Con un puño en la boca mientras iba tosiendo pedazos de lechuga sobre su plato, aquella pregunta había tomado de sorpresa a Bianca. Teniendo los ojos cerrados, puso las hojas al lado de los cubiertos, el tenedor en la ensalada y comenzó a agitar la mano, sin ver a dónde la estaba dirigiendo realmente…

Spyro se quedó un momento buscando una manera de ayudarla, un poco perplejo porque no esperaba que su curiosidad le diera tanto impacto a Bianca, mientras que Zoe caminaba hasta él, dirigiéndole una mirada de reproche que sólo le acumuló un peso de culpabilidad en el estómago y removiéndole la comida recién digerida. Abrió la boca, dispuesto a disculparse, pero se calló cuando fue apuntado amenazadoramente por el tenedor de Zoe.

Cynder los observó, lamiéndose aún sus garras con aire inocente.

—¡Buen trabajo! —Le reprochó Zoe a Spyro con altivez, moviendo bruscamente el tenedor y señalando a Bianca, que logró atrapar milagrosamente una copa de jugo de manzana, que estaba en su izquierda—. ¡Un día matarás a alguien con tu curiosidad, cabeza hueca!

—Pero, sólo...

—¿Nunca recibiste modales, niño púrpura? —Tajó fieramente Zoe, moviendo el tenedor hacia adelante, como si hubiera clavado el corazón de alguien.

—Bueno… no, creo que no —Dijo Spyro, con los ojos fijos en ella ahora. Sentía mucho interés—. Fui criado en un pantano. Tuve que cazar mi comida con Sparx, mi hermano, aunque casi todo el tiempo me pedía que le cazara insectos.

Agarrándola de un rápido movimiento, una copa parecía ser lo que Bianca buscaba, porque, con un rápido movimiento, se la llevó a sus labios, dándole un sorbo profundo, lento y perfectamente sonoro.

—Me incluyo —Coincidió Cynder de pronto—. Al haber vivido toda una vida encadenada a las órdenes de un simio apestoso, ¿realmente creen que voy a saber algo de cómo tomar un tenedor? ¡Prefiero usar a éstos!

Como si su boca fuera una cueva profunda, enseñó, muy orgullosa de sí misma, sus afiladas navajas que tenía por dientes. Zoe se estremeció y dio un torpe paso atrás, chocando de espalda con una copa de oro llena de jugo que había detrás. Tambaleó, desparramando su contenido por todos lados. Fue cayendo en el sentido opuesto en el que estaba Zoe, que soltó su cubierto y corrió a toda velocidad hasta llegar delante del objeto de oro, con las manos alzadas, y consiguió atraparla a tiempo, pero ahora estaba sobre su frágil y pequeño cuerpo. Entonces Zoe, con sus labios exageradamente apretados y sus ojos bien saltones, tuvo que ir reuniendo fuerzas en sus brazos para intentar enderezar la copa, chillando y sudado en el proceso.

Estando al frente de ese momento, Cynder ocultó su dentadura al cerrar sus labios con sutileza, descendiendo el cuello hasta que su mandíbula casi rozara la mesa, y afligió su mirada de forma encantadora, con las comisuras de sus labios curvadas. Disfrutaba de la situación de Zoe como un escenario dedicado especialmente para ella.

Pero, en la derecha de la dragona, Spyro sonrió, mirándola de soslayo. Él también prefería usar sus instintos salvajes que esos complicados cubiertos con sus tres garras de cada pata, pero realmente eso no le importaba mucho en aquel momento, peros el gemido de agotamiento de Zoe lo bajó de sus pensamientos, y al fin la miró con preocupación.

Ella había llegado a la derecha de una bandeja de pollos desnudos (eran puro huesos ahora) encima. Zoe tenía mojado el cabello rojo, le sudaba en las esquinas de la cara y portaba manchas rojas en las apretadas mejillas. Spyro bajó la mirada, siguiendo un rastro de jugo, entre los cientos de platos, cubiertos y copas, que paraba en aquella dirección, y, adquiriendo una expresión de incredulidad en la cara, concluyó que Zoe había hecho un desastre al tratar de incorporar la copa.

—¡Tonta copa…! ¡Uf…! ¡Deja de…! ¡TAMBALEAR! —De un golpe estridente que hizo saltar un poco el plato de al lado, Zoe logró poner en pie la copa, sacó su varita, y con ella se dio un golpe en la cabeza, quitándose mágicamente el sudor y el jugo que se había regado por accidente. Tras un respiro, se volvió a los jóvenes dragones, apuntándolos con la varita—. Ustedes requieren con urgencia una clase de Cómo un Cuadrúpedo Puede usar Objetos con sus Patas, así… ¡Aaaaah!

La mesa entera se sacudió, y sus cubiertos, platos, bandejas y copas vibraron un poco cuando recibieron el abrupto aterrizaje de la copa ahora vacía de Bianca, que estaba cabizbaja y suspirando de manera entrecortada, mientras que su cabellera dorada caía con elegancia sobre su mirada, arropándole en una manta de oscuridad. Aún sostenía con firmeza su copa.

—¡Oh, genial! —Chilló Zoe malhumorada. Había caído sentada, enfrente de Bianca, por aquellos movimientos repentinos. La señaló con el pulgar desde el rabillo del hombro, mirando a Spyro con el ceño fruncido—. ¡La hiciste enojar también!

—No lo culpes por ser un metido sin remedio, Bianca —Intervino Cynder, como si con eso salvara el pellejo a Spyro—. No sabe controlarse…

Provocó que Spyro la viera con recelo, resoplando muy indignado y gruñendo en susurro. Cynder soltó una carcajada y le dirigió una cara de: «¡Hice lo mejor que pude!». Luego Spyro, imaginándose a Bianca con la estatura de un titán regañándole con un grito tan poderoso que rompía montañas, la miró, sintiendo su corazón latiendo con violencia. Bianca estaba subiendo la cabeza con aquella sombra bloqueándole su mirada, dándole la loca idea a Spyro de que era posible que existiera alguien que le diera más miedo que el mismísimo Malefor, y entonces...

«¡PAM!»

Esta vez, generando respingones a sus amigos, Bianca había puesto sus palmas de sus manos sobre la mesa, en los costados de su plato, con aquel fuerte ruido estremecedor y seco. Durante un instante, regresaron los tintineos de los platos, bandejas, cubiertos y copas. Bianca tenía muy cerca su cara con la de Spyro, como si fuese una confrontación de miradas, en la que éste estaba sumamente incomodo observando directamente el brillo y la intensidad de su cara radiante.

—¡Es una maravillosa idea, Spyro! —Gritó Bianca, tomándose con normalidad el asombro del joven púrpura.

Cynder y Zoe la miraron con sorpresa.

—Eh... —Balbuceó Spyro sin comprender, torciendo para atrás su cuello para dejar de sentir la respiración de Bianca directamente en sus orificios—. ¿Qué?

—¡Una discusión de ideas nos ayudará a sacar más revelaciones a la luz! —Bianca juntó sus manos, formando un puño, mientras volvía a sentarse con su cara constreñida de felicidad—. ¡Uuhh…! ¡Ya me da hormigueos de sólo pensarlo!

Era la mejor idea que Spyro había escuchado en todo lo que llevaba viviendo en Witchenly. Sonrió de oreja a oreja.

—Sí… —Dijo con su voz quebrada por la emoción y giró hacia su amiga, la dragona—. ¡Hay que hacerlo!

Cynder suspiró exasperada:

—No perderemos nada con intentarlo —Aseguró, mirando a todos—. De todas maneras, sería una tontería no aprovechar los pocos recuerdos que conservo de mi vida como Terror de los Cielos para esto.

—¡Muchas gracias, Cynder! —Dijo Spyro, ladeando la cola de felicidad y mirando a Bianca—. ¿Entonces qué esperamos?

Xuellievrem! —Exclamó ella, recogiendo las hojas y ordenándolas con cuidado, entusiasmada—. Iniciaremos una por una; con ésta que dice...

—¡Deténganse ahí!

Sin que tuvieran tiempo de bajar sus miradas a la mesa para encontrarse con aquella vocecita, fueron cegados por una lucecita que salió disparada de allí como un rayo. Con Spyro, Cynder y Bianca frotándose sus ojos mascullando quejas, Zoe había llegado encima de sus cabezas, deslizándose de un lado a otro en el aire.

Tras dar unos párpados para ajustar su visión nublosa a la normalidad, Spyro buscó arriba y no tardó en hallar a Zoe pero, ante su asombro, se percató de que ella no estaba emocionada ni intrigada. Antes bien, los observaba con el rostro ensombrecido y con las manitas en las caderas, optando aquella clásica posición de exigir autoritariamente una respuesta.

También Cynder y Bianca se recuperaron de la ceguera y vieron el techo.

—¿Qué te angustia? —Le preguntó Bianca a Zoe.

—Por favor, ir leyendo página por página me matará del aburrimiento —Respondió Zoe con su voz aguda e insoportable—. Y ustedes son los que se escurran mucho inventándose teorías con incluso la más insignificante tontería...

—Si tienes una idea —Interrumpió impaciente Cynder—, dila.

Zoe pareció pensar cómo responder, con los brazos entrelazados y pegándose los labios con la punta de la varita. Echando un vago recorrido a la mesa, dio un grito para sí misma, como si se le acabara de ocurrir una idea, y descendió, mientras que una ola de escarcha se desprendía detrás de sus alas junto con un suave zumbido, y se detuvo al lado izquierdo de Bianca, que giró hacia ella con una ceja levantada.

—Espárcelas —Sugirió Zoe, señalando la mesa con las manos—. Y cada uno agarra la página que más acata su atención, la lee, y luego lo comenta. Si todos analizamos al mismo tiempo, esta lluvia de ideas fluirá mejor. Muy seguramente será más rápido que ir analizando una sola página que podría tomarnos, no sé, cinco horas de pura palabrerías.

Mientras esperaba una respuesta, hubo un cruce de miradas inquietas entre Spyro, Cynder y Bianca.

—Mmmm..., tiene su punto —Dijo Spyro después de que pasara unos segundos, manteniendo su sonrisa animadora—. Y francamente me parece una muy buena idea, porque podríamos tener un vistazo más completo de todas esas páginas, y podamos lanzar las opiniones al respecto, ¿no creen?

Fue mirando de izquierda a derecha, se sintió apoyado al ver a Bianca asentir positivamente su cabeza, se volvió hacia Cynder, pero ella no le correspondió la mirada y se limitó nada más responderle con un gruñido suave en señal de aceptación, e hizo que Spyro abriera mucho la boca para soltar una carcajada que llenó todo el comedor, causando que Bianca y Zoe rieran, y Cynder se ruborizara bastante; sabían muy bien que Zoe había hecho una buena sugerencia, sin embargo, Cynder era muy orgullosa como para admitirlo.

—Parece que volví a dejar en vergüenza al Ex-Terror de los Cielos —Dijo Zoe, tornando su sonrisa presumida a una maliciosa.

—¡Para ya! ¡Se supone que estamos en una averiguación importante! —Replicó Cynder con un ala bloqueándole las mejillas, pero encima de éste estaban sus ojos que denotaban enfado—. ¡Por favor, Bianca, riégalas y comencemos!

Riendo una última vez, Bianca puso los dedos en la superficie de las hojas, a punto de repartirlas, pero ahogó un grito y las abrazó como si no quisiera que se alejaran de ella, observando la mesa con asco.

—No, no, esto es un desastre —Dijo con voz temblorosa—. Ni en mis pesadillas puedo colocarlas ahí...

Hizo una expresión significativa en su rostro, apuntando hacia la mesa con sus ojos, con mucha exageración. Spyro y Cynder miraron, sin fijarse de que Zoe había ascendido para hacer lo mismo, y unas muecas de repugnancia se impregnaron en sus rostros. El pequeño espacio en el que ocupaban en la mesa, había un gran caos; pollos sin pieles, huesos bañados en salsa, bandejas y platos mojados de grasa, y manchas de jugo esparcidas como charcos pequeños.

—¡La limpiaré! —Exclamó determinada Bianca, que chasqueó sus dedos y un destelló plateado apareció, manifestando un cetro que ella atrapó enseguida y apuntó con él a la suciedad—. ¡Raipmil!

E hizo, con el cetro, que desaparecieran esos instrumentos sucios como si fuesen globos recién explotados, y consiguió dejar reluciente la mesa. Tanto que cuando Spyro y Cynder se acercaron, pudieron ver perfectamente el reflejo de sus caras asombradas y fascinadas en ella. Bianca asintió satisfecha, enganchó el cetro en el cinturón y ordenó las páginas sacudiéndolas de arriba abajo sobre la mesa, con su mano apartando sutilmente su mechón de cabello dorado a un lado de su frente.

—¿Mmm...?

Cynder había encontrado aquel recipiente de frutas en la mesa. Seguían desprendiendo humo caliente, como recién sacadas del horno. Estaban lejos de Bianca, sin mencionar de Zoe, pero cerca de Cynder y Spyro, extrañando mucho al primer mencionado. Frunció el entrecejo, extrañada, estirando su para tocar el hombro izquierdo de Spyro, que se giró para mirarla. Luego Cynder le apuntó con el hocico a la comida

—¿Tienes alguna idea de por qué son tan especiales? —Le preguntó, menospreciando las frutas con la mirada.

Pero Spyro no llegó a decir sus opiniones acerca de los misterios que rodeaban aquel plato poco apetitoso. En aquel preciso instante Bianca fue repartiendo las páginas como si fuesen cartas. Después de que se deslizaran y se detuvieran cerca de los dragones, acumulándose, la mesa parecía tener un mantel descompuesto, con sus bordes maltratados, arrugados y de color arena. Aun así, se podían apreciar sus diversos escritos (legibles pero muy torcidas) y dibujos (de puras líneas negras).

Tras levantarse un poco del asiento con casi todo su cuerpo encima de la mesa, Bianca fue acomodando las páginas de modo que miraran a Spyro y Cynder sin que estuvieran mezcladas para que no fuesen confusas de leer para ellos. Cumplido con su labor, retirándose en su asiento, Bianca permaneció inmóvil y mirando a la pareja con una sonrisa emocionada, pero en sus manos había otras cuatro páginas más.

—¡Qué cantidad! —Spyro estiró su cuello y se puso tan cerca de las páginas que podía olfatearlas. Olían a viejo. Con sus ojos desprendiendo destellos de entusiasmo y moviendo a cada ángulo su cabeza, comenzó a apreciar las hojas—. Seguro Magnus pasó increíbles aventuras y parece que anotó hasta el más pequeño detalle de lo que vio — Sonrió y agitó la cola—. ¡Hay tantos lugares en los que jamás he visitado!

—¿Conocieron al autor? —Le preguntó Bianca, incapaz de parpadear de una manera extraordinaria.

Y mientras que Cynder se concentraba más en examinar las antiguas hojas arrugadas, Spyro se mordió la lengua, lamentándose de no haber sido capaz de hallar una oportunidad en el que explicaba sus travesías en aquellas ruinas a sus nuevas amigas. Sintiéndose como si intentara explicar por qué rompió accidentalmente un jarrón a adultos, se alejó de la cara ansiosa de respuestas de Bianca y soltó una risa nerviosa.

—Sí, por así decirlo... —Confirmó—. El cuento fue que Cynder encontró su diario en escombros de lo que era una biblioteca. Tratamos de leerlo, de ahí supimos el nombre del autor, pero más de eso sabemos otra cosa, porque recibimos la sorpresa de que el resto de sus páginas no estaban...

—Fue tiempo desperdiciado… —Gruñó Cynder en voz alta, y todos giraron la cabeza hacia ella—. Creíamos encontrar una respuesta del pasado de nuestros ancestros o de su raza —Como si su cola fuera una serpiente, fue subiendo hasta llegar detrás de Spyro, y apuntarlo desde arriba con su punta. Él no la notó—, pero ahora sabemos a dónde llegaron a parar, ¿no?

Entonces bajó la cola, escondiéndola debajo del asiento, subió la vista y se enfocó en Bianca, que comenzaba a respirar entrecortadamente, temblando. Spyro ahogó, sin querer, un grito y se giró hacia Cynder, enojándose porque ese modo de saltar un tema tan delicado a la luz no le había agradado. Entonces se acordó de Bianca antes de que pudiera decir nada, y la miró.

—Bianca... ¿Puedes decirnos por qué lo hiciste?

Bianca estaba petrificada. El entusiasmo que la caracterizaba se había esfumado. Sus ojos, presos del pánico, iban de Spyro, a Cynder y a las hojas. Abrió mucho la boca, aparentemente queriendo decir algo, pero un hilo de voz muy quebrada era lo único que se le oía, y terminó con una mueca exagerada.

—¡Entré en pánico! —Al enterarse de que había elevado más de lo que pretendía su voz, puso los dedos sobre la boca. Se arriesgó a mirar atrás; no había entrado nada. Profiriendo un suspiro de alivio mientras se destapaba la boca, se volvió y continuó con precaución—. Para darles una idea; ser atrapada a mitad de una misión forzaría a Witchenly a renunciar su escondite y salir afuera para reparar mi error, ¡nunca me lo perdonaría! Y cuando estuve en la biblioteca, fascinada con la lectura, oí ruidos de afuera…

»Consciente de que lo que estaba a punto de hacer era imperdonable, porque dañaría recuerdos preciosos del pasado, arranqué las páginas del diario… Y lo coloqué de vuelta a su lugar. A puntitas salí, rezando que el desastre que había hecho allí no se notara para cuando entraran, y me escondió en aquella cámara secreta…

—Creo que no entendiste la pregunta —Cortó Cynder, impaciente.

Bianca se sorprendió.

—Por favor, Cynder, igual fue útil saber exactamente por qué se escondía de nosotros —Reprochó Spyro negando con la cabeza y se dirigió a Bianca—. En fin, lo que quería decir es: ¿cuál es la razón de que tengas las anotaciones del autor Magnus?

Hubo silencio. Bianca seguía muy nerviosa y abatida, respirando entrecortadamente.

—¿Tramas algo? —La presionó Cynder—. No tienes buena pinta…

—Paciencia, Cynder —Le riñó Spyro en voz baja, pues Bianca parecía a punto de llorar—. No te sientas presionada, Bianca, si quieres no nos digas nada.

Suponía que Bianca le daría las gracias por su comprensión, con una actitud reanimada, como de costumbre, y que luego Cynder se disculparía muy apenada por haberse precipitado para que pudieran concentrarse en las investigaciones de Magnus, pero en cuanto miró a Bianca, que echaba un vistazo atrás, a los tronos, donde más allá había una puerta que, al otro lado, estaba la cocina, en el que estaba el chef (se oía su cantar), no evitó estar desconcertada al verla volver hacia ellos con una seriedad muy inapropiada de ella. Incluso Cynder se extrañó.

—¿Saben guardar un secreto? —Los cuestionó Bianca en un susurro extraño.

—Desde luego —Afirmó Cynder, sonriendo.

—En realidad no… —Aseguró Spyro, con voz lejana.

No había considerado la importancia de aquellas palabras. Al ver a los dos lados, se sintió arrinconado. Bianca y Cynder los miraba como si quisieran matarlo. Spyro se arrepintió, forzando dos toses, y dijo a toda prisa:

—¡P-Pero siempre hay una primera vez! ¡Claro, somos todo oído!

Entonces las escuchó lanzar bufidos de reproche. Bianca incitó a que se acercaran a ella haciendo gestos con una mano, con otra sosteniendo las hojas. Spyro y Cynder se pararon sobre sus sillas, estirándose, con sus patas traseras en puntitas, y quedaron con sus cabezas suspendidas sobre la mesa. A Bianca le bastó alargar su cuello para casi rozar las narices de sus amigos, y les empezó a susurrar con una mano al costado de su boca:

—Busco una cura que pueda salvar a mi mejor amiga, Saena… ¡Ssssh! —Con el dedo le indicó silencio a Spyro antes de que profiriera un grito de asombro—. Ella vivía aquí, en Witchenly, y estudiábamos juntas en Akademia. Aún recuerdo su impetuosa curiosa de saberlo todo. Al principio me era un poco irresponsable su manera de meterse en dónde no la llaman, pero luego de que me enseñara su punto de vista de lo hermoso que puede llegar a ser cuando entiendes más sobre lo que te rodea, despertó algo en mí que desconocía. Llegamos lejos, aunque a veces cometíamos errores que, bueno, hacían enojar a los Sabios. Años después, aparecieron los seguidores de Malefor, y... —Resistió su llanto, gimiendo—. Saena pasó por un accidente, que la marcó de por vida, y huyó lejos de aquí...

Spyro se quedó abstraído por unos instantes, pensando en el accidente que Bianca había mencionado cuando estaban recorriendo el Centro de los Portales. Pero luego se centró.

—¿A dónde fue? —Preguntó esforzándose por mantener el nivel de su voz baja—. ¿Tienes alguna idea?

—Nada —Afirmó Bianca, desalentada—. He intentado encontrarla. Fui en donde una vez nos era importante, pero simplemente no estaba. Los Sabios me dijeron que harían todo para ubicar su paradero actual. Pasaron dos años, y me niego a seguir esperando… —Ejerciendo presión en los dedos, crujió lentamente sus páginas.

—Comparto ese sentimiento muy bien… —Murmuró Spyro en voz baja, echando un vistazo de soslayo a Cynder, que parecía no haberlo escuchado ni notado porque estaba mirando inquisitivamente a Bianca. Respirando aliviado, Spyro se fijó en ella, quien no lo había pillado tampoco—. ¿Cómo surgió ese accidente? ¿Por qué afectó de esa manera a tu amiga como para que huyera?

—Bueno, no es un secreto que aquí está permitido la experimentación de crear conjuros nuevos, porque los Sabios piensan que hay mentes más brillantes que las de ellos, y no les parece correcto cerrarse a nuevas ideas —Le explicó Bianca por lo bajo, con sus ojos clavados en la cabecera del comedor para asegurarse de que el chef no estuviera curioseando—. Así que, Saena intentó crear su propio conjuro, el más poderoso que se le pudo ocurrir, para alejar a los esbirros de Malefor de Witchenly, pero no sé muy bien lo que pasó después, porque estaba con ella. Hubo una explosión. Todo se nubló para mí y vi a Saena… Eh…, digamos que no se parecía a ella…

Cynder puso una expresión glacial.

—¿Dañó su apariencia? —Dijo gravemente.

—Sí… —Afirmó. Acababa de volver a su puesto, sacando su cetro, y con él había dado un golpe suave a su copa de oro, llenándola mágicamente de jugo. Cuando de nuevo el cetro en el cinturón, le dio a la copa un rápido sorbo y siguió diciendo—. Sólo os suplico que no digan de esto a nadie. Fui una tonta por dejarle a Saena un deber muy peligroso. Si le hubiera advertido de que su plan iba a fallar, quizás habría cambiado unas cosas… —Frunció los labios, la frente y bajó la mirada, reprimiendo su arrepintiendo con una mueca en sus labios—. Mi padre no quiere dejarme la oportunidad de arreglar mi error... Dice que mi estupidez con la magia estropearía aún más las cosas, y por un tiempo le creí, pero siento que ahora, con ustedes, puedo de verdad lograrlo…

Spyro flexionó sus patas traseras, volviéndose a sentar y quitándose la cola de su entrepierna. Las páginas continuaban acostados, boca arriba, delante de él, esperando a ser leídas. Pero, el asunto de Saena y el dolor de Bianca habían invadido la mente de Spyro, que por un momento quedó con la frente arrugada, mirando sus patas, descansando sobre la orilla de la mesa.

«Un problema como ese no lo puedo ignorar, ¡es un hecho que la encontraré!» —Pensó, imaginándose a una Saena muy similar a Bianca; una muy grande, con dientes puntiagudos sobresaliendo de su boca, muy peluda, y que estuviera vagando en un bosque tormentoso, oscuro y desolado—. «Pero, si lo consigo, ¿cómo la ayudaré? Tal vez sintiendo lo mismo que experimenté con Terror de los Cielos consiga despertar mi elemento púrpura…»

De pronto, Spyro oyó un aterrizaje seco que lo desvió a un lado. Cynder se había sentado, pero se dio cuenta de que le sonreía a Bianca.

—Está bien —Dijo ella, y entonces Bianca la miró asombrada —. Un propósito digno de admirar, tienes buen corazón hacer realidad una misión como ésa en lugar de que surja un milagro —Estiró el ala izquierdo, atrapando a Spyro en un abrazo amistoso, y él se sobresaltó—. Y puedes contar con nosotros. Buscaremos a Saena, la ayudaremos y seremos amigos. ¿Verdad, Spyro?

—Pues… —Murmuraba, muy perplejo. Luego echó un vistazo alrededor para observar a Cynder y Bianca mirándoles muy esperanzadas. Por una milésima de segundos, se cuestionó dónde estaba Zoe, pero alejó esos pensamientos con un fuerte respiro, dejándose que sus sentimientos hablaran—. Ya no tienes que trabajar sola en esto, Bianca. Si nos contaste de algo tan importante, es porque confías en nosotros, y dudo que sea justo no aceptar tu petición. En menos de un día has hecho tanto por nosotros que sigo preguntándome qué hicimos para merecerte. Ahora es nuestro turno de hacer lo mismo, ¡Saena será rescatada!

—Un problema a la vez —Le recordó Cynder riendo orgullosa—. Aún tenemos que encargarnos de los huevos.

—¡Podremos con todo! —Le respondió Spyro, regresándole la mirada con una sonrisita.

—¡Son increíbles!

Bianca saltó hacia adelante y rodeó los cuellos de Spyro y Cynder, abrazándolos; éstos gimieron, se intercambiaron miradas y expulsaron suspiros de derrota, acostumbrándose a aquella actitud impulsiva de la coneja, que lloriqueaba lanzando chorros por sus ojos y farfullando profundamente agradecida:

—Tienen corazones puros… ¡Las más grandes!... ¡Y ese discurso que hiciste, Spyro, de verdad inspiró el mío…! ¡BUAAAAAF!

—No ha sido para tanto, Bianca, de verdad… —Se excusó Spyro, consciente de que sus mejillas se ponían muy rojas, y palmó amistosamente la espalda de Bianca con el ala de la izquierda—. Ya relaja tus lágrimas, que me mojan la cresta.

—A este paso te irritarán esos grandes ojos que tienes por forzarlos a llorar tanto —Chilló Cynder con una amarga sonrisa, imitando lo que hacía Spyro, pero con el derecho. Bianca gimió—. Ahora, pongámonos a leer…

—¡RECUERDEN QUE NO ESTÁN SOLOS! —Gritó una voz chillona—. ¡CONTINÚO AQUÍ, Y TENGO LISTO MIS QUEJAS, BIANCA!

Sintieron a alguien introducirse en el abrazo, produciéndoles cosquillas mientras se metía como insecto, y Spyro rápidamente sintió que aquél lo había empujado con una increíble fuerza que lo mandó a su asiento de un golpetazo, obteniendo un leve dolor en el trasero. Acomodándose con una mueca de dolor en la cara, escuchó alaridos agudos que lo obligaron a ver a sus costados con erráticos movimientos de su cabeza. También fueron embestidas Cynder y Bianca, que tenían sus ojos muy apretados al igual que sus dientes. Spyro miró de reojo arriba, sorprendiéndose de que Zoe era la responsable. Se estaba acercando hacia Bianca con un suave zumbido de furia y deslizando atrás su flequillo al mover su cabeza.

—Tú… Tú… Chamuscarás mis alas del… ¡ARGG! —Empezó a gruñir Zoe, destrozando el aire con sus manos y deteniéndose delante de Bianca, que echaba una tímida miradita atrás para asegurarse no estuviera cerca—. Pese a las advertencias que te he dado por dos años… —Miró a los lados, asegurándose de que no había nadie más, y susurró con los dientes apretados—. ¡¿Sigues insistiendo con que Saena regrese…?!

—Por supuesto, es nuestra amiga la que tiene problemas —Le reprochó Bianca con semblante seguridad—. Y no iba a tolerar por más tiempo tu mal consejo de darle la espalda.

—¡Un gracias basta! —Le replicó Zoe, indignada, llevándose una mano en el corazón, y su cara se tornó roja—. ¡No cualquiera puede detener tus ideas locas, que sólo te llevarán a más problemas…!

Y así había dado inicio una fiera discusión, en el cual Zoe y Bianca, muy enojadas, debatían si fue buena decisión pedirles a los jóvenes dragones que les ayudara a buscar a Saena, en el que la hadita exclamaba que iba a ser una pérdida de tiempo, y la coneja gritaba que no era así. El comedor estaba llenándose de aquellos gritos, de modo que el chef, al escucharlos, bruscamente detuvo su cantar, y se escucharon unos instrumentos metálicos rebotando aparentemente contra el piso de la cocina. Cynder lanzó a Spyro una mirada de advertencia, y él agudizó el oído, comenzando a oír las zancadas del cocinero aproximándose.

Entonces, sin permitir que Zoe pudiera terminar su réplica («¡Te voy a golpear con mi varita para que se despierten tus neuro…!», le iba a decir a Bianca), Spyro la interrumpió, en un tono muy bajo:

—¡Batomb viene!

Sus palabras consiguieron frenar la varita pequeña con la que Zoe estaba a punto de golpear la frente de Bianca, quien, a diferencia de ella, no había intentado atacarla; al contrario, intentaba protegerse con unas hojas que aún sostenía con las manos. A continuación, las dos giraron con lentitud la cabeza hacia donde estaba la mesa de los sabios, en la esquina derecha, donde detrás de las cortinas entreabiertas se encontraba la puerta de la cocina, y enseguida se alarmaron cuando la escucharon emitir un chillido estridente; se estaba abriendo. Spyro vio que Bianca colocaba las hojas enfrente de ella y agarraba una copa vacía, fingiendo darle un sorbo mientras miraba aquella dirección con una expresión de forzada tranquilidad y graciosamente tonta. También que Zoe bajaba y aterrizaba encima del mantel de hojas arrugadas, viejas y frágiles; después, puso sus manos detrás de la espalda, con la varita en medio, y comenzó a caminar en círculos, actuando con inocencia mirando arriba. Spyro respiró tranquilo al notar que las zapatillas de Zoe no dejaban huellas. Cynder, por otro lado, se limitó a bostezar y mirar con mucha vagancia las notas de Magnus.

La puerta terminó de abrirse.

Spyro vio una sombra gorda caminar como pingüino detrás de la cortina, y detrás de ella se asomó la cabeza de Batomb, mirándoles con sus pequeños ojos negros. Parecía muy histérico e irritado. Y como si fuera un deber que cumplir, Spyro se incorporó apresuradamente en cuatro patas sobre su asiento y agitó las alas para elevarse un metro del comedor.

—¡Lo lamentamos! —Profirió con una sonrisa tonta, mientras que Bianca, que había dejado su copa con brusquedad, atrapaba unas hojas que habían salido volando tras aquel vuelo—. ¡Sólo ha sido una subidita de emoción, no ocu...! ¿Eh?

Fue percatándose de que Batomb lo miraba con cara de que no le estaba entendiendo una sola palabra. Comprendiendo que no iba a llegar a ningún lado, Spyro inclinó mucho los ojos a la derecha, dudoso. Miraba a las lunas relucir su belleza en aquel cielo púrpura a través de los ventanales. Tras una leve pausa en la que no paraba de proferir un chillido, inundando el comedor con eso junto con el agitar de sus alas, se escuchó la vocecita de Bianca dirigiéndose a Bartomb:

—«Tuot av neib, M. Bmotab, suon semmos ticxeés à soporp d'nu tejus, c'tse tuot» —Le hacía un gesto de despreocupación con una mano, riendo—. «Ej stemorp euq alec n'arevirra sulp siamaj.»

El señor Batomb suspiró pesadamente ante aquellas palabras y se retiró, volviendo sus mismos pasos hacia la cocina y cerrando su puerta de un portazo. Spyro lo miró de reojo y se aseguró que no iba a volver a salir. Se pegó las alas al cuerpo, dejándose caer en el asiento, al lado de Cynder, que aún leía, y enfrente de Bianca, que parecía muy aliviada, además de que cargaba una montaña desordenada de papeles viejos.

—No me entendió, ¿verdad? —Le preguntó Spyro al dibujo inentendible que estaba tapando la cara de Bianca.

—Bueno, no todos tienen paciencia para aprender esta majestuosa idioma —Aclaró la voz de su amiga mientras esparcía las hojas en la mesa, revelando su evidente frustración—. Y te lo dice una humilde estudiante como yo que le llevó diez largos años de experiencia.

—Bueno, qué se le va a hacer —Se animó Spyro, sonriendo, como si su mala fortuna de no aprender arcano fuera la poca cosa—. Ahora, respecto a lo de antes…

No entendió muy bien lo que pasó después, pues todo sucedió muy rápido para su poca capacidad de seguir objetos súper veloces, y ahora tenía a Zoe plantada sobre la punta del hocico digiriéndole una mirada de nula motivación; sus párpados estaban caídos, sus labios formaban una mueca triste y jugueteaba con su varita entre sus dedos. Más atrás de la hada, Spyro consideró que era una mala señal que Bianca lo estuviera viendo (o a Zoe) con sus manos tirando para abajo sus orejas.

—Niño púrpura —Protestó Zoe con calma, y Spyro percibió atemorizado que de pronto la cara de la hada denotaba aquel tipo de desmotivación que su hermano adoptivo solía poner cuando fallaba en algo—, sólo quiero largarme de aquí…

—¿Qué QUÉ?—Saltó Bianca.

Se había parado de un salto de la silla, y con las manos causó un ruido ensordecedor cuando las pegó sobre la mesa, sacudiéndola durante una fracción se segundos. Tanto así que Cynder había abandonado su lectura de una notita que, desde donde pudo ver Spyro, decía algo como, a letras muy grandes y delgadas: «PORTAL», y subió la cabeza con las cejas tan juntas que formaban una línea para ver lo que sucedía.

Zoe, sin darle importancia que estuviera casi aplastando los orificios nasales a Spyro, que gruñía, le dijo a Bianca, sin voltearse para mirarla:

—Si queréis perder el tiempo continuando con una búsqueda que os guiará directito al mismo pozo que acabó Saena, ni loca quiero estar en primera fila para ver cómo se las apañarán para salir…

Surgió otro ambiente silencio intenso. Una ligera brisa de atardecer hacía levantar las cortinas de la cabecera del comedor y se oía como un susurro apenas audible el cantar del cocinero.

—Quédate, Zoe, sin ti… —Empezó a decir Spyro.

—Tú simplemente no metas la pata, ¿de acuerdo? —Interrumpió Zoe cortante—.Se retira esta hada prudente, adiós.

Spyro pudo respirar libremente pero ahora veía a Zoe dirigiéndose en una de los ventanales. Luego dirigió la vista hacia Bianca, dispuesto a buscar en ella una de aquellas miradas discretas cuando una situación amenazaba con estropear el momento. Sin embargo, para el pesar de Spyro, Bianca no parecía para nada dispuesta a convencer a Zoe, y, después de soltarse las orejas, se derrumbó en el asiento, con ojos casi llorosos.

—Hora de voltear la tabla… —Se aventuró Cynder de pronto.

Spyro y Bianca la miraron con los ojos desorbitados.

—¿C-Cuál es tu plan? —Le preguntó Spyro.

—¡Detén tus alas de insecto un momento!

Estando a unos centímetros de apunto de marcharse atravesando la ventana del medio y quedándose suspendida en el aire, Zoe arqueó la cabeza, su luz dorada que desprendía de su cuerpo se tornó de un fuego infernal y giró muy lentamente la cabeza hasta donde estaba Cynder, muy tensa, como si ésta la hubiera ofendido gravemente.

—¿D-Disculpa…? —Explotó Zoe agarrando en los dos extremos de su varita con las manos, echando chispas por los ojos—. ¡¿Q-Qué mis alas son QUÉ?!

—Bien, tu atención era lo que quería… —Confesó Cynder con total claridad, sonriendo de manera picara, y sumergió su nariz en la manta de hojas—.Quiero saber…

Muy roja, Zoe la observó frunciendo el entrecejo, con los puños frotando los lados de la varita, los hombros muy encogidos y con la cola de caballo obteniendo un efecto de fuego que la hacía bailar hacia arriba. Spyro y Bianca también miraban, muy perplejos. Después de andar apartando unas hojas de ahí para allá sin preocuparse que algunas pudieran caer al piso, para el pavor de Bianca, Cynder mordió con mucha suavidad la superficie de una maltratada hoja sin bordes, y la sacó como si fuera un objeto frágil, exponiéndola con el hocico en alto para que todos sus amigos la contemplaran.

—Sí sabes… ¿qué es esto? —Formuló su pregunta con interés, y sin mover mucho los labios para que la hoja no cayera.

Zoe se acercó unos milímetros más, entornando los ojos, y respondió extrañada:

—Un portal… ¿Y…?

Spyro no había podido siquiera entender los garabatos grandes, abstractos y negros del dibujo de la hoja si no la hubiera escuchado. Aplicando un poderoso esfuerzo imaginativo para unir aquellas líneas desde su mente, mínimo consiguió entender que aquel dibujo era algo parecido a un boceto representando una puerta de aspecto curiosamente parecido a las entradas principales del Templo Dragón. Enfocando aún más los ojos al punto de tenerlos casi cerrados, Spyro habría jurado que el símbolo del éter se encontraba pintado a tinta negra en la esquina superior derecho, pero ese borde había sido o arrancada o deteriora, pudiendo ver nada más una raíz torcida mirando abajo.

Cynder soltó la hoja. Bailaba en el aire, visto por todos. Luego de una fracción de segundos, aterrizó limpiamente entre Spyro, Cynder y Bianca, con Zoe arriba.

—Vaya, las haditas son lentitas entendiendo —Prosiguió Cynder, que miraba a Zoe sonriendo de una forma muy distraída—. Es tu oportunidad de lucir los cientos de anécdotas que conoces sobre los portales; lo habías dicho… —Hizo una mueca y emitió un tonecillo muy agudo como la de un hada—: «Hay tantos portales que caminar es un chiste.», ¿recuerdas?

—Ve al punto —Dijo Zoe desviando a un lado la mirada con aire de autosuficiencia. Su iluminación roja se degradó a un suave naranja fuerte.

—Muy simple, Zoe —Canturreó Cynder, encantada—. Te entregaré el trabajo, que te será fácil de cumplir, de descifrar qué misterios oculta este portal.

Zoe parpadeó, pero recuperó la compostura casi al instante en el que volvía su característica luz dorada.

—¿Y por qué debería hacerlo? Tal vez no notaste que aquí hay más gente que con gusto querrán estudiar lo que sea que ese muerto descubrió cuando podía respirar. Incluso Bianca lo aceptaría, aunque sus conocimientos no se comparan con los míos. ¡Ja!

Bianca quedó como si alguien le metiera un cubo de hielo en la espalda. No dijo nada, pero tosió en exceso e hizo gala de una serenidad suprema, mientras que Spyro luchaba si reír o apenarse.

—¡Muy bien! —Dijo Zoe—. Ya los dejé pensativo, ahora me marcho…

—Una lástima… Te habrías convertido en una heroína para nosotros —Tajó Cynder suavemente; a continuación cruzó las patas delanteras, curvó en un rollo la punta de cola con aire pensativo y cerró los ojos frunciendo la frente—. Ahora ya no sé a quién vamos a llevar, Spyro, cuando volvamos a Warfang… Qué remedio… Los Guardianes nunca sabrán de lo magnífico que es Witchenly y tampoco de las hadas…

Teniendo la atención de Zoe, Cynder disimuló inocencia al momento que le dirigía a Spyro una miradita que éste le regresó un poco fuera de sí. Era como si tratara de decirle al joven dragón que siguiera la corriente. Spyro arqueó una ceja, nervioso porque los demás esperaban su respuesta, y decidió tentar a la suerte.

—Es verdad, Zoe… —Cynder le asentía con cuidado, en señal de que iba por buen camino—. Los Guardines esperan grandes noticias cuando volvamos... ¡Y hala! No creerán que estuvimos en una ciudad mágica —Fingió una amplia sonrisa—. Necesitamos a alguien de confianza. Si supera la prueba, que es entender este dibujo, irá con nosotros… Qué pena que no puedas ser tú, Zoe, ¿quieres intentarlo tú, Bianca?

—No soy digna para conllevar tal responsabilidad —Contestó Bianca sin vacilación—. Así que, si no hay otro remedio, estoy segura que mi amiga Zoe pueda cumplirlo sin problema.

Zoe los recorrió con los ojos y comenzó a meditar. Se había quedado iluminada como el sol mismo. Murmurando para sí, mientras bajaba, tocó suelo, caminó sin ver a nadie, llegó enfrente de la hoja del misterioso portal, la agarró con las dos manos, con la barbilla en alto y, cruzándose las piernas, se sentó.

—¡Qué remedio! —Escondió su cabeza en la hoja, que parecía más una sombrilla.

Era como si hubiera sido el plan de Cynder desde el principio; burlar con el orgullo y ambición de con una tarea que supuestamente le iba a dar buena reputación a la hadita, aunque al alzar un poco el cuello, poniéndose cuidadosamente sobre ella, Spyro pudo verle su carita entusiasmada asomándose por el rabillo lateral de aquella hoja degastada y sonrió al entender que Zoe, muy en el fondo de ésta, nunca pretendía irse.

—¡Excelente jugada, Cynder! —Preguntó después Spyro a Cynder en voz baja, muy impresionado—. ¿Cómo lo has hecho?

—Me la jugué pensando en Sparx, y funcionó —Respondió Cynder guiñando un ojo—. ¿Iniciamos con la lectura, Bianca?

Bianca, que se había quedado boquiabierta contemplando sin creer que Zoe estaba sentada en el costado izquierdo de ella, asintió en respuesta; moviendo exageradamente de arriba abajo la cabeza, con los puños puestos debajo de los lados de la barbilla y con las mejillas encendidas.