I. Jaula


El reflejo en el charco solidificado por las nevadas, a la entrada de la cueva en la montaña, convertida en templo, le devolvió una mirada dorada enmarcada por el cielo encapotado. Gruñó, mezcla de desolación y odio, la piel del rostro contrayéndose y mostrando afilados colmillos, no demasiado largos para ocultarse, sí lo suficiente filosos para perforar la piel y drenar la sangre de sus presas.

Cerró el puño y contuvo las ganas de estallar. Enojarse no valía la pena. Hacerlo prolongaría su sufrimiento, mermando la energía que le quedaba, y lo haría sucumbir a la locura de su maldición. Si eso pasaba lo pagaría el desdichado que, resguardado por un escuadrón de sacerdotisas y monjes encabezados por el sacerdote principal tañendo la campana sagrada, se dirigía a transformarse en su comida.

Situó lejos su atención, enfocándose en el grupo que cruzaba el río congelado, frontera entre las tierras mortales y donde moraban los inmortales.

Era hora de ir a su encuentro.

Suspirando, su cuerpo se deshizo en una nube vaporosa que cabalgó el viento, atravesando kilómetros en un instante hasta materializarse a metros de distancia.

—¡Oh, gran Deidad de las Montañas! —pronunció el sacerdote haciendo reverencia—, el feudo se postra ante tu divinidad, a merced de tu piedad, y con agrado obsequia esta sencilla ofrenda.

Las sacerdotisas y los monjes se adelantaron, inclinándose y alzando por encima de sus cabezas cajas, cuyo contenido se revelaba a su agudo olfato. Frutas, carnes, incienso y nihonshu.

Eso no era lo que necesitaba, más los humanos —¡tercos!— insistían en ofrendarle alimentos insulsos e intragables. Se aferró a la cordura, el hambre apretándole las entrañas y secando su consciencia.

—¿Es él? —señaló al hombre que no se movió del fondo del grupo, ataviado en ropas ceremoniales.

—Sí —dijo, vacilante, el sacerdote—. El señor feudal respeta tanto el convenio con nuestra gran Deidad, que ha enviado a su hijo a…

No interesaba.

Envolviendo en una nube negra al grupo lo despojó de sus cargas regresando al templo a oscuras. Soltó en el duro y gélido tatami a su presa, las cajas de madera resistieron la caída sin abrirse. El recorrido de la sangre por las venas del humano, y el pulso acelerado resultado de la sorpresa, junto con el recordatorio del hambre anulando su propio razonamiento; lo alejaron

Recluido en las sombras hizo cuanto estuvo a su alcance para serenar su ansia. Debía darle una muerte rápida, que respondiera a su parte consciente, no lenta y cruel que satisficiera sus instintos casi demoniacos. Hundió los colmillos en los labios. El relámpago de dolor sacudió su juicio.

—De ser posible me placería morir ya.

Los enviados a servir de sacrificio solían dividirse en dos tipos: los que rogaban y los que luchaban. Por muy sumisos que fueran los hombres y mujeres conducidos a su mesa, al tenerlo delante, el deseo de vivir despertaba de cara a la amenaza real de muerte, impulsándolos a rogar por su vida o pretender defenderla. Nunca servía ni una ni otra.

No obstante…

—Hace mucho frío—el hijo del señor feudal estornudó, arrastrándose por el suelo—, y si no me mata usted lo hará un resfriado. Sinceramente —una caja fue abierta— no me apetece convalecer en un lugar semejante.

El chasquido del pedernal, y el susurro de una gruesa vara de incienso al ser encendida, alumbró vagamente el rostro del mortal que demandaba luz para distinguir el entorno, a diferencia suya, que aun en la falta de iluminación estudió sus rasgos, cual si los viera bajo los rayos del sol.

—¿Ya puedo morir?

No obstante… aquel humano era distinto. El golpeteo de su corazón se sosegaba, revelando que el azoramiento fue más por la conmoción de ser arrastrado al templo, que por el miedo de hallarse en su presencia. Sus pupilas no temblaban. Su voz era firme, rozando la insolencia. Y su pregunta denotaba más sinceridad que las intenciones de la bestia de matarlo.

Sentado en flor de loto, rodeado por las cajas, sosteniendo el incienso que desprendía un nauseabundo aroma a sándalo, el hijo del señor feudal entrecerró los ojos, buscándolo en la oscuridad.

—Oh, Gran Deidad de las Montañas —pronunció burlón, encogiendo los hombros al temblar a causa de la temperatura—, esos puntos refulgentes que veo, ¿son sus ojos o fuegos fatuos que pregonan su muerte, abandonada su cena viva en mitad de quien-sabe-dónde?

La bestia se envaró, intimidado por la ausencia de miedo. Enderezó el cuerpo recordándose lo que era: un monstruo. Un monstruo no teme a los mortales. Debía terminar con él y su absurda confianza:

—Humano —su voz resonó acompañada de eco sobrenatural, imbuida de magia dirigida al control de la frágil mente mortal—, ¿me darás tu sangre y vida por voluntad propia?

La farsa llevaba siglos repitiéndose. A cambio de un sacrificio de sangre, protegía las tierras y les insuflaba fertilidad, ahuyentaba a los demonios y acercaba a los buenos espíritus. Los sacrificios debías ser voluntarios y hubo una época en que lo fueron, siendo deidad amada y bendita. Al inicio, no ahora, que el tiempo, y la sangre derramada en los dominios de su padre, lo permutaron en una detestable y grotesca malformación.

A ese aberrante despojo que quedó de lo que en otrora fue un ser divino, ningún humano rindió por gusto ni una plegaria, ni un tributo, ni mucho menos su vida. Obligado a obligarlos a seguir alimentado el hambre que le acuciaba, hambre enferma, su naturaleza se torció un tanto más y su apariencia, antes benévola, mudó en un reflejo de su podredumbre.

Los ojos dorados de la deidad se tornaron rojos, emitiendo el hechizo subyugador de la voluntad humana a su favor.

—¿Lo harás? —confirmó el cuestionamiento al que sabía de antemano la respuesta, en pie y andando hasta el hombre que sería su alimento, previo a invernar y sumirse en el sueño del que esperaba no despertar.

—¿Qué pasa si me niego?

El monstruo se detuvo en seco.

—¿Negarte?

—Sí —el humano bostezó acomodándose en el suelo, de costado, jugueteando con los rescoldos del incienso—, pensé que me devorarías sin preguntar, pero necesitas mi consentimiento, ¿cierto? —no le permitió confirmar o negar, deduciendo por su cuenta—, por lo que puedo negarme, y aunque morir suena tentador, la verdad es que no quiero hacerlo de manera dolorosa. Así que si puedo evitarlo, lógicamente lo haré, siempre y cuando la elección no sea rebasada por sus secuelas.

Lógica en exceso calculadora para un mortal, y aún más extraordinario que eso, una inmunidad a su poder que ningún otro poseyó.

—Acerté —aceptó su pasmo, sonriendo triunfante—. Así que, ¿qué pasará si me niego?

El hambre desapareció, o más bien dejó de prestarle cuidado, manteniéndose de pie a escasa distancia de quien debía ser su presa y lo tenía a su merced, cual si los papeles se hubieran invertido.

—Estaremos atados —respondió en automático—. Me has sido ofrecido, y mientras no te libere…

—Me mates —precisó el mortal.

—… no podré tomar a nadie más, ni tú abandonarás mis dominios sagrados. Es un trato vinculante entre sacrificio y deidad.

—Más bien un trato vinculante entre pueblo y deidad. La postura del sacrificio es insignificante. Al ofrendársele queda ligado a ti —la bestia asintió en consecuencia a la atinada observación del humano, dándole igual la informalidad del trato.

El silencio que prosiguió le hizo pensar que el joven se derrumbaba por dentro, al reconocer que no tenía escapatoria, que por perspicaz que fuera, en el vínculo formado entre ambos, no había arreglo valido. Lo moviera a mostrarse impasible el deber con su pueblo, o el simple deseo de vivir, nada lo regresaría a su vida corriente, e invariablemente cedería a su destino.

Sin embargo, en vez de ver la desesperación florecer encima de su resolución, la bestia se descubrió siendo escrutado por una mirada astuta e impasible, llenándolo de una sensación, no de amenaza, sino de ser superado.

—¡Qué horror! —pronunció teatral el hombre, apoyando la vara de incienso en el ángulo interno de una caja cercana, bostezando—, parece que mi padre encontró el modo de deshacerse de mí —se rascó el estómago, introduciendo la mano en una apertura del kimono ceremonial—. El viejo me ganó la partida.

Sin entender qué sucedía, su hambre fue vencida por el asombro.

—Supongo que me quedaré hasta convertirme en una antigüedad, o hasta que descubra el modo de zafarme de este lío —pronunció con una sonrisa de resignación el hijo del señor feudal, que era anuncio de catástrofe para la bestia.

Anulada la oportunidad de enfurecer por su apetito sin aplacar, o por que un simple bocadillo se negaba a ser comido, socavando su autoridad; Atsushi entendería tarde que era prisionero, no de su sacrificio, sino de un entramado meramente humano. Criatura divina enjaulada en un pacto.