IV. Atado


El sonido del crepitar de la madera lo sacó de su ensimismamiento. El sobresalto hizo que unas de las verduras, que torpemente cortó con un viejo cuchillo del templo, cayera y rodara. Fue inesperado, así que ni siquiera reflexionó el ir a su caza pidiéndole que se detuviera. Cuando la rodaja de taro se tambaleó y cayó de costado, la adelantó varios pasos. Retrocedió, la tomó y soltó aire.

Escuchó una risilla a sus espaldas. Giró y vio una sombra desaparecer rumbo a la estancia que habilitaron como habitación, en tanto en la que se encontraba se convirtió en una especie de ala principal, cocina y almacén de lo indispensable. Los labios se le torcieron en mueca divertida. Atsushi no fue tan rápido para evitar ser notado. Imaginaba que se marchó a ocultar una sonrisa, que de inicio escaseaban al predominar la ira y la turbación.

Depositó el taro en una tinaja de agua para el lavado de las verduras, improvisada en una de las cajas de ofrendas. Recargado en el borde, el agua inquieta y el fondo cubierto de tubérculos rebanados, se observó en el reflejo.

Su experiencia en la cocina se limitaba a la incursión que tuvo siendo un niño, que llevó a quienes probaron su intento de dulces tradicionales. con la curandera, víctimas de fuertes dolores estomacales. La ocasión, más que contar de practica culinaria, la contaba de entrenamiento en una clase oscura y fallida de venenos. Así que cocinar —en esos días— se tornaba reto personal para mantenerse con vida. Agradecía que su compañía fuera un ser inmortal y libros que, para su suerte, contenían un par de recetarios. De tal forma que su estómago estaba medianamente a salvo, y la humanidad con él.

Por lo que el problema que veía reflejado en el agua, no era su terrible habilidad en la cocina, sino estar atrapado en la montaña, en un templo maldito, atado a un contrato.

Apretó el ceño.

Estar ahí retrasaba sus planes, por no decir que los truncaba.

Su padre hizo una jugada excelsa. Se lo concedía. Lo arrinconó política y socialmente, obligándolo a responder de la única forma aceptable para un heredero en su condición, el pueblo dependiendo de su inmediato sacrificio.

Presionó el mango del cuchillo.

De heredero a jefe de hogar. Sucesión risible de niveles para quien estaba acostumbrado a valerse de la palabra, los artilugios políticos, y no de la acción directa en las labores esenciales que sostenían a la sociedad.

Que ingenuo fue al confiar en que su padre no tomaría una decisión drástica, sólo por el hecho de llevar su sangre. Muy ingenuo. A raíz de una lógica fría, comprendía que había sido de esperarse, dado el vínculo que compartían.

Ser padre e hijo implicó carga inconsciente y poderosa, más de lo que imaginó que podría enfrentar a través de lo racional. Tenía que haberlo sospechado, y eso lo enfureció.

Si no descubría un modo de deshacer el vínculo que lo unía a Atsushi, el feudo continuaría en el ostracismo, apartado del resto de Japón, negado a propagar su alcance a más regiones o de participar en la vida política de un imperio en expansión.

Su padre no aprovechaba el potencial del feudo, proveniente de una riqueza en recursos capaz de rivalizar con feudos mayores y convertirlo en una de las principales fortalezas económicas del emperador. No lo harían nunca, en contraste a lo que él buscaba. Conflicto, padre e hijo, derivado de las ideas de un niño muy curioso y sagaz para conformarse con la educación tradicional, internándose precoz en el ambiente de la corte de su padre; y que se fue consolidando a lo largo de los años en un clima de enemistad. Señor Feudal y el heredero combatiendo por aliados.

Estuvo cerca de derrocar a su padre, se recordó, las mangas de la yukata remangadas y sujetas, destripando una libre que atrapó por la mañana. Un mes. No más. Eso habría bastado para ganarse el apoyo de los Higuchi, la segunda casa de mayor influencia en el feudo, accediendo a casarse con su hija. Con ellos de su lado, asegurando concesiones comerciales favorables y el ascenso social, nadie habría dudado de las acusaciones con que planeó incriminar a su padre, obligando a la corte a otorgarle el poder.

Un mes que ya llevaba recluido.

Era gracioso que habiendo pensado inculparlo de intento de asesinato a su persona, justamente terminó ahí, de sacrificio voluntario y obligado. Una ironía en toda regla.

Si se hubiera negado su reputación habría caído en picada, y ni siquiera su treta alternativa, la piedra que aseguraría la condenada y destitución de su padre, le hubiera dado una escapatoria digna o la recuperación de su puesto en la escena política. Dicho elemento no tenía pensado sacarlo sino en caso de emergencias, para chantajear a quien se requiriera. De haber mencionado los libros en que se demostraban los beneficios a la casta noble, aplastando a exceso de impuestos sanguinario a los campesinos; en el menor de los casos se habría iniciado una revuelta, y en el peor, el emperador habría enviado un representante que, por experiencia de casos similares, habría desterrado a la familia entera y colocado a otra en el poder, imitando este gesto con las principales casas involucradas. Movimiento en arriesgado…

—¿Cree que esto pueda servirle, Osamu-san? —la repentina intervención lo alejó de sus cavilaciones, situándolo en los cuencos de tosca y desgastada porcelana ofrecidos.

Tomó el par. Examinó los bordes agrietados y observó de soslayo la inquieta expresión del carcelero al que yacía unido. Sin sus ojos rasgados o la piel surcada por líneas felinas, los colmillos retraídos, una apariencia humana recuperada con el constante consumo de sangre; era un adolescente aguardando su aprobación. Un joven enamorado, delatado por el suave carmín vertido en sus pómulos, el desvió de su mirada y el pulso acelerado que hacía sudar las manos que restregaba.

Atsushi no parecía ser consciente de sus sentimientos, no como él, que no sólo era consciente, sino que llevaba días en un debate personal.

—Me servirán bastante —sonrió. Ese simple gesto, mecánico para Osamu, produjo un brinco de júbilo en la deidad, duplicando el rojo en el resto de su rostro. Hubo una afirmativa y una partida a guarecerse de la intensidad de las emociones que lo ofuscaban, en la profundidad del templo, sitio en que se recluía, esperando que la distancia lo ayudara a comprender los sentimientos que Osamu entendía a la perfección.

Colocó el cuenco de porcelana en la improvisada estera recortada de los envoltorios de bambú de las ofrendas con que llegó. Cerró los ojos y elevó una plegaria, a ningún dios en particular, sólo para sí mismo, para detener el latir acelerado de su corazón, y el cosquilleo que le calaba bajo la piel al ver la reacción de Atsushi.

Es una deidad, se recordaba.

Es tu carcelero, se dijo.

Están atados, justificó sus emociones en una simbiosis inexistente más allá del vínculo de la inmolación.

Puedes usarlo, se espoleó a hacer. Hay hechizos para obligar a las deidades a obedecer a los humanos. Encuentra el hechizo, doblégalo, hazlo salir del templo para empuñarlo como arma contra el señor feudal, obligándolo a dimitir por la fuerza para hacerte con el control.

No lo hagas, se rogaba. Y sin más explicación que la sincera súplica del golpeteo del corazón contra su pecho, una vez más la inocente vocecilla ganó, entregándolo a labores banales, lejos de la biblioteca en que se hallaba el secreto de su libertad y del cumplimiento de su objetivo.

. . .

—¿Puedes confirmar que sigue vivo? —soltó la cuerda del arco.

La flecha se disparó directo al centro de la diana de paja. No hubo rastro de dudas ni al apuntar, ni al tirar, y menos al regresar, en perfecta postura sosegada, el arco al costado de su cuerpo.

Con la cabeza gacha, postrada de rodillas, Gin asintió, admirando el temple de su señor, y enseguida reafirmó la acción con palabras:

—Lo he visto en las lecturas del fuego. Su hijo sigue vivo.

—Lecturas de fuego —Mori frunció el ceño, acentuando su incredulidad. La magia de los humanos, a diferencia de la divina, solía ser imprecisa.

La sacerdotisa se mantuvo firme.

—He repetido la lectura varias veces. El resultado es invariable.

Entornando la mirada, Mori estudió por el rabillo del ojo a la joven: convicción humilde, vista clavada en el frío tatami.

A pesar de hacer sol, era invierno y el frío de la nieve escaldaba la piel traspasando las ropas. Estar de rodillas no era tarea sencilla para nadie, y pese a la incomodidad la sacerdotisa permanecía inamovible, pétrea cual estatuilla shinto. Esa entereza lo obligó a creerle, o al menos conceder un resquicio de duda por el cual ejercer una acción:

—¡Kouyou!

La general que aguardaba fuera del dojo se apresuró a ingresar colocándose a sus servicios, realizando la inclinación debida al representante del poder del emperador.

—Señor —dijo, dando apertura a la orden consiguiente, pese a imaginarla.

—Asigna a tres de los mejores rastreadores que tengamos, y a un par de soldados, a la búsqueda de Osamu, y verificar si, efectivamente, sigue con vida. Explora los terrenos aledaños al templo, donde se mueve la deidad y deja los restos de los sacrificios, y no les permitas volver hasta que estén plenamente seguros de que ha muerto. —Apuntó a Gin— Dales la protección que requieran.

Compartiendo un asentimiento ambas mujeres fueron despachadas.

Presionando el arco entre los dedos, Mori permaneció de pie, quieto.

Dazai era un peligro para el feudo.

Ciertamente había beneficiado a la nobleza en su territorio, estrujando a la casta baja. Más, si lo hizo, fue para evitar que los nobles se interesen en los asuntos de la corte imperial y, que la corte imperial se interese en el feudo. Interés que significaría llevar la guerra hasta sus puertas, tanto por los recursos con que contaban, como por la participación política que implicaba la vista del emperador en ellos. Mientras menos atención tuvieran y más desapercibidos pasaban, y más a salvo se hallaba su gente.

Desgraciadamente Dazai quería obligar al feudo a revelar su belleza. Dada la localización y riqueza natural, socavada a favor de la austeridad para ocultarse; el heredero sabía que tenían lo suficiente, si bien no para luchar en una guerra, sí para aliarse, empleando la geografía local de montañas como protección. Protección que poco valdría para los suyos que murieran en combate.

Su hijo era un peligro, para el feudo, para lo que con tanto esfuerzo lograron sus antepasados, para su poder, y por tanto tenía que desaparecer.


Nota:

Perdón por la tardanza. Tuve muchos problemas de trabajo y salud que evitaron que pudiera actualizar a tiempo.