Día 3: Está sonando nuestra canción.
Parafilia: Amaurofilia= Excitación sexual hacia personas invidentes o con los ojos atados.
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Lucía perfecta. Sentada, volteando en todas direcciones, queriendo agudizar el oído a falta de la visión. Lo excitaba, demasiado quizás.
Y es que Rolf Scamander desde hace ya bastante tiempo quería hacer aquello con su novia, vendarle los ojos y dejarla totalmente a su merced. Dio un paso hacia la derecha, lo que ocasionó que Luna dirigiera su rostro hacia esa dirección.
—¿Qué haces? —inquirió la rubia con una sonrisa, tenía mucha curiosidad por saber lo que pretendía su extraño novio.
—Se paciente —replicó el hombre divertido. La situación estaba resultando mejor de como imaginó—, ¿Sientes tus sentidos agudizarse?
—Mis sentidos ya eran muy agudos, Rolf —replicó Luna sonriendo.
De pronto Luna calló, una suave música invadía todo el ambiente, una melodía dulce y encantadora que la hacía pensar en praderas de flores, el cielo azul y los labios de Rolf, quienes en ese momento estaban cerca de su oído.
—¿Te gusta? —susurró muy suavemente, a Luna la recorrió un escalofrío.
—Nunca había escuchado algo tan hermoso.
—Es obvio, yo la compuse.
—¿De verdad?
—Si, la compuse pensando en ti, dulce Luna.
La melodía comenzó a sonar desordenada, como si las notas no tuvieran control sobre sí mismas, y aún así seguía escuchándose hermoso.
—Así eres tú, Luna —susurró Rolf a su oído—. Eres un hermoso caos sin el que mi vida no puede tener paz, necesito de tu energía, de tu dulce locura que me hace suspirar... Que me hace desearte a cada segundo.
Luna soltó un gemido muy parecido al nombre de Rolf, quería que siguiera hablándole de esa manera tan dulce, quería escuchar su canción toda la vida. Rolf la tomó de la mano y la hizo levantar, ella obedeció gustosa, dejándose guiar por él. Rolf se movía despacio en una semi-danza que solo hacía para desvestirla. Ella no podía hacer nada más que dejarse hacer por él y eso la molestaba pues quería tocarlo, sentirlo y desvestirlo también, pero él parecía estarse divirtiendo mucho jugando con ella de esa manera.
—Dulce Luna —le susurró el hombre a su oído una vez que la hubo acostada desnuda en la cama.
Su piel totalmente blanquecina lo invitaba a fundirse en ella, sus labios ligeramente más rojos e hinchados lo seducían sobremanera, y el saber que la tenía a su merced lo enloquecía. Tan frágil, tan hermosa, tan suya... Que ella se rindiera a él, perdiendo la vista en el proceso, lo hizo sentir sumamente poderoso. Tenía a una de las mujeres más fuerte, más hermosa y más valiente del mundo totalmente a su merced. Era una sensación indescriptiblemente excitante, que solo podía terminar de ser perfecta cuando la hiciera suya una y otra vez, y para eso tenía la noche entera.
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El título del capítulo es un juego de palabras derivado de la composición de Beethoven que lleva ese nombre, y obviamente el nombre de Luna.
