a prueba—. ¡Un momento! ¡Un momento! Por poco olvido contarles un último detallito, pero demasiado importante —Apuntó dos arcos de la última fila de la izquierda y una de la derecha con el dedo índice—. No debe atravesarlos jamás. En estos últimos meses se desataron batallas terribles, involucrando dos zonas en las que iban esos portales y quedaron completamente destruidas. Funcionan únicamente dos, pero sólo llevan a lugares de Witchenly —Complacida ante el asentimiento de cabezas de Spyro y Cynder, se dio la vuelta—. Maravilloso, iremos en éste, vengan…
Les señaló con la mano un arco de piedra que estaba delante de ella. Spyro y Cynder caminaron un poco más y se pusieron detrás de Bianca. Zoe saltó de su cabeza, retomó el vuelo y esta vez volvió a sentarse sobre la parte superior del portal, mirando a Spyro, Cynder y Bianca con una amplia sonrisa.
—Atravesándolo, llegáremos al corazón de Witchenly —Explicó.
Zoe extendió el pie, tocó con él aquella parte del portal donde habían unas incrustaciones poco profundas, e inmediatamente empezaron a salir unas finas líneas brillantes de color verde, como ríos de agua. Se unieron unas con otras, llenaron las aberturas, y brillaron en abanico en cada una de las esquinas del arco del portal. Ahí decía unas palabras en caracteres grandes, verdes y flotantes que decían:
Si ver más allá de la simpleza deseas conseguir, innumerables pruebas deberás afrontar en
AKADEMIA
Ciudad de los Comienzos y Estudios.
—Tiene pinta de que será muy agradable —Dijo Spyro. Movió la cola para que sus amigas supieran lo entusiasmado que estaba—. Hay muchas cosas que quisiera aprender de aquí. Akademia suena como un segundo Templo Dragón.
—¡¿Crees que Akademia se compara con ese templo viejo?! —Preguntó Zoe a gritos, negando con el dedo—. Espera cuando tus ojitos púrpuras la vean. ¡Querrán salirse!
—Uf, ten más consciencia, Zoe —Dijo Bianca, como si hubiera oído una ofensa muy grave.
—Descuida —Dijo Spyro muy sereno—. Si es tal como la describes, Zoe, no veo hora para ver cómo es. ¡Partamos ya!
—Don Curioso al ataque —Dijo Cynder, haciendo que Spyro girara con brusquedad hacia ella, y rió tapándose la boca con un ala.
Bianca y Zoe rieron.
Spyro frunció el entrecejo. ¿A qué se estaba refiriendo? Pero antes de que pudiera decir o hacer nada, las carcajadas cesaron cuando Bianca se aclaró la garganta y se dio media vuelta, elevando lentamente las manos hasta ponerlas firmemente abiertas hacia el portal. Un intenso silencio apareció, con Spyro y Cynder observando sin parpadear. Incluso Zoe, que miraba sentada por encima del arco de piedra, no movía un músculo de sus cuatro alitas.
—¡Aimedaka! —Susurró Bianca en voz alta, desprendiendo polvo mágico por las yemas de sus dedos.
Entonces, muy rápidamente, como si fuera una cascada, una pared de textura similar al agua había aparecido en el interior de las esquinas del antiguo arco de piedra agrietada. Bianca se apartó, realizando un movimiento de presentación con la mano para que todos pudieran ver qué había en el interior de la entrada mágica. Spyro lo miró con atención, y Cynder con asombro. Dentro se apreciaba la imagen de un castillo a la distancia, con un cielo que parecía teñido de púrpura y con muchas personas apretujadas. Ahora bien, meditó Spyro, él por un lado sentía la emoción de entrar pero un dolor en el estómago le decía que no moviera sus cuatro patas. Aún recordaba como si fuera ayer el chichón que ganó en la cabeza cuando había caído de cuarenta metros al salir del portal que lo conducía al Templo Dragón, y todavía no superaba los revoltijos que había experimentado cuando fue llevado al tribunal por primera vez.
Mientras se preguntaba qué haría, miró a Cynder caminar, pasando a su lado, y de repente la tenía delante.
—Es tiempo de que las damas sean las primeras en divertirse —Dijo Cynder, entusiasmada. Bajaba las patas del frente y subía las traseras, optando una posición como si estuviera a punto de correr. Miró por el rabillo del hombro a Spyro con una sonrisa de colmillos afilados—. ¡Te esperaré en el otro lado!
Había arrancado un pellizco de tierra del suelo con las garras de la pata derecha. Pegó las alas al cuerpo, comenzó a correr como si persiguiera a una presa, saltó, se metió en el agujero mágico y desapareció.
Produciendo un gran estallido, la barrera del portal se fue distorsionando, pareciendo una sopa dando giros, hasta que cesó y recuperó la calma. Increíblemente, para Spyro, ahora Cynder aparecía en la imagen del interior de la entrada mágica como un adorno más, el cual podía mover sus alas, la cola, las patas, y sonría con fascinación al estar sentada mirando aquel castillo en la distancia.
—Tan sencillo como dar el primer paso —Exclamó Zoe, agitando las piernas, satisfecha con lo que vio—. Muy bien, Spyro, entra, y llegarás a Akademia en un parpadeo.
Un poco inseguro, Spyro miró a Bianca, suplicando apoyo.
—No hay nada que debas preocuparte, es como volar —La tranquilizó ésta—, pero en un espacio muy pequeño y estrecho, así que te sugiero no moverte. De sólo imaginarte terminando en el rincón más incognito del mundo me aterra.
—¡Vamos, no tenemos todo el día! —Se quejó Zoe, mirando descaradamente sus uñas—. Quiero acabar rápido este viajecito.
Con cierta dificultad, debido a los nervios que lo invadían en ese preciso momento, Spyro, haciendo un considerable esfuerzo por respirar, avanzó hasta estar delante del portal, levantando una ceja. A través del agujero mágico estaba observando a una Cynder que había inclinado mucho el cuello para atrás, para mirar el cielo con la boca abierta. Motivado, Spyro poco a poco sumergió la pata derecha hasta tenerla dentro del portal, y la fue moviendo. Era como si la hubiera metido en agua tibia.
—Muy bien… —Se dijo Spyro, reuniendo valor y frunciendo la mirada. Flexionó las cuatro patas, acumuló fuerzas en ellas—. ¡Aquí voy!
Brincó alto, entró y sintió como unas manos, puestas en los costados de su cara, tiraban de él hacia adelante con una fuerza irresistible. Sus alas se habían desplegado, como si realmente estuviera volando. Iba a una enorme velocidad que lo llevaba en línea recta de colores y de una ráfaga que aullaba en sus oídos. Intentaba mirar a los lados, queriendo ver qué más había, pero una fuerza misteriosa le impedía girar su cuello, así que sólo pudo mirar el diminuto hueco que iba creciendo más y más delante de él. Y entonces...
Tocó tierra con las patas. Tambaleó un poco, recuperando el equilibrio a los pocos segundos, sacudió la cabeza y levantó la vista. Había llegado a lo que sería el panorama que pudo observar a través del portal, aunque, dándose una vuelta completa sobre sí mismo, comenzó a notar otros detalles: el piso estaba hecho de piedra; su ruta llevaba en zigzag hacia el castillo que se posaba más al horizonte; en sus costados habían flores extrañas de diferentes tamaños y desprendían brillo. A parte de ésos, todo lo demás estaba igual para Spyro.
Encontró delante de él a Cynder. Ella estaba sobre la mitad del camino, sin quitar sus ojos todavía del cielo. Cuando Spyro se acercó a zancadas detrás de ella, muy eufórico, le dijo:
—Ya mi cuerpo no sabe cómo reaccionar luego de que sufriera tantas locuras, pero creo que se va acostumbrando —Notó que Cynder seguía mirando arriba con recelo y se preocupó—. ¿Cynder? ¿Hay otra cosa fuera de lo normal aquí?
Cynder le echó una rápida mirada de reojo, después, con la navaja de la cola, indicó vagamente el cielo.
—No recordaba que se vieran así de… enormes —Contestó con disimulada indiferencia.
Con aire de duda, Spyro encontró nubes rosadas y violetas mezcladas con estrellas, incapaz de ver gran cosa en ellas. Pero, agudizando más la vista, comenzó a vislumbrar las formas fantasmales de dos gigantescos satélites, uno (naranja) era más grande que el otro (azul), situados en el horizonte, ocupando un tercio del cielo. Nada más verlos, Spyro reconoció enseguida que eran Las Lunas Celestiales. Habían causado muchos problemas hace tres años, porque tenían el poder de invocar a los espíritus oscuros cuando hacían el eclipse; un poder perfecto para que Malefor pudiera volver a la vida. Dejando aquel terrible recuerdo de lado, Spyro por fin entendió el mensaje de su amiga Cynder, desenfocando mucho los ojos.
—¡Guau! ¡Están peligrosamente cerca! —Gritó Spyro, muy alarmado—. ¡Me da la impresión de que quieren darnos un abrazo!
Cynder acababa de abrir la boca para responder, cuando una potente voz les hizo dar un respingón a los dos.
—¡Spyro! ¡Cynder!
Bianca, con su resplandeciente amiga Zoe acompañándola cerca de su cabeza, se habían aparecido detrás de ellos.
—Qué alivio, Zoe no paraba de meterme ideas de que se iban a salir de la ruta y perderse en quién sabe dónde —Dijo Bianca, con una mano en el pecho y expulsando un prologando suspiro. Dirigió una rápida mirada de desaprobación a Zoe, que había soltado una carcajada, y volvió hacia sus amigos dragones con una sonrisa en su cara—. ¿Han disfrutado del pequeño viaje?
—No estuvo mal: fue apurado, comparado con los lentos que fueron los otros portales —Dijo Cynder, arrugando la frente—. Debo decir que esperaba un paseíto que ardiera mi sangre.
—Habla por ti, entre más tranquilo sea, será mejor para mí —Gruñó Spyro, sobándose el brazo izquierdo con la pata derecha. Ya bastantes momentos estuvo cerca de la muerte para continuar viviendo al máximo. Miró a Bianca y a Zoe—. ¿Qué haremos en Akademia?
—¡Ah, que pregunta más tonta! ¿Qué creen que haremos en una escuela? —Preguntó Zoe de forma retorica—. ¡A atragantarnos de comida exquisita en el Comedor de Magos, por supuesto! —Se llevó la mano a la boca, abriendo los ojos como si hubiera cometido un error—. Uuh… Creo que no debí decir eso.
—¡¿Comedor de Magos?! —Dijeron al unísono Spyro y Cynder, que parecían incrédulos con lo que acababan de oír.
—¡Se supone que iba a ser una sorpresa, Zoe! —Bufó Bianca muy altanera mientras daba una patada en el piso, con las manos apretadas y el ceño fruncido. Respiró dos veces y relajó el ceño, ignorando las risas de Zoe—. Pero bueno, como dijo, daremos una vuelta por el comedor de Akademia, donde podremos degustarnos de comida, y luego les enseñaré sus habitaciones, donde podrán dormir.
—Comida... —Cynder parecía que no había oído aquellas palabras por un largo, largo tiempo, y deslizó su pata sobre su vientre —. ¿Cuándo comimos por última vez, Spyro?
—Si te soy sincero, no lo sé… —Contestó, preguntándose cómo demonios pudo sobrevivir tanto tiempo sin digerir por lo menos plantas comestibles.
—Un buen tiempo, seguramente —Afirmó Bianca, sonriendo encantada de explicar algo que ellos no sabían—. Los dragones tienen un metabolismo muy, muy lento… ¡Es para quedarse boquiabierto saber que pueden vivir cien años con depender sólo de gemas mágicas!... ¡Ustedes son fascinantes! ¿Nunca sienten hambre?
A Spyro se le vinieron recuerdos de su vida comiendo frutas y cazando insectos con Sparx en el pantano, cuando creía que era una libélula gigante y púrpura. Ahora que se sentía más consciente de su cuerpo, como más despierto, podía entender por qué nunca se quejaba de comer muy poco, a pesar de que sus padres libélulas le suplicaron digerir más frutas o insectos más gordos. A decir verdad, para Spyro, jamás había sentido necesidad de comer, ni siquiera cuando se aventuraba con Sparx. Entonces, intentó sentir algo en el estómago, sobándolo con la garra. Nada. Era como si formara parte de él, extrañándolo.
—Eh…—Spyro se mordió el labio. No tenía ninguna forma de cómo contestar. Miró de soslayo a Cynder, pero ésta estaba muy pensativa también—. Bueno, creo que…
—¡Como sea, luego se llenarán con lo que quieran! —Intervino muy impaciente Zoe, acelerando el vuelo para ponerse delante del grupo, y apuntó Akademia con un dedo energético—. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Qué Akademia nos esperan!
El camino de piedra era recto y con muchas flores, más parecido a una selva que a ninguna otra cosa. El grupo caminó por él, observando a algunas flores que parecían tener bocas, otros similares a capullos y pocos desprendían luz en los raíces. Bianca, muy emocionada, comentaba que aquéllos eran los resultados del cultivo que hacía Spike, porque a él le fascinaba las plantas, sorprendiendo un poco a Spyro, debido a que le recordaba de cierta manera a Terrador, aunque de una forma graciosamente distinta, imaginándoselo cultivando plantas como pasatiempo en Warfang. Pocos minutos después, llegaron al pie de una escalera de piedra que se perdía en las alturas. Más allá, Spyro visualizó las puntas de unas torres delgadas de los que podían ser de una fortaleza.
—Oh, me trae recuerdos de mi fortaleza —Comentaba Cynder con tono de ida—.Seguro debe encontrarse en escombros, o invadido por estúpidos simios...
—Bueno, eso es un hecho, fue un lugar detestable —Decía Zoe, encogiéndose de hombros—. Muchos intentaron destruirla para que no tuvieras a dónde ir. Te habrías quedado sin defensas de algún ataque, ¡y de seguro hubiera servido bien como refugio por lo grande que era!
—¡Ja! Supe construir una defensa impenetrable para que nadie lo pudiera tocar, salvo… —Cuando Cynder dijo aquel último, apuntó una mirada de soslayo a Spyro, sonriéndole—, un cierto dragón que pudo atravesarlos sin problemas, ¿o no Spyro?
Spyro asintió con la cabeza, riendo con nostalgia. Zoe profirió un alarido de intriga. Y, después de que Bianca los alentara a seguirla con un movimiento de la mano, comenzaron a subir. Cientos… Doscientos escalones… Spyro perdió la cuenta. Entonces, previo aviso, dejó de subir. Habían llegado al frente de la entrada de Akademia.
Para Spyro le resultaba un castillo hermoso, grande e imponente, sin perder su blanca elegancia con aquel cielo púrpura adornado por Las Lunas Celestiales. La entrada estaba tan abarrotada de gente que nadie se fijó en él y compañía. Spyro movió de lado a lado la cabeza, observando que en las esquinas del castillo había cascadas cristalinas que parecían caer en un abismo sin fondo, que rodeaba todo el castillo. En cuanto regresó la mirada, miró a Bianca dar pequeños saltos alegres hasta estar en la mitad de la entrada de arco de oro, respirando el aire fresco con jovialidad y extendiendo las manos como si quisiera abrazar el castillo.
—Me hubiera encantado tenerlos conmigo cuando estudiaba aquí —Vagó Bianca, bajando los brazos y dándose una media vuelta. Miró encantada a sus amigos con las manos juntas—. He pasado diez años aquí, aprendiendo en un ambiente agradable repleto de sorpresas.
—¿Entonces eres una bruja experta? —Le preguntó Spyro.
Bianca parecía avergonzarse al escucharlo, sonrojándose bastante y riendo de manera tonta, con una mano acariciando la oreja izquierda.
—¡Oh, no!, por mis estrellas, ¡claro que no!… Aún se me avecinan muchas dificultades para que pueda obtener el título de una bruja completa… ¡Todavía no sé cómo hacer magia sin recurrir a algún tipo de varita!
—Uh, ya entiendo todo… —Musitó Cynder, contemplándose la base de la cola, donde había recibido todo el golpe de la caída.
Antes de que Bianca pudiera soltar otra palabra, un rayo de luz se posó delante de ella, dejándola perpleja, y se movió hacia abajo. Spyro miró a su izquierda, parpadeando ante la brillante luz. Zoe estaba entre él y Cynder, observándolos a ambos, sonriendo ante sus caras de confusión.
—Claro, ése es su pobre caso perdido, porque no es una criatura prodigiosa como yo —Soltó Zoe como un hecho del cual presumir con ganas—, Witchenly no sólo sirve para que cualquiera pueda aprender magia, también para que habiten especies que hayan nacido con un don sobre magia con que pueda cumplir una labor que dé beneficios a su sociedad.
—¿Prodigiosa, tú? ¡No me la creo! —Repuso Cynder, acercándose al pequeño cuerpo de Zoe y subiendo la mirada en ella—. ¿Y qué saben hacer tu clase de lucecitas habladoras?
—¡Realizamos conjuros poderosos, más cosas que vomitar elementos! —Respondió casi gritando Zoe, tocando atrevidamente la frente de Cynder y logrando irritarla—. Verán, cuando una vida surge de la naturaleza, un hada nace —Hizo gestos con las manos ahora, como si estuviera contando de forma muy vaga—. Pueden ser en flores, en cascadas, en la tierra… ¿Qué más?... ¡Ah, sí! También del cielo y de los rayos… ¡Pero cumplimos orgullosamente el rol de restaurar la energía vital de los elementos de la naturaleza! —Cruzó los brazos e infló el pecho—. ¡Enfrentamos contra la propia muerte si es necesario!
—Uh, pues no te vi tan valiente cuando te pillamos en la biblioteca —Recordó Cynder, enseñando mucho los colmillos, con pinta de querer comérsela de un bocado—. Un poco más, y de seguro habrías terminado en estos dientes, pequeña traviesa.
Con las manos juntas, Zoe ahogó un alarido de horror, mientras volvía atrás de la cabeza de Bianca, que estaba harta, y asomaba su cabecita en la oreja izquierda de ésta.
—¡DETALLES! —Gritó Zoe, muy orgullosa—. ¡Una preciosidad como yo tiene que sobrevivir de algún modo!
—Ajá, gritar mucho también son partes para lograr la supervivencia, ¿verdad? —Dijo Cynder, con tono de burlona.
De forma que las hadas tenían un tipo de conexión con los elementos, se dijo Spyro, riendo ante aquella divertida discusión, e imaginó que las hadas se encargarían de restaurar la vida de los cientos de lugares que Malefor llegó a destruir.
—Me encantaría que siguiéramos debatiendo cuál especie es mejor, pero tenemos una excursión que terminar —Las interrumpió Bianca, mirando a Spyro con suplica—. Y no podemos darle fin si seguimos plantados justo delante de la entrada, con todo el mundo viéndonos. ¿A qué no, Spyro?
—¡No! —Le contestó, negando frenéticamente la cabeza como un desesperado—. ¡Malgastaríamos tiempo!
Muy contento de que Cynder y Zoe obedecieran, con ellas, Spyro siguió a Bianca desde atrás, finalmente adentrándose a los interiores de Akademia. Estaba repleto de estudiantes de muchas clases, especies y razas, así que él tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no perder el rastro de Bianca, que se iba mezclándose más con la multitud, observó a los lados para ver que más había, con el cuello muy elevado que no necesitaba ponerse de puntillas, y no pudo evitar soltar unas risitas al imaginarse la cara que pondría Sparx si pudiera ver dónde se encontraba. Akademia era muy parecido a Warfang. Los edificios estaban hechos de piedra pero con estilos extraños, como curvados y deformados, en lugar de rectos y gruesos como los de Warfang. Cuando se volteaba, una multitud de criaturas que había visto en el juicio se giraban para observarlo, murmurando comentarios y lanzándole miradas de desconfianza. Tragando saliva, Spyro se puso de inmediato las alas en los costados de su cabeza, agachando mucho el cuello e intentando pasar desapercibido de los ojos de Akademia, pero ya tenía gente persiguiéndolo por atrás, y agradeció profundamente a Bianca y Zoe. Éstas echaban a los estudiantes agitando las manos y protestando advertencias; Spyro sólo pudo llegar a escuchar a Bianca decirles que los acusaría a Los Tres Sabios si continuaban faltando a las clases.
—En menos de un día y ya se han convertido en celebridades… —Dijo Zoe sonriendo. La multitud quedó bien atrás—. Felicidades.
—Jamás he sido una celebridad en mi vida, y no me gustó tampoco —Dijo Spyro, con una mueca de disgusto—. ¡La gente no paraba de hacerme preguntas, una tras otra! ¡Y-Yo no sabía que responder, estaba muy nervioso!
Pero el paseo no mejoró para Cynder a medida que avanzaron. Los estudiantes que se paseaban por las calles proferían aullidos de terror cuando se cruzaban con ella, o corrían para lograr esconderse en pequeñas casas de piedra y pudieran observarla a través del rabillo de las puertas. Cynder no sabía cómo sentirse, aparte de repudiada por todos, de forma que miró a otro lado, pero al ver a un contento Spyro se sintió como si fuera la basura en el pie de alguien.
—¿Y tú, Cynder? —Preguntó Spyro, girándose hacia ella.
—¿Eh...? Sí, sí... Me volvían loca... —Cynder agitó la cabeza, recuperando la compostura—. ¡C-Como sea...! ¡Actuaban como si nunca hubiesen visto a un dragón en sus vidas! ¿Acaso las guerras hicieron que los Sabios tomaran la decisión de prohibirles el acceso aquí?
—Oh, querida, así no fueron las cosas —Dijo Bianca, negando con la cabeza—. Sí, una parte de eso obligó a Witchenly dejar de tener contactos con los dragones, pero, mucho antes de eso, intentó enseñarles con distintos métodos, buscando el modo de que ellos entendieran, pero, por desgracia —Suspiró con tristeza—, no hubo resultados...
—¿Sin resultados...? —Repitió Spyro, muy decepcionado—. Entonces..., ¿nosotros no podemos aprender magia?
—Esperen, esperen —Interrumpió Cynder, muy indignada, echando una mirada de recelo a la cabeza Bianca, directamente a Zoe, que no la miraba—. Hace unos minutos la lucecita habladora nos explicó que su raza podría quedarse aquí porque tenían magia elemental... ¡Y nosotros, los dragones, expulsamos magia elemental!
—¡Tienes razón! —Exclamó Spyro, apresurando el paso, y miró a la hadita con el cuello muy subido—. No me parece algo justo. A no ser que exista una diferencia clara en todo esta confusión...
Un audible aullido de irritación fue expulsada de la boca de Zoe. Estaba boca arriba, con las manos cruzadas sobre la cabeza, al igual que las piernas, y los ojos se encontraban cerrados. Su chillido había sobresaltado a Bianca, que le dio un codazo accidental a un estudiante que caminaba a su izquierda, pidiéndole disculpas con reverencias mientras que él se marchaba con aire de indignación.
—La hay. No es posible que no lo hayan notado, y eso que son dragones... —Dijo Zoe con un bostezo—. Son patológicamente incapaces de hablar la Lengua Arcana.
—¿Pataleo... qué? —Cynder buscó una respuesta de Spyro con la vista, pero él se encogió de hombros, sin saber tampoco a qué se estaba refiriendo la hadita.
—Padecen la incapacidad de pronunciar o entender el idioma arcano, un extraño defecto que nacieron los dragones como las demás especies—Especificó Bianca, con algo de extrañeza en su mirada—. Debemos saber hablarlo para realizar conjuros, hechizos o magias... Está creado para ese propósito... Y...
—Ustedes, los dragones, no —Terminó Zoe sin pizca de vergüenza, sacudiendo el pie de la pierna derecha, que estaba sobre el izquierdo—. Pierden su tiempo utilizando una clase de magia extraña que tienen como fuente de poder que ayuda aumentar sus capacidades de manipular y controlar elementos... Gran cosa...
—¡Oh, me subestimas! ¡Vamos, díganme una palabra de esa lengua y seguro que la repito con facilidad! —Gritó Cynder desafiantemente.
«Una fuente de magia extraña que nosotros tenemos... » —Pensó Spyro, disminuyendo la velocidad de sus pasos—. «¿Se estará refiriendo al Éter?»
—¿Te animas, Spyro? —Cynder le dio un empujón amistoso, haciéndose la vista gorda de las caras de horror que ponían unos magos de túnicas verdes.
—¿Uh...? ¡C-Claro! —Le respondió Spyro forzando una sonrisa, mientras llegaban a una calle amplía. Había muchas tiendas, y cada una de ellas vendían distintas cosas: pergaminos, varitas mágicas, dulces e ingredientes asquerosos para pociones. Cada una tenía una larga fila de estudiantes.
—Bueno, no negaré una oportunidad como ésta —Dijo Bianca, con una voz más animada. Cerraba los ojos, mascullaba entre dientes y jugueteaba con los dedos, como si estuviera buscando la palabra ideal en su memoria. Después, chasqueó los dedos, abriendo de golpe los ojos, y sonrió, dirigiéndose a los dragones—. ¡Pronuncien ésta, Rajela, es la más fácil de decir!
Spyro la memorizó bien, cerrando muy fuerte los ojos, y cuando dejó que aquellas palabras fluyeran de su boca... Sintió como si una roca estuviera atorada en su garganta. Abriendo los ojos con estupefacción, intentó repetirla otra vez, pero su lengua se volvía loca entre sus dientes. ¿Qué pasaba? Entonces se movió en dirección a Cynder, quien sufría por su mismo problema con desesperación. Entre ellos dos compartieron miradas de confusión y al mismo tiempo se dirigieron hacia Bianca y Zoe, cuyas carcajadas tapadas por sus bocas se entendían claramente sobre el ruido de la multitud.
—¿Ven? ¡Se los dije! —Dijo presumidamente Zoe en tono de melodía.
—Descuiden, por lo menos lo intentaron —Animó Bianca regresando la vista en el camino, señalando con el dedo—. ¡Miren ahí, estamos llegando a nuestra parada; La Torre del Descanso!
Entonces Spyro y Cynder aceptaron tristes que no habría manera de aprender magia, continuaron y atravesaron con dificultad una barrera de multitud. Finalmente llegaron delante de una puerta doble de una gran torre principal. Fascinado, Spyro asimiló que era La Torre del Descanso. Subiendo la cabeza, vio que había varias ventanas alargadas en la parte superior. Sobre éstas, en una especie de balcón triangular, se posaban unas estatuas de piedra, cuyos aspectos eran de unos magos orgullosos sosteniendo bastones mágicos. Bianca dibujó en el aire con la punta del dedo, abriendo de par en par aquella puerta, mientras que la atravesaban. Había unas escaleras de caracol en el que comenzaron a subir. Otra puerta más grande se presentó, y Bianca repitió la acción. El vestíbulo de entrada era tan grande que hubieran podido meter todo el Templo Dragón en él. Cruzando un arco de piedra, finalmente estaban en el Comedor de Magos.
Gracias a las innumerables cosas fantásticas que había visto en Witchenly, la sorpresa fue como una ligera brisa para Spyro. Estaba en un salón con un techo considerablemente alto, con paredes constituidas por pilares. En los lados se hallaban altos ventanales, por lo que entraba una gran cantidad de luz. A Spyro le encantaba el color crema y marfil del comedor, notando un celeste en algunos detalles de los pilares y del techo, en donde podía notar una gema preciosa parecida a un candelabro de araña. Más al fondo, en el centro, ubicó cinco mesas alargadas con varias sillas, donde no había nadie sentado. En las mesas había platos, cubiertos y copas de oro. En una tarima, en la cabecera del comedor, detrás de un par de cortinas blancas abiertas, había otra gran mesa, donde ocupaban tres grandes tronos, y Spyro imaginó que ahí era donde se sentaban Los Tres Sabios.
Había un pato corpulento, azul y grande con sombrero de chef limpiando la última mesa de la izquierda. Utilizaba un trapo mojado que hacía flotar con movimientos circulares de su varita que sostenía con la aleta.
—Ése es el señor Batomb, el jefe de la cocina —Dijo Bianca—. Nadie utiliza este salón hasta la hora de la cena, así que podemos estar tranquilos —Añadió retomando la caminata.
Spyro y Cynder la siguieron, con Zoe encima deslizándose de un sentido a otro, y llegaron a la parte trasera del comedor, en la penúltima mesa de la fila derecha, en el cual quedaba cerca de las ventanas, pudiéndose contemplar el extenso panorama del cielo púrpura. Moviendo de izquierda a derecha la mirada, un poco inseguro, Spyro no sabía cómo sentarse en esas sillas de tablas cubiertas de algodón rojo, porque siempre se había sentado directamente en el piso como cualquier criatura cuadrúpeda, además de que su tamaño no era suficiente para al menos asomar sus ojos sobre la mesa. Con la vergüenza colorando sus mejillas, tuvo que observar un ejemplo que le estaba haciendo Bianca sobre cómo hacerlo; simplemente poniendo su trasero en la tabla. Cynder lo había hecho con un salto, sonriendo. Spyro respiró hondo y saltó, encontrándose delante de la mesa, observando maravillado los cubiertos y acomodando su cola que se había parado debajo de su trasero. En menos de un segundo, el señor Batomb llegó detrás de Bianca, observándolos con una sonrisa agradable y rechoncha, con su varita en alto.
—Uq'zeiremia-suov regnam? —Preguntó, extrañándose de las expresiones tontas que pusieron Spyro y Cynder.
—Zenerprus-sel —Dijo Bianca, señalándolos con un ademán de mano, riendo suavemente—, sli n'tno sap gnamé siuped sed nnaése.
—Se atragantarán de comida —Explicó Zoe, que estaba sentada al lado de una copa de oro, jugueteando con entusiasmo un tenedor con las manos.
—Rtès neib! —Dijo muy feliz el señor Batomb, realizando un movimiento con la varita. Después hizo una reverencia y se retiró con pasos de pingüino.
Spyro se quedó con los ojos abiertos. Los platos que había frente a él de pronto estuvieron llenos de comida. Nunca había visto tantas cosas que pudiera comer sobre un mismo lugar: carne asada, pollo asado, chuletas de cerdo, tocino y filetes, papas cocidas, asadas, salsa de tomate, y por alguna extraña razón, raras frutas morados y cosidas. Oyó la barriga de Cynder rugir con fuerza. También, por primera vez, la suya gruñó mucho.
—Coman felices —Dijo Bianca complacida, moviendo los dedos hacia adelante y atrás de manera alentador.
Luego una carnicería dio inicio. Spyro y Cynder estaban devorándose un poco de todo con mordidas cubiertas de colmillos filosos, menos las frutas, como si fuesen realmente bestias salvajes. En más de una ocasión, Spyro terminaba peleando contra Cynder para ver quién obtenía el pedazo más gordo de carne, con sus bocas sujetándola y llevándola del lado que hacía más fuerza, hasta que en un punto se rompía por la mitad, y los dos quedaban con sus pedazos correspondientes. Eran lo más delicioso que habían probado nunca. Sin embargo, en el rincón más apartado del asiento, Bianca, estupefacta, observó aquellos escenarios sanguinarios, mientras que su mano, que tenía un tenedor entre sus dedos temblorosos, le llevaba muy lentamente una papa a la boca, y la masticaba con miedo. Zoe, en la mesa, sostuvo como peluche su tenedor, con una mirada que parecía suplicar no ser la siguiente en el banquete de los jóvenes dragones.
Un rato después, Spyro, que comenzaba a sentirse satisfecho y reconfortado, miró a los lados, relamiéndose la grasa de los dientes. Cynder se lamía la salsa de pollo de las garras. Zoe estaba sentada con las piernas cruzadas, agarrando trozos pequeños de aquella fruta con el tenedor, llevándoselos a la boca y comiéndoselos con gusto. Bianca comía tranquilamente un plato de vegetales, leyendo…
Spyro sintió que el tiempo se había congelado. Frente de sus narices, en las manos de Bianca, que parecía disfrutarlas, estaban las páginas del diario de Magnus, las cuales fueron arrancadas por ella en esa biblioteca. Si no fuera por las misteriosas intenciones de Magnus por plasmar sus conocimientos en ese cuadernito viejo y por la deducción implacable de Bianca, Spyro estaría durmiendo en hielo otra vez, lo reconoció agradecido. Aun así, no entendía por qué Bianca se había robado las investigaciones de ese autor enigmático, pero más importante era cómo hizo él para haber averiguado y escrito sobre el Éter (o Convexidad) cuando en esos tiempos era un mito, una leyenda estúpida que pudo llamar la atención de Malefor, guiarlo, y se convirtiera en el Maestro Oscuro.
Spyro vigiló a Bianca y a las páginas durante un buen rato, pero su amiga ni siquiera lo notó por estar sumida en la lectura.
—Uhm… ¿Bianca? —Le preguntó con nervios.
—¿Sí? —Dijo Bianca por encima de las hojas, mirándolo directamente a los ojos.
Hubo silencio. Spyro miró a ambos lados. Cynder y Zoe estaban fijos en él. Habían dejado de comer.
—Me estuve preguntando… —Spyro dudó, pero se atrevió a seguir hablando—. Me estuve preguntando si podrías enseñarnos lo que lees.
