Ni bien entró al local vecino, oyó una voz proveniente de arriba.

―¡Ya bajamos!

Era Matsukawa. Oikawa se metió las manos en los bolsillos y miró hacia la escalera.

―¡Soy yo! Puedo esperar.

―¡Gracias, ya termino!

Oikawa asintió para sí. Paseó por el reducido espacio y terminó por sentarse a esperar en la silla detrás del mostrador. Con atrevimiento y aburrimiento, curioseó la carpeta de Iwaizumi. Todos decían que sus diseños eran magníficos, pero poco había visto de ellos.

Y al final, tenían razón. Hasta la flor más sencilla era preciosa bajo su estilo. Qué envidia tener semejante talento.

Cada uno de los dibujos afirmaba más su deseo de estar aquí. Tenía muchos sentimientos encontrados con los tatuajes, pero algo así de precioso podía sentarle bien a cualquiera. Pasó las hojas con enojada fascinación, hasta que se quedó estupefacto. Una de ellas estaba llena de bocetos de sí mismo. Llevando una maceta al local, empapado de lluvia, enredado en flores preciosas, con los ojos cerrados... y en la siguiente página había más, la mayoría llevando y trayendo flores durante la hora de trabajo.

―¿Qué estás haciendo?

Saltó del asiento a punto de defenderse, pero era Matsukawa el que le hablaba. Guardó todo en la carpeta con rapidez y fingió no haber visto nada, con el corazón rebelándose contra la serenidad dentro de su pecho.

―Estaba buscando a Iwa-chan.

―Está trabajando. Cuando se libere me paso por la florería y te aviso, ¿Está bien?

¿Cualquier excusa para ver a Hanamaki o era su impresión? Oikawa esbozó una sonrisa.

―Lo espero. Hoy es mi día libre.

Un chico bajó por las escaleras y Matsukawa se volcó a explicarle con detalle el cuidado de su nuevo tatuaje mientras el otro asentía. Oikawa se recostó en el sillón de espera, husmeando en el catálogo de piercings. No pensaba hacerse ninguno, pero era entretenido leer que todos tenían nombres específicos.

Una sombra le indicó la llegada de Iwaizumi. Los otros dos seguían su conversación, sin la menor idea de que Iwaizumi tenía los brazos cruzados y la expresión iracunda, mientras Oikawa le sonreía porque sentado estaba perfectamente alineado a su entrepierna.

Cerró el catálogo sin dejar de mirarlo a los ojos.

―Quería hablar contigo.

―¿Quieres hacerte un piercing? ―preguntó, apuntando al catálogo con el mentón, reacio de tener una conversación como la gente con Oikawa. Un hola, un qué tal, un sí, estoy a tu servicio, de qué necesitas hablar.

Iwaizumi Hajime le molestaba tanto.

Y le calentaba.

Ugh.

―No. Quiero un tatuaje. Tal vez.

Porque lo consideró más de lo que debería y no estaba tan en contra de marcar su piel de manera permanente. Pensó que esa sería una postura que nunca cambiaría y sin embargo, aquí estaba. Volátil e impredecible hasta para sí mismo.

―Vamos arriba.

Eso lo tomó por sorpresa. Pensó que lo echaría y dejaría el trabajo en manos de Matsukawa...

Lo siguió hasta arriba. El piso era chico, tenía dos sillones negros (aquellos donde las personas se recuestan para ser tatuadas), mesitas con agujas y cajas con otro tipo de agujas, guantes, toallas y toallitas. Era un escenario que no le transmitía mucha tranquilidad, no con todos esos posters de heavy metal, calaveras y tatuajes enormes y oscuros. Prefería su hábitat lleno de flores, verdes y marrones.

Oikawa se sentó en uno de los sillones, todavía enfrentado a Iwaizumi.

―¿Quieres asesoramiento, preguntar algo en concreto o sólo fastidiarme?

Oikawa lo miró sin gracia. Prolongó el silencio hasta que vio a Iwaizumi removerse un poco incómodo, flaqueando su posición de macho enojado con brazos cruzados.

―Un diseño convincente. ¿Puedes hacer eso? Hazme un lindo dibujo. Algo significativo. Puede contener vóley, naturaleza, fuerza, cosas bonitas como yo ―nombró, contando con los dedos de las manos para darle un toque más de ímpetu―. Puedo pasar la semana que viene. Si me gusta me lo hago, sino buscaré a otro tatuador. Sólo eso.

No era su intensión sonar tan mandón al respecto, pero la actitud del contrario estaba comenzando a contagiársele. Amaba su estilo desde que la primera vez que lo vio dibujando, pero empezaba a parecerle una mala idea ceder una tarea tan significativa que llevaría el resto de su vida a alguien con quien se llevaba muy mal.

Y en vez de tratar de hacer las paces, se levantó con la intensión de largarse.

Iwaizumi lo tomó del brazo, impidiéndoselo. Oikawa se giró, plantándose cerca de él. Ahora sin sillones, era más alto e imponente.

El otro lo soltó y bajó los ojos. Para su sorpresa, le acomodó la bufanda desarreglada, ajustándosela un poco como una madre que no quiere que su hijo se resfríe.

―No me disculpé el otro día ―dijo con un tono amable que lo pilló desprevenido―. Tuve un mal día, pero esa no fue excusa para darte la espalda cuando estabas empapado.

―Está bien ―contestó Oikawa. Todo ese poder que sintió por la ventaja de altura se desmoronó en un instante. No sabía que responder.

Iwaizumi levantó la mirada y la clavó en él. Luego, la desvió con rapidez y soltó su bufanda, metiendo sus manos en los bolsillos del jean.

―Ya tengo un diseño para ti.

―¿Ah?

―Tiendo a dibujar mezclas de cosas que relaciono con las personas que conozco, aunque las haya visto una sola vez en mi vida ―se encogió de hombros, restándole importancia―. Es parte de mis hobbies.

―Oh. Hum. ¿Puedo ver esos dibujos?

―No. Pero puedo mostrarte el diseño que pensé para ti.

―Por favor ―respondió veloz, maravillado de que sus sentimientos hacia Iwaizumi fueran una montaña rusa.

Iwaizumi se fue abajo durante unos minutos. Regresó, enérgico, como si hubiera estado esperando por mostrarle su trabajo. Oikawa ya había visto unos cuantos. De sí mismo. Sonrió para sí.

Se sentó en un banquito y se puso a dibujar como si Oikawa no estuviera ahí, y cuando intentó acercarse, lo alejó como fiera que defiende a sus crías.

―Lo estoy arreglando ―le gruñó.

Oikawa aguardó con impaciencia hasta que el otro le permitió mirar.

Se tomó el atrevimiento de sentarse arriba de él, puesto a que no quería quedarse parado y no había otro banquito en el piso. Y porque eran excusas que pondría si Iwaizumi se quejaba. Y se quejó. Y lo ignoró.

Porque tomó el diseño en sus manos y lo amó.

Era un balón de vóley atrapado en una enredadera de hojas y capullos. Había una sola flor abierta, pequeña pero que llamaba la atención, sobre la pelota. Una flecha indicaba que la flor sería celeste, pero tenía un signo de pregunta.

―¿Te gusta? ―preguntó Iwaizumi.

Oikawa lo miró a los ojos. No podía explicarle cuánto le gustaba. Tampoco estaba seguro de cómo hacerlo. Hasta hace cinco minutos lo odiaba, pero sólo porque se sentía odiado y que su crush no era correspondido. Y ahora quería besarlo.

Se cuestionó por qué no. Iwaizumi tenía bocetos de él en su carpeta personal y trabajo. Al menos debía pensar que era lindo, ¿No?

Ni siquiera había dejado la hoja cuando lo besó. Aplastó sus labios con suavidad, dándole el espacio para apartarse. Por tercera vez en el día, Iwaizumi lo sorprendió. Le devolvió el beso, rodeando su cintura con indecisa indecisión, regresándole toda la suavidad del gesto. Oikawa soltó la hoja y le rodeó los hombros, amoldándose a su cuerpo y contestando cada beso lleno de adoración con más pequeños besos. Era inesperadamente agradable, lento y dulce y no tenía idea de cómo lidiar con el inmenso calor que se estableció en su pecho.

―Hum, Iwaizumi. Tienes un cliente.

El aludido se apartó y prácticamente lo empujó fuera de su regazo. Oikawa le sonrió a Matsukawa con orgullo, como si hubiera desbloqueado el nivel más difícil del videojuego Hajime el Tatuador Mala Onda. Matsukawa tenía las cejas levantadas del asombro, pero con rapidez lo imitó, soltando esa sonrisa socarrona de Oikawa ha desbloqueado ese nivel.

―Ya bajo ―respondió Iwaizumi, el único que parecía avergonzado, tapando su cara con disimulo mal disimulado. Porque era una constante contradicción y antónimos que Oikawa no lograba descifrar, pero le encantaba de todas maneras.

Matsukawa no se movió. Siguió sonriendo.

―Ya bajo ―repitió Iwaizumi, haciendo uso de una voz más grave y demandante que hacía morir cualquier gramo de pureza en Oikawa.

―Okaay ―se rió Matsukawa.

Iwaizumi no lo miró. Suspiró antes de levantarse, tomando sus cosas de la mesita.

―Arregla un horario con Matsukawa. Que él te pase el presupuesto y si lo quieres a color. Yo lo recomiendo a color. Piensa si quieres modificar algo.

Y mientras hablaba, gesticulaba con la hoja en la mano, huyendo. Oikawa no dijo nada.

Sólo sonrió.