Los personajes no me pertenecen, son propiedad de J.K Rowling.
Primero que todo, pediros una gran disculpa por haber tardado TANTO en actualizar. Pasé un episodio de depresión bastante fuerte durante el verano y después comencé las clases, las cuales me dejan con un escaso tiempo libre.
Éste capítulo era muy importante para mí, y me lo he tomado con calma hasta quedar satisfecha con el resultado, así que espero que después de leerlo creáis que la espera ha valido la pena.
Gracias por haber sido tan pacientes.
Capítulo 6.
La noche antes de comenzar las vacaciones de navidad Draco estaba nervioso a más no poder, y a consecuencia de ello, le era imposible dormirse.
Ya desesperado por estar dando tantas vueltas en la cama se destapó y fue enfurruñado al salón donde se quedó leyendo un buen rato. Pero aquello hizo que su nerviosismo fuera a peor, ya que no podía concentrarse en la lectura, su atención estaba puesta en el reloj de cuco; eran solo las 3am, y aún faltaban muchas horas hasta su partida por la mañana. Dejó caer de mala manera el libro sobre la mesa, maldiciéndose a sí mismo al hacer un fuerte ruido en el momento en que el libro chocó secamente contra la superficie de la mesa. Pocos segundos después la puerta de la habitación de Luna se abrió, saliendo ella aún adormilada.
–¿Qué ha pasado? –preguntó mientras se frotaba un ojo con la palma de la mano y se acercaba al sofá en el que estaba sentado Draco. Él suspiró pesadamente, sintiéndose culpable por haberla despertado.
–No ha sido nada, Luna, perdona. He tirado el libro contra la mesa y he hecho demasiado ruido. Siento haberte despertado. –se pasó las manos por el pelo suspirando exasperado.
–Eh, ¿Qué ocurre? –preguntó sentándose a su lado– ¿Es por lo de mañana? Ya te he dicho mil veces que papá está encantado con que vengas, pero pienso repetírtelo mil veces más si hace falta para que te entre en la cabeza.
Si Draco tenía que ser sincero consigo mismo, aquello no era lo que más nervioso le ponía; había estado preparando una sorpresa para Luna desde el día después que le convenció para pasar las vacaciones con ella y su padre. Y sabía que aquello marcaría un antes y un después en su relación, ¿cómo no iba a estar nervioso?
Pero sí, después de todo lo que pasó, tener que pasar semanas junto a Xenophilius también le ponía nervioso. Aunque ya se había hecho a la idea, así que aquello no era lo que más le asustaba ahora mismo.
Solo esperaba obtener el perdón sincero de Xenophilius. Por mucho que creyera que no lo mereciera.
–No te preocupes, Luna, solo estoy nervioso y no podía pegar ojo. Tengo ganas de ir ya a tu casa, pero es eso, son solo los nervios. –respondió él dedicándole una pequeña sonrisa.
–¿Quieres que me quede despierta contigo? –preguntó con preocupación.
–No, ve a dormir, seguiré leyendo un rato.
–Como quieras, si necesitas cualquier cosa despiértame.
–Claro. Muchas gracias.
Antes de levantarse del sofá, Luna le dio un pequeño abrazo a Draco y finalmente volvió a su habitación.
Draco reemprendió su lectura hasta que su mente volvió a obsesionarse con el tic–tac del reloj y se dio cuenta de que aquella noche no conseguiría leer nada más.
Miró de nuevo el reloj que ahora marcaba las 4:30am y decidió darle otra oportunidad a su cama; aunque su cuerpo le decía que no dormiría, no quiso hacerle caso.
Cerró el libro y se levantó del sofá. Antes de entrar a su habitación se dio cuenta de que Luna había dejado la puerta abierta, cosa que no solía hacer nunca, y Draco entendió que lo hizo para poder estar más atenta a si le volvía a ocurrir algo.
Aquellos pequeños actos hacían que Draco tuviera más claro que nunca lo que sentía por ella; se moría por gritarlo a los cuatro vientos. Pero por una vez, tendría que tener algo de paciencia para que todo saliera bien.
Entró a la habitación de Luna, se acercó hasta su cama y cuando se aseguró de que llevaba sus zapatillas puestas por si tenía una noche de sonambulismo, la arropó bien para que no pasase frío.
Le dio un beso en la frente y antes de marcharse dejó la puerta semi abierta.
Ya de nuevo en su habitación y sintiendo que cada vez estaba más nervioso, prefirió deshacer y volver a hacer su baúl para asegurarse de que no se dejaba nada.
Tal como había predicho, aquella noche Draco no pudo pegar ojo, y por consecuencia, cuando llegó el momento de ir hacia la estación de tren de Hogsmeade sentía cómo sus párpados luchaban por mantenerse abiertos.
–Aprovecha el viaje para dormir –sugirió Luna.
–Creo que voy a dormirme quiera o no, en el momento en que me siente me voy a quedar dormido de golpe –dijo él riendo–. ¿Tenemos que ir en el vagón de prefectos esta vez?
–No, a no ser que un prefecto necesite nuestra ayuda. Pero no te preocupes, tú aprovecha para descansar, si pasa algo ya me encargo yo de todo.
–Muchas gracias.
Y otra vez, tal como predijo, nada más sentarse en su asiento y apoyar la cabeza contra la ventana tardó pocos minutos en dormirse.
Un pequeño ''¡Boom!'' le despertó. Al abrir los ojos se encontró con Luna, Ginny, Neville, Harry y Ron jugando a naipes explosivos. Sonrió al ver que Luna tenía la nariz sucia, seguramente debido a la explosión ocurrida escasos segundos atrás. Estiró el brazo para poder limpiarle y ella arrugó la nariz pero se dejó hacer. Ginny al contemplar la escena les miró con una expresión suspicaz pero sin decir nada.
–¿Quién va ganando? –preguntó Draco intentando desperezarse un poco.
–Ginny –respondieron todos al unísono. Ginny sonrió con suficiencia. Ya les había ganado unas cinco veces.
Mientras sacaban una baraja nueva –pues ésta ya estaba medio destrozada después de tantas partidas– la bruja del carrito abrió la puerta de su compartimento.
–¿Queréis algo del carrito chicos? –preguntó en un tono cariñoso. Todos menos Draco y Luna se levantaron corriendo para comprar dulces.
–¿Puedo invitarte a algo? –le preguntó Luna a Draco haciéndole ojitos; sabía que esa era la única manera de convencerle para poder comprarle algo.
–Está bien. Pero solo un paquete de varitas de regaliz, nada más. –respondió él con una sonrisa.
Luna se levantó corriendo del asiento y fue con los demás al carrito. Al volver lo hizo con dos empanadas de calabaza, un paquete de grajeas de todos los sabores y las varitas de regaliz para Draco.
–Aquí tienes –dijo tendiéndole las varitas de regaliz a Draco.
–Muchas gracias –respondió él. Y como acto reflejo le dio un beso en la mejilla a Luna. El corazón por poco no se le sale del pecho al darse cuenta de lo que acaba de hacer como si nada, pero al ver que Luna solo sonreía y se ponía a comer una empanda de calabaza no le dio más importancia.
Lo peor fue cuando vio cómo Ginny les miraba con los ojos cómicamente abiertos y pareciendo que estaba aguantando la respiración. Se levantó del asiento de un respingo y salió del compartimento gritando ''¡HERMIONE!''. Luna rió inocentemente de aquello, pero Draco estaba cien por cien convencido de que estaba corriendo a explicarle lo que acababa de pasar.
Esta vez Luna se sentó junto a Draco, comiéndose una de las empanadas de calabaza y suspirando satisfecha mientras observaba el paisaje a través de la ventana.
Pocos minutos después Ginny y Hermione entraron al compartimento y se sentaron frente a Draco y Luna.
–Ron, te toca hacer la guardia por los pasillos –le informó Hermione, y él resignado dejó de comer grajeas de todos los sabores y salió del compartimento.
–Oh, es verdad que se me olvidaba. ¿Has dormido suficiente? Solo han pasado tres horas desde que partimos de la estación de Hogsmeade. Pero no creo que hayas descansado suficiente –Le comentó Luna con preocupación, Draco sonrió sintiendo algo cálido en su pecho, algo que ocurría cada vez que Luna se preocupaba por él. Aunque más bien…ocurría siempre que estaba cerca de ella.
–Aún tengo algo de sueño, pero me siento un poco mejor.
–¿Seguro que no quieres dormir un poco más?
–Bueno, pero solo un rato –dicho esto, Luna no tardó nada en hacer que se tumbase en el asiento y acomodase la cabeza en su regazo. Ginny y Hermione miraban esta escena con la boca abierta. Luna no entendía por qué reaccionaron así, pero no le dio más importancia. Sacó de su mochila –que había dejado apoyada bajo el asiento– el último número de El Quisquilloso y cuando vio que Draco estaba cómodo procedió a leer la revista.
–Draco…Draco despierta, ya falta poco para llegar a King's Cross –dijo Luna tratando de despertarle. Draco finalmente abrió perezosamente los ojos incorporándose en el asiento. La fatiga que sentía por todo el cuerpo le dejó claro que había dormido demasiadas horas en una mala posición. Pero habiendo podido dormir en el regazo de Luna hacía que mereciese la pena.
Se incorporó apoyando la espalda contra el asiento y estirando los brazos, tratando de que su cuerpo dejase de sentirse tan agarrotado.
Cuando finalmente empezó a sentirse mejor, apoyó los brazos sobre la mesa y se relajó contemplando el paisaje londinense que se abría paso ante el Expreso de Hogwarts.
Luna se quedó mirando las manos de Draco hasta que se dio cuenta de que allí faltaba algo.
–Oye…¿Cómo es que no llevas tu anillo? No sueles quitártelo… –preguntó Luna con curiosidad.
–El otro día se me cayó al suelo y se rayó. Se lo he enviado a mi madre para ver si se puede arreglar, no me gustaría que se estropease más –respondió él tratando que aquello no sonase como una excusa barata.
–Oh, vale –dijo Luna sin más. Draco suspiró aliviado.
Poco a poco el Expreso fue ralentizando su marcha, indicando que estaban próximos a la estación de King's Cross. Todo el mundo empezó a levantarse bajando de las bandejas su equipaje, ansiosos por bajar del Expreso y ver por fin a sus familias.
Luna ya se había echado al hombro su mochila, emocionada por ver a su padre. Draco por otra parte, pensaba una y otra vez cómo saludar a Xenophilius, si de verdad le había perdonado como Luna decía.
No dudaba en su palabra, eso por supuesto, pero se le hacía difícil creer que realmente merecía su perdón. No le culparía si en el fondo, le guardase rencor por lo que pasaron él y Luna.
Aun así, tenía muchas ganas de pasar las siguientes semanas junto a ella y su padre, pudiendo conocer a su familia un poco mejor.
En el momento en que el Expreso frenó finalmente, Draco sintió cómo el corazón comenzaba a latirle cada vez más deprisa; cómo su cuerpo se paralizaba de repente. ¿De qué estaba tan asustado? Ni él mismo lo sabía con certeza. Ya no le importaba lo que la gente dijera de él. Le daba igual que le vieran marcharse con los Lovegood. Llevaba meses dándole igual lo que dijeran de Luna y él. Pero, ¿Tanto miedo le daba lo que Xenophilius pudiera pensar de él? Hacía unas horas parecía que la idea no le asustaba lo más mínimo. Quizá lo que verdaderamente le asustaba, era que ahora realmente iba a enfrentarse a la realidad. Que en unos minutos, estaría cara a cara junto a Xenophilius, y será entonces cuando sepa de verdad si durante todo este tiempo, le ha estado odiando o no.
Al sentir cómo alguien le tomaba por el rostro se sobresaltó, pero al volver a ser consciente de lo que pasaba a su alrededor y ver que quien lo había hecho era Luna, se relajó automáticamente.
–Draco, escúchame –pidió ella. Cuando finalmente obtuvo toda su atención, prosiguió–. Papá se muere por conocerte, no pienses que te odia o te guarda algún tipo de rencor, ¿De acuerdo? –dijo Luna tratando de que Draco dejara de pensar tan negativamente. No le hacía falta ser telépata para saber que aquella reacción había sido por el hecho de que él y su padre estaban a punto de conocerse.
Draco asintió y rodeó a Luna con sus brazos, estrujándola como si así todos sus miedos e inseguridades pudieran desaparecer. Y en el momento en que Luna le devolvió el abrazo, realmente desaparecieron.
Luna se despidió de todos sus amigos, y para sorpresa de Draco, todos hicieron lo mismo con él e incluso le desearon unas buenas vacaciones. Aún le costaba acostumbrarse a que después de todo lo que había pasado entre ellos, le tratasen con tanta amabilidad.
Pero quizá tenía que tener más presentes las palabras de Luna, y pensar en que el pasado está donde debe de estar.
Y no se arrepentía, al contrario, si se tenía que arrepentir de algo, es de haberles tratado tan mal y haber sido un completo engreído durante tantos años. Y si realmente merecía una segunda oportunidad en la vida, pensaba enmendar todo el daño que le hizo a todo el mundo.
Quizá si el primer día de clase no hubiera hablado con Luna, ahora mismo no estaría pensando así, quizá seguiría pensando que su lugar se encontraba en Azkaban. Pero ahora sin duda alguna, sabía que su lugar se encontraba junto a Luna.
Todo el mundo comenzó a bajarse del Expreso, tratando de hacerlo de manera ordenada pero fallando un poco en el intento debido a la emoción. Luna tomó a Draco de la mano y no le soltó ni un solo instante mientras atravesaban los pasillos hasta llegar a la salida en uno de los vagones.
Ya en el andén, esperaron hasta que pudieron coger su baúl y finalmente buscaron con la mirada a Xenophilius, al encontrarle, él les estaba saludando con la mano junto a una gran sonrisa. Luna soltó a Draco y corrió hasta su lado sin mirar atrás, Draco sonrió al verla tan feliz. Puso ambos baúles sobre un carrito que estaba abandonado en medio del andén y fue junto a ellos. Luna estaba abrazando a su padre con fuerza, diciendo cuánto le había echado de menos. Por su parte, Xenophilius estaba haciendo exactamente lo mismo, solo que cuando escuchó como Draco se acercaba hasta ellos, levantó la vista y le dedicó una gran sonrisa. Draco sin saber muy bien cómo, le devolvió el gesto.
Xenophilius soltó a Luna y fue a abrazar a Draco. Aquello le desconcertó un poco, no sabía muy bien cómo reaccionar, pero al ver la mirada ilusionada de Luna, correspondió al abrazo, sintiendo cómo un poco del peso que llevaba sobre los hombros desde hacía años desaparecía, dejándole respirar por un instante.
A veces no entendía por qué le costaba tanto creer en las segundas oportunidades.
Al llegar a casa de los Lovegood, Draco miró a su alrededor sonriendo al darse cuenta de que todo era tan ''Luna'', desde las ciruelas dirigibles hasta la reconstruida casa circular. Era todo peculiar; diferente. Pero eso era lo que a Draco más le gustaba de Luna y su familia, que eran diferentes de una manera única.
Quizá años atrás, cuando era aquel niño tan repelente y arrogante, jamás lo habría reconocido, lo habría negado una y otra vez. Pero ahora se repetía sin parar lo admirable que era ser diferente y que no te importe ni un poco lo que los demás digan de ti.
A él le habría gustado ser así; le habría gustado que su familia le enseñase que la opinión de los demás no importaba, que lo que de verdad importa es sentirte feliz siendo quien realmente eres. Y Draco ciertamente, nunca se había sentido feliz siendo quien era; porque nunca hasta después de la guerra pudo ser quien realmente es.
Al entrar la casa estaba un poco desordenada, con números de El Quisquilloso por aquí y por allá, al igual que montones de pergaminos con lo que parecían ser anotaciones para los siguientes números. O quien sabe, quizá eran simplemente divagaciones de Xenophilius.
Pero por lo demás, aún con todo el desorden, seguía siendo una casa acogedora. Seguía siendo un hogar. Un lugar cálido en el que te sientes cómodo y seguro; un lugar del cual no quieres huir.
Draco se sentía abrumado, pensando en ese instante más que nunca lo agradecido que estaba de que Luna le hubiera convencido de venir. Porque sabía que de haber ido a la mansión Malfoy, lo más seguro, a pesar de la compañía de su madre, es que hubiera acabado huyendo de allí.
¿A dónde? Ni él lo sabía. Pero muy en el fondo sentía que si tuviera que huir a algún lugar, sería allá donde Luna estuviera.
Al mirar lo nuevo que parecía todo la culpabilidad volvió a calarle hondo; durante un tiempo lo perdieron todo…por mi culpa. Pensó él lamentándose de nuevo por todo lo que los Lovegood tuvieron que pasar.
Como si Luna hubiera leído su mente se acercó a su lado.
–¿Qué te parece? –le preguntó Luna, con una vocecilla cantarina. Al verla tan feliz, como si tratara de decirle con la mirada nada de lo que pasó fue culpa tuya, consiguió relajarse y dejar de lado todos aquellos pensamientos que le perseguían sin descanso. Permitiéndose por fin sonreír.
–Nunca había visto una casa circular. Es rara, pero me gusta. –respondió él de manera sincera.
Luna no dijo nada más, le miró con los ojos abiertos, brillando de una manera que pocas veces había visto en ellos, y le dedicó una gran sonrisa.
Cuando acabó de curiosear la planta baja Luna tomó su mano y le llevó hasta la planta superior donde se encontraban todas las habitaciones.
–Papá ha preparado esta habitación para ti, normalmente es mi estudio –comentó ella al entrar en una de las tres habitaciones de la planta superior. Junto a la ventana había un escritorio lleno de material; pinceles, pintura, lienzos y lo que parecían ser dibujos a medio terminar. En las estanterías había montones de libros, y Draco daba por seguro que la mitad de ellos serían sobre criaturas fantásticas. Al final de la habitación había ya preparada una cama para él.
Al pensar en que su padre había ordenado la habitación, estuvo muy tentado en preguntar que por qué no tenían la ayuda de un elfo doméstico, pero después de meses conociendo a Luna, la respuesta era más que obvia, y no necesitaba preguntarlo para saber que tanto ella como su padre jamás apoyarían la esclavitud de los elfos domésticos.
–Se nota que es tu estudio, tiene algo muy tú –comentó Draco consiguiendo sacarle una sonrisa a Luna.
Luna estaba entusiasmada con tener a Draco en casa. A parte de Ginny, –ya que más abajo de la colina se encontraba La Madriguera– no solía recibir a menudo visitas de sus amigos, por eso estaba tan agradecida de que Draco hubiera aceptado venir a pasar las fiestas con ella y su padre.
Cuando Luna le enseñó su habitación, Draco no podía parar de sonreír. Siempre se había imaginado que la habitación de Luna sería un caos ordenado, –como ella solía llamar a su desorden– pero todo estaba donde parecía que debía estar. Todas las paredes estaban llenas de cuadros con dibujos de criaturas fantásticas. Draco estaba seguro que su antiguo yo estaría convencido de que todo aquello era pura fantasía, pero viéndolas ahora, estaba un poco más seguro de que todas aquellas criaturas eran reales, como si quien las hubiera dibujado, lo hubiera hecho contemplándolas directamente.
–¿Te gustan? –preguntó Luna, esta vez con una vocecilla tímida.
–La verdad es que sí, parecen fotografías –respondió él con admiración. Al escuchar la respuesta, Luna sonrió complacida.
–Los hizo mamá...no solo era una bruja extraordinaria, también era toda una artista.
Aquel ''era'' hizo que a Draco le doliera el corazón por un instante, dudoso de si era apropiado preguntar al respecto. Sabía que Luna no se lo tomaría a malas, así que finalmente se atrevió a preguntar:
–...¿Era? –preguntó Draco con algo de inseguridad.
–Oh claro, nunca te lo he explicado...como te he dicho, era una bruja extraordinaria, pero le gustaba mucho experimentar, un día uno de sus hechizos no salió bien. Tenía nueve años cuando la vi morir.
Luna explicaba la muerte de su madre como si de un recuerdo más se tratase. Draco pensaba en que si aquello le hubiera pasado a su madre y hubiera tenido que contemplarlo, el dolor le hubiera desgarrado por completo el corazón. Y aunque a Luna aquello todavía le seguía doliendo, le consolaba el hecho que a pesar de todo, su padre seguía a su lado.
–Lo siento mucho... –fue lo único que Draco consiguió decir.
–No lo sientas, no fue culpa tuya. Y aunque la echo muchísimo de menos, ella nunca se irá del todo, su recuerdo sigue aquí –dijo señalando a los cuadros– y aquí –dijo esta vez apoyando la diestra sobre su corazón– mientras nunca la olvidemos, jamás se irá de nuestro lado.
No sabía qué responder a eso, así que rodeó a Luna en un cálido abrazo. A Draco le abrumaba lo fuerte que Luna era siempre. Luna inmediatamente correspondió al abrazo, sin duda los abrazos de Draco eran sus favoritos.
–¡Luna!, ¡Draco!, cuando podáis bajad, tengo algo que comentaros –exclamó Xenophilius desde la planta de abajo para que Draco y Luna pudieran escucharle.
Ambos se separaron, dedicándose una pequeña y tímida sonrisa para finalmente bajar a la planta de abajo.
–¿Qué querías papá? –preguntó Luna con curiosidad.
–El señor Scamander nos ha invitado a pasar la víspera de navidad en su casa de Brighton, ¿Os apetece venir? –preguntó animadamente.
Luna estaba muy tentada a decirle que prefería quedarse en casa con Draco, ya que las últimas navidades que pasaron con los Scamander, Rolf no paró de incomodarla tirándole los tejos, pero al pensar en que esta vez tendría a Draco a su lado, quizá esta vez Rolf no se atrevería a hacerlo.
–¡Claro! ¿A ti te apetece, Draco? –le preguntó con una gran sonrisa.
Draco sabía que jamás podría decirle que no a Luna, y menos cuando sonreía de aquella manera tan radiante.
–Por mí perfecto, seguro que lo pasamos genial –respondió él, recibiendo un efusivo abrazo por parte de Luna que correspondió al instante.
Mientras ambos se abrazaban, Draco nunca pensó que al dar con la mirada de Xenophilius se encontraría con una pequeña sonrisa y una cálida mirada contemplando la escena.
¿A caso Xenophilius intuía lo que ambos sentían por el otro? Era probable, pero Draco no quiso darle más vueltas.
Durante la cena comentaban animados las nuevas investigaciones que Xenophilius había hecho para el Quisquilloso, Luna proponiendo nuevos artículos que había ido redactando a lo largo de los meses y a raíz sus clases de Cuidado de las Criaturas Mágicas. Draco iba haciendo preguntas sobre dichas criaturas, y tanto Luna como Xenophilius respondían encantados hasta acabar desvariando.
Poco a poco Draco se iba relajando más, aunque aún se sentía algo nervioso si se tenía que quedar a solas con Xenophilius, ya no se sentía al borde de un ataque de pánico como le pasaba antes de comenzar las vacaciones de navidad. Cada vez se sentía más y más agradecido de que Luna le hubiera convencido de venir. Sabía que –a excepción de su madre– jamás podría sentirse así de cómodo y aceptado en la mansión Malfoy. Aunque su padre había ''recapacitado'' sobre las decisiones que tomó a lo largo de su vida, y ya no era tan radical en algunos aspectos, estaba completamente seguro de que si toda esta situación hubiera sido al revés, y fuera Luna quien pasara las navidades en su casa, Lucius juzgaría a Luna; juzgaría su amistad; y peor que todo eso, juzgaría el hecho de que Draco se haya enamorado de ella.
Y Draco no estaba dispuesto a que Luna tuviera que pasar por eso.
24 de Diciembre
–¿Lo tenéis todo? –preguntó Xenophilius en cuanto Draco y Luna bajaron las escaleras.
Ambos revisaron sus mochilas una vez más para ver si se habían dejado algo.
–¡Todo listo! –respondió Luna con entusiasmo.
–Yo igual –dijo Draco, sin darse cuenta de que se había quedado embelesado mirando lo feliz que Luna parecía estar.
–Perfecto entonces, id a la chimenea, usaremos la Red Flu para llegar antes.
Uno a uno fueron pasando por la chimenea hasta llegar a la casa de los Scamander en Brighton a través de la Red Flu.
Al llegar, Draco pensó por un instante que seguía en casa de los Lovegood, solo que en una habitación diferente, pues delante de la chimenea había cuadros de distintas criaturas, Luna al notarlo se acercó a su lado cogiéndole de la mano.
–Los Scamander han sido Magizoólogos durante un par de generaciones, de momento, todas esas criaturas fueron descubiertas por el abuelo de Rolf: Newt Scamander. Rolf también quiere ser Magizoólogo, creo que él y yo somos los únicos en Hogwarts con interés por esa carrera. –explicó Luna con su cantarina voz.
–¿Newt Scamander? Me suena ese nombre... –dijo Draco mirando a Luna con curiosidad. Luna le sonrió sabiendo que acabaría deduciendo quién era Newt.
–¡Es el escritor de tu libro favorito! –espetó él, satisfecho al ver cómo la sonrisa de Luna se ensanchaba al escuchar su respuesta.
–Exacto, ''Animales Fantásticos y dónde encontrarlos''. Además, su retrato es la entrada de nuestra sala común –dijo ella soltando una pequeña risita. Draco rodó los ojos, dándose cuenta de por qué Luna siempre se ponía tan contenta al ver el retrato de la entrada.
–Lo había olvidado. No me extraña que te emocione tanto llegar a la sala común, es como si para mí hubiera un retrato de Nicolas Flamel –explicó él con una gran sonrisa.
Poca gente sabía lo mucho que a Draco le interesaba la alquimia, quizá la única persona que se había interesado por sus gustos hasta tal punto era Luna.
Luna comprendió al instante a lo que Draco se refería, le dio un pequeño apretón en la mano y apoyó la cabeza contra su hombro.
–Creo que serás un alquimista asombroso –comentó ella como si lo que hubiera dicho fuera un simple cumplido. Pero sabía que no era así; sabía que para Draco aquello era un gran ''apoyo tus sueños y metas'', cosa que nadie más hacía.
Aquello realmente le rompía el corazón a Luna, cómo nadie más apoyaba lo que Draco anhelaba, en lo que realmente destacaba y era brillante.
Draco sintió un nudo en la garganta y cómo algo cálido se instauraba en su pecho, llenándole –aún más si era posible– de gratitud hacia Luna. ¿Qué habré hecho para merecerla? Se preguntaba él.
Inclinó el rostro y depositó un beso en su sien.
–Y tú serás la mejor Magizoóloga que ha existido –respondió él con la voz llena de afecto.
Perdidos en el pequeño mundo que a veces solían compartir, se sobresaltaron al escuchar cómo Xenophilius carraspeaba mirándoles con una ceja alzada, devolviéndoles inmediatamente a la realidad.
Draco se sonrojó al instante, pero Luna simplemente sonrió aún más sin soltarle la mano a Draco en ningún momento.
–¡Xenophilius! ¡Luna! Qué alegría volver a veros –saludo Eugene Scamander con entusiasmo al ver a los Lovegood.
Detrás de Eugene le seguía Rolf, que al ver a Draco se quedó ojiplático.
–¿¡Qué hace Malfoy en nuestra casa?! –espetó él, con la voz llena de confusión y molestia. Eugene frunció el ceño al percatarse de la presencia de Draco.
Draco se tensó al escucharle, pensando que era demasiado bonito que nadie le hubiera juzgado durante tanto tiempo. Luna se tensó igual, mirando a Rolf con el entrecejo fruncido, y apretando un poco más fuerte la mano de Draco.
–Draco está pasando las vacaciones con nosotros. –comentó Luna sin más. Quería decir que si no querían a Draco en su casa, ella se iría con él sin pensarlo dos veces. No quería ser tan descortés, pero si era necesario, se iría junto a Draco sin dudarlo.
–¿De verdad sois amigos? –preguntó Rolf incrédulo. Había escuchado rumores en Hogwarts sobre la amistad entre Draco y Luna, pero no podía llegar a creerlo.
–Pues claro, Draco es uno de mis mejores amigos –respondió ella con firmeza. Y aunque le hubiera gustado decir mucho más sobre cómo se sentía respecto a Draco, sabía que no era el momento adecuado.
Draco besó de nuevo su sien, tratando se esconder una pequeña sonrisa.
–Gracias –susurró él.
–Pues si es así, bienvenido entonces –dijo Eugene acercándose a ambos y extendiéndole amablemente una mano a Draco.
Draco le dio un firme apretón y trató de dedicarle una sonrisa en agradecimiento, aunque acabó siendo más bien una tímida sonrisa.
Rolf no se fiaba de Draco, así que simplemente se quedó al margen de la situación, mirando la escena con el entrecejo fruncido.
–Luna, ¿Por qué no le enseñas el paseo marítimo a Draco? –comentó amablemente Xenophilius.
–¡Claro! –respondió ella entusiasmada, llevándose a Draco fuera de casa para que pudieran pasear por la playa hasta llegar al paseo marítimo.
Draco sabía que Xenophilius había sugerido aquello para que pudieran estar tranquilos un rato. Se sentía realmente agradecido de que los Lovegood le tuvieran tanta estima a pesar de todo lo que había ocurrido en el pasado.
Aun así, Draco seguía sintiéndose un poco acongojado ante la presencia de la familia Scamander. Nunca había llegado a conocer a Rolf en persona, y si se lo había cruzado en algún momento por la escuela, ciertamente no conservaba el recuerdo de ello.
Quizá por lo único que se acordaba de él y su padre, era por las veces que Luna le había explicado que su familia y la de Rolf se conocen desde hace años y suelen ir de vacaciones juntos.
Luna contemplaba a Draco en silencio, sintiendo en su mirada lo que muy probablemente estaba él pensando. No le gustaba que Draco se sintiera rechazado o juzgado por los demás. Era obvio que su pasado era algo que le iba a perseguir a lo largo de su vida, pero aun así, le dolía que la gente no se molestara en escucharle; que no se molestara en ver la encantadora persona que era Draco ahora.
Si pudiera demostrarle al mundo entero lo mucho que Draco había cambiado, lo haría sin dudarlo ni un segundo.
Por otra parte, Draco estaba cada vez más sumido en sus pensamientos, sin poder ser consciente de la belleza que les rodeaba. No fue hasta que Luna le dio un apretón en la mano que volvió a tocar de pies a tierra, encontrándose con su cálida sonrisa, tratando de decirle con ella ''no estás solo''. Y él lo sabía; sabía que Luna era una persona leal a sus amigos, que ella jamás iba a juzgarle por lo que los demás pensaran –o dijeran– de él. Le devolvió el apretón contagiándose de su sonrisa, tratando de transmitir un silencioso ''gracias''.
Caminaron en silencio por la orilla del mar hasta llegar al paseo marítimo, sin separar sus manos en ningún momento, disfrutando de la compañía del otro y la intimidad del momento. Al llegar al final del paseo marítimo se encontraron con un gran carrusel. Siendo tan temprano todavía no había mucha gente, y cuando Luna lo miró con una cara llena de ilusión Draco no pudo hacer más que soltarle la mano y dejar que fuera a disfrutar. Pero para su sorpresa Luna volvió a cogerle la mano, arrastrándole junto a ella al carrusel.
Luna corrió a subirse a un unicornio y Draco se subió al que había a su lado. ¿Qué dirían si vieran a un Malfoy subido a un unicornio en un carrusel? Pensó Draco. Y por primera vez en mucho tiempo, se dio cuenta de que no le importaba; que lo único que le importaba en ese instante era ser feliz; ser feliz junto a Luna.
Y desde hacía muchos meses, desde que Luna entró en su vida, podía afirmar que lo era; finalmente podía decir que era feliz.
Draco contempló a Luna reír mientras el carrusel daba vueltas y el viento mecía su cabello, como si aquella visión no fuera real; como si Luna hubiera salido de un cuento de hadas y fuera un ser hermoso. Sintiéndose abrumado y agradecido por estar junto a ella en aquel preciso instante.
Sintiendo finalmente que si la vida le había dado una segunda oportunidad, era precisamente para que pudiera disfrutarla junto a Luna.
Miró al mar que les rodeaba dándose cuenta por fin de la belleza del paisaje, para después volver a fijar su mirada en Luna. Nada superaba su belleza, ni el paisaje más espectacular y maravilloso podía compararse a lo que sentía cuando contemplaba a Luna; ningún paisaje había logrado jamás quitarle el aliento de aquella manera ni que su corazón latiera como si fuera a salir disparado de su pecho.
Nada podía compararse a la belleza de Luna.
Quería capturar aquella imagen de Luna y poder verla siempre que cerrara los ojos, pero sabía que no le hacía falta hacerlo, que aquella imagen tan bella de Luna estaría junto a su corazón por toda la eternidad.
Cuando el carrusel se detuvo Luna bajó dando un salto mirando a Draco con ilusión.
–¡Ha sido tan divertido! –exclamó ella con la voz llena de felicidad.
–La verdad es que sí, nunca imaginé que me lo podría pasar tan bien en algo que hubieran creado muggles –comentó Draco con sinceridad.
–Me alegra de que ahora veas las cosas así. Es maravilloso poder vivir sin tener prejuicios contra nadie –dijo Luna. Y aunque no estaba seguro de si se refería a él o a todo el mundo en general, se sintió bien consigo mismo. Se alegraba de haber dejado de lado todos los prejuicios sobre los muggles que su familia le había inculcado desde siempre.
–¿Volvemos a casa? –preguntó Luna ofreciéndole su diestra para que Draco la tomara, y él lo hizo encantado.
La vuelta a casa de los Scamander fue tranquila, disfrutando del silencio entre ambos, escuchando el sonido de las olas. A pesar del frío, Luna se había quitado los zapatos para poder caminar por la orilla de la playa. Draco sonreía sin parar al contemplar a Luna, y agradecía que estuvieran a solas y que nadie más pudiera ser partícipe de aquel momento.
Al llegar a casa Luna comenzaba a tiritar a causa del frío ambiente de diciembre y del agua, pero aun así no dejó de sonreír en todo momento.
Mientras se secaba los pies le explicó a su padre y a Eugene Scamander lo bien que se lo habían pasado en el carrusel.
–¿Iremos a algún lugar hoy? –preguntó Luna mientras se ponía de nuevo los zapatos.
–No lo creo, Eugene y yo nos meteremos en la cocina pronto por la tarde para preparar la cena –comentó Xenophilius.
–¿No usáis magia para prepararla? –preguntó Draco con curiosidad.
–No. Nos gusta hacerlo de la manera tradicional, la comida sabe mucho mejor cuando le pones un poco de cariño –respondió Xenophilius con una gran sonrisa.
–En ese caso...no he cocinado nunca, pero si necesitáis ayuda contad conmigo –dijo Draco un poco avergonzado.
–¡Yo también quiero ayudar, papá! –comentó Luna con entusiasmo.
–Muchas gracias a los dos, cuando nos pongamos con la cena os avisaré para que me ayudéis –Xenophilius estaba realmente entusiasmado al ver cómo Draco quería implicarse y ayudar.
Después de ayudar con la cena, Draco se sintió realmente orgulloso de sí mismo; Xenophilius le había enseñado algo tan simple como pelar patatas y cortar la verdura adecuadamente, y aunque para cualquier persona quizá era algo insignificante, que Xenophilius haya tenido la paciencia de enseñarle algo tan simple, para Draco era algo maravilloso y por lo que sentirse tremendamente agradecido.
Entre Xenophilius y Eugene prepararon el pavo, Rolf el relleno del pavo y la salsa de arándanos, y entre Draco y Luna prepararon las patatas asadas con mantequilla y las coles de bruselas.
Una vez se sentaron a la mesa y se pusieron a comer, Draco pudo asegurar que nunca había comido algo que supiera tan bien. Y podía afirmar con seguridad de que Xenophilius tenía toda la razón cuando explicaba que la comida sabía mucho mejor cuando la preparas con cariño y no con magia.
Los Lovegood y los Scamander se pusieron a hablar sobre criaturas fantásticas y Draco comenzó a sentirse un poco desubicado por no poder aportar nada el tema. Luna al notarlo, trató de llevar el tema hacia donde Draco pudiera opinar también.
–Creo que el verano que viene conseguiremos encontrar por fin al Snorckack de cuerno arrugado, tengo un buen presentimiento –comentó ella mientras miraba de reojo a Draco con una pequeña sonrisa.
–¿Son las criaturas que me explicaste el primer día que nos vimos? ¿Los que se parecen a los...Erumpent? –al ver cómo el rostro de Luna se iluminaba al haber recordado tanto lo que ella le explicó, como lo que leyó en su artículo en El Quisquilloso.
–¡Sí! ¿Crees que los encontraremos?
–Creo que sí, lleváis muchos años buscándolos, estoy seguro de que acabarán apareciendo.
–Ojalá tengas razón –dijo Xenophilius, completamente feliz de ver cómo Draco se interesaba por lo que tanto apasionaba a Luna.
Cuando ya era hora de irse a dormir, Luna abrazaba con fuerza a Draco, no queriendo soltarle.
–Si tienes pesadillas ven a buscarme, ¿Vale? –dijo ella con preocupación.
–Lo haré, muchas gracias, Luna –dijo él abrazándola con un poco de fuerza, sintiéndose igual que Luna, sin querer que el abrazo terminase– Buenas noches –se despidió él depositando un beso en su frente.
–Buenas noches, Draco –se despidió ella también, poniéndose de puntillas y depositando un beso en su mejilla.
Luna se separó y fue hacia su habitación. En cuanto Draco se metió en la cama, notó cómo el corazón le latía descontroladamente, sabiendo que mañana iba a ser un gran día. Aunque no estaba muy seguro de si los nervios iban a dejarle dormir algo.
25 de Diciembre.
Tanto a Draco como a Luna les costó horrores dormirse, a Luna porque la navidad le emocionaba de sobremanera, y a Draco...ya no estaba seguro de por qué estaba tan nervioso a estas alturas, si era porque había sido la primera vez que pasaba las navidades con una amiga de verdad; si era por la hospitalidad del señor Lovegood o del señor Scamander –aunque a Rolf no le hiciera la misma gracia tenerle cerca– ...o si era por lo que estaba a punto de suceder.
La mañana del veinticinco de Diciembre había empezado quizá demasiado pronto para Draco, al mirar por la ventana vio que el sol estaba empezando a salir, así que no debía de ser mucho más tarde de las ocho. Se estiró tratando de desperezarse, pensando en si era buena idea salir de la cama y empezar a arreglarse, pero los nervios estaban empezando a ser más presentes, e incluso respirar le estaba siendo difícil. Con el corazón a mil por hora y miles de mariposas en el estómago finalmente se decidió a levantarse, cogiendo de su mochila la ropa que se pondría.
Al salir de la habitación con cuidado, escuchó un completo silencio por toda la casa, así que se quedó más tranquilo al ir a asearse al baño.
Por otra parte, mientras Draco terminaba de vestirse, Luna comenzaba a desperezarse, instalándose en su rostro una gran sonrisa al darse cuenta de qué día había llegado finalmente. Se sentó en la cama, mirando por la ventana y sintiendo cómo comenzaba a emocionarse cada vez más.
Salió de la cama dando un salto, y fue corriendo a buscar a Draco a su habitación, pero al ver que no estaba se quedó sentada en su cama esperándole.
Poco tardó él en volver, y en cuanto dejó el pijama sobre la mochila se dio cuenta de que no estaba solo en la habitación.
–Oh, Luna, buenos días. –saludó él con una pequeña sonrisa, sintiendo cómo sus nervios no hacían más que aumentar.
–¡Buenos días, Draco! –saludó Luna entusiasmada, para después levantarse y correr hacia Draco para darle un fuerte abrazo– ¡Feliz Navidad!
–Feliz Navidad. –respondió envolviendo a Luna con sus brazos.
–¿Quieres que cuando me arregle intercambiemos regalos? –preguntó con su dulce vocecilla soñadora, percibiéndose a la perfección lo emocionada que estaba.
–Claro, me parece perfecto.
–¡Pues entonces no tardo!
Y dicho esto, Luna corrió a su habitación en busca de qué ponerse para después ir al baño a toda prisa.
Draco se puso la diestra en el pecho, teniendo la sensación como si el corazón casi le doliera de lo fuerte que le latía. Estaba a punto de suceder, y él no estaba seguro de si estaba preparado para ello.
De la mochila sacó un pequeño paquetito junto a un pergamino meticulosamente doblado. Draco no solía hacer muchos regalos, así que esperaba que este fuera lo suficientemente perfecto para Luna. Pues su corazón casi dependía de él.
Antes de que pudiera seguir su hilo de pensamientos sobre el regalo, Luna regresó a la habitación con un paquete entre sus manos. Draco supuso que ese sería su regalo, y una mezcla de felicidad y nervios –más de los que ya tenía– se instauraron en él, pensando en lo feliz que le hacía que alguien se tomara la molestia de regalarle algo, y eso que todavía no sabía lo que era el dicho regalo.
–¿Quieres ir a fuera? –preguntó ella, señalando el regalo que Draco tenía en sus manos, indicándole si quería hacer el intercambio en otro lugar.
Draco asintió, y ambos bajaron las escaleras hasta llegar a la planta baja. Luna pensó en que el pequeño patio que tenían los Scamander era el lugar perfecto, así que salieron por la puerta que había junto a la cocina. Ciertamente, Draco no había estado muy atento a lo grande que realmente era la casa de los Scamander, y en que justo en la parte trasera de ésta, tenían un patio, aunque al estar en él, Draco pensó en que era más bien como un bosque en miniatura.
Le dio la sensación de que en los árboles se movía alguna cosa, y al poner toda su atención en ellos, vio que había pequeños Bowtruckles custodiándolos. A decir verdad, es de las pocas criaturas que no le daban miedo, y realmente pensaba que eran adorables.
–¿Son muy bonitos, verdad? –comentó Luna al darse cuenta de que Draco se había quedado observando fijamente a los Bowtruckles.
–La verdad es que sí, recuerdo cuando en Cuidado de Criaturas Mágicas los estudiamos, fue muy divertido –respondió él.
–Normalmente son muy pacíficos, pero si se sienten amenazados o que vas a hacer daño el árbol que custodian, pueden morderte muy fuerte –comentó Luna con una gran sonrisa– Son autóctonos del oeste de Inglaterra, pero pueden adaptarse muy bien a cualquier ambiente. Oh, ¿Sabías que normalmente el árbol que custodian sirve para crear varitas mágicas?
–No, la verdad es que no lo recordaba. Es muy interesante –a Draco realmente le encantaba cómo Luna hablaba apasionadamente de criaturas mágicas.
Después de contemplar a los pequeños Bowtruckles durante un rato, decidieron sentarse en uno de los bancos de piedra, junto a una pequeña fuente donde los pájaros aterrizaban cada cierto tiempo para parar a beber o remojarse las alas.
–¿Puedo darte mi regalo primero? –preguntó Luna con un poco de impaciencia. Draco sonrió, se sintió un poco aliviado de que no tuviera que ser su regalo el primero.
–Claro.
Luna le dio su regalo, completamente emocionada. Draco dejó el suyo apoyado a su lado en el banco para poder abrir el de Luna con cuidado.
Era un paquete un poco grande y rectangular, con el envoltorio de un brillante azul. No quiso hacer suposiciones de qué sería, así que con cuidado y un poco de impaciencia comenzó a desenvolverlo. Al ver lo que era, Draco casi se echa a llorar; era un retrato –con el inconfundible estilo de Luna– de él y Luna, enmarcado en un precioso marco de color dorado con un estilo un poco rococó. Observó con atención todos los detalles del retrato; la meticulosa línea del trazo, todo el esfuerzo que Luna había puesto en que el color quedara perfecto...realmente era perfecto. Era el mejor regalo que Draco había recibido en toda su vida, y finalmente, una traicionera lágrima acabó resbalando por su mejilla.
Se sentía abrumado, no podía separar la vista del retrato, y cuanto más lo miraba, más perfecto le parecía, y ya no podía contenerlo más.
–Es perfecto, Luna. Muchísimas gracias –dijo él con sinceridad, sin poder ocultar ya las lágrimas que iban cayéndole.
–No es nada, de verdad. Imaginé que no solían hacerte muchos regalos hechos a mano, así que pensé en que sería un buen regalo –comentó ella como si aquello no fuera gran cosa, cuando para Draco había significado el mundo entero.
–Lo es, es el mejor regalo que me han hecho, en serio, muchas gracias –sin poder soltar el regalo, abrazó a Luna con fuerza, perdiendo la cuenta de cuánto tiempo permanecieron en esa posición.
Al separarse, Draco fue consciente de que le tocaba darle a Luna su regalo, y de los mismos nervios notó cómo le temblaban las manos. Luna le miraba con la cara llena de ilusión, y era ahora o nunca. Cogió el regaló y el pergamino que había dejado junto a él, y finalmente se lo entregó a Luna.
–La carta va al final, primero el paquete –comentó él nervioso al ver cómo Luna dudaba en qué mirar primero.
Luna asintió y con una gran sonrisa comenzó a desenvolver el regalo, éste con un papel de color morado. Miró la pequeña cajita de madera con curiosidad, y mientras la abría, Draco podía jurar que el corazón estaba a punto de salirle disparado del pecho.
Al ver lo que la cajita contenía, Luna miró perpleja a Draco, sin entender muy bien por qué le había regalado eso. Lo sacó con cuidado, con miedo de que pudiera pasarle algo; era el anillo de Draco, el anillo que hasta hacía unos días, nunca le había visto sin él puesto.
–En la carta lo explico todo –dijo él con la voz entrecortada por los nervios.
Luna desplegó el pergamino y procedió a leer la carta:
Querida Luna,
Supongo que te estarás preguntando por qué te estoy regalando mi anillo, bien, éste es el por qué:
Como bien sabes, cuando cumplí dieciséis años me vi obligado a convertirme en un Mortífago, pero hubo una persona, solo una, que se negó con todas sus fuerzas a que lo fuera, incluso si eso le ponía en peligro; mi madre.
Pero yo sabía que era algo inevitable, mi padre había fracaso en la última tarea que el señor Tenebroso le había encomendado, y si no hacía lo que él ordenaba, iba a poner en peligro a mi familia, y mi madre no merecía eso. Quería protegerla, aunque tuviera que dar la vida por ella.
Sabía que matar a Dumbledore era imposible, pero el miedo a que le pudiera pasar algo a mi madre, me hizo tener la confianza en que podía hacerlo, aunque no quisiera.
Ella quiso ayudarme, intentó que mi tía Bellatrix no fuera tan dura conmigo mientras me enseñaba Oclumancia. Pero cuando llegó el día que tuve que volver a Hogwarts, le daba mucho miedo lo que me pudiera pasar, así que hechizó mi anillo, como si hubiera creado un amuleto.
Me ayudó a sentirme seguro cuando menos lo estuve; me hizo sentir protegido. Me hizo darme cuenta de que era la manera que tuvo de que su corazón me acompañara, de hacer que no me sintiera solo.
Por eso he querido regalártelo, creo que ya no necesito ese anillo, porque tú me haces sentir así; me haces sentir protegido y a salvo; contigo siento que nunca más estaré solo.
Por eso a cambio, yo he querido darte algo que nunca antes le había entregado a nadie más; mi corazón.
–Draco.
Luna leyó la carta una y otra vez, completamente abrumada. No solo por lo que Draco tuvo que vivir, sino por todos los sentimientos implicados en aquella carta; sentimientos que Luna conocía muy bien.
Quería decirle mil cosas a Draco, empezando por querer agradecerle un regalo con tanto valor sentimental. Quería decirle lo mucho que aquellas palabras habían significado para ella, pues estaba segura de que no le había resultado fácil escribir todo aquello.
Quería decir algo al respecto; decirle que los sentimientos eran correspondidos, pero Draco la había dejado sin palabras. Desde hacía tiempo, quizá desde el incidente con Peeves, Luna intuía los sentimientos de Draco, pues ella se sentía de la misma manera.
Luna buscó la mirada de Draco, perdiéndose en ella. Y aunque a ella le martilleaba el corazón por la emoción, a Draco le martilleaba por los nervios al no recibir una respuesta de Luna. Quería decirle que no tenía por qué responder, y mucho menos corresponder a sus sentimientos, pero lo necesitaba; necesitaba saber qué era lo que Luna sentía.
Luna pensó en qué decirle, pues quería abrir también su corazón, pero cuando estuvo a punto de hacerlo, en una de las ramas del árbol que tenían junto a ellos, comenzó a formarse un pequeño arbusto de muérdago, quedando justo encima de sus cabezas.
Ambos contemplaron cómo el muérdago crecía, para después volver a fijar sus miradas. Sus ojos brillaban con esperanza, y Luna pensó que quizá una acción podría demostrar mil veces mejor sus sentimientos antes que unas cuantas palabras.
Así que poco a poco fue inclinando el rostro hacia el de Draco, imitando él sus movimientos, y antes de que pudieran pensarlo dos veces, sus labios se encontraron, encajando a la perfección como si hubieran estado creados para acabar uniéndose.
Y Luna tuvo razón, aquello era mucho mejor. En aquel beso pudo decirle a Draco ''tú también me gustas'', y aunque pensaba decírselo igualmente, de aquella manera pudo expresar a la perfección cómo correspondía a sus sentimientos.
Muchas veces en su día a día no necesitaban hablar para entender lo que el otro sentía, y ahora era el momento idóneo para ponerlo en práctica una vez más.
Draco lo entendió; aquello era lo único que necesitaba para saber que Luna sentía lo mismo que él. Que al igual que su corazón le pertenecía a Luna, el suyo le pertenecía a él.
Sentía que podía ponerse a llorar de felicidad en cualquier momento.
Cuando se separaron, habiendo perdido completamente la noción del tiempo, los dos se perdieron en la mirada del otro, sin ser conscientes de que tenían una sonrisa de oreja a oreja.
Volvieron a besarse, disfrutando de algo que anhelaban quizá desde antes de que fueran conscientes de ello; que sus corazones encontrasen finalmente el lugar al que realmente pertenecen.
Sin duda alguna, Draco creía que pasar la navidad con los Lovegood, había sido la mejor decisión de su vida.
Muchísimas gracias por haber tenido la paciencia suficiente para esperar a que actualizara, espero que el capítulo os haya gustado y haya valido la pena esperar tanto.
Estaba deseando que este momento llegara, y por fin ha ocurrido, ¡Draco y Luna han confesado finalmente sus sentimientos!
Me encantaría escuchar vuestra opinión del capítulo, así que sed libres de dejar un comentario con lo que pensáis.
No sé cuándo podré volver a actualizar, pero aunque tarde mucho, os prometo que veréis el final de esta historia. Muchas gracias por vuestro apoyo.
Nos vemos en el siguiente capítulo.
