La tarea de averiguar los secretos de Magnus se estaba prologando todo el día y hasta bien entrada a la tarde. Los movimientos de manos y garras del grupo habían desencadenado un arranque de ruidos de páginas pasándose de un lado a otro. Spyro (quien no estaba seguro si comprendía del todo bien la tinta casi borrosa de las hojas) ya había encontrado dos dibujos que había visitado antes; La Forja de Municiones (según Magnus, era una zona para aprovechar los recursos del volcán) y el Pantano, aunque este último le había resultado un poco incoherente, porque no era parecido al que había sido criado de pequeño. El pantano del dibujo tenía menos hongos, poca vegetación, más edificios y con una notita en la parte inferior que decía: «HOGAR DESTINADO PARA SOLDADOS». Entonces Bianca, que estaba con un grosor de hojas en la mano derecha, le aclaraba que los Ancianos Dragones debieron de registrar esa zona para construir el Templo Dragón hace miles de años, y Spyro mostraba más interés al grado de que abría más los ojos, sonreía más y movía mucho la cola, decidido a leer todo lo que había averiguado el autor e irónicamente no lograba hallar siquiera una pista de su pasado, pero no se daba por vencido ante la frustración. Por otro lado, en una montaña de papel, Bianca continuaba recolectando más y más hojas cada vez que las terminaba de leer a una velocidad que hacía gritar de asombro tanto a Spyro como a Cynder.

—¿Naciste leyendo o algo así? —Preguntó ésta, boquiabierta, a Bianca.

Ella abandonó lo que leía y subió los ojos para mirarla fijamente.

—¡Son uno de mis pasatiempos! Buscar un buen libro después de un duro día ayuda a relajar la mente, además de que te aumenta la velocidad al leer.

—¡Fabuloso! —Opinó Spyro—. ¡Voy a esforzarme mucho para igualarte, Bianca!

—Te enseño mi biblioteca que tengo en mi habitación cuando terminemos. Ahí guardo cientos de libros que te sumergirán en un mundo maravilloso de aventuras. ¡Lo van a disfrutar! —Aseguró ella, maravillada.

Pero Cynder no opinaba como ellos. Horrorizándose al imaginarse en una biblioteca custodiada por aquellos hechiceros, los mismos que pudieron dejarla en coma en aquella cámara, que se reían con malévolas voces que eclipsaban su llanto de auxilio, porque se estaba ahogando en una montaña de libros, sumergiéndose mientras que su garra, buscando algo con que agarrarse, era lo único que estaba afuera, alumbrada por una luz. Pero nadie acudía.

—¿Te encuentras bien, Cynder? —Le preguntó de pronto Spyro, que se puso muy cerca de ella. Le tocaba mejilla con una garra.

Cynder parpadeó, como despertando de un trance, y lo vio. Spyro estaba con el ceño fruncido. Inclinándose más a la derecha, observando atrás de su púrpura amigo, veía a Bianca tener la misma expresión mientras sujetaba una copa de jugo.

—Lo estoy, pero por lo que más quieran, no me involucren —Respondió Cynder con horror. Ahora ya no le apetecía leer, pero lo hizo porque no tenía nada mejor qué hacer, aunque con mala cara.

Como si aquello fuera lo más normal del mundo, Spyro y Bianca se encogieron de hombros cuando compartieron una mirada y volvieron a leer, con decisión en sus rostros.

—Qué más escondes, Magnus... —Susurró Spyro, dándose ese desafío, y revolvió los frágiles papeles escritos con sus patas teniendo cuidado de no rasgar ni una con el filo de sus garras amarillas, inconscientemente patinando sus ojos sobre ellos de derecha a izquierda, a una velocidad de espejo—. ¡Oh!

Al haber echado a un lado todo lo que no le había atraído ni aunque relataran curiosidades del mundo, Spyro había creado una montañita de papel en su lado izquierdo. Se inclinó, acercándose a la pata de Cynder, que daba un bostezo. Había cientos de diferentes dibujos esparcidos, como un rompecabezas desarmado, de monstruos de frente y de perfil con flechas de tinta marcando sus partes. Spyro, queriendo atreverse, dudó enseguida. No sabía cuánto tiempo quedaba antes de que Bianca dijera que ya era hora de partir, aunque ella, según le pareció, estaba de lo más campante dando sorbos de jugo mientras leía, y se fijó que al otro lado de las ventanas aún era de día, así que supuso que no tendría ningún problema.

La pata derecha de Spyro se sumergió en aquella piscina de dibujos y sacó lo primero que tocó: trataba de Armadillos; criaturas con cuatro ojos, que llevaban de adorno un colmillo.

—Oh, me acuerdo de ellos, espero que sigan viviendo en la jungla —Opinó soltando una carcajada de nostalgia mientras leía los datos escritos al lado del dibujo—: Poseen una coraza que los protege de hasta cientos ataques directos. No opinaría lo mismo; no pudieron con mi aliento de hielo —Presumió con gesto de guerrero indestructible. Entonces tiró ésa con las demás y fue por otra: le tocó el de un guerrero troll de horrible mirada (o tal vez la horrible mirada era el papel jugando con el dibujo), con armadura y escudo—. ¡Uh, los Ogres! De ellos no quiero saber nada, ¡siguiente! —Despidió aquélla con repulsión. Desde que fue a parar en El Congelador de Dante, su experiencia con ellos fue más escalofriante que el frío que hacía ahí. Cogió la siguiente, pero sus líneas asquerosamente viejas dibujaban a una criatura grotesca y peligrosa con ojos grandes y una boca llena de colmillos—. Sapnasaurio… Éste nunca lo he visto: Una subespecie de los dinosaurios biológicamente hostil; hay que tener cuidado con ellos porque su instinto de cacería los ayuda a percibir a sus presas por más de 10 metros de distancia... Qué mala suerte no haber estado ahí cuando lo viste, Magnus, me hubiera gustado comprobarlo por mi cuenta —Añadió ésa con las demás, suspirando de decepción, y recogió la que sigue. Apenas dándole un vistazo, frunció el ceño y, a continuación, se quedó perplejo, con los ojos en blanco—. ¿Qué es esto?

Era un plano de construcción. No tenía nada inusual en cómo estaba escrito, era otra hoja de papel vieja sobrescrita por alguna pluma. Lo que llamaba la atención a Spyro era lo que estaba dibujado en ella. Parecía una araña, acorazada en las patas, y en el centro estaba el cuerpo. Había sido borrada varias veces, dando a ver que no estaba claro enteramente desde el principio. Parecía estar levantándose, simplemente por el propósito de dar espacio para ver el plano entero desde otros ángulos, es decir, ver sus patas traseras y su cuerpo por detrás como tal.

Un recuerdo de más de tres años tocó a Spyro, que sonrió, cayendo en cuenta de lo que era. Con la izquierda sostenía el dibujo desde su borde de ese lado, y con la derecha libre agarró el hombro de Cynder. Estaba bien tranquila mordiéndose el pico del ala izquierdo con aburrimiento. Entonces Spyro comenzó enérgicamente a zarandearla, y Cynder fue gritando mareada hasta que se fijó en él.

—¿Qué... qué pasa? —Dijo irritada después de sacudir la cabeza—. Estaba...

—¡Mira! —Le cortó Spyro, estrellando la hoja a la cara de Cynder, que ella agarró sobresaltada.

Luego de que echara un rápido vistazo al boceto, lo que dijo Cynder no fue lo que Spyro esperaba realmente.

—Según veo aquí es una clase de máquina. Por su arquitectura, fue hecha para métodos ofensivos o, en otras palabras, acabar con los intrusos, más allá de eso no veo nada. Así que Spyro —Lo miró de soslayo—, ¿qué ves de raro en esto?

—Eso debería decírtelo yo ti —Dijo Spyro—. Esta máquina era la que usabas para vigilar tu guarida, cuando eras... —Al recibir una mirada punzante de Cynder, procuró que lo que iba a decir a continuación no la ofendiera—. Ya-Sabes-Qué y la verdad me sorprende verla en este boceto.

Al otro lado de la mesa, abandonando la lectura, Bianca levantó la vista sobre la cabecera del papel para escuchar con atención.

—Se parecen mucho, lo admito, pero reventaré tu burbuja aclarándote que estás muy equivocado —Respondió a su vez Cynder, palpando el dibujo—. Son totalmente diferentes.

—¿En serio? —Inquirió Spyro, arrimándose más hacia Cynder. Dio un vistazo rápido al plano de forma dudosa—. Realmente no le veo diferencia.

—Fíjate bien, Spyro —Cynder patinó una de sus garras sobre el plano, que durante el tacto generaba un crujido suave, deteniéndola sobre en la esquina superior de la derecha, en donde Spyro, boquiabierto, leyó susurrando; «Cristalidas»—. Mis aparatos se llamaban Circuitos, ahora, aquí... —Al seguir el curso de la pata de la dragona, Spyro paró en las patas sencillas y acorazadas de la araña—, se ven que estaban acopladas a su cuerpo, para moverse y esas cosas, pero la mía tenía una fuente de energía en el interior que les producía sus extremidades con electricidad y, de paso, eran de cristal transparente. Éste parece rellenado con algo —Ella y Spyro se acercaron al boceto con ceños fruncidos, pegando mejillas, cabezas y cuernos.

Ciertamente las líneas negras de tinta cubriendo el cuerpo entero de la araña, en sentido diagonal, le daban una idea a Spyro que el autor había planeado que su interior no contuviera nada, tal vez para que fuera resistente en batallas, pero lo que sí estaba seguro era que se había equivocado, por lo más que le doliera su orgullo.

—¡Caramba! Tienes razón, son distintas de pies a cabezas, aunque algo sigue pareciéndome extraño —Spyro se rascó la mejilla—. Sé que lo enfrenté en otro lado, lo recuerdo bien, pero entonces, Cynder —Su tono flaqueó—, ¿cómo es que algo de hace miles de años llegara a parar en tus garras y lo hicieras funcionar?

—A saber —Dijo Cynder. Su voz despedía odio. Spyro sabía perfectamente por qué, pero selló los labios—. Lo único que recuerdo es que les pedí a mis esclavos que me hicieran una base de operaciones lejos de mis enemigos para planificar mis estrategias, y si me decepcionaba su sistema de seguridad iba a convertir sus huesos en adornos —Contestó, dejando el plano en la mesa y largar otro bostezo.

—¿Nunca supiste de dónde sacaron esta maquinaria? —Preguntó Spyro sorprendido—. Después de todo eran tus... eeh... subordinados.

Cynder le hizo un gesto de que no le diera importancia con la pata.

—Realmente no. No me importaba en lo absoluto, sólo me concentraba en cumplir mi objetivo, de donde sacaran esas cosas era algo competente y secundario para mí, con tal de que lo construyeran.

—Así que no sabes de dónde sacaron sus construcciones —Masculló Spyro, inclinando el cuello hasta recostarse sobre la mesa. Miles de páginas rompieron a sonar cada vez que Spyro conducía de derecha a izquierda la cabeza, muy triste—. Vaya, más misterios abren sus puertas.

Hubo un instante de silencio, rompido por el viento del atardecer. Triste al ver a sus amigos deprimirse pero decidida a levantarles el ánimo en el tiempo que ponía la copa ya vacía en un espacio libre en el que no había papales que mojar por su sudor, Bianca les sonrió a Spyro y Cynder, que se fijaron en ella con desconcierto, y unió sus manos diciéndoles:

—Lo que ustedes necesitan es ver desde otra perspectiva lo que han encontrado—Prosiguió radiante al ver las confusas caras de Spyro y Cynder—. Magnus fue un inventor; es un dato importante porque existe una posibilidad de que compartiera sus inventos con el mundo. Por ejemplo, el boceto que tenemos. Si cayó en otras manos, entonces también cayó en tu antiguo sequito, Cynder, pero, a parte de ellos que fueron seres malvados, también hubieron gente buena que sobrevivió de la irá de Malefor. ¿Y saben por qué es importante?

Spyro intercambió una mirada curiosa con Cynder mientras ponía la mente a trabajar. Verlo desde otra perspectiva... otra... otra... ¡Eso era!

—Porque si los encontramos... —Como si sufriera una subida de alegría, Spyro se enderezó de golpe, con alas abiertas y la cola agitándose—. ¡Ellos nos dirán lo que saben!

Bianca afirmó sus palabras con un asentimiento de cabeza, aplaudiéndole orgullosa y contenta, y Cynder emitió sonoras carcajadas al sonrojeo de Spyro y su risa de disculpa. Y, antes de que pudieran decir más, alguien gritó:

—¡CHSSSST! ¿Pueden callarse? ¡Que me desconcentran en mi investigación!

La sonrisa que se estaba formando en el rostro de Spyro desapareció. Él levantó una ceja, desvió los ojos en dirección al gritito malhumorado, preparado para nuevas adversidades, y se llevó la sorpresa de que Zoe aún analizaba el dibujo del portal con dificultad. Sentada, con las cejas muy juntas, estaba dándole vueltas como si fuese un objeto extraño, y susurraba maldiciones, que Bianca desaprobó.

—¿Quieres ayuda? —Se ofreció Cynder.

Causó que Zoe soltara un bufido de sorpresa y ocultara su carita en el papel. Spyro y Cynder intercambiaron miradas y se volvieron. Habían notado que la luz dorada de Zoe se había tornado rosado de vergüenza.

—Estoy bien, no me distraigan —Se escuchó la vocecita orgullosa de Zoe, escondida inútilmente en la hoja, ya que su brillo creaba su silueta desde adentro—. Mejor sigan… con lo que sea que estaban haciendo.

—Ese tono no me da seguridad… ¿Puedo? —Le pidió Bianca. Pero no aguardó respuesta y se la quitó con rapidez. Comenzó a leerla con energía, ignorando las protestas que aullaba Zoe con furia—. ¡Ah, por favor, Zoe, no tiene nada de malo recibir ayuda de vez en cuando! A ver qué tenemos aquí… Introducir elementos aquí para determinar la ubicación de la puerta —Con una cara extraña, comenzó a imitar las mismas acciones que Zoe había hecho con el dibujo—. ¿Y qué pudiste descifrar, Zoe? ¿Su modelo? ¿Una pista de quién fue su creador?

—Por favor, no he dado hasta la última pizca de mi talento para nada —Contestó Zoe, olvidándose que estaba furiosa segundos atrás. Al levantarse y recuperara su tono amarillo chillón, voló y se sentó sobre el hombro derecho de Bianca. Juntas estudiaron el boceto con severidad—: Más o menos debió haber sido construido antes de La Primera Guerra de Oscuridad —Señaló una parte del dibujo—. Mira el modelo que ese aficionado eligió, ¿no te convence?

—Es una teoría interesante, pero tiene algunas fallas —Susurró Bianca, señalando algo al dibujo y acercándoselo al hombro, para que Zoe mirara mejor—. Si fue hecho a mediados de la Primera Era, ¿cómo es posible que tenga esa función que sólo tienen los portales creados después de esa época?

—¡Oh, estaba a punto de sugerir eso! —Protestó Zoe, con un tono y una cara que evidenciaban que no era verdad—. Como sea, el punto es que ese portal es una oveja negra, ¿lo viste en algún registro o en un libro de los tantos que lees?

—Pues…

Y siguieron hablando de esta manera durante un buen rato, hasta que Cynder, que parecía hartada, dijo:

—¿Tienen un minuto? —Bianca se sobresaltó. Zoe iba a caerse de su hombro pero pudo aferrarse en su oreja, y las dos giraron hacia ella—. Sé que tienen mucho de qué hablar, pero olvidan una cosa, ¿podemos saber qué sucede? ¡Estamos totalmente perdidos!

Spyro asintió. Miró a Zoe dejar de pellizcar la oreja de Bianca, que comenzaba a sobársela con el párpado del ojo derecho caído y con las comisuras del labio torcidas.

—Cariño, expertas trabajando —Le reprendió Zoe, cruzando los brazos y piernas, a Cynder—. ¿O su poca estadía aquí ya les ayudó a saber el complicado sistema de portales mágicos?

Ella y Cynder chocaron miradas desafiantes, y Bianca resopló con desaprobación.

—No hace falta —Observó con una voz alegre pero fuerte que impidió el principio de una batalla entre Cynder y Zoe—. Cualquier sugerencia es bienvenida: Spyro, Cynder, ¿qué les parece?

Había girado la hoja, y su ilustración era perfectamente visible. Cuando Cynder se acercó un par de centímetros más a la hoja, detallándola con los ojos pensativamente entornados, la postura de Spyro cambió; se puso recto, hizo lo que ella hizo y examinó el dibujo. No había nada que los acordara de un detalle importante del pasado, excepto aquella raíz con su otra mitad desaparecida que cosquillaba la cabeza de Spyro.

Rápidos segundos, en el que Bianca y Zoe esperaban expectantes, Spyro y Cynder hicieron contacto visual, entendiéndose mutuamente, se volvieron y confesaron al unísono:

—Nada.

—¡Vaya, qué novedad! —Felicitó Zoe, aplaudiendo con sarcasmo—. Mínimo admitieron que no saben nada. Ahora, ¿me dejan cumplir con mi labor para obtener mi título de La Hada de Warfang?

—Espero que ese ego te derrumbe algún día, mocosa —Susurró Cynder a regañadientes.

—Por favor, Zoe, con esa actitud no le caerás bien ni a Volteer, créanos —Comentó Spyro, sonriendo ante la cara molesta de Zoe—.Y, ¿por qué se extrañan con ver ese portal, Bianca?

—No es uno cualquiera —Admitió riendo tiernamente Bianca, sonrojándose—. Estoy impresionada que Magnus pudiera hallarlo cuando nosotros no sabemos de su existencia —Miró la página con seriedad—. Pero sucede que ése es el problema… ¿Dónde está?

—¡Quién sabe! —Contestó Zoe, con los brazos en el aire, mirando la página como una ofensa—. Mejor planteémonos: ¿qué se le pasó por la cabeza a ese autor... o lo que sea... para que decidiera no revelarle de esto a nadie? Es un... —Hizo movimientos con los dedos como si despedazara algo, rabiosa—. ¡Haragán!

—¡Te equivocas! —Saltó Spyro con brusquedad, generando un eco masivo por el comedor que sirvió para que se diera cuenta de que se había sobrepasado. Profiriendo una nota de pena aguda, fue cambiando miradas con sus amigas, que se encontraban en shock—. Lo siento por eso, pero no concuerdo que tengamos que precipitarnos en conclusiones incorrectas. Confío que habrá tenido sus razones porque no habría escrito este diario para empezar. Es más, de seguro tuvo que haberlo escrito en alguna parte, revisemos un momento, ¿ok?

Metió hocico en cada papel con olor a viejo que pudo y sin dar importancia al seguimiento de sonidos de páginas moviéndose que fueron invadiendo el comedor a causa del apoyo de sus amigas al grado de eclipsar el canto del cocinero desde su despacho, oculto detrás de las cortinas. Releía y leía nuevas, pero con éstas no guardaba bien sus revelaciones porque no contenían lo que él deseaba. Como una fracción de segundos, con bultos de hojas color marrón queriendo escapar de sus patas moradas, sus ojos completamente blancos patinaron por una notita escrita con tinta seca y negra que estaba como reposado en el borde circular de un plato manchado de grasa. Se hallaba apartado de él.

Hipnotizado, Spyro leyó en cámara lenta:

REINO DE LA OSCURIDAD

Perdido en la fosa del cosmos, sin luz que le dé calidez a las almas condenadas a vagar en sus oscuros terrenos de cristal, El Reino de la Oscuridad guarda el poder más terrible y maravilloso que no debería caer en malas manos

Muy asombrado, Spyro se percató que pertenecía a un dibujo. Parecía ser lo importante en esa notita, y aquello su descripción. Era como una metrópolis compuesta de cientos de cristales que hacían de edificios. Su cielo etéreo giraba en torno a una imponente raíz que salía en quién sabía dónde y se extendía hacia el infinito. Desde luego, la ilustración era con pura tinta de escribir, aunque de una manera que Spyro imaginó que el autor se había tenido que irse de ahí rápido, porque incluso tenía grandes gotas secas en muchas zonas, como si se hubiera tropezado contra algo y por accidente estrellara la pluma de escribir contra el papel.

Era un imán que atraía al joven dragón púrpura, aumentándole el deseo de averiguar más, tentándolo a tirar esas páginas al aire y se entregara como su esclavo, pero alguien se paró del asiento tan fuerte que había hecho templar los instrumentos de la mesa, y a ésta misma.

—¡Hallé algo! —Fue Bianca. Sostenía lo que parecía una hoja rasgada por la mitad, admirándola como trofeo.

Zoe se concentró en el contenido de la página, dándole nula importancia al joven dragón.

—¿Qué…? —Se dijo Spyro con una pata en la frente.

Recuerdos fugaces le llegaron tan rápido a la cabeza que tuvo que sacudirla para recobrar los sentidos. ¿Había querido abandonar todo? ¿Por qué? Spyro se quedó divagando aquellas mesas como si su existencia dependiera de ello. Sus patas temblaban. Antes tantas emociones sólo llegaba un pensamiento claro: ¿Que tenía ese dibujo que lo hizo ponerse así?

Spyro miraba aquel dibujo con miedo.

—¿Está todo bien, Spyro? —Le preguntó Cynder al colocarle una zarpa en el hombro—. Parece que te hubieras ido a otro planeta.

El contacto lo trajo devuelta al mundo. Fue tan fugaz e inesperado que reprimió un grito que enmendaba con salir. Rápidamente giró su cabeza hacia el dueño de la zarpa que lo sacó de su trance y se encontró con grandes y preciosos ojos de color esmeralda, los cuales mostraban preocupación y a la vez exigían una respuesta. Spyro simplemente se mordió los labios. La duda hizo acometida en él. Si abriera la boca estropearía todo, y eso no era lo más conveniente ahora.

—Estoy bien —Mintió Spyro con resignación, esforzándose a sonreír, aunque hizo que la sospecha quedara en Cynder. Ignorando aquello, Spyro miró a Bianca—. ¿Qué has encontrado?

Y mientras giraba de atrás hacia adelante aquella página, sostenida desde la cabecera y colocada enfrente del pecho de Bianca, ella indicó con el dedo a Spyro y a Cynder su contenido con pose ganadora, estando tan inclinada que sus largas orejas se habían regado sobre la mesa.

Al principio Spyro y Cynder tuvieron que forzar la vista porque el estado penoso de la página había reducido tanto lo que ponía que se hacía muy difícil de apreciar; sus bordes marchitos eran prueba del maltratado del tiempo y era tan marrón que por un momento Spyro creyó que era una hoja de otoño pero, con todo eso, por fin distinguió que, con mucha imaginación, era en realidad un mapamundi viejo. Sus continentes pertenecían claramente al Reino Dragón y sobre ellos había sus nombres escritos, cuya tinta estaba borrosa en muchas partes. Tal vez etiquetaban a las ciudades, los países y las villas, pero, arqueando una ceja, Spyro profirió un aullido silencioso al preguntarse por qué algunos habían sido encerrados en círculos y en otros marcados con «X».

—¡Este mapa aclarará nuestras dudas! —Aulló Bianca, dando saltitos de felicidad, sin embargo, paró cuando sus amigos continuaban desorientados—. ¿No saben a lo qué me refiero?

—Eeh… claro que… —Fue la dudosa respuesta de Spyro—. ¿Alguna idea? —Le preguntó a las demás en un susurro desesperado.

Hubo un silencio de duda. Todos miraban el mapa como un animal de aspecto peligroso. Ni siquiera Cynder se molestó en aportar algo después de haber inspeccionado el mapa también. La verdad estaba rascándose el cuello con el filo de la cola, perdiendo interés. Entonces, con el zumbido de una abeja, Zoe saltó del hombro de Bianca y voló poniéndose delante de ella, con manos en las caderas y el ceño fruncido.

—¿De qué nos servirá un mapa? —Le criticó Zoe, alzando las manos exigiendo respuestas.

—Te diré exactamente de que nos servirá... —Respondió con suspenso Bianca, doblando el mapa como pergamino, y lo guardó en el bolsillo—. ¿Recuerdas lo que hay en el último piso del castillo?

—¡Jajaja! Qué pregunta más tonta, es prácticamente mi casa —Dijo Zoe con gesto de presumida—. En fin, ¿qué hay con eso?

—Qué gracia tiene dejarte con incógnitas si no te esfuerzas por solucionarlas —Dijo Bianca con tono de reproche—. Hay lugares marcados en este mapa; ¡hay un por qué!

—Para distinguir los que son relevantes de los que no —Interrumpió Spyro pensativamente. Se pasaba una garra por debajo de la barbilla, olvidándose de aquella sensación de hacía unos minutos y pudiendo sentir su imaginación fluir como líquido. Sus amigas lo miraban con aprensión esperando que prosiguiera —. Es una posibilidad, nada más, pero pueden contener algo que a Magnus le haya interesado, y él fuera a visitarlos más tarde.

—¡Brillante Spyro, es justamente lo que creo también! —Le felicitó Bianca aplaudiéndole con sinceridad, y Spyro se sonrojó con intensidad. Después le entregó su atención a Zoe, que no daba crédito a lo que pasaba—. Y resulta que tenemos la herramienta perfecta que fortalecerá nuestra hipótesis.

Dejó aquella incógnita en la cabecita de Zoe, que comenzaba a producir el sonido de abeja furiosa con sus hélices, y ésta la observó en silencio durante un momento antes de murmurar.

—¿Herramienta dices? No sé de qué estás hablando... ¡Ooh, no! —Se tapó la boca, con cara de arrepentida, y sacó la varita. Por cada seguimiento de sus palabras, fue picando la nariz de Bianca con ella—. ¡Te prohíbo… que hagas… otra de… tus locuras…, mete-problemas!

Zoe y Bianca discutieron durante un rato. Bianca mascullaba súplicas tratando de razonar con el hada de color furia con gesto de rezo: «¡Va a ser rapidito! ¡Si todo va bien, saldremos de ahí antes del anochecer!» decía con una mirada inocente, pero ni se inmutaba Zoe, que había alzado la varita para comenzar a castigarla con golpes que producían destellos dorados en la cabeza, y Bianca, enojada, los bloqueaba con una mano mientras que con la otra alejaba al hada. Se había convertido en una pelea. A Spyro le resultó muy cómico porque en su vida jamás había sido testigo de una batalla entre una coneja y un hada, pero, antes de que pudiera abrazar su estómago y balancearse hacia atrás riendo, Cynder tiró uno de sus cuernos, punzándolo con los ojos.

—¡Amamos las locuras! —Dijo ésta mientras que Spyro se sobaba aquella zona, gimiendo. Y sus amigas quedaron paralizadas en media lucha y voltearon a verla—. Bianca, ¿te gustaría contarnos?

—Bueno…

—¡No la alientes, mocosa! —Interrumpió Zoe entre dientes, amenazando a Cynder con una esfera de energía que se creaba desde la punta de su varita.

—Ignora a la mosca parlante —Dijo Cynder. Movía una pata de modo que Zoe de verdad fuera eso.

Indignada, Zoe se llevó una manita en el pecho, aun cuando Cynder esbozaba una sonrisa de autosuficiencia mientras que Spyro se cubría la cabeza con las alas para esconder su descarada carcajada, que escapaba de todos modos, y Bianca hacía lo mismo pero de forma sutil; con una mano en la boca, era tiempo de que se sintiera escuchada. Infló como globo las mejillas, preparada para defenderse cuando…

—Pues, al noroeste de aquí, doblando a la izquierda, en una calle donde a esta hora no debe haber nadie, se encuentra un portal que lleva hacia el Castillo de la Sabiduría —Contó Bianca con ojos centelleantes («¡¿Por qué nadie quiere escucharme?!» Bramaba Zoe, enojada, roja y pataleando en el aire)—. Además, es el lugar en el cual los ciudadanos y estudiantes pueden dirigirse a ellos a confabular y donde los Sabios mantienen guardados sus objetos más preciados. Hay uno que podría ser la clave que encontrará esto… —Con el dedo, indicó a los demás que miraran al centro de la mesa.

Todos a la vez, Spyro, Cynder y hasta Zoe, lo hicieron, aunque ésta tuvo que descender un poco para ver mejor. Aquella página que contenía la ilustración misteriosa del portal sin casi información se distinguía extrañamente de las otras, como algo único y especial, y estarla mirando el rato suficiente para que tuviera una visión clara de lo que estaba pretendiendo Bianca, Spyro cambió de vista hacia ella.

—¿Quieres que vayamos contigo para que descubramos lo que sea qué vayamos a encontrar? —Le preguntó ignorando cómo Zoe se convertía en una flama viviente.

Spyro no esperó que Bianca se le abrieran bruscamente los ojos cuando lo oyó y se pusiera como tomate. Cynder había fruncido el entrecejo, al igual que había hecho él. Y, quitándose el flequillo de la frente, Bianca comenzó a reír como como si hubiera sido atrapada.

—No quiero obligarlos, así que los dejaré con la respuesta final. Tal y como dijo Zoe, es una completa locura, pero... —Juntó sus puños a los lados de sus mejillas infladas—. ¡Descubriremos muchos secretos juntos si lo hacemos, es una oportunidad única! —Su voz determinada había despertado el instinto de aventurero en Spyro y Cynder.

—De acuerdo, ¡BASTA!

Un golpe con el sonido similar a la de un martillo pegando la madera sonó tan fuerte que eclipsó el canto del chef de una manera cortante, como si él también lo hubiera oído y estuviera atento a lo que pasaba afuera, e hizo que los instrumentos de cocineros dieran saltos extremos por el aire y cayeran en posiciones diferentes; copas acostadas de lado, platos boca abajo y bandejas puestas de lado. Spyro y Cynder inclinaron atrás sus cabezas, contemplando, impresionados, a Zoe caminar hacia ellas con un pinta diabólica, envuelta en un aura roja que, atrás, tenía asustada a Bianca, que se había tapado la boca con las manos.

Llegada ante los jóvenes dragones, a pesar de la increíble y obvia diferencia de tamaños, Zoe los amenazó con la varita.

—Escúchenme bien, no sé si tuvieron que venir con una etiqueta de advertencia cuando nos encontramos, pero no voy a dejar que contagien a mi amiga con sus… sus… ¡fantasías!

—Tranquilícese, Zoe, no hay porqué exagerar —Dijo Cynder, tomándose aquella advertencia como que no le daba importancia.

—Oh, claro que la hay, porque existe una norma muy delicada que deben tener en cuenta mientras sigan aprovechando de nuestras comodidades —Explicó Zoe. Tenía la cara como tomate. Caminaba de derecha a la izquierda sobre las páginas, sin dejar huellas—: y es que el Castillo de la Sabiduría cierra sus puertas cuando cae la noche. Si ustedes profanan esa ley y entran como si fuese su casa, ¿adivinen qué? ¡MÁS PROBLEMAS! —Se detuvo. Sin mirar atrás, apuntó a Bianca con la varita—. Ella se salva porque vive ahí, pero también te meterás en líos si te ven con estos idiotas inconscientes —Ese regaño fue dirigido a ella cuando se giró.

—¡Asumiré las consecuencias! —Exclamó Bianca, y se inclinó sobre la mesa para enfrentar al hada con decisión—. A veces quisiera pasar cinco minutos de mi vida tratando de saber qué pasa con el mundo en el que vivo y no en donde estoy encerrada desde que comenzaron las guerras. Y ahora tengo esa oportunidad y quiero aprovecharlo con ellos, nuestros amigos, ¿no quieres olvidarte de las reglas sólo por este día?

—¡Ése no es el punto! —Gritó Zoe—. ¡Ir ahí causará problemas!

Bianca frunció el entrecejo, enojándose con ella todavía más.

—Calma, Zoe, estás con nosotros, hemos enfrentado miles de cosas peores —Dijo Spyro. Con un ala arrimaba la montaña de papeles en dirección contraria al líquido de jugo de naranja, que se salía de una de las copas caídas—. Tenemos experiencia metiéndonos en sitios altamente protegidos, peligrosos e inundados de monstruos; esto se oye como un entrenamiento para recuperar el toque, además, mientras estén conmigo, mi suerte púrpura nos sacará de aprietos.

Pero Zoe le mandaba un mensaje claro en su mirada fulminante: «¡No estamos para juegos!». Frustrado, Spyro toqueteó la sólida mesa de madera, produciendo el sonido característico, con las garras y miró a todos lados mientras pensaba.

A su lado, Cynder tenía un lado de la cara apoyado en una de sus patas delanteras y enrollaba hacia adentro el filo de la punta de la cola, que estaba enderezada, aburriéndose de la absurda situación al grado de estar tentada a dormir, y al frente Bianca se había apartado de la mesa, rodeándola pisando fuerte mientras era seguida por la mirada juzgadora de Zoe, que seguía parada en el centro del mantel de páginas con los brazos entrelazados. Sintiéndose en un territorio nuevo en el que jamás había experimentado nunca, Spyro perdió a Bianca mirando una de las ventanas grandes (sus cortinas producían susurros mientras eran agitadas por el viento). Allí había un pequeño gato de melena violeta con ojos de cristal acostado sobre sus patas. Spyro se incomodó de repente. Esos pulidos ojos plantados en ellos irradiaban malas intenciones. Y lo peor de todo era que nadie parecía haberse dado cuenta de aquella presencia, pero Spyro prefirió dejarlo pasar cuando Bianca se paró detrás entre él y Cynder.

—¿Fantasías? ¿Reglas? Qué estupidez… —Susurró ésta, restregando con irá las silabas. Se alzó hacia Zoe, que reaccionó poniendo un pie atrás al tenerla tan cerca—. Escúchame Zoe —Ésta se impactó porque la llamó por su nombre—, entiendo perfectamente que estés preocupada por Bianca, sin embargo, es momento que ella tome las riendas sobre el asunto.

—E-Es... ¡RIDICULO! ¡COMPLETAMENTE RIDICULO! ¡Yo soy la encargada de cuidarla, tú no mocosa y menos tu novio púrpura! —Vociferó Zoe, señalándolos y luego así misma—. ¡Yo sé lo que es mejor para ella! ¡Sé que este plan es absurdo y en contra de las reglas! —Volvió a apuntar a Bianca, que estaba colorada del enojo—. ¡La perjudicarán metiéndola en otro problemón por culpa de ustedes! ¡DE NUEVO!

Spyro entró en conflicto consigo mismo al no saber si reaccionar enojado o dejarse sonrojar, miró de soslayo a Cynder y se preguntó: «¿Novio?... ¿De verdad lo parecemos?», parpadeando como idiota.

—¡Al cuerno con las reglas, vivir encerrado en una maldita ciudad llena de quisquillosos no lo vale! —Chilló Cynder, con las alas amenazadoramente abiertas. Parecía no haber oído aquel apodo que tanto tenía a Spyro con los ojos en blanco—. Han estado viviendo con cadenas toda su vida. Por fin sucede algo realmente interesante que puede cambiarlo todo y lo primero que haces es volverte a poner la cadena. ¡¿Qué no estás harta de vivir con la misma rutina una y otra vez?! ¡¿No quieres por fin probar algo diferente?!

Spyro soltó un gemido de desaprobación. No aceptó el modo en que aquéllas empezaban a mirarse de una manera que chocaban rayos eléctricos con los ojos. Incluso menos cuando estaba contemplando, extrañado, pedazos de vidrio dorados apareciendo de la nada dirigiéndose en la punta de la pequeña varita de Zoe para luego convertirse en una amenazadora estrella del tamaño de una pelota. Era ridículo... Cynder nunca sería capaz de caer en el juego de Zoe, o al menos eso quería creer Spyro antes de verla con los orificios nasales llenos de humo verde y con expresión desafiante: iban a tirarse a golpes... ¿¡Sólo por saber quién tenía razón!?

—Tal vez van a tardar a ser buenas amigas después de todo —Musitó Spyro dirigiéndose a Bianca. Fijo en Cynder y Zoe, se preparó para gritarles—. ¡Oigan, suficie...!

Pero su voz no pudo alcanzar una tonalidad alta porque, desde su lado, Bianca se balanceó un poco hacia adelante, extendió un brazo y agarró el hombro de Cynder, aplicando un suave apretón para que ésta se volteara a verla. Todavía se le asomaba aliento venenoso por la nariz.

—Estás siendo muy rustica con ella, Cynder, de cualquier modo, no podemos forzarla a que cambie de opinión —Le dijo Bianca con tono tranquilo. Soltó a Cynder y se dispuso a alejarse de la mesa, pero antes miró a los jóvenes dragones por encima del hombro—. Hay que irnos antes de que anochezca, así que vayan parándose de sus asientos.

—Tienes toda la razón —Dijo Cynder, muy molesta pero ya calmada y sin veneno asomándose por sus fosas nasales, brincó del asiento y esperó a que Spyro la siguiera, pero éste no podía quitar sus ojos de Zoe, quien se había cruzado de brazos observando el suelo y de seguro frunciendo el entrecejo por como su flequillo le tapaba la cara. Ya no tenía una estrella amenazadora posándose en su varita—. Vamos, Spyro, que ella se lo pierda.

Luego de que Cynder dijera aquello, él solamente observó a la inmóvil hada. Ciertamente las palabras le afectaron y aunque no estaba del todo de acuerdo de cómo se expresó Cynder, estaba de acuerdo. Después de todo, vivir encerrado no era una de sus ideas de vida, aunque, por otro lado, entendía un poco a Zoe: ella deseaba proteger a su amiga de todo peligro, si eso significara a obligarla a vivir encadenada con las leyes y reglamentos de Witchenly. Pero antes de irse, Spyro se arriesgó a probar una última cosa.

—Zoe. Tal vez lo que dijo Cynder sonó rudo, pero lo hizo con la mejor intención. Bianca es una persona increíble y su curiosidad por explorar y conocer el mundo crecerá más mientras esté aquí encerrada. Incluso puedo decir que es mejor apoyarla ahora, a esperar a que cometa una imprudencia en el futuro —Dijo con una voz comprensiva. Al menos dejó eso en claro. No dudaba que un día Bianca se decidiera a aventurarse con él y Cynder a explorar los reinos—. También quiero decirte otra cosa —Prosiguió Spyro rápidamente, con una mirada férrea—. No dudes, ni por un momento, que la protegeremos con todo lo que tenemos. Si hay algo que me disgusta es que gente buena salga herida. Si tengo que poner mi vida por proteger a mis amigos, no dudes que lo haré.

Pero no recibió respuesta alguna, más que un resoplido de desacuerdo provenido de la boquita de Zoe.

Perdiendo hasta el más pequeño pedazo que le quedaba de esperanza de tener a Zoe acompañándoles en esta fantástica travesía, Spyro fue soltando un suspiro de tristeza, con una garra de culpa torturándole las tripas, mientras se daba la vuelta para quedar mirando, en dirección contraria de la mesa, al frente. Muy cerca de la salida, delante de una gran puerta con forma de arco, Bianca y Cynder conversaban tranquilamente; la coneja parecía usar de ejemplo su báculo mágico para explicarle algo a la dragona, que estaba viéndolo con cara de hipnotizada, pero Spyro no prestó atención al girarse hacia atrás. Ya Zoe no estaba en la mesa: no sabía a dónde se fue, pues ni siquiera habían escarchas que le indicasen su paradero, así que Spyro abrió las alas, saltó del asiento, se deslizó por el aire, ejecutando un silbido de avión, y aterrizó en medio de sus amigas. Éstas se preocuparon por verlo cabizbajo y con las alas pegadas al piso y se les acercaron.

—No pongas esa carga larga —Le dijo Cynder, cuando Spyro les comentó que le desmotivaba dejar a Zoe atrás—. Al menos tendremos a una amiga cuidándonos las espaldas allá afuera: si nos metemos en un buen lío, Zoe nos traiga un ejército de cabras.

—Esta vez para rescatarlos en vez de secuestrarlos —Aclaró Bianca entusiasmada, poniéndose de cuquillas para estar a la altura de Spyro y pasearle una mano sobre su cabeza con ternura—. Pero hagámosles el favor de no cometer ningún error para que eso no suceda y juntos le contaremos las maravillas que vamos a encontrar.

¡POF!

—¡No se preocupen por eso, iré con ustedes! —Gritó una distinguida voz chillona que salía de alguna parte de la cabeza de Bianca. Ésta se enderezó de golpe y estuvo a punto de tocarse aquella zona con la mano derecha, pero la apartó enseguida en cuanto unas chispas paralizaron las yemas de los dedos. Soltaba gemidos de dolor mientras sacudía la mano afectada—. Soy Zoe, ¡no una pulga!

—¿Zoe? —Dijo Bianca mirando arriba, y, aunque la voz le flaqueaba, Spyro pudo ver una sonrisa de alegría decorar el rostro de la coneja—. Pensé que no querías meterte en problemas.

Acostada boca arriba como una niña mimada, con las piernas rectas y pies cruzados, con la barbilla acostada sobre los brazos cruzados, Zoe se asomó lo más que pudo del flequillo dorado de Bianca para gozar el asombro de sus amigos.

—Acabo de reconsiderarlo —Dijo—. Si van a hacer esto, ¡alguien debe asegurarse que no lo estropeen!

—Sabes que no debes forzarte a hacer algo que no quieras —Dijo Cynder con preocupación.

—Es verdad —Reconoció Spyro, a su pesar—. No hagas cosas con las que te sientas incomoda.

—No, de verdad quiero ir con ustedes —Contestó Zoe enseguida—. Desde el día de mi nacimiento he visto como otros hacen cosas imposibles para mí, mientras que yo simplemente los observaba... —Poniéndose en cuatro patas, subió un puño y elevó la voz—. ¡Ahora tengo la oportunidad de participar en algo donde puedo aportar algo! ¡No puedo simplemente huir de eso!

—¡Me enorgulleces muchísimo, Zoe! —La felicitó Bianca casi llorando. Llevó ambas manos alrededor de la cabeza, dibujando una especie de arco, las bajó y aplastó a Zoe en un abrazo tan fuerte que a ésta se les salieron los ojos de sus orbitas. Spyro y Cynder se limitaron a reír, aunque ahora la curiosidad por saber el pasado del hada despertó en el joven dragón púrpura, quien, como si el instinto le estuviera tocando el hombro, volteó hacia atrás, observando las ventanas pintadas de naranja por el hermoso atardecer que teñía también las edificaciones del exterior.

El gato simplemente había desaparecido.

Luego de que pasaran cinco segundos o algo así de pura súplica por parte del hada, finalmente Bianca la liberó, radiante de felicidad, y Zoe absorbió aire con mucha desesperación.

—Bien… —Habló por fin el hada, recuperando el aliento. Se sentó con las piernas dobladas, los pies atrás y el resto del cuerpo recto—, de cualquier forma, mi deber es cuidarte, Bianca, pero ahora que tienes a estos dragones siguiéndote supongo que los cuidaré también. Son amigos después de todo —Concluyó Zoe, encogiéndose de hombros.

—Entonces estás dentro —Dijo con orgullo Cynder y se dirigió a Spyro—. Antes de que partamos, Bianca hará «¡Puf!» a ese desastre que dejamos ahí con un conjuro. Creo que se llamaba… B… B… ¡Prrrrr! —A costa de haber olvidado su incapacidad de pronunciar magia, su lengua recibió una mordida y se retorció como si fuera una serpiente agonizando. Cynder escupía saliva hacia Spyro, pero éste pudo taparse con un ala a tiempo—. ¡Oh, perdóname, Spyro! Este rollo de la magia sigue pareciéndome bastante molesto —Dijo Cynder con un tono extraño, pues tenía la lengua salida, herida y roja por la mitad, y sin mencionar lo enojada que estaba.

—Olvídalo —Dijo riendo despreocupadamente Spyro, haciendo un ademán con el ala empapada como para apartar algo cuando en realidad era para echar la saliva pegada al piso—. No hubo necesidad de buscar un hechizo para arreglar agujeros.

Cynder había alzado las cejas, entendiendo aquella indirecta, y movido la cabeza a un lado, haciéndose la ofendida. Golpeaba el piso con el filo de hierro de su cola y producía tintineos secos.

—Vaya, me matas con tus bromitas. De todos modos, tampoco es que quisiera aprender a usar magia y sus trucos fuera de control.

Hubo un silencio de tensión, en el que Spyro echó una mirada rápida a Bianca, luego éste a él, de modo que ambos, al mismo tiempo, lo hicieron con Zoe, pero ésta no aguantó más y estalló a carcajadas, al grado de que sus ojitos comenzaron a brotarle lágrimas que parecían diminutas perlas adornando su feliz rostro de muñeca. Como un parásito expandiéndose, contagió a Bianca y Spyro, que no pudieron disimular ni un poco aunque estuvieran delante de la ofendida Cynder, que se encogía de la humillación a medida que las risas llenaban el salón y se enrollaba a si misma con la cola, como capullo. Tan así fueron las risas que el chef, por mera curiosidad de saber qué estaba pasando afuera, abrió una rejilla de la puerta de su despacho, ojeó, los observó, rió y cerró la puerta con silencio, regresando a sus deberes de cocinero.

Más calmada y secándose una lágrima del ojo, Bianca respiró hondo e hizo gestos con las manos, pidiendo a sus amigos que pararan de reír.

—Te perderás de prácticas diarias y emocionantes, de las cuales cada una es más impredecible que la anterior —Le dijo a una sonrojada Cynder con un toque de dulzura en su melodiosa voz, y pasó entre los jóvenes dragones. Su capa púrpura les había acariciado las mejillas. Cuando se paró estando unos pocos metros de la gran mesa, y su caos, sujetó el báculo con ambas manos, poniéndolo tan alto que un destello de luz se resbaló por su gema al ser rozada por un rayo de sol de las ventanas, y dijo sin mirar atrás con tono de maestra—. La magia es como una caja de sorpresas y, aunque no se ha visto siendo usada por un dragón, aún, no significa que pase una primera vez, y estoy segura que ustedes pueden lograr a hacer el primer paso.

—Ahora demuéstrales las ventajas que podemos tener por saber un poquito de hechicería —La alentó Zoe—: como limpiar esto sin usar las manos, con sólo el poder de la vitalidad.

¡Ollirb!

Su grito pareció haberse multiplicado cien veces al pronunciar aquellas palabras, resonando contra las paredes del comedor, que se oscureció como si una fuerza misteriosa lo hubiera poseído. El báculo, brillando como si contuviera luciérnagas volando en el interior de su gema cristalina y plateada, disparó, con el sonido de una bala, un chorro de chispas que chocó contra la mesa, explotando en escarchas, que fue esparciéndose en los platos sucios, los instrumentos para comer grasientos, las bandejas con huesos de pollo y cueros de carne, y las copas puestas a un lado con el líquido regándose por donde sea, hasta que fueron envueltos por un color parecido al sol (Spyro y Cynder tuvieron que entrecerrar los ojos para seguir viendo). Esbozando una sonrisa de seguridad, Bianca le bastó hacer un pequeño movimiento circular con el báculo para que aquellas cosas desaparecieran como fuegos artificiales.

Spyro y Cynder exclamaron «¡Oooooooooh!», Bianca se sintió halagada, rascándose una mejilla con el dedo, y Zoe subió la barbilla con gesto de presumida.

—Aún no he terminado. Ahora enviaré lo que queda del diario a mi habitación; ahí se mantendrá segura —Dijo Bianca, girando el báculo como porrista, y apuntó con él a la mesa de nuevo—. ¡Noicatropsnartelet!

Esta vez empuñaba el báculo como si temiera a que la fuerza con la que sea que fuera a salir de su punta pudiera mandarla a saludar la pared, pero de todos modos Bianca fue llevada hacia atrás en una posición boca arriba con sus ojos dando piruetas cuando generó unas increíbles ondas celestes, que crecían a medida que se aproximaban al objetivo, a la mesa, produciendo el ruido de una radio descompuesta. Por un momento le llegó a Spyro el impulso de servirle como taburete a Bianca para levantarla pero ésta simplemente saltó de atrás hacia adelante con ayuda de sus manos y, con una libre, hizo gesto como si aplastara algo, y las ondas mágicas se distorsionaron volviéndose más chicas antes de que impactaran contra las páginas de la mesa. En lo único que podía a hacer ahora Spyro era estar tranquilo sentado al lado de Cynder, que barría alegre el piso con la cola, y disfrutar del siguiente acto de magia que estaba haciendo Bianca; ésta aún tenía a Zoe en la cabeza, sentada acomodándose el cabello por lo sucedido. Mientras un aura azul marino envolvía todas las páginas, dejando la mesa como el océano, las hacía levitar, y Bianca recitaba unas palabras empleando aquel idioma mágico, Spyro deslizó su mirada en ellas, buscando, recordando, buscando, dudando, buscando, preocupándose, y, de pronto, su entornó se oscureció y lo dejó a él en un abismo de pensamientos extraños, que le provocaban un dolor de cabeza...

Y entonces Spyro cerró los ojos, y luego imágenes de un paisaje de cristal lo atacaron como murciégalos. Él se defendía sacudiendo la cabeza, pero esos recuerdos se volvieron aún más fuertes.

«El Reino de la Oscuridad…» —Pensó, abriendo los ojos con horror—. «¿Por qué recordar ese lugar me da esta sensación de… miedo…? ¿Será que… tiene algo que ver conmigo, con los dragones púrpuras? Pero… no tendría el menor sentido… De ser así, entonces Magnus lo habría revelado, para que todos lo escribieran en pergaminos y los compartieran al mundo, pero no lo hizo con todo lo que descubrió; el portal, sus inventos, ese lugar, nada… Se lo guardó para él, ¿o no? Tal vez… Tal vez Magnus en realidad tenía otras intenciones, como destruir el mundo… ¡Pudo servirle a Malefor! ¡Compartió sus descubrimientos para que a éste le interesase más saber de su especie y así perdiese la cordura!»

En todo lo que sabía de él, apenas había información realmente contundente. Era eso mismo lo que lo estaba carcomiendo por dentro; el no saber nada era demasiado frustrante cuando necesitaba respuestas, y más si quería calmarse. Perfectamente Magnus pudo haberle entregado a Malefor sus hallazgos, o de plano ser el causante de sus decisiones. En el fondo, Spyro quería creer que eso era mentira y sólo necesitaba indagar más, sin embargo, su escasez de pruebas no causaba más que aumentar sus sospechas, y eso simplemente lo hacía temblar... Espera.

¿Temblar? No, no sólo eso, también le costaba respirar…

Tenía miedo.

Y si eso no fuera suficiente castigo, también sus patas las sentía torpes; no podía moverlas, o su miedo las había unido al piso con cadenas: estaban quietas, estrechamente juntas e incapaces de aunque sea mover una garra. Torciendo de lado en lado el cuello para ver paralelamente el lugar, Spyro no encontró a sus amigas, o quizás ellas aún seguían ahí pero él era el paranoico que las había esfumado inconscientemente, y, asumiendo con creciente odio hacia a si mismo que sea lo que fuera esto podía ser un juego de muy mal gusto producido por su propia cabeza, regresó a pensar en el autor, con el ceño fruncido. Como si estuviera en un recuerdo del pasado, podía ver a Magnus (muy parecido a Malefor), en algún sitio secreto donde la luz apenas le rociaba la nuca, el lomo y las alas, riéndose de los ingenuos que eran sus compañeros (que podrían ser los Guardianes de aquella época remota) mientras patinaba la pluma sobre el diario con ojos de demente. Veía, como en una película de terror, a Magnus salir, batir las alas, volar sobre picos de rocas y aterrizar en una cueva, muy apartada del Reino Dragón, esperando a que saliera un joven Malefor, cuya estatura apenas le llegaba al pecho. Oía (aunque no sabía cómo sería la voz de Magnus) un murmullo bajo y distorsionado: «Pronto, muy pronto tu entrenamiento concluirá, mi joven aprendiz. Esos tontos de mentes cerradas no supieron valorar tu talento, pero yo sí. Por fin he averiguado el secreto de los Dragones Púrpuras, que es un poder sin límites que sólo tú, Malefor, puedes controlar, y pronto te alzarás sobre aquellos que te despojaron injustamente, ¡y superarás sus creencias convirtiéndote en el dragón más poderoso del mundo!» Y entonces ellos aparecían otra vez que se reían con timbres graves y agudos. A medida que Spyro se iba distanciándose de ellos, más los apreciaba en una montaña aterradoramente flaca y rodeada de neblina, que era el Pozo de las Almas en sus inicios de construcción, sin calavera ni con un rayo entrando por su boca abierta.

En aquel momento, para la sorpresa de Spyro, un tacto suave se paseó por sus patas, transmitiéndole un calor que se subió, como raíces, hasta su pecho. Respirando, Spyro torció un poco las comisuras del labio a forma de sonrisa, y los colores regresaron a dar vida a su entorno.

—Spyro, ¿qué te ocurre? —Preguntó Cynder, mirándole preocupada, con su pata derecha delante todavía sobando la de Spyro, que parpadeaba ante aquella acción. Al frente de ellos, a Bianca le faltaba nada para terminar mientras Zoe le hablaba de cosas que realmente no les importaba. Desde donde pudo ver Spyro, la mesa estaba como si nunca hubiera tenido dragones peleándose por un trozo de carne, y las páginas ya no estaban. Pensar en ésas puso a Spyro otra vez desanimado. Cuando Cynder se dio cuenta de que Spyro no había hecho ni el más mínimo ruido, continuó—. Sé lo mucho que te gusta despegar hacia tu mundillo a reflexionar sobre tus pensamientos, pero empiezas a preocuparme cuando colocas esas caras, y no puedo ayudarte si no te abres conmigo.

El joven dragón miró de reojo a su compañera. Su mirada le causaba un revoltijo de culpa en su estómago. «Venga, Spyro, dile de una vez lo que te molesta. Ya le juraste que ibas a ser más franco, ¿por qué sigues echándote para atrás cuando se te presenta la oportunidad?» Se maldijo por dentro «Es mucho peor verla preocuparse por ti que tú por ella, y no deberías hacerlo sabiendo sus problemas. Y si sigues callándote te volverás loco, así que hazte un favor y exprésate con alguien, ¡y Cynder es perfecta!» Y mucho más motivado, aunque le doliera admitirlo, desgraciadamente había descartado a Bianca y Zoe, pues las había imaginado poniéndose muy histéricas después de habérseles confesado el rollo de confusión que apretaba su cabeza y desintegrando el diario de Magnus con magia.

Spyro largó un profundo suspiro.

—Cynder, estoy… asustado.

—Ya veo… —Murmuró Cynder. Los ojos esmeraldas le brillaban—. ¿Sabes? Yo también tengo miedo.

—De… ¿De verdad? —Preguntó Spyro, asombrado.

—Sí, pero estoy segura que lo superaremos —Prosiguió Cynder, con una voz y una mirada que irradiaban seguridad—. Después de todo, eres tú el que está de nuestro lado. Has logrado hazañas en lo que llevas de vida y en todas lo arriesgabas todo, ésta es sólo otra de muchas piedras en el camino que te has forjado. Eres alguien muy valiente que no teme enfrentar el peligro, con tal de ayudar a otros. Incluso si eso significa la muerte —Empleó un tono de dulzura en las siguientes palabras—. Créeme, yo experimenté tal determinación en carne propia, doy fe de ello.

Spyro sintió sus ánimos recobrarse. Fue impulsado a golpear el piso con la cola, produciendo sonidos secos, y se dijo muy contento: «¡Tiene razón! Esto no es más que una piedra más que superar. Magnus, no, el mundo esconderá sus secretos, y tal vez algunos serán peligrosos, pero, mientras esté con mis amigos y siga creyendo en el camino que voy, todo saldrá bien.» Y como si sus temores abandonaran casi por completo de él, con dejarle nada más que paz y buenas ganas de seguir hacia adelante, se concentró en los maravillosos ojos de Cynder. Ésta le sonreía al verlo así, y Spyro oyó golpeteos de una cola feliz detrás de ella.

—Gracias Cynder —Le dijo Spyro, y, con cariño, le correspondió apretándole también sus patas—. Eres más comprensiva de lo que pareces, ¿sabes?

—No es para tanto —Dijo Cynder, sonrojada—. Tú me apoyaste, así que, es justo que…

—¡Amigos, ya he terminado!

Llegó Bianca. Rápidamente Spyro y Cynder se apartaron las patas y giraron las cabezas en direcciones opuestas, fingiendo como que nada había pasado, pero las manchas rojas de sus mejillas decían otra cosa. Por suerte, Bianca parecía no haberse dado cuenta, y Zoe tampoco.

—Lamento haberme demorado —Dijo con voz entrecortada. Traía una pinta como si hubiera cargado un kilo de peso en la espalda—. Usar Teletransportación en un espacio chico es más complicado de lo que creí, pero al menos funcionó —Dándose media vuelta, apuntó con el báculo a la mesa como si fuera algo maravilloso—. ¡Miren, la he dejado como cristal recién pulido!

Fuertes en evitar hacer contacto visual directo mientras se volteaban, el intenso brillo emanando de aquél en donde hacía unos minutos se habían devorado una buena cantidad de comida se reflejó en los ojos de plato de Spyro y Cynder. Platos, cuchillos y cucharas parecían bañados con brillantina. No había platos a la vista. Y un haz blanquecino de limpieza hizo acto de presencia para seguir automáticamente la mirada de Spyro en cuanto él puso su mirada en la superficie de la mesa, perdiéndose de su vista cuando terminó de inspeccionar el lado de la derecha para ir a la izquierda pero ayudándole a notar algo curioso posado en medio de ésta.

—Creo que dejaste una página abandonada, Bianca —Dijo señalando algo con forma de carta. Desde donde estaba, sólo veía que la parte superior e inferior de aquélla había sido doblada hacia atrás, para adentro, de modo que estuviera parada, seguramente con el objetivo de que se le resaltara lo que tuviera escrito.

—¿Eh? ¡Oh! Desde luego nunca dejaría una página alejada de su familia, no soy tan descuidada con las cosas —Contestó Bianca con seguridad—. Las he transferido en mi mesita de noche dentro de mi habitación, que posee un alto nivel de seguridad, pues nada más permite su paso a su dueña, pero no tienen nada de por qué preocuparse. Si quieren hacerle una visita para, no sé, leer el diario por ejemplo, pídanmelo a mí o a Zoe. Y en cuanto a eso… —Curvó el cuello para mover la cabeza un poco hacia atrás, mirando por encima del hombro la mesa—. Es un gesto de nuestra parte para recompensar todo lo que hizo Batomb. A todos les gusta sentirse un poco agradecidos por sus esfuerzos después de todo.

—Muy cierto —Corroboró Cynder y miró a Spyro—. Volvamos a vencer a un enemigo loco en busca del poder un día de estos, así nuestros estómagos estarán vacíos para cuando regresemos aquí.

—Uh, si, delicioso, etc.: un momento para recordar por siglos —Cortó el tono criticón de la vocecita de Zoe, que venía arriba de Bianca (ésta gimió sobresaltada) antes de que Spyro pudiera levantar un centímetro su boca. Él, al subir la cabeza con una ceja levantada, se percató que ella estaba sentada, con las piernas firmemente cruzadas al igual que los brazos—. Oigan, atrasados, si voy a poner en juego mi estatus perfecto aventurándome con ustedes mínimo quiero que mi placa criminal diga que hice debidamente mi travesura. ¡Y no lo voy a tener si se ponen a hablar a cada rato! —Bramó con los brazos duros hacia abajo y con cara de mandona.

—¡Uh, tienes razón, y se nos está agotando los minutos! —Exclamó Bianca, alarmada—. Spyro, Cynder, ¿están preparados para esta aventura?

—No hacen falta respuestas —Afirmó Spyro luego de compartir una mirada de decisión juguetona con Cynder—. Andando.

—¡Qué emoción! —Chilló Bianca, incapaz de dar saltitos de entusiasmo, y, una vez recuperara la compostura, advirtió—. Ok, prepárense, porque será un viaje agitado —Puso en alto el báculo, gritando con la fuerza de más de mil voces—. ¡Revom!

El comedor volvió entornarse oscuro y a quedarse en silencio. La gema del báculo mágico género un destello color platino y chorreó un líquido similar al agua en dirección al techo. Vigilando los metros que iba tomando con una expresión de concentración nunca antes vista, Bianca, profiriendo un alarido agudo, condujo el báculo en sentido diagonal, sin pegar por accidente a Spyro y a Cynder, de modo que mágicamente partiera el líquido en tres hilos más delgados, mandándolos a bajar. En torno a Bianca, Zoe, Cynder y Spyro, aquellos hilos translucidos fueron rodeándolos como si los estuviera metiendo en un tornado, dando vueltas cada vez más fuertes. Por un momento, a Spyro le pareció que estaba dentro de una jaula hermosa, pero entonces comenzó a sentir sus extremidades desaparecer, y su entusiasmo se le fue. Levantando las patas delanteras con una lentitud aterradora, Spyro ahogó un grito al verlas convertirse en polvo.

—¡Oh, esto es...! —Exclamaba Spyro. No sabía si aterrarse o emocionarse. Miró a los lados. ¿Sus amigas se desvanecían? Con la velocidad que giraban los hilos, que les parecían más unas rejas, era tan rápida que se mareaba al intentar distinguir los colores mezclados del lugar, y tampoco podía alcanzar a oír nada porque lo único que le azotaban los oídos eran silbidos violentos de un auténtico tornado—.¡INCREIIIBLEEE….!

Y después de que diese unas cinco vueltas más, el tornado se esfumó, sin llevarse nada externo consigo, pero si a los que habían estado dentro. Había puro polvo mágico, cayendo como lluvia al piso.

Batomb había estado afuera del despacho durante todo aquel tiempo, vigilando aquel escenario con atención y fascinación. Con pasos de pingüino, rodeó las tres primeras mesas, metiéndose entre el tercero y el cuarto del lado izquierdo, para agarrar la carta yacida sobre este último con las aletas, leyéndola con creciente interés.

La carta estaba escrito con el lenguaje mágico. La ortografía de Bianca era corrida, legible, muy bonita y hasta se podía decir que perfecta:

Queremos agradecerle por el buen servicio que nos has dado. Esperamos no haberles molestado tanto, si lo hicimos, de verdad lo sentimos mucho y realmente no fue nuestra intención. Su comida fue un manjar excelente para nuestros estómagos, que quedaron impresionados ante su talento culinario, el cual es digno de renombre. Cuando volvamos en el futuro, muchos dragones hambrientos e insaciables estarán impacientes por probar tu deliciosa comida. Qué pases una bonita y acogedora noche.

De parte de: Bianca, Zoe, Spyro y Cynder (con dibujos animados de sus caras sonrientes)

Y Batomb se sintió halago.